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[refus] del objeto es una necesidad vital para el narcisista. Ese rehusamiento está motivado por la independencia del objeto, que obedece a sus propios movimientos, mientras que el yo se siente paralizado ante él. Aceptar el objeto es aceptar su variabilidad, sus sorpresas, es decir, que pueda penetrar en el yo y abandonarlo, reavivando de ese modo las angustias de intrusión y de separación. Además, la regresión se consuma en un estado de pasivación, en que el yo presiente el peligro de un sometimiento total (la resourceless dependance de los autores ingleses). En esas condiciones, la negación no sólo garantiza la autonomía del yo, sino, como dicen los propios pacientes, permite tener un eje en torno del cual se ordena la consistencia. "Me mantengo a pie firme, tengo buenas piernas", dice una paciente. "Rehusar lo que usted me dice, cuando lo siento demasiado cerca, me procura una columna vertebral". "Querer la muerte de todos los míos, mujer e hijos, es ponerme a salvo de las molestias que perturban mi 'tranquilidad'", dice otro. Esto nos muestra que la negación no desempeña aquí solamente el papel de una represión económica, sino que es la condición para que el yo consista en algo. El problema está en saber cómo

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la introyección de un objeto que narcisiza al yo y aumenta su poder de placer puede ser del dominio de una interpretación que no sea tautológica.

El papel de espejo, otorgado al analista, tiene por fin la confirmación de lo que en el material no debe ser visto ni por el paciente ni por el analista; es entonces una fuente de aprobación, de apuntalamiento del yo en el objeto narcisista. Toda la dificultad, entonces, a causa de la negación, está en la interpretación. Se trata de introducir, con el eco interpretativo, algunos elementos extraños, disonantes, en dosis homeopáticas, integrables por el paciente, un poco como a los niños se les da una medicina de sabor desagradable oculta en una cucharada de dulce. El Otro desencadena la señal de la negación para que el Mismo se asegure de su identidad. Si el concepto de identidad tiene un sentido en la teoría analítica, es sólo por referencia a la vulnerabilidad narcisista. Su único papel es permitir el advenimiento de la diferencia, una vez creada la ilusión unitaria.

La negación suscita el problema de lo que llamo las investiduras negativas. Por investidura negativa entiendo la investidura de una satisfacción ausente o rehusada, por la escenificación de un estado de quietud (negación de la insatisfacción), como si la satisfacción se hubiera producido de hecho.

Es la función que asigno al narcisismo primario negativo.

Un modelo general de la actividad psíquica

Angustia de lo Uno, angustia de la pareja, angustia del conjunto, he ahí, entonces, otras tantas figuras narcisistas de las amenazas que pesan sobre la estructura del yo.

Habría que mostrar el modo en que este rendimiento del yo se replica, o se reverbera, en el rendimiento del lenguaje, y abordar el problema del lenguaje en las trasferencias narcisistas o la vertiente narcisista de la trasferencia.171 La angustia, sea objetal o narcisista, corta la palabra, hace hablar al cuerpo o, más bien, cede el lugar a la cacofonía. Es entonces grande la tentación del silencio, ese significante cero del lenguaje. Pero el silencio no es sólo la suspensión de la palabra, es su respiración misma. Cuando el silencio no es manifiesto, y aun cuando no marca las pausas, las transiciones, las escansiones del discurso, está en la discontinuidad constitutiva del mensaje verbal.

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Cabe entonces preguntarse si no es posible proponer un modelo general de la actividad psíquica; lo imaginaríamos en tres fases: 1) El primer tiempo sería el de la investidura de una preorganización, que sería la de la percepción y del fantasma inconciente que la acompaña: 2) el segundo tiempo sería el de una negatividad, ilustrada por la imagen de lo blanco. Este tiempo negativo, que funda la discontinuidad, sería el espaciamiento diferencial de las letras, las palabras, las frases, pero también el espaciamiento de todas las variedades de la contrainvestidura: represión, negación, desmentida, forclusión; y 3) el tiempo, por último, de la reorganización como efecto retroactivo que la contrainvestidura produce sobre la investidura, efecto de posterioridad del segundo tiempo sobre el primero: retorno de lo reprimido, de lo denegado, de lo desmentido, de lo forcluido, respecto de lo cual las formaciones sintomáticas y los cuadros de la psicopatología demuestran que opera ahí una lógica plural. Lógica de lo Uno, de la pareja o del conjunto.

El narcisismo, positivo o negativo, participa en esos cuadros. Su fracaso se traduce en la angustia narcisista, en que las pretensiones del sujeto a la totalización experimentan el poder del objeto, fuente de tensiones, que pone en tela de juicio el orden demasiado ordenado, factor de entropía, es decir, de muerte. La vida psíquica -como la vida- no es más que un desorden fecundo. El narcisismo persigue, en vano, el espejismo de poder impedirlo. Todo erotismo es violencia, como la vida hace violencia a la inercia.

Nuestra dificultad para pensar la angustia en sus relaciones con el narcisismo proviene de que nuestra civilización occidental es narcisista sin advertirlo. Ha impuesto al mundo su occidéntalo-centrismo, sin pensar su otro: el Oriente. El Oeste es el Oeste; el Este es el Este. Acaso sería hora de que nos interesáramos por los pensamientos del Oriente como por la sombra de nuestro pensamiento. Citaré, para terminar, del Clásico verdadero del vacío perfecto, este capítulo: "Sabio sin saberlo":

"Long Chu se dirigió a Wen Ze, y dijo: 'Tu arte es sutil, y yo tengo una enfermedad. ¿Puedes curarme?'. Wen Ze dijo: 'Estoy a tu disposición, pero primero tienes que indicarme los signos de tu enfermedad'. Long Chu se confesó: 'La alabanza de mis conciudadanos no me procura la satisfacción de la fama y no experimento vergüenza cuando me condenan. La ganancia no me alegra y la pérdida no me aflige. Considero que la vida vale lo que la muerte, y la riqueza lo que la pobreza. En cuanto a los humanos, creo que tienen tanto valor como los puercos, y yo no me considero mejor que los demás. Vivo en el seno de mi familia como un viajero en el hospedaje. Mi patria es para mí un país extranjero. Dignidades y recompensas nada pueden contra esos defectos; acusaciones y castigos no me espantan; grandeza y decadencia, beneficios y pérdidas nada lograrían, como tampoco duelos o alegrías. Por eso no tengo aptitud para servir al

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príncipe ni para mantener relaciones normales con mis parientes y amigos, con mi mujer y mis hijos, y gobierno mal a mis servidores. ¿Qué enfermedad es esta que me aflige, y cómo curarme?'. Wen Ze hizo que Long Chu diera la espalda a la luz, y él mismo se colocó detrás de su paciente para examinar su silueta que se recortaba en el resplandor. Dijo entonces: 'Bien veo tu corazón: es una pulgada cuadrada de vacío. Eres casi como un santo (cheng-jeri). Seis aberturas de tu corazón están perfectamente libres, y una sola permanece cerrada.172 En los tiempos que corren, la santa sabiduría se considera una enfermedad.. No conozco remedio para esto' ".173

No pretendo ofrecer con esto una alternativa para nuestra ética psicoanalítica. Creo que el psicoanálisis no es más que la asunción de nuestros límites, que implican al Otro, a nuestro prójimo diferente. Pero considero que el Oriente nos indica el modo en que ciertas vías se prefieren a otras. En el curso de algunos análisis, repentinamente sucede que el paciente inviste un espacio de soledad, donde se siente en su casa. Es un resultado no desdeñable. No es suficiente. Es preciso, mucho antes, que consienta en abandonar su nido para sentirse bien consigo, con un huésped o con otro, o que permita a ese huésped sentirse bien consigo, en él. Esto sólo es posible si la intersección de los dos está limitada de suerte que cada uno permanece él mismo cuando está con el otro. Porque es imposible ser totalmente Uno o totalmente el Otro. Es quizás el sentido de lo que constituye el eje de la teoría freudiana, y que trivialmente llamamos angustia de castración, que yo sólo concibo apareada con la angustia de penetración. Acaso comprendamos que la clave del psicoanálisis no es el falo, sino el pene en la vagina, y/o -es más difícil pensarlo-la vagina en el pene.

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Segunda parte. Formas narcisistas



  1. 4. El narcisismo moral
    (1969)

"La virtud no sólo se asemeja a aquel combatiente cuyo único cuidado en el combate es mantener inmaculada su espada, sino que además emprendió la lucha para preservar las armas; y no sólo no puede emplear sus armas, sino que también tiene que mantener intactas las de su enemigo y protegerlo de su propio ataque, puesto que siempre se trata de los nobles lances del bien, en aras del cual se ha puesto en campaña". Hegel, Phénoménologie de l'esprit, 1, pág.317.

"No sentir nada, he ahí el más dulce tiempo de la vida".

"Cesa en el momento en que se conocen alegrías y penas". Sófocles, Ayax.

El narcisismo, al que tantos trabajos teóricos se dedicaron en Francia en años recientes, en cambio ha sido objeto de muy pocos estudios clínicos. Un trabajo anterior (1963) acerca de la posición fálica narcisista174 nos movió a definir mejor un estado observado en la labor clínica, del que Reich había dado una primera descripción. Aquí intentaremos trazar con más nitidez el contorno de otra figura revelada por la cura; nos gustaría que cada quien verificara su validez en su propia experiencia, y si fuera posible, querríamos atribuirle una estructura. Trataremos, pues, del narcisismo moral.

Edipo y Ayax

Los héroes legendarios de la Antigüedad son un tesoro que el psicoanalista no se priva de explotar profusamente. Por lo común

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apela a esos altos personajes mitológicos para exornar una tesis y hacerla seductora. Por nuestra parte, partiremos de una oposición que permitirá a cada quien, por recurso a la memoria, remitirse a un ejemplo compartido que acaso le evoque el recuerdo de alguno de sus pacientes. Dodds, en su libro Los griegos y lo irracional175 opone las civilizaciones de la vergüenza a las civilizaciones de la culpa. No es ocioso recordar aquí que, a juicio de Dodds, la idea de culpa se liga con una interiorización (diríamos nosotros, una intemalización) de la idea de falta o de pecado; es el resultado de una trasgresión de lo divino. En cambio, la vergüenza es deparada por una fatalidad, es una señal de la envidia de los dioses, una Até, un implacable castigo que ni siquiera guarda relación con una falta objetiva, como no sea la desmesura. La vergüenza alcanza inexorablemente a su víctima; y por cierto que no se la debe atribuir tanto a un dios, como a un daimón, potencia infernal. Dodds refiere la civilización de la vergüenza a un modo social tribal en que el padre es omnipotente y no conoce autoridad alguna superior a la suya, mientras que la cultura de la culpa, que se encamina al monoteísmo, supone, más allá del Padre, una Ley. Lo que está en cuestión no es la reparación de la falta, que no difiere en los dos casos. El paso de la vergüenza a la culpa es el correlato de una trayectoria que lleva de la idea de la mancilla y la polución, a la conciencia de un mal moral. En síntesis, la vergüenza es un afecto en que apenas participa la responsabilidad humana, es una suerte enviada por los dioses, que golpea al hombre proclive al orgullo (hybris), mientras que la culpa es la consecuencia de una falta en que la voluntad del hombre se empeñó en el sentido de una trasgresión. La primera corresponde a una ética del talión, y la segunda, a una ética de justicia más comprensiva.

Me ha parecido que se podían oponer estas dos problemáticas: la vergüenza y la culpa, contraponiendo los casos de Ayax y de Edipo. Ayax, el más valeroso de los griegos después de Aquiles, a la muerte del hijo de Tetis espera que le adjudiquen sus armas. Pero no sucede así. Las armas se otorgan a Ulises, por caminos que difieren según las versiones del mito. En las más antiguas, son los troyanos, vencidos por los griegos, quienes deben indicar a aquel de sus enemigos a quien más temen, y designan a Ulises. Este puede no ser el más valiente, pero es el más peligroso por más astuto. En otras versiones (y es la tradición que recoge Sófocles), son los mismos griegos quienes lo eligen por votación.

Ayax sufre esa elección como una injusticia y una injuria. Decide vengarse por la violencia dando muerte a los atridas, Agamenón y Menelao; hará prisioneros a los argivos y capturará a Ulises, para azotarlo hasta que muera. Pero Atenea, a quien Ayax había ofendido cuando rechazó su auxilio en los combates contra los troyanos; Atenea

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pues, lo vuelve loco. En lugar de hacer una hazaña en el combate contra aquellos a quienes pretende castigar, en estado de locura extermina los rebaños de los griegos; es una carnicería sangrienta. El autor de la hecatombe sólo recobra el juicio después que cometió el mal. Recuperada la razón, comprende su locura. Dos veces loco, de dolor y de vergüenza por no haber sabido triunfar con el derecho ni con la fuerza, herido en su orgullo, se da muerte arrojándose (J. Lacarriére dice, y es verosímil, empalándose) sobre la espada de Héctor, que había recibido como trofeo.

En la lectura de Sófocles, advertimos que la vergüenza es la palabra clave de su tragedia. " ¡Ah! rumor espantoso, madre de mi vergüenza", canta el coro cuando se entera de la noticia de la masacre. La locura como tal no excusa de nada: es la peor de las vergüenzas, el signo de la reprobación del dios. Y por añadidura cobra aquí una significación deshonrosa, porque empuja a una matanza sin gloria. Ridiculiza al héroe que se precia de la valentía suprema, constriñéndolo a destruir salvajemente bestias inofensivas y nutricias. Lo aplasta con la "pesada ilusión de un triunfo execrable". Y en el momento en que la razón vuelve por sus fueros, la muerte aparece como la única solución posible. Ayax, perdido su honor, ya no puede vivir a la luz del día. No hay atadura que haga resistencia a esta tentación de la nada. Padres, mujer, hijos, a quienes su muerte amenaza con un destino de esclavos, no bastan para retenerlo. Ayax aspira a los infiernos, e invoca, en sus juramentos, la noche de la muerte: "Tinieblas, ese es mi sol". Deja sus despojos como una mancha de cuya suerte tendrán que decidir aquellos que lo despreciaban: la exposición a los buitres o el sepultamiento reparador. El Mensajero es el que nos comunica la ética de la mesura: "Los seres anormales y vanos sucumben bajo el peso de las desgracias que les envían los dioses. Es la suerte de todos los que, habiendo nacido humanos, conciben proyectos que no son los de un hombre".

Me ha parecido que el ejemplo de Ayax se prestaba a una comparación con Edipo. El crimen de Edipo no es menos grande. Su excusa es el no saber, el engaño del dios. El castigo que después se inflige lo llevará sin embargo a aceptar la pérdida de unos ojos que quisieron ver demasiado; a desterrarse auxiliado por su hija Antígona; a vivir su mancilla entre los hombres, hasta apurarla. Por último, antes de morir, aceptará ser objeto de litigio y de disputa entre sus hijos (a quienes maldecirá), su cuñado y tío Creón, y Teseo, bajo cuya protección se ha puesto. En el bosque de Colona, de los alrededores de Atenas, esperará a que los dioses le hagan una señal. La vida, después de la revelación de su falta, ya no podía ser ocasión de placer alguno. Pero se trata de la vida que los dioses dieron, y que ellos retomarán cuando la hayan juzgado. Y, punto esencial, Edipo se mantiene fiel a sus objetos. Son su vida, al tiempo que lo ayudan a mantenerse en vida. No puede abandonarlos, aun al precio de convertirse en prenda siniestra de sus hijos. Odiará a algunos de ellos: a

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los varones, desde luego. Y amará paternalmente a sus hijas, no obstante ser ellas el fruto de su incesto.

Según se comprende, hemos opuesto dos problemáticas que responden a dos tipos de elección de objeto y de investidura del objeto: con Edipo, la investidura objetal del objeto, que, por la trasgresión. genera culpa; con Ayax, la investidura narcisista del objeto, que, por la decepción, genera vergüenza.

Aspectos clínicos del narcisismo: El narcisismo moral

El apólogo de Ayax, que nos ha servido de introducción, nos lleva derechamente a plantear un problema al psicoanalista. ¿No queda en evidencia que esta forma del narcisismo guarda alguna relación con el masoquismo? ¿Acaso el autocastigo no se sitúa aquí en el primer plano? Antes de pronunciarnos sobre si el masoquismo es, en último análisis, lo que mejor define el tema de Ayax (quien no busca el castigo, pero se lo inflige para salvar su honor, otra palabra clave del narcisismo), hemos de detenernos un momento a considerar las relaciones entre masoquismo y narcisismo.

En su estudio sobre "El problema económico del masoquismo", Freud, al tiempo que escindía los pares tensión-displacer y distensión-placer, discernió la disociación del masoquismo, como expresión de la pulsión de muerte, en tres subestructuras: el masoquismo erógeno, el masoquismo femenino y el masoquismo moral. El que hoy propondremos ha de ser un desmembramiento del mismo tipo. Para ello no tomaremos como base los efectos de la pulsión de muerte, sino los del narcisismo. Nos ha parecido posible distinguir, partiendo de la clínica, diversas variedades, subestructuras del narcisismo:

  1. Un
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