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multiplicidad inconsistente (J.-A. Miller),53 es también indudable que encontramos la unidad consistente de la teoría lacaniana bajo el concepto del significante. J.-A. Miller dice: "Lo Icc es Uno en Dos. Está hecho de partes a la vez incompatibles e inseparables. Es un ser que no puede ser ni dividido, ni reunido, un torbellino o una conmutación" (las bastardillas son nuestras). ¿Cómo es posible entonces el análisis? Salvo que el analista se sitúe en el ojo del torbellino, posición narcisista por excelencia. La falta no es unificable en un solo concepto, porque, como dice J. Derrida: "Algo falta de su lugar [la castración-verdad], pero la falta nunca falta ahí".54 Se puede entender mejor por qué "La carta robada" puede hacer las veces de sesión. Es un discurso narrativo. El análisis que se nos hace hacer deja fuera el relato como tal, que es por cierto la marca de ese escrito porque el relato es el portador del narcisismo. Como he dicho en otro lugar,55 la unidad se reencuentra bajo el concepto del significante. Si "lalengua" no es la lengua, entonces es imposible que su elemento constitutivo sea el significante. Poner el significante como constitutivo de "lalengua" no es engendrar un efecto de sentido, por más torbellino que fuera, sino, necesariamente, hacer resurgir de la escucha "la confusión de las lenguas" (Ferenczi). Al trauma-catástrofe, el lenguaje narcisista responde con la clausura del sistema aislado.

¿Lengua "anterior al significante"? Antes que caer en las trampas de un genetismo proclive a todas las confusiones imaginarias, preferiría, con P. Castoriadis-Aulagnier, hablar de representante;

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en esto retomo la idea de que la psique no puede representar sin representarse, y que su representación nunca es una o unificable. o aun inseparable del saber sobre el yo (Je) en el ejercicio de una violencia. La diferencia entre el significante y el representante está en que el representante es un representante de trasferencia (de deseo de sentido), mientras que el significante es la trasferencia de un representante. Y si es cierto que "el significante es aquello que representa un sujeto para otro significante" (Lacan), se podría decir que el representante es lo que significa un sujeto para otro representante. Lo impresentable no es el significado (más bien, sería polisémico), sino lo representado, es decir, en la teoría psicoanalítica, lo inconciente, que siempre se tiene que deducir por medio de la trasferencia. Si lo simbólico gobierna en efecto la psique, sólo puede hacerlo articulando lo inconciente y lo real por la comprobación de su irreductible diferencia. Es preciso entonces recurrir a un modelo más general, como el de Heinz von Forster, quien especifica, con mucho acierto, que las propiedades lógicas de la "invariancia" y del "cambio" son propiedades de representación de primer orden, de segundo o de tercero.56 Agrega este autor que un "formalismo necesario y suficiente para una teoría de la comunicación no debe contener símbolos primarios que representen communicabiliae (símbolos, palabras, mensajes, etc.)". En esta perspectiva podemos decir que, si tanto la lengua como "lalengua" son metafóricas, es porque necesariamente remiten a algo diverso de ellas mismas. Pero el narcisismo es su límite, en la medida en que toda descripción implica al que la describe. Este límite no es superable ni insuperable, si se quiere decir que puede o no puede ser franqueado. Ahora bien, por su naturaleza misma de límite, supone que otra cosa es: el objeto que le ha permitido constituirse como tal. La propiedad de este límite consiste en ser una articulación en torno de la cual la investidura se vuelve sobre sí misma y se trastorna hacia su contrario en el espacio narcisista donde la espera el trabajo del lenguaje. Ahí la investidura hace obra de trasferencia. El lenguaje es el efecto de reflexión del acto imposible. Si es su representación, no es su imagen, sino la fascinación del haberlo dicho. Entonces, ya no habla de él, sino que lo habla en la misma medida en que es hablado. Y por más que uno señale el lugar de la falta de decir, el resultado es bello, lo bastante para atarearse en llenar la falta de decir, más que la falta de ser, de vivir. de hacer. Es que para todo esto es preciso por lo menos ser dos uno con el otro. Destacar esos términos con mayúsculas cuando se designa al tercero, sólo tiene sentido para la Escritura. De esto prescinde la trasferencia, que es el representante del tercero, es decir la relación.

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La representación liga y desliga. Liga en el mismo movimiento el mundo, el discurso, el sujeto que es imposible que difiera por esencia de la estructura del mundo. Pero, a lo sumo, se tratará de una representación desligada.

El análisis oscila entre dos ilusiones: la de un discurso íntegramente trasmisible, integrable en el discurso mismo, un decir trascendental (lo que sale al encuentro de la ambición de los lingüistas, de un lenguaje no equívoco), y la de algo incomunicable, intrasmisible, donde lo in-decible escapa a la índole del lenguaje: lo no-dicho trascendental. Entre dos: la representación y el afecto, es decir lo inconciente entre las palabras y las cosas. El narcisismo aspira a la unidad egótica, al alter ego, a lo Neutro, como reconciliación de la oposición de Uno y Otro.

La escucha del narcisismo y la contratrasferencia

Todo código supone su fragmentación, por el emisor, en mensajes más o menos polisémicos (sólo el código genético puede ser rigurosamente monosémico), lo que implica la existencia de mensajeros para la trasferencia del mensaje, cuya representación es reconocida por un mediador que la trasmite a un destinatario cuyo código debe estar en una relación de diferencia eficaz con el emisor. La trasferencia psicoanalítica calza en este modelo, y está encerrada entre el vértice de un marco narcisista absolutamente singular (en el límite, intrasferible) y el vértice objetal que condena a hacer trasferencia a cambio de mantener la existencia de una relación entre emisor y destinatario, y en el interior de cada uno de ellos. Los aspectos cuantitativos y cualitativos están aquí ligados, como lo están también los puntos de vista económico, tópico y dinámico. Sus referentes axiales son la ligazón y la desligazón, lo Mismo y lo Otro unidos en una red de relaciones interdependientes.

Esto nos lleva necesariamente a la contratrasferencia como escucha y como efecto de trasferencia. Trasferencia concebida como efecto, él mismo inducido por la contratrasferencia -en el sentido lato-,57 en la medida en que el analista establece las modalidades de la comunicación: palabra acostada, invisibilidad del destinatario, convocación de los mensajes de lo inconciente, código de sus desciframientos por el rodeo de la actividad psíquica del analista, que se sujeta a su aparato psíquico conectado con el del paciente. Así las cosas, un doble movimiento signa al análisis: la narcisización del analista, que reconduce a sí todo el discurso en la medida en que él es, en definitiva, su destinatario; y la objetalización de ese discurso en la interpretación

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que él dará. Para ese circuito, entonces, es prerrequisito que el analista sea planteado como análogo del analizando, a la vez el mismo (por la identificación) y el otro (por la diferencia).

El discurso narcisista induce una contratrasferencia que depende de la forma exclusiva, inclusiva o replicativa que cobra dentro de la trasferencia. Al discurso de exclusión del objeto, el analista responde con un sentimiento de aislamiento: separado del paciente, de sus afectos, de su cuerpo, puede reaccionar con la agresividad y aun la ira (narcisista), el aburrimiento y hasta la acción de dormirse. El analizando parece vivir un sueño en que sería a la vez el que sueña y el que recita el sueño. El cuadro del prisionero de Schwind58 semeja al analizando acostado en su prisión, aislado del mundo como el prisionero de Platón en su caverna. Pero en lugar de percibir la sombra del carcelero, los personajes del sueño representan unos agentes auxiliadores: gnomos, de los cuales el que asierra los barrotes se parece al soñante (Freud dixit); están a horcajadas de su rey, al tiempo que un personaje femenino, alado, da de beber a esos amables libertadores. El analista, ausente del cuadro, es sin duda el espectador, testigo de la escena. Pero, a fuerza de sentirse aislado del mundo del sueño, bien pudiera suceder que no le quedara más solución que convertirse en el dormir del soñante.

A la forma invasora, englobante del discurso narcisista, el analista responde con la aceptación pasiva de su devoración o, si se defiende, con una represión: Noli me tangere. Cuando obra así, y sin duda inadvertidamente, repite el rehusamiento de los cuidados maternales o la distancia glacial de un padre inaccesible.

Por último, ante las trasferencias descriptas por Kohut, el analista reacciona con la tentación de tomar al pie de la letra la trasferencia megalomaníaca del analizando. Así se establece una complicidad en que el analista se convierte en el único garante del deseo del analizando; el análisis de formación crea las condiciones más favorables para ese desenlace. O bien, en el mismo caso, se sentirá agredido en su alteridad, por el hecho de ser percibido sólo como un doble del paciente. Preferiría una imagen de él mismo más modesta, pero más respetuosa de su individualidad. La contratrasferencia exige del analista (me refiero aquí a situaciones en que el discurso narcisista no domina la palabra analítica) narcisizar los fragmentos estallados del discurso del paciente, es decir: recogerlos imprimiéndoles una forma diferente. El discurso narcisista cerrado lo obliga a renunciar a esta tarea puesto que no tiene ahí nada para recoger; en efecto, ese discurso permanece siempre más o menos cerrado sobre sí mismo. Produce entonces una desinvestidura de la situación analítica y, tras la reacción esténica frente a la frustración analítica, un repliegue narcisista

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más o menos extenso. Una contratrasferencia que no contraríe el desenvolvimiento del proceso analítico, constituida con el conjunto del discurso narrativo-recitativo y el discurso asociativo, que en toda cura alternan según las exigencias del momento a la busca del punto de equilibrio entre investiduras narcisistas e investiduras objetales; una contratrasferencia así, digo, es la que puede desempeñar, de manera sucesiva y simultánea, el papel del objeto total y del objeto parcial. Contradicción esta insuperable de la constitución del sujeto en la relación. Es imposible pensar la situación analítica si no se tiene presente que el analista, lejos de sustentarse en su exclusivo deseo, está él mismo sujeto al desenvolvimiento del proceso analítico: está ahí para servirlo, y no para servirse de él.

La contratrasferencia no puede ser desolidarizada del ideal del yo del analista, es decir, de su orientación profesional. Dicho de otra manera: si el analista quiere conducir a su paciente, que se defienda o que lo confiese. Hoy la diáspora analítica nos enfrenta con elecciones culturales diferentes. Para Freud, el resultado del análisis era la sublimación (que atañe a las pulsiones), diferente de la idealización (que se refiere al objeto). Pero hay en Freud una idealización de la sublimación, que deja traslucir su elitismo. Hartmann desplaza ese referente hacia la adaptación. Pero de dos cosas, una: o la adaptación es de facto, y entonces pierde todo interés teórico, o es de jure, en cuyo caso plantea los problemas, asaz conocidos, de la normatividad analítica; y estos en verdad nunca se superan porque, cualquiera que sea el referente, aun el más revolucionario, no por ello es menos normativo. La escuela inglesa prefiere el crecimiento: growth. Pero si en la práctica se advierte bien qué quiere decir esto, la teoría ofrece más dificultades al pensamiento. Dentro de la escuela inglesa, Melanie Klein desemboca en la reparación; esta hace de cada quien el contristado de un duelo permanente, que machaca su culpa después de los estragos de una destrucción de la que se hace responsable. Winnicott, más modesto, prefiere el juego: acaso es lo más próximo a ese otro referente implícito de Freud, el humor. Lacan, por fin, se sitúa en el par contradictorio de goce-castración (verdad). Muy bien por la contradicción, pero ¿qué hacer con ella? Dos imperativos alternan: "Goza" dice el superyó en desafío de la castración, pero esta se muestra la más fuerte, lo que a su turno produce una nueva procura de goce. Círculo vicioso que paradójicamente conjuga la adaptación a las corrientes culturales modernas y el sometimiento al poder castrador de una Ley paterna. Reich dice: "Modifiquemos el mundo", porque es cierto que modificarse uno no alcanza para soportar la crueldad del mundo. Pero ese desplazamiento nos aparta de la realidad psíquica.

Por nuestra parte, creemos que el referente psicoanalítico, que supera el dilema narcisista (cambiar uno mismo)-objetal (cambiar a los otros), es la representación de la realidad psíquica interna y de la realidad física externa, entre las cuales la realidad social hace

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de transición. Pero en esto corremos el riesgo de ser tributarios de nuestros prejuicios culturales: narcisismo de las pequeñas, o de las grandes, diferencias. Toda cultura es por esencia paranoia. Sólo afirma su identidad narcisista por negación de las demás. Remplazar la cultura nacional por la pertenencia a una clase no modifica esencialmente el problema. La representación, me parece, es la única apertura hacia la aproximación a una verdad de la que somos los sujetos. Que esté por construir no modifica su posición de referencia.

¿Qué dice la representación? ¿Cuál es su modelo? Aquí es preciso reunir cuatro elementos, todos ligados por relaciones biunívocas: la ligazón, la desligazón, lo Mismo y lo Otro. Aquí, en fin, descubrimos suturadas las sucesivas teorías de las pulsiones, de Freud, y sobre todo las últimas dos: el narcisismo (positivo y negativo) y las pulsiones de destrucción. Lo Neutro ocupa el centro, siempre fuera de sitio en la vida, porque lo Neutro le es ajeno.

Mito y tragedia: diccionario y folio

¡El mito de Narciso, por fin! Más bien los mitos, puesto que el diccionario mitológico recoge tres versiones, y una cuarta en que se agosta la vitalidad de la leyenda.59

Ovidio nos cuenta la leyenda más conocida. Narciso es hijo del río Cefiso y de la ninfa Liriope: filiación que gravitará pesadamente sobre su destino. Tiresias, siempre en la senda del psicoanalista, pronuncia, a su nacimiento, un oráculo: Narciso sólo llegará a viejo si no se mira. La asociación con Edipo es casi forzosa. Decididamente, este ciego es el sacerdote de la ceguera psíquica y física. Como Narciso era muy hermoso, muchas jóvenes se enamoraron de él. Pero él les oponía su indiferencia, porque despreciaba el amor. La ninfa Eco no se resignaba. Languideció, se retiró del mundo, se negó a tomar alimento alguno, hasta llegar al punto en que sólo fue una voz. Cuando la forma incompleta ya no se puede nutrir de la forma deseada, la voz queda como la única huella de la vida; lo visible se desvanece. Esta desmesura del desprecio hace que las ninfas llamen a Némesis: retorno de lo forcluido. Cierto día de mucho calor, Narciso, excitado después de la caza (actividad masculina bajo la protección de la viril Artemisa), tuvo sed. Tras la anorexia de Eco, tenemos la sed de Narciso. Pero ¿sed de qué? Del río -paterno- y no de la mujer, eco de la madre. La fuente (el origen) le devuelve una imagen que él no reconoce; queda prendado, enamorado de ella: "Si no me amas, te amarás a muerte sin reconocerte", debió de decirse

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Eco. Hete aquí que Narciso, como antes Eco, se vuelve también insensible al mundo: identificación vengadora con el doble de la madre. Inclinado sobre su imagen (¿no podemos decir que se apuntala en ella?), se deja morir. No es un suicidio, sino una renuncia a continuar viviendo. El Cefiso es ahora la Estigia, donde la mirada de Narciso se encarniza en descubrir sus rasgos. Resurrección: la flor que con el héroe de la leyenda no tiene más parentesco que el nombre.

La versión beocia dice otra cosa y la misma para el oído del psicoanalista. Los orígenes dé Narciso sólo son definidos un poco más con respecto a la geografía. Es oriundo del Helicón, morada favorita de las Musas, que gustaban de reunirse en torno de una fuente cerca de Tespias. Aquí es un joven el que lo ama: Ameinias (elección homoerótica de objeto). Harto de ese cortejo importuno, Narciso (que no lo ama), para desembarazarse de él, le ofrece una espada. El símbolo, polisémico como es, no requiere de comentario en su trasparencia. Ameinias, que ha comprendido, se penetra con el objeto y muere ante la puerta de Narciso maldiciendo a su desdeñoso objeto. La maldición remplaza al oráculo: viraje psicológico. La continuación es la misma: la fuente, la imagen de sí tomada como objeto de amor. Pero aquí se dice que Narciso se suicida: identificación con el objeto, extremada hasta la muerte. En consecuencia, los habitantes del lugar, los tespiasinos, erigen un culto al amor. En fin de mito, el oráculo es remplazado por el culto: con posterioridad. De la sangre de Narciso nace una flor roja, color de vida, o de castración.

Pausanias, por último, dice, él también, lo Mismo y lo Otro. Da a Narciso una hermana gemela: he ahí, por fin, la bisexualidad. La joven muere; la muerte ya no es fruto de la pasión. Duelo de Narciso, inconsolable. Cuando se ve en la fuente, reencuentra ahí la imagen de la muerta. "Aunque sabía muy bien que no era su hermana, tomó el hábito de mirarse en las fuentes para consolarse de su pérdida". Pero ¿qué veía entonces? Pausanias racionaliza la leyenda, en obediencia a la inspiración evhemerista.

La cuarta versión es en verdad incomprensible. Las variaciones han afectado el núcleo de inteligibilidad semántica, que las anteriores preservaban. Narciso es muerto por cierto Epops (o Eupo), y de su sangre nace una flor.

Narciso tiene entonces tres objetos, dos de ellos repulsivos: Eco y Ameinias; y atractivo el tercero: su hermana gemela. En las dos primeras versiones, desprecia el amor (heterosexual, tanto como homosexual); en la tercera, ama su mitad como a sí mismo. Se ama o la ama (ella-él). Su fin difiere: en la primera versión, se deja morir; en la segunda, se suicida como el que lo ama, pero a quien no ama. En la primera versión, se ahoga; en la segunda, se hiere; en la tercera nada se dice sobre su fin. En la versión inicial y en la siguiente, hay resurrección. De pasada, señalemos la semejanza entre el

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mito de Narciso y el de Hermafrodita.60 No es lícito decir que la versión de Ovidio es la verdadera, pero es la más rica por la alusión al oráculo (es un destino), la oposición del cuerpo visible y de la voz, la referencia a las imágenes parentales y la ausencia de duelo; trabajo del narcisismo. Por esto habló a Freud. Narciso era joven y bello: todas las versiones lo dicen (salvo la última, que ya no dice nada). El narcisismo es una enfermedad de juventud.

Es preciso completar esta visión mítica con una visión trágica simétrica e inversa. Una figura acude a mí, la del padre narcisista: Lear. Shakespeare, el más grande autor sobre el narcisismo
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