Con la colaboración de Hal Zina Bennett




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La conciencia y el cosmos: La ciencia descubre la mente en la naturaleza

En la medida en que la física moderna se ocupó del estudio de lo muy pequeño y de lo muy grande -del reino subatómico del microcosmos y del reino astrofísico del macrocosmos- no tardó en comprender que algunos de los principios newtonianos fundamentales eran limitados o estaban equivocados. A mediados del siglo xx, la física descubrió que los átomos -definidos por la física newtoniana como los ladrillos elementales e indestructibles del mundo material- estaban compuestos de partículas más pequeñas y más elementales, los protones, los neutrones y los electrones, y esta misma línea de investigación ha terminado conduciendo a la identificación de cientos de partículas subatómicas.

Las partículas subatómicas gozaban de extrañas propiedades que desafiaban los principios newtonianos. En algunos experimentos se comportaban como si fueran entidades corpusculares, mientras que en otros, por el contrario, parecían exhibir propiedades ondiculares, un hecho que pronto se conoció con el nombre de «paradoja onda-partícula». De este modo, la vieja definición de materia fue reemplazada, a nivel subatómico, por la de probabilidad estadística, por la «tendencia a existir», una noción que, en los últimos tiempos, ha terminado disipándose detrás de lo que los físicos modernos denominan «vacío dinámico». Así pues, la exploración del microcosmos reveló que el universo de la vida cotidiana, aparentemente compuesto por objetos sólidos y discretos, es, en realidad, una compleja red de eventos y de relaciones. Desde esta nueva perspectiva, la conciencia no se limita a reflejar pasivamente el mundo material objetivo sino que desempeña un papel activo en la creación de la misma realidad.

Las investigaciones realizadas por los científicos en el campo de la astrofísica también nos han conducido a descubrimientos igualmente reveladores. Según la teoría de la relatividad de Einstein, por ejemplo, el espacio no es tridimensional y el tiempo no es lineal. Desde este punto de vista, el espacio y el tiempo no son entidades separadas sino que están integradas en un continuo tetradimensional conocido como «espacio-tiempo». Lo que una vez percibiéramos como fronteras entre objetos y distinciones entre materia y espacio vacío ha terminado siendo reemplazado por algo nuevo. Así, en lugar de hablar de objetos discretos y de espacios vacíos entre ellos, hoy en día se considera que el universo es un campo continuo de densidad variable. Según la física moderna, la materia es intercambiable con la energía, y la conciencia -que no se halla limitada a las actividades que tienen lugar en el interior de nuestro cráneo-forma parte del mismo tejido del universo.

Como dijo, hace ya unos sesenta años, el astrónomo británico James Jeans, el universo de la física moderna se asemeja más a un gran pensamiento que a una gigantesca supermáquina. El universo actual no se parece tanto a un conglomerado de objetos newtonianos como a un sistema extraordinariamente complejo de fenómenos vibratorios que presenta propiedades y posibilidades inimaginables para la ciencia newtoniana, destacando, entre todas ellas, la holografía.
La holografía y el orden implicado

La holografía es un proceso fotográfico que utiliza un rayo láser de luz coherente (de la misma longitud de onda) para construir imágenes tridimensionales en el espacio. Un holograma -al que podríamos comparar con la diapositiva que nos permite proyectar la imagen- es el registro de una pauta de interferencia entre dos mitades de un rayo láser. Después de que el haz de láser sea dispersado por un espejo parcialmente azogado, una parte de él (denominado haz de referencia) es dirigido hacia la emulsión del holograma y la otra mitad (denominada haz del objeto) se refleja hacia la película desde el objeto fotografiado. Lo curioso es que la información procedente de los dos rayos, indispensable para reproducir una imagen tridimensional, permanece «plegada» y distribuida por todo el holograma, y que podemos dividir el holograma en tantas partes como queramos y descubrir que, al iluminar cualquiera de los fragmentos, cada uno de ellos «despliega» una imagen tridimensional de la totalidad.

El descubrimiento de la holografía se ha convertido en un elemento fundamental de la visión científica del mundo. El eminente físico teórico David Bohm, por ejemplo, antiguo colaborador de Einstein, se inspiró en la holografía para crear un modelo del universo que englobara las múltiples paradojas de la física cuántica. Según Bohm, el mundo que percibimos a través de los sentidos y el sistema nervioso, con o sin ayuda de instrumentos científicos, sólo representa un pequeño fragmento de la realidad. Desde su punto de vista, lo que nosotros percibimos constituye el «orden desplegado» o «explicado», un aspecto parcial de una matriz mayor a la que denomina «orden implicado» o «plegado». En otras palabras, lo que nosotros percibimos como realidad es similar a la proyección de una imagen holográfica procedente de una matriz superior. Por consiguiente, la visión de Bohm del orden implicado (similar al holograma) describe un nivel de la realidad inaccesible a nuestros sentidos y al escrutinio directo de la ciencia.



Figura 2. A diferencia de lo que ocurre con una fotografía, cada fragmento de una placa holográfica contiene información sobre la totalidad. De este modo, si una placa holográfica se rompe en pedazos, cualquiera de los distintos fragmentos puede servir para reconstruir una imagen global de la totalidad.

Bohm dedica dos capítulos de su libro La totalidad y el orden implicado a la visión que nos ofrece la física moderna sobre las relaciones existentes entre la conciencia y la materia. Según Bohm, la realidad es una totalidad completa y coherente que está implicada en un proceso interminable de cambio denominado holomovimiento. Desde este punto de vista, todas las estructuras estables del universo no son más que meras abstracciones. Es por ello que, por más esfuerzos que dediquemos a describir los objetos, las entidades o los eventos, tendremos que terminar admitiendo que todos ellos se derivan de una totalidad indefinible e incognoscible. Así pues, en este mundo en el que todo está en un flujo incesante de cambio, la utilización de sustantivos para tratar de describir lo que ocurre no hace más que confundirnos.

Según Bohm, la teoría holográfica ilustra la idea de que la energía, la luz y la materia están compuestas por pautas de interferencia que portan información sobre todas las otras ondas de luz, energía y materia con las que, directa o indirectamente, han entrado en contacto. Así, cada fragmento de energía o de materia constituye un microcosmos que encierra a la totalidad. No deberíamos, pues, seguir considerando la vida en términos de materia inanimada. La materia y la vida -como la materia y la conciencia-son abstracciones del holomovimiento, es decir, abstracciones de una totalidad indivisa de la que nada puede separarse.

Bohm nos recuerda que hasta el mismo proceso de abstracción mediante el cual creamos la ilusión de separación de la totalidad es, en sí mismo, una expresión del holomovimiento. Cualquier percepción y cualquier conocimiento -incluido el quehacer científico- no constituyen una reconstrucción objetiva de la realidad sino una actividad creativa comparable a la expresión artística. No podemos medir la verdadera realidad porque la realidad es esencialmente inconmensurable.

El modelo holográfico nos brinda una posibilidad revolucionaria para comprender las relaciones existentes entre las partes y el todo. Más allá de la lógica limitada del pensamiento tradicional, la parte deja de ser un fragmento de la totalidad para contener y reflejar -bajo ciertas circunstancias- la totalidad. Los seres humanos no somos entidades newtonianas insignificantes y aisladas sino campos integrales del holomovimiento, es decir, somos un microcosmos que contiene y refleja al macrocosmos. Si esto es cierto, cada ser humano tiene la posibilidad de expandir sus capacidades mucho más allá del alcance de sus sentidos y llegar a experimentar, de manera directa e inmediata, todas las facetas del universo.

Existen muchos paralelismos interesantes entre la visión de la física de David Bohm y la visión de la neurofisiología de Karl Pribram. Después de varias décadas de investigación y experimentación, esta neurociencia mundialmente reconocida ha llegado a la conclusión de que ciertas paradojas desconcertantes relacionadas con el funcionamiento cerebral sólo pueden explicarse recurriendo a los principios holográficos. El revolucionario modelo cerebral de Pribram y la teoría del holomovimiento de Bohm tiene profundas implicaciones para la nueva comprensión de la conciencia humana que recién estamos comenzando a trasladar al nivel personal.
En busca del orden oculto

La Naturaleza está llena de genios, llena de divinidad.

Ni un solo copo de nieve escapa de su mano.

HENRY DAVID THOREAU

Casi todas las diciplinas han descubierto las limitaciones de la ciencia newtoniana y la apremiante necesidad de una visión más amplia del mundo. Gregory Bateson, por ejemplo, uno de los más originales teóricos de nuestro tiempo, desafió al pensamiento tradicional demostrando que las separaciones son ilusorias y que el funcionamiento mental que atribuimos exclusivamente a los seres humanos impregna a toda la naturaleza, incluyendo los animales, las plantas e, incluso, los sistemas inorgánicos. Su extraordinaria síntesis creativa entre la cibernética, la informática, la teoría de sistemas, la antropología, la psicología y otros campos, demostró que la mente y la naturaleza constituyen una totalidad indivisible.

Desde otra perspectiva, el biólogo británico Rupert Sheldrake nos ha ofrecido una lúcida crítica de la ciencia tradicional que, en su opinión, ha dedicado todo su interés a la búsqueda de la «causación energética» de la naturaleza descuidando, sin embargo, el tema de la forma. Desde su punto de vista, el estudio minucioso de la materia jamás podrá explicarnos el orden, las pautas y el significado de la naturaleza por el mismo motivo que el análisis de los materiales con los que se ha construido una catedral, un castillo o una casa tampoco nos proporciona una explicación de las formas concretas que han terminado asumiendo estas estructuras arquitectónicas. Por más sofisticada que sea nuestra investigación sobre la materia jamás podremos explicar las fuerzas creativas que guían los designios de su estructura. Según Sheldrake, las formas de la naturaleza están gobernadas por «campos morfogenéticos» que la ciencia contemporánea no puede detectar ni medir, lo cual significa que todo el esfuerzo científico realizado en el pasado ha dejado completamente de lado una dimensión absolutamente fundamental para poder comprender la naturaleza de la realidad.

Todas las teorías que nos ofrecen respuestas alternativas al pensamiento newtoniano consideran que la conciencia y la inteligencia creativa no emanan de la materia -más concretamente de la actividad neurofisiológica del cerebro-, sino que constituyen atributos primarios de la misma existencia. Es por ello que el estudio de la conciencia -hasta ahora el hermano pobre de las ciencias físicas- está convirtiéndose rápidamente en el centro de atención de la ciencia.
La revolución de la conciencia y la nueva visión científica del mundo

Nuestra conciencia vigílica normal, la denominada conciencia racional, no es más que un tipo especial de conciencia separada de otras formas de conciencia completamente diferentes por la más delgada de las películas... Ninguna descripción del universo en su totalidad que deje a esas otras formas de conciencia en el olvido podrá ser definitiva.

WILLIAM JAMES

La psicología profunda y la moderna investigación sobre la conciencia están en deuda con el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung. El trabajo clínico sistemático realizado por Jung a lo largo de su vida le llevó a la conclusión de que el modelo freudiano del psiquismo humano era demasiado estrecho y limitado. Jung nos ha ofrecido evidencia convincente de que para comprender la verdadera naturaleza del psiquismo debemos ir mucho más allá del inconsciente biográfico individual.

Una de las contribuciones más conocidas de Jung es la noción de «inconsciente colectivo», un inmenso almacén de información sobre la historia y la cultura humana que descansa en la profundidad del psiquismo de todo ser humano. Jung también identificó y describió los efectos sobre el individuo y la sociedad de ciertos modelos dinámicos fundamentales, una especie de principios organizativos primordiales del inconsciente colectivo y del universo en general, a los que denominó «arquetipos».

Las investigaciones de Jung sobre la sincronicidad -que más adelante estudiaremos en detalle- resultan especialmente interesantes. Jung descubrió la presencia de ciertas coincidencias significativas entre acontecimientos psicológicos individuales -como los sueños y las visiones, por ejemplo- y diversos aspectos de la realidad consensual. Estas coincidencias, que no pueden explicarse en términos de causa y efecto, sugieren que el psiquismo y el mundo material no son dos entidades separadas sino que, de algún modo, están estrechamente relacionadas. Las ideas de Jung no sólo constituyen un reto para la psicología sino también para la visión newtoniana de la realidad y para la filosofía de la ciencia occidental porque demuestran que la conciencia y la materia se hallan íntimamente unidas de un modo que el poeta William Butler Yeats debía tener en mente cuando decía que «no podemos separar al bailarín de la danza».

Los avances realizados en el campo de la física coincidieron con el descubrimiento del LSD, y la investigación con sustancias psicodélicas abrió caminos revolucionarios para el estudio de la conciencia humana. La década de los cincuenta y de los sesenta se vio convulsionada por el resurgimiento del interés por las filosofías y las prácticas orientales, el chamanismo, el misticismo, la psicoterapia existencial y la exploración de las profundidades del psiquismo humano.

Por otra parte, el estudio de la muerte y de los moribundos nos ha proporcionado datos excepcionalmente interesantes sobre la relación existente entre la conciencia y el cerebro. Ha renacido también el interés por la parapsicología, especialmente por la investigación sobre la percepción extrasensorial (PES), y también han aparecido nuevas técnicas de alteración de la conciencia, como la deprivación sensorial y el biofeedback, por ejemplo, que nos han ofrecido una gran cantidad de información sobre el psiquismo humano.

El denominador común de todas estas investigaciones fueron los estados no ordinarios de conciencia, un área desatendida no sólo por la ciencia sino también por toda la cultura occidental.

Habíamos hecho hincapié en las dimensiones racionales y lógicas, habíamos sobrevalorado el estado sobrio de la mente pero, al mismo tiempo, habíamos relegado al campo de lo patológico a todos los demás estados de conciencia.

En este sentido, nuestra cultura ha desempeñado un papel único en el contexto de la historia de la humanidad. Las antiguas culturas preindustriales tenían en gran estima a los estados no ordinarios de conciencia, los consideraban instrumentos eficaces para conectarnos con las realidades sagradas, con la naturaleza y con los demás y, en consecuencia, los empleaban para detectar las enfermedades y para curarlas. Todas estas culturas han considerado que los estados alterados de conciencia constituyen una valiosa fuente de inspiración artística y una vía de acceso a la intuición y la percepción extrasensorial y, consecuentemente, todas ellas han invertido tiempo y esfuerzo en el desarrollo de técnicas para alterar la conciencia y las han utilizado ritualmente de manera regular.

Según Michael Harner, un famoso antropólogo que se inició chamánicamente en América del Sur, desde un punto de vista intercultural la visión occidental sobre el psiquismo humano está equivocada. En primer lugar, se trata de una visión etnocéntrica ya que los científicos consideran que su punto de vista sobre la realidad y los fenómenos psicológicos es superior y «ha sido demostrado sin el menor género de duda» y, por tanto, juzga a las visiones del mundo de otras culturas como inferiores, ingenuas y primitivas. En segundo lugar, según Harner la aproximación académica tradicional es cognicéntrica, es decir, sólo tiene en cuenta las observaciones y las experiencias que nos proporcionan los cinco sentidos en el estado de conciencia ordinario.

El principal interés de este libro es el de describir y explorar los cambios radicales en nuestra comprensión de la conciencia, del psiquismo humano y la naturaleza de la realidad que ineludiblemente tienen lugar cuando prestamos atención -como han hecho otras culturas antes que nosotros- a estados no ordinarios de conciencia. Poco importa, para ello, que el detonante de esos estados sea la práctica de la meditación, una sesión de psicoterapia experiencial, una crisis psicoespiritual espontánea («emergencia espiritual»), un estado cercano a la muerte o la ingestión de sustancias psicodélicas. Los detalles concretos de estas técnicas y experiencias pueden diferir pero lo cierto es que todas ellas se refieren a un territorio profundo del psiquismo humano que todavía no ha sido cartografiado por la psicología tradicional, el territorio al que el tanatólogo Kenneth Ring se refiere cuando habla de experiencias Omega.

Nuestro interés es el de explorar las implicaciones que tiene la moderna investigación sobre la conciencia en nuestro autoconocimiento y en el conocimiento del universo en general. Es por ello que los ejemplos que vamos a presentar proceden de situaciones tan diversas como las sesiones de Respiración Holotrópica®, la terapia psicodélica, los rituales chamánicos, las regresiones hipnóticas, las experiencias cercanas a la muerte o los episodios espontáneos de crisis de emergencia espiritual. Todas estas situaciones suponen un desafío crítico a nuestra forma tradicional de pensar y sugieren la necesidad de transformar nuestra actitud con respecto a la realidad y a nosotros mismos.
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