II. Bioética




descargar 153.55 Kb.
títuloII. Bioética
página1/6
fecha de publicación28.01.2016
tamaño153.55 Kb.
tipoDocumentos
b.se-todo.com > Derecho > Documentos
  1   2   3   4   5   6

II. Bioética


Origen y concepto

NACIMIENTO Y DESARROLLO DE LA BIOÉTICA

1. Los antecedentes de la bioética
El término «bioética» (del griego bios, vida y ethos, ética) es un nombre nuevo, utilizado por vez primera por el oncólogo estadounidense Van Rensselaer Potter en su libro Bioética: un puente hacia el futuro (1971), en el que propone la siguiente definición de su neologismo: «Puede definirse como el estudio sistemático de la conducta huma­na en el área de las ciencias humanas y de la aten­ción sanitaria, en cuanto se examina esta conducta a la luz de valores y principios morales». Sin embargo, debe tenerse en cuenta que estamos ante un término nuevo para afrontar una realidad ya antigua. Como ha afirmado C. E. Taylor, ninguna profesión ha sido tan consciente como la medici­na, desde épocas tan antiguas, de las dimensiones morales implicadas en su ejercicio.

En efecto, la cultura occidental puede presen­tar el famoso juramento de Hipócrates (siglos VI­I a.C.) como el primer testimonio de esa concien­cia de la medicina sobre las implicaciones éticas de la profesión. El juramento forma parte del llama­do Corpus Hippocraticum o conjunto de escritos atribuidos al que es calificado, con razón, padre de la medicina. Se considera, sin embargo, que el juramento no tiene como autor a Hipócrates -y ni siquiera representa la forma de entender la praxis médica en la Escuela Hipocrática- sino que proce­de muy probablemente de círculos neopitagóricos. El juramento tiene dos partes fundamentales: en la primera aborda las obligaciones éticas del médico hacia sus maestros y familiares, mientras que la segunda trata de sus relaciones con el enfermo. Este documento, puesto bajo la autoridad del padre de la medicina, será recogido por la tradi­ción occidental, quitándole su inicial invocación dirigida a los dioses del Olimpo, y constituirá un documento venerable en que se condensan las obligaciones éticas básicas que el médico deberá observar en el ejercicio de su profesión.

Es importante subrayar que otras culturas, aunque no de forma tan precoz, poseen documen­tos similares, con importantes puntos de contacto con el contenido del juramento hipocrático. Habría que citar aquí el llamado «Juramento de Iniciación», Caraka Samhita, del siglo I a.C., pro­cedente de la India; igualmente, debe hacerse refe­rencia a otros dos documentos, que tienen relación con la tradición hipocrática: el juramento de Asaph, dentro del mundo judío, probablemente del siglo III-IV d.C., y el Consejo de un médico, del siglo X d.C., que procede de la medicina árabe. Dentro de la cultura china se citan Los cinco mandamientos y las diez exigencias, de Chen Shih-Kung, médico chino de comienzos del siglo XVII, que constituye la mejor síntesis de ética médica de esta cultura. Se ha afirmado que todos estos documentos tienen cuatro puntos coincidentes: En primer lugar, el primero non nocere, «ante todo, no hacer daño» -al que más tarde nos referiremos-; la afirmación de la santidad de la vida humana; la necesidad de que el médico alivie el sufrimiento y, finalmente, la san­tidad de la relación entre el médico y el enfermo (que se refleja, sobre todo, en que el médico no puede desvelar los secretos conocidos en su rela­ción con el enfermo ni aprovecharse sexualmente de él).
La preocupación por los aspectos éticos de la medicina fue objeto de atención por parte de la moral católica, que, en torno al 5° mandamiento, abordó temas especialmente referidos al inicio y final de la vida. Al surgir en la Edad Media las pri­meras Escuelas de Medicina se adopta la costum­bre, que permanece vigente especialmente en el mundo anglosajón, de que los alumnos, al finali­zar los estudios de medicina, profesen solemne­mente versiones actualizadas del juramento hipo­crático, antes de iniciar el ejercicio de la profe­sión.

Se ha presentado al médico inglés, Thomas Percival, como padre de la «ética médica», ya que éstas son las dos primeras palabras del larguísimo título de su libro -al estilo de la época- dedicado a ciertos aspectos éticos del ejercicio de la medici­na. La obra de Percival, de inicios del siglo XIX, responde, sobre todo, a una situación en que las tensiones entre los médicos, especialmente por motivos de competencia profesional, eran muy intensas. Este aspecto es muy abordado en su obra, por lo que se ha dicho que, más que un texto de ética, se trata de un libro sobre «etiqueta médica», que refleja las actitudes del gentleman por encima de las del médico sensible a la problemática ética.

Durante el siglo XIX comienzan a constituirse las primeras asociaciones o colegios médicos en distintos países en que se subraya el interés por los aspectos éticos de la medicina. Surgen igualmente los primeros códigos deontológicos, que sintetizan, desde los valores inspirados en la ética hipocrática, las obligaciones que los médicos deben observar. Precisamente una de los funciones de los colegios médicos será la de evaluar la ética de los profesio­nales colegiados en dichas asociaciones. Un punto crítico en esta historia será la época nazi, que lle­vará a que 23 médicos alemanes se sienten en el banquillo de los acusados del tribunal de Nuremberg, de los que 16 fueron declarados cul­pables y siete condenados a muerte. Una consecuencia importante de la crisis de la II Guerra Mundial será también la Declaración de Ginebra (1948), en la Asamblea de la Asociación Médica Mundial, que significa una actualización de la ética hipocrática después de las brutalidades de aquella conflagración bélica. En la 2ª Asamblea Mundial (1949) se adoptó un Código Internacional de Ética Médica, inspirado en la Declaración de Ginebra y en los códigos deontológicos de bastan­tes países.

Con posterioridad a esa fecha, deben señalarse dos líneas importantes. Por una parte y especial­mente en el mundo anglosajón, comienzan a apa­recer códigos deontológicos referidos a distintas especialidades médicas -en donde hay que situar los códigos de enfermería-. Por otra parte y ante determinados problemas concretos, la propia comunidad médica desarrolla sus propias directri­ces éticas: por ejemplo, a raíz de las experimenta­ciones nazis surgirá, inspirándose en la sentencia del tribunal, el Código de Nuremberg, o de forma similar, se definen directrices sobre muerte cere­bral ante los primeros trasplantes cardíacos. Desde el campo religioso, específicamente el católico, a finales del siglo XIX comienzan a aparecer las pri­meras obras monográficas dedicadas a temas de moral médica.

2. El origen del término «bioética»
Como dijimos, Van Rensselaer Potter utilizó en 1971 el neologismo de «bioética» en el mismo título de su libro: Bioética: Un puente hacia el futuro. Este término se ha ido difundiendo ampliamente en los medios de comunicación, y los que nos dedicamos a esta disciplina cada vez con menor frecuencia nos vemos obligados a dar expli­cación del significado de este nombre cuando lo tenemos que utilizar. En el caso español nos pare­ce que la declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Donum vitae, sobre la problemática ética de la procreación asistida humana, a la que los periodistas con frecuencia calificaron como «el documento vaticano de bioética», sirvió para difundir ese neologismo entre nosotros.

Como ha escrito recientemente W. T. Reich, existe una cierta discusión sobre la paternidad de la palabra «bioética». Después de un estudio por­menorizado, llega a la conclusión de que fue efec­tivamente Potter el que primero utilizó el nuevo término, pero que debe reconocerse también a André Hellegers, obstetra holandés que trabajaba en la Universidad de Georgetown, una forma de paternidad en la introducción del neologismo. Unos seis meses después de la aparición del libro de Potter, Hellegers utiliza ese término para dar nombre al centro Joseph and Rose Kennedy Institute for the Study of Human Reproduction and Bioethics en la citada Universidad de Washington, D. C. Reich afirma que se puede hablar de un bilocated birth de la bioética, en Madison, Wisconsin, y en el centro universitario de los jesuitas en Georgetown.

Ese doble lugar del nacimiento de la bioética tiene su especial relevancia por el hecho de que, aunque debe reconocerse a Potter el origen del tér­mino, sin embargo dio a aquélla un contenido dis­tinto del que le ha correspondido en su desarrollo ulterior. Para el cancerólogo de Madison, el térmi­no «bioética» tenía un sentido ambiental y evolu­cionista: «Como una nueva disciplina que combi­na el conocimiento biológico con un conocimien­to de los sistemas de valores humanos... Elegí bio ­para representar el conocimiento biológico, la ciencia de los sistemas vivos; y elegí ethics para representar el conocimiento de los sistemas de valores humanos». Potter aspiraba a crear una dis­ciplina que fuese como un puente -término del título de su libro- entre dos culturas, la de las cien­cias y la de las humanidades, que aparecían en su tiempo ampliamente distanciadas. Su preocupa­ción era la supervivencia tanto de la especie humana como de las culturas creadas por el hombre. Su objetivo era crear un medio ambiente en el que pudiera realizarse una óptima adaptación del ser humano al mismo ambiente. Por eso afirmaba que el objetivo último de la nueva disciplina era «no sólo enriquecer las vidas humanas sino prolongar la supervivencia de la especie humana en una forma aceptable de sociedad». Fue gran mérito de Potter escribir su libro en 1971 -antes, por tanto, de esos dos grandes aldabonazos sobre la crisis medioambiental que fueron la 1 Conferencia Mundial sobre Medio Ambiente, Estocolmo 1972, y el famoso informe Meadows de 1972 sobre «los límites del crecimiento»-. La visión de la bioética que imaginó Potter era antropocéntrica -centrada en la supervivencia humana- más que biocéntrica -en torno a la supervivencia de toda la biosfera-. Éste es, según Reich, «el legado de Potter».

Sin embargo, el ulterior y floreciente desarro­llo de la bioética iba a seguir los cauces que pro­vienen del «legado de Hellegers». El obstetra holandés entendió su papel como el de la partera que sacaba a luz la nueva disciplina, no tanto a tra­vés de grandes publicaciones, sino estimulando el diálogo mediante conversaciones y escritos. Entendió su misión también como un puente: «una persona puente entre la medicina y la filoso­fía y la ética», suscitando el interés de los profesio­nales de la ética en los problemas biológicos. De esta forma creó el primer centro universitario dedi­cado a esta nueva disciplina. Este «legado de Hellegers» es el que se ha impuesto en los últimos 25 años, viniendo a ser «un revitalizado estudio de la ética médica». Potter expresó su decepción por el curso que ha seguido la bioética; recono­ció la importancia de la línea impuesta desde Georgetown, pero afirmó que «mi propia visión de la bioética exige una visión mucho más amplia». Pretendía que la bioética fuese una combinación de conocimiento científico y filosófico y no sola­mente una rama de la ética aplicada.

3. La reciente historia de la bioética
Para uno de los grandes especialistas estado­unidenses en la nueva disciplina, Albert R. Jonsen, la historia de la bioética, desde la perspectiva de su país, se centra en torno a los siguientes hitos.

Probablemente el primer hito para el desarro­llo ulterior de la bioética se retrasa hasta finales de 1962, cuando la revista Life Magazin publica un artículo sobre los criterios de selección de los can­didatos a los aparatos de hemodiálisis renal recien­temente descubiertos. Surge así el Kidney Center's Admission and Policy en Seattle para responder a la pregunta sobre la forma de distribuir ese recur­so sanitario, creado un año antes, y para el que había muchos más potenciales receptores. La deci­sión fue dirigirse a un pequeño grupo de personas, mayoritariamente no médicos, para revisar los dos­siers de los posibles candidatos. Para esta toma de decisión se pensó que las personas que habían decidido en el pasado, sin duda los médicos, no eran las más idóneas. Se tuvo la conciencia de que la justicia en la selección no era una destreza médi­ca y que personas profanas lo podían hacer, mejor o peor, pero sí más libremente y menos condicio­nadas por los intereses de los propios pacientes. De esta forma se llegó a una solución totalmente nueva: los médicos delegaron en los profanos para que tomasen la decisión: «Una prerrogativa que había sido hasta entonces exclusiva del médico fue delegada en representantes de la comunidad».

Un segundo momento importante en la naciente historia de la bioética fue la publicación en el New England journal of Medicine (1966) de un trabajo, firmado por Beecher, en que recogía 22 artículos publicados en revistas científicas y que eran objetables desde el punto de vista ético. La historia de los experimentos humanos realizados sin cumplir las más elementales exigencias éticas tenía un precedente brutal: las experiencias realiza­das por los médicos nazis en los campos de con centración alemanes. Sin embargo, lo que indica­ba ahora el estudio de Beecher es que podía llegar­se a abusos similares, no por la maldad que se ense­ñoreó en la época del nacionalsocialismo, sino por la misma naturaleza de la ciencia biomédica, que exige constantemente a los científicos eficacia, productividad y originalidad. Los internos de los campos de concentración eran ahora personas per­tenecientes a los grupos vulnerables. Uno de los ensayos, criticados por Beecher, consistió en la inoculación del virus de la hepatitis a niños afecta­dos por deficiencia mental en un centro de Willowbrook...

Cuatro años más tarde, el Senador Edward Kennedy sacaba a la luz el brutal experimento de Tuskegee, Alabama, en que se negó el tratamiento con antibióticos a individuos de raza negra afecta­dos por la sífilis, para poder estudiar el curso de esta enfermedad. La opinión pública quedó pro­fundamente afectada por estos hechos y se abrió paso a la llamada Comisión Nacional. (1974­1978), que marcó las directrices que deben presidir la experimentación en seres humanos, con un especial énfasis en el respeto a los miembros de los grupos vulnerables. El Informe Belmont, que reco­ge las deliberaciones de la Comisión sobre este tema, tendrá una enorme importancia en el ulte­rior desarrollo de la bioética, como subrayaremos más adelante.

Un año más tarde, el 3 de diciembre de 1967, el Dr. Christian Barnard realizaba en el hospital Grootc Schur de Ciudad del Cabo el primer tras­plante cardíaco. Este hecho causó un enorme impacto mundial en una sociedad que se acercaba a los grandes cambios culturales que se avecinaban en los próximos meses. El trasplante de corazón no sólo suscitó la degradación a mero músculo cardía­co de un órgano al que se le había dado una gran importancia cultural, sino que suscitaba serios interrogantes éticos acerca del consentimiento del donante y, sobre todo, acerca de la determinación de su muerte. Precisamente la Harvard Medical School, presidida por el antes citado Beecher, mar­caba poco después unas directrices que iban a tener una gran relevancia en los años posteriores. La Comisión que propuso esas directrices contaba con la presencia de un teólogo: ya se percibió, por tanto, que se estaba ante una problemática que desbordaba a los propios especialistas médicos.

Otro nuevo paso en la historia de la bioética tiene lugar en 1975 en torno al famoso caso de Karen A. Quinlan, la joven norteamericana en estado de coma -como consecuencia de la inges­tión simultánea de alcohol y barbitúricos- y cuyos padres adoptivos, católicos practicantes asesorados por su párroco, ante el pronóstico de irreversibili­dad de su hija para una vida consciente, pidieron a la dirección del hospital que se le desconectase el respirador que la mantenía en vida. Esto dio ori­gen a un polémico proceso legal en que, finalmen­te, el Tribunal Supremo del Estado de Nueva Jersey, en una sentencia histórica de 1976, recono­ció a la joven «el derecho a morir en paz y con dig­nidad». El caso Quinlan abrió una gran discusión en torno al final de la vida y comenzaron a difun­dirse los testamentos vitales, las llamadas «órdenes de no resucitar», las primeras legislaciones sobre las directivas anticipadas...

Todo ello hizo que comenzase a penetrar con fuerza en el discurso bioético el concepto de «cali­dad de vida». Poco después, en 1981, surge el gran debate en torno a Baby Doe, un neonato afectado por el síndrome de Down y que padecía una atre­sia esofágica que exigía una urgente intervención quirúrgica que le fue denegada en un hospital de Bloomington, Indiana. Surgen así las llamadas «regulaciones Baby Doe», que suscitaron una intensa polémica en Estados Unidos y que hoy exi­girían, si se repitiese el caso de Bloomington, la necesidad de hacer al niño la operación quirúrgica.

Al comienzo de los años 80, la bioética está fuertemente consolidada en Estados Unidos y se extiende por otros muchos países. Un porcentaje importante de los hospitales estadounidenses tie­nen ya sus propios comités asistenciales de ética -hoy es una exigencia ineludible para la acredita­ción de un hospital en Estados Unidos-. La ense­ñanza de la bioética se extiende por las Escuelas de Medicina y se crea un gran número de centros especializados por todo el extenso territorio esta­dounidense; las publicaciones sobre esta disciplina se han hecho desbordantes y difícilmente abarca­bles.

Podemos acabar este apartado con tres referencias adicionales, también muy importantes: la creación en 1969 del Hastings Center y la posterior aparición de su revista en 1973, el Hastings Center Report, en cuyo primer número D. Callahan, uno de los mas prestigiosos bioeticis­tas de aquel país, publicó un artículo en que se recogía el término de «bioética». En segundo lugar, la publicación en 1978 de la Encyclopedia of Bioethics, una obra monumental, de consulta bási­ca para esta temática, y en la que su autor, el antes citado Reich, optó finalmente por la utilización del término de «bioética» en el título. Y, finalmen­te, la decisión de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos de asumir en 1974 este término como encabezamiento de toda esa amplia literatu­ra que ya entonces se estaba difundiendo.

4. Las Cartas de los Derechos de los Enfermos
Enfermos de los hospitales privados estadouniden­ses, 1972. Este documento, que será imitado por otros países -y que en el nuestro tendrá su reper­cusión en la propia Ley de Sanidad-, diseña un marco de relación entre los profesionales de la salud y los enfermos, que modifica de forma muy importante al que provenía de la ética hipocrática. Esta Carta afirma, especialmente, cuatro derechos fundamentales del enfermo: a la vida, a la asisten­cia sanitaria, a la información y a una muerte digna.

Inspirándose en este documento, surgen en los distintos países las Cartas de los Derechos de los Enfermos, que significan algo tan trascendente -y al mismo tiempo tan obvio- como la introducción en el ejercicio de la profesión sanitaria de un tipo de relación más horizontal y paritaria entre los que tienen conocimientos médicos o de enfermería y el ser humano, afectado por el trance siempre difícil de la enfermedad. Afirman algo tan evidente como que el hospital funcione con leyes similares a las del resto de la sociedad y que se concedan al paciente los mismos derechos que nadie le discuti­ría en su vida normal. El pilar básico de las Cartas es el concepto de «consentimiento informado»: el reconocimiento de que cuanto se haga con el enfermo debe realizarse después de que éste haya prestado su permiso o asentimiento. No se trata, por otra parte, de cualquier tipo de consentimien­to, sino que deberá preceder una información completa y comprensible del diagnóstico, pronós­tico y tratamientos alternativos existentes, además de la constatación de la verdadera decisión libre del enfermo.
En realidad estas Cartas significan una modifi­cación del marco de relación entre los profesiona­les de la salud y los enfermos. Como escribía el médico E. Schwenninger, al aludir a su relación con el enfermo, «soy un hombre que está a solas con otro hombre, como en una isla desierta». Así podía surgir una situación favorable para relaciones impositivas y autoritarias; la que media entre el poderoso y el desposeído. La línea, inspirada en la ética hipocrática, tendía a convertir al enfermo en un menor de edad, al que se le mantenía al margen incluso de informaciones muy pequeñas. En el fondo se delineaba una «imagen-robot» del buen enfermo, como aquel que se ponía confiadamente en las manos bienhechoras del médico, que no pregunta ni protesta, en un rol pasivo y bastante infantil. Así se opera un fenómeno de regresión desde pautas adultas a otras infantiles, que conlle­van la pérdida de la capacidad de decisión por parte del enfermo.

Se consideraba que los profesionales de la salud son los que poseen tanto las virtudes éticas como los conocimientos que ayudarían al pacien­te a superar su enfermedad. Este marco tenía el grave peligro de quitar el protagonismo a aquel que está especialmente implicado por el desarrollo de la enfermedad, para convertirle en una especie de «comparsa», de «menor de edad», dependiente de la poderosa medicina que le llevaría a la cura­ción. Como escribe Veatch, el reconocimiento de los derechos de los enfermos «es totalmente ajeno a la ética médica hipocrática tradicional». Precisamente, la gran crítica hecha contra el marco de relación «hipocrático» es su paternalismo -que es correlativo al infantilismo que se ha inducido en el enfermo-. La relación entre el profesional de la salud y el enfermo se convertía en una relación vertical, la de un padre poderoso y bondadoso hacia un hijo, menor de edad, que gozaba de la beneficencia paterna.

Las Cartas han tenido, a pesar de que no se aplican en algunos países con toda su fuerza, un gran impacto. Es importante subrayar que el médico tiene una normativa propia, la que provie­ne de los códigos deontológicos, que le son obliga­torios, pudiéndosele imponer sanciones en caso de no cumplimiento. Estos códigos tienen un carác­ter corporativista y, por tanto, protegen más al médico que al paciente y están, además, impreg­nados de la mentalidad paternalista. En este con­texto, las Cartas parecen equilibrar esa situación, marcando unos «derechos de los enfermos», y con­siguen compensar el desequilibrio existente en el orden del derecho subjetivo y privado que se apli­caba a la relación médico-enfermo.

  1   2   3   4   5   6

similar:

II. Bioética iconDr. Rafael Rico García Rojas, umae hospital González Garza. Méjico...

II. Bioética iconInforme Bioética

II. Bioética iconInforme Bioética

II. Bioética iconBioetica ensayo

II. Bioética iconEl comité de bioética

II. Bioética iconTema introducción a la bioética

II. Bioética iconOrigen e historia de la bioética

II. Bioética iconTeología moral fundamental y bioética

II. Bioética iconTaller de bioetica unidad III

II. Bioética iconVan rensselaer potter: la bioética global




Todos los derechos reservados. Copyright © 2019
contactos
b.se-todo.com