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Es menester que intervenga un verdadero trastorno de los valores pulsionales para que se produzca un cambio decisivo. Es decir que, del lado de la madre, es preciso que encuentren eco las fuerzas que presionan hacia la separación,138 mientras que del lado del hijo hace falta que se aúne la parte del ello materno que está al servicio de esas metas, y todo lo que ha tomado partido por el clamor de la vida del individuo. Nos encontramos, en-

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tonces, con que aquello que en el "tiempo" precedente no perseguía más propósito que la suspensión de cualquier perturbación, en este nuevo contexto cobra una significación nueva, que es traer a sí. llevar a posesión, ligar el yo, no sólo para aferrar el ello caótico o reducirlo a la impotencia, sino para sellar con el signo distintivo de una pertenencia de sí a sí, y de sí al otro. Se comprende que este trastorno de los valores no deja de producir un descentramiento de las polaridades pulsionales de la madre hacia el hijo, y del ello común a ambos, en favor de un yo por nacer. El ello ha creado investiduras de objeto, de que el yo se apodera. He ahí ¡a primera trasgresión. El yo no tiene todo su origen en esto, puesto que también se puede apoyar en la parte de las investiduras que no necesariamente pasan por el objeto. Observamos que esta alianza del yo y del ello necesita, para consumarse, de una sinergia relativa, puesto que si la acción del yo es ligazón, esta no se podría efectuar si no consintiera poner en vigencia en su seno la procura de abolir la tensión, que prevalece en el trabajo de la pulsión de muerte. "El principio de placer parece estar al servicio de la pulsión de muerte".139

Advertimos lo difícil que es atenerse a una oposición estricta de los dos tipos de pulsiones antagonistas; sin embargo, es preciso, cada vez que una parece haber prevalecido sobre la otra, interiorizar en este nuevo estado de cosas la fuerza que salió derrotada en la situación de conflicto que las oponía. El pensamiento de Freud no se presta a una simplificación. Así en ciertos pasajes, el ello es concebido como antagonista de la libido. El placer, convertido en calificación de la libido, recibe el auxilio del ello contra la libido. En verdad, no se debe creer que la suplante, sino, más bien, que sus objetivos convergen en la misma medida en que el placer es su destinatario. De igual modo, cuando hablamos de las fuerzas de reunión, nada más lejos de nuestro ánimo que presentarlas como el equivalente de fuerzas físicas; son más bien orientaciones y fines, impersonales y personales. La astucia de Ulises se sirve de la polisemia de la lengua: la palabra "nadie" designa a ninguna persona y a una persona particular. La superposición de las operaciones no siempre permite discernir con claridad lo que está en juego en ellas. Cuando, nos referimos a la contradicción conservación-apropiación, está claro que en modo alguno nos figuramos ese trastorno en favor del yo como un acaparamiento, una toma de posesión que acumulara bienes por cuenta del adquirente. Y si trae consigo la connotación de la separación respecto de la madre, sería un error imaginar que sobrevendría por el abandono de esta o una trasfusión de las investiduras de que era objeto.

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La alucinación negativa de la madre

Volvamos sobre la afirmación de Freud según la cual la comprobación del objeto se liga a su ausencia. Contra el fondo de esa ausencia, justamente, será preciso crear los signos que se inscribirán en el lugar de lo que falta, como un valor de cambio y no como un objeto sustitutivo. Pero como esa comprobación de ausencia es solidaria de una comprobación de pérdida, se tiende a confundirlas en una sola. O en todo caso se considera que el autoerotismo será la forma nueva que ha de resolver los problemas planteados por esa doble comprobación. Si Freud establece como sucesos contemporáneos la pérdida del pecho y el momento en que se es capaz de aprehender la persona total de la madre, lo que precede a esa aprehensión debe incluir en potencia el contenido de la apropiación ulterior. No en la forma de una percepción, puesto que en ese caso su objeto estaría afuera, y la representación de esa percepción sería un mero calco cuya función de replicación no sería congruente con el trastorno de las polaridades, en virtud del cual el esfuerzo de unificación se centra en el yo; no en la forma de una percepción, entonces, sino, al contrario, de una alucinación negativa de esa aprehensión global. El autoerotismo en las puertas del cuerpo signa la independencia frente al objeto; la alucinación negativa signa, con la percepción total del objeto, el acto de ponerlo fuera del yo, a lo cual sucede el yo-no-yo. en que se fundará la identificación. A esta alucinación negativa, que por definición no puede ser sugerida por imagen alguna, la vemos en la constitución del circuito de doble trastorno. El autoerotismo representa sólo la marca de la función o de la sutura de este circuito: aquella constitución se consuma (y aquí la operación de mudanza de la actividad en pasividad es más fundamental que la vuelta sobre sí mismo) por la inversión de las polaridades entre el bebé y la madre. El se trata como ella lo trata, desde el momento en que ella deja de ser la simple excentración de él. La madre es tomada en el cuadro vacío de la alucinación negativa y se convierte en estructura encuadradora para el sujeto mismo. El sujeto se edifica ahí donde la investidura del objeto ha sido consagrada al lugar de su investir. Todo queda entonces dispuesto para que el cuerpo del niño pueda remplazar al mundo exterior.

Cuando recurre al ejemplo del carretel, Freud no sólo figura la creación del estatuto de ausencia; sería hacer violencia a su pensamiento sostener que quiso sobre todo destacar el aspecto de dominio que esa actividad presenta. La oposición fonética que acompaña al juego está efectivamente ligada al significante. Sin embargo, no se la puede desasir del circuito que le da sustento.140 Ni qué decir que el

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niño no es el creador de ese circuito; si lo fuera, quedarían reducidos a la nada los conceptos de la división del sujeto, y de sujeto de lo inconciente. Toda la interpretación freudiana supone ese dispositivo: el carretel, el hilo que permite traerlo hacia sí, los cobertores de la cuna, etc.; y el movimiento activo de arrojar lejos y de volver a traer. El niño, en ese momento, se sirve de sus manos, pero la actividad se delega en la madre, que regresa. La mudanza de la polaridad del sujeto queda indicada por el nexo que establece Freud entre ese juego y la aparición-desaparición, en el espejo, de la imagen del bebé, como si fuera visto por otro, aunque sea él quien cumpla los movimientos que hacen posible la formación de su imagen, ahí donde la madre era esperada. El niño dice: Bebé, ooo, con lo que nos proporciona un argumento más para ligar la alucinación negativa de la madre, a la identificación. Pongamos cuidado en que no se nos comprenda mal. Las que experimentaron esa suerte no han sido la totalidad de las investiduras, sino sólo las que eran portadoras de esa aptitud de ser ligadas por la autosatisfacción. No se reniega en nada de las investiduras de las pulsiones parciales, que, en su forma fragmentaria, móvil, cambiante, siguen entrando en relación con los objetos de esas investiduras, a las cuales la identificación no puede compensar por la pérdida del objeto. Sobre este contingente pulsional recaerá la represión. Así se esclarece la idea de Freud según la cual es reprimido lo que ya encontró acogida en el yo. Es la suerte que toca a la parte homologa de las investiduras susceptibles de una auto-satisfacción, a las que nada separa de las demás, como investiduras de objeto, antes que se les ofrezca ese destino.

Freud siempre hizo recaer la represión en las formas de la representación (los afectos que experimentan ese destino, lo sufren sólo en la medida en que fueron ligados en algún momento con el Vorstellungs-reprásentanz [representante-representación]). ¿No podemos inferir que la alucinación negativa de la madre, que en modo alguno es representativa de algo, sin embargo ha hecho posibles las condiciones de la representación? Creación de una memoria sin contenido, paso de la repetición a la sutura previa a la presencia de los elementos de la suturación; aquella es presupuesta por la cadena que estos constituyen.

El deseo de lo Uno

El narcisismo es la borradura de la huella del Otro en el Deseo de lo Uno. La diferencia instaurada por la separación entre la madre y el hijo es compensada por la investidura narcisista. Esta capta el término que, en todo sentido, fundaba la diferencia en virtud del lugar que ocupaba el niño en el deseo de la madre. En el más acá de la diferencia se establece otra diferencia, constituida por la cap-

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tura de la madre en la estructura encuadradora. En cuanto a las investiduras parciales que le estaban destinadas, entran en la secuencia de los intercambios y de las trasformaciones que experimentan entre ellas, cuyo producto y testigo serán las formas de la representación. Es aquí donde la barrera de la represión, que es la duplicación de ese circuito, constituirá el muro en que habrán de reflejarse las pulsiones parciales; esto propicia el desdoblamiento desde el que se efectuará la representación. En lo sucesivo, la represión podrá cumplir su tarea de remisión y de despido de la pulsión juzgada indeseable. Aquí se señala un tiempo que abre la vía hacia otros modos de intercambio en que se producen esas conversiones cruzadas entre investiduras de objeto e investiduras narcisistas secundarias "quitadas a los objetos", cuya economía es regulada por la estructura que acabamos de describir. Es en ese momento, ya recorrida esa revolución, cuando el yo puede, valiéndose de la clausura cuyo modelo era proporcionado por los bordes de la alucinación negativa, proponer como objeto de amor a la parte del ello de que se ha apoderado engalanándose con los atributos del objeto: "Mira, también a mí puedes amarme... soy tan parecido al objeto".141

Nuestra manera de ver parece dar razón de lo que Freud apunta sobre las primeras identificaciones, de carácter indestructible, y sobre el narcisismo del yo como narcisismo secundario. En la primera etapa se imprimió la marca primitiva del objeto, en que el yo se inspirará para tratar de ofrecer, no su parecido a ella, sino la cualidad autosuficiente de su impresión. Los rasgos que toma prestados del objeto podrán ser diversificados, seleccionados, aislados uno por uno. Pero es preciso que puedan ofrecer al sujeto el sentimiento de que le confieren independencia frente al deseo. Podríamos discernir en esto una nueva forma de apuntalamiento: la que media entre dos narcisismos.

Vuelta la trayectoria sobre sí misma, la alucinación negativa tendrá construidos los límites de un espacio vacío, como en una banda de Moebius. Es lo que Freud señalaba de continuo en el momento de introducir la última teoría de las pulsiones. La división entre pulsiones del yo y pulsiones sexuales lleva a remplazar una distinción cualitativa por una distinción tópica,142 lo que supone mucho más que el simple señalamiento de una dirección a las investiduras y establece los fundamentos de un aparato psíquico, postulados por nuestra descripción. La estructura de la banda de Moebius nos ofrece el equivalente de este doble trastorno, y deslinda las dos partes del espacio vacío, de que acabamos de hablar.143 Estas serán ocupadas, res-

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pectivamente, por las investiduras de objeto y las investiduras del yo a que se rehúsa la autosatisfacción, en dependencia de las pulsiones eróticas libidinales. Espacios deslindados en orientaciones diferentes y en direcciones opuestas, pero en los que un desvío por la superficie exterior e interior permite, por tumo, el paso de una a la otra, proceso en el cual las paredes que sirven de límite a cada espacio autorizan el intercambio de esos dos tipos de investidura.

La introyección y la proyección

Es desde luego imposible articular entre sí todos esos mecanismos sin que la introyección desempeñe un papel fundamental. Cuando Freud, comentando el proceso de introyección en la fase que lleva el sello de la organización narcisista, declara que el objeto es consumido, incorporado al sujeto, pero al mismo tiempo destruido, ese comentario es ininteligible si toda la investidura se sitúa del lado de la destrucción; en efecto, ¿cómo se podría conservar algo si sobrevino la destrucción total? En una respuesta satisfactoria entenderíamos que la introyección se confunde con la inscripción del circuito encuadrador, que de ese modo constituye la matriz de las identificaciones y coincide con la desaparición del objeto. La introyección es solidaria de la clausura del circuito, del que dijimos que tiene por resultado la abolición de las tensiones. Consuma este proceso el nacimiento del autoerotismo, que se desenvuelve en el registro de la satisfacción de las pulsiones, independientemente del objeto. Puede ocurrir que las introyecciones ulteriores se desmantelen según el mismo modo que las identificaciones a que acabamos de referirnos; constituirán entonces el grupo de las investiduras de objeto. No ha de asombrarnos que la proyección encuentre su lugar aquí, puesto que todo el efecto de la mudanza de la actividad en pasividad consiste en tomar por cuenta del sujeto lo que parece cumplirse fuera de él, donde la excentración de la madre se anula por el modelamiento del circuito que reincluye en el individuo la polaridad hacia la que él tiende, con lo cual esta modalidad se convierte en parte integrante de él mismo. La constitución de la banda de Moebius no permite hablar de un derecho y de un revés, de un interior y de un exterior, aunque tampoco los confunde en un universo sin límites.144

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Equivocadamente se sitúa siempre la proyección fuera de los límites del sujeto, cuando la hipocondría proporciona el ejemplo contrario. Hoy se suele afirmar que es el resultado de una introyección. De hecho es preciso, con Tausk, que tan certeramente había penetrado la esencia del narcisismo, si no su estructura, ver en ella un ejemplo de proyección a distancia en el cuerpo, hallazgo del objeto perdido. El objeto hipocondríaco es recortado sobre el cuerpo, por la libido corporal de la investidura psíquica afectada al yo. El cuerpo ha ocupado el lugar del mundo exterior, lo que permite constituir las investiduras psíquicas; el órgano hipocondríaco representa el negativo del autoerotismo. el punto de ruptura de la alucinación negativa de la madre, donde el cuerpo, que había tomado el lugar que aquella ocupaba primitivamente, deshaciendo la interiorización de esta exterioridad, restablece su presencia o más bien la del objeto, cuya ausencia era signo de su localización fuera del niño. El órgano hipocondríaco, empero, no es sólo esto; es también fuente de escrutación. de investigación, de escucha. Es. en el cuerpo, el ojo que siente, presiente, adivina y pone en guardia.

El ojo de Narciso

Freud atribuye a ciertas formaciones de origen narcisista el papel de evaluar al yo, de medirse con él, de rivalizar y esforzarse, frente a él, hacia una perfección siempre mayor. Reconducimos esas formaciones al narcisismo secundario. La lucha de que informamos se empeña entre la satisfacción y la renuncia a las satisfacciones libidinales, renuncia que es sustentada por el yo. Los sacrificios que ha consentido le parecen desdeñables frente al sentimiento de orgullo que de ellas extrae. Por múltiples ejemplos sabemos que ese ideal del yo puede llegar a mostrar una intransigencia que empuja al yo contra los límites de lo que es capaz de soportar.

Los mitos, las producciones artísticas, los fantasmas personales nos han familiarizado con el tema del doble.145 La literatura romántica y expresionista se ha inspirado mucho en ese patrimonio de "inquietante extrañeza". Freud señala que una de las características más frecuentes del doble es ser inmortal.146 Parece que tenemos que reco-

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nocer ahí una huella del narcisismo primario, que nos hace sospechar su participación en este orden de hechos.

Strachey observa que Freud ha oscilado entre diversas formulaciones en lo que atañe al ideal del yo. En ocasiones este es presentado como lo que restablece la perfección del narcisismo perdido de la infancia; esto así, es otra formación la que asegura las funciones de auto-observación, de vigilancia y de medida del yo. Otras veces, el conjunto se confunde en una sola unidad, la del superyó. La mayoría de los autores admiten el nexo entre el narcisismo y el ideal del yo, para distinguirlo del superyó. Pero acaso es preciso separar más nítidamente la función de censura, que depende más del superyó, de la función de vigilancia, llamada de observación de sí. Lo que oficia como mirada no nace de una función análoga a la función visual,147 sino del desprendimiento de una parte del yo del resto de este. Y si recordamos que el doble es inmortal, reconoceremos que el yo no pretende menos que la invulnerabilidad más completa. El narcisismo primario, por su parte, no admite desdoblamiento alguno, y el velo que oculta el dormir sin sueños deja insatisfecha nuestra curiosidad. Merced a ese desdoblamiento podemos formarnos una idea más precisa de las aspiraciones más extremas del narcisismo primario. No hay contradicción en concebirlo a la vez como el estado de quiescencia absoluta, en que se ha abolido toda tensión, como la condición de independencia de la satisfacción, el cierre del circuito por medio del cual se fija la alucinación negativa de la madre, que despeja el camino para la identificación; y por otra parte, como el camino para la apropiación del ideal en aras de la mayor perfección, de que la invulnerabilidad es el objetivo final. La etapa que necesariamente seguiría a esta invulnerabilidad sería, sin duda, el
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