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a. El dolor es provocado por una decepción que se recibió en un estado de no preparación; esto lo acerca más a la neurosis traumática que a la frustración, a la privación. Decir que se liga con la pérdida del objeto es menos importante que destacar la no preparación del sujeto, debida a la escotomización y a la desmentida [déni] de los signos del cambio del objeto, hasta el momento en que sobreviene la imposibilidad de mantener esa desmentida. Es siempre un rayo en cielo sereno, aun si el sol estaba oculto por las nubes desde hacía semanas. Lo intolerable es el cambio del objeto, que constriñe al yo a un cambio correspondiente.

b. El dolor proviene de un secuestro del objeto, de una manera semejante a la hipocondría, con la diferencia de que se trata de un objeto psíquico y no de un órgano. Mejor: el yo se enquista con el objeto en el mantenimiento de una unidad álgica donde trata de aprisionarlo. El dolor es el resultado de la lucha que el objeto interno emprende para desasirse, mientras el yo se encarniza con él, mortificándose con su contacto, porque en fin de cuentas el yo se lastima a sí mismo: el objeto secuestrado ya no existe, es una sombra de objeto. El yo es como el niño desesperado que se golpea la cabeza contra la pared. A diferencia de la melancolía, no hay aquí indignidad ni autorreproche, sino un sentimiento de perjuicio, de injusticia.

c. El secuestro del objeto y el dolor interno que actúa como un aguijón constante proporcionan un cuadro contrastado que opone signos exteriores discretos (debidos a un efecto de vergüenza) a un huracán interior permanente.

d. Existe una contradicción en la estructura del yo entre notables posibilidades sublimatorias, que acompañan a una relación de objeto caracterizada por la idealización, así como por la desmentida, y pulsiones escindidas, en estado silvestre. La sensibilidad narcisista es re finada; y es tosca la sensibilidad objetal.

e. Una defensa común frente al dolor psíquico es el traslado de

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los limites espaciales: la errancia, el viaje. El desplazamiento es actuado en la búsqueda de un espacio desconocido, al tiempo que el desplazamiento interno es imposible porque el espacio psíquico está absorbido por el secuestro del objeto fantasmal.

f. La regresión al pasado cobra una forma paradójica. Desde el momento en que la previsión del cambio del objeto es imposible, porque el tiempo es negado, domina la anticipación. Es en definitiva la intolerancia al cambio, tanto del yo como del objeto, la principal característica del dolor psíquico. Esto se debe a que el cambio atenta contra la permanencia y la perennidad de la organización narcisista unitaria, así en el espacio como en el tiempo.

g. Ese estado de dolor psíquico es el producto de lo que Masud Khan ha llamado traumas acumulativos. En virtud de la estructura narcisista del yo, esos traumas acumulados se sobrellevan por negación. Cuando se reabre la herida narcisista principal, el estado interior es, como Freud lo describió, el de una experiencia traumática interna continua. Winnicott ha hablado de comportamiento reactivo. Siguiéndolo, hablaré de un funcionamiento psíquico interno reactivo. En efecto, la reactividad responde a un funcionamiento en simetría, de golpe por golpe. La defensa cobra entonces la forma de una identificación primaria reactiva o, en los casos más graves, de una despersonalización, más o menos confusional, reactiva. La exploración del pasado revela que las formaciones del carácter dependen menos de orientaciones pulsionales definidas, que de formaciones reactivas frente a las pulsiones del objeto. La reacción atañe menos a las pulsiones del sujeto, a las que un esfuerzo trata de reducir a silencio, que a las pulsiones del objeto, odiadas por su orientación nueva o su cambio de expresión. Por otra parte, el mundo interno es relativamente desinvestido, mientras que es sobreinvestida la realidad exterior, fuente de peligros permanentes.

h. Frente a las amenazas que provienen del cambio del objeto, se ejerce una actividad de control. Acaso la contradicción proviene de que al mismo tiempo se trata de controlar el objeto y de ser controlado por él. Dicho de otro modo, el medio para hacer prisionero al objeto es constituirse uno mismo en su prisionero. Los papeles se invierten, según vimos, cuando, convertida la herida narcisista en llaga abierta, se hace indispensable el secuestro del objeto; así se crea la "hipocondría psíquica". El propósito de este secuestro, que se puede acompañar de una identificación proyectiva, es reconstituir la unidad perdida con el objeto por medio de la creación de una complementariedad interna. Como resultado de este trámite, se está frente a sujetos de apariencia exterior "normal" (en la medida en que este adjetivo tiene sentido para un psicoanalista), que viven con una invalidez interior, receptáculo de objetos-trauma que vampirizan al yo hipnotizado. De ahí la dificultad de determinar la estructura psicopatológica.

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¿Cuál es la explicación metapsicológica de esta estructura? Proporcionaremos un modelo hipotético. El sujeto narcisista, so pena de enervamiento o de "usurpación" por el objeto (Winnicott), no puede correr el riesgo de investir plenamente el objeto en el abandono de sí. Abandono de sí quiere decir confianza en la situación en que uno se abandona al amor del objeto. El objeto puede ser amado; abrirse al objeto es peligroso. Si el objeto, en estas condiciones que para él son frustrantes, se retrae o parte a la búsqueda de otro objeto (objeto del objeto), el yo hace la experiencia de la ira narcisista (Kohut) y de la homosexualidad hacia el rival. Se suspende todo contacto con el objeto en la medida en que ese contacto sugiere una relación homosexual con el rival (objeto del objeto) o un contacto destructor por la decepción infligida. Esto no basta; una inversión de la orientación de las investiduras cobra la forma de una vuelta de efecto aspirante, que "incorpora" las investiduras al yo. El repliegue narcisista es corolario de la desinvestidura objetal. Lo que entonces se produce a espaldas del sujeto, en esta difracción de las investiduras, o esta inflexión interna, es que, sin advertirlo, el yo recoge en su lazo al objeto, pero es un objeto vacío, un espectro de objeto. Desde ese momento, el secuestro objetal de que hemos hablado es la prenda de un combate inmisericorde en que el yo, creyendo dar muerte al objeto, sólo consigue darse muerte a sí mismo. Es la misma condición narcisista del objeto entretejido en la tela del yo la que no hace más que agrandar la desgarradura del tejido. De ahí la investidura negativa, investidura del hueco dejado por el objeto, como hueco que tuviera el valor de única realidad. Es lo que Winnicott expresa afirmando que lo negativo de uno es más real que lo positivo del otro, es decir, de cualquier objeto sustitutivo. La ceguera del yo paralizado y dolorido es tanto más comprensible cuanto que no puede ver al objeto, puesto que el objeto no está sobre la tela, la superficie en que se inscribe, sino que es la trama misma de esta superficie entelada. En lugar de un insight tenemos un "painsight". Traducido: en lugar de una introvisión (para no emplear el término introspección), tenemos una algovisión. Esta investidura del "aspecto negativo de las relaciones" (Winnicott) presenta una notable intolerancia al duelo, puesto que perder el objeto es perderse a sí mismo: el objeto es la fuente de toda la estima del yo por sí mismo. En estos casos, el análisis se propone alcanzar un re-nacimiento (acaso, hasta un nacimiento) psíquico por medio de "dolores de crecimiento" (Bion). Esto sólo se consuma por la tolerancia al estado no integrado, es decir, el abandono de la hipoteca narcisista y del control del objeto. El estado no integrado es diferente del estado desintegrado (Winnicott). El yo lucha contra esta amenaza antiunitaria, puesto que el objeto y el yo son uno. El dolor es una suerte de valla de protección, un estado de alerta, un medio de existencia para sobrevivir, sin vida verdadera, cuando el yo tropieza con su contingencia vivenciada como futilidad.

Estas consideraciones me llevan a poner muy en duda la afirmación

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que hace Freud en Inhibición, síntoma y angustia, según la cual la investidura negativa no tiene sitio en el inconciente. Y de igual modo, su tesis de que los desmayos no dejan huellas en el inconciente (era un punto sensible, porque él mismo padecía de ellos). Por el contrario, creo que la desinvestidura, en que consiste el desmayo, no se limita a revivir una experiencia de fusión, sino que además constituye una experiencia de corte, de vacío, que deja un hueco en el inconciente, cuyas contrainvestiduras se activan en los bordes de la llaga hiante, en oposición al retorno o la extensión de esa experiencia afectiva. La alucinación negativa es su correspondiente en el orden de la representación.

Debo agregar que no sólo la experiencia de la pérdida está aquí en el primer plano; también, la experiencia de la vida desconocida del objeto cambiante.164 Si el objeto ha cambiado sin que el yo notara ese cambio, es porque en el fondo el objeto no era conocido. Era incognoscible, y por lo tanto imprevisible. Equivale esto a decir que era un objeto -y no un objeto narcisista- autónomo. Eso es lo intolerable para el yo, que lo considera por momentos parte de sí mismo y por momentos un extraño absoluto. El mismo y otro. Esta incognoscibilidad del objeto obliga al yo a enfrentarse con lo desconocido de él mismo, que su narcisismo disimula. Diversos recursos quedan entonces disponibles: construir una neorrealidad merced a la identificación proyectiva, es decir, delirar; o bien, vivir el dolor de lo desconocido en uno mismo, que remite a lo desconocido del objeto, y procurar el final apaciguador y refusionante: morir. En ese caso el analista debe navegar entre Escila y Caribdis: ser el apoyo de una trasferencia delirante o el de una trasferencia mortífera. Para esto el analizando no necesita llegar al suicidio. La muerte psíquica, embalsamamiento del yo y del objeto en lo inerte, puede cumplir con creces ese programa.

El objeto del análisis no se debe encuadrar ni en el analizando ni en el analista, sino en el espacio potencial de su entre- dos, en una forma nueva de reunión que permita alcanzar la metáfora del objeto, que es sólo el objeto del lazo; ni mío ni tuyo: lazo.

Lo blanco

Con Jean-Luc Donnet, describí en 1973 la "psicosis blanca".165 En esa época me preguntaba si con el análisis de un caso que sin duda entraría en la categoría de la "excepción", como Freud la entiende

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(y la excepción siempre está ligada a una herida narcisista), no había descripto una singularidad teratológica carente de alcance general. La experiencia me libró de ese escepticismo. Trataré de aportar algunas precisiones a la ambigüedad de esa "blancura". Blanco, en el sentido en que lo empleo, viene del inglés blank,166 que significa espacio no ocupado (no impreso, por ejemplo el que se deja en un formulario para la firma o la suma; cheque en blanco, carta blanca), vacío. El término anglosajón proviene del francés blanc, que designa un color. A su vez, el término francés viene del germano occidental blank, que significa claro, pulido. Blank remplazó al albus latino. Entre los derivados se señala blanchir (blanquear), déblanchir, re-blmchir. De la raíz latina proviene albúmina, lo blanco del huevo; esto nos remite al narcisismo. Además, el Dictionnaire érotique de Pierre Guiraud incluye, para blanc, dos significaciones: 1) esperma; sin duda -dice el autor- en el sentido de la clara de huevo, y 2) sexo de la mujer, lo que coincide con las concepciones psicoanalíticas sobre la castración femenina y la vagina.

Estamos entonces frente a una bifurcación semántica: el color, el albus latino, y lo vacío, el blank anglosajón. ¿Cómo se asocian estos dos sentidos? B. Lewin describió la pantalla blanca del sueño, y el sueño blanco. La pantalla blanca es, para Lewin, una representación onírica del pecho tras el adormecimiento que sigue a una lactación satisfactoria. El sueño blanco es sueño vacío, es decir, sin representación, pero con afecto. Hay entonces una relación de simetría, de complementariedad y de oposición entre el pecho como realización alucinatoria del deseo y la alucinación negativa del pecho. Es la hipótesis que expuse en Discours vivant, anterior a "La psychose blanche", donde sostuve que son como el anverso y el reverso de una misma medalla.

Cuando el blanco designa al color, convoca a lo negro: "la negrura secreta de la leche", el revés de la "leche dulce de la ternura humana". En la teoría freudiana, eso negro puede evocar la violencia o el sadismo. Pero lo negro es también el espacio nocturno, el de la desaparición del objeto: pecho, madre, pene de la madre. De aquí, la semántica del color converge con la semántica de la forma: el negro es el espacio despoblado, vacío. La escena primitiva, en lo negro, remite a esta desaparición de las formas, con intrusión de los ruidos. Lo blanco es entonces lo invisible;167 mientras que su contrario semántico es la luz del alba, disipadora de las angustias nocturnas, pero anunciadora del sentimiento depresivo: "Un día más".

¿Qué ocurre en la psicosis blanca? El yo procede a una desinvestidura de las representaciones que lo deja frente a su vacío constitutivo

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El yo se hace desaparecer ante la intrusión de lo demasiado-lleno de un ruido que es preciso reducir a silencio. La materia fecal que se le escapa al Hombre de los Lobos en el curso de la escena primitiva es de naturaleza polisémica. A la excitación erótica anal que el testigo se procura, a la expulsión de la madre, agrego la autoexpulsión del sujeto. "Me cago en eso porque me vuelve loco" [Je m'en fous parce que ça me rend fou ].

Sin el hijo, es impensable el goce de la madre. Antes que una elaboración teórica, expondré los dichos de una paciente (es inglesa, y es imposible que me haya leído). Me dijo un día: "Cuanto sé es que por momentos me siento vacía y tengo la absoluta necesidad de estar con alguno, a toda costa"; y a poco, tras reflexionar: "Pero acaso el vacío no se puede colmar porque está en mí y ningún objeto lo puede llenar". Unos meses después, proporcionó una descripción precisa de su angustia en la soledad nocturna. "Por las noches, cuando estoy sola no consigo dormir; me siento y soy incapaz de permanecer así; mi espíritu está vacío y no puedo pensar (My mind is blank and I can 't think). Entonces siento algo en mi vientre, y desesperadamente trato de hacer de modo que mi espíritu y mi vientre se reúnan, me deslizo abajo para realizar esa unión, y esta no se produce. Como no puedo trabajar, llamo por teléfono a alguno".

Esta imposibilidad de pensar, acompañada de un doble sentimiento de separación total, de soledad intolerable y de impulsión corporal, es lo que se nos presenta, en la teoría, con la articulación de los capítulos 2 y 3 de El yo y el ello. Tras haber considerado el paso de lo inconciente a lo preconciente por la reunión de las huellas mnémicas de cosa con las huellas mnémicas de palabra, Freud define el yo como superficie corporal... y se detiene ahí. Después, en el capítulo siguiente, cambia de registro teórico y aborda, a raíz de la melancolía y del papel que tiene en ella la incorporación, el problema del objeto. Este salto teórico entre el lenguaje y el objeto es sin duda el que se produce en esas estructuras narcisistas y fronterizas en que el sujeto, a falta de representación, comprobando la carencia de palabras, opera una mutación y pasa al plano de los objetos, sobre todo orales. El fracaso de las fijaciones fálicas a que el lenguaje da sustento (lenguaje que también pasa por la boca) reconduce al sujeto a una oralidad metafórica materializada en el cuerpo. El pecho invade el vientre para ocupar el espacio vacío que dejó la representación. Es notable que la angustia no se manifiesta como tal, sino, más bien, como un vacío. Un vacío instituido contra el deseo de invasión por el objeto pulsional, que amenaza al yo con hacerlo desaparecer.

Así, la relación entre lo blanco y la moción pulsional se comprende como la interacción de un corte radical con el objeto y una desinvestidura de la representación, simultánea de aquel, por un lado y, por el otro, la intrusión, en el espacio desinvestido (desocupado), de una moción pulsional que proviene de la parte del ello más anclada en la esfera somática. Los dos tiempos parecen sucesivos. De hecho,

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la extrema rapidez de este proceso circular hace que no sea posible hablar de sucesividad (lo que sólo es concebible en la descripción que el sujeto hace con posterioridad); por el contrario, todo lleva a pensar que se trata de una cuasi-simultaneidad en que lo blanco se instaura contra la moción intrusiva, y esta sólo se comprende como efecto de colmadura de lo blanco. Lo importante es la desaparición de la mediación que pudieran ofrecer la representación o la identificación. En los casos que describo, el
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