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las esferas en estado de reunión da nacimiento al espacio potencial donde se produce la experiencia cultural. He ahí la forma primaria de la creatividad sublimatoria, donde la sublimación y la creación constituyen los objetos transnarcisistas.

La intersección óptima tiende a la creación del afecto de existencia. Sentimiento de coherencia y de consistencia, apoyo del placer de existir, que no es cosa espontánea, sino que debe ser instilado por el objeto (el elemento femenino puro de Winnicott); ese sentimiento se muestra capaz de tolerar la admisión del Otro y la separación de él. En efecto, el destino de lo Uno es vivir en conjunción y/o separación con el (del) Otro: la capacidad para estar solo frente a alguien signa esta evolución favorable. El yo (Je) se pierde y se reencuentra en el juego.

A la inversa, también son posibles otros destinos. Así, la invasión por el Otro, anhelada y temida, ilustrada por los estados de fusión. El peligro es aquí la explosión y la implosión (Laing),45 mutuamente catastróficas, lo que Bouvet llamaba acercar de acercamiento (rapprocher de rapprochement) y acercar de expulsión (rapprocher de réjection) que se observa en la despersonalización.46 La fusión lleva consigo una dependencia absoluta respecto del objeto. La pasivación supone la confianza en el objeto. La seguridad de que el objeto no abusará del poder que de ese modo se le confiere. Más allá, el miedo a la inercia, a la muerte psíquica, es un espectro

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horrible, combatido por defensas activas y reactivas, lo que conjura los peligros de la confusión de las dos esferas en una sola, pero en que una absorbe a la otra: proyección del narcisismo de la relación oral canibalica. donde muy pronto se insinúa la primera figura de la dualidad comer-ser comido. En lugar del tercer elemento de la tríada de Bertram Lewin. comer-ser comido-adormecerse. lo que se teme es la desaparición de lo Uno. del Otro o de su unidad fusionada y reconstituida por la decoración del Otro o por el Otro. No obstante, la tolerancia a la fusión es tan necesaria como la necesidad de existir en el estado separado. Es el lugar del distingo entre el estado no integrado —de valor benéfico— y el estado desintegrado —de valor maléfico- (Winnicott).

Por fin. la retracción del si-mismo es la última defensa. Perseguido en sus refugios, no le queda más recurso que el retraimiento puntual, que se acompaña de la muerte psíquica y acaso también de la muerte a secas. Se ha demostrado47 que la retirada total representa el hundimiento del yo tras la quiebra de los mecanismos de defensa, ordinarios o excepcionales, que intentan hacer frente a las angustias psicóticas: angustia traumática, producto de las energías no ligadas, puesto que la ligazón permite la solución de la angustia empleada como señal de alarma. El punto se convierte en la solución final. Punto cero.

Los números remiten a las figuras, y las figuras a los números, narcisistas todos. ¿Qué se liga? ¿Un cuerpo (volumen), una imagen (superficie), un punto (límite mínimo)? Quizás un lenguaje.

Funciones gramaticales elementales de los enunciados narcisistas

Una de las funciones del lenguaje es constituir una representación tanto del sujeto unitario como de su pensamiento. No retomaremos ahora las reglas de la lengua lacaniana (lalengua incluida). El análisis muestra que aquí las palabras más bien flaquean. Decir por virtud de lo no dicho, de lo mal dicho y de "No es lo que quiero decir" produce la denegación: "¿Cómo desdecirse?". El discurso analítico supone una doble articulación. La asociación libre, la regla de "decirlo todo", implica una deriva sintagmática, ilógica a los ojos del sentido, pero simultáneamente cada sintagma tiene que seguir obedeciendo a la lógica gramatical. Con todo eso. lo que tenemos en mira aquí es la investidura narcisista de los elementos fundamentales de la frase: sujeto, auxiliares, verbo y complemento.

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1. El sujeto. La bibliografía psicoanalítica en los últimos años parece dar testimonio de un sentimiento de incompletud frente a la terminología del narcisismo. Se han propuesto diversos términos para llenar vacíos. Se ha completado el concepto freudiano del yo por medio de las variantes lexicales del sujeto. El sí-mismo, que difiere según los autores (Hartmann, Jacobson, Kohut o Winnicott), es la apelación más aceptada, no sin resistencia (Pontalis).48 Muchos autores le atribuyen el valor del yo global portador de las investiduras narcisistas que fundan el sentimiento de identidad (Lichtenstein). Otros prefieren destacar la diferencia entre el Moi y el Je, sea en una perspectiva existencial (Pasche) o en una lingüística (Lacan) o aun como saber sobre el Je (Castoriadis-Aulagnier). Por fin, el sujeto recibe acepciones diversas; la de Lacan, de espíritu estructuralista, se singulariza respecto de las otras acepciones, casi siempre descriptivas. La ambigüedad del concepto de yo total o de yo instancia ha merecido un esclarecimiento de J. Laplanche, quien concibe al yo como metáfora del organismo: sistema-yo que funciona según un régimen endógeno singular, si no autónomo. Además de estas designaciones, los autores tratan de identidad, de individuación (Mahler), de personalización. Todas estas formas de la ipseidad, si tienen derecho de ciudadanía, presentan empero el peligro de un desplazamiento conceptual que puede llegar a ser grave si lleva consigo concesiones fenomenológicas, si no existenciales. Así las cosas, por justificadas que estén las referencias a la clínica, sería deseable que la experiencia no se tradujera en una paráfrasis metapsicológica de un pensamiento que en verdad es descriptivo, y no teórico. El tema mismo es responsable de esa inducción. Abordar el narcisismo es en cierta manera, si no de manera cierta, ser proclive a una tautología teórica. El yo inconciente tendría que ponernos sobre aviso, pero la "buena forma" o el "alma bella" del yo narcisista tiende a seducirnos en la teoría, que hace jugar los reflejos de su apariencia. Sin duda que los hábitos terminológicos prevalecerán en definitiva. Los términos importan menos que la manera en que se los emplea. Acaso el narcisismo espera todavía la revelación de su estructura inconciente, que parece discernible con más facilidad en el campo de las pulsiones objetales.

Lo que ha producido esta sobreabundancia de concepciones anejas o vicarias del yo freudiano es probablemente la cuestión de la diferencia entre Moi y Je, que Freud ignora, deliberadamente sin duda. "En cuanto a mí, yo. .. [Moi, je. . . ]" se dice a menudo, como para ilustrar la escisión y la diferencia. En opinión de los especialistas en lenguaje y comunicación, una de las particularidades del lenguaje humano, y no la menos importante, es que se trata de

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un sistema auto-referente (self-refering): "Yo deseo que. ..", "Yo creo que. . .", en lo que está envuelta la problemática narcisista. "En cuanto a mí, yo creo que el narcisismo no es lo que se dice que es. . .". Interviene en esto el distingo entre sujeto del enunciado y sujeto de la enunciación, puesto de relieve por R. Jakobson. Por nuestra parte destacaremos que el lenguaje en su conjunto cobra en la cura analítica esa doble función por referencia a los demás modos de comunicación. Así, lapsus y chistes son y no son "puro enunciado". El lenguaje es singular-plural: no sólo por el "nosotros" mayestático, sino porque la pluralidad de los pronombres de la primera persona hace a esta necesariamente plural, mientras que la primera persona del plural es singularizante. "En París, nosotros pensamos que el narcisismo no es lo que en otras partes se dice que es". Enunciado que de hecho esconde dos personas, el autor de estas líneas y su destinatario singular. Esto nos lleva, en fin, a situar el pronombre personal en el terreno de la afirmación y de la negación, las que aseguran funciones convergentes de cohesión narcisista y de pertinencia discriminativa. No obstante, está claro que lo rehusado por la negación regresa en la afirmación, y lo afirmado continúa negando su relación con lo denegado. De todas maneras, esta diferencia se inscribe en referencia a "él". "El (Freud) me habría dado la razón, sin duda". Al cabo, siempre se trata de situarse en posición de representante de una función de representación.

2. La cuestión de los auxiliares es esencial. De manera espontánea acude a nuestra mente la referencia al ser, y Winnicott, sospechado de complacencia junguiana, no vacila en abordar el problema, no sin despertar reservas. Freud, en sus notas póstumas, señala con claridad la confusión entre "tener el pecho" y "ser el pecho".49 Acaso conviniera inventar una fórmula para remplazar el "Yo soy" común. "Tengo-soy el pecho" sería más apropiado si recordamos que tener adquiere aquí el sentido de incorporar y de introyectar, lo que permite ser. Los haberes del sujeto, sus posesiones, como dice Winnicott, están expuestos a variaciones cuantitativas cuyos efectos conocemos. Pero es la variación cualitativa la que interesa para dar razón de lo que está en juego. Se habla de angustia ante las peripecias de las relaciones de objeto; y de herida, de sufrimiento

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y de dolor, cuando es ofendido el narcisismo. Es decir, cuando el sujeto se siente tocado en su ser. Ahora bien, si el ser es sentimiento de existir, si sustenta la lógica de lo propio, es también ser en devenir. Es ser traspasado por el tiempo, suceda lo que le sucediere. La afección más narcisista no impide que el tiempo pase, el cuerpo envejezca, el mundo cambie, el ser se trasforme (no obstante que sigue siendo el mismo ser). Corresponde entonces crear, por el verbo advenir, el equivalente del auxiliar alemán werden (Wo es war, soll ich werden). Haber sido (en el pasado)-deber (en el futuro)-advenir.

3. El apoyo de la acción es el verbo, que para el psicoanalista no es más que verbo pulsional. El narcisismo está presente en él por la reflexividad que dice la escisión "Yo me". Vuelta sobre la persona propia y trastorno hacia lo contrario, de la actividad a la pasividad. No siempre está claro el lazo de la forma pasiva con el narcisismo. Si yo me amo (o me odio), hay sin duda pasivación, pero no la misma que cuando enuncio: "Soy amado" o "Soy odiado". El segundo caso implica al objeto, mientras que el primero se funde con él en la fusión imaginaria. De hecho se trata de una "amancia" sin objeto. Es en la pasivación confiada donde se puede formar el doble trastorno constitutivo del yo (Je). Es una trayectoria, un circuito que llegado el caso se puede convertir en corto circuito, shunt del sistema objetal. Se puede entonces escribir: "En el principio era el verbo", desdoblando verbo del lenguaje y verbo de la pulsión. Pero ¿qué relaciones guardan entre sí? Los movimientos de expansión y de retracción del yo testimonian esa reflexividad: "Soy dueño de mí (= yo me domino), así como del Universo (= así como domino al Universo)". Comoquiera que sea, el desdoblamiento sigue operante. Una paciente de Bouvet decía, hablando de su despersonalización: "Soy el mundo y el mundo es yo". Está claro que aquí la fusión puede hacer cesar el desdoblamiento para llevar al trastorno completo, a la ecuación narcisista. Se le podría oponer el "Porque era él, porque era yo", que funda la reunión en el reconocimiento de la diferencia. Ahora bien, el verbo siempre es activo, y sólo por trastorno adquiere la forma pasiva. De ahí la idea de Freud: la libido es siempre masculina. Corolario: la pasividad es segunda. No hay pulsiones pasivas, sino pulsiones de meta pasiva ("Pulsiones y destinos de pulsión", 1915). Sin embargo, sabemos que, al contrario, el bebé es pasivizado porque depende de ser objeto de los cuidados matemos. De ahí la controversia: Freud se sitúa en el punto de vista del niño pequeño que vive de manera activa sus pulsiones, mientras que Balint contempla la escena comprobando la pasividad del niño que necesita del amor materno. La complementariedad de ambos sugiere la idea de madre adaptada a las necesidades del hijo: unidad de la diada. Sin embargo, Diatkine ha señalado, con acierto, la importancia de la inadecuación de la

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madre en virtud del desplazamiento originario. En este punto cabría interrogarse sobre la pertinencia de los pronombres. ¿Yo es enunciable? Si lo fuera, implicaría el tú a un plazo más o menos prolongado. De hecho, se trata sin duda, como afirma J.-L. Donnet, que en esto se apoya en Benveniste, de la importancia de él, concepto del tercero excluido.50 "On" (se) incluye a todo el mundo, salvo el yo. La proliferación de trabajos construidos sobre el modelo de "Pegan a un niño" (On bat un enfant), como "Matan a un niño", de S. Leclaire; "Hablan de un niño", de J.-L. Donnet. trae consigo la necesidad de una reducción: "Hacen un niño". Respuesta del pastor a la pastora: "A mí no me la hacen", porque el narcisismo tiene una sensibilidad a flor de piel para el engaño. Aquí el espejismo es siempre decepcionante. La ilusión no tiene función alguna positiva. "Eso no existe". Dicho de otro modo, "Usted no es más que un analista".

4. Tenemos por último el complemento de objeto. ¿Qué objeto? Ahí está toda la cuestión. En este punto nos vemos remitidos una vez más a los diferentes tipos de investidura objetal o narcisista: primaria secundaria, puesto que el narcisismo primario absoluto es anobjetal. Se nos insinúa la investidura narcisista del tipo que Freud describe en la identificación primaria; y con ella, la dependencia del objeto. La pérdida del objeto, en el duelo, o la simple decepción, produce la herida narcisista, que en sus formas graves lleva a la depresión. La autodesvalorización (aun la indignidad) es su señal específica. Pareciera que el objeto fuera contingente; el narcisista sólo le concede una existencia dudosa o, por el contrario, hace depender de su existencia su razón de vivir. Pero en uno y otro caso, la pérdida del objeto revive la dependencia, hace aflorar el odio bajo la tristeza y muestra, apenas velados, los deseos de devoración y de expulsión. El objeto es un complemento de ser. Conocidas son las discusiones que giraron sobre el objeto en psicoanálisis y el objeto del psicoanálisis.51 Aquí se plantea el problema de las relaciones entre objeto parcial y objeto total. En oposición a Lacan, quien afirma que el objeto sólo puede ser parcial, creo que la alternativa es más complicada. Puede ocurrir que la pulsión se exprese sin inhibición de meta, en cuyo caso será por fuerza parcial; o que intervenga la inhibición de meta, en cuyo caso sobreviene la totalización del objeto, pero con una pulsión que ya no se despliega plenamente. Lo imposible es la relación entre pulsión de meta no inhibida y objeto total. Con una excepción, quizá: la relación sexual amorosa. De ahí, la función del objeto narcisista y la dialéctica

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programada que antes expusimos. La superación de la investidura narcisista del objeto no es, como se cree, el objeto objetal u objetivo, sino el objeto potencial del espacio transicional. De esta manera se evita la identificación con el modelo normativo del analista. La identificación con la función analítica queda definida si se agrega que el analista es, en sentido etimológico, el hipócrita, el que está por debajo de la crisis para poder hacer su papel; así llamaban a los actores. El papel analítico se pliega a las exigencias de la intriga: es trágico, dramático o cómico, o todo al mismo tiempo. El repertorio del analista, su posibilidad de hacer esos papeles -a cada paciente su papel- para ser su objeto en una identidad flotante, sólo tiene validez en el marco de la "Otra escena", la del consultorio analítico. El analista hace su papel merced a la identificación secundaria, primaria o narcisista. Esta se diferencia de la identificación primaria porque la fusión da nacimiento a las figuras de la dualidad. Cuando la identificación narcisista permite el establecimiento del narcisismo positivo, puede instaurarse el juego, el juego de hacer su papel, en la capacidad de estar solo en presencia de alguien. Un complemento al que se puede ignorar, que tiene que estar ahí para que se lo pueda desconocer.
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