Con la colaboración de Hal Zina Bennett




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5. LA EXPERIENCIA DE

MUERTE-Y-RENACIMIENTO: MPB IV

El alma ve y prueba abundantes e inestimables riquezas, encuentra todo el sosiego y recreo que desea y comprende extraños secretos de Dios [... J También siente en Dios un respetuoso poder y fortaleza que trasciende todo poder y toda fortaleza; gusta una maravillosa dulzura y delicia espiritual, encuentra el verdadero descanso y la Divina luz y tiene elevadas experiencias del conocimiento de Dios...

SAN JUAN DE LA CRUZ, Cántico

Comenzó a experimentar una gran confusión, transpiraba y sentía oleadas de calor que recorrían todo su cuerpo. Luego empezó a temblar y sintió náuseas. Súbitamente se encontró en lo alto de una montaña rusa a punto de caer al precipicio. Entonces perdió el control y se desplomó hacia las profundidades.

De pronto una imagen cruzó por su mente: era como si se hubiera tragado un barril de dinamita con la mecha prendida. Estaba a punto de reventar y no podía hacer nada para impedirlo. Había perdido totalmente el control.

Lo último que podía recordar antes de precipitarse al abismo era el estruendo de una música que parecía proceder de un millón del altavoces. Su cabeza era enorme y sentía como si tuviera mil oídos y era como si con cada uno de los cuales estuviera escuchando una música diferente. Nunca había estado tan desconcertado. Estaba a punto de morir y no podía hacer nada para evitarlo. Lo único que se le ocurría era seguir adelante. De pronto escuchó las palabras confía y obedece y al instante siguiente había perdido su identidad habitual y ya no estaba tumbado en el colchón. Entonces aparecieron varias imágenes simultáneamente.

En la primera escena se vio sumido en medio de un pantano lleno de criaturas monstruosas que le perseguían sin llegar, sin embargo, a poder atraparle. Sólo podía describir su descontrolado viaje por la montaña rusa equiparándolo al hecho de caminar sobre una superficie extraordinariamente escurridiza. Al principio, el suelo parecía firme, luego todo se tornó resbaladizo y empezó a perder pie. No había nada a lo que agarrarse y se sintió caer cada vez más en el olvido. Estaba muriendo.

De repente, se encontró de pie en medio de la plaza de un pueblo medieval. Estaba rodeado de fachadas de catedrales góticas y, como si se tratara de un cuadro de El Bosco, vio cómo las gárgolas, los animales de los aleros, las figuras humanas, las criaturas semihumanas, los diablos y los espíritus, salían de sus hornacinas y se dirigían hacia él.

A medida que se le acercaban experimentó miedo, dolor, agonía, terror y pánico. Sintió una presión entre las sienes y tuvo la absoluta certeza de que estaba muriendo. Cuando la presión en la cabeza se le hizo insoportable murió y se vio súbitamente arrojado a otro inundo.

Entonces penetró en un mundo completamente diferente. El temor y el pánico habían desaparecido. Se sentía angustiado pero no estaba solo porque, de algún modo, era como si estuviera compartiendo la muerte de toda la humanidad. Comenzó entonces a experimentar la pasión de Cristo. Él era Jesús y, de alguna manera, también era el conjunto de la humanidad participando en una dolorosa procesión hacia el Gólgota. Su experiencia había dejado de ser confusa y sus visiones eran ahora completamente nítidas.

Se sentía abrumadoramente desconsolado. Entonces comenzó a ser consciente de que en el ojo de Dios se estaba formando una lágrima. No podía ver el ojo de Dios pero sí la lágrima cayendo sobre el mundo, ya que Dios mismo participa de la muerte y del sufrimiento de todas las criaturas que han vivido. La procesión avanzaba hacia el Gólgota, donde iban a crucificarle junto a Cristo y al resto de la humanidad. Él era Cristo y todas las personas al mismo tiempo. Luego le crucificaron y murió.

Inmediatamente después de morir escuchó la música más celestial que había oído en toda su vida. Era el mismísimo canto de los ángeles que resucitaba a todos los muertos. Después de haber sido crucificado, escuchó el silbido de un viento que procedía de la Cruz y se extendía por todo el más allá. Era como volver a nacer. Todos los que le rodeaban se pusieron en pie y las muchedumbres se agolparon en procesión en enormes catedrales, rodeados de cirios, luz, oro e incienso. En ese momento no tenía la menor sensación de ser alguien separado. Estaba en todas las procesiones y todas las procesiones estaban en él. Era cada hombre y cada mujer.

Junto a todos los que le rodeaban comenzó a elevarse hacia la luz atravesando majestuosas columnas de mármol blanco. La multitud dejó atrás los azules, los grises, los rojos, los púrpuras, el oro de las catedrales y la variedad multicolor de las vestiduras de la gente y todo se tornó blancura, moviéndose entre columnas marmóreas. La música volvió a elevarse, todos comenzaron a cantar y entonces tuvo una visión. Esa visión era tan especial, tan distinta a todo lo que le había ocurrido hasta ese momento, que no tenía la menor duda de que se trataba de un don. El vestido de Cristo resucitado le rozó aunque, a decir verdad, no era exacto que le tocara sino que lo tocaba todo y, al tocarlo todo, también le tocaba a él.

Entonces sucedieron varias cosas al mismo tiempo. Se convirtió en algo muy pequeño, más pequeño que una célula, más pequeño que un átomo. Todo el mundo se sentía humilde e inclinaba la cabeza. Se sentía completamente en paz y henchido de alegría y amor. Se sintió inundado de un amor total por Dios. Mientras todo esto ocurría, el contacto con la túnica era como tocar un cable de alta tensión. Luego hubo un estallido seguido por una luz absoluta. De pronto se hizo el silencio. La música calló. Todo sonido cesó. Era como estar en el centro de la misma fuente de toda energía. Era como estar en Dios, no en presencia de Dios sino en Dios, participando de su Divinidad.

Esta escena no duró mucho tiempo, aunque era consciente de que el tiempo había perdido todo significado. Luego comenzó el descenso. El mundo al que retornaba era un mundo de gran belleza, en nada parecido a todo lo que antes había conocido. Coros majestuosos cantaban y, durante el Sanctus, el Gloria y el Hosanna, podía escuchar la voz de un oráculo diciendo: «No desees nada, no desees nada» y «No busques nada, no busques nada».

Durante este período también tuvo muchas otras visiones. En unas de ellas podía mirar a través de la tierra y ver los mismos cimientos del universo. Bajó entonces a las profundidades y descubrió que Dios también es adorado allí al igual que en las alturas. En la profundidad del universo hay muchas prisiones y, a medida que la luz llegaba a ellas, las cárceles iban abriéndose y los prisioneros salían alabando a Dios.

También tuvo la visión de una figura caminando por un anchuroso y hermoso río en un profundo y amplio valle. Los lirios crecían junto a la ribera mientras el río discurría plácidamente. El valle estaba rodeado de montañas muy elevadas y los arroyos serpenteaban en dirección al río. Allí escuchó una voz que decía: «El río de la vida fluye hacia la boca de Dios». Anhelaba estar en el río pero no podía distinguir si se hallaba en el río o si era el mismo río. El río se encaminaba hacia la boca de Dios y las personas y los animales -la totalidad de la creación- se acercaban a él y se fundían con la corriente principal del río de la vida.

Cuando la sesión llegó a su fin y volvió nuevamente a tomar conciencia de que se hallaba en la consulta, seguía sintiéndose lleno de respeto, humildad, paz, beatitud y alegría. Tenía el claro convencimiento de haber estado con Dios en el centro de energía del universo. Todavía tenía la fuerte sensación de que toda vida es una, de que el río de la vida fluye hacia Dios y de que no hay diferencia alguna entre los seres humanos, ya que amigos, enemigos, blancos, negros, hombres y mujeres, son todos uno.'

Éste es el relato de un sacerdote describiendo una sesión experimental profunda en la que atravesó la cuarta matriz perinatal. La imaginería y el simbolismo desplegados en ella son decididamente cristianos pero, cuando las personas reviven la MPB IV, estos mismos temas aparecen reiteradamente sin importar la tradición y el sustrato étnico del que procedan. Esta matriz perinatal parece estar relacionada con el tema de la muerte y el renacimiento, como también la confrontación con demonios airados y con seres celestiales, la identificación con el sufrimiento de toda la humanidad y las revelaciones sobre la naturaleza del universo. Como ocurre con el resto de las matrices perinatales, la MPB IV constituye una combinación de recuerdos de acontecimientos biológicos fundamentales -ligados al proceso del nacimiento- y elementos espirituales y mitológicos.
Realidades biológicas

El fundamento biológico de la MPB IV tiene que ver con la última etapa de la lucha por atravesar el canal del nacimiento, el nacimiento propiamente dicho y la situación inmediatamente posterior al parto. En el último paso asoman la cabeza y los hombros del bebé (excepto cuando viene de nalgas, en cuyo caso la primera parte en salir son los pies), momento en el que tiene lugar el nacimiento. Todo lo que ahora resta de la unión original con la madre es el cordón umbilical; finalmente éste también termina cortándose y, con ello, acaba todo vínculo biológico con el organismo materno y concluye el estado de fusión anterior.

La primera bocanada de aire abre y pone en funcionamiento nuestras vías respiratorias y nuestros pulmones. La sangre, que hasta ese momento había sido oxigenada, nutrida y depurada de residuos tóxicos a través del organismo de la madre, se dirige ahora hacia los pulmones, el sistema gastrointestinal y los riñones. En ese momento el bebé inicia su existencia como individuo anatómicamente independiente.

Una vez restablecido el equilibrio fisiológico, la nueva situación constituye una mejora significativa con respecto a los dos estadios anteriores, MPB II y MPB III. Ciertas cosas, sin embargo, parecen haber empeorado con respecto al momento en que se inició todo el proceso (MPB I) ya que, mientras permanecemos completamente fundidos con el cuerpo de nuestra madre, todas las necesidades biológicas son automáticamente satisfechas de inmediato, cosa que ya no seguirá ocurriendo a partir de ahora. Durante el período prenatal, el útero proporciona un entorno muy seguro pero, después de nacer, la figura protectora de la madre ya no se hallará siempre presente. A partir de este momento ya no estaremos continuamente protegidos de las temperaturas extremas, de los ruidos perturbadores, de los cambios bruscos de intensidad de la luz y de las sensaciones táctiles desagradables. Nuestro bienestar depende, a partir de ahora, de la cualidad materna, pero ni siquiera la mejor madre puede reproducir las condiciones de un buen útero.
La muerte, el renacimiento y el ego

Como ocurre con el resto de las matrices perinatales, quienes reviven la MPB IV suelen proporcionar detalles muy minuciosos y exactos del proceso de su nacimiento biológico. En multitud de ocasiones hemos tenido la oportunidad de constatar que, sin el menor conocimiento previo de las circunstancias que rodearon el parto, hay personas que pueden llegar a descubrir que nacieron con fórceps, de nalgas, que el cordón umbilical se enrolló en su cuello o reconocer, incluso, el tipo de anestesia utilizada. Tampoco es infrecuente que el sujeto reviva detalladamente los acontecimientos concretos que ocurrieron después del momento de su nacimiento.

La dimensión simbólica y espiritual de la MPB IV tiene un sabor inconfundible. Desde un punto de vista psicológico, la experiencia de revivir el nacimiento constituye un proceso de muerte-y-renacimiento. El sufrimiento y la agonía propios de la MPB II y la MPB III culminan ahora con la «muerte del ego», una experiencia de aniquilación de todos los niveles: físico emocional, intelectual y espiritual.

Según la psicología freudiana, el ego nos capacita para percibir correctamente la realidad externa y funcionar adecuadamente en la vida cotidiana. Quienes sostienen, pues, este punto de vista, consideran que la muerte del ego es una experiencia aterradora y tremendamente negativa que implica la pérdida de la capacidad de funcionar en el mundo. No obstante, lo que realmente muere en este proceso es la parte de nosotros que nos mantiene separados de los demás y que sustenta una visión fundamentalmente paranoica de nosotros mismos y del mundo que nos rodea -una visión que es el resultado de las percepciones internas de nuestra vida que hemos aprendido durante la lucha en el canal del nacimiento y a través de todas las experiencias dolorosas acaecidas después del momento del nacimiento- a la que Alan Watts denominaba «el ego encapsulado en la piel».

Desde este punto de vista el mundo parece hostil y cerrado, expulsándonos de la única vida que hemos conocido y ocasionando gran dolor emocional y físico. Esta experiencia fragua en nosotros un «falso ego» que percibe el mundo como algo peligroso y ayuda a consolidar esta misma actitud en situaciones futuras aun cuando las circunstancias hayan cambiado ya de manera radical. El ego que muere en la cuarta matriz perinatal es una fuerza compulsiva que nos impele a ser siempre fuertes, a tratar de controlar la situación y a mantenernos continuamente en guardia ante cualquier posible peligro, aun los más imprevisibles y los puramente imaginarios. Esta actitud nos hace sentir que las circunstancias nunca son perfectas, que nada es suficiente y nos obliga a embarcarnos de continuo en proyectos grandiosos para probarnos a nosotros mismos y a los demás. Sin embargo, la eliminación del falso ego nos ayuda a construir una imagen más realista del mundo y a desarrollar estrategias más apropiadas y satisfactorias.

La experiencia -habitualmente dramática y catastrófica- de la muerte del ego jalona la transición entre la MPB III y la MPB IV. En tal caso, podemos vernos bombardeados por imágenes procedentes del pasado y del presente y quedar plenamente convencidos de que nunca hemos hecho nada bien, de que hemos fracasado por completo, de que somos despreciables y de que no podemos hacer ni pensar nada para cambiar nuestra desesperada situación. En esa situación perdemos todos los puntos de referencia significativos que habían sustentado nuestra vida -logros, personas queridas, sistemas de apoyo, esperanzas y aspiraciones- y todo parece desplomarse a nuestro alrededor. El camino que conduce desde la desesperación y la impotencia hasta la libertad pasa por lo único que aterra a nuestro ego, la entrega, ya que el requisito para conectar con lo transpersonal consiste en la rendición total de la persona. Quienes se dedican a la rehabilitación de toxicómanos y de alcohólicos saben perfectamente que la renuncia a lo personal es la condición imprescindible para llegar a descubrir la existencia de un Poder Superior.

Una vez que el sujeto experimenta la muerte del ego también puede tener la visión de una deslumbrante luz blanca o dorada de un brillo y una belleza sobrenaturales. También puede tenerla sensación de que el espacio que le rodea se expande y se ve inundado por una profunda sensación de liberación, redención, salvación y perdón. El sujeto se siente entonces libre de toda la culpa, agresividad, ansiedad y restantes emociones dolorosas que han pesado sobre toda su vida. Entonces podemos sentir un amor inmenso por nuestros semejantes, un profundo aprecio por el calor del contacto humano, una solidaridad con todos los seres vivos, y la unidad con la naturaleza y el universo. Cuando descubrimos el poder de la humildad tiende a desvanecerse la arrogancia y la defensa y quizás nos sintamos impulsados a entregarnos al servicio de los demás. Entonces, la ambición, el deseo de posesiones materiales, de salud y de poder se nos aparecen súbitamente como vanidades infantiles, absurdas e inútiles.
La mitología de la muerte y el renacimiento

Cuando la terapia regresiva, la meditación intensiva o una crisis psicoespiritual lleva a un adulto a enfrentarse con la MPB IV no suele limitarse a revivir los aspectos biológicos y emocionales del nacimiento. El tema de la muerte-y-renacimiento reestimula muchas experiencias que comparten emociones y sensaciones similares. La MPB IV está relacionada con ciertas experiencias biográficas y es por ello que, quien la revive, suele asistir a una combinación de recuerdos de su propio nacimiento con imágenes que simbolizan el nacimiento, escenas de la historia humana, identificación con distintos animales y secuencias mitológicas entremezclados, a su vez, con recuerdos de acontecimientos posteriores de su vida.

El simbolismo espiritual y mitológico asociado a la MPB IV es exuberantemente variado y, al igual que ocurre con las demás matrices perinatales, su mitología puede proceder de cualquier tradición cultural. La muerte del ego se puede experimentar como una ofrenda a la terrible diosa hindú Kali o a Huitzilopochtli, el dios azteca del Sol. El sujeto también puede identificarse con un bebé arrojado por su madre, junto a otros niños, a las devoradoras llamas de la bíblica Moloch en una ceremonia de inmolación ritual. Ya hemos mencionado también a la legendaria y mitológica ave Fénix, un antiguo símbolo del renacimiento cuya visión o identificación no es infrecuente en estados no ordinarios de conciencia. También es posible que el sujeto experimente el renacimiento espiritual como una unión con determinadas deidades como, por ejemplo, la diosa azteca Quetzalcoatl, las egipcias Osiris o Atis y las griegas Adonis y Dionisos. Como ilustra el relato que abre este capítulo, una de las experiencias más frecuentes vinculadas con la MPB IV es la identificación con la muerte y la resurrección de Jesucristo. La felicidad que acompaña a esta inesperada apertura espiritual rebosante de comprensiones espirituales podría ser calificada como un verdadero éxtasis prometeico.
Celebrando el misterio del viaje

Una persona que ha superado la difícil prueba de atravesar la segunda y tercera matriz perinatal y esté disfrutando de la experiencia de renacimiento asociada con la cuarta matriz perinatal, suele tener una sensación de victoria que se encarna en determinados héroes mitológicos, como san Jorge matando al dragón, Teseo derrotando al Minotauro o el pequeño Hércules acabando con la peligrosa serpiente que le atacó en el momento de su nacimiento. Muchas personas describen una luz deslumbrante y sobrenatural que parece irradiar inteligencia divina o experimentan a Dios como energía espiritual pura que todo lo impregna. Otros hablan de la visión de una bruma celestial azulada y traslúcida, un hermoso arcoiris o el espectacular despliegue de complejos dibujos similares a los que engalanan la cola del pavo real. También pueden presentarse imágenes de epifanías divinas de ángeles y seres celestiales. Igualmente común, en este estadio, es la aparición de la amorosa y protectora imagen de la Gran Madre de diferentes culturas, como la Virgen María, Isis, Cibeles o Lakshmi, por ejemplo.

En ciertas ocasiones, el renacimiento espiritual puede estar asociado a un tipo de experiencia muy especial, la unión At-man-Brahman descrita en los antiguos textos hindúes. En tal caso, la persona se siente unida al núcleo espiritual más profundo de su ser. Así, la ilusión del self individual (jiva) se desvanece y la persona experimenta la gozosa reunificación con su Self Divino (Atinan), que es también el Self Universal (Brah-nian), la fuente cósmica de toda la existencia. Esta experiencia supone el contacto directo e inmediato con el Más Allá Interno, con Dios o con lo que las Upanishads describen como Tat tvam as¡ («Tú Eres Eso»). La comprensión de la identidad fundamental de la conciencia del individuo con el principio creativo del universo constituye una de las experiencias más profundas que puede tener un ser humano. En este sentido, el renacimiento espiritual que se experimenta en la MPB IV puede reabrir la puerta para volver al éxtasis oceánico de la MPB I y, de ese modo, volver a experimentar la unidad cósmica.

La unión simbiótica con la madre que suele acompañar a la experiencia del renacimiento («buen pecho») es tan parecida a la apacible existencia intrauterina («buen útero») que, en ocasiones, ambas experiencias se alternan o incluso llegan a coexistir. La experiencia de la MPB IV puede ir acompañada de la sensación de fusión con toda la existencia presentando, entonces, rasgos similares a los que ya hemos mencionado cuando hablábamos de la MPB I. En este estado, la realidad que nos rodea adquiere una cualidad numinosa. En la medida en que nos sentimos unidos con todo lo que es, percibimos la extraordinaria relevancia, sencillez y belleza de la vida natural. En este caso, la sabiduría de Jean Jacques Rousseau, Ralph Waldo Emerson y Henry David Thoreau o de los maestros del taoísmo y del budismo zen, por ejemplo, parece incuestionablemente evidente.

En determinadas circunstancias ideales, el proceso de muerte del ego y posterior renacimiento puede provocar importantes y duraderas consecuencias ya que nos libera de la actitud defensiva y paranoide hacia el mundo, una actitud que se deriva de ciertos aspectos de nuestro nacimiento y de determinadas experiencias dolorosas posteriores. La muerte del ego nos despoja de los filtros y las lentes que habitualmente distorsionan nuestra percepción del mundo y de nosotros mismos. La experiencia del renacimiento, por su parte, puede abrir plenamente todas nuestras vías sensoriales. En tal caso, las imágenes, los sonidos, los olores, los sabores y las sensaciones táctiles son inusitadamente más intensas, vívidas y gozosas que antes, pudiendo, incluso, llegar a sentir que vemos el mundo por vez primera. Todo lo que nos rodea, incluidas las escenas más familiares y habituales, parece inusualmente excitante y estimulante. Quienes atraviesan esta experiencia suelen afirmar que han descubierto una forma completamente nueva de apreciar y disfrutar de sus seres queridos, del sonido de la música, de la belleza de la naturaleza y de los inagotables placeres que nos proporciona el mundo sensorial.

En tal caso, nuestra vida se ve polarizada por fuerzas altamente inspiradoras como la búsqueda de la justicia, la valoración de la armonía y de la belleza, el impulso creativo, la tolerancia y el respeto hacia los demás y el sentimiento del amor. Y, lo que es todavía más importante, comprendemos directamente que ésta es la expresión natural y lógica de nuestra verdadera naturaleza y del orden del universo. Sería totalmente inadecuado tratar de someter este tipo de experiencias al habitual reduccionismo freudiano que las considera como un simple mecanismo psicológico de defensa, como, por ejemplo, la «formación reactiva» (aparentar que se ama cuando, en realidad, estamos sintiendo agresividad u odio) o la «sublimación» de impulsos sexuales primitivos (consagrar nuestro tiempo a ayudar a los demás como una forma de aliviar nuestros impulsos sexuales). Es interesante constatar el extraordinario paralelismo existente entre esta nueva visión y los «metavalores» y «metamotivaciones» que Abraham Maslow observaba regularmente en quienes atraviesan experiencias místicas espontáneas o «experiencias cumbre». En los días o semanas posteriores a la experiencia espiritual, este tipo de efectos secundarios positivos son muy intensos y tienden a ir debilitándose con el paso del tiempo aunque, a un nivel más sutil, pueden llegar a transformar completamente a la persona.

Quienes han atravesado el proceso de muerte-y-renacimiento experimentan una sensación de relajación, activación, serenidad y profunda paz interna. Sin embargo, en ocasiones el proceso no llega a completarse y aboca a un estado de excitación provisional similar a la manía. En tal caso, el individuo puede sentirse excitado, hiperactivo y eufórico hasta llegar a extremos muy dolorosos. Después de haber experimentado la MPB IV y las comprensiones cósmicas que suelen acompañarla de una manera incompleta, hay quienes salen corriendo a proclamar a voz en grito sus revelaciones, intentando compartirlas indiscriminadamente con quienes les rodean. No es infrecuente, en este caso, verlos dedicándose a hacer prosélitos, exigiendo un trato especial, tratando de organizar grandes celebraciones y haciendo planes megalomaníacos para cambiar el mundo.

Esto es lo que suele suceder en las llamadas crisis psicoespirituales espontáneas cuando el sujeto no dispone de la comprensión, el apoyo y la orientación adecuada. Así pues, cuando el descubrimiento de la propia divinidad permanece ligado al ego corporal, la comprensión mística puede asumir la forma de un delirio psicótico de grandeza. Esta conducta, no obstante, demuestra que la persona no ha llegado a conectar plenamente con la MPB IV y que debe seguir trabajando hasta integrar algunos elementos problemáticos de la MPB III. Cuando los aspectos residuales negativos de la MPB III se resuelven por completo, el renacimiento se experimenta en su forma más pura como un arrebato silencioso, sereno y tranquilo. Este estado es satisfactorio y completo en sí mismo y no requiere de ninguna acción inmediata en el mundo.
Donde el presente se une con el pasado

Ciertos acontecimientos biográficos, como el éxito, la superación de grandes dificultades y el fortuito escape de situaciones peligrosas están vinculados a la MPB IV. En reiteradas ocasiones hemos visto que el hecho de revivir el proceso del nacimiento suele despertar el recuerdo del final de una guerra o de una revolución, la supervivencia a un accidente o la superación de una prueba difícil. En otro orden de cosas, la MPB IV también puede estar asociada a la ruptura de un matrimonio conflictivo y al comienzo de una nueva relación amorosa. Hay ocasiones, por último, en que los éxitos alcanzados desfilan uno tras otro ante nuestros ojos en una especie de revisión condensada de la vida.

El nacimiento sin complicaciones parece ser una condición extraordinariamente importante para poder afrontar con éxito las situaciones difíciles de la vida. Las complicaciones, por su parte -como un parto prolongado y extenuante, el uso de fórceps, la anestesia, el parto inducido, el parto prematuro y la cesárea, por ejemplo-, parecen correlacionar positivamente con las dificultades para resolver todo tipo de conflictos.

En cuanto a su relación con las zonas erógenas freudianas, la MPB IV está asociada al placer y la satisfacción que siguen a la liberación de las tensiones desagradables. Así, a nivel oral, el aspecto físico de este estado es similar al hecho de saciar la sed y el hambre o a la liberación que sentimos cuando vomitamos y, de ese modo, ponemos fin a un intenso malestar gástrico. A nivel anal y uretral, por su parte, está vinculada a la satisfacción que acompaña a la defecación y la micción después de una dolorosa retención y, a nivel genital, corresponde al placer y la relajación que siguen a un buen orgasmo sexual. En lo que a la mujer parturienta se refiere, este estado está ligado a la liberación orgiástica que se experimenta inmediatamente después del parto.
Otros mundos, otras realidades

La región del inconsciente que solemos asociar a estas cuatro matrices perinatales representa una interfase entre nuestro psiquismo individual y lo que Jung denominaba inconsciente colectivo. Como ya hemos visto, las matrices perinatales suelen contener recuerdos de diferentes aspectos del nacimiento biológico entremezclados con ciertas secuencias de la historia, la mitología humana o la identificación con diversos animales. Estos elementos pertenecen al reino de lo transpersonal, un reino que se halla más allá de los dominios de lo biográfico y de lo perinatal y que constituye, en la actualidad, la región más controvertida de la moderna investigación sobre la conciencia.

Las experiencias transpersonales desafían la creencia de que la conciencia humana se halle circunscrita al dominio de nuestros sentidos y esté determinada por el medio en el que penetramos en el momento del nacimiento. La psicología tradicional sostiene que nuestra experiencia y actividad mental es la consecuencia directa de la capacidad del cerebro para clasificar, atribuir significado y almacenar la información recogida por nuestros sentidos. No obstante, los investigadores transpersonales, por su parte, proporcionan evidencia consistente de que, bajo ciertas circunstancias, tenemos la posibilidad de acceder a fuentes casi ilimitadas de información sobre el universo que no se hallan necesariamente circunscritas al entorno físico que nos rodea. En el próximo capítulo nos dedicaremos a explorar este fascinante territorio.
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