Con la colaboración de Hal Zina Bennett




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4. LA BATALLA ENTRE LA MUERTE Y EL RENACIMIENTO: MPB III

¿Estás dispuesto a ser absorbido, borrado y aniquilado?

¿Estás preparado para no ser nada, para desaparecer en el olvido?

Si no lo estás, jamás podrás cambiar realmente.

D.H. LAWRENCE, Phoenix

Aunque nunca llegó a ver con claridad el canal del nacimiento, sentía, no obstante, una aplastante opresión en su cabeza y en el resto de su cuerpo y sabía, con cada una de las células de su cuerpo, que estaba reviviendo el proceso de su nacimiento. La presión aumentó hasta alcanzar magnitudes muy superiores a lo que, hasta ese momento, consideraba que era humanamente posible resistir. Sentía una fuerte presión en la frente, las sienes y el occipucio, como si se hallara atrapado entre las mandíbulas de acero de una tenaza mecánica. La tensión que soportaba su cuerpo era brutal y creía que se hallaba dentro de una monstruosa trituradora de carne o entre los engranajes de una prensa gigantesca. Entonces cruzó por su mente la imagen de Charlie Chaplin en Tiempos modernos, víctima inocente de un universo tecnológico, y una enorme cantidad de energía se acumulaba en su cuerpo para terminar luego descargándose explosivamente.

Experimentaba una extraña mezcla de sensaciones. Se sentía asfixiado, aterrado e indefenso y, al mismo tiempo, estaba furioso y sentía una inusitada excitación sexual. Por otra parte, estaba completamente confundido ya que, si bien se sentía como un niño que luchaba violentamente por su propia supervivencia y comprendía que estaba reviviendo su propio nacimiento, también sabía que estaba experimentando el parto de su propia madre. Su intelecto le decía que los hombres no pueden dar a luz pero también sabía que, de algún modo, había atravesado esa barrera y lo imposible se estaba convirtiendo en realidad. No tenía la menor duda de que había conectado con el remoto arquetipo femenino de la madre parturienta. Su imagen corporal mostraba un voluminoso vientre y unos genitales femeninos y experimentaba todos los matices de las sensaciones biológicas. También se sentía frustrado por no poder abandonarse al proceso primordial de dar a luz y de nacer, de soltar y de permitir el nacimiento del niño.

De pronto -como si un cirujano cósmico hubiera reventado un absceso de maldad-, una enorme cantidad de violencia asesina brotó del fondo de su psiquismo y asistió a una especie de transfiguración -como la que convertía al Doctor Jekyll en Mister Hyde- y sintió cómo se iba transformando en un hombre lobo o en un loco asesino. No obstante, las imágenes del asesino y de la víctima estaban tan entremezcladas que le resultaba imposible distinguir al bebé que estaba naciendo de la madre que le daba a luz. Era un dictador despiadado, un tirano que sometía a sus súbditos a todo tipo de crueldades inimaginables y, al mismo tiempo, también era el revolucionario que soliviantaba a las multitudes en contra del tirano. Se transformó en el gángster que asesina a sangre fría y en el policía que mata criminales en nombre de la ley. En cierto momento experimentó todo el horror de los campos de concentración nazis pero, cuando abrió los ojos, se vio como un oficial de las SS. Tenía la profunda sensación de ser, al mismo tiempo, el nazi y el judío. Sentía que el Hitler y el Stalin que moraban en su interior eran los responsables de todas las atrocidades cometidas a lo largo de la historia humana. Comprendió entonces que el problema de la humanidad no radica en la existencia de dictadores violentos sino en ese Asesino Oculto que se encuentra en las profundidades más oscuras de nuestro propio psiquismo.

Luego la cualidad de la experiencia cambió y alcanzó proporciones mitológicas. Entonces, en lugar de la maldad de la historia humana, experimentó la presencia de elementos demoníacos y sintió el clima inconfundible de la brujería. Sus dientes se transformaron en grandes colmillos saturados de un misterioso veneno y se descubrió volando a través de la noche con grandes alas de murciélago como si fuera un amenazante vampiro. Esta situación pronto se convirtió en el escenario salvaje y embriagador propio de un aquelarre. En esa ceremonia mágica y lujuriosa brotaron a la superficie una serie de impulsos habitualmente prohibidos y reprimidos. Poco a poco, los atributos demoníacos de la experiencia fueron desapareciendo pero sus connotaciones eróticas perduraron todavía durante un tiempo mientras nuestro sujeto se vio involucrado en orgías interminables y en extrañas fantasías sexuales en las que desempeñaba todos los papeles. Durante todo ese tiempo, siguió siendo, al mismo tiempo, el niño que luchaba por atravesar el canal del nacimiento y la madre parturienta. Comprendió entonces la profunda relación existente entre la sexualidad y el proceso del nacimiento y se dio cuenta también de que las fuerzas satánicas están estrechamente vinculadas con la situación que experimenta el feto al atravesar el canal del nacimiento.

Luchó y combatió de muchos modos y contra muy diversos enemigos. A veces dudaba incluso de que su infortunio terminara alguna vez. Entonces entró en escena un nuevo elemento y sintió que todo su cuerpo se hallaba cubierto de un fluido biológico viscoso y resbaladizo -ignoraba si se trataba de líquido amniótico, mucosidad, sangre o secreciones vaginales- que también impregnaba su boca y sus pulmones. Se sentía asfixiado y amordazado y trataba de desembarazarse y escupir esa sustancia. En ese momento comprendió que no debía luchar, que el proceso tenía su propio ritmo y que todo lo que debía hacer era abandonarse. Recordó entonces muchas situaciones de su vida en las que había sentido la necesidad de luchar y consideró retrospectivamente que se había tratado de una lucha innecesaria. Era como si su nacimiento le hubiera programado para ver la vida como algo mucho más complicado y peligroso de lo que realmente es. Le pareció entonces que esta experiencia podría abrir sus ojos en este sentido y hacerle la vida mucho más fácil y gozosa de lo que había sido hasta ese momento.'
El comienzo del peligroso pasaje

Como acabamos de ver en este ilustrativo ejemplo, la MPB III se caracteriza por la presencia de una serie de imágenes -tanto positivas como negativas- extraordinariamente ricas y dinámicas. En un nivel biológico, esta matriz participa de ciertos rasgos característicos de la MPB II porque, en ella, prosiguen las contracciones del útero y el sujeto sigue experimentando una sensación global de confinamiento y opresión. Al igual que ocurría en el estadio anterior, cada nueva contracción dificulta el suministro de oxígeno al feto pero, en este caso, existen otras posibles fuentes adicionales de ahogo, como ahogarse con el propio cordón umbilical o quedar atrapado en la pelvis sin poder seguir adelante el proceso del nacimiento.

Pero, si bien es cierto que existen similitudes entre esta matriz y la anterior, también lo es que hay diferencias significativas muy notables. En la matriz anterior el cuello del útero permanecía cerrado pero, en ésta, se ha dilatado y permanece abierto, permitiendo así que el feto prosiga su camino hacia el canal del nacimiento. De este modo, aunque en este estadio todavía persista la lucha por la supervivencia, existe, sin embargo, la creencia y la esperanza de que esa lucha tiene un final.

En este estadio, la cabeza del niño permanece encajada en la apertura pélvica, tan estrecha que, incluso en condiciones normales, el pasaje es lento y tedioso. La musculatura del útero es muy robusta y la fuerza de las contracciones oscila entre los 3,5 y los 7 kg, lo cual crea un clima de antagonismo y conflicto y una fuerte presión hidráulica. El organismo de la madre y el del bebé permanecen todavía íntimamente ligados a muchos niveles. Es por ello que, como evidencia el relato que acabamos de presentar, puede existir una fuerte identificación entre ambos. En el registro de memoria propio de esta matriz no existe la menor sensación de separación entre el niño y la madre ya que todavía no ha tenido lugar la separación física ni la separación psicológica y, por tanto, los dos organismos participan de la misma conciencia. Así pues, no es de extrañar que puedan experimentarse todos los sentimientos y sensaciones del bebé, identificarse plenamente con la madre que da a luz y entrar, incluso, en contacto con el arquetipo de la madre parturienta.
La experiencia del nacimiento y la sexualidad

Esta matriz se halla, pues, ligada al dolor, la ansiedad, la agresividad, la excitación y la energía impulsora, pero su aspecto más inaudito lo constituye, sin duda, la excitación sexual. Esta situación merece una explicación especial puesto que tiene importantes consecuencias para comprender ciertas conductas sexuales que, de otro modo, resultarían inexplicables. Obviamente, la gran implicación de toda la zona genital en el proceso del nacimiento puede contribuir a que la experiencia de la madre tenga ciertas connotaciones sexuales. Además, la intensificación y liberación de la tensión que acompaña al proceso sigue una pauta muy similar a la del orgasmo sexual. No resulta, pues, extraño que muchas mujeres que han alumbrado en condiciones ideales describan la experiencia como el momento sexualmente más intenso y gratificante de toda su vida. Pero lo que sí resulta difícil de comprender -e incluso de creer es el hecho de que el bebé también pueda experimentar sensaciones sexuales durante el proceso del nacimiento.

Sigmund Freud sorprendió al mundo cuando anunció su descubrimiento de que la sexualidad no comienza en la pubertad sino en la temprana infancia. ¡Pero lo que aquí se nos pide es que abramos todavía más nuestra imaginación y aceptemos que el ser humano experimenta sensaciones sexuales antes incluso de haber nacido! No obstante, el hecho es que las descripciones de quienes han experimentado la MPB III en estados no ordinarios de conciencia nos proporcionan evidencias manifiestas de la veracidad de este aserto. Los datos parecen sugerir que el cuerpo humano dispone de un mecanismo que transforma el sufrimiento extremo -especialmente cuando se halla asociado a la asfixia- en una forma de excitación que tiene ciertas connotaciones sexuales. Este mecanismo parece estar presente en pacientes implicados en relaciones sadomasoquistas, prisioneros de guerra torturados por el enemigo e, incluso, en personas que han intentado suicidarse infructuosamente colgándose y han podido vivir para contarlo. En todas estas situaciones, la agonía puede hallarse tan estrechamente relacionada con el éxtasis que llegue incluso a una experiencia de trascendencia, como ocurre, por ejemplo, en el caso de los flagelantes y de los mártires religiosos.

Pero ¿qué significado tiene todo esto para nuestra vida cotidiana? Comencemos señalando la importancia que tiene el hecho de que nuestras primeras experiencias sexuales tengan lugar en el contexto de una situación que conlleva un peligro inminente de muerte. En este caso, el sufrimiento va también unido a la experiencia de provocar sufrimiento y a la ansiedad y la agresividad ciega. Por otra parte, durante el paso a través del canal del nacimiento, el niño entra en contacto con diversos productos biológicos, como mucosidades, sangre y, posiblemente, orina y excrementos. Esta conexión -combinada con otros eventos- constituye el fundamento natural para el desarrollo posterior de una variedad de desórdenes y desviaciones sexuales. De este modo, la MPB III puede verse reforzada por ciertas experiencias traumáticas de la niñez y de la adolescencia y terminar dando lugar a una amplia diversidad de disfunciones sexuales, como la sumisión, el sadomasoquismo, la asociación de la orina y las heces con la sexualidad e, incluso, la criminalidad sexual.
La dimensión titánica de la tercera matriz

Como ocurre con el resto de las matrices perinatales, el simbolismo propio de la MPB III contiene temas seculares, mitológicos y espirituales que podríamos agrupar en cinco categorías diferentes: la titánica, la agresiva y sadomasoquista, la sexual, la demoníaca y la escatológica. Todas ellas, sin embargo, comparten el mismo argumento, el encuentro con la muerte y la lucha por nacer. Como hemos visto en el relato que abría este capítulo, las experiencias asociadas a la tercera matriz perinatal suelen combinar las sensaciones y las emociones ligadas al nacimiento con el simbolismo arquetípico.

Quizás el aspecto más llamativo de esta matriz sea un clima de lucha titánica -frecuentemente de proporciones catastróficas- que demuestra la enormidad de las fuerzas que pugnan por descargarse en este estadio del proceso del nacimiento. La experiencia puede alcanzar una intensidad tan dolorosa que exceda, con mucho, lo que anteriormente creíamos posible soportar. Uno puede atravesar por estadios en los que la energía se encuentre tan tremendamente concentrada y focalizada que fluya a través de todo el cuerpo como una corriente eléctrica de alto voltaje. Pero la energía puede también estancarse o cortocircuitarse y provocar tensiones extraordinarias en diversas partes del cuerpo que deban descargarse de manera explosiva, una situación que muchas personas asocian a imágenes de la tecnología moderna y a desastres provocados por el hombre como, por ejemplo, gigantescas plantas de energía, cables de alta tensión, explosiones nucleares, lanzamiento de misiles, combates de artillería, ataques aéreos y escenas bélicas de todo tipo.

Otras personas conectan experiencialmente con catástrofes naturales de proporciones devastadoras, como erupciones volcánicas, terremotos, huracanes, tornados, tormentas eléctricas espectaculares, cometas, meteoritos y cataclismos cósmicos. Se trata de catástrofes similares a las que acompañaron a la erupción del Krakatoa o terminaron asolando la ciudad de Pompeya. Menos frecuentes, sin embargo, son aquellas otras imágenes que representan el poder destructor de las aguas, como las escenas de tempestades oceánicas, los maremotos, el desbordamiento de ríos o las rupturas de presas que van seguidas de inundaciones que asolan a poblados enteros. En este sentido, hay quienes han descrito imágenes mitológicas como el hundimiento de la Atlántida, la destrucción de Sodoma y Gomorra o, incluso, el mismo Armagedón.
Las raíces perinatales de la violencia

Los aspectos agresivos y sadomasoquistas de la tercera matriz perinatal parecen ser una consecuencia lógica de la situación en la que se halla el bebé que atraviesa el canal del nacimiento. La violencia dirigida hacia el exterior refleja la agresividad biológica de un organismo cuya supervivencia se ve seriamente amenazada por la asfixia. Esto no tiene ninguna explicación psicológica ni tampoco tiene el menor significado

ético sino que es comparable al estado mental de cualquier persona cuya cabeza se hallara bajo el agua y no pudiera respirar. La activación de esta faceta de la tercera matriz perinatal en un estado no ordinario de conciencia suele expresarse en violentas imágenes de guerras, revoluciones, masacres, asesinatos, torturas y todo tipo de abusos en los que desempeñamos un papel activo.

Esta matriz también está asociada a un tipo de agresividad dirigida hacia el interior que tiene, por tanto, una cualidad autodestructiva. Esta agresividad, que se expresa mediante fantasías e impulsos autodestructivos, parece ser la interiorización de fuerzas que originalmente se nos imponen desde el exterior -las contracciones del útero y la resistencia que ofrece a nuestro paso el canal del nacimiento-. El recuerdo de esta experiencia pervive en nosotros como una sensación de confinamiento físico y como una incapacidad para disfrutar plenamente de la vida. A veces, por último, asume la forma de un despiadado juicio interno en la que una parte cruel del superego exige un castigo autodestructivo.

Quisiera señalar también las importantes diferencias existentes entre las experiencias asociadas a la segunda y la tercera matriz perinatal. Así, mientras que en la MPB II somos meras víctimas, en la MPB III podemos, en cambio, identificarnos alternativamente con la víctima y con el verdugo -como ocurre en la narración que abre este capítulo, cuando el sujeto se identifica con la víctima judía y, al mismo tiempo, con el perseguidor nazi- y también podemos ser un observador que contempla la escena desde el exterior. Las personas que entran en contacto con este aspecto del proceso del nacimiento suelen mencionar que, en este estado, pueden identificarse y llegar a comprender realmente a crueles líderes militares y a dictadores déspotas como Genghis Khan, Hitler, Stalin o los contemporáneos asesinos de masas.

Como ya hemos señalado anteriormente, las asociaciones sadomasoquistas propias de esta matriz reflejan la relación existente entre el hecho de causar o infligir dolor, el sufrimiento y la excitación sexual. Esto da cuenta de la extraña combinación entre las sensaciones sexuales y el dolor tan característica del masoquismo. El sadismo y el masoquismo no existen como fenómenos puros y aislados sino que constituyen -como las dos caras de una moneda- dos aspectos íntimamente relacionados del psiquismo humano. Como es de suponer, las imágenes asociadas con las experiencias sadomasoquistas incluyen escenas de violaciones, asesinatos sexuales y todo tipo de prácticas sadomasoquistas.
La agonía y el éxtasis del nacimiento

A medida que aumenta la intensidad de las experiencias asociadas a esta matriz aparecen también las emociones y las sensaciones opuestas (como el dolor y el placer, por ejemplo), llegando, incluso, a converger y a fundirse en un estado mental indiferenciado que engloba todas las posibles dimensiones de la experiencia humana. En ese estado, el sufrimiento más extremo y el placer más delicado se convierten en lo mismo; el calor más intenso se experimenta como frío; la violencia asesina y el amor apasionado se funden y la agonía de la muerte se transforma en el éxtasis del nacimiento. De este modo, por más extraño que pueda parecer, en el mismo momento en que el sufrimiento alcanza su punto culminante, la situación deja de ser dolorosa y agónica y, en su lugar, aparece un arrebato extático y salvaje que podríamos calificar como «éxtasis volcánico» o «dionisíaco».

Este éxtasis o rapto volcánico puede ir todavía más lejos y alcanzar proporciones trascendentales. A diferencia del éxtasis oceánico asociado a la MPB I, el éxtasis volcánico propio de la MPB III encierra una extraordinaria tensión explosiva colmada de contenidos agresivos y autodestructivos. Este tipo de rapto puede ser experimentado en el momento del nacimiento, en caso de accidente o en ciertos rituales que emplean procedimientos en los que la persona se somete voluntariamente a un intenso dolor físico durante un largo período de tiempo, como la ceremonia de los flagelantes o la danza del Sol de los nativos americanos, por ejemplo. Algo parecido puede también ocurrir en las ceremonias indígenas que utilizan danzas salvajes y música ensordecedora o en su contrapunto moderno, los conciertos de rock.

Por su parte, los aspectos sexuales propios de la MPB III no suelen concentrarse exclusivamente en los genitales sino que, por el contrario, se experimentan de manera generalizada por todo el cuerpo. Hay quienes hablan de un éxtasis similar a la fase inicial del orgasmo sexual aunque miles de veces más intenso. En este caso, sin embargo, las sensaciones pueden prolongarse durante un período largo de tiempo e ir acompañadas de una vívida imaginería erótica que se caracteriza por la presencia de impulsos instintivos extraordinariamente intensos que carecen de una meta y un objetivo concreto. No se trata, pues, del mismo tipo de erotismo que experimentamos en un romance, en el que el respeto, la comprensión y la ternura culminan en la unión sexual sino que en este caso, por el contrario, el énfasis está puesto en la satisfacción egótica -por cualquier medio imaginable- de impulsos sexuales primitivos, a menudo de naturaleza perversa, sin respeto alguno hacia la pareja sexual.

Las imágenes y las experiencias propias de la MPB III suelen tener connotaciones pornográficas o asociar el sexo con el peligro y la suciedad. En tal caso, la persona puede identificarse con chulos, alcahuetes, prostitutas o con cualquier personaje -histórico o legendario- vinculado con la sexualidad, como Casanova, Rasputín, Don Juan o María Teresa, por ejemplo. También puede encontrarse y participar en escenas propias del Soho, Pigalle o cualquier otro barrio bajo. Por otra parte, esta matriz tiene también un componente espiritual dinámico y no resulta extraño, por consiguiente, que ocasionalmente también nos encontremos con experiencias aparentemente contradicto-rias en las que la sexualidad se entremezcla con la trascendencia. En tal caso, nos podemos encontrar con visiones de ritos de la fertilidad, cultos fálicos y prostitución sagrada.

En cualquier caso, lo más curioso con respecto a las experiencias propias de la MPB III quizá sea la proximidad emocional existente entre la muerte y la sexualidad. Uno podría pensar que el peligro de muerte debería inhibir cualquier sensación libidinal, pero lo cierto es que, cuando aparece esta matriz, las cosas parecen ocurrir exactamente de manera opuesta. Las observaciones procedentes de la psiquiatría clínica, las experiencias de los prisioneros que han sido torturados en campos de concentración y los archivos de Amnistía Internacional ratifican la existencia de una estrecha correlación entre el arrebato extático del sexo, el proceso del nacimiento y la amenaza a la integridad y la supervivencia corporal. En el proceso de muerte-y-renacimiento, estos tres temas alternan y se combinan entre sí en distintas proporciones.
Encuentros con lo grotesco, lo satánico y lo escatológico

En ocasiones, los aspectos sexuales de la MPB III van acompañados de una atmósfera de carnaval, llena de vivos colores, de costumbres exóticas y de música embriagadora. La combinación entre el motivo de la muerte, de lo macabro y de lo grotesco y la gozosa alegría de lo festivo constituye una manifestación simbólica muy apropiada del estado mental inmediatamente anterior al momento del nacimiento. En este estado, las energías sexuales y agresivas reprimidas se liberan y el recuerdo de la amenaza de muerte deja de gravitar como una losa sobre el cuerpo y sobre el psiquismo. La popularidad del Mardi Gras y de eventos similares puede deberse al hecho de que, además de proporcionar diversión y un contexto apropiado para la liberación de las tensiones, también nos permiten conectar con el arquetipo del renacimiento que mora en la profundidad de nuestro psiquismo.

Las experiencias que tienen lugar en los estadios finales del proceso de muerte-y-renacimiento también nos permiten comprender ciertas formas de brujería y ciertas prácticas satánicas. La lucha en el canal del nacimiento puede estar asociada a recuerdos ancestrales de misas negras y aquelarres. La aparición de elementos satánicos en este momento concreto parece estar relacionada con el hecho de que la MPB III comparte con estos rituales ciertas emociones y sensaciones físicas. La lucha que tiene lugar en el canal del nacimiento implica un dolor extremo, un encuentro con la sangre y con excrecencias corporales de todo tipo y una intensa excitación sexual. Lo cierto es que esta lucha puede conducir al bebé hasta el mismo borde de la muerte pero también lleva consigo una promesa de liberación y trascendencia. Todos estos elementos están estrechamente vinculados con la imaginería de «la adoración al Dios de la Oscuridad». Cualquier estudio serio de los cultos satánicos -un fenómeno que parece despertar una atracción cada vez mayor entre los profesionales y el público en general- debería tener en consideración la relación existente entre estas prácticas y el nivel de conciencia perinatal. Otra experiencia particularmente importante de esta misma categoría consiste en la tentación diabólica, un motivo clásico en la literatura espiritual de casi todas las religiones del mundo.

El contacto íntimo que mantiene el recién nacido con los fluidos corporales y, ocasionalmente, con la orina y las heces durante el último estadio del parto constituye el fundamento biológico de muchas de las imágenes escatológicas que forman parte integral de la MPB III. El contenido escatológico que acompaña al proceso de muerte-y-renacimiento puede llegar a incluir los productos de desecho biológico. Así, aunque el contacto del bebé con tales productos haya sido mínimo, la persona que revive este aspecto del proceso del nacimiento puede tener la sensación de arrastrarse por una cloaca, revolcarse por un estercolero, beber sangre o complacerse en la basura y la putrefacción.
Tenias mitológicos y espirituales

Los elementos mitológicos y espirituales característicos de esta matriz son especialmente ricos y variados. La faceta titánica, por ejemplo, puede expresarse en las imágenes arquetípicas de la confrontación entre las fuerzas del bien y del mal o de la destrucción y creación del mundo. Otro tipo de lucha para alcanzar el equilibrio entre el bien y el mal es el arquetipo del Juicio Final. Las escenas de violencia suelen estar asociadas a imágenes de deidades destructivas, como Kali Shiva, Satán, Coatlicue o Marte, por ejemplo. También resulta especialmente interesante la estrecha identificación con ciertas figuras mitológicas que representan la muerte y el renacimiento que puede encontrarse en toda gran cultura, como Osiris, Dionisos, Perséfone, Wotan y Balder, por ejemplo, cuya versión cristiana es la historia de la muerte y resurrección de Jesucristo. Es frecuente, pues, que las personas que atraviesan la MPB III tengan visiones de la crucifixión o que, incluso, se identifiquen plenamente con la crucifixión de Cristo. Tampoco son infrecuentes, en este estadio, las escenas de sacrificio y de autoinmolación y las deidades, aztecas y mayas, por ejemplo, correspondientes.

También pueden presentarse imágenes de deidades masculinas y femeninas y visiones de bacanales asociadas con la sexualidad y la procreación. Ya hemos hablado de las imágenes que combinan la sexualidad con la espiritualidad (como los ritos de fertilidad, la adoración fálica, la prostitución sagrada, la violación ritual y las ceremonias aborígenes que subrayan lo sensual y lo sexual). Por su parte, los elementos escatológicos se expresan mitológicamente mediante imágenes tales como Hércules limpiando el estiércol de los establos del rey Augias, Tlacolteutl -la Devoradora de Inmundicia- diosa azteca del nacimiento y del placer carnal, etcétera.

La transición entre la MPB III y la MPB IV suele ir acompañada de la visión de un fuego purificador en el que las llamas destruyen todo lo corrupto y depravado de nuestra vida y nos prepara para la renovación y el renacimiento. Es interesante también constatar que, en este estadio, la madre parturienta suele tener la sensación de que sus genitales están ardiendo. Cuando el sujeto revive pasivamente este estadio puede tener la sensación de que su cuerpo arde o de que está atravesando las llamas de la purificación, una sensación particularmente bien expresada por la imagen del ave Fénix, el fabuloso pájaro mitológico del legendario Egipto que, a la edad de quinientos años, se autoinmoló en las llamas y emergió renovado de entre las cenizas. El fuego purificador constituye también uno de los rasgos más característicos de las imágenes religiosas del purgatorio.
La MPB III y el arte

Es muy posible que las experiencias propias de la MPB III hayan constituido una fuente inagotable de inspiración para todo tipo de artistas desde el mismo amanecer de la humanidad. Existen tantos ejemplos en este sentido que sólo podemos limitarnos a ofrecer una magra selección al respecto. La intensa atmósfera de emociones rayanas en la locura que reflejan magistralmente las novelas de Fyodor Dostoyevski y muchas de las obras de teatro de William Shakespeare -particularmente

Hamlet, Macbeth y El rey Lear; los elementos dionisíacos y la sed de poder de la obra filosófica de Friedrick Nietzsche; los dibujos de diabólicos artefactos bélicos de Leonardo da Vinci; las delirantes visiones de pesadilla de Francisco de Goya; el arte macabro de Hansruedi Giger y el tono general de la pintura surrealista constituyen una espléndida representación pictórica del clima propio de la MPB IM

De la misma manera, las óperas de Richard Wagner también abundan en secuencias que captan a la perfección el clima propio de esta matriz. Destaquemos, entre ellas, las orgiásticas escenas del Venusberg de Tannhkuser, el fuego mágico de Las Walkirias y, en especial, el sacrificio de Siegfried y el incendio del Valhalla en la escena final de El crepúsculo de los dioses. También conviene recordar la mezcla de tragedia, sexo y violencia -tan característica de esta matriz- que constituye la fórmula mágica de gran parte de la cinematografía moderna.
La relación con las experiencias posnatales

Como ocurre con las demás matrices perinatales, la MPB III está especialmente relacionada con ciertos recuerdos de la vida posnatal. Para las personas que han presenciado o participado en la guerra, el recuerdo de las atrocidades reales se estremecía con los aspectos titánicos, violentos y escatológicos de esta matriz. Por otra parte, las experiencias bélicas de la vida real pueden reactivar los correspondientes elementos perinatales del inconsciente y originar los severos trastornos emocionales tan comunes en los soldados que han participado en acciones de combate. La combinación de excitación, miedo y peligro también vincula a la MPB III con situaciones emocionantes e inseguras, como el esquí, las carreras de automóviles, las montañas rusas, los safaris, el boxeo y la lucha libre. Los aspectos eróticos de la MPB III, por su parte, están asociados a sistemas COEX relacionados con intensas experiencias sexuales realizadas en circunstancias peligrosas, como la violación, el adulterio, las aventuras sexuales arriesgadas y las visitas a los barrios bajos. Su faceta escatológica, por último, está ligada al aprendizaje prematuro y forzado del control de los esfínteres, a episodios infantiles de enuresis o incontinencia anal, a visitas a vertederos de basura u otros lugares antihigiénicos y al hecho de presenciar escenas macabras en la guerra o en accidentes automovilísticos.

Las experiencias propias de la MPB III también van acompañadas de ciertas manifestaciones específicas en las zonas erógenas freudianas, relacionadas, a su vez, con un amplio rango de actividades que conllevan liberación, placer o relajación tras una prolongada tensión. A nivel oral, por ejemplo, se trata del acto de morder, mascar y tragar o, por el contrario, de la catarsis del vómito; en la zona anal, por su parte, se refiere a los procesos normales de la defecación y la expulsión de gases; en la región uretral, de la micción que sigue a una larga retención, y en el nivel genital, por último, de la aproximación al orgasmo sexual y, en el caso de la mujer, de las sensaciones de la parturienta en el segundo estadio clínico del parto.

La tercera matriz perinatal representa un enorme conjunto de emociones y de sensaciones problemáticas que luego pueden combinarse con determinados acontecimientos biográficos de la niñez y de la infancia y terminar contribuyendo al desarrollo de una gran diversidad de trastornos. Mencionemos, entre ellos, a ciertas depresiones y condiciones que implican agresividad y una conducta autodestructiva violenta. Los desórdenes y aberraciones sexuales, las neurosis obsesivo-compulsivas, las fobias y las manifestaciones histéricas parecen también hundir sus raíces en esta matriz. Subrayemos, por último, que la naturaleza de las experiencias biográficas posteriores puede reforzar selectivamente ciertos aspectos agresivos, autodestructivos, sexuales o escatológicos de la MPB III y terminar codeterminando, de ese modo, la actualización de determinados desórdenes emocionales.
El final de la batalla

A medida que la lucha agonizante por escapar del canal del nacimiento se aproxima a su fin, la tensión y el sufrimiento alcanzan su punto culminante. En el momento en que el bebé se libera súbitamente de la apertura pélvica y respira por vez primera, tiene lugar una liberación explosiva de la tensión acumulada. En general, este momento conlleva la promesa de una tremenda relajación pero las circunstancias concretas que rodean al momento del nacimiento -como la oportunidad de establecer una relación amorosa con la madre, el contacto ocular y otros factores- determinan el grado real de esta liberación. Los aspectos experienciales de esta transición constituyen el tema del siguiente capítulo.


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