Con la colaboración de Hal Zina Bennett




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PARTE III:

EL PARADIGMA TRANSPERSONAL

Lo más hermoso que podemos experimentar es el misterio. En él reside la fuente de todo arte y de toda ciencia verdadera.

ALBERT EINSTEIN

6. UNA VISIÓN GLOBAL DEL PARADIGMA TRANSPERSONAL

La conciencia no puede ser confinada a ningún concepto egocéntrico del self Del mismo modo que la física newtoniana es apropiada para construir puentes, la identidad existencial es apropiada para resolver los problemas que supone vivir en el mundo. Sin embargo, la identificación exclusiva con el selfexistencial como entidad independiente no tiene ningún sentido en aquellos estados de conciencia que trascienden las limitaciones espaciotemporales ordinarias y tampoco sirve para operar en una realidad que sólo puede ser descrita adecuadamente utilizando el lenguaje de la física subatómica.

FRANCES VAUGHAN, El arco interno

Si queremos comprender el reino de lo transpersonal debemos concebir la conciencia de una manera completamente nueva. Sólo entonces podremos atisbar más allá de la creencia de que la conciencia es un producto del cerebro humano, que se halla confinada en el interior de la estructura ósea de nuestro cráneo y que, en consecuencia, es el fruto de nuestra vida individual. En la medida en que aceptemos la noción de lo transpersonal podremos empezar a considerar que la conciencia también existe fuera, que es independiente de nosotros y que no se halla intrínsecamente ligada a la materia. Contrariamente a lo que parece mostrarnos la experiencia cotidiana, la conciencia es independiente de nuestros sentidos físicos, aunque se halle, no obstante, mediatizada por ellos en nuestra percepción cotidiana de la vida.

La conciencia transpersonal es infinita y trasciende los límites del tiempo y del espacio. Intentar aprehender las dimensiones del reino transpersonal resulta tan insondable para nuestra mente cotidiana como intentar abarcar la magnitud y la profundidad del cielo estrellado de una noche despejada. Bajo la bóveda cósmica del firmamento estrellado podemos comenzar a reconocer que los límites de ese vasto e ilimitado universo que percibimos ahí afuera no son más que los límites de nuestra propia mente. Y lo mismo que acabamos de decir sobre el espacio exterior de los astrónomos es también aplicable al espacio interno del psiquismo humano. No es fácil renunciar a la creencia profundamente arraigada de que el universo es finito y de que la conciencia de cada uno de nosotros está separada de la de los demás y permanece circunscrita dentro de los límites de su propio cerebro. Tampoco es fácil reconocer que la mente y la conciencia no son un patrimonio exclusivo de la especie humana y que impregnan la totalidad de la naturaleza desde las formas más elementales hasta las más complejas. Por más que lo intentemos somos incapaces de liberarnos de los prejuicios impuestos por la cultura y por lo que suponemos que es el sentido común. No obstante, para sostener estas ilusiones debemos seguir ignorando el amplio cuerpo de observaciones y datos que nos proporciona la moderna investigación sobre la conciencia y otras disciplinas científicas que parecen confirmar la evidencia de que el universo y el psiquismo humano carecen de límites. Cada uno de nosotros está conectado y, al mismo tiempo, es una expresión de la totalidad de la existencia.

La aceptación de la naturaleza transpersonal de la conciencia desafía nociones fundamentales de nuestra sociedad que tienen profundas consecuencias a nivel personal. Para aceptar esta nueva perspectiva sobre la conciencia debemos reconocer que nuestra vida no está determinada exclusivamente por los estímulos ambientales inmediatos que hemos recibido desde el momento del nacimiento sino que también se halla modelada por influencias ancestrales, culturales, espirituales y cósmicas que trascienden, con mucho, el horizonte que nos ofrecen los sentidos físicos.
Los precedentes históricos

No hace más de veinte años que la conciencia transpersonal se ha convertido en objeto de la investigación científica rigurosa. Antes de esa fecha las experiencias transpersonales sólo tenían sentido dentro del marco de lo espiritual, lo místico, lo religioso, lo mágico y lo paranormal, un dominio, por tanto, privativo de los sacerdotes y los místicos y carente de todo interés para los científicos. Sin embargo, a pesar de los prejuicios de la ciencia moderna para acometer el estudio de lo transpersonal, ha habido muchos pioneros que han dedicado su vida al estudio de la conciencia humana, uno de cuyos ejemplos más evidentes nos lo proporciona el conocido psiquiatra suizo C.G. Jung.

Al final de su vida, Jung dijo que su obra más madura había surgido de las experiencias transpersonales de las que habla en Septem Sermones ad Mortuos (Siete sermones a los muertos), un libro publicado en una edición limitada en 1916. En este libro, Jung describe la forma en que logró cruzar las fronteras de la conciencia cotidiana, penetrar en un dominio previamente inimaginable y establecer contacto con una entidad a la que llamó «Basilides». Cuando Jung le preguntó por su origen, Basilides respondió que había vivido en la ciudad de Alejandría muchos siglos atrás. Fue Basilides quien habló a Jung del «pleroma», un concepto transpersonal que le permitió perfilar la noción de «inconsciente colectivo».

El pleroma es, al mismo tiempo, el origen y el fin de todos los seres creados. El pleroma impregna todas las criaturas del mismo modo que la luz del sol impregna el aire [...]. Nosotros somos el pleroma mismo porque formamos parte de lo eterno y de lo infinito... Hasta en el más pequeño punto está el eterno, inagotable y completo pleroma, dado que lo pequeño y lo grande son cualidades que se hallan contenidas en él. El pleroma es esa nada que se halla por doquier completa e ininterrumpidamente.'

Aunque Jung aprendió mucho de su relación con su guía interno Basilides fue, sin embargo, el contacto que sostuvo con una segunda entidad -a la que encontró en un nivel transpersonal- la que influyó más poderosamente en su obra. Esta segunda figura, un «espíritu» al que denominó «Filemon», alentó y orientó su trabajo durante el resto de su vida. De hecho, al final de su vida Jung atribuyó gran parte de su actividad creativa a su relación con Filemon.

La obra de Abraham Maslow sobre las experiencias cumbre constituye otro precedente importante en el campo de los niveles transpersonales de experiencia. Maslow insistió reiteradamente en la necesidad de «despatologizar» el psiquismo, es decir, de no seguir considerando el «núcleo interno» de nuestro ser como el origen de la oscuridad metafísica y de la enfermedad sino como la fuente de salud y el manantial de la creatividad humana. En opinión de Maslow, la civilización occidental ha ensombrecido la importancia de este núcleo interno considerándolo como una superstición en lugar de una realidad, con lo cual ha terminado convirtiéndolo en el origen de todos los impulsos dañinos, oscuros, neuróticos o psicóticos, es decir, en algo que debe ser eliminado o reprimido.

Pero el trabajo de Maslow con personas «autorrealizadas» evidenció que si queremos actualizar plenamente el potencial del ser humano no debemos seguir reprimiendo los impulsos que proceden de ese núcleo interno sino que, por el contrario, debemos aprender a prestarles atención. Su investigación demuestra que las «voces e impulsos» procedentes de ese núcleo interno (como el Filemon de Jung, por ejemplo) son «frágiles, sutiles y delicadas y pueden ser fácilmente sofocadas por el aprendizaje, las expectativas culturales y el miedo a la desaprobación». Según Maslow, «podemos definir parcialmente a nuestra verdadera personalidad como la capacidad de escuchar esos impulsos-voces que se originan en nuestro interior...». Y prosigue: «No podremos alcanzar la salud psicológica a menos que aceptemos, valoremos y respetemos ese núcleo fundamental de nuestra personalidad».2

Hace ya unos cien años que William James, uno de los padres de la moderna investigación científica, reflexionó sobre la forma en la que establecemos fronteras arbitrarias que terminan limitando nuestro psiquismo. El trabajo de James, como el de Jung y Maslow, constituye una invitación a explorar las múltiples posibilidades que se abren en este sentido:

La mayor parte de las personas viven [...] en un círculo muy restringido de su ser potencial. Sólo utilizan una pequeña parte de los recursos totales de su conciencia y de su alma. Es como un hombre que hubiera permanecido separado de su organismo corporal global y se hubiera acostumbrado a utilizar y mover tan sólo su dedo meñique.'
La exploración y la cartografía del inundo transpersonal

En nuestro estado de conciencia cotidiano -el estado que consideramos normal- experimentamos nuestra vida dentro del estrecho horizonte que nos proporcionan los cinco sentidos. En ese estado de conciencia definimos a la realidad mediante las imágenes, sonidos, texturas, sabores y olores del mundo que nos rodea. Nuestra percepción del mundo se halla circunscrita al tiempo y al lugar que ocupamos en un determinado momento. Obviamente, también podemos recordar el pasado e imaginar lo que nos ocurrirá en el futuro. En este sentido, bien podríamos decir que somos conscientes de cosas que suceden fuera del ámbito de nuestros sentidos. Sin embargo, no sentimos que estemos experimentando directamente el pasado, el futuro o acontecimientos remotos, sino que tenemos la experiencia de que esos otros tiempos y esos otros lugares sólo existen en nuestra imaginación. Así pues, creamos el pasado y el futuro del mismo modo que un novelista da forma a los personajes y los paisajes que aparecen en su libro.

No obstante, cuando accedemos al dominio de las experiencias transpersonales desaparecen todas las limitaciones que damos totalmente por sentadas en la vida cotidiana. En ese momento, los hechos históricos, los acontecimientos que pertenecen al futuro y determinados elementos del mundo que normalmente consideramos más allá del alcance de nuestra conciencia, parecen absolutamente reales y verdaderos. Entonces ya no podemos seguir creyendo que este tipo de experiencias sea el mero producto de nuestra imaginación. El mundo de lo transpersonal es totalmente independiente de nosotros. En sus primeros encuentros con su guía espiritual Jung afirmó que era Filemon -y no él mismo- quien hablaba. Jung creía que los pensamientos se originaban en él, mientras que, según Filemon, «los pensamientos eran como los animales que corretean por el bosque, como las personas que entran y salen de una habitación, como los pájaros que vuelan por el aire». Jung llegó a la conclusión de que Filemon le había enseñado «la objetividad psíquica, la realidad del psiquismo», lo cual le ayudó a comprender que «existe algo en mí que puede decir cosas que yo mismo ignoro y van más allá de mis intenciones».

En los dominios de lo transpersonal experimentamos una expansión o ampliación de la conciencia que trasciende, con mucho, las fronteras habituales de nuestro cuerpo y de nuestro ego y va mucho más allá de los límites físicos de nuestra vida cotidiana. Cuanto más exploramos estos dominios más convencidos nos hallamos de que las experiencias de la conciencia transpersonal engloban todo el espectro de la existencia.

Pero si queremos penetrar en el nuevo territorio de lo transpersonal debemos mostramos muy prudentes y cautelosos. Hay que tener en cuenta que somos pioneros en un dominio desconocido cuya exploración nos obliga a transformarnos a medida en que avanzamos. Quienes se aventuran en este territorio ignoto tienen el deber de cartografiarlo para allanar el camino de quienes les seguirán en esa empresa. Por supuesto que cartografiar la conciencia humana es algo muy distinto a cartografiar una región geográfica, pero hay ciertas líneas directrices y ciertos hitos que pueden servir para que los demás reconozcan dónde están y con qué pueden encontrarse.

Me parece útil cartografiar el dominio de lo transpersonal hablando de tres regiones experienciales diferentes: 1) la expansión y extensión de la conciencia dentro de las nociones cotidianas del tiempo y del espacio; 2) la expansión y extensión de la conciencia más allá de las nociones cotidianas del tiempo y del espacio, y 3) las experiencias «psicoides».

Esta enumeración incluye todos los tipos de experiencia transpersonal que he observado en mi propia investigación y que han sido descritos reiteradamente por diversas y respetadas autoridades en este campo. Hay que decir, por último, que, aunque tratemos de manera separada los distintos tipos de fenómenos transpersonales, en la práctica, no obstante, esta separación no es tan tajante y suelen presentarse entremezclados con experiencias perinatales o biográficas. Así, por ejemplo, las experiencias kármicas y las figuras de las diversas deidades arquetípicas suelen aparecer por vez primera asociadas con las matrices perinatales básicas. Del mismo modo, las experiencias embrionarias pueden aparecer combinadas con recuerdos filogenéticos, con experiencias de unidad cósmica y con visiones de deidades y demonios.

En los próximos capítulos exploraremos más detalladamente las tres categorías que acabamos de presentar. Comenzaremos con la expansión de la conciencia dentro de las nociones cotidianas del tiempo y del espacio, luego iremos más allá del espacio y del tiempo y terminaremos describiendo las experiencias psicoides que encontramos en los mismos confines de la conciencia transpersonal.

7. MAS ALLÁ DE LAS FRONTERAS DEL ESPACIO

En ocasiones, el psiquismo opera más allá de la ley espacio-temporal de la causalidad, lo cual demuestra que nuestra concepción del espacio, del tiempo y, por consiguiente, de la causalidad, es insuficiente. Cualquier imagen completa del mundo requiere, por lo menos, de una nueva dimensión...

C.G. JUNG, Recuerdos, sueños y pensamientos
Solemos creer que el mundo en que vivimos está compuesto de cuerpos físicos individuales -animados e inanimados- cuyos límites están clara y netamente definidos. Nuestros sentidos -la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto- parecen confirmar que, por lo menos a nivel físico, nos hallamos separados de todo lo que podernos observar. Por otra parte, esta diferencia entre nosotros y los demás o entre nosotros y el resto del universo parece ratificar nuestra soberanía, autonomía y singularidad. No obstante, los datos que nos proporciona la investigación sobre la conciencia realizada en los últimos años parecen señalar, por el contrario, que las fronteras físicas son más ilusorias que reales. Deberíamos, pues, comenzar a poner en tela de juicio la realidad de las fronteras que percibimos entre nosotros y el universo y empezar a considerar que quizás se trate de una construcción de nuestra mente en nada diferente a la ilusión del refrescante y burbujeante oasis que aparece ante la atónita mirada del sediento viajero que atraviesa el desierto.

La moderna investigación sobre la conciencia humana nos permite descubrir que la ciencia ha descrito un círculo completo y vuelve a presentarnos una visión de la vida muy similar a la que nos ofrecen los ancianos sabios de las antiguas culturas orientales. Según Sri Aurobindo:

Debemos considerar todo lo que ocurre como el despliegue del movimiento de nuestro verdadero Yo, un Yo que no sólo habita en nuestro cuerpo sino que mora en todos los cuerpos. En nuestra relación con el mundo debemos ser conscientes de lo que realmente somos, es decir, un Yo que se convierte en todo lo que observa. Debemos considerar cualquier movimiento, energía, forma y evento como el de nuestro Yo real, un Yo único que se manifiesta en una gran diversidad de existencias.

Albert Einstein se refería también al mismo tema del siguiente modo:

El ser humano forma parte de una totalidad, llamada por nosotros «Universo», una parte limitada en el tiempo y en el espacio. Cada ser humano se experimenta a sí mismo, a sus pensamientos y a sus sentimientos como algo separado del resto en una especie de ilusión óptica de la conciencia.

Existen pocas personas que no hayan experimentado nunca, aunque sea bajo ciertas circunstancias, una expansión de sus fronteras cotidianas. En esos momentos, nuestra ilusión de separatividad se desdibuja y termina desvaneciéndose como los últimos rayos de sol al anochecer. Entonces, por un instante fugaz, nos sentimos fundidos con los demás y nos identificamos con su modo de experimentar el mundo, o nos sentimos unidos con la conciencia de un grupo de personas y nos identificamos con las aflicciones y alegrías de toda una sociedad, una raza o hasta la misma humanidad. De manera parecida, vamos de excursión a la montaña o nos adentramos en la espesura de un bosque de sequoias y, de pronto, nos encontramos más allá de los límites de la existencia humana y experimentamos con gran intensidad la vida de plantas, animales o, incluso, de objetos y procesos inorgánicos. El siguiente pasaje, extraído de la obra de Eugene O'Neill Largo día hacia la noche, en el que Edmund describe una travesía nocturna en un bote pesquero, constituye un hermoso ejemplo de un estado transpersonal que trasciende los límites cotidianos de la experiencia humana.

Estaba tendido en el bauprés con la mirada dirigida hacía popa. Debajo de mí salpicaba la espuma y, por encima, el mástil y la vela -tenuemente iluminados por la luz de la luna- se elevaban hacia las alturas. La belleza del paisaje y la cadencia del movimiento me embriagaron y, por un momento, me olvidé de mí mismo, me olvidé realmente de toda mi vida. ¡Era completamente libre! ¡Entonces me disolví en el mar y me convertí en la blanca vela y en la espuma voladora, fui belleza y balanceo, me transformé en luz de luna, en velero y en firmamento difusamente estrellado! No tenía pasado y carecía de futuro. Sólo había paz, unidad y una alegría incontenible. ¡Formaba parte de algo mayor que mi propia vida, mayor que la Vida del Hombre, mayor que la Vida misma! ¡Dios, si pudiera describirlo...! Era como si, de repente, una mano invisible hubiera descorrido el velo que nos impide ver las cosas tal como son y, por un instante, todo se hubiera colmado de sentido.'

En los estados alterados de conciencia se nos impone una nueva percepción del mundo que termina desplazando la ilusión cotidiana de la realidad newtoniana -en la que nos sentimos como «egos encapsulados en la piel», egos que existen en un mundo de seres y de objetos separados- llegando incluso, en los dominios propiamente transpersonales, a identificarnos con la biosfera de nuestro planeta y con la totalidad del universo material.
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