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auto-engendramiento que suprimiera la diferencia de los sexos.

El Ave Fénix, Narciso y la muerte

No nos sorprenderá entonces comprobar que Marie Delcourt, en un análisis de los mitos y los ritos de la bisexualidad en la Antigüedad clásica,148 descubre en ellos la síntesis de la materia prima Espíritu-Cuerpo, Cielo-Tierra y, en definitiva, la inmortalidad. El ejemplo más notable es la leyenda del Ave Fénix, que conjuga la bisexualidad efectiva andrógina y el rejuvenecimiento eterno que ignora la muerte. La leyenda de Narciso, en muchos puntos, prolonga y completa la leyenda del Ave Fénix.

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Nuestra reflexión sobre la obra de Freud nos hace comprender por qué, tras la genial introducción del narcisismo (1914), se imponía su abandono, pues de lo contrario nos habría llevado por falsas pistas; y del mismo modo, se imponía la introducción de la pulsión de muerte (1921), que determinó una redistribución más coherente de los valores de la teoría psicoanalítica, que Freud mantuvo hasta su muerte (1939), con insistencia cada vez más vigilante. Y aunque después de la última teoría de las pulsiones no se manifestó de manera explícita sobre el nuevo destino del narcisismo, es suficiente lo que dejó dicho para que podamos nosotros prolongar su reflexión.

El narcisismo primario no se puede entender como un estado, sino como una estructura. La mayoría de los autores no sólo lo tratan como si fuera un estado, sino que se refieren a él sólo como narcisismo de vida, guardando silencio —el silencio mismo que lo habita-sobre el narcisismo de muerte, presente en la forma de la abolición de las tensiones hasta el nivel cero. Hay temas de la metapsicología freudiana que muestran el trabajo de la pulsión de muerte en ciertos aspectos de la vida psíquica: las pulsiones de meta inhibida, la sublimación, la identificación, la función del ideal. El problema del narcisismo primario no puede eludir la cuestión del origen y el destino de las investiduras primarias, de la separación del yo y del ello, lo que lleva al examen de los conceptos de represión y de defensa. Hemos sostenido, fundándonos en la teoría freudiana, la existencia de defensas anteriores a la represión: vuelta sobre sí mismo y trastorno hacia lo contrario, que nosotros llamamos el doble trastorno. En la elaboración de la estructura que se puede dilucidar en esto. hemos discernido una inversión de las polaridades pulsionales, un intercambio de las metas, que lleva a la diferencia primaria: la de la madre y el bebé, en la que distinguimos varios registros de pulsiones. Estas son las pulsiones parciales, cuyo objeto es el pecho, las pulsiones de meta inhibida, cuyo objeto es la madre; el destino de unas y otras será distinto hasta la elección definitiva de objeto. En el momento de la diferencia primaria, la pérdida del pecho es, en un registro, el homólogo de lo que en otro registro es la alucinación negativa de la madre. El narcisismo del yo será entonces, como dice Freud. un narcisismo secundario quitado a los objetos; implica el desdoblamiento del sujeto, que toma el relevo del autoerotismo como situación de autosuficiencia. El narcisismo primario es en esta perspectiva Deseo de lo Uno, aspiración a una totalidad autosuficiente e inmortal, cuya condición es el autoengendramiento, muerte y negación de la muerte a la vez.

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  1. La angustia y el narcisismo (1979)

Salir del silencio, pasar al discurso nunca deja de tener riesgos.

En el libro de Houang Ti se dice: "La forma se desplaza, pero no nace entonces una forma (nueva), sino la sombra; el sonido se desplaza, pero no nace así un sonido (nuevo), sino el eco; y si se mueve el no ser, tampoco nace el no ser, sino el ser". Estas líneas están tomadas del Clásico verdadero del vacío perfecto,149 de Lie Tseu, autor que no habría existido, según algunos pretenden.

¿Cómo comunicarse con el otro? Se sabe que el obstáculo principal para esa comunicación es el narcisismo. De la angustia se suele decir que es incomunicable. ¿Qué relaciones guardan entre sí una y otro?

Trataré aquí:

a. La angustia de lo Uno: la unidad amenazada, reconstituida, ligada al Otro, contra un fondo de vacío, donde la forma reúne objeto parcial y objeto total.

b. La angustia de la pareja, en que las figuras de la simetría, de la complementariedad, de la oposición en la diferencia de lo Uno y de lo Otro, donde interviene la bisexualidad, remiten al fantasma de la unidad totalizadora de la pareja, buscada siempre y siempre imposible.

c. La angustia del conjunto: por medio de este concepto me propongo, tras haber evocado las figuras de lo Uno, del Dos, abordar no el problema del tercero, sino de diasparagmos, de la dispersión, de la fragmentación; conjunto finito o infinito donde se reencuentran la angustia del infans y la angustia del superyó, en la medida en que este último, nacido del ello, se convierte en "potencia del destino" (una vez consumada la institución de la categoría de lo impersonal).

Estas tres angustias plantean el problema del límite, de la forma, de la sustancia o de la consistencia, donde la apuesta es la coexistencia de los yoes.

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Interior y exterior: nacimiento del yo

Decir, de nuevo, que la relectura de Inhibición, síntoma y angustia da la medida del genio de Freud, de su rigor y de su riqueza, no nos dispensa de comprobar que ese escrito admirable en su comienzo, se queda corto al final. Uno lo siente a medida que avanza en la lectura de la obra y en particular cuando Freud aborda el problema de las relaciones entre la angustia, por una parte, y el duelo y el dolor, por la otra. Por eso no sorprende que Freud se vea obligado (cosa rara en su obra) a agregar al cuerpo de su trabajo unos apéndices, el último de los cuales vuelve, precisamente, sobre aquellas relaciones.

Freud propone algunas hipótesis, que a mi juicio se deben conservar, pero que están lejos de resolver por completo los problemas que acertadamente se plantea. Sabemos que la obra se escribió para responder a las tesis de Rank (me parece que Freud les hace excesivo honor) acerca del trauma del nacimiento. Freud refuta la idea de Rank según la cual es el nacimiento el que instituye la separación entre la madre y el hijo: "El nacimiento no es vivenciado subjetivamente como una separación de la madre, pues esta es ignorada como objeto por el feto enteramente narcisista"150 Además, Freud destaca que las reacciones frente a la separación se asemejan más al dolor o al duelo, que a la angustia. La angustia está ligada a la noción de peligro; es diferente del dolor o del duelo, que más bien pertenecerían a la categoría de la herida (narcisista). En sus consideraciones, Freud liga la angustia con el exceso de excitación pulsional. Hay libido en demasía: es la angustia automática, en que no cabe esperar auxilio alguno del objeto; está la angustia señal, por anticipación frente al peligro de perder el objeto, cuya función protectora frente al aumento libidinal fracasará más allá de cierto umbral; está también la angustia frente al peligro de dejar que se desarrolle una excitación cuya satisfacción sería reprensible; y por último, la angustia que nace de la amenaza de elevación de la tensión a causa de los reproches del superyó, con el riesgo de ser abandonado por las "potencias protectoras del destino".

El problema que entonces se plantea es el paso del feto "enteramente narcisista", que ignora a la madre como objeto, a los conflictos de deseos entre libido erótica y libido agresiva, de la fase edípica. Toda esa trayectoria es la que el texto elude: la del destino del narcisismo primario absoluto. La génesis del superyó no da razón de ella; su término es el ideal del yo. Destino de las figuras narcisistas. cuyo desarrollo es paralelo a las peripecias de las pulsiones ligadas al objeto. En cuanto al destino de las pulsiones, sabemos que es preciso

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distinguir entre idealizaciones del objeto, como expresión de la investidura narcisista. y sublimaciones, que son trasformaciones de las pulsiones.

Para todas esas operaciones es indispensable un sujeto, en el sentido estructural; no se trata de un yo (Je) existencial. sino de un fuego (jen) de desplazamientos, de condensaciones, de circulaciones. Este sujeto se experimenta existencialmente en el afecto y, de manera privilegiada, en la angustia sentida por el yo (Moi). La angustia es la epifanía del sujeto. Epifanía que aparece al yo. pero que ha menester del sujeto simbólico.

La argumentación de Freud es justa y falsa a la vez. Es justa cuando se rehúsa a la explicación por el origen: el nacimiento como punto cero y el trauma del nacimiento como economía de la cura (en esa condición de causa primera tendría la ventaja de abreviar los análisis en nueve meses). También es justo declarar que no basta con apagar la cerilla que provocó el incendio para que este se extinga. Pero es falsa porque en efecto el nacimiento es una catástrofe, en el sentido teórico moderno de la palabra. Catástrofe que se supera por la reconstitución, en el exterior, de condiciones lo más semejantes posible a la vida intrauterina. He ahí el sentido profundo (que no se le reconoce) de la importancia del holding [la acción de tener en brazos], de Winnicott, que no es más que un anidamiento externo del bebé. Si no es el pecado original, sino el nacimiento el que está en el origen de todos nuestros males, remitirnos a él no nos hace avanzar mucho en la solución de nuestros problemas.151 Lo que de esta situación debemos retener es la serie de inversiones dialécticas: nacimiento como catástrofe (separación del útero, corte del cordón umbilical, paso a la respiración aérea y a la alimentación digestiva, inauguración de la relación con la madre), y su negación por la adaptación de la madre a las necesidades del bebé en las primeras semanas, contemporáneas a la instauración del funcionamiento pulsional inicial, en el modo narcisista. El apuntalamiento, que Laplanche trajo a la luz acertadamente, tiene como efecto el nacimiento de la sexualidad humana.

El segundo nacimiento (que de hecho es para Freud el primero) es la pérdida del pecho, que permite al yo nacer, es decir, alcanzar la condición de yo-realidad, que asegura su distingo del objeto. El problema del límite recibe derecho de ciudadanía en este punto.152 No nos asombra entonces la conclusión a que llega Freud: los factores causa de la neurosis son sólo anacronismos, es decir, unas reacciones frente al peligro, propias de una actitud infantil adaptativa, pero que sin razón valedera persisten en la edad adulta en virtud del juego de

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la fijación y de la represión. Tres tipos de causa: biológica, el inacabamiento del pequeño ser humano (y por lo tanto, su dependencia del objeto); filogenética. el difasismo de la sexualidad (y, de ahí. la compulsión a repetir la sexualidad infantil en la sexualidad adulta); psicológica, en fin, la diferenciación ello-yo (que impone al yo, en su esfuerzo de combatir al ello, la obligación de combatirse por contragolpe a sí mismo, puesto que es una emanación de aquel). Todo esto implica la reproducción, la replicación de las relaciones exterior-interior. En efecto, el peligro interior era antaño exterior; el combate contra el peligro interior imita en vano el método empleado contra el peligro exterior. Estas luchas que el yo emprende contra el ello, como si este le fuera exterior, se vuelven contra él en la medida en que no es sino una parte del ello, modificada por el contacto con el mundo exterior.

Así, a la dicotomía entre pulsión y objeto corresponde la constituida por la distinción entre libido narcisista y libido de objeto. Obsérvese que aquí la libido de objeto nace de la libido narcisista, al menos en parte: secundariamente, la libido narcisista será quitada de los objetos.

Agregaremos a este repaso una hipótesis personal: el apuntalamiento del narcisismo en la libido de objeto, y su autonomía relativa. Además, las relaciones agonistas y antagonistas entre libido narcisista y libido de objeto producen, entre otras, esta consecuencia: la creación del objeto narcisista, que sortea las limitaciones impuestas por el señalamiento de los límites entre sujeto y objeto, entre yo y ello.

La elaboración teórica que acabo de hacer, apoyándome en Freud, lleva el propósito de poner de relieve la importancia del problema del límite en las relaciones exterior-interior y en el seno del aparato psíquico, en una perspectiva más metapsicológica que fenomenológica, mientras que las teorías de Federn se sitúan más del lado de la fenomenología psicoanalítica.

El yo y su representación

Me parece que se ha descuidado un punto que se advierte releyendo Inhibición, síntoma y angustia. La obra comienza por el estudio de las inhibiciones, que Freud se empeña en distinguir de los síntomas (más adelante, habrá de asimilar la inhibición a un síntoma). Aquí la inhibición es definida como una limitación funcional del yo, que persigue el propósito de evitar un conflicto con el ello o con el superyó. Ahora bien, en ese único capítulo dedicado a la inhibición, es notable que Freud en ningún momento hable ni de representaciones ni de afecto. Me veo llevado a hacer estas deducciones:

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a. La limitación funcional hace superflua la intervención de re presentaciones o de afectos en el nivel del yo. No digo que Freud tenga razón en este punto; me limito a dilucidar las consecuencias de su análisis.

b. Esta manera de comprender la limitación funcional del yo por referencia a la función sexual, aumentaría, locomotriz o ergástica (inhibición para el trabajo) lleva a plantearse, como corolario, el problema de la relación del yo con la representación y el afecto. Si, en lo que atañe al afecto parece seguro que el yo, sede de la angustia, es la sede del afecto (tanto así, que en la bibliografía psicoanalítica contemporánea la existencia de afectos inconcientes ha sido motivo de un prolongado debate); en lo que atañe, por el contrario, a las representaciones, Freud sólo habla de representaciones de objeto.

He aquí, entonces, mi conclusión: o Freud omite voluntariamente el problema de las representaciones del yo (representaciones que el yo tendría de sí mismo) o bien (hipótesis esta por la que me inclino) el yo no tendría representación alguna de sí mismo. Así las cosas, hablar de representaciones del yo carecería de sentido desde el punto de vista teórico, por más que esa idea tenga un eco fenomenológico. Por lo demás, Freud, en El yo y el ello, define al yo como una superficie o lo que corresponde a la proyección de una superficie; por mi parte agregaría que es una superficie destinada a recibir las representaciones de objeto y los afectos.153

Citaré un ejemplo tomado de A la recherche du temps perdu, de Proust, del que ya me he valido en un trabajo sobre psicoanálisis aplicado.154

Albertine deja a Marcel al día siguiente de una noche en que él presintió el fin de su relación. Marcel imagina después mil recursos para reconquistarla: "Iría entonces a comprar, con los automóviles, el yate más hermoso que existía. Estaba en venta, pero tan caro que no encontraba comprador. Por otra parte, una vez adquirido, y aun suponiendo que sólo hiciéramos cruceros de cuatro meses, costaría más de 200.000 francos por año mantenerlo. Viviríamos entonces con un gasto mayor de medio millón de francos al año. ¿Podría sostenerlo más de siete u ocho? Pero qué importa; cuando no me quedaran más de 50.000 francos de renta, podría dejárselos a Albertine y matarme. Esta decisión tomé. Ella me hizo pensar en mí. Ahora bien, como el yo vive atareado pensando en una multitud de cosas, y como no es más que el pensamiento de esas cosas, cuando, por casualidad, en lugar de tener delante esas cosas, de repente da en pensar en sí mismo, sólo encuentra un aparato vacío, algo que él no conoce y, para conferirle alguna realidad, le agrega el recuerdo de

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una figura que percibió en el espejo. Esa cómica sonrisa, esos bigotes desparejos, he ahí lo que desaparecerá de la superficie de la Tierra. Cuando dentro de cinco años me matara, habría acabado para mí la posibilidad de pensar todas esas cosas que sin cesar desfilaban en mi espíritu. Ya no estaría sobre la superficie de la Tierra y nunca volvería; mi pensamiento se detendría para siempre. Y mi yo me parece todavía más nulo cuando así lo veo ya como algo que no existe. ¿Cómo podría ser difícil sacrificar a aquella a la que se dirigen continuamente nuestros pensamientos (a aquella a la que amamos); sacrificarle, digo, ese otro ser en el que nunca pensamos: nosotros mismos? De esta manera el pensamiento de mi muerte se me antojó peregrino, como la idea de mi yo; no me resultó nada desagradable . Pero de repente lo encontré espantosamente triste; y fue porque, habiendo pensado que, si no podía disponer de más dinero, era porque mis padres vivían, di en pensar en mi madre. Y no pude soportar la idea de que ella sufriera con mi muerte".155

A la luz de esta cita me gustaría señalar que a menudo se confunde imagen del cuerpo y representación del yo. En efecto, si el yo es una superficie o lo que corresponde a la proyección de una superficie, imagen del cuerpo y representación del yo pertenecen a niveles teóricos diferentes. La imagen del cuerpo remite a una fenomenología de la apariencia. Cuando hablamos de una representación inconciente del yo, de ordinario nos referimos a lo que deducimos de la proyección de un fantasma inconciente sobre el objeto
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