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como si esta de todas maneras ocurriera, como si aquella búsqueda hubiera encontrado su bien en el abandono de toda búsqueda de satisfacción.

Es aquí donde la muerte cobra su figura de Ser absoluto. La vida se hace equivalente de la muerte porque es liberación de todo deseo. ¿Se deberá a que esta muerte psíquica camufla el deseo de que muera el objeto? Sería un error creerlo, puesto que al objeto ya se le dio muerte al comienzo de este proceso que es preciso atribuir al narcisismo de muerte.

La realización alucinatoria negativa del deseo se ha convertido en el modelo que gobierna la actividad psíquica. No el displacer; lo

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Neutro ha remplazado al placer. No debemos pensar aquí en la depresión, sino en la afánisis, el ascetismo, la anorexia de vivir. Es el verdadero sentido de Más allá del principio de placer. La metáfora del regreso a la materia inanimada es más fuerte de lo que se cree, porque esta petrificación del yo apunta a la anestesia y a la inercia en la muerte psíquica. Se trata solamente de una aporía, pero que permite comprender la intencionalidad y el sentido del narcisismo de muerte.

Narciso Jano hace entonces mimesis de la vida, así como de la muerte; adopta para ello la solución ilusoria de hacer de la vida o la muerte un par absolutamente cerrado. Comprendemos mejor la razón por la cual Freud se desentendió del narcisismo, en el que vio una fuente de malentendidos. Pero el reemplazo de un concepto por otro cambia la palabra, no la cosa.

Lo Neutro se yergue entonces en toda su estatura, en desafío al pensamiento. Todo se complica en el preciso momento en que nos vemos obligados a tomar conciencia de que lo Neutro es también la realidad indiferente a la agitación de las pasiones humanas. Lo Neutro es la región de esa imparcialidad del intelecto que Freud invocó cuando postuló la existencia de la pulsión de muerte. El narcisismo es un concepto, no una realidad. Esta, en efecto, aun cuando toma el nombre de clínica, es siempre de una complejidad apenas aprehensible. Hipercompleja, se dice hoy.

Una aporía insuperable de la teoría psicoanalítica es el encabalgamiento permanente, que se percibe en la lectura de los trabajos psicoanalíticos, entre nivel descriptivo y nivel conceptual. No hay un solo escrito analítico en que no se advierta el continuo deslizamiento de un plano al otro. Una descripción pura es imposible porque en mayor o menor medida siempre estará presidida por conceptos mudos, si no inconcientes. Y tampoco es imaginable una conceptualización igualmente pura, porque el lector sólo se interesa a condición de que le afloren reminiscencias de los análisis que ha hecho, o del suyo propio. El voto piadoso que movería al teórico a mantenerse en todo momento conciente del nivel en que se sitúa su reflexión, sensible al paso de la descripción al concepto o de este a aquella, a menudo escapa del poder de los autores.

Si un prurito de rigor, no exento de su cuota de prejuicios, impone al analista equipararse -ilusión tenaz- a las ciencias exactas, lo cierto es que, a mi juicio, nunca irá más lejos que la física y quedará para siempre alejado de la matemática pura, en virtud de las condiciones mismas de su práctica. Pero no por denunciar las pretensiones seudocientíficas de ciertos psicoanalistas (con harta frecuencia los de América del Norte evocan the science of psychoanalysis, lo que curiosamente trae a la memoria las orientaciones impuestas por Lacan a sus discípulos); no por denunciarlas, pues, hay que apresurarse a extraer la conclusión de que el psicoanálisis es

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poesía pura. Es cierto, en el funcionamiento mental del psicoanalista hay algo que se asemeja al proceder mitopoyético. y no por azar Freud y los psicoanalistas siempre discernieron en la poesía del mito y de la literatura una de las dos fuentes del psicoanálisis, debiéndose buscar la otra del lado de la biología. Después de todo, el mito de Narciso no fue desdeñable en la invención del narcisismo: su poder evocador contribuyó a realzar las descripciones clínicas de Näcke. Acaso la biología es más poética de lo que cree, y la poesía está más ligada de lo que ella misma imagina a la "naturaleza" del hombre.

Lo cierto es que tan pronto como uno se empeña en pensar el psicoanálisis más allá de la biología, de la psicología o de la sociología (metacientífícamente, sin ceder a las tentaciones combinadas de la seudociencia y de la seudopoesía), hay trabajo teórico, aunque provisional, continuo choque con los propios límites en virtud de las injerencias recíprocas de nivel descriptivo y nivel conceptual.

Y es el narcisismo, en mayor medida que los demás puntos de la teoría, el que presenta el peligro de confusión entre la descripción y el concepto. La razón es que se trata, si se me permite decirlo así, de un concepto espejo, de un concepto que se refiere a la unidad del yo, a su forma bella, al deseo de lo Uno, por lo cual contradice -hasta negarlas, quizá- la existencia de lo inconciente y la escisión del yo, el estatuto dividido del sujeto. Como tal, el narcisismo sólo espera el reconocimiento de esta individualidad, de esta singularidad, de esta totalidad. Por eso es preciso poner en tensión el concepto de lo Uno, que imprime su sello en el narcisismo. Esta unidad que se da de manera inmediata en el sentimiento de existir como entidad separada es, según sabemos, el desenlace de una larga historia que del narcisismo primario absoluto lleva a la sexualización de las pulsiones del yo. Es uno de los logros de Eros haber alcanzado esa unificación de una psique fragmentada, dispersa, anárquica, dominada por el placer de órgano de las pulsiones parciales antes de concebirse, al menos en parte, como un ser entero, limitado, separado. ¡Pero cuán cara se paga esta conquista de no ser más que yo! Antes que a los psicoanahstas, nos tenemos que remitir a Borges, quien ha comprendido mejor que nadie la herida que inflige no poder ser el Otro. Lo que debemos comprender, como quiera que fuere, es que un conjunto de operaciones interviene entre la diada primitiva madre-hijo y el yo unificado: la separación de los dos términos de esa diada, en virtud de la cual el niño queda librado a la angustia de la separación, la amenaza de la desintegración y la superación de su Hilflosigkeit [desvalimiento] por la constitución del objeto y del yo "narcisizado". Este encuentra en el amor que a sí mismo se tiene una compensación por la pérdida del amor fusional, expresión de su relación con un objeto consustancial. En consecuencia, el narcisismo no es tanto efecto de ligazón, como de religazón. A menudo seductor, hamacado en la ilusión de autosuficiencia, el yo forma ahora pareja consigo mismo, a través de su imagen.

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Lo Uno no es, entonces, un concepto simple. Si lo hemos de tensar, para conseguirlo no bastará poner su antagonista, el Otro o aun lo Neutro; será preciso además pensar, con lo Uno, no sólo el Doble, sino sobre todo el Infinito del caos y el Cero de la nada. Acaso lo Uno nazca del Infinito y del Cero, en la medida misma en que pudiera ser que estos sólo fueran.. . Uno. Pero será en las oscilaciones del Uno al Cero donde tendremos que aprehender la problemática intrínseca del narcisismo sin dejarnos disuadir por el hecho de que lo Uno se da inmediatamente por una apercepción fenomenológica, mientras que el Cero, en cambio, nunca es concebible cuando se trata de uno mismo, así como la muerte es irrepresentable para lo inconciente.

No en todos los casos escapa el concepto a la metáfora. Por cierto que deberemos tratarlo de ese modo cuando nos veamos obligados a hablar del Cero. Pero la curva será asintótica, porque sólo podremos hablar de una "tendencia" de la excitación, es decir de la vida, al rebajamiento al nivel cero. Habrá llegado entonces el momento de introducir la diferencia entre abordaje descriptivo y abordaje conceptual. Será en el nivel del concepto y sólo del concepto, desprendido de la descripción, como nos referiremos a esa aspiración a la muerte psíquica para esclarecer manifestaciones clínicas que otros comprenderán de manera diferente. Que ese punto cero entre en contacto con la inmortalidad no hace más que rozar la complejidad del problema.

No me resulta agradable invocar aquí a los filósofos del Lejano Oriente, hoy de moda, porque poco y nada sé de ellos. Pero la escasa información a que he tenido acceso llamó mi atención sobre un hecho evidente. Sin que se pueda hacer valer una pretensión de universalidad, difícil de sostener, lo cierto es que muchos hombres sobre esta Tierra viven según los principios esenciales de una filosofía que impregna su manera de vivir y de concebir la existencia, por más que estén ellos mismos lejos de conocerla en el detalle. Freud, sin abandonar el campo del occidentalocentrismo (si bien es cierto que nos obligó a revisar algunos de sus más arraigados conceptos), quizás entrevió aquella limitación cuando se decidió a tomar en cuenta el principio del Nirvana que descubrió Barbara Low. No sería difícil demostrar que las deducciones teóricas que de él extrajo están sin duda muy alejadas de lo que enseña el Oriente metafísico, tan diferente de la filosofía occidental que se ha podido poner en duda que se trate también de filosofía. Como quiera que fuere, yo hablo en nombre del psicoanálisis, y no de la filosofía, que no es mi campo. Si la menciono de pasada es para señalar que ciertas elaboraciones que en este libro se presentan con el nombre de narcisismo negativo ya han sido objeto de una reflexión filosófica en tradiciones culturales muy alejadas de las nuestras. Esas reflexiones filosóficas obedecían a las exigencias de su marco de referencia, que no son las del psicoanálisis. Pero sin duda que nacieron de algo, de una atención

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hacia ciertos aspectos de la vida psíquica que dentro del pensamiento occidental han sido ocultados en buena medida, o que, cuando se los advirtió, sólo movieron a una reflexión tímida. Es como si hubiera faltado aquí libertad de pensamiento, frenada por un temor oscuro que hacía retroceder a los que pudieron dejarse arrastrar y disuadía a los que pudieron sentirse tentados de retomar esos aspectos e insistir en ellos. Por mi parte, considero cosa cierta que la reflexión y la práctica psicoanalíticas enfrentan al analista con las tensiones entre lo Uno y el Cero, y no siempre de la manera más clara. Acaso, cuando por primera vez di a la luz mis observaciones, debí haber esperado hasta que fuera capaz de formularlas de manera más adecuada.

Presentar al público una colección de artículos que datan, los más antiguos, de hace más de quince años no puede dar al autor entera satisfacción, aun si alimenta la esperanza de que no hayan perdido todo su interés. Las advertencias de estilo, presentes en casi todas las recopilaciones de esta índole, no serán reproducidas aquí en la medida misma en que obedecen a un estereotipo. No obstante, creo que no se insiste suficientemente en una de las comprobaciones que se pueden hacer leyendo trabajos de publicación anterior, reunidos en el espacio de un libro. Es como si se asistiera a la operación de un extraño fenómeno, observable en los analistas que escriben. Me refiero al proceso teórico, tan manifiesto en Freud y, en menor grado, en los demás autores del psicoanálisis. Se trata de la elaboración, en el curso de muchos años, de una trayectoria conceptual que pareciera constituirse según la misma modalidad de lo que se ha llamado el proceso psicoanalítico en el terreno de la práctica. Con toda razón se ha señalado que no se debía separar demasiado el proceso analítico y la trasferencia. Esto así, convendría entonces considerar el proceso teórico como el efecto de la trasferencia que el proceso psicoanalítico hace sobre el funcionamiento psíquico del analista en el momento de la escritura. En tal caso, ¿será muy diferente este proceso teórico del trámite del autoanálisis del analista por medio de su experiencia del psicoanálisis? Si esto se puede creer, si no es posible dejar de creerlo, es preciso guardarse de extraer la conclusión de que un subjetivismo fundamental impregna la teorización, lo que llevaría a un escepticismo radical que hoy está de moda cultivar.

Es lícito poner en duda que la teoría psicoanalítica alcance alguna vez la objetividad sin pasar por un desfiladero subjetivo, pero no hay que llevarlo al extremo de echar sobre ella la sospecha de que sólo sería una defensa contra la locura, pues lo mismo se podría afirmar de cualquier pensamiento. Más bien conviene destacar lo original que es en el psicoanálisis el camino de la objetividad; en eso se debe descansar, más que extraer la apresurada conclusión de que es vana toda tentativa de alcanzarla, sin tomar conciencia de que así no se hace más que obedecer al Espíritu de la Época (Zeitgeist).

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Si toda la teoría analítica nace del análisis de la trasferencia. está claro que su formulación necesariamente habrá transitado por la contratrasferencia, si es que esta no la codificó inconcientemente. Ahora bien, junto al análisis de ¡as trasferencias (de los analizandos) y de las contratrasferencias. hay lugar en el analista para una trasferencia de su "analizabilidad" sobre el psicoanálisis que, en el momento de la escritura, es considerado como algo impersonal, tanto más cuanto que su escrito se dirige a un analista impersonal, conocido o desconocido, del pasado o del futuro. Si se buscan comparaciones en el seno de la propia teoría analítica, no se podrá menos que recordar que el ello y el superyó son portadores de esa misma impersonalidad: en el punto de partida en el caso del primero, en el de llegada para el segundo. No cabe reconducir la subjetividad objetivadora a lo más personal del psicoanalista ni, cuando es el caso, a la manera en que esta "personalidad" deviene hablante para los otros. Nada de asombroso hay en esto, porque la puesta en marcha de esta subjetividad analítica hacia la objetivación es siempre la obra de la palabra de otro. Y si es sin duda el sujeto el que procura hacerse oír por otro sujeto, la subjetividad de la escucha nunca pierde de vista, aun si nunca llega a hacerle plena justicia, que es la voz de otro la que se expresa. Por cautivo que esté de la suya, el cuidado del analista es siempre no oír esa otra voz como un eco. Y si es cierto que a menudo se engaña, es falso sostener que infaliblemente sucumbirá a esa trampa. No sólo el narcisismo existe.

Agosto de 1982

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Primera parte. Teoría del narcisismo


  1. Uno. otro, neutro:
    valores narcisistas de lo mismo
    (1976)

"Fue así como fabricó a los hombres. Tomó un terrón y se dijo: 'Quiero hacer un hombre, pero como es preciso que pueda caminar, correr, andar por los campos, le daré dos piernas largas como las de un flamenco'. Hízolo, y tornó a decirse: 'Es preciso que este hombre pueda cultivar su mijo; le daré entonces dos brazos, uno para sostener la azada y el otro para arrancar la mala hierba'. Y le dio dos brazos. Tornó a reflexionar: 'A fin de que pueda ver su mijo, le daré dos ojos'. Y dos ojos le dio. Enseguida meditó: 'Es preciso que el hombre pueda comer su mijo; le daré una boca'. Y le dio una boca. Tras lo cual, tornó a meditar: 'Es preciso que el hombre pueda bailar, hablar, cantar y gritar; para ello le hace falta una lengua'. Y le dio una. Por fin, la divinidad se dijo: 'Es preciso que este hombre pueda oír el ruido del baile y la palabra de los grandes hombres; y para ello le hacen falta dos orejas'. De este modo envió al mundo un hombre perfecto". J. G. Frazer, Les dieux du ciel, Rieder, pág.357.

"Y dijo Dios: 'Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza7 nuestra, y mande en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra'".

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"Creó, pues. Dios al ser humano a imagen

suya,

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