Con la colaboración de Hal Zina Bennett




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3. LA EXPULSION DEL PARAÍSO: MPB II

Los dolores corporales eran tan insoportables, que con haberlos pasado en esta vida gravísimos, (..1 j no es todo nada en comparación de lo que allí sentí, y ver que había de ser sin fin y sin jamás cesar. Esto no es, pues, nada, en comparación del agonizar del alma, un apretamiento, un ahogamiento, una aflicción tan sensible y con tan desesperado y afligido descontento que yo no sé cómo lo encarecer.

SANTA TERESA DE ÁVILA, Vida

Apenas comenzó la sesión se encontró en el despreocupado universo de un niño satisfecho. Todas sus percepciones, sentimientos y sensaciones eran infantiles. La experiencia era tan real y auténtica que incluso salivaba y eructaba y sus labios realizaban movimientos involuntarios de succión. De tanto en tanto, sin embargo, estas imágenes se entremezclaban con escenas tensas y conflictivas del mundo de los adultos. El contraste entre el sencillo mundo del niño y las dificultades de la vida adulta le resultaba doloroso y parecía despertar en él el deseo profundo de volver a la primitiva felicidad infantil. Presenció imágenes de asambleas religiosas, mítines políticos y multitudes buscando la seguridad que proporcionan las organizaciones y las ideologías. Entonces comprendió súbitamente que lo que todos ellos albergaban en su interior era el anhelo de regresar a la experiencia primal de éxtasis oceánico que él acababa de revivir en el útero y en el pecho de su madre.

El clima era cada vez más ominoso y parecía plagado de amenazas ocultas. La habitación comenzó a dar vueltas y pronto se vio arrastrado hasta el mismo centro de un turbulento remolino. Recordó entonces la sobrecogedora descripción de una situación similar hecha por Edgard Allan Poe en Descenso al Maélstrom. Todos los objetos de la habitación parecían girar a su alrededor y de pronto apareció en su mente otra imagen literaria, el ciclón de El mago de Oz, de Franz Baum, que aparta a Dorothy de su monótona vida en Kansas y la arrastra a través de un insólito viaje plagado de aventuras. Esta experiencia era indudablemente similar a la entrada en la madriguera del conejo de Alicia en el País de las Maravillas y estaba impaciente por descubrir el mundo que encontraría del otro lado del espejo. Todo el universo parecía colapsarse sobre él y no podía hacer nada para atajar la sensación apocalíptica de ser tragado.

Cuanto más penetraba en el laberinto de su inconsciente, mayor era su ansiedad, rayana ya en el pánico. Todo era tenebroso, opresivo y aterrador. Era como si soportara el peso del mundo entero y sentía una enorme presión hidráulica que amenazaba con hacer estallar su cráneo y convertir su cuerpo en una partícula minúscula y extraordinariamente densa. El malestar se convirtió en dolor y el dolor terminó transformándose en agonía. El tormento era tan intenso que sentía como si cada célula de su cuerpo estuviera siendo perforada con el taladro de un dentista diabólico.'
El útero absorbente

El relato anterior ilustra la forma en que un adulto puede revivir las primeras fases del proceso del nacimiento y también muestra que el recuerdo de ser expulsado del útero y atravesar el difícil canal del nacimiento puede entremezclarse con ciertas situaciones adultas que comparten características similares. El fundamento biológico de la MPB II descansa en la última etapa de la vida intrauterina y en la aparición de las primeras contracciones. Al comienzo, los cambios son fundamentalmente químicos, pero luego adquieren una naturaleza predominantemente mecánica, de modo que las señales hormonales y los cambios bioquímicos en los organismos de la madre y del niño que anuncian el comienzo del parto son pronto acompañados por una intensa actividad muscular uterina.

Así pues, el mismo útero que durante el embarazo normal es relativamente amable y previsible comienza a sufrir fuertes contracciones periódicas. A partir de ese momento, el mundo del feto se hace cada vez más opresivo y apremiante causando ansiedad y un gran malestar físico. Cada contracción comprime las arterias uterinas y dificulta el intercambio de sangre entre la madre y el feto. Se trata de una situación muy alarmante para el feto porque supone una interrupción del suministro de oxígeno y de alimento vital, y la ruptura definitiva de ciertas conexiones muy importantes con el organismo materno. En ese momento, el cuello del útero permanece todavía cerrado. De este modo, las contracciones -con la cérvix cerrada- y los cambios bioquímicos desfavorables terminan combinándose para crear un entorno tan doloroso y amenazante como para provocar en el feto la sensación de que no existe ningún modo de escapar de la situación. No es de extrañar, pues, que, en esta matriz, la muerte y el nacimiento se hallen tan estrechamente relacionados.

El lapso de tiempo durante el cual el feto permanece en este difícil callejón sin salida varía considerablemente de persona en persona. Para algunos consiste en unos pocos minutos, para otros, en cambio, dura varias horas. La sensación de sentirse atrapado es habitual antes de la apertura del cuello del útero pero, en ciertos casos, el proceso del nacimiento puede verse perturbado incluso en estadios posteriores. Existen una serie de posibles problemas adicionales que impiden el desarrollo normal del parto: la pelvis de la madre puede ser demasiado estrecha, las contracciones del útero demasiado débiles o la placenta puede bloquear la apertura del útero; en otras ocasiones, en cambio, el niño es demasiado grande o yace en una posición irregular que perturba el proceso del nacimiento. Todas estas circunstancias pueden convertir el ya difícil proceso del nacimiento en algo todavía más traumático de lo normal. Obviamente, en las sesiones experienciales en las que la persona revive su propio nacimiento podemos encontrarnos con todos los elementos que acabamos de mencionar.

Pero los factores biológicos no son los únicos que determinan nuestra experiencia de esta matriz perinatal. Los informes de quienes han participado en sesiones y talleres de terapia experiencial profunda indican que también es posible revivir el miedo y la confusión de una madre inexperta, de una madre negativa o de una madre muy ambivalente con respecto al niño. Pareciera así como si las emociones contradictorias de la madre pudieran obstaculizar la interacción fisiológica normal entre las contracciones del útero y la apertura del cuello de la matriz, lo cual, a su vez, puede perturbar, prolongar o complicar la dinámica natural del proceso del nacimiento.
Atrapado en un inundo hostil

Desde un punto de vista subjetivo, el hecho de revivir el comienzo del parto va acompañado de una gran ansiedad y de una sensación de inminente peligro de muerte. Pareciera como si todo el universo se hallara amenazado por un peligro misterioso que eludiera todos nuestros esfuerzos por identificarlo. Al comienzo se trata de una serie de cambios de naturaleza química que pueden experimentarse como una enfermedad o una intoxicación y, en casos extremos, la persona puede llegar a experimentar la paranoia o el miedo de hallarse realmente en peligro. El intento del sujeto de encontrar una explicación a esta situación amenazante puede llevarle a atribuirla a venenos, radiaciones electromagnéticas, fuerzas malignas, organizaciones secretas o incluso influencias extraterrestres. En este sentido, una de las causas fundamentales de los estados paranoicos parece residir en la emergencia espontánea de recuerdos de perturbaciones intrauterinas o de trastornos que acompañan al comienzo del proceso del parto.

A medida que esta experiencia amenazadora prosigue y se intensifica, la persona puede llegar a percibir un gigantesco remolino que la arrastra implacablemente hacia su centro. También puede parecer que la tierra se agrieta y se traga al involuntario aventurero, arrastrándolo hasta los oscuros laberintos de un aterrador mundo subterráneo. Otra versión de la misma sensación puede ser la de sentirse devorado por un monstruo arquetípico o caer en los tentáculos de un pulpo gigantesco o en la red de una enorme tarántula. La experiencia puede adquirir proporciones tan inverosímiles que no sólo puede afectar al sujeto sino a todo el mundo. En tal caso, el clima general que la acompaña es el de un incidente apocalíptico que destruye la paz del mundo intrauterino y transforma la libertad oceánica y cósmica del feto en una trampa aterradora y en la sensación abrumadora de ser dominado por fuerzas externas desconocidas.

La persona que experimenta plenamente una MPB II se siente atrapada y prisionera de una pesadilla claustrofóbica. El campo visual se torna sombrío y amenazante y el clima general es el de un sufrimiento físico y emocional insoportable. Simultáneamente, el sujeto pierde toda noción del tiempo lineal y lo que ocurre parece que no vaya a finalizar nunca. Quien se halla bajo la influencia de la MPB II conecta de manera exclusiva con los aspectos más desalentadores de la existencia humana y su psiquismo se vuelve agudamente consciente de los rincones más oscuros, negativos y desagradables del universo. El planeta se convierte entonces en un lugar apocalíptico lleno de terror, sufrimiento, guerras, epidemias, accidentes y desastres naturales. Al mismo tiempo, también le resulta imposible apreciar alguna de las cualidades positivas de la existencia, como el amor, la amistad, el arte, los descubrimientos científicos o la belleza de la naturaleza. Alguien que esté atravesando este estado puede contemplar, por ejemplo, a unos niños jugando y pensar de inmediato en esas mismas personas ya ancianas, o mirar una hermosa rosa y pensar en lo poco que tardará en marchitarse.

La MPB II suscita una conexión casi mística con el sufrimiento del mundo y lleva al sujeto a identificarse con la víctima, el pisoteado y el oprimido. En los estados no ordinarios de conciencia gobernados por esta matriz nos identificamos con los millones de hombres y de mujeres que han muerto a lo largo de todas las guerras que han asolado a la humanidad, con los prisioneros que han sufrido o muerto en las mazmorras, en las cámaras de tortura, en los campos de concentración o en los manicomios de todo el mundo. Los temas más frecuentemente asociados con esta matriz son las escenas de dolor, hambruna y escasez y los peligros del frío, el hielo y la nieve, lo cual podría estar relacionado con el hecho de que las contracciones dificultan el flujo de sangre, alimento y calor desde el organismo materno hasta el feto. Otro aspecto característico de la MPB II es el clima deshumanizado, grotesco y extraño del mundo propio de los autómatas, los robots y los artilugios mecánicos. Las imágenes de anormalidades humanas, de monstruos de feria y el inundo frívolo y superficial de los cabarets también corresponden al simbolismo característico de la segunda matriz perinatal.

La MPB II suele ir acompañada de una serie de manifestaciones físicas muy diversas. Todas ellas implican tensión corporal y una postura que expresa la sensación de encontrarse atrapado en una lucha inútil. El sujeto puede sentir una gran opresión en la cabeza y en el cuerpo, pesadez en el pecho y diferentes combinaciones de dolor físico intenso. La cabeza se mantiene inclinada hacia adelante, con la mandíbula apretada y el mentón presionado contra el pecho; los brazos suelen también plegarse sobre el pecho con las manos apretando fuertemente los pulgares. Es frecuente también que las rodillas estén dobladas y las piernas permanezcan completamente flexionadas completando la imagen de la posición fetal. La congestión de la sangre en los capilares cutáneos también suele favorecer la aparición de manchas rojas en diferentes partes del cuerpo.
Donde se unen el comienzo y el final

Quienes establecen contacto con la MPB II tienden a considerar la existencia humana como algo completamente futil. Quizás sientan eso porque consideren que todo es impermanente y que, por tanto, la vida carece de todo sentido y cualquier objetivo es ingenuo, vacío y, a fin de cuentas, un engañoso desatino. Desde esta perspectiva, cualquier esfuerzo, ambición o sueño futuro está condenado necesariamente al fracaso. En los casos extremos, el ser humano aparece como una víctima que sostiene una lucha quijotesca contra fuerzas desproporcionadamente superiores en la que no tiene la menor probabilidad de salir victorioso.

En el momento del nacimiento nos vemos arrojados a este mundo sin tener la menor posibilidad de elección. De lo único que podemos estar seguros es de que un día moriremos. Hay un antiguo refrán latino que expresa de manera sucinta la condición del ser humano: Mors certa, hora incerta (La muerte es segura, lo único que ignoramos es la hora). El espectro de la muerte ronda sobre nuestras cabezas recordándonos de continuo la impermanencia de todas las cosas. Llegamos a este mundo desnudos de toda posesión, en medio del dolor y de la angustia, y es así como lo abandonaremos. Y hagamos lo que hagamos por modificar esta ecuación fundamental jamás lograremos alterar un ápice el resultado.

Las experiencias propias de este nivel suelen revelar la profunda relación existente entre el dolor que acompaña al proceso del nacimiento y el de la muerte. Darse cuenta de la similitud existente entre estas dos situaciones comporta una sensación profunda de nihilismo y crisis existencial, lo cual resulta evidente en la falta de sentido de la vida y la futilidad de cualquier intento de cambiarla. Ante el momento de la muerte, la vida de poderosos reyes, de ilustres caudillos militares, de atractivas estrellas de cine o de cualquier persona que haya logrado la fama y la fortuna no difiere, en modo alguno, de la de cualquiera de nosotros. Esta profunda revelación existencial -que suele acompañar a la experiencia de revivir esta matriz- es la que da sentido a expresiones tales como: «Polvo eres y en polvo te convertirás» o «Entonces se desvanecerá toda la gloria de este inundo».
Emociones individuales y reflexiones culturales sobre la MPB II

Es fascinante advertir el profundo paralelismo existente entre la impronta que dejan en la conciencia del ser humano las sensaciones y percepciones propias del estadio de no salida del nacimiento y la filosofía y la obra de existencialistas tales como Sóren Kierkegaard, Albert Camus y Jean Paul Sartre, por ejemplo. Estos filósofos sentían y expresaban de manera dolorosamente vívida los temas fundamentales de esta matriz sin llegar a ser capaces de vislumbrar la única solución posible, la apertura y la trascendencia a las dimensiones espirituales. Las personas que conectan con elementos de su psiquismo vinculados con la MPB II comprenden que la filosofía existencial refleja de manera magistral la impotencia y el sin sentido propios de este estado. El mismo Sartre tituló con el nombre A puerta cerrada una de sus más famosas obras. Merece la pena señalar que Sartre tuvo una importante -y mal resuelta- experiencia con una sustancia psicodélica, la mescalina, el alcaloide activo del peyote, un cactus mexicano que los nativos utilizan ritualmente de modo sacramental. Las notas que tomó el mismo Sartre sobre esta sesión indican claramente su profunda vinculación con experiencias relacionadas con la MPB II.

Las personas que padecen síntomas tales como depresión profunda, pérdida de iniciativa, falta de sentido, falta de interés por la vida e incapacidad de disfrutar suelen estar bajo el fuerte influjo de esta faceta del inconsciente. Lo mismo ocurre con aquellos que, si bien no han experimentado una depresión clínica, conocen, sin embargo, sensaciones similares ligadas a la separación, la alienación, la impotencia, la desesperación e, incluso, la soledad metafísica. Además, muchos de nosotros conocemos la sensación de inferioridad y culpa que suele acompañar a aquellas situaciones o circunstancias de nuestra vida que parecen confirmar nuestra inutilidad, nuestra cobardía o nuestra maldad. Por otra parte, cuando pasa el tiempo y tenemos la suficiente distancia como para ver nuevamente las cosas con objetividad, solemos darnos cuenta de que estos sentimientos eran completamente desproporcionados con respecto a los acontecimientos que los desencadenaron. No obstante, en el mismo momento en que las experimentamos, estamos plenamente convencidos de que estas emociones son adecuadas y de que están plenamente justificadas aunque alcancen la dimensión metafísica del pecado original. En tales casos, no tenemos siquiera en cuenta la posibilidad de que estos sentimientos hundan sus raíces en los tempranos engramas que dejó la MPB II en nuestra conciencia.

Las experiencias propias de la MPB II suelen caracterizarse por la siguiente tríada: miedo a la muerte, miedo a no regresar y miedo a enloquecer. Ya hemos hablado del tema de la muerte, que suele ir acompañado de la sensación de que nuestra vida se halla seriamente en peligro. Una vez que este sentimiento está presente, la mente es capaz de fabricar multitud de respuestas para tratar de hallar una «explicación» racional a lo que ocurre: la proximidad de un ataque cardíaco, el efecto de una «sobredosis» en el caso de acompañar a la ingesta de una droga psicodélica, etcétera. El hecho es que la memoria celular del nacimiento puede emerger en la conciencia presente con tal intensidad que la persona llegue a creer sin ningún género de dudas que se halla en peligro inminente de muerte.

La pérdida de toda sensación de tiempo lineal asociada a esta matriz puede llevar al sujeto a la convicción de que su tormento será eterno, una conclusión que está basada en la errónea noción -que también encontramos en las principales religiones de que la eternidad es un intervalo de tiempo de reloj más que una experiencia de lo atemporal, es decir, la experiencia de estar por completo fuera del tiempo. La sensación de desesperación y la preocupación por «no regresar jamás» constituye una característica experiencia) asociada a la MPB II que no tiene, sin embargo, el menor valor predictivo en relación con el resultado de la experiencia. Paradójicamente, la forma más rápida de salir de esta situación consiste en la aceptación plena de la desesperación y en el reconocimiento consciente de las sensaciones originales del feto.

El mundo propio de la MPB II -con sus sensaciones de peligro inminente, de engolfamiento cósmico, de carencia de sentido, de percepción grotesca del mundo y de pérdida de toda sensación de tiempo lineal- es tan diferente de nuestra realidad cotidiana que podemos llegar a creer que estamos al borde de la locura. En tal caso, el sujeto experimenta la pérdida de todo control mental y está convencido de que ha ido más allá de la raya y está en peligro de sufrir un ataque psicótico. Es posible que la comprensión intelectual de que la forma extrema de esta experiencia sólo refleja el trauma de los estadios iniciales del nacimiento nos ayude a superar la situación. Una versión más moderada de esta misma experiencia es la convicción de que nuestra incursión en la MPB II nos ha proporcionado una comprensión tan clara y decisiva de la falta de sentido de la existencia que ya nunca más volveremos a ser capaces de engañarnos lo suficiente como para funcionar eficazmente en este mundo.
La imaginería espiritual y la comprensión ligada a la MPB II

Al igual que ocurre con la primera matriz perinatal, la MPB II también tiene un rica dimensión espiritual y mitológica. Las culturas de todo el mundo están llenas de imágenes arquetípicas que expresan la cualidad propia de las experiencias que pertenecen a esta categoría. Las imágenes del infierno y del mundo subterráneo que nos ofrecen la mayor parte de las culturas, por ejemplo, constituyen un motivo característico de un insoportable sufrimiento físico y emocional que parece interminable. Aunque sus pormenores concretos puedan diferir de un grupo cultural a otro, la mayoría de estas imágenes comparten, sin embargo, ciertas características comunes y representan el contrapunto negativo y el opuesto polar de los diferentes paraísos que hemos discutido al hablar de la MPB I. El clima de este lóbrego mundo subterráneo es opresivo y, en él, la naturaleza está ausente o se halla degradada, contaminada o presenta una apariencia peligrosa: ciénagas, ríos hediondos, árboles infernales con venenosos frutos, regiones polares, lagos de fuego y ríos de sangre. En este mundo, uno puede presenciar o padecer torturas o agudos dolores infligidos por demonios armados con dagas, lanzas u horcas, hervir en calderos o congelarse en regiones heladas, o sentirse estrangulado y triturado. En el infierno no hay más que emociones negativas: miedo, desesperación, impotencia, culpabilidad, caos y confusión.

La condena y el suplicio eterno propio de esta matriz perinatal suelen estar representados por importantes figuras arquetípicas. Los antiguos griegos parecían estar en estrecho contacto con esta dimensión. Sus tragedias, que giraban en torno a maldiciones insuperables, a pecados que se transmitían de una generación a la siguiente y a la imposibilidad de escapar del propio destino, reflejan de manera muy precisa la atmósfera propia de la MPB II. Los personajes de la mitología griega que simbolizan tormentos eternos alcanzan proporciones épicas. La imagen de Sísifo en las profundidades del infierno tratando inútilmente de subir una enorme piedra a lo alto de una montaña que caía cada vez que asomaba la más leve esperanza de que estaba progresando; la rueda incandescente y giratoria a la que permanece atado Ixion por toda la eternidad en las entrañas del mundo subterráneo; el suplicio de Tántalo, condenado a padecer hambre y sed mientras permanece de pie en un estanque de aguas cristalinas con un apetitoso racimo de uvas pendiendo sobre su cabeza y el encadenamiento de Prometeo a una roca, torturado por un buitre que se alimenta de su hígado, son ejemplos muy ilustrativos de lo que acabamos de decir.

En la literatura cristiana, la MPB II se ve reflejada en la «noche oscura del alma» de la que nos hablan místicos como San Juan de la Cruz, quien la consideraba un estadio fundamental del proceso de desarrollo espiritual. También resulta especialmente relevante, en este sentido, la historia de Adán y Eva, su expulsión del Paraíso y el origen del pecado original. El Génesis se refiere a esta situación ligada al nacimiento y al trabajo cuando dice, por boca de Dios: «Parirás con dolor y ganarás el pan con el sudor de tu frente». La historia del Ángel Caído, por su parte, refleja la pérdida del reino de los cielos que conlleva la instauración de la polaridad entre el cielo y el infierno. Las descripciones cristianas del infierno están estrechamente relacionadas con las experiencias propias de la MPB II.

En los estados no ordinarios de conciencia muchas personas comprenden que las enseñanzas religiosas sobre el infierno tienen que ver con experiencias propias de la MPB 11, lo que confiere un halo de verdad a conceptos teológicos que, de otro modo, resultarían incomprensibles. La relación con estos remotos recuerdos inconscientes podría explicar la razón por la cual las imágenes del infierno y del mundo subterráneo ejercen una influencia tan poderosa tanto sobre los niños como sobre los adultos. La descripción bíblica de las angustiosas pruebas a las que Dios sometió a Job y el martirio, la desesperación, la humillación y la crucifixión de Cristo también se hallan estrechamente relacionadas con la MPB II.

El simbolismo clásico utilizado por la literatura espiritual budista para referirse a la MPB II es la historia de las «Cuatro Visiones de la Impermanencia» de la vida del Buda, donde se habla de los cuatro hechos determinantes de su decisión de abandonar a su familia y la vida palaciega para dedicarse a buscar la iluminación. En uno de sus viajes fuera de la ciudad presenció cuatro escenas que le conmovieron de una manera indeleble. La primera de ellas -que representa su encuentro con la vejez- fue el hecho de tropezar con un hombre decrépito que tenía los dientes rotos, el pelo cano gris y caminaba con el cuerpo encorvado. La segunda representa su descubrimiento de la enfermedad, y tuvo lugar cuando vio a una persona que yacía en una zanja junto a la carretera. La tercera -que representa su comprensión plena de la existencia de la muerte y de la impermanencia- tuvo lugar al encontrarse con un cadáver. La última visión fue su encuentro con un monje de pelo rapado vestido con una túnica azafrán que parecía irradiar una sensación de paz que estaba más allá de todo sufrimiento. Así pues, la súbita toma de conciencia de la impermanencia de la vida, del hecho incuestionable de la muerte y de la existencia del sufrimiento, dieron al Buda el impulso necesario para renunciar al mundo y emprender su propio viaje espiritual.

Durante el trabajo experiencial con la MPB II, las personas suelen atravesar crisis similares a las que pasó el Buda durante las «Cuatro Visiones de la Impermanencia». En estos casos, el inconsciente de la persona proporciona las imágenes de vejez, enfermedad, muerte e impermanencia que abocan a la crisis existencial. Entonces el sujeto experimenta la futilidad de una vida limitada a los placeres superficiales y a los objetivos mundanos y carente de espiritualidad. Esta revelación constituye un paso importante hacia la dimensión espiritual que comienza con la apertura de la cérvix y la consiguiente apertura del callejón sin salida propio de la MPB II.
Expresiones artísticas de la MPB II

Nuestros pacientes suelen referirse al Infierno de Dante como una descripción dramática de la MPB II y consideran que La divina comedia constituye el relato de un viaje de transformación y de apertura espiritual. Otras obras de arte que también transmiten este mismo clima son las novelas de Franz Kafka -que reflejan una culpabilidad y una angustia insondable-, las novelas de Fyodor Dostoyevski -llenas de sufrimiento, enajenación y una absurda crueldad- y ciertos pasajes de los escritos de Emile Zola en los que describe los aspectos más lúgubres y repulsivos de la naturaleza humana. Determinados cuentos de horror de Edgard Allan Poe, como El foso y el péndulo, por ejemplo, también contienen elementos propios de esta matriz. Las maldiciones del holandés y del judío errante Asvero, condenados a vivir y vagar eternamente hasta el fin de los tiempos, son otros ejemplos relevantes de la MPB II en el mundo de la literatura.

Entre las imágenes pictóricas que reflejan la atmósfera de la MPB II debemos mencionar las ilustraciones de los infiernos cristiano, musulmán y budista y las representaciones de las escenas del Eccehomo, el Calvario y la crucifixión de Jesús, por ejemplo. El mundo extraño y las criaturas de pesadilla de Hyeronimus Bosch (El Bosco), los grabados de los desastres de la guerra de Francisco de Goya y muchas imágenes surrealistas también pertenecen obviamente a esta categoría. Especial mención merecen las imágenes de Hansruedi Giger, un artista suizo que es un verdadero talento del reino perinatal. Su imaginería oscila entre la MPB II y la MPB III (que discutiremos en el próximo capítulo) y representa de manera manifiestamente explícita y fácilmente reconocible el simbolismo propio de las matrices perinatales. Giger fue galardonado con un Oscar por sus macabros diseños artísticos para la película Alien, el octavo pasajero, todos los cuales presentan rasgos perinatales espeluznantes. Para la segunda parte de esta película, Giger ha creado una imagen arquetípica fantástica de la Madre Devora-dora, una aterradora araña extraterrestre con su diabólico nido. Las películas de Federico Fellini, Ingmar Bergman, George Lucas, Steven Spielberg, etcétera, también son ricas en imágenes perinatales.
La MPB II y el papel de víctima en la vida cotidiana

Del mismo modo que ocurre con la MPB I, esta matriz está vinculada a ciertos recuerdos biográficos con los que comparte determinadas características. Así, los eventos registrados en la memoria que guardan relación con la MPB II suelen ser situaciones desagradables en las que nos sentimos amenazados e impotentes ante fuerzas abrumadoramente superiores a nosotros y en las que, por tanto, queda manifiesto nuestro papel de víctima. En este sentido, los recuerdos de incidentes que han puesto en peligro nuestro bienestar o nuestra supervivencia física, como las intervenciones quirúrgicas, los abusos físicos, los accidentes automovilísticos y las mutilaciones de guerra, por ejemplo, son especialmente significativos. La similitud existente entre estos recuerdos y ciertos aspectos del trauma del nacimiento provoca que su registro en la memoria se asocie, de algún modo, a la MPB II.

Los acontecimientos muy traumáticos del presente reestimulan el material perinatal correspondiente y reactivan el viejo dolor emocional y físico. En tal caso, no sólo respondemos a la situación presente sino también a un trauma temprano y fundamental de nuestra vida, lo cual podría explicar la profundidad de las lesiones psicológicas -y la duración de sus efectos negativos- que suelen acompañar a guerras, catástrofes naturales, reclusión en campos de concentración y secuestro por terroristas. El hecho es que estas situaciones no sólo son traumáticas en sí mismas -lo cual ya sería, de por sí, lo suficientemente serio- sino que también despojan a la víctima de las defensas que suelen protegerle del doloroso material procedente del inconsciente que albergan en su psiquismo. Para poder trabajar adecuadamente con todos estos estados, es necesario crear un entorno de apoyo y utilizar técnicas que no sólo permitan revivir y trabajar los traumas adultos relativamente recientes sino también los recuerdos primitivos subyacentes de victimación asociados a la MPB II.

En un nivel más sutil, la segunda matriz perinatal también puede contener el recuerdo de frustraciones psicológicas particularmente severas, como el abandono, el rechazo, la privación, los acontecimientos emocionalmente amenazadores y las situaciones de confinamiento y dominación que han tenido lugar en el núcleo familiar y en la vida adulta posterior. En el caso de que el sujeto desempeñe el papel de víctima en la familia de origen, en la escuela, en la relaciones íntimas, en su puesto de trabajo y en la sociedad en general, se reforzará y perpetuará el recuerdo del estadio de no salida del nacimiento y será más relevante y accesible psicológicamente a la experiencia consciente. La MPB II también está relacionada con una variedad de sensaciones y tensiones desagradables en las zonas erógenas, o productoras de placer, freudianas. A nivel oral, estas sensaciones están relacionadas con el hambre y la sed; en la región anal, con sensaciones desagradables en el colon y el recto asociadas al estreñimiento, la colitis o las hemorroides, y en el tracto genitourinario, por último, con la frustración sexual y el dolor ligado a infecciones o intervenciones quirúrgicas y con la retención urinaria dolorosa.
El paso del infierno al purgatorio

En este estadio del parto cada nueva contracción presiona el cuello del útero sobre la cabeza del niño y dilata su apertura. Cuando la cérvix finalmente se abre y la cabeza desciende hacia la pelvis, tiene lugar un gran cambio no sólo a nivel biológico sino también a nivel psicológico. Entonces se supera la situación de no salida -propia de la MPB II- y tiene lugar el lento pasaje a través del canal del nacimiento que caracteriza a la MPB III. En el próximo capítulo exploraremos el rico y colorido mundo de la MPB III y sus implicaciones individuales y colectivas sobre nuestra vida.
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