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Un trato singular.

En el caso Schreber, y justamente a raíz del narcisismo, Freud expuso las trasformaciones que en el delirio sufren el sujeto, el verbo, el complemento. No consideró los auxiliares, que, sin embargo, acaso son los referentes implícitos del sistema. Comoquiera que fuere, el mero hecho de que el lenguaje sea capaz de sustentar la estructura narcisista, a punto tal que las trasformaciones de las relaciones internas entre sus elementos pueden dar una imagen de la economía pulsional; ya ese hecho, decimos, nos sugiere que el lenguaje puede ser el refugio narcisista más inexpugnable en la pretensión de crear formas cerradas, capaces de recuperar hasta los más patentes desfallecimientos del discurso. Lo esencial es, en todo caso, la producción de un sintagma, es decir, de una unidad lingüística autosuficiente. El imperativo se conforma con una palabra: "Hablemos" o "Vayámonos". El sintagma no es una unidad, sino una metáfora de unidad donde descubrimos la oscilación metáfora -metonímica de G. Rosolato. Ahora bien, para hablar de narcisismo, es decir, de una señal individuante, hace falta un estilo. Mil y una maneras de decir "Yo me amo". Pero ¿es eso todo?

Estilo del narcisismo trasferencial

El análisis de las trasferencias narcisistas hizo que Kohut y Kernberg adoptaran posiciones opuestas en su interpretación de la autonomía del narcisismo o de su indisociabilidad de las pulsiones pregenitales, la agresividad en primer término. No tomaremos partido

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en esta controversia; en cambio, abordaremos el problema del narcisismo en la trasferencia desde el ángulo del estilo discursivo propio del narcisismo, y propio de cada paciente. A raíz del análisis de los contenidos no descubrimos divergencias notables entre los autores. En cambio, son escasos los que tuvieron la idea de que el narcisismo se podía considerar desde el punto de vista del funcionamiento mental, desde luego, pero, específicamente, del estilo del discurso trasferencial. Contemplamos aquí dos situaciones, de las que acaso una no es más que la caricatura de la otra, si bien la modificación cuantitativa se traduce en modificaciones cualitativas. En la trasferencia de las estructuras que no son particularmente narcisistas, no sólo se puede hablar siempre de un vértice narcisista, sino que se puede sostener que todo material admite siempre ser comprendido según el vértice narcisista y según el vértice objetal, lo que explica la reticencia de ciertos analistas a adoptar el concepto de narcisismo. La experiencia de la trasferencia es, en este sentido, perturbadora. En la medida misma en que la interpretación reconduce a la persona del analista el mensaje que en principio no le estaba destinado, ¡es el analista quien puede ser tachado de narcisismo! También es él quien formula la hipótesis de que el analizando no tiene más opción que hablar del analista o de él mismo. El marco analítico de referencia hace necesarios estos axiomas. Si afirmamos que es indispensable la pareja de asociación libre y atención flotante, es sin duda a fin de percibir un circuito de intercambios entre el sí-mismo y el objeto, que a su vez se redefine en una segunda duplicación. Así, el objeto se escinde en investidura objetal del objeto y en investidura narcisista del objeto, del mismo modo como el sí-mismo es portador de investiduras narcisistas y objétales cuando se convierte en su propio objeto. Se asiste a una oscilación permanente de las investiduras narcisistas y objetales, tanto de sí-mismo como del objeto. Desde luego que esta inestabilidad relacional depende de los intercambios entre analizando y analista; y por cierto que no es ajena a las variaciones técnicas, cuando inducen, para no decir que exaltan, la expresión narcisista, o cuando por el contrario el narcisismo es objeto de una persecución por parte del analista, que no puede dejar de lado sus connotaciones peyorativas y fuerza, de rechazo, la "objetalización". La querella entre "narcisismo" y "antinarcisismo" parte de interpretaciones diferentes sobre hechos clínicos e hipótesis genéticas, interpretaciones de las que ninguna se logra imponer. El debate queda circunscripto a su interés heurístico, no obstante lo cual lleva a actitudes técnicas diferentes. En mi opinión esas discusiones sólo tienen un interés relativo; en efecto, lo que importa es el estudio de la relación de la trasferencia narcisista con la trasferencia objetal. y sus intersecciones. Para ser más exactos, digamos que en toda relación analítica es preciso distinguir vértice narcisista y vértice objetal; tomar en consideración las singularidades de las trasferencías

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narcisistas signadas por las estructuras narcisistas (neuróticas. de carácter, perversas, depresivas o psicóticas) y. por último, circunscribir una organización narcisista fundamental, habida cuenta de la valorización de este o aquel rasgo pertenecientes al corpus narcisista, según lo hemos deslindado.

Más interesante es abordar desde este ángulo el funcionamiento mental. He sostenido el concepto de la heterogeneidad del signifícante:52 estados del cuerpo propio, afectos, representaciones de cosa y de palabra, actos, he ahí sus elementos constitutivos. Es el juego -económico, tópico, dinámico- lo que confiere interés a esos distingos. Pero si esas diferencias están presentes en todo discurso, cualquiera que sea, se equilibran de manera particular en el discurso narcisista. Su articulación puede servir a objetivos diferentes, pero que son convergentes en definitiva. El conjunto de los enunciados constituye una cubierta narcisista, un "protector antiestímulo", si se quiere, revestimiento protector que da refugio al cuerpo. Ese escudo es también estético y moral, el discurso obedece a la exigencia de formar una totalidad bella. Esa es la función del discurso narrativo-recitativo, que liga los elementos del funcionamiento mental para obrar como pantalla entre el analizando y el analista. El silencio hace un papel simétrico. Así, se podría decir que discurso y silencio, cada uno a su modo, toman a su cargo la misma tarea. Silencio pesado, espeso, que comunica el sentimiento de la opacidad y de la impenetrabilidad. Sin fisuras. La brecha de la trasferencia o el filón asociativo quedan enmascarados por el desarrollo discursivo del hilo de la palabra. El analista se siente frente a un filme, del que no puede ser otra cosa que el espectador.

En" otras variantes, el discurso narrativo-recitativo no se conforma con obrar como pantalla. Una función activa se suma a la resistencia pasiva: el discurso rechaza (¿será lícito decir que reprime?) la presencia del analista, objeto que se percibe como invasor. El movimiento narcisista hace algo más que oponerse a la escucha: asegura los límites del analizando. Pero como estos no pueden correr el riesgo de establecerse en las amenazadas posiciones fronterizas de la vanguardia, se vuelve preciso conjurar la amenaza narcisista penetrando en el territorio del objeto, con el propósito de neutralizarlo. Desde luego que el analizando quiere vivir lo que le hace vivir el análisis. Pero eso es asunto de él. Le ocurre "algo" y, Por desagradables que sean las invasiones en la esfera del sí-mismo, se pueden tolerar a condición de que no se las perciba como efectos del objeto, que de esa manera cobraría una importancia indeseable Para el narcisismo. Las resistencias de realidad —exteriores y atribuibles al rol del medio social- son traídas al primer plano para contrarrestar la extrema tonalidad narcisista de la percepción de la

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realidad, sobre todo la social. No olvidemos que Freud señaló la sexualización de las relaciones sociales en la paranoia. De hecho, el análisis exhaustivo lleva a la conclusión de que el reconocimiento de la realidad exterior en la niñez ha sido objeto de un conflicto muy activo, cuyas secuelas se ponen todavía de manifiesto en las oleadas de despersonalización. A este efecto es preciso agregar el papel de la acentuación, en la vertiente objetal de la trasferencia. de la diferencia de los sexos. ¿Se lo debe llamar una proyección? El contrasentido sería creer que el analizando pretende proyectar algo sobre el analista o en él. En realidad, lo que pide del objeto es que sólo sea en la posición que él le consiente: testigo, imagen, reflejo, punto de fuga; en todo caso, sin existencia carnal: una posición no tanto fantasmática, como fantasmagórica; una sombra de objeto.

Tercero y último punto: la investidura narcisista del objeto y, de manera refleja, la investidura narcisista de lo que dice el objeto, es decir el lenguaje mismo. El lenguaje de los analistas, su estilo interpretativo, su escritura, permiten identificarlos. Sea seco (seudocientífico), abrupto (falsamente simple), lírico (el canto del deseo), precioso (¡Ah! Si con palabras galantes. ..), embrollado (nada es simple) o gongorino (cuando pretende imitar el genio del sí mismo inconciente), el catálogo, lejos de quedar agotado, comunica la imagen de malogro del narcisismo, del que Freud ha sido uno de los pocos que salieron indemnes. Mantener fascinado al lector, en ausencia del analizando (¡ah! si se le pudiera decir. . .), he ahí la venganza del analista, ese hipnotizador que debió renunciar a fascinar, para analizar.

Ahora bien, para analizar hace falta un discurso analizable. El discurso narrativo-recitativo excluye al objeto, por el hecho mismo de que este deja de ser un testigo. Sólo el discurso asociativo es analizable, si es que se quiere salir de una interpretación que cobra la forma de una paráfrasis, que sin embargo puede tener su utilización en la medida en que hace de eco a la palabra de un analizando que necesita ser oído. Que necesita, quiero decir, ser oído por alguien, y no tanto ser analizado en sentido estricto. Pero ese análisis no es lo que se entiende por psicoanálisis. El discurso asociativo, con censura levantada, es el producto de una desligazón que admite ser religada de otro modo. El sujeto narcisista no puede correr el riesgo de desligar su discurso; pareciera que la mera desligazón del lenguaje tuviera el poder de destruir la imagen del sí-mismo asediado por la fragmentación. Por eso apunta a un discurso cohesivo y adhesivo. Se podría sostener que el discurso asociativo tiene en su base las pulsiones parciales, no las de tipo autoerótico, sino las que están en relación con el objeto. Dentro de la relación de confianza con el objeto, el analista entonces recogería los fragmentos dispersos, con miras a una coherencia nueva. Por el contrario, el discurso narrativo-recitativo sólo aspira a hacerse reconocer co-

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mo tal, en si; se empeña en prevenir toda desligazón posible y apunta al mantenimiento de su forma. Discurso eminentemente "guestaltista". donde fondo y figura tienden a la unidad.

El peligro del análisis de las organizaciones narcisistas es que al deseo de cambio invocado en la demanda de análisis, antes que este comience, se opone una fidelidad a sí mismo, guardiana del narcisismo, que prefiere el fracaso del análisis al riesgo que supone el cambio consistente en la apertura al objeto. Y esto, fuera de toda referencia pretendidamente adaptativa.

Discurso del vértice narcisista de la trasferencia, o discurso de la trasferencia narcisista, los dos casos nos obligan a considerar el papel de la palabra en el análisis. Si la palabra es mediación entre cuerpo y lenguaje, cuerpo a cuerpo psíquico, la palabra es psyjé. Espejo o, más bien, juego de espejos prismáticos que descomponen la luz de los cuerpos o recomponen el espectro de los rayos luminosos. Pero es también relación entre un cuerpo y otro, una lengua y otra, entre Uno y Otro. En verdad, no es solamente relación; es representación de relaciones. Como tal tiende a la autonomía, sin embargo de ser dependiente, interdependiente porque es intersubjetiva. En este sentido no es palabra narcisista aunque pueda ser representante del narcisismo o del objeto. Pero puede ser palabra objetal, y hasta objetiva. Aun en ese caso sigue siendo relación y mediación. Interpsíquica e intrapsíquica, crea un medio de lenguaje entre mundos objetivos, entre mundos objetivos y subjetivos, y entre mundos subjetivos. Su función es reunir, pero también dividir; en virtud de sus propiedades, es símbolo de Mismidad y de Alteridad. En todo caso, es palabra plural, que tiende más allá de lo Uno y de lo Otro, hacia lo Neutro donde cada quien se podría reconocer. La palabra no es, entonces, ni narcisista ni objetal; menos aún, objetiva. Pero es todo eso al mismo tiempo en su aspiración a la neutralidad. La Ley pretende ser Ley de Dios, inengendrado, que es lo que Es. Pero en definitiva cada quien sabe que es sólo palabra humana, falible, palabra paterna o materna. Es siempre palabra de infans. Es grito. Pero el grito es la ambigüedad misma, de goce o de dolor o, en los valores medianos de los hombres, de placer y displacer. Tampoco el silencio evita la ambigüedad: silencio de quietud, de desesperación o de impotencia. Sólo el silencio de Dios es indiferente. Por eso, para el analista, el discurso, palabra y silencio, es siempre diferido.

El lenguaje es tributario de esos fines, que, todos ellos, apuntan a trasformar al Otro en Neutro en beneficio de lo Uno. Ahí comienza la paradoja. Uno sólo se puede sentir existente en virtud del Otro, que empero es preciso volver Neutro. En consecuencia, Uno, a su vez, no es más que Neutro.

Sujeto del enunciado y sujeto de la enunciación: el sujeto narcisista se vale del lenguaje para hacer coincidir en la medida de lo Posible a los dos; para reducirlos a un solo punto que, de hecho, es

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un punto en suspenso, un calderón. Silencio y palabra son. al cabo, lo mismo. Se podría decir que el doble "yo" {Je) pierde su función en un "él" metafórico, donde el célebre juego de palabras sobre "Nadie" vehiculiza la función del tercero excluido: "él" es neutro. Esa es, en efecto, la paradoja del Narciso: la afirmación extrema de la subjetividad se duplica en su extrema negación, y encuentra su escansión, o su puntuación, en lo neutro. Inestabilidad esencial desde la cual las oscilaciones entre Uno y Otro pondrán en marcha la estructura, siempre a la busca de un nuevo punto de equilibrio. La estancia, como reposo, morada, y la estasis, como detención, inmovilización, estancamiento, alternan en las figuras narcisistas.

Ya los griegos habían percibido el carácter único del lenguaje, que habla a la vez del mundo y de él mismo (apuntemos, de pasada, que esta es la característica del lenguaje analítico). Los modernos han retomado el distingo entre "lenguaje-objeto" y "metalenguaje". Comoquiera que se juzgue la pertinencia de la oposición de Lacan al concepto de metalenguaje, no se puede menos que reconocer que el lenguaje-objeto no se basta a sí mismo para dar razón de lo que se subsume en el término de metalenguaje, ni aun escindiéndose. Si el lenguaje poético es el aspecto lingüístico más cercano, por su espíritu, al discurso analítico, no podemos dejar de recordar, con Winnicott, que nadie aceptaría ser el poema de otro. Entonces, si nos molesta lo "meta" (pero ¿por qué nos molestaría más que en "metapsicología"?), es porque desconfiamos de toda referencia al más allá. Aquí nos viene a la memoria el desconcierto que ha provocado en los analistas, hasta hoy, el "Más allá" del principio de placer. Lo que tenemos por seguro es que estamos frente a un sistema de oposiciones encajadas unas en otras; de ellas, la pareja lenguaje (sobre el) objeto-lenguaje reflexivo (el lenguaje que habla sobre sí mismo) se superpone con el distingo entre el discurso objetal y el discurso narcisista, pero sin confundirse con él. El discurso narcisista y el lenguaje reflexivo se duplican uno a otro inconcientemente. A saber, el discurso narrativo "olvida" que habla sólo del lenguaje mismo, que es un lenguaje sin objeto. Lenguaje reflexivo que es su propio objeto. En el análisis, el discurso narrativo-recitativo carece de objeto, o tiene su objeto fuera de él, en una relación de fascinación hipnótica cuyo fin último es reducir aquel a su albedrío: dominar para no ser dominado, aunque sólo fuera en el lenguaje. Es la palabra oracular de los maestros, de los amos. Sólo admite el consentimiento, y responde a la palabra del otro rechazándola a las tinieblas exteriores. Imposible circunscribir aquí la dificultad de las relaciones entre mensaje y código: ¿no tiende el oráculo a su coincidencia? Así las cosas, sólo puede suscitar vocaciones de apóstol, más que de psicoanalista.

Lo propio del fantasma de dominio de sí y del objeto es que sólo a condición de negarse como tal puede sostenerse en su enunciación. El amo se dice dominado él mismo. Pero sólo él lo puede

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decir. La totalización es negada por referencia a una verdad, y esta se declara inasible: estatua mutilada cuya forma completa es reconstituida por aquellos a quienes se muestra. Nos encontramos así con otra particularidad de la trasferencia narcisista, a saber, las relaciones que mantiene con la metonimia y la metáfora. Ella, en su principio, supone que todo lenguaje, puesto que no podría ser el portador de un concepto de unidad cerrada, es metonímico. Pero esa metonimia se vuelve metáfora. Una vez más estamos frente a la oscilación metáforo-metonímica, que G. Rosolato eleva a la condición de concepto ordenador. Para el tema que abordo, preferiría hablar de una sustitución metafórica de la metonimia. Así el lenguaje es metonímico, no sólo frente al mundo, sino dentro del discurso analítico, puesto que por lo menos se admite, sin lugar a dudas, que el lenguaje no es "lalengua". En cambio, el lenguaje se convierte en la metáfora de "lalengua". Los efectos de lenguaje dejan de ser sintagmáticos para volverse paradigmáticos. Y si es cierto que la noción central de "lalengua" se podría llamar
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