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(Ricardo II, Hamlet, Otelo), nos lo muestra sin piedad. Lear quiere ser amado por él mismo. La busca de amor choca con el "Nada" de Cordelia. Le hace retorsión, en eco: " ¡Nada!", después en espejo: "De nada no sacarás nada. Habla pues" (acto I, escena l).61 Pero su hija guarda secreto su amor y hace reserva de la parte de amor destinada al esposo que le ha sido prometido. La continuación es conocida. Cuando sus malas hijas aúnan sus empeños para reducir su turbulento séquito, la puja de subasta al revés lo desespera; en vano exclama "Les he dado todo": los cien caballeros se hacen cincuenta, veinticinco, diez, cinco. Por último, una dice: "¿Para qué queréis aunque fuera uno sólo?". Es demasiado. Lear prorrumpe: "Dad a la naturaleza sólo lo que ella necesita, y el hombre tendrá la vida lamentable de la bestia" (acto II, escena 4). La desesperación culmina en el yermo, en medio de la naturaleza hostil, el negro cielo rasgado por la tempestad donde truena el Dios de la montaña (se supone que la acción trascurre en los tiempos bíblicos). Lanza la maldición sobre sus hijas y todo el género humano. Vayamos a lo esencial,62 pues todo se podría citar aquí sobre el narcisismo destructor de aquel de quien dirá una de sus malas hijas: "Nunca se conoció a sí mismo". Ante el pobre Tom, que, para escapar a la maldición persecutoria del otro padre, simulaba la locura como verdadero esquizo, Lear, transido de horror y de piedad, exclama: "Mejor estuvieras en la tumba, que no responder con tu cuerpo desnudo a esta desmesura de los cielos. ¿Es que el hombre es sólo eso? Considéralo bien. No debes al gusano la seda, ni su piel a bestia alguna, ni su lana a la oveja, ni al ratón almizclero su perfume. ¡Ahí Aquí somos tres adulterados,63 pero tú, tú eres la naturaleza misma {thou art the thing itself: la cosa misma), y el hombre

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sin accesorios no es nada más que este lamentable animal desnudo y ahorquillado que tú eres. ¡Al diablo las cosas prestadas, al diablo! ¡Vamos, quitadme eso!" (acto III. escena 4). No más objetos; el cuerpo desnudo vuelve a la cosa misma. Pero, después que reencuentra a la hija amada, la ilusión gobernará su razón hasta el final. La esperanza de reconquistar el trono queda deshecha por la batalla perdida; su hija es asesinada, no hay remedio. " ¡Miradla, mirad sus labios! ¡Mirad, mirad!" (acto V, escena 2). Con esa mirada que quiere leer los signos de la vida que escapa de esa boca muda, abandona la escena del mundo.

Shakespeare nos remite a Freud. Al hombre Freud, obsesionado por la muerte; al que en secreto llamaba Cordelia a su prometida,64 al autor de "El motivo de la elección del cofre". La gran ausente de la tragedia es la madre, ese elemento puramente femenino (Winnicott), fundador del narcisismo originario. Tres figuras la representan; la generadora, la compañera, la muerte. Freud ve en la imagen del anciano que carga con su hija muerta lo inverso de la realidad: la muerte indiferente que carga con el anciano. Un límite al narcisismo, donde el narcisismo sobrevive a la muerte; la filiación y la afiliación.

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  1. El narcisismo primario: estructura o estado
    (1966-1967)

A la memoria de J. M.

En el instrumental teórico del psicoanálisis, ningún concepto ha conocido tantas revisiones modernas como el del yo. Para no mencionar las contradicciones que parecen inevitables a las formulaciones de que es objeto, su complejidad pareció tanta que buen número de autores posfreudianos pusieron el acento en un aspecto particular del conjunto de funciones que se supone asegura el yo, y de esa manera dieron de-este versiones muy diferentes. Por su lado, otro numeroso grupo de autores sostuvieron que era preciso completar la teoría freudiana del yo y agregar a este un sí-mismo (el self de los autores anglosajones) como instancia representativa de las investiduras narcisistas. Hartmann fue, sin duda, entre los autores posfreudianos, el que más abogó por la necesidad de un complemento a la metapsicología del yo. En esto siguió sus pasos Kohut, quien se convirtió en el más destacado heraldo de una línea de pensamiento a la que imprimió un importante desarrollo. Sin embargo, Grunberger lo había precedido en Francia por este camino; provocó cierta sorpresa y no pocas controversias cuando propuso considerar el narcisismo como una instancia, en pie de igualdad con el yo, el ello y el superyó. Muchos autores, siguiendo la senda trazada por Hartmann, o adoptando, en ocasiones, una orientación por entero diferente, han dado cabida al sí-mismo en sus concepciones. Así, autores tan alejados entre sí como Spitz, Winnicott, Lebovici, y aun los kleinianos, prefieren referirse al self más que al yo. Edith Jacobson introduce la idea de un si-mismo primario psicofisiológico. Conceptos afines, como los de identidad, que encontramos en los escritos de Erikson, de Lichtenstein, de Spiegel, o de personación (Racamier), están también más cercanos al sí-mismo que al yo.

Es un hecho que Freud no se ocupó mucho del estudio del narcisismo ni, sobre todo, de su devenir en la teoría, desde el momento en que renunció a sus anteriores tesis sobre la oposición entre libido yoica y libido de objeto, en favor del conflicto fundamental entre Eros y las pulsiones de destrucción o, de otro modo, entre las pulsiones de vida y las pulsiones de muerte. Y sin embargo, "Introducción del narcisismo" (1914) sigue siendo uno de los textos más vigorosos de Freud. Cualesquiera que sean las razones invocadas para su posterior desinterés hacia el narcisismo (la polémica con Jung), uno no puede menos que asombrarse por el hecho de que el inventor del concepto ni siquiera considerara conveniente explicar

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cómo se debía reconsiderar lo que él mismo había descripto antes de manera tan convincente, insertándolo en un conjunto teórico diverso. No había omitido hacerlo, por ejemplo, con el inconciente, cuando la segunda tópica suplantó a sus ojos a la primera. Y ello es tanto más sorprendente cuanto que el papel del yo estaba destinado a cobrar acrecentada importancia a partir de la instauración de esta segunda tópica. Había entonces más de un motivo para que los lectores de Freud, los psicoanalistas en primer lugar, esperaran una reevaluación del narcisismo, que nunca se produjo.

No es extraño que este concepto a medias proscripto recobrara asidua presencia en los trabajos de los psicoanalistas; en efecto, la realidad clínica del narcisismo es un hecho, aun si la interpretación que se le puede dar varía de un autor a otro.

De los problemas que se refieren al narcisismo, ninguno más embrollado y controvertido que el del narcisismo primario. Tampoco hay otro que cuestione más la posición del yo. ¿Cómo admitir una línea de desarrollo que traza su trayectoria desde la indiferenciación o la fragmentación primitivas hasta una imagen unificada del yo, cuando la revolución epistemológica fundada en el concepto de inconciente postula una escisión insuperable, como lo atestigua el título de uno de los últimos escritos de Freud, "La escisión del yo en el proceso defensivo"? Tanto más cuanto que desde 1923 se afirma que el yo es inconciente en su mayor parte, y de particular modo en sus mecanismos de defensa. Si se liga el narcisismo de manera exclusiva al logro de Eros, uno de cuyos atributos esenciales es justamente avanzar hacia síntesis cada vez más vastas (lo que incluye, en particular, la síntesis de las pulsiones del yo), hay que plantearse el problema del efecto de las pulsiones de destrucción sobre las investiduras narcisistas y sobre el narcisismo primario. Es el objeto esencial de las reflexiones que siguen, que a menudo nos llevarán muy lejos de ese centro. La perspectiva que adoptaremos pondrá en tela de juicio un modo de concebir el narcisismo primario: como simple etapa o como estado de desarrollo psíquico. Nos empeñaremos en rebasar el plano de la descripción mítica, propia de toda reconstrucción fundada en el postulado genético, para tratar de aprehender una estructura del aparato psíquico, fundada en un modelo teórico.

"Para tales trabajos, no confío mucho en la llamada intuición; lo que de ella he visto, me parece más bien el logro de una cierta imparcialidad del intelecto".

El ensayo de reunir en una interpretación sintética el conjunto de las figuras o de los estados que Freud describe con la denominación de narcisismo no necesariamente es una tarea realizable. Las contradicciones que se descubren dejan al narcisismo en estado de problema abierto.

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Narcisismo primario absoluto: ¿narcisismo del sueño o narcisismo del dormir?

La condición que domina a los demás aspectos del narcisismo, y que parece comandar la configuración que se impartirá al conjunto de sus formas, es la del narcisismo primario. La última vez que Freud emplea esta denominación, le agrega un calificativo que sugiere un intento de radicalizar este concepto. En efecto, habla de narcisismo primario absoluto.65 Pero no nos equivoquemos. Aquí el narcisismo no se cita en el sentido de algo vivido, sino más bien como concepto, o quizá como parte de un concepto. En todo caso, no se advierte nada que se asemeje a una cualidad positiva del orden de lo vivido. No el sueño, sino el dormir se podría tomar como término de esta comparación. El dormir, que exige que el individuo se despoje de sus pertenencias, que Freud, humorísticamente, compara con las prótesis que compensan los defectos orgánicos (como las gafas), depositadas en los vestidores de los dormitorios del sueño. Si a Freud se le insinúa la comparación con un retorno a las fuentes de la vida, la permanencia en el vientre materno no se efectuará en un clima de victoria ni de expansión de ninguna índole. Las condiciones que para el caso se cumplen, como en la vida intrauterina, son "el reposo, el calor y la exclusión de los estímulos".66 El adormecimiento sólo se puede producir si previamente se abandonan los lazos, los bienes, las posesiones del yo, que repliega sobre sí sus investiduras.

Así las cosas, si el narcisismo primario es un estado absoluto, lo será sólo como el límite, que podemos llegar a concebir, de una forma de inexcitabilidad total. Pero esta misma noción de límite se presta a confusiones. No basta admitirla para que sea lícito introducir acto seguido una cualidad, una tonalidad afectiva cuya presencia pudiéramos explicar sosteniendo que lo vivencial que le es propio se situaría en la vía del narcisismo primario, más acá de un imposible cumplimiento de este. Los estados que se suelen describir con los términos que designan la felicidad no admiten ser amalgamados, si es que no se quiere abandonar el proyecto de considerar que la abolición de las tensiones es la tendencia esencial del narcisismo; así se destruiría, en efecto, el principio de quiescencia postulado por el narcisismo primario absoluto. Reparemos en que Freud no considera el sueño como una manifestación situada en el camino del dormir, sino, al contrario, como la expresión de lo refractario a ser reducido a silencio, y que el dormir está constreñido a admitir en su seno, so pena de interrumpirse (una brecha en el

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narcisismo: es lo que Freud dice sobre los pensamientos inconcientes originadores del sueño, que infligen al yo del dormir una desmentida en su capacidad de hacerse obedecer); pues bien, del mismo modo, la elación o la expansión narcisistas, que connotan la regresión narcisista, le son por así decir ajenas y traducen una oposición del sujeto a ese deslizamiento hacia el silencio. En efecto, cuando el analizado siente que el analista ha dejado de estar presente en la sesión, habría que explicar por qué no se calla, por qué no enmudece. ¿Acaso no es en el momento en que su propio discurso amenaza condenarlo fatalmente a esa extinción para los ojos y oídos del analista, cuando lo sorbe como a un huevo, incorporándolo a fin de que el discurso no se interrumpa, sino que pueda proseguir, conjurada la amenaza de una ausencia que bien pudiera ser la suya? Es cierto que ese sentimiento se puede vivenciar en un momento de pausa, pero aun entonces su toma de conciencia y su enunciación son las señales de ruptura de un momento de esa índole.

Parece que Freud deseara llamar de manera distinta al narcisismo del sueño y al narcisismo del dormir. Cuando leemos el texto67 con atención, nos damos cuenta de que aquí dos formulaciones muy próximas entre sí se deben tomar como el reflejo de dos modalidades diferentes, y no tanto como las orientaciones de un proceso único, cuya teoría, por otra parte, Freud no ofrece. En efecto, el narcisismo del sueño es el narcisismo del soñante; este, infaltable-mente, es el personaje principal del sueño, que siempre en cierto modo está para la mayor gloria del soñante, punto de vista que los sueños de autopunición y las pesadillas no refutan. En cambio el narcisismo del dormir por así decir sobrepasa los deseos del soñante; es portador del movimiento del sueño y se le escapa en una región que está fuera de alcance, donde el soñante mismo se desvanece. Cuando en un sueño aparece una persona irreconocible o un rostro desconocido, o cuyos rasgos no se pueden aprehender, se trata del soñante o de su madre. Tendremos ocasión de volver sobre esto. Ese rostro en blanco, que sólo está presente en su óvalo, o que sólo está señalado por su lugar, acaso es el hilo que nos puede guiar en la construcción de esa teorización que Freud dejó en suspenso.

¿Principio de constancia o principio de inercia?

La separación, que acabamos de exponer, entre el narcisismo como abolición de las tensiones, de que el dormir nos propone, no.

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una ilustración (en efecto, ¿cómo hablar del dormir sin sueños?), sino un modelo abstracto, y el narcisismo del sueño o del soñante, que vive los estados de felicidad o de rebasamiento de los límites corporales del estado de vigilia; esa separación, digo, nunca fue precisada completamente por Freud. Es costumbre atribuir el desinterés de Freud por el narcisismo a la modificación que se concretó en la última teoría de las pulsiones y, sobre todo, en la introducción de la pulsión de muerte. Sin duda que esta opinión es acertada. Pero, en lo que toca al narcisismo, esa innovación no se reduce a la redistribución de los valores pulsionales según una división nueva y según la orientación pulsional.

La aspiración a un estado de inexcitabilidad total -inexcitabilidad de los sistemas no investidos, a la que ya se refiere el "Proyecto"- es una constante del pensamiento de Freud. Sus primeras formulaciones de inspiración psicobiológica designan de esa manera la tendencia del organismo, que así consigue el dominio sobre los estímulos. Atento después a las peripecias del deseo, asimila el placer a la cesación de la tensión sexual, el aligeramiento de la presión del deseo por su satisfacción, que provoca la distensión agradable. Pero lo que la experiencia le enseñó, probablemente, fue que esa aspiración a reducir la tensión era, por así decir, independiente. Le enseñó que no se la debía considerar una mera manifestación de dominio del aparato psíquico, sino, quizás, o sin duda, un estado del que no se podría decir si es consecuencia del funcionamiento de aquel, una de sus metas, o si el aparato psíquico obedece a ella como a una exigencia. Dice Freud en el Esquema: "La reflexión de que el principio de placer demanda un rebajamiento, quizás en el fondo una extinción,68 de las tensiones de necesidad (Nirvana), lleva a unas vinculaciones no apreciadas todavía del principio de placer con las dos fuerzas primordiales: Eros y pulsión de muerte".69 Las versiones modernas que se nos proponen del narcisismo primario proporcionan, es cierto, imágenes parciales de esas relaciones, sobre todo en lo que concierne a los vínculos entre el estado de Nirvana y Eros, pero nada nos dicen acerca de la relación entre Nirvana y pulsión de muerte. O se lo omite por completo, o los estados descriptos (que sólo se pueden interpretar como el resultado de la fusión de Nirvana y Eros) se conciben como meras fases de equilibrio hacia un Nirvana completo en que la pulsión de muerte tomaría el relevo de Eros, pero no sería su antagonista.

Freud, como suele, olvida que estas cuestiones todavía no apreciadas, sin embargo él mismo había comenzado a examinarlas y aun a resolverlas. Durante mucho tiempo lo frecuentó la idea de un estado de inexcitabilidad: desde las formulaciones neurológicas de la

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inercia neuronal, hasta los reaseguros que él mismo se procura en la psicología de Fechner
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