Con la colaboración de Hal Zina Bennett




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Identificación con otras personas

Quizás la experiencia transpersonal más familiar sea la que afecta a nuestra relación con las personas más próximas. Así, por ejemplo, cuando hacemos el amor, o cuando compartimos un momento de éxtasis con los demás, la demarcación habitual entre y yo parece desvanecerse. Entonces comprendemos súbitamente que nuestra conciencia es completamente independiente de nuestro cuerpo. Las dos conciencias se entremezclan y terminan fundiéndose desafiando las fronteras físicas que normalmente consideramos inamovibles. Esta experiencia también puede ir acompañada de la unión con la fuente creativa de la que procedemos o de la que formamos parte.

Podríamos denominar a este tipo de conexión transpersonal con otra persona como «unidad dual». Se trata de un tipo de experiencia que puede ocurrir durante la práctica de ciertas disciplinas espirituales -especialmente el yoga tántrico- o durante períodos de gran conmoción emocional -como una alegría extraordinaria, la muerte de un ser querido, el nacimiento de un niño o la ingesta de sustancias psicoactivas, por ejemplo-. Las experiencias de unidad dual -en las que tenemos la sensación de fundirnos completamente con otra persona manteniendo, sin embargo, nuestra propia identidad- son también frecuentes entre la madre y el bebé durante el embarazo y la lactancia.

En la práctica clínica he presenciado literalmente centenares de veces las diversas formas que puede asumir la experiencia de unidad dual. Un ejemplo particularmente relevante fue el de una cliente, a quien llamaré Jenna, que se sintió fundida con su madre mientras revivía su vida intrauterina y el período de su lactancia.

Durante la sesión, Jenna se colocó en la posición fetal característica de quienes están atravesando un estado profundamente regresivo. A medida que iba convirtiéndose en una niña pequeña las arrugas de su rostro parecían desaparecer. Entonces comenzó a describir con una voz infantil lo cercana que se sentía de su madre. Tenía la maravillosa sensación de formar parte de ella, de estar fundida con ella hasta el punto de que no existía la menor diferencia entre sus sensaciones y las de su madre. Jenna sentía que su identidad oscilaba entre su madre y ella misma. En ocasiones, era un feto en el útero de su madre y, en otras, un bebé lactante. Podía intercambiar los papeles y sentirse como una embarazada, o como la madre que está dando el pecho, pero también podía experimentarse como si fuera su madre y una niña al mismo tiempo, como si ambas experiencias formaran parte de un continuo, de un solo organismo, de una sola mente.

En un determinado momento en el que estaba experimentando esta unidad dual y se hallaba simbióticamente unida a su madre abrió los ojos. Cuando me vio pareció sorprenderse. Me¡¡, dijo que las fronteras existentes entre nosotros habían desaparecido y que podía sentir mis pensamientos y mis sentimientos. Luego pasó a describirlos con tan pasmosa exactitud que no cabía la menor duda de la certeza de su afirmación.

Éste fue un momento crítico para Jenna porque la unidad dual que había comenzado experimentando con su madre y que luego siguió experimentando conmigo le permitió asumir una nueva perspectiva sobre su vida y también profundizó el grado de confianza y comunicación que existía entre nosotros. Es muy frecuente que la experiencia de unidad dual profundice la confianza y comprensión hacia nuestra familia y hacia nuestros seres queridos. Es muy posible también que este aspecto de la conciencia humana constituya el fundamento de lo que denominamos empatía.

La identificación completa con otra persona constituye un tipo de experiencia íntimamente relacionada con la unidad dual. Se trata de una identificación de tal magnitud que, en ella, perdemos nuestra propia sensación de identidad y nos transformamos por completo en otra persona. El siguiente caso -experimentado por mi esposa Christina en el período en que vivíamos en el Instituto Esalen, en Big Sur constituye un ejemplo singularmente revelador en este sentido.

En ese tiempo, Christina estaba en cama recuperándose de una infección vírica. Uno de nuestros amigos, residente también en Esalen, era el antropólogo y generalista Gregory Bateson, a quien acababan de detectar un tumor maligno del tamaño de un grano de uva en los pulmones. El médico le había dicho que el tumor no era operable y que le quedaban unas cuatro semanas de vida. Mientras vivió en Esalen recibió todo tipo de tratamientos alternativos y realmente llegó a vivir dos años y medio más de lo que el doctor le había pronosticado. Durante esa época, Christina y yo pasamos mucho tiempo con Gregory y su familia y llegamos a ser grandes amigos.

Cierta mañana, mientras Christina yacía en cama, tuvo la abrumadora sensación de que se estaba convirtiendo en Gregory. Sentía que tenía su gigantesco cuerpo, sus enormes manos, sus pensamientos y su inconfundible humor británico. Se sentía estrechamente conectada con el dolor de su cáncer y sabía, con cada una de las células de su cuerpo, que estaba muriendo, lo cual la desconcertó porque no reflejaba su valoración consciente de la situación.

Ese día, Christina vio a nuestro amigo el doctor Carl Simonton, que estaba visitando Esalen. Por la mañana, Carl había estado trabajando con Gregory en una técnica de visualización que utilizaba en su trabajo como oncólogo y radiólogo. Carl le dijo a Christina que la sesión de esa mañana había sido muy dura porque, a mitad de trabajo, Gregory había declarado de repente: «No quiero seguir con esto. Quiero morir». Entonces dejaron de lado el intento de luchar contra el cáncer, llamaron a Lois, la esposa de Gregory, y estuvieron hablando sobre la muerte. El momento en el que Gregory había anunciado su decisión de morir coincidía exactamente con la experiencia de Christina.

Pero la desaparición de las fronteras individuales y la experiencia de fusión puede extenderse todavía más y llegar a englobar a un grupo de personas que tienen algo en común -ya sea la raza, la nacionalidad o la cultura- o que comparten un sistema de creencias, una profesión o una situación determinada. Las experiencias fugaces de identificación con la conciencia de un grupo no necesariamente suponen un cambio profundo y duradero en la conciencia. Quienes visitan Auschwitz, el campo de exterminio nazi en el que fueron torturados y asesinados millones de judíos, por ejemplo, suelen experimentar, aunque sólo sea por un instante, la sensación agobiante de compartir el terror, la aflicción y las crueles privaciones que padecieron quienes fueron encarcelados y murieron en ese lugar. Del mismo modo, quienes visitan el Vietnam War Memorial de Washington D.C. también suelen experimentar el sufrimiento de todos los hombres y mujeres jóvenes que perdieron la vida en esa guerra.

En los estados alterados de conciencia, este tipo de experiencias transpersonales puede ser muy profundo, vívido y gráfico y puede perdurar desde unos pocos segundos hasta varias horas. Es posible, por ejemplo, convertirse en todas las madres del mundo que han perdido a sus hijos en la guerra, en todos los soldados que han muerto en los campos de batalla o en todos los perseguidos y proscritos de la historia de la humanidad. Aunque sea algo difícil de imaginar para quienes jamás hayan tenido este tipo de experiencias, en estas condiciones es posible experimentar la convincente sensación de transformarse, al mismo tiempo, en todas esas personas. Es como si uno se convirtiera en una conciencia que contuviera a cientos, o incluso millones, de individuos.

Las escrituras místicas de todas las épocas mencionan reiteradamente este tipo de experiencias visionarias. Sin embargo, conviene señalar que no constituyen un patrimonio exclusivo de las grandes figuras de la historia de la religión ni tampoco son, como alegan en ocasiones los escépticos, los fantásticos embustes de un clero intrigante que pretende manipular a las crédulas muchedumbres. Una de las más sorprendentes revelaciones de la moderna investigación sobre la conciencia ha sido el descubrimiento de que, en determinados estados extraordinarios de conciencia, todos nosotros tenemos la capacidad potencial de acceder a este tipo de experiencias transpersonales.

Veamos a continuación el relato de la experiencia visionaria de un profesional de la salud mental durante un viaje a las antiguas ruinas mayas de Palenque, en México. Este prolijo relato ilustra una experiencia de trascendencia en el tiempo y nos habla de un tema que todavía no hemos tratado, el encuentro con entidades arquetípicas. Se trata de un relato que ilustra de un modo tan interesante el tipo de experiencias visionarias al que podemos acceder a través de la experiencia transpersonal que hemos preferido dejarlo intacto a pesar de su considerable extensión.

Cada vez me resultaba más difícil relacionarme con las ruinas como si fuera un simple turista. Sentía oleadas de profunda angustia penetrando todo mi ser y una sensación de opresión casi metafísica. Mi campo perceptual se oscurecía cada vez más y comencé a advertir que los objetos que me rodeaban estaban dotados de una energía extraordinaria y parecían exhibir sus facetas más amenazadoras.

Recordé entonces que Palenque había sido un lugar en el que se habían realizado miles de sacrificios humanos y sentí que todo ese enorme sufrimiento rondaba todavía sobre el lugar como una pesada bruma. Sentí la presencia de terribles deidades sedientas de sangre exigiendo más sacrificios y parecía que daban por sentado que yo iba a ser la próxima víctima. Mientras tanto, seguía convencido de que estaba atravesando una experiencia simbólica y de que mi vida no corría ningún tipo de peligro.

Entonces cerré los ojos para prestar atención a lo que ocurría en el interior de mi psiquismo y, de repente, pareció que la historia cobrara vida. Vi que Palenque no estaba ruinas sino que era una próspera ciudad sagrada en la cúspide de su esplendor. Presencié entonces, con extraordinario lujo de detalles, una inmolación ritual en la que yo no me limitaba a ser un simple observador sino la misma víctima del sacrificio. Esta escena fue seguida de inmediato por otra similar y luego por otra más. Las fronteras de mi individualidad parecían haberse disuelto y comprendí entonces el papel que desempeñaba el sacrificio ritual en la religión precolombina y me sentí tan conectado con todos los que habían muerto en Palenque a lo largo de los siglos que terminé convirtiéndome en ellos.

Sentí entonces todo el amplio espectro de emociones que ellos habían sentido, el dolor por tantas vidas perdidas, la ansiedad expectante, la ambivalencia hacia los verdugos, la entrega al veredicto del destino, la excitación y una curiosa expectativa hacia lo que iba a suceder. Tenía la extraña sensación de que los preparativos del ritual implicaban la administración de drogas modificadoras de la mente que elevaban la experiencia a un nivel superior.

El sujeto estaba fascinado por la profundidad de la experiencia y por la riqueza de las comprensiones que la acompañaban. Ascendió entonces la colina y se tumbó sobre el Templo del Sol para concentrarse mejor en lo que estaba ocurriendo. El pasado bombardeaba su conciencia con una intensidad inusitada. Pronto la fascinación fue reemplazada por un temor metafísico profundo y escuchó una voz clara y fuerte que le decía: «Tú no estás aquí como un turista entrometido en la historia sino como una víctima, como todos aquellos que fueron sacrificados en el pasado. No saldrás vivo de aquí». Sintió la abrumadora presencia de las deidades exigiendo sacrificio y hasta las mismas paredes del edificio parecían estar sedientas de su sangre. Su relato prosigue del siguiente modo:

Yo ya había experimentado estados alterados de conciencia en sesiones psicodélicas y sabía que, en estas experiencias, los peores miedos no reflejan peligros objetivos y suelen disiparse apenas la conciencia retorna a su estado normal. Estaba convencido de que se trataba «de algo por el estilo». Pero la sensación de peligro inminente era cada vez mayor. Abrí los ojos y una sensación de pánico espeluznante recorrió todo mi ser. Mi cuerpo se hallaba cubierto de hormigas gigantes. Esta experiencia no era nada simbólica sino que literalmente cientos de granos henchidos salpicaban la superficie de mi piel. Me di cuenta de que esta complicación inesperada dificultaba notablemente las cosas. El terror que había logrado superar regresaba ahora fatídicamente. Dudaba de que la experiencia pudiera matarme pero no estaba tan seguro de los efectos que, en un estado alterado de conciencia, pudieran causarme la gran cantidad de toxinas que habría acumulado en mi cuerpo. Decidí correr, escapar de las ruinas y dejar de estar bajo la influencia de las deidades. Sin embargo, el tiempo parecía haberse ralentizado hasta el punto de detenerse y todo mi ser era enormemente pesado, como si fuera de plomo.

Traté de correr desesperadamente pero parecía que me moviera a cámara lenta. Sentí como si estuviera atrapado, como si las deidades y los muros hubieran echado un nefasto sortilegio sobre mí. Entonces desfilaron por mi mente miles de imágenes de la historia de Palenque. A lo lejos podía ver el abarrotado estacionamiento que se hallaba separado de las ruinas por una gruesa cadena. Ahí estaba el mundo racional en el que se movía mi realidad cotidiana. Me propuse entonces el objetivo de llegar hasta allí con la expectativa de que eso podría salvarme la vida. Veía que las cadenas eran la frontera que separaba los dos mundos, más allá de la cual quedaría fuera del alcance del poder mágico de esas deidades arcaicas. ¿Acaso el mundo moderno no ha terminado conquistando y poniendo en entredicho a imperios basados en la creencia en las realidades míticas? 3

Su expectativa resultó ser acertada. Después de un tiempo que le pareció eterno y realizando un enorme esfuerzo, consiguió llegar hasta el estacionamiento. En ese mismo momento, sintió que se había liberado de un gran peso físico, psicológico y espiritual. Se sentía tan ágil, extasiado y pletórico de energía vital como si hubiera acabado de nacer. Sus sentidos se hallaban completamente despejados y abiertos. La puesta del sol durante el viaje de regreso a Palenque, la cena en el pequeño restaurante de Villahermosa observando la agitación callejera y el sabor del zumo de frutas de la zumería fueron verdaderas experiencias místicas. No obstante, pasó gran parte de la noche duchándose con agua caliente para aliviar el dolor y la comezón de las picaduras.

Varios años después, un antropólogo amigo suyo que había estudiado la cultura maya le dijo que las hormigas jugaban un papel muy importante en la mitología maya y estaban estrechamente relacionadas con la diosa tierra y con el proceso de renacimiento.

Pero la forma más extrema de conciencia de grupo es la identificación con toda la humanidad, una experiencia en la que parecen difuminarse todas las fronteras que nos separan del resto de la humanidad. La experiencia de Cristo en el Huerto de Get-semaní constituye un ilustrativo ejemplo de esta experiencia, muy frecuente, por otra parte, en la literatura antigua. Veamos ahora, sin embargo, un ejemplo de este tipo de experiencia transpersonal que proviene del mundo de la tecnología moderna. Se trata de una experiencia relatada por Rusty Schweickart en su crónica del vuelo del Apolo 9, cuya misión era la de ensayar el módulo lunar para futuros viajes tripulados a la superficie de la Luna.

A medida que el vehículo espacial comenzaba a dar vueltas en torno a la Tierra y atravesaba las fronteras geográficas y políticas a una velocidad tremenda, Rusty empezó a tener cada vez más dificultades en identificarse a sí mismo como miembro de una determinada nación. Veía a sus pies el Mediterráneo, cuna de civilizaciones, que había representado durante muchos siglos a todo el mundo conocido. El planeta azul, verde y blanco al que circunvalaba cada hora y media contenía todo lo que para él era significativo: historia, música, arte, guerra, muerte, amor, lágrimas, juegos y alegrías. Su conciencia sufrió entonces una profunda transformación.

Cuando das la vuelta a la Tierra cada hora y media reconoces que tu identidad no tiene que ver con un lugar concreto sino que está ligada a la totalidad del planeta, lo cual implica, necesariamente, una transformación. Cuando miras hacia abajo no percibes ningún tipo de fronteras [...]. Cientos de personas matándose unos a otros por una línea imaginaria que ni siquiera puedes llegar a percibir. Desde aquí el planeta es una totalidad tan hermosa que desearías coger de la mano uno por uno a todos los individuos y decirles: «¿Míralo desde aquí. Date cuenta de lo que es verdaderamente importante!».

Durante su viaje espacial estas revelaciones desembocaron en una profunda experiencia mística. La cámara diseñada para filmar el viaje se estropeó y, durante unos minutos, Rusty no tuvo otra cosa que hacer más que flotar en el espacio y dejar que el espectáculo de la Tierra, del cosmos y de toda la existencia bombardeara su conciencia. Muy pronto le resultó imposible seguir sus fronteras individuales y, de pronto, se sintió identificado con toda la humanidad.

Piensas en lo que estás experimentando y te preguntas lo que has hecho para merecer esta fantástica experiencia. ¿Acaso has hecho algo para alcanzarla? ¿Has sido elegido por Dios para disfrutar de una experiencia especial a la que los demás no pueden acceder? Sabes que la respuesta es no, que no eres especialmente merecedor de lo que está ocurriendo. Esto no es algo especial para ti. En ese momento eres muy consciente de que eres una especie de sensor de todo el género humano. Entonces miras a la superficie del globo sobre el que has vivido hasta ese momento y tomas conciencia de todas las personas que viven ahí. Ellos no son diferentes a ti, tú eres igual que ellos, tú les representas. Tú no eres más que el elemento sensible [...]. De algún modo tomas conciencia de que eres la vanguardia de la vida y de que debes regresar a ella renovado. Esta experiencia te hace más responsable de tu relación con eso que llamamos vida. Ha habido un cambio que transforma, a partir de ese momento, tu relación con el mundo. Esta excepcional experiencia modifica la relación que sostenías, hasta ese momento, con este planeta y con todas sus formas de vida.'

Desde su regreso de la misión del Apolo 9, Rusty ha consagrado parte de su vida a comunicar su visión y a compartir con los demás la transformación que experimentó su conciencia. A partir de su experiencia de identificación con toda la humanidad, su interés y motivación fundamental le ha llevado a comprometerse activamente en pro de la paz y la armonía ecológica del planeta Tierra y de toda la humanidad.
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