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narcisismo negativo, doble sombra del Eros unitario del narcisismo positivo, porque toda investidura de objeto, así como del yo, implica su doble invertido, que aspira a un retorno regresivo al punto cero. P. Castoriadis-Aulagnier (1975) confirma esta opinión.22 Este narcisismo negativo me parece diferente del masoquismo, no obstante las puntualizaciones de muchos autores. La diferencia está en que el masoquismo -aunque sea originario- es un estado doloroso que aspira al dolor y a su mantenimiento como única forma de existencia, de vida, de sensibilidad posibles. A la inversa, el narcisismo negativo se dirige a la inexistencia, la anestesia, el vacío, lo blanco (del inglés blank, que se traduce por la categoría de lo neutro), sea que eso blanco invista el afecto (la indiferencia), la representación (la alucinación negativa) o el pensamiento (psicosis blanca).

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Resumamos esta "deriva conceptual": Freud partió de la mirada y descubrió lo Uno. Después de él, los analistas instalaron lo Otro en posición dominante (se trate de las relaciones de objeto de la escuela inglesa o de la acepción, por entero diferente, que le da Lacan). Propongo completar esta serie con la categoría de lo Neutro (neuter, ni lo Uno ni lo Otro).

El corpus y sus límites: superposiciones y coherencia

Los deslizamientos semánticos, las fluctuaciones de la bibliografía psicoanalítica nos dan una idea de las múltiples facetas en que se presenta el concepto de narcisismo, a decir verdad no deslindable. Es curioso que la idea misma de totalización unificadora, a que adhiere la denominación de narcisismo, ofrezca dificultades para la reunión de un corpus claramente limitado. Una lectura más sistemática de la obra de Freud (para atenernos a ella) revela una multitud de temas que no haremos más que evocar, sin agotarlos; nos lleva el propósito de poner a prueba la cohesión de los elementos reunidos por nuestro ensayo.

1. Con el título de la investidura libidinal del yo podemos diferenciar la acción positiva, unificadora, del narcisismo desde el auto-erotismo, es decir el paso del autoerotismo (mencionado por primera vez en la carta n° 125, a Fliess, de diciembre de 1899),23 estado de la pulsión en que esta es capaz de satisfacerse localmente, sin "meta psicosexual", al estadio en que el yo es vivenciado y aprehendido como una forma total. Más adelante veremos el modo en que Freud concibió la dialéctica -porque lo es, sin duda- de esta trasformación. Ahora bien, entre las pulsiones parciales, se debe atribuir a la escopofilia una situación particular, aunque de igual modo el sadismo desempeña su papel en la pulsión de apoderamiento, que participa en la apropiación del cuerpo. El yo, señala Freud, es ante todo un yo corporal; pero agrega: "No es sólo una esencia-superficie, sino él mismo, la proyección de una superficie" (SE, 19, pág. 26 [AE, 19, pág. 27]) Esta precisión nos ayuda a comprender el papel de la mirada y del espejo. Espejo sin duda de doble faz: si forma su superficie desde el sentimiento corporal y al mismo tiempo crea su imagen, sólo la puede crear con los auspicios de la mirada, que lo hace testigo de la forma del semejante. Necesariamente esto introduce el concepto de identificación, cuya primera forma es narcisista ("Duelo y melancolía", 1915). La organización narcisista del yo será descripta por Freud en "Pulsiones y destinos de pulsión" (1915).

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Se supone que adviene antes de la represión, y es definida por dos destinos de pulsión: la vuelta sobre la persona propia y el trastorno hacia lo contrario, cuya combinación engendra el modelo del doble trastorno. La identificación (identificación secundaria) marcha en el sentido de una desexualización que consuma la trasformación de la libido de objeto en libido narcisista para salvar la integridad narcisista amenazada por la angustia de castración. Hacia los orígenes, los lazos que Freud establece con el estado narcisista antenatal (dirección esta en la cual precedió a Rank) ponen de manifiesto la continuidad de la problemática del narcisismo desde el nacimiento. Que ese paraíso perdido sea desplazado de la vida intrauterina a la relación anterior al destete oral o a la pérdida del pecho, he ahí algo que tiene mucha importancia respecto de ciertas formulaciones modernas del narcisismo, pero que en nada modifica el fondo de la cuestión. La integridad narcisista es una preocupación constante, aun si varía según las circunstancias; plantea interrogantes: ¿qué es la integridad de lo que no tiene límites? Hacia adelante, la estructura del carácter revela la tenacidad de las defensas narcisistas que se aferran al mantenimiento de una individualidad inalienable. En este sentido me parece que por lo menos una parte de lo que antes se abordaba en la bibliografía psicoanalítica desde el ángulo del carácter, reaparece hoy con los auspicios de la identidad. Sin duda es porque un examen más atento revela que la coraza del carácter es vulnerable en su compacidad. La reiterada afirmación tautológica "Soy como soy" deja traslucir un "¿Quién soy?" que no puede formular su pregunta sin correr el riesgo de poner en entredicho la más fundamental de las "razones de ser". La identidad no es un estado; es una búsqueda del yo, y sólo puede recibir su respuesta reflejada desde el objeto y la realidad, que la reflejan.

2. En segundo lugar, henos aquí frente a la relación narcisista con la realidad. En principio, realidad y narcisismo se oponen, si no se excluyen. En esto reside la contradicción principal del yo: ser la instancia que debe entrar en relación con la realidad, y a la vez investirse narcisistamente, ignorando aquella para tener trato sólo consigo. Atestigua esta relación el lazo que Freud establece entre la represión de la realidad y las neurosis narcisistas, primero, y las psicosis, después. Desde luego, Freud comprendió que hacía falta algo más que una fijación o una regresión narcisistas para engendrar una psicosis, lo que nos remite a los nexos del narcisismo con las pulsiones de destrucción, que trataremos más adelante. El terreno abarcado por la relación narcisista con la realidad se extiende entre dos límites: el pensamiento y la acción. La omnipotencia del pensamiento, que es uno de los primeros aspectos con que el narcisismo se presenta a Freud, es la expresión de una doble investidura: de la sobrestimación de los poderes del yo impotente (de hecho, la inversión de su impotencia en omnipotencia) y de la sexualización del

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pensamiento. Esta, lejos de desaparecer en las formas más evolucionadas, persiste siempre en ciertas formaciones de lo inconciente, cuyas más elocuentes figuras son el fantasma o el chiste. Se instila hasta en las más refinadas elaboraciones del yo. En mi opinión, desde este ángulo, justamente, se debe considerar la racionalización, explotada con abundancia en la lógica pasional del delirio. Agreguemos en este punto una reflexión cuya importancia advertiremos después. Si, como sostiene Laplanche, el yo es una metáfora del organismo, se puede entender que el lenguaje es la metáfora de doble entrada del yo y del pensamiento. Freud ya hizo notar la extensión en que el juego del yo se apoyaba en la omnipotencia del pensamiento. Con igual razón se puede invocar la omnipotencia del lenguaje, tanto en la creación — ¿acaso en el principio no era el verbo?- como en el dominio del mundo: intelectualización. Como quiera que fuere, el lenguaje es sin duda lo que revela al sujeto su alcance narcisista: el buen decir tropieza en la falta de decir.

En el otro polo, el de la acción, la relación narcisista atestigua la misma contradicción: por una parte, la actitud esquizoide huye del mundo para llevar a cabo un repliegue sobre el mundo interior separado de la realidad, porque el aislamiento solitario se prefiere a cualquier participación entre dos o entre varios; pero, en sentido opuesto, en otro tipo de investiduras narcisistas, se valoriza la acción social. Freud lo advirtió desde su análisis del caso Schreber. En su descripción de los caracteres narcisistas ("Tipos libidinales", 1931), esboza en unos pocos trazos el retrato de esas personalidades que disponen de una elevada medida de agresión y que son "en particular aptas para servir de apoyo a los demás, para asumir el papel de conductores, dar nuevas incitaciones al desarrollo cultural o menoscabar lo establecido".24 Este conjunto de rasgos, según Freud, atestiguaría una ausencia de tensiones entre el yo y el superyó, porque —agrega— el superyó está apenas desarrollado en estos casos; y lo propio sucede con las necesidades eróticas, poco exigentes. Una vez más el acento recae sobre la conservación de sí, la autonomía y la insumisión.

3. Los caracteres que hemos expuesto nos mueven a plantear el problema de la desintrincación del narcisismo y las pulsiones de objeto. La eterna discusión sobre el distingo (que no sería pertinente) entre el narcisismo y las pulsiones, si bien estorba a nuestra necesidad de coherencia conceptual, es sin embargo evocadora de una realidad clínica que se percibe en la práctica psicoanalítica. Ciertamente, la sexualidad está lejos de desempeñar un papel desdeñable en las estructuras narcisistas; se equivocaría quien creyera que en ellas el goce es contrariado por las tendencias autoeróticas. Y en el mismo

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sentido, la elección narcisista de objeto no es contradictoria con la obtención de grandes satisfacciones tomadas del objeto, que no son de índole narcisista únicamente. Pero lo que se debe afirmar es esto. ora la sexualidad es vivenciada como competidora del narcisismo, como si la libido narcisista corriera el riesgo de empobrecerse por la huida de las investiduras de objeto, ora -y es sin duda el caso más frecuente— sólo tiene sentido en la medida en que nutre el narcisismo del sujeto: gozar se convierte en la prueba de una integridad narcisista preservada. Así las cosas, en paralelismo con la culpa, que nunca está ausente pero es de menor significatividad, es la vergüenza de no gozar la que sustituye a la angustia de castración. De igual modo, el fracaso sexual hace correr el riesgo de abandono o de rechazo por el objeto. Esto signa menos la perdida de amor que la pérdida de valor, y el quebranto de la necesidad de reconocimiento por el otro. Peor todavía; los sufrimientos narcisistas, más allá del fracaso, se acrecientan por la insatisfacción del deseo en la medida en que señala la dependencia del sujeto respecto del objeto en la satisfacción de las pulsiones o, más precisamente, en la obtención del silencio de los deseos, a los que sólo el objeto puede satisfacer. La envidia del objeto llega a su colmo cuando se supone que este goza sin conflicto. El pene narcisista proyectado (de cualquier sexo que sea) es el que puede gozar sin inhibición, sin culpa y sin vergüenza. Su valor no proviene de su capacidad de goce, sino de su aptitud para anular sus tensiones por la satisfacción de sus pulsiones; aquí todo placer se convierte en investidura narcisista del yo.

La agresividad es objeto de esta misma desintrincación. Mucho se habla del afán de dominación narcisista; el ejemplo de los líderes, citado por Freud, proporciona una ilustración bastante buena. En realidad, sin negar las satisfacciones objetales que se ligan con la posición de dominación, lo que en esa situación cuenta es tanto asegurarse un poder como ocupar el lugar del que lo ejerce a fin de impedirle que lo ejerza sobre uno mismo, es decir: librarse de su tutela. No es la sola necesidad de hacer sufrir al otro la que orienta la procura del poder, ni el solo deseo de ser amado y admirado lo que "acicatea" el narcisismo, sino, sobre todo, evitar el desprecio proyectado sobre el amo, por una razón capital que Freud señala en Psicología de las masas y análisis del yo. El padre de la horda primitiva, el conductor que por trasferencia se convirtió en el objeto que ocupa el lugar del ideal del yo de los individuos del grupo, vive apartado, en la soledad; ellos lo necesitan, pero a él se lo cree exento de toda necesidad. Las tiene satisfechas a priori. A imagen de Moisés, es el intercesor ante Dios y, como tal, una figura más próxima a Dios que a los hombres. No está sometido a deseo alguno, como no sea el deseo del Soberano Bien. Siguiendo este razonamiento, no puede experimentar más que desprecio hacia los hombres comunes que permanecen prisioneros de sus deseos, es decir de su infancia o, peor aún, de su infantilismo. Así, el ejercicio del domeñamiento de

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las pulsiones persigue objetivos complejos. Cuando hay renuncia a la satisfacción pulsional, el orgullo narcisista le ofrece una compensación de elevado precio. Y cuando, por el contrario, aquel dominio se produce a raíz de la satisfacción pulsional, el placer obtenido sólo es justificable a condición de que se produzca en acatamiento al ideal del yo. Esto vale por igual para las pulsiones agresivas y las eróticas.

La imposibilidad de saciar el afán de dominación produce la ira narcisista. Es claro: la realidad o el deseo del otro lo han impedido. Pero la verdadera razón de la ira es que la insatisfacción frustra, priva al sujeto de la satisfacción, pero no en la medida en que esta supone la búsqueda de un placer determinado: lo priva de ser liberado, por la satisfacción, del deseo. El pene narcisista es un objeto cuya posesión asegura que la satisfacción se obtendrá siempre y se experimentará sin obstáculos. El apaciguamiento se obtiene sin trabas, sin demora y sin demanda. Se trata entonces más de un deseo de satisfacción que de una satisfacción de deseo. Podríamos aplicar a esta configuración el concepto de yo-ideal (Nunberg, Lagache), que no deja de guardar relación con el "yo-placer purificado" de Freud. Que el yo-ideal es una aspiración del yo, uno de sus valores, es de todo punto evidente. Pero es preciso señalar la razón por la cual este valor no se puede imponer. Sin duda que la realidad no lo promueve, pero aún menos lo apoya la desintrincación de las pulsiones. En efecto, dentro de una estructura así, puesto que la unificación se consuma en detrimento de las satisfacciones del ello, el yo no puede buscar en el objeto más que su proyección narcisista, esto es, una verdad perfectamente adaptada a las exigencias del sujeto; este es el primer escollo. En segundo lugar, esta "irrealidad" del objeto induce por fuerza una regresión a la sexualidad pregenital. En esto, precisamente, podemos considerar ilustrada la hipótesis de la índole traumática de la sexualidad (J. Laplanche). La sexualidad irrumpe en el yo. Se la vive tanto peor cuanto que se revela en sus formas más crudas: una sexualidad salvaje en que el afán de poseer el objeto -a fin de asegurarse su exclusividad— está infiltrado por posiciones perversas (en el sentido en que se trata de la satisfacción de las pulsiones parciales), sobre todo sadomasoquistas. En este sentido se puede afirmar que la sexualidad vuelve a ser autoerótica, siendo ¡a función del objeto satisfacer ese autoerotismo "objetal".

4. Freud califica la función del ideal como una de las grandes instituciones del yo. Esto equivale a decir que si el narcisismo es apenas mencionado después de la segunda teoría de las pulsiones y de la segunda tópica, sobrevive al menos con los auspicios del ideal. Es revelador que la obra freudiana se cierre con Moisés y la religión monoteísta, donde el papel de la renuncia a lo pulsional se magnifica en beneficio de las victorias del intelecto. No es muy difícil adivinar los temores del fundador del psicoanálisis con respecto al futuro de

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su causa. Y si consiente en ser "asesinado'", como imagina que lo fue Moisés, eso no interesa, siempre que se mantengan fieles a su obra escrita y se aparten de las vanas satisfacciones ofrecidas por la rivalidad edípica y los anhelos incestuosos que esta encubre. El porvenir de una ilusión (1929), El malestar en la cultura (1930) y la conferencia "En torno de una cosmovisión" (1932) cumplen la doble tarea contradictoria de analizar la función de los ideales y de esperar el advenimiento de una ciencia verídica liberada de toda ideología, lo que es una nueva ideología. He propuesto llamar "idealogía" al conjunto de las producciones ideológicas.25 Freud distinguió entre la sublimación de las pulsiones y la idealización del objeto. Se pronunció en favor de la primera y combatió los efectos nefastos de la segunda, aunque se vio obligado a reconocer que el amor no salía adelante sin esa idealización. ¿El amor? Por suerte, una locura breve. La sobrestimación de las figuras parentales, reflejo de la idealización de que es objeto el propio niño por parte de sus padres, engendra un circuito narcisista imperecedero. Pero no se debe olvidar que el destino de los ideales es llevar a cabo la más radical renuncia a lo pulsional, incluida la renuncia a las satisfacciones narcisistas. Si el orgullo es la prima de la renuncia a cambio de ser "grande", la búsqueda de la grandeza exige que uno se haga pequeñito. "Ser de nuevo, como en la infancia, su propio ideal, también respecto de las aspiraciones sexuales, he ahí la dicha a la que aspiran los hombres" leemos en "Introducción del narcisismo". El ascetismo es el siervo del ideal. La purificación de los servidores del ideal llega a los extremos. Estos pueden semejar, falsamente, satisfacciones masoquistas, que, a mi juicio, no pasan de ser beneficios secundarios o males inevitables, porque es preciso aceptar que el placer se cuele como polizonte. Por ese motivo, no siempre el asceta es mártir. Así es exaltado un narcisismo moral,26 nutrido por la idealización. Todo mesianismo aspira a la autoanulación, donde el narcisismo recibe como premio de sus penas las migajas del sacrificio en favor del objeto elegido, cuya imagen realimenta el narcisismo negativo. Si insistimos más de lo habitual en las formas de idealización colectiva es porque nos parece que es en ellas donde alcanza cumplimiento pleno el narcisismo proyectado: el despojamiento narcisista individual, merced a unos efectos de rebote, se retraslada al grupo misionero y justifica la abnegación que este exige. Y si flaquea la mística del grupo (Bion), quedará siempre el narcisismo de las pequeñas diferencias. El movimiento psicoanalítico no ha escapado a ese destino.

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5. Esta situación contradictoria —exaltación y sacrificio— atestigua el doble movimiento de expansión y de retraimiento narcisistas. Es cierto que Freud insiste mucho más en el retraimiento libidinal narcisista que en la expansión. Sin embargo, hacia el final de su obra, en El malestar en la cultura, el análisis del sentimiento oceánico destaca la coexistencia del sentimiento de identidad, que suscita la idea de los límites territoriales del yo, con la tendencia a la fusión, que Freud explica por el afán de regresar a una imagen paterna omnipotente y protectora. Pero en modo alguno hace falta una regresión fusional para comprobar la existencia de esa tendencia expansionista que hace del narcisismo una tierra sin fronteras.27 En ciertos pacientes es lícito hablar de un yo narcisista familiar, en que la familia se concibe como una extensión del yo, en la idealización de las relaciones intrafamiliares, que reconocen a menudo una dominante de complicidad fraternal. No es sorprendente que grupos más y más vastos saquen partido de esa misma necesidad de que el sentimiento de identidad se procure por la pertenencia, tanto más cuanto que esta pretende no ser egoísta. ¿Hace falta agregar que no se podría acusar de patológica a una actitud semejante, capaz de engendrar lo mejor o lo peor? En cuanto al retraimiento narcisista, no requiere comentario particular, salvo que se debe tener presente siempre que es la respuesta a un sufrimiento, a un malestar. Pero también debemos recordar que es la más natural de las tendencias del yo la que cada noche desinviste el mundo para entrar en el dormir reparador. Y no sólo para soñar.

Desde hace algunos años se concede interés creciente a la clínica psicoanalítica de los estados de vacío, a las formas de aspiración a la nada objetal, a la categoría de lo neutro. Esta tendencia a la desinvestidura, esta búsqueda de la indiferencia no es el exclusivo patrimonio de las filosofías orientales.28 Me parece lógico admitir que toda investidura lleva en sus pliegues la desinvestidura, que es su sombra proyectada hacia atrás (donde evoca el estado mítico anterior al deseo) y hacia adelante (donde anticipa el apaciguamiento neutralizador consecutivo a la satisfacción de un deseo, que se imagina enteramente satisfecho). El narcisismo negativo, cuyas extensiones

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se corresponden, a mi parecer, con todas las valorizaciones de la satisfacción narcisista por la no satisfacción del deseo objetal, en virtud de las cuales aquella se aprecia más deseable que una satisfacción sometida a la dependencia, al objeto, a sus variaciones aleatorias, así como a sus respuestas, siempre insuficientes para las esperanzas que en su cumplimiento se ponen: el narcisismo negativo, digo, me parece que da razón de la mencionada tendencia: voi ch'éntrate. . .

6. Todas esas ambigüedades reaparecen en los conceptos de objeto narcisista y de investidura narcisista. El enemigo del narcisismo es la realidad del objeto e, inversamente, el objeto de la realidad, a saber, su función en la economía del yo. El objeto tiene una posición privilegiada que le permite convertirse en el punto de apoyo de este problema: porque es a la vez externo e interno al yo, porque es necesario para la fundación del yo y para la elaboración del narcisismo. La tesis del amor primario de objeto se basa en un malentendido que debemos tratar de disipar. Es verdad que, desde el origen, el amor primario de objeto signa la existencia del bebé. Pero no es menos cierto que, desde el punto de vista del infans, el objeto está incluido en su organización narcisista: lo que Winnicott llamará, con todo acierto, el objeto subjetivo, y Kohut el si mismo-objeto. Toda la confusión nace de haberse remplazado la perspectiva monista -hasta se ha llegado a decir monadológica- de identificación imaginaria con el niño pequeño; de que esa perspectiva, digo, es remplazada por una dualista, producto de la percepción del tercero que observa el verde paraíso de los amores infantiles. No corresponde, entonces, negar la existencia del narcisismo primario en aras del amor primario de objeto; es que se trata de dos visiones complementarias que se toman de dos puntos de vista diferentes. Desde luego, se puede poner en tela de juicio la identificación imaginaria que hace con el infans el adulto, siempre más o menos adultomorfo. Pero es un obstáculo insuperable. Por lo menos es preciso saberlo y no dejarse coger en la trampa de la seducción de lo visible, que promete remplazar con ventaja la imaginación adultomorfa por la "percepción objetiva" de la observación directa, cuando en verdad esta no es sino una racionalización más cientificista que científica. En cuanto al tercero observador, conviene incluirlo en el cuadro; más aún: recordar siempre que, no por estar ausente de las relaciones madre-hijo, deja de estar presente en una u otra forma dentro del niño, compuesto de una mitad paterna (no sólo en sus cromosomas, sino en los rasgos de su apariencia y, muy pronto, en la interpretación de su modo de ser), y dentro de la madre, que para crearlo se unió al padre.

El objeto, por lo tanto, a la vez está y no está. Lo inevitable es que al modo autoerótico del funcionamiento según el principio de placer (que incluye los cuidados maternales) sucederá la paradoja

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de la pérdida de objeto, condición inaugural del hallazgo de objeto (o de su reencuentro, si se prefiere). Recordemos que, según el modelo freudiano, "cuando la primerísima satisfacción sexual estaba todavía conectada con la nutrición, la pulsión sexual tenía un objeto fuera del cuerpo propio:29 el pecho materno. Lo perdió sólo más tarde, quizá justo en la época en que el niño pudo formarse la representación global de la persona a quien pertenecía el órgano que le dispensaba satisfacción. Después la pulsión sexual pasa a ser, regularmente, autoerótica" (SE, 7. pág. 222 [AE, 7, pág. 202]). Esta evolución liga el autoerotismo con la percepción totalizante del Otro, pero todavía no se trata de narcisismo. En suma, si tenemos en cuenta la reformulación del Esquema:

Tiempo 1: cuerpo del infans- pecho, pulsión oral.

Tiempo 2: pérdida del pecho; localización del pecho; objeto narcisista; afuera; percepción de la totalidad del cuerpo materno; atribución del pecho al cuerpo materno; autoerotismo (placer de succión). Por otra parte (cf. "La negación", 1925), se afirma que la pérdida de objeto es el motor de la instauración del principio de realidad.

El nacimiento del narcisismo es precisado en el caso Schreber (1911): "Consiste en que el individuo empeñado en el desarrollo, y que sintetiza en una unidad sus pulsiones sexuales de actividad auto-erótica, para ganar un objeto de amor se toma primero a sí mismo, a su cuerpo propio, antes de pasar de este a la elección de objeto en una persona ajena" (SE, 12, pág. 60 [AE, 12, pág. 56]).

Tiempo 3: El narcisismo ha nacido de la unificación de las pulsiones sexuales, para constituir un objeto formado según el modelo (cf. Tiempo 2) de la totalización percibida del objeto.

Esto no es todo. El desarrollo del yo opera en la elección de objeto una división, por la que es separado un objeto parcial. Lo muestra la continuación de la cita anterior, que a todas luces se inspira en el caso de Leonardo: "En este sí-misma tomado como objeto de amor puede ser que los genitales sean ya lo principal".

Llegamos entonces al Tiempo 4: Elección de objeto homoerótico, donde el significante de lo homoerótico se representa por los genitales, que valen por el objeto total. Observación: parece que Freud negara (en la medida en que manifiestamente piensa en el varón) la diferencia sexual que hace intervenir. De hecho, aquí el pene pertenece a los dos sexos. El pene es atribuido a la madre.

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Sigue el Tiempo 5: Elección de objeto aloerótico, que se cumple según la diferencia de los sexos (fálico-castrado; identificación doble), en lo cual el complejo de Edipo evoluciona hacia la creación del superyó para salvar la integridad narcisista. El superyó es el heredero del complejo de Edipo, y el ideal del yo, un retoño del narcisismo.

Tiempo 6: Conocimiento o reconocimiento de la vagina. Diferencia sexual real en la oposición pene-vagina. Perennidad de la línea narcisista, más allá de ese conocimiento-reconocimiento.

Más tarde, en El malestar en la cultura, Freud reconocerá que el sentimiento de la unidad del yo es muy frágil, si no falaz. Lo atestigua el análisis del sentimiento oceánico. Pero la explicación de Freud nos deja pensativos. A su juicio, en aquel reaparece el anhelo de ser protegido por el padre omnipotente. Si Dios se escribe en masculino, se dice, empero, Madre-Naturaleza. Paralelamente, el fantasma de devoración, que estaríamos tentados a reconducir al seno materno, por la mediación de la relación oral canibálica, es interpretado de igual modo según el mito de Cronos -el padre celoso de sus hijos , y esto hasta el término de la obra freudiana.30 Es notable que, por otra parte, Freud diera del nacimiento del objeto una versión que a mi parecer es preciso relacionar con su pérdida. En "Pulsiones y destinos de pulsión", afirma que el objeto es conocido en el odio. No se podría destacar mejor que la percepción de la existencia independiente del objeto lleva a odiarlo, porque pone en tela de juicio la omnipotencia narcisista. No obstante, con unos pocos escritos de distancia, opondrá narcisismo del soñante (narcisismo heroico del soñante, ligado con sus logros oníricos, de los cuales no es el menor el sueño mismo) y narcisismo del sueño.31 Un poco más adelante,

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en "Duelo y melancolía" (1915).32 es la pérdida del objeto la que por así decir lo revela a los ojos del sujeto. Esta revelación, que merecería una mayúscula, pone de manifiesto la estructura narcisista: relación oral, ambivalencia, investidura narcisista que es propia de la identificación primaria.

Por la misma época, pero en otro lugar, en "De guerra y muerte. Temas de actualidad" (1925), Freud analiza la reacción frente a la muerte del prójimo. La muerte de los deudos nos pone a prueba porque nos enfrenta con los límites de nuestra investidura del prójimo. "(. ..) Cada uno de esos seres queridos era un fragmento de su propio yo (. . .) Pero por otra parte (. . .)esos difuntos queridos habían sido también unos extraños y unos enemigos" (SE, 14, pág. 298 [AE, 14 pág. 294]).

Se puede considerar que el efecto de la angustia de castración representa una victoria del narcisismo, que, para preservar la integridad corporal, renuncia al placer del órgano. Podríamos agregar al Tiempo 5 la frase: el narcisismo quita a los objetos sus investiduras.

Esto nos lleva a tratar de la investidura narcisista del objeto. Esta suscita condena, porque rara vez el narcisismo tiene un significado desprovisto de matiz peyorativo. El superyó altruista puede proclamar bien alto sus exigencias. En privado es reducido a silencio (hasta cierto punto, porque es difícil prescindir de los demás). Estamos condenados a amar. Según Freud, el amor trae un empobrecimiento narcisista. Pero C. David señaló, con acierto, que el estado amoroso exalta el narcisismo.33 En su descripción de los tipos libidinales, Freud señaló: "En la vida amorosa se prefiere el amar al ser-amado"; uno esperaría lo contrario. No obstante, se lo puede explicar por la negativa a depender del amor del objeto y el deseo de conservar libertad de maniobra en la movilidad de las investiduras. La oposición entre la elección de objeto por apuntalamiento ("anaclítica") y la elección narcisista de objeto es muy esquemática y falocéntrica. Si

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es discutible la simetría establecida por Freud, es incuestionable la existencia de la elección narcisista de objeto. Conocemos las características de esas investiduras proyección, sobre el objeto, de una imagen de sí mismo, de lo que uno ha sido, lo que uno querría ser o lo que fueron las figuras parentales idealizadas. Las descripciones oscilan entre la investidura fusional, la investidura de una imagen de sí "empobrecida", la investidura especular, y la que podríamos llamar solipsista. La estructura narcisista reacciona con una notable hipersensibilidad a la intrusión en el espacio del sí-mismo; es cierto que al mismo tiempo conserva la nostalgia de la fusión y teme la separación generadora de angustia, aun si aspira a la autonomía y, sobre todo, a evitar la desvalorización, efecto del desprecio del objeto y del desprecio hacia sí mismo por ser inacabado, incumplido, dependiente. El narcisismo no puede llevar a cabo ese olvido de sí con el otro. Ese abandono de sí es equivalente a la amenaza de abandono del objeto. El narcisismo sirve entonces, al sujeto, de objeto interno sustitutivo que vela por el yo como la madre vela por el hijo. Cubre al sujeto y lo empolla. ¿Cómo paliar esas peripecias del objeto fuera de la protección narcisista propia? Creemos que la creación artística (aunque sea menor o mínima) desempeña su papel en esto. El objeto de la creación, narcisistamente investido, sirve como objeto de proyección, a despecho de que su creador, al tiempo que afirma con vigor su paternidad, niega con no menor energía que ese producto sea el reflejo de su vida. Le quiere asegurar una vida propia, una autonomía igual a aquella a que aspira. Tasa muy alto sus producciones y se siente lastimado por cualquier evaluación, que empero reclama. Los escritos de los analistas son creación de ellos; por eso nada los afecta más que el juicio ajeno, cuando les desconoce sus virtudes ocultas o les cuestiona su valor. La función del objeto creado es servir de mediación -de transacción- con el otro, que goza (cuando no lo estorba la ambivalencia) por identificación con el creador. De este modo, todo psicoanalista invoca al padre Freud. Afirmo, entonces, que el objeto y su investidura son objetos transnarcisistas. Además de la creación, otros objetos han recibido esta misma función: la droga, el alcohol o, de manera más significativa, el fetiche. Pero el falo, en fin de cuentas, es la Causa. A la vez Madre de toda razón de vivir, Padre de todas las esperanzas, Niño-Rey salvador del mundo.

Retrato de Narciso: ser único, omnipotente por el cuerpo y por el espíritu encarnado en su verbo, independiente y autónomo desde el momento en que lo quiere, pero de quien los demás dependen, sin que él se sienta portador del menor deseo hacia ellos. Mora, sin embargo, entre los suyos, los de su familia, de su clan y de su raza, elegido por los signos evidentes de la Divinidad, hecho a su imagen. Está a la cabeza de ellos, amo del Universo, del Tiempo y de la Muerte, plenificado por su diálogo sin testigos con el Dios único que lo

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colma con sus favores, hasta la caída en virtud de la cual es el objeto elegido para su sacrificio, intercesor entre Dios y los hombres, que vive en el radiante aislamiento de su luz. Esta sombra de Dioses una figura de lo Mismo, de lo inmutable, lo intangible, lo inmortal y lo intemporal.

¿Quién, en el secreto de sus fantasmas, no reconocería esta figura, sea que esté a su servicio o que aliente el proyecto demente de encarnarla? Pero asaz lejos estamos de la inocente flor que resucita al efebo enamorado de su reflejo hasta fusionarse con el agua quieta sin fondo.

El narcisismo pertenece menos al universo de los mitos estéticos que al de los mitos religiosos. Por eso reflorece sin cesar.

7. El narcisismo y la organización dualista de las pulsiones. Las teorías de las pulsiones se suceden en la obra de Freud. La libido narcisista opuesta a la libido de objeto ocupa una posición intermedia entre la primera de las oposiciones postuladas, que distingue pulsiones de autoconservación y pulsiones sexuales, y la última, que enfrenta pulsiones de vida y pulsiones de muerte. Es costumbre ver en esta última elaboración un cambio de rumbo que Freud habría llevado a cabo. No hay nada de eso. Si el vínculo entre pulsiones de autoconservación y libido narcisista es, por así decir, natural, me parece que la redistribución de los valores pulsionales de la última teoría de las pulsiones obedece a la lógica teórica de Freud. Reconsideremos la situación. Ya lo señalamos, Freud establece una constante: la sexualidad permanece durante toda su obra; la posición eminentemente conflictiva de la sexualidad lo lleva a buscar, por vía de tanteos, lo que le podría oponer: la pulsión antisexual. La biología parece indicarle el camino en una primera aproximación, puesto que el "instinto" de autoconservación goza de reconocimiento unánime: el hambre y el amor gobiernan los apetitos de los seres vivos. El segundo tiempo por el que Freud libidiniza al yo establece una rivalidad competidora entre las investiduras libidinales de objeto y del yo. Weissmann influyó en esa elección. No obstante, Freud, fiel a su referente, la especie, somete el yo a la perpetuación de la vida. En su pensamiento, el individuo nunca alcanza la condición de concepto. Nos dice en "Introducción del narcisismo", refiriéndose una vez más a la biología:

"El individuo lleva realmente una existencia doble, en cuanto es fin para sí mismo y eslabón dentro de una cadena de la cual es tributario contra su voluntad o, al menos, sin que medie esta. El tiene a la sexualidad por uno de sus propósitos, mientras que otra consideración lo muestra como mero apéndice de su plasma germinal, a cuya disposición pone sus fuerzas a cambio de un premio de placer; es el portador mortal de una sustancia —quizás— inmortal, como

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un mayorazgo no es sino el derechohabiente temporario de una institución que lo sobrevive. La separación de las pulsiones sexuales respecto de las yoicas no haría sino reflejar esta función doble del individuo" 34

Apuntemos aquí que el yo, a su vez, puede ser investido por el sentimiento de inmortalidad, como lo pone de manifiesto Rank a raíz del doble. Doble existencia, pero también estructura doble del yo: mortal e inmortal cuando se identifica con esa parte de él que se trasmite en su descendencia, pero que él incluye en el presente por la constitución del gemelo fantasmático para el que la muerte no existe.

La introducción de las pulsiones de muerte en Más allá del principio de placer; el retorno del principio de inercia del "Proyecto" bajo la forma del principio de Nirvana postulado por Barbara Low indican, en consecuencia, un vuelco dialéctico. El yo inmortal invierte sus metas: la exaltación de vivir lleva al apaciguamiento de morir. Hay entonces un yo tanatofílico o, para permanecer en el universo poético de Keats, un yo half in love with death (medio enamorado de la muerte). Pero el objeto es "fautor de excitaciones", como lo es el mundo exterior. Las relaciones reflexivas que se instauran entre la organización narcisista del yo y el objeto hacen comprender sin duda que la destrucción del objeto puede cobrar la forma reflexiva de la autodestrucción. ¿Quién comienza? Problema vano, porque la idea de sucesividad no es pertinente en una organización así; lo que prevalece es la simultaneidad, y esta no puede menos que llevarnos a pensar la coexistencia de la destrucción del objeto (fundador del narcisismo, e investido narcisistamente) y la destrucción del yo que aspira a encontrar la indiferencia. ¿Es para encontrar un bienestar? ¿O para huir de un mal-estar? También aquí está dada de manera simultánea la coexistencia de los dos movimientos "huida de" y "aspiración a". Esta indiferencia buscada con pasión es, obsérvese bien, intolerancia hacia la indiferencia de los otros (lo que Freud, con acierto, pone en la raíz de la paranoia). El punto de equilibrio de esas tensiones, que tiende a su anulación recíproca, es la inmovilización en el punto cero, insensible a las oscilaciones del otro y del yo en el estado inmóvil. Indiferencia entre lo bueno y lo malo, adentro y afuera, yo y objeto, masculino y femenino (o castrado). La plenitud del narcisismo se obtiene tanto por la fusión del yo con el objeto, cuanto con la desaparición del objeto y de! yo en lo neutro, neuter.

La lógica freudiana procederá entonces, en este momento, a una nueva división: Eros, pulsiones de destrucción. Si las entidades míticas son embarazosas para nuestra epistemología, basta con oponerles

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la ligazón y la desligazón, la conjunción y la disyunción. Categorías estas de una lógica tranquilizadora. Hace falta todavía que sea dialéctica. Es decir que estas relaciones se conciban interdependientes. No hay ligazón efectiva sin una desligazón individuante, no hay ligazón sin recombinación. Conjunción, disyunción constituyen un eje principal; este se articula con su complemento: lo Mismo y lo Otro. El conjunto de sus relaciones define lo que se llama la relación de objeto v la relación narcisista (la Ego relatedness, de Winnicott). Toda la historia del desarrollo se desenvuelve aquí: la escena primordial (unión de los padres), la separación de los compañeros (disociación de la pareja), el embarazo (inclusión ligadora del hijo, al cuerpo de la madre), el parto (disyunción del cuerpo materno), la relación con el pecho (refusión debida a la prematurez), la constitución del yo (separación individuante) las fijaciones pregenitales en relación con el objeto (autoerotismo plural fragmentante), la triangulación edípica (articulación de las relaciones entre prohibición separadora y reunión por identificación con el rival), el ingreso en el mundo cultural (distinto del espacio familiar), la sublimación (conjunción con el mundo cultural, aunque sea en el cuestionamiento), la adolescencia (como duelo separador de los padres), la elección de objeto (reunión derivada) y, nuevamente, la escena primitiva. Este fresco pudiera parecer normativo: de hecho no es más que la trayectoria de la repetición. Contempladas con alguna perspectiva, las variaciones (culturales o individuales) son desdeñables. De todas maneras, la muerte está al final del recorrido; se dice que es inconcebible para el inconciente. Es para repensarlo. El narcisismo negativo es el complemento lógico del narcisismo positivo, que vuelve inteligible el paso de la teoría de las pulsiones que opone libido narcisista y libido de objeto, a la última teoría de las pulsiones, de vida y de muerte. La muerte, ¿una "pulsión"? ¿Es así? A esta pregunta, aquí y ahora, sólo podemos responder con el silencio.

Si el narcisismo fue abandonado por Freud en el camino, so pretexto de que su teoría era demasiado compatible con la teoría de aquel en quien había reconocido a su heredero antes de descubrirlo como disidente, Jung -quien prefirió ser su propio ideal, antes que ser el elegido del ideal de Freud-, se debe quizás a que Freud descubrió demasiado tarde que su solución teórica caía en el mismo Circulo de lo que criticaba, con lo que amenazaba arruinar su propia originalidad. Y si prefirió oponer a Eros las pulsiones de destrucción, fue porque tomó conciencia de que aun las ilusiones más aparentemente indestructibles son susceptibles de desaparecer. Defender la pulsión de muerte era confesarse que el psicoanálisis, como las civilizaciones, es mortal. Era el genuino sobrepasamiento de su propio narcisismo, aunque no dejó de creer en una ciencia anidealógica.35

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En el punto de partida, un ideal científico: descubrir las leyes de lo inconciente. Un héroe: Edipo y su doble judío, menos osado pero más reflexivo, José, que no alcanza el reino, sino un poder mucho más grande, puesto que interpreta los sueños del Faraón. En la trayectoria de su obra, tres pares:36 Leonardo, que prefiere el saber a la representación; Shakespeare, recreador de la escena del mundo y. por fin. Moisés, que trasmite las Tablas de la Ley sofocando su cólera, pero a quien el pueblo, incapaz de renunciamiento, asesinará. Es quizá ya el presentimiento de un final posible de lo que se ha llamado la ciencia judía.

La última nota póstuma, del 22 de agosto de 1938, dice: "Mística, la oscura percepción de sí del reino que está fuera del yo. del ello".

Donde era el ello. . . Pero el yo es demasiado narcisista para hacer renuncia. Inmortalidad del yo.. . Sin embargo, la muerte vigila.

Números y figuras del narcisismo

Si el narcisismo, inevitablemente, nos conduce a pensar por fuerza el más impensable concepto del análisis, a saber, lo Uno, no se podría afirmar que es un concepto unívoco. El narcisismo es el Deseo de lo Uno. Utopía unitaria, totalización ideal a la que todo cuestiona: el inconciente, en primer lugar. De hecho, la delimitación del corpas conceptual nos obliga a distinguir diferentes valores.

En nombre del narcisismo primario: la entidad unitaria. Pero esta ya se escinde en lo Uno y lo Único. Lo Uno es la entidad en principio indivisible, pero que es susceptible de desdoblarse, de multiplicarse. Cuando entra en la constitución de una cadena, es el objeto de operaciones aditivas y sustractivas. Uno más o menos; multiplicado o dividido; así queda definida la operación del sucesor, por lo tanto del predecesor.

¿Con qué se liga, de qué se desliga, lo Uno? Con otro, de otro Uno: siempre el Otro. Adición y sustracción se pueden trasformar en multiplicación y división. 1 — 1=0. Cero es a la vez número y concepto (Frege37). 1 + 1=2. Pero uno, en el comienzo, no es, psicoanalíticamente. Porque 1 sólo deviene 1 por la separación de lo que Nicolás Abraham llamaba la unidad dual. Uno nace, entonces, de la sexión (sexualidad) que reclama la recombinación genética (de las dos mitades) para formar la unidad biológica. El desarrollo psíquico parte de ese "Dos en Uno", que después de la separación \

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de la pérdida del objeto da nacimiento a lo Uno: lo Uno del Otro que precede al Uno Mismo. Para permanecer en la Unidad 1x1 = 1. ¿o uno que se multiplica sólo produce la unidad. ídem para la división. Es preciso por lo menos que 1 se una a 2 (1 + 1) en la multiplicación para engendrar la serie de los números pares. A partir de la segunda multiplicación, 2 se multiplica por sí mismo. Es la serie de los números divisibles por dos: los dobles. En consecuencia, el Uno remite al Doble. A la inversa, el doble implica la división por dos. Aplicada al Uno, tenemos la fracción llamada mitad. La mitad tiene un estatuto único. Si el Uno está formado por dos mitades, cada una de estas comprende a la vez un estatuto de división y de incompletud, y no obstante cada mitad es unidad constituyente de la unidad formada por la unión de las dos mitades. Recordemos los mitos de los gemelos.38 Es exactamente la definición clásica del símbolo: la contraseña. De hecho, cada mitad tiene una doble identidad en tanto es por ella misma una mitad, y en tanto es mitad por constitutiva de la unidad. Escisión fundamental que tiende a anularse en la fusión. Comprendemos entonces que la relación narcisista sólo puede concebir al Otro según el modelo de lo Uno. En efecto, la verdadera unidad es la unidad de la pareja. Es lo que descubrimos en el psicoanálisis; me refiero a la práctica psicoanalítica.

No obstante, el narcisismo primario se mueve por su parte en dos direcciones:

  1. Hacia la elección de objeto, elección del Otro. Alter ego; después, sin ego: alter. La diferencia parecía reducida a cero en el doble, pero en verdad la diferencia no desaparece nunca. Los mitos de los gemelos la restablecen en forma mínima, discreta, o máxima (cuando uno es mortal, e inmortal el otro).39 El doble, la simetría, se convierte en disimetría,40 similitud (lo semejante no es lo idéntico), diferencia. No obstante, el narcisismo secundario permite re tomar la ciudadela propia recuperando (quitando, dice Freud), de los objetos, las investiduras que tienen adheridas. Lo Uno reingresa en si mismo.

  2. Hacia el narcisismo primario absoluto, en que la excitación tiende a cero: el narcisismo negativo. Señalé ya que negativo tiene dos sentidos (por lo menos). Es lo inverso de lo positivo, por ejemplo, el odio opuesto al amor, donde el amor se espeja en forma invertida:

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en esa encontrada presencia, el amor no puede anular al odio; Lacan lo escribe (Seminario XX) "hainamoration'" (odiamoramiento"). Pero, por otra parte, lo negativo remite al concepto puro de la anulación. La confusión imperante en el psicoanálisis durante mucho tiempo hizo que se tomara el segundo sentido por el primero, lo que anulaba el concepto del 0. Ambigüedad del cero: concepto y número (Frege). Los principios -y entre ellos el de Nirvana- tienden a.. . sin alcanzar nunca el término de lo que está en el principio de. . . De otro modo no se trataría de un principio. La curva asintótica tiende a 0, sin alcanzarlo jamás. De igual modo, no existe un placer absoluto ni una realidad absoluta. El cero sustenta -no hay equilibrio inestable- la categoría de lo Neutro. He conceptualizado esta categoría bajo los auspicios de lo blanco,41 del inglés blank. Rima blanca = rima neutra. Le doy a usted carta blanca = abdico de toda voluntad. Firmo un cheque en blanco = asumo todo el riesgo de desposeerme de todo bien. Inútil es recordar la diferencia entre un matrimonio de blanco y un matrimonio blanco (casto). La psicosis blanca es para nosotros el reino de la desinvestidura radical, tela en la que se inscribe el cuadro de la neo-realidad delirante. 42 Bion propuso el concepto del 0 como estado de lo incognoscible. Ante la pregunta sobre si valía por cero, rechazó esa interpretación para afirmar que se refería al objeto como divinidad, verdad absoluta, infinito.43 ¿No podríamos compararlo con el concepto del Otro en Lacan, salvada la diferencia de que para este se trata del "tesoro del significante"? El mismo no lo admitiría, seguramente. Propongo la solución del objeto cero. Neutro.

Todas esas operaciones implican los conceptos de ligazón y desligazón cuyas figuras presenta Freud: mitos "soberanos e indefinidos" de Eros y las pulsiones de destrucción. Lo Neutro es insostenible; cae de Un lado o del Otro. Por ello se liga y/o se desliga, en lo Mismo o en lo Otro.

Estos tres tipos de valores narcisistas forman diferentes figuras geométricas. Es imposible pensar el narcisismo sin referencias espaciales. En posición central situaremos la esfera. No hace falta ir a buscarla muy lejos: Freud la llamó "bola protoplasmática". Esta esfera está limitada por su envoltorio exterior de límites variables (los seudópodos). Clausura espacial que procura al individuo el sentimiento de estar en casa propia. De hecho, la esfera da albergue al sí-mismo, y puede constituir en su periferia el "falso sí-mismo'", de Winnicott, formado a imagen del deseo de la madre. Uno remite al Otro. En ese intercambio, Winnicott mostró el papel de espejo del

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rostro de la madre: de hecho, su mirada. Es preciso que el bebé pueda verse en ella antes de verla. a fin de que pueda formar sus objetos subjetivos, es decir, narcisistas. El espejo, por otra parte, es un plano, una superficie de reflexión, un área de proyección. Ahí se inscriben el doble y el Otro. Lacan ha descripto bien el papel de la imagen del Otro en la totalización ilusionante del narcisismo unificador, conferida al yo por el reconocimiento; este, desde luego, presupone el reconocimiento por el Otro. La proyección, del mismo modo, puede formar una imagen idealizante (de Uno o del Otro) o, al contrario, perseguidora (de los mismos). Su combinación está en la base del delirio, cuyo antagonismo es la muerte psíquica. También aquí son posibles diversas direcciones, una de las cuales es el doble trastorno 44 de la organización narcisista, creador de la banda de Moebius, que la interpretación de Lacan nos enseñó a reconocer. Aquí no tomaremos en consideración la topología lacaniana. Pero sabemos, también, que la esfera y la imagen proyectada se pueden expandir y retraer. Winnicott, por medio de su concepto del área intermediaria, nos hace comprender el papel de la intersección en el campo compartido de las relaciones madre-hijo. La separación de
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