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y la pérdida experimentada en virtud de la represión. Sostenemos que sería más coherente justificar de otro modo esta búsqueda. La pérdida del pecho, contemporánea a la aprehensión de la madre como objeto total, que implica que se ha consumado el proceso de separación entre el niño y ella, da lugar a la creación de una mediación que es necesaria para paliar los efectos de su ausencia y su integración en el aparato psíquico, y esto con prescindencia de la acción de la represión, cuyo objetivo es diferente. Esa mediación es la constitución, dentro del yo, del cuadro materno como estructura encuadradora.

Poco más adelante, el texto de Freud nos aclara: "Además, la experiencia psicoanalítica en las neurosis de trasferencia nos impone esta conclusión: La represión no es un mecanismo de defensa presente desde el origen; no puede engendrarse antes que se haya establecido una separación nítida entre actividad conciente y actividad inconciente del alma, y su esencia consiste simplemente en rechazar algo de la conciencia y mantenerlo alejado de ella".124 Decir que la

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esencia de la represión reside simplemente en el rechazo de un contenido psíquico no equivale a disminuir su importancia, sino sólo a especificar su función sin desconocer en nada su valor privilegiado. Ciertos pasajes de Inhibición, síntoma y angustia125 llegan muy lejos en la comparación entre la defensa opuesta por la protección antiestímulo frente a las excitaciones externas, y la que se opone a las excitaciones internas. Es preciso tener bien en cuenta la idea de que en este último caso el mecanismo fundamental es la huida, más que el rechazo. Aquí nos faltan las correspondencias lingüísticas porque el término que emplea Freud contiene la idea de apartar o despachar algo, lo que en definitiva implica una actitud activa en la contrainvestidura, mientras que la fuga es una actitud, si cabe decirlo, activamente pasiva.126 Los dos modos de defensa se podrían comparar (de lo cual las imágenes sólo dan razón parcialmente) con tácticas opuestas por principio. La primera, de la protección antiestímulo, consistiría en una retirada en que periódicamente, en la medida de las propias fuerzas, se enfrenta al enemigo volviéndose contra él y aprovechando cada encontronazo para asegurar la cohesión de una defensa que, llegado el momento, pueda resistir con eficacia de suerte que las fuerzas del adversario se quiebren por su propio impulso al chocar contra ella. La segunda, que responde a las excitaciones internas, pone en práctica un repliegue empeñando todos sus recursos en la aplicación de una táctica de tierra arrasada, para atrincherarse en una plaza fortificada donde se aguardarán días mejores.

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El doble trastorno y la decusación primaria

Está fuera de discusión que la represión participa de esas dos formas. En ese mismo pasaje, Freud agrega que la represión es un equivalente del intento de huida, pero no reconocerá en ella esa huida primaria como tal.127 La corrección del error interpretativo que pudiera llevar a confundirlas se lee en uno de los apéndices de Inhibición, síntoma y angustia. El concepto de defensa incluye la categoría general de las medidas de protección del yo frente a las exigencias pulsionales y autoriza a "subsumirle la represión como un caso especial". Freud rechaza la solución que él había adoptado antes, cuando le parecía que la represión ilustraba en su generalidad el proceso de defensa. Pero agrega: "Además, nuestra expectativa se dirige a la posibilidad de otra significativa relación de dependencia.128 No es difícil que el aparato psíquico, antes de la separación tajante entre yo y ello, antes de la conformación de un superyó, ejerza métodos de defensa distintos de los que emplea luego de alcanzados esos grados de organización".129 También aquí podríamos conformarnos con poner un signo de interrogación en ese texto, lamentando que el autor

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no manifestara todo su pensamiento. No obstante, es muy semejante a la frase que once años antes hallamos escrita en el texto sobre la represión: "Este modo de concebir la represión se complementaría con un supuesto, a saber, que antes de esa etapa de la organización del alma los otros destinos de pulsión, como la mudanza hacia lo contrario y la vuelta hacia la persona propia, tenían a su exclusivo cargo la tarea de la defensa contra las mociones pulsionales".130 Y esto nos remite a un pasaje semejante de "Pulsiones y destinos de pulsión".131 De hecho, Freud describe ahí un proceso único en dos operaciones, que consiste, por una parte, en la orientación (cuya inflexión indica que el sentido centrífugo se invierte en sentido centrípeto) y, por la otra, en el modo de mudanza, que no se reduce ni a una inversión de dirección ni a un simple cambio de signo, sino que requiere que la concibamos como una decusación. La confusión pura y simple de los dos mecanismos llevaría a un repliegue sobre sí mismo, que de ninguna manera resolvería el problema planteado por la exigencia pulsional; en efecto, esta sólo se puede tramitar por una modificación inscripta en el cuerpo, que deje una huella de satisfacción. En esa mudanza por decusación parece que la respuesta esperada del objeto resultara arrastrada por ese movimiento en que se intercambian, en la corriente pulsional, las posiciones extremas de lo interior y lo exterior. Así se produce el quiasma de lo que en una superficie se puede localizar a la derecha y a la izquierda de una frontera hipotética. Este movimiento de inversión permite alcanzar la zona corporal que espera la satisfacción como si, en esta, fuera el objeto mismo el que prodigara la satisfacción. Lo mismo que en la inhibición de meta, en efecto, el objeto queda aquí conservado; no se lo permuta. Pero esta conservación se pagó con la limitación de la satisfacción: algo que, nos parece, sería el negativo de una operación metonímica, puesto que se opone a la sutura del sujeto y del objeto. Al mismo tiempo, una limitación así la preserva porque la unión suprimiría toda ulterioridad en ese encadenamiento, que sería primero y último. Parece que de ese modo se constituye un circuito que no recae sobre las propiedades del objeto, sino sobre la respuesta de este, que, al mismo tiempo que mantiene el objeto en su ausencia, es su vicaria ante el sujeto, como si fuera el objeto el que llevara a cabo su consumación; en este punto podríamos ver una operación de metáfora.

¿No volvemos más clara de este modo la mutación que se cumple, de la relación con el pecho, donde "hasta respecto del acto de mamar puede decirse tanto que ella da de mamar al niño cuanto que lo deja mamar de ella",132 a aquella reversión de los labios que se besan a sí mismos?

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Entre la indiferenciación yo-ello, y madre-hijo, y la aparición de la represión interviene un proceso mediador del orden de una regulación pulsional desde la cual se hará posible la represión. En definitiva, esto equivale a decir que entre el proceso "biológico" que opera en la protección antiestímulo, y lo que el propio Freud llama el proceso psicológico de la represión, no hay una correspondencia como la que existiría entre algo exterior y algo interior, sino que entre ellos se realiza un entrecruzamiento, a fin de que lo interior se pueda tratar como lo que se origina en el exterior; y esto, para lo interior, a condición de que se lo pueda percibir proveniente del exterior, pero sin fusión de lo uno y lo otro. Es exactamente lo que anuncia el proyecto de Freud en Más allá del principio de placer, donde liga la constitución de una barrera interna a la condición de la proyección. El doble tras-torno nos ofrece la posibilidad de concebir estructuralmente esta mediación. La lectura del pasaje sobre el doble tras-torno muestra que Freud describe el trabajo que se opone a que una pulsión alcance la satisfacción directa, pero en este caso no por la acción de una fuerza que le fuera extraña -la represión como proceso psicológico-, sino por una modificación interna de su propia naturaleza.

Parece que nadie se habría de preocupar por este hecho: cuando Freud considera que es preciso distinguir dos procesos en el trastorno hacia lo contrario, a saber, la mudanza de actividad en pasividad, y la mudanza de contenido (amor-odio), introducía de ese modo una calificación nueva para la pulsión, esto es, su contenido, que no se retomará en ninguna de las descripciones ulteriores, o bien sólo cuando se trate del ello. Aquí se anuda una problemática que confluye con la del autoerotismo, y con la relación de objeto; en efecto, Freud niega que la oposición amor-odio pueda entrar en el marco de un trastorno hacia lo contrario del mismo modo como lo hace la mudanza actividad-pasividad: aquellos afectos sólo se pueden dirigir a un objeto completo. El narcisismo, estado en que uno se ama a sí mismo, parece representar la forma, en este último nivel, de lo que sería su equivalente en el cambio de la actividad en pasividad. Tendríamos entonces fundamento para afirmar que desde el momento en que la actividad pulsional se puede comprender como relación del yo con las fuentes de placer del objeto, considerado independiente del yo; desde ese momento, pues, la mudanza actividad-pasividad cobra la forma del amor que el yo puede dirigirse a sí mismo. Y si nos preguntamos a qué corresponde la preparación de ese tiempo estructural, nos vemos remitidos a una distinción que a Freud se le impone como algo imperativo, la que lleva a escindir la operación de mudanza de la meta de las pulsiones, de la vuelta sobre la persona propia. Y con razón las separa. Pero lo hace para señalar enseguida, sobre la base de las situaciones que evoca (sadismo-masoquismo, escopofilia- exhibicionismo): "No podemos dejar de observar que en esos ejemplos la vuelta hacia sí mismo y la mudanza de actividad en

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pasividad (es decir, de la meta) convergen o coinciden".133 La conservación del objeto, el mantenimiento de ciertas investiduras de un modo duradero e inmutable, se ligan solidariamente con la inhibición de meta de la pulsión. El autoerotismo se ahorra el objeto y no lo pierde del todo, puesto que la pulsión se vuelve autoerótica en el momento en que el sujeto puede tener una aprehensión completa de la madre. Si parece cambiar de objeto, es sólo para dirigirse al objeto del objeto (el cuerpo del sujeto); es sólo para crear ahí. dando con ello testimonio de su fidelidad, una segunda zona erógena de "menor valor".134 En cambio, que la pérdida del objeto coincida con el momento en que se reúne el órgano que producía la satisfacción, el pecho, con quien lo tiene, la madre, y que esa pérdida desemboque en el autoerotismo inaugural puede hacer pensar que acaso fue interiorizada igualmente la aprehensión de esa reunión del órgano con la persona. Esta interiorización no culminará en la conciencia de una forma corporal, sino, por vía de la clausura de esta modalidad circulatoria de las investiduras, en el sentimiento de una autonomía, de una perfección, de una liberación del deseo por la creación simétrica, apenas diferida, de la aprehensión global y unificadora del yo del niño, como lo describió Lacan en el estadio del espejo.

El yo y su ideal

Inferioridad e independencia son, en este contexto, términos ligados: inferioridad porque la persistencia de una falta con relación al objeto no es abolida por el autoerotismo; independencia, que sigue atestiguando que la tutela del deseo es el yugo más temible, sin duda necesario para la organización psíquica, pero que es preciso superar a fin de adquirir una estructura. Aquí, como en el caso de la inhibición de meta, reencontramos el trabajo de la pulsión de muerte. No es en la imposibilidad de alcanzar una destinación donde se reconoce su seña, sino en la elección de esa zona de menor valor como vocación privilegiada. La rebaja de la tensión al grado cero, el aplastamiento sin dilación de cualquier diferencia, que deroga la ausencia del objeto, reciben una consagración en los templos de la autosuficiencia. La impresión recibida es indeleble, y continuará, sino todo el tiempo de la vida, al menos toda la vida. "'Ser de nuevo, como en la infancia, y también en lo que atañe a las tendencias sexuales, su propio ideal, he ahí la felicidad que quiere alcanzar el hombre''135

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Pero ¿estamos seguros de que esa etapa mediadora entre la indiferenciación yo-ello y la represión se tiene que reconducir al narcisismo por la vía del autoerotismo? ¿Qué otro modo de ver las cosas podría conquistarse nuestra convicción? O el narcisismo es rechazado al caos anterior a la represión, o es especificado como campo de la ilusión, pero, en todos los casos, le falta una estructura propia. Parece que Freud indica una solución: "Alcanzamos una intelección * más general: los destinos de pulsión que consisten en la vuelta sobre el yo propio y en el trastorno de la actividad en pasividad dependen de la organización narcisista del yo y llevan impreso el sello de esta fase. Corresponden, quizás, a los intentos de defensa que en etapas más elevadas del desarrollo del yo se ejecutan con otros medios'.136

El narcisismo se funda en las pulsiones del yo. Pero erraría quien creyera que, porque apuntalamos nuestra interpretación del autoerotismo en ese contingente pulsional capaz de obtener la satisfacción sin el concurso del objeto, consideramos que ese mecanismo bastaría por sí solo para dar respuesta a todas las cuestiones pendientes. Es que no renunciamos a abordar el problema de la unidad del yo, que Freud liga con el narcisismo. Hay mucho trecho de la "energía de las pulsiones del yo" al narcisismo. Es la expresión de que parte Freud; a ella es preciso reconducir toda la indeterminación de las pulsiones primitivas. La pulsión tiene que reconocer su vocación en el curso de su funcionamiento efectivo; a este lo pone en movimiento su orientación misma, es cierto, pero se descubre en la acción misma, en su efectividad, consagrada a una destinación específica. Inferirlo no es introducir una teleología en el pensamiento freudiano; la espontaneidad innata del movimiento de la pulsión se enriquece con el descubrimiento de la meta, que la anima en la trayectoria misma de su actuación. Cuando partimos de esa energía de las pulsiones del yo, no conferimos carácter biológico a esa preforma, sino que de ese modo nos figuramos, con la mayor comodidad, una corriente de investiduras entre dos bornes separados por una diferencia de potencial, sin la que no sería individualizare corriente alguna. Ese es, en > suma, a nuestro parecer, el estado que es el prerrequisito para la constitución de una cadena. Es que tenemos que descubrir un modo *. de expresión adecuado para llegar a entender cómo puede Freud, a la vez, sostener que el niño pequeño es incapaz de hacer distinción alguna entre su cuerpo y el pecho, y localizar este, cuando está ausente, "fuera" de él (siendo que la indiferenciación persiste). Creemos, en efecto, con Laplanche y Pontalis, que el apuntalamiento domina todo este proceso. Pero nos inclinaríamos a poner en relación ese mecanismo en que la actividad de la necesidad coincide con la aparición del placer en los lugares mismos en que la necesidad se

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sacia, con la diferencia entre el "lugar" de la satisfacción del placer y lo que permite satisfacerlo. Y si esa relación fuera constitutiva de una demanda, tenderíamos a pensar que la demanda y su circuito son disociables. El circuito es investido antes que la demanda. Lo que no equivale a decir -como lo sostiene Lebovici- que el objeto sea investido antes de ser percibido, sino, más bien, que la investidura se inviste antes que ¡o sea el objeto. Así como lo reprimido no se limita a permanecer desterrado de la conciencia, sino que experimenta la atracción de lo reprimido preexistente, y se encamina hacia lo que está aprestado para apropiárselo; del mismo modo, pues, la trayectoria de la investidura sólo se constituye porque la madre la inviste también. Pero es importante entender que la función de las dos corrientes lleva signos contrarios. En efecto, la madre sólo se reúne con el bebé en la medida en que ha consentido su separación futura, y en que por su parte el bebé, en su confrontación con ella, experimenta las limitaciones de la conservación de sí. Por querer conservar, se esfuerza en mantener el vínculo establecido, al tiempo que, en otra acepción de ese término, tiene que apropiarse, junto con la fuente del placer, de la condición de su satisfacción.

La diferencia primera

Llegados a este punto, no podemos avanzar sin valemos del antagonismo de Eros y las pulsiones de muerte. El ello y el yo del estado inicial, indistintos uno y otro, enfrentan la acción de las pulsiones de destrucción, que, del lado del niño, trabajan por el retorno al estado anterior, mientras que, del lado de la madre, el movimiento de Eros puede encontrar un aliado en el deseo de reintegración del producto de la creación.137
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