Con la colaboración de Hal Zina Bennett




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PARTE II:

LAS MATRICES PERINATALES: INFLUENCIAS QUE CONFIGURAN LA CONCIENCIA HUMANA DESDE LA VIDA PRENATAL Y EL MOMENTO DEL NACIMIENTO

El sueño es la puerta más pequeña para penetrar en el santuario más recóndito y profundo del alma y acceder a esa noche cósmica primordial en la que descansa desde mucho antes de que existiera un ego consciente y que se extiende mucho más allá de lo que el ego consciente podrá jamás alcanzar.

CARL GusTAV JUNG, Recuerdos, sueños y pensamientos
2. LA TOTALIDAD Y EL UNIVERSO AMNIÓTICO: MPB I

Que alcances la paz entre las movedizas olas. Que alcances la paz entre el soplo del viento. Que alcances la paz en la tranquila tierra. Que alcances la paz de las fulgurantes estrellas. Que alcances la paz de la noche sosegada. Que la luna y las estrellas derramen sobre ti su curativa luz y alcances la más profunda paz.
Bendición tradicional gaélica

Asistido por un terapeuta y por una enfermera convenientemente entrenada, el hombre -un psiquiatra de unos treinta años de edad- entró, lenta pero profundamente, en un estado alterado de conciencia y penetró en los rincones más oscuros de su mente. Al principio no advirtió grandes cambios perceptuales y emocionales sino tan sólo leves síntomas físicos -un cierto malestar, escalofríos, un gusto extraño y desagradable en la boca, náuseas y molestias intestinales y ligeros temblores y punzadas- que le hicieron pensar que debía de estar enfermando de gripe.

Cada vez se hallaba más inquieto porque parecía que no ocurría nada y que simplemente se estaba resfriando. Pensó entonces que había elegido equivocadamente el momento de llevar a cabo la experiencia porque creía que estaba a punto de caer enfermo. Luego decidió cerrar los ojos y dedicarse a observar atentamente lo que le ocurría.

En el mismo momento en que cerró los ojos entró en un nivel de conciencia diferente y mucho más profundo, un nivel que le resultaba completamente nuevo. Tenía la extraña sensación de que estaba empequeñeciendo y de que su cabeza era desproporcionadamente más grande que su cuerpo y sus extremidades. Entonces comprendió que lo que anteriormente había temido que fuera una gripe se había convertido en un conjunto de agresiones dañinas. Pero ¡no a un adulto sino a un feto! Se sentía suspendido en un líquido que contenía sustancias -con toda seguridad nocivas y hostiles- que llegaban a su cuerpo a través del cordón umbilical. Podía degustarlas y su sabor era el de un extraño guiso, o sopa rancia, de yodo y sangre en descomposición.

Mientras esto ocurría, su parte adulta -la que se había formado como médico y se sentía orgullosa de su disciplinada visión científica- observaba al feto desde la objetividad que confiere la distancia. El médico sabía que las agresiones tóxicas a su vulnerable estado procedían del cuerpo de su madre. Ocasionalmente reconocía algunas de las sustancias nocivas: especies, ingredientes alimenticios inapropiados para un feto, sustancias derivadas del humo de un cigarrillo, indicios de alcohol. También era consciente de las emociones que experimentaba su madre: en un momento una suerte de esencia química de la ansiedad, de cólera en otro, de sentimientos con respecto al embarazo en un tercero e incluso de la misma excitación sexual.

La idea de que un feto pudiera tener experiencias conscientes desmentía todo lo que había aprendido en la facultad de medicina, pero la posibilidad de que pudiera ser consciente de los matices de la relación que sostenía con su madre durante ese período era, si cabe, más insólita todavía. En cualquier caso, sin embargo, lo cierto es que no podía negar la realidad de esas experiencias. Lo que estaba experimentando contradecía todo lo que «sabía» y su faceta científica comenzó a verse en apuros. Entonces, en lugar de poner en duda la incuestionable validez de su experiencia, tomó la determinación de revisar sus creencias científicas -como había ocurrido tantas veces a lo largo de la historia- y la contradicción se desvaneció.

Tras unos momentos de conflicto, prescindió del pensamiento analítico y aceptó todo lo que le estaba sucediendo. Entonces desaparecieron los síntomas de gripe e indigestión. Le parecía estar conectando con el recuerdo de los períodos apacibles de su vida intrauterina. Su campo visual era claro y brillante y cada vez se hallaba más extasiado. Era como si las múltiples capas de telarañas que enturbiaban su visión se hubieran aclarado y disipado por arte de magia. El escenario que se hallaba ante él se abrió por completo y de pronto se encontró envuelto por una luz resplandeciente y la energía fluía en forma de sutiles vibraciones por todo su ser.

En cierto nivel era un feto experimentando la perfección y beatitud de un buen útero o un recién nacido fundido con el pecho nutricio y dador de vida. En otro nivel, sin embargo, se transformó en el universo entero. Era testigo del espectáculo del macrocosmos y de sus incontables y pulsátiles galaxias. En ciertos momentos contemplaba el espectáculo desde fuera, en otros, por el contrario, se convertía en el mismo espectáculo. Esa perspectiva cósmica resplandeciente y sobrecogedora se entremezclaba con la experiencia de un microcosmos igualmente milagroso, en el que la danza de los átomos y las moléculas daba lugar al surgimiento del mundo bioquímico y al despliegue del origen de la vida y de células individualizadas. Por primera vez en su vida sentía que estaba experimentando el universo tal como es, un misterio insondable, un juego divino de la energía.

Esta compleja y excepcional experiencia perduró durante un tiempo que le pareció eterno. A veces se sentía como un feto tenso y enfermo; en otras, en cambio, experimentaba un estado intrauterino extraordinariamente beatífico y sereno. En ocasiones, las influencias nocivas asumían la forma de los demonios arquetípicos o las criaturas malévolas propias de los cuentos de hadas. Comprendió entonces por qué los niños suelen fascinarse con las historias míticas y sus extraños personajes. Algunas de sus comprensiones eran extraordinariamente importantes. El anhelo de un estado de satisfacción total, como el que puede experimentarse en un buen útero o en un rapto de éxtasis místico, por ejemplo, parece ser la fuerza motivadora última de todo ser humano. Entendió entonces que el final feliz con el que concluyen todos los cuentos de hadas es una expresión de ese anhelo. Comprendió también que el mismo deseo anida en el sueño revolucionario de un futuro utópico, en el impulso creativo que mueve a los artistas a buscar la aceptación y el aplauso y en el ansia de posesiones, estatus y fama. Le resultó entonces evidente que todas ésas eran respuestas al problema fundamental del ser humano. En este sentido, ni siquiera los más espectaculares logros alcanzados en el mundo externo podrán llegar a saciar ese deseo y la necesidad que se halla detrás de él. El único camino para satisfacer ese anhelo es el de volver a conectarnos con esa faceta de nuestro inconsciente. Comprendió entonces súbitamente el mensaje de tantos maestros espirituales de que la única revolución posible consiste en la transformación interior de cada ser humano.

Mientras revivía los recuerdos positivos de su existencia fetal experimentó una sensación de unidad con todo el universo. Ése era el Tao, el Más Allá Interno, el Tat tvam as¡ (Eso Eres Tú) de los Upanishads. Perdió la sensación de individualidad, su ego se disolvió y se transformó en todo lo existente. A veces esa experiencia era intangible y desprovista de contenido, otras, en cambio, iba acompañada de todo tipo de visiones beatíficas: imágenes arquetípicas del Paraíso, el cuerno de la abundancia, la Edad de Oro o la Naturaleza sin mácula. Se convirtió en pez nadando entre aguas cristalinas, fue mariposa revoloteando sobre las laderas de las montañas, se transformó en gaviota precipitándose sobre la superficie del océano. Fue océano, animal, planta, nube y, a veces, lo fue todo al mismo tiempo.

Luego no sucedió nada concreto, sólo una sensación de unidad con la naturaleza y el universo bañado en una luz dorada cuya intensidad se amortiguaba lentamente. La experiencia finalizó y regresó de mala gana a su estado habitual de conciencia. Mientras esto ocurría, sentía que acababa de atravesar una experiencia trascendente y que jamás volvería a ser el mismo. La armonía y la aceptación era total y tenía una visión global indescriptible de la existencia.

Horas después estaba plenamente convencido de que la experiencia había sido fundamentalmente energética y espiritual y le resultaba difícil volver a aceptar sus viejas creencias sobre la existencia física. Esa misma noche tuvo la profunda sensación de estar curado y completo y de haber regresado a un cuerpo que funcionaba perfectamente bien.

Pero en los meses que siguieron nuestro psiquiatra obtuvo más preguntas que respuestas. Si la experiencia hubiera sido exclusivamente intelectual le hubiera resultado mucho más sencillo olvidarse de todo. Los libros y las películas pueden ayudarnos a comprender intelectualmente ciertas cosas, pero lo que había ocurrido iba mucho más allá de todo eso. Su experiencia había sido fundamentalmente sensorial, plena de sensaciones físicas extraordinarias repletas de extraños contenidos. Había experimentado los aspectos oscuros y luminosos de la vida, había sentido la enfermedad causada por las toxinas que le bombardeaban en el útero y luego, súbitamente, la inexplicable lucidez.

Es evidente que algunos de los datos que experimentó en esos extraños dominios podían proceder de los libros que había leído o de las películas que había visto, pero ¿cómo podemos explicamos la procedencia de sensaciones tan minuciosas como las que vivió? ¿Cómo pudo llegar a percibir las sensaciones características del estadio fetal de su vida? No cabe la menor duda de que su conciencia le estaba proporcionando una información tan asombrosamente detallada, compleja y concreta que jamás antes hubiera soñado que fuera posible. Había sentido la unidad con el universo, el Tao, había experimentado la disolución de su ego y la fusión con toda la existencia. Pero, si todo eso era cierto, se vería obligado a renunciar a las creencias que sostenía anteriormente de que nuestra mente sólo contiene el recuerdo de las situaciones que hemos experimentado de manera inmediata a partir del momento de nuestro nacimiento.

¿Que cómo puedo saber tanto sobre las preguntas que aguijoneaban la mente de este psiquiatra? Lo sé porque acabo de describir mi propia experiencia. Por otra parte, en la investigación profunda de la conciencia estas experiencias no son extrañas ni infrecuentes. Mi caso, por el contrario, constituye un ejemplo más del singular conjunto de experiencias que suelen aparecer en los miles de sesiones similares a los que he asistido en el curso de los últimos treinta años.

Características biológicas y psicológicas de la MPB I

Los rasgos fundamentales de esta matriz y las imágenes que se originan en ella reflejan la simbiosis natural existente entre la madre y el niño durante ese estadio del desarrollo. No conviene olvidar que, en ese período, la conexión biológica y emocional existente entre el feto y la madre es tan estrecha como la que existe entre un órgano y el organismo en que se halla. Durante este período de la vida intrauterina las condiciones que rodean al feto son casi ideales. La placenta proporciona continuamente el oxígeno y los nutrientes necesarios para el crecimiento del feto y se encarga también de eliminar los productos de desecho. El líquido amniótico le protege de los ruidos y los golpes, y el cuerpo de la madre y la temperatura del útero permanecen relativamente estables. Se trata de un entorno seguro y protector en el que todas las necesidades son satisfechas de inmediato sin el menor esfuerzo por su parte.

Esta imagen de la vida intrauterina puede parecer maravillosamente segura pero debemos tener en cuenta que no siempre es así. En el mejor de los casos, las condiciones óptimas sólo son perturbadas ocasionalmente y durante un corto período de tiempo. La madre, por ejemplo puede beber alcohol, fumarse un cigarrillo o comer ciertos alimentos que causen malestar al niño. La madre puede permanecer en un ambiente muy ruidoso o incomodar al niño y a sí misma conduciendo por una carretera llena de baches. También puede enfermar y coger un resfriado o una gripe, como cualquier otra persona. Además, el feto también puede experimentar, en ciertos aspectos, la actividad sexual de la madre, especialmente en los últimos meses del embarazo.

En los casos peores, sin embargo, la vida intrauterina puede resultar extraordinariamente incómoda ya que una infección, una enfermedad endocrina o metabólica o una intoxicación grave de la madre pueden poner seriamente en peligro la supervivencia del feto. También podríamos mencionar la presencia de ciertas «emociones tóxicas», como la ansiedad, la tensión o los ataques de angustia, por ejemplo. Por otra parte, la tensión laboral, la intoxicación crónica, la adicción o los malos tratos a la madre pueden también influir en la calidad del embarazo. La situación puede llegar a ser tan grave como para terminar desencadenando un aborto espontáneo. No es infrecuente, por último, que, durante el trabajo experiencia) profundo, las personas descubran secretos familiares muy bien guardados como, por ejemplo, que no fueron niños deseados o que su madre intentó abortar en los primeros estadios de su vida fetal.

La moderna obstetricia sólo tiene en cuenta aquellas experiencias negativas de la vida fetal que ponen en peligro el desarrollo biológico del organismo. Desde el mismo punto de vista, cualquier trastorno en el desarrollo psicológico del niño se considera como una simple secuela de una lesión orgánica del cerebro. No obstante, las experiencias descritas por quienes han reexperimentado este nivel en estados no ordinarios de conciencia demuestran -de manera incuestionable- que, desde los estadios más primitivos de la vida embrionaria, la conciencia del niño puede verse afectada por un amplio rango de influencias nocivas. Siendo así, deberíamos aceptar que, de la misma manera que existe un «buen pecho» y un «mal pecho», también existen un «buen útero» y un «mal útero». 1~n este sentido, las experiencias positivas del útero desempeñan un papel tan importante en el desarrollo del niño como las experiencias positivas de la lactancia.

Muchas personas que atraviesan por estados no ordinarios de conciencia hablan de manera extraordinariamente vívida de sus experiencias intrauterinas. Se experimentan como seres muy pequeños y con una cabeza desproporcionadamente grande con respecto al cuerpo. Pueden sentir el fluido amniótico que les rodea y, en ocasiones, hasta la misma presencia del cordón umbilical. Si uno conecta con un período de la vida intrauterina en la que no existían perturbaciones, las experiencias están asociadas a un estado de conciencia beatífico en el que no existe la menor dualidad entre sujeto y objeto. Se trata de un estado «oceánico» carente de fronteras en el que no hay diferencia entre nosotros mismos y el organismo materno o el mundo externo que nos rodea.

Esta experiencia fetal puede manifestarse de diferentes maneras. El aspecto oceánico de la vida embrionaria puede fomentar una identificación con formas de vida acuática como ballenas, delfines, peces, medusas o hasta algas. La sensación de ausencia de fronteras que experimentamos en el útero materno puede también evidenciarse como «unidad» con el cosmos. En tal caso, uno puede identificarse con el espacio interestelar, con diversos cuerpos celestes, con una galaxia o con la totalidad del universo. Hay personas que se han identificado con astronautas flotando ingrávidos en el espacio, atados a la «nave nodriza» mediante un conducto umbilical «dador de vida».

El hecho de que un buen útero satisfaga incondicionalmente las necesidades del feto proporciona el fundamento biológico para el símbolo de la «Madre Naturaleza», una entidad beatífica, segura y nutricia. En estados no ordinarios de conciencia estas experiencias pueden convertirse en las imágenes maravillosas de lujuriosas islas tropicales, vergeles abarrotados de frutas, campos de maíz en sazón o los opulentos jardines vegetales de las terrazas andinas. También existe la posibilidad de que la experiencia fetal nos conduzca a los dominios arquetípicos del inconsciente colectivo y, en lugar del cielo de los astrónomos o de la naturaleza de los biólogos, nos encontremos en los reinos celestiales y los Jardines del Paraíso de los que nos hablan las mitologías de todas las culturas del mundo. Así pues, el simbolismo característico de MPB I aparece lógicamente entretejido con elementos fetales, oceánicos, cósmicos, naturales, paradisíacos y celestiales.
El estado de éxtasis y unidad cósmica

Las experiencias propias de la MPB I están cargadas de asociaciones místicas y suelen experimentarse como algo santo o sagrado, aunque quizás resultaría más adecuado calificarlas -como hacía C.G. Jung para eludir cualquier tipo de connotación religiosa- de numinosas. Este tipo de experiencias va acompañado de la sensación de haber penetrado en una dimensión superior de la existencia. Las experiencias propias de la MPB I suelen tener un importante componente espiritual, al que suele describirse como una sensación profunda de unidad y de éxtasis cósmico, estrechamente ligado a las experiencias que acompañan a un buen útero: paz, tranquilidad, sosiego, alegría y beatitud. En ese estado, nuestra percepción cotidiana del espacio y del tiempo parecen desvanecerse y nos convertimos en un «ser puro». El lenguaje es tan impropio para expresar la esencia de este estado que solemos referirnos a él diciendo que es «indescriptible» o «inefable».

Las descripciones de la unidad cósmica están plenas de paradojas que violan la lógica aristotélica. En la vida cotidiana, por ejemplo, creemos que las cosas no pueden ser y no ser ellas mismas al mismo tiempo, o que no pueden ser nada más que lo que son. «A», por ejemplo, no puede ser «no A» ni tampoco puede ser «B». Una experiencia de unidad cósmica, sin embargo, puede «carecer de contenido y abarcar, al mismo tiempo, a todo lo que es», o también podemos sentir que «carecemos de ego» y experimentar que nuestra conciencia se ha expandido hasta llegar a englobar a todo el universo. Podemos llegar a sentimos humillados y sobrecogidos por nuestra propia insignificancia y tener simultáneamente la sensación de ser extraordinariamente importantes, pudiendo llegar, incluso, en ocasiones, a identificarnos con Dios. Podemos percibirnos a nosotros mismos como existiendo y no existiendo simultáneamente, o percibir vacíos a todos los objetos materiales mientras la vacuidad aparece colmada de formas.

En el estado de unidad cósmica suele experimentarse la posibilidad de acceder de manera directa, inmediata e ilimitada a todo el conocimiento y sabiduría del universo, lo cual no supone, sin embargo, que dispongamos de una pormenorizada información técnica que tenga una aplicación práctica sino que se trata, más bien, de una especie de revelación sobre la naturaleza de la existencia. Estas sensaciones suelen ir acompañadas de la certeza de que este conocimiento es mucho más valioso y «real» que las creencias y percepciones que sostenemos y compartimos en la vida cotidiana. Los antiguos upanishads hindúes se refieren a esta comprensión profunda en los misterios últimos de la existencia cuando hablan de «eso, el conocimiento que nos proporciona el conocimiento de todas las cosas».

El rapto asociado con la MPB I suele describirse como un «éxtasis oceánico». Cuando veamos la sección correspondiente l MPB III nos encontraremos con una forma de arrebato muy diferente asociada con el proceso de muerte-renacimiento para el que he acuñado el término éxtasis volcánico, un salvaje arrebato dionisíaco, la explosión de una enorme cantidad de energía, el fuerte impulso a la actividad febril. La energía oceánica de la MPB I, que podría ser calificada de apolínea, implica, por su parte, la supresión armónica de todas las fronteras en una clima de sosiego y paz. Con los ojos cerrados y el cuerpo inmóvil, se manifiesta como una experiencia interna independiente que participa de los atributos que acabamos de describir pero, cuando abrimos los ojos, se transforma en una sensación de fusión, de «ser uno» con todo lo que nos rodea.

En el estado oceánico, el mundo parece ser indescriptiblemente radiante y hermoso. La necesidad de razonar se ve drásticamente atenuada y el universo «deja de ser un rompecabezas que debemos comprender para convertirse en un misterio que debemos experimentar». Todo parece absolutamente perfecto y casi resulta imposible encontrar algo negativo en la existencia. Esta sensación de perfección llega incluso a ser aparentemente contradictoria, como Ram Dass resume muy sucintamente con una frase que escuchó a su guru del Himalaya: «El mundo es absolutamente perfecto, incluida nuestra insatisfacción y nuestros intentos por cambiarlo». Cuando experimentamos el estado oceánico, el mundo entero parece un lugar acogedor en el que podemos sentirnos seguros y es muy probable, por tanto, que asumamos una actitud infantil, pasiva y dependiente. En ese estado el mal parece efímero, irrelevante e, incluso, inexistente.

La sensación de éxtasis oceánico está estrechamente vinculada con las «experiencias cumbre» de las que hablaba Abraham Maslow, quien las caracterizaba del siguiente modo: una sensación de plenitud, unidad e integración; sin esfuerzo y relajado; completamente nosotros mismos; utilizando plenamente todas nuestras capacidades; libres de bloqueos, inhibiciones y miedos; espontáneos y expresivos; en el aquí y el ahora; psiquismo y espíritu puro; sin deseos ni necesidades; al mismo tiempo infantiles y maduros y con una gracia que se halla mucho más allá de las palabras. Mis observaciones sobre el éxtasis oceánico son el fruto de un trabajo experiencial de regresión mientras que las descripciones de Maslow, por su parte, provienen de su estudio de las experiencias cumbre espontáneas que tienen lugar en la vida adulta. El estrecho paralelismo existente entre ambas sugiere que la raíz de algunas de nuestras motivaciones más poderosas se remonta a una etapa vital mucho más remota de lo que los psicólogos han considerado posible hasta ahora.
La agonía de un «real útero»

Hasta ahora hemos explorado el complejo simbolismo asociado con el «buen útero», las experiencias intrauterinas apacibles. Las perturbaciones prenatales, por su parte, tienen sus propias características distintivas y, a menos que sean muy extremas -como el peligro de muerte, el intento de aborto o una grave intoxicación, por ejemplo-, sus síntomas suelen ser relativamente leves. Se trata de experiencias notablemente diferentes a las desagradables y dramáticas manifestaciones asociadas con el proceso del nacimiento (como las imágenes de guerras, escenas sadomasoquistas, sensaciones de ahogo, dolor y presión insoportables, violentos temblores y contracción espástica de los grandes músculos). La mayor parte de los problemas de la vida intrauterina tienen que ver con agresiones químicas y, por consiguiente, los temas predominantes están relacionados con la naturaleza inhóspita y contaminada, el envenenamiento y peligrosas influencias malignas.

La cristalina transparencia del océano puede enturbiarse y transformarse en algo sombrío y ominoso repleto de todo tipo de peligros subacuáticos ocultos. Algunos de ellos pueden percibirse como criaturas de naturaleza grotesca, como presencias demoníacas de aspecto aterrador, amenazante y malvado. Uno puede identificarse con peces y otras formas de vida acuática amenazadas por la contaminación industrial de los ríos y de los océanos o como embriones de pollo antes de la incubación amenazados por su propios productos de desecho. De manera similar, la visión de un cielo cuajado de estrellas característica de las experiencias relacionadas con un buen útero pueden verse súbitamente empañada por la niebla y por la bruma. Las perturbaciones visuales se parecen a las imágenes distorsionadas de las pantallas de televisión en mal estado.

También son propias de un mal útero las escenas de residuos industriales, guerras químicas, vertidos tóxicos que contaminan el aire y la identificación con prisioneros que mueren en las cámaras de gas de los campos de concentración. Uno también puede sentir la presencia casi tangible de entidades malévolas, influencias extraterrestres y fuerzas astrológicas. En tal caso, la disolución de las fronteras -que en los episodios de vida intrauterina sin perturbaciones conlleva una sensación de unión mística con el mundo- se transforma en una sensación de desconcierto y amenaza que nos hace sentir vulnerables a los ataques del mal y, en caso extremo, puede terminar conduciendo a una distorsión paranoide de nuestra percepción del mundo.
En los dominios de la experiencia transpersonal

Como ya hemos visto en el relato que iniciaba este capítulo, el mundo prenatal propio de las MPB I suele servir de puerta de entrada a los dominios transpersonales del psiquismo que describiremos detalladamente más adelante. Aunque nos identifiquemos con las experiencias de un buen o de un mal útero, podemos también experimentar fenómenos transpersonales específicos que comparten ciertas emociones y sensaciones físicas con esos estados. A veces estas experiencias pueden remontarse muy atrás en el tiempo y referirse a episodios de la vida de nuestros ancestros -humanos o animales- y secuencias y flashbacks kármicos procedentes de otros períodos de la historia humana. En otras ocasiones, por último, podemos trascender las fronteras que nos hacen sentir separados del resto del mundo y llegar a fundirnos con personas, grupos, animales, plantas e, incluso, procesos inorgánicos.

Entre todas estas experiencias destacan, por su especial interés, los encuentros con diversas entidades arquetípicas, particularmente las deidades beatíficas o airadas. El estadio del éxtasis oceánico suele ir acompañado de la visión de deidades bondadosas, como la Madre Tierra y otras Grandes Diosas Madres, el Buda, Apolo, etcétera. Por otra parte, como ya mencionábamos anteriormente, las perturbaciones de la vida intrauterina suelen ir acompañadas de imágenes de demonios procedentes de diferentes culturas. En el trabajo experiencial avanzado, los participantes suelen tener revelaciones que favorecen la integración de la experiencia de un buen útero y de un mal útero y una comprensión profunda que les permite descubrir la función que cumplen todas estas deidades en el orden cósmico.

Ilustremos ahora la integración entre el buen y el mal útero, con algunas de las notas aportadas por Ben, un hombre que, mientras revivía experiencias de su vida intrauterina, nos habló de su encuentro con seres arquetípicos que le permitieron comprender ciertos aspectos característicos de las deidades y demonios propios de los panteones hindúes y tibetanos. Ben comprendió súbitamente la relación existente entre el estado de Buda sedente sobre un loto en postura de meditación profunda y la situación que experimenta un feto en un buen útero. La paz, tranquilidad y gozo del Buda, aunque no idéntica a la beatitud del feto, comparte con él ciertas características, por decirlo así, «en una octava superior». Los demonios que rodean al Buda y que suelen acechar su paz en las estampas hindúes y tibetanas le parecieron también una representación adecuada de las perturbaciones que pueden acompañar a las MPB I.

Ben distinguió dos tipos de demonios, los demonios agresivos, feroces y sedientos de sangre (representados con dientes, puñales y lanzas), que simbolizan los peligros y sufrimientos que acompañan al proceso del nacimiento biológico, y los demonios insidiosos, aterradores y traicioneros, que simbolizan las influencias nocivas de la vida intrauterina. En otro nivel diferente, Ben también experimentó lo que no dudó en interpretar como recuerdos de reencarnaciones pasadas. En su opinión, ciertos elementos de su «mal karma» habían entrado en su vida en forma de perturbaciones embrionarias, el trauma del nacimiento y las experiencias negativas asociadas con la lactancia y comprendió que las experiencias de un «mal útero», del trauma del nacimiento y de un «mal pecho» eran los puntos cruciales a través de los cuales las influencias kármicas del pasado llegaban a afectara su vida presente.'

Los aspectos psicológicos y espirituales de las MPB I suelen ir acompañados de determinados síntomas físicos. Así, mientras que las experiencias de un buen útero confieren una sensación profunda de salud y bienestar fisiológico, la reviviscencia de traumas intrauterinos, por su parte, conlleva una diversidad de manifestaciones físicas desagradables, las más comunes de las cuales son los síntomas que suelen acompañar a un resfriado o una gripe, dolores musculares, escalofríos, ligeros temblores y una sensación de malestar general. Igualmente frecuentes son los síntomas asociados a la resaca, como dolor de cabeza, náuseas, malestar intestinal y gases. Estas sensaciones pueden ir acompañadas de un gusto desagradable en la boca que las personas describen de diferentes modos como sangre en descomposición, yodo, sabor metálico o, más simplemente, «veneno». Nuestro intento de confirmar este tipo de experiencias nos ha llevado a descubrir que, en tales casos, la madre estaba enferma durante el embarazo, tenía hábitos alimenticios inadecuados, trabajaba o vivía en ambientes tóxicos o era adicta al alcohol o las drogas.
Donde se funden las experiencias adultas y perinatales

Además de todos los aspectos que acabamos de mencionar, las MPB I suelen estar asociadas a ciertos recuerdos de la vida postnatal. Los aspectos positivos de esta matriz representan el fundamento natural sobre el que se apoyan todas las experiencias agradables de nuestra vida (sistemas COEX positivos). Durante el trabajo experiencial sistemático, la gente suele descubrir la profunda relación existente entre el éxtasis oceánico de las MPB I y los recuerdos de los períodos felices de la infancia y la adolescencia, como el juego despreocupado y gozoso con compañeros o ciertos episodios armoniosos de la vida familiar. Las relaciones positivas, los amores intensos y las relaciones sexuales placenteras también suelen estar asociados a períodos positivos de la vida fetal. En el trabajo experiencial profundo, las personas suelen comparar el éxtasis oceánico que acompaña a un buen útero con ciertas formas de rapto que podemos experimentar durante la vida adulta.

La contemplación de escenarios naturales de gran belleza -como, por ejemplo, el esplendor de un amanecer o de un crepúsculo, la pacífica majestad del océano, la imponente grandeza de una montaña coronada de nieve o la mística de la aurora boreal- puede reestimular muchas de las experiencias asociadas a esta matriz. Del mismo modo, el misterio insondable de un cielo estrellado contemplado junto a una gigantesca sequoia de tres mil años de edad o la exótica hermosura de las islas tropicales puede evocar también sensaciones muy próximas a las de la MPB I. Por otra parte, este tipo de estados mentales también pueden ser reestimulados por creaciones humanas estética o artísticamente inusuales, como la música inspirada, las grandes pinturas o las espectaculares edificaciones de los antiguos palacios, catedrales o pirámides. En las sesiones en las que predomina la primera matriz perinatal todas estas imágenes suelen emerger de manera espontánea.

Del mismo modo que las experiencias positivas de la vida adulta pueden ponernos en contacto con los recuerdos de un buen útero, las experiencias negativas, por su parte, son capaces de despertar el recuerdo de las perturbaciones de la vida intrauterina. En tal caso podemos descubrir las molestias gastrointestinales asociadas a una intoxicación alimenticia o la resaca y el malestar asociados a una infección vírica. La contaminación del aire y del agua y la ingestión de diversos tipos de tóxicos son también factores desencadenantes. Indirectamente, las imágenes de contaminación de la naturaleza, de vertidos industriales y de depósitos de chatarra pueden producir el mismo efecto. Las experiencias submarinas suelen también constituir un poderoso recordatorio de la vida intrauterina. La inocente belleza de un arrecife de coral con sus coloridos peces tropicales pueden despertar las sensaciones del éxtasis oceánico del útero y, por el contrario, nadar entre aguas turbias y contaminadas o encontrarse con peligros submarinos pueden recrear la constelación psicológica que acompaña a un mal útero. Desde este punto de vista, en las últimas décadas el ser humano ha modificado considerablemente la biosfera de nuestro planeta en la dirección de un mal útero.
Comienza una nueva fase

Pero sea lo que fuere lo que hayamos experimentado en el útero, esa situación llega a su fin a partir de un determinado momento. El feto debe sufrir la transición de un organismo acuático simbiótico a una forma de existencia completamente diferente. Aun en el caso de tratarse de un parto sin problemas, ésta constituye una verdadera prueba de fuego, un verdadero viaje épico plagado de peligros físicos y emocionales. En el momento en que comienza el parto el universo intrauterino del feto se ve seriamente perturbado. Los primeros signos de esta perturbación son muy sutiles y consisten en ligeros cambios hormonales. Con la aparición de las primeras contracciones, sin embargo, estos cambios son cada vez más intensos y dramáticos. El feto comienza entonces a experimentar una intensa sensación de malestar físico y una situación de extrema alarma. Con las primeras señales del comienzo del proceso del nacimiento, la conciencia del feto penetra en un conjunto de experiencias completamente diferentes a lo que ha conocido hasta ese momento, las experiencias asociadas a la MPB II -la pérdida del universo amniótico y el comienzo del proceso del nacimiento-, una fase del temprano drama de la vida que será el objeto del siguiente capítulo.
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