El Desarrollo Económico de América Latina desde la independencia”




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III. LA HISTORIA ECONÓMICA DE LAS JÓVENES REPÚBLICAS INDEPENDIENTES 1810-1870

Para el análisis de este capítulo, es necesario volver a lo planteado previamente como: “Una tipología de los países latinoamericanos”. Según los autores, es importante tener en cuenta: 1.- El tipo de colonia; 2.- El tipo de mercado al que se vincula cada sociedad; 3.- El tipo de producto prevaleciente, en particular en la actividad exportadora; 4.- El criterio estructurador de las diferentes transiciones a la conformación del mercado de fuerza de trabajo; y 5.- El tamaño de los países. En cuanto al primer aspecto, la conquista de América y la colonización, respondió al grado de marginación y limitación comercial a la que estaba sometida la península Ibérica, por el alto grado de monopolio de las ciudades Estado de Florencia, Génova, Venecia y Estambul (La economía mundo del siglo XV, definida así por F. Braudel), no porque fueran mercantilistas. En todo caso, la disputa de las escuelas mercantilista y fisiócrata fue entre Inglaterra y Francia. Hay que recordar que, por más de nueve siglos, España era una serie de feudos en conflicto contra la ocupación árabe y judía. Finalmente, la unión conyugal de los reyes de Castilla y Aragón, son los que permiten la expulsión de los invasores y el financiamiento de Cristóbal Colón para su primer viaje a finales del siglo XV. La búsqueda de una nueva ruta para llegar a la India, ya la habían iniciado los portugueses, bordeando las costas africanas y llegando hasta Cabo Verde a mediados del siglo XV. El tipo de colonia se dio por la cantidad de oro y plata encontrada, la cantidad de población nativa disponible para extraerla y la proximidad con la península ibérica. La conquista por medio de la guerra, la esclavitud y el sometimiento militar por parte los conquistadores, diezmó sensiblemente la población indígena del Caribe (desaparecen los Taínos, en las Islas del Caribe, en los primeros cuarenta años de ocupación), como lo afirma el historiador norteamericano W. Borah (1989). Va ocurrir lo mismo con la llegada de los españoles al continente, con la conquista de la Nueva España. Por eso fray Bartolomé de las Casas y el padre Cisneros intervienen frente a los Reyes católicos para eliminar la esclavitud indígena en 1541, que más allá de salvar una raza, se trata de una lógica de costos de producción. Si exterminaban la mano de obra nativa, les tocaría, como va ocurrir en todas las islas del mar Caribe, las costas del golfo de México y en el norte de América del Sur, importar mano de obra africana. En cuanto a los puntos 2 y 3, antes señalados: los “tipos de mercados y productos”, tienen que ver con el desenvolvimiento del proceso mismo de la conquista, en la medida que el oro de aluvión, el oro de los ríos, se acaba; hay que buscarlo en el continente y termina así la fase de nomadismo de los peninsulares, dando lugar al sedentarismo colonial del siglo XVII, a partir de 1640, con el surgimiento de la Hacienda, de una nueva raza (el mestizo) y hasta con la nacionalización de la religión católica, con la aparición de la virgen de Guadalupe en la Nueva España (porque no existen ni países, ni repúblicas ya que, en estos siglos, se están formando los virreinatos). Por esta época se presentan las grandes inundaciones de la ciudad de México, lo que obliga a los conquistadores a la profundización de la frontera agrícola, tanto por sus expediciones y fundación de ciudades al norte de la Nueva España, como el impulso de la colonización y el establecimiento de los virreinatos de América del Sur; el Alto Perú (1524)7, la Nueva Granada (1717-1723), y el Rio de la Plata (1776-1777). La producción agrícola tiene que ver con la fertilidad de las tierras, la cantidad de agua y el clima. Pero también con las tradiciones gastronómicas de los nativos y la posibilidad de abastecimiento, desde la península, de las demandas de los conquistadores. La península Ibérica cuido mucho la oferta de bienes manufacturados, aperos de labranza, aceites, herramientas y hasta el vino; para no tener competencia de sus colonias. Este tipo de orden colonial fue muy rígido y su desobediencia llevó a la expulsión de los jesuitas en el siglo XVIII y otra serie de penalidades menores, pero no menos importantes, para postergar el desarrollo industrial en América Latina. No tiene nada que ver con las herencias genéticas, ni el mercantilismo que se basaba fundamentalmente en “dejar hacer, dejar pasar” (laissez faire, laissez passer), en contra de las burocracias y las limitaciones fisiocráticas. Trigo, maíz, carnes y lanas (lo que se va a producir en el virreinato del Rio de la Plata), tiene que ver con la ausencia de oro, plata y nativos, que era lo que les interesaba a los peninsulares en primera instancia. Naturalmente que los climas tropicales y templados de América Latina, permitieron que la ganadería fuera extensiva y hasta salvaje, que la reproducción fuera mayor y menos costosa que en Europa (Richard Konetzke, 1982), y como estos productos forman parte de las dietas de los conquistadores, se convirtió en un buen negocio, no sólo para los peninsulares, sino para toda Europa, que durante la segunda mitad del siglo XVII y el XVIII, le va disputar el monopolio colonial a los Ibéricos con la piratería y las cabezas de playa en las islas de las Antillas y las Guayanas. En cuanto a la formación del mercado interno de fuerza de trabajo y en particular la relación salarial, es importante señalar la destrucción de la comunidad indígena desde la conquista, obviamente donde se encontraron las civilizaciones prehispánicas más grandes (aztecas, mayas e incas, es decir en Mesoamérica y toda la región andina de América del Sur), que pasaron primero por trabajo compulsivo (esclavitud, encomiendas, repartimientos, mitas, cuatequiles, obrajes, naboríos, peones acasillados y jornaleros). Luego, igual que a la población de origen africano, se les ofreció la libertad siempre y cuando se peleará del lado de los independentistas, proceso lento y contradictorio, pues los españoles también los van a usar para sumarlos a las fuerzas realistas (se dio marcadamente en el alto Perú y lo que hoy es Bolivia)8. Naturalmente, la libertad de los esclavos fue otro elemento que van a tener que llevar a cabo casi todos los latinoamericanos, una vez consumada la revolución de independencia. Sin embrago, no hay que olvidarse que la población de origen africano, no estuvo dispuesta a unirse a ningún tipo de gobierno criollo y por eso formaron en la Gran Colombia los palenques o en Brasil los quilombos, organizaciones separadas de las nuevas repúblicas, que buscaban repetir sus tradiciones africanas de convivencia. En este punto los autores sólo dicen: “(…) que los esclavos buscaron más bien la independencia en las zonas de frontera, libres de trabajar de manera subordinada, en una especie de “huelga permanente” que poco contribuyó, por un tiempo, a la generación de un mercado de trabajo moderno” (P. 135).

Por otro lado, es necesario señalar las grandes batallas entre liberales y conservadores, o entre federales y centralistas (pelucones y estanqueros, yorquinos y escoceses, draconianos y gólgotas), los primeros, interesados en reformas agrarias al estilo jacobino francés y, los segundos que, en una tradición conservadora, unidos al clero y la gran propiedad terrateniente, buscaron legitimar sus privilegios restituyeron buena parte de las relaciones laborales compulsivas. Cuba y Brasil, por ejemplo, mantuvieron la esclavitud hasta finales del siglo XIX y principios del XX y, en Mesoamérica, las haciendas perduraron hasta el siglo XX. Es decir que este proceso no se da más rápido, por los climas tropicales o templados, ni por el tipo de cultivo o extracción de mineral en particular, se da en muchos casos por profundas y sangrientas guerras civiles, que en algunos casos llegaron a ser verdaderas revoluciones, como la Mexicana de 1910, con Francisco Villa y Emiliano Zapata; la Guerra de los mil días en Colombia y el papel de las luchas indígenas con Quintín Lame9; los levantamientos armados en Argentina de 1905, encabezados por la Unión Cívica Radical; la revuelta armada de Luis Carlos Prestes en Brasil, en 1924; el papel de Cesar Augusto Sandino en Nicaragua; el de Farabundo Martí en el Salvador; o el de José Martí en Cuba. La modernización de las relaciones sociales de producción fue un proceso violento en toda América Latina. Lo mismo podemos decir del tamaño de las actuales repúblicas latinoamericanas, que no estuvo ajena a los expansionismos europeos por un lado y estadounidense, por el otro. Así se definen los límites de Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay en la Guerra de la Triple Alianza de 1864; los límites entre Perú, Chile y Bolivia, con la Guerra del Pacífico de 1879; o los límites entre Bolivia y Paraguay, con la Guerra del Chaco en 1932. El mismo expansionismo de los estadounidenses que le roban a los mexicanos más del 60 por ciento de su territorio entre 1846 y 1848, o la misma anexión de Puerto Rico, como Estado 51 de la Unión Americana, en el contexto de la Guerra hispano estadounidense y de la independencia de Cuba en 1898, delimitan los países latinoamericanos. Lo anterior es el resultado de la correlación de fuerzas entre los imperialismo de la época, que impulsan un nuevo reparto del mundo en aras de controlar la extracción de materias primas estratégicas, el petróleo y el caucho para la Segunda Revolución Industrial con sede en Estados Unidos10. Ese fue el interés tanto en la disputa por el actual Estado de Texas y el golfo de México y los yacimientos de hidrocarburos en Venezuela, la misma riña entre la Stándar Oil, los YPFB y los ferrocarriles bolivianos y argentinos, escenificados (entreverados) en las diferencias territoriales entre Bolivia y Paraguay11. La Guerra del Pacífico, en la cual los intereses británicos en los nitratos y las salitreras del sur de Perú y la región de Antofagasta, territorio boliviano, permite un triunfo a los chilenos, limitando y cercenando el territorio de las dos naciones, para finalmente disponer de los nitratos (estratégicos para la producción de pólvora), y las salitreras. La delimitación geográfica de Colombia que se inicia con la balcanización de la Nueva Granada, primero en la Gran Colombia (por los intereses de los oligarcas conservadores colombianos, que desechan los planes integracionistas de Simón Bolívar), concluye en la separación primero de Venezuela en 1826-1831 y de Ecuador (1830). Finalmente, la misma Guerra de los mil días (1899-1902), en la cual los estadounidenses tuvieron participación en el financiamiento de los dos grupos en conflicto, se infiltraron en los planes de los liberales cuando las condiciones bélicas parecían inclinar la balanza de su lado, previenen a tiempo a los conservadores, garantizando de esta forma la derrota de los nacionalistas y liberales, para finalmente perder el departamento de Panamá, que por la mediación de los norteamericanos en un acorazado, fueron obligados a firmar y aceptar la independencia del Istmo, con la finalidad de desplazar a los europeos en sus contratos con Colombia, para construir el canal interoceánico de manera estratégica en la geopolítica internacional.

Regresando al punto inicial, o lo que da paso a nuestra “acumulación originaria”, tenemos que contradecir otra vez a Bértola y Ocampo, cuando dicen que fue la ”independencia de las trece colonias de Norteamérica, la que constituyó un antecedente decisivo que habría que determinar fuertemente el contexto de la independencia latinoamericana” (P.68), pues los autores se olvidan de señalar la Revolución Francesa de 1789, y, aunque la independencia de las trece colonias fue en 1776, el contacto de Haití era fundamentalmente con Francia. Por eso la influencia jacobina de François Dominique Toussaint Louverture y de Jean Jacques Dessalines, los llevó a pelear por la libertad de los esclavos y la reforma agraria, no sólo por la independencia de Francia, que obtienen en 1804.

Las causas externas de la independencia, como las reformas borbónicas, administrativas y pombalinas de la segunda mitad del siglo XVIII, como la misma invasión francesa en la península Ibérica (1808), que generaron un vacío de poder en América Latina, constituyeron la “gota de agua” que derramó el vaso lleno de contradicciones internas que se fueron fraguando en las últimas décadas del siglo XVIII. Una de ellas la constituye “el carácter arbitrario de los regímenes coloniales, la discrecionalidad de las autoridades y el alto nivel de corrupción (…), acompañados de la persistencia de la esclavitud y el sistema de castas” (P. 70). También “(…) el ciclo de guerras europeas, esta mayor capacidad de extracción de recursos desde las colonias se transformó en una voracidad fiscal para el mantenimiento de la actividad militar, quedando subordinada a ello toda la política colonial” (P. 71). Lo oneroso del régimen colonial, para el caso latinoamericano estaba expresado por la presencia cada vez mayor de la piratería, que pujaba por romperle el cerco monopólico a los Ibéricos y lo que significó para los peninsulares tanto, construir grandes amurallados en las costas del Caribe, como mantener un ejército (marina) y una burocracia leal a la corona de España. Compartimos el hecho de que “la creciente masa de mestizos quedaba sin derecho real a la propiedad de la tierra y la educación, y sin acceso a ningún mecanismo de participación política, a lo que se agregaba la desigualdad jurídica que enfrentaban indígenas y esclavos” (P. 71). Sin embargo, el argumento no explica las contradicciones generadas entre criollos, esclavos e indígenas; pues los altos costos fiscales a los mestizos, fueron cobrados también a los sectores sociales de la base de la pirámide social, con trabajos forzados, tributos e impuestos que empeoraron sus condiciones de supervivencia. Por esta ausencia en el análisis sólo, Bértola y Ocampo, contemplan las revoluciones de independencia desde arriba. No aparecen los levantamientos de Túpac Amaru en el alto Perú, solicitando las tierras indígenas usurpadas, la utilización de los indios por parte de los realistas, para combatir a los rebeldes (el caso de Mateo Pumacahua, que ayudó a los españoles en los años 1780, 1781 y fue fiel a la Corona hasta 1814, recibió elogios del virrey Jáuregui y se hizo acreedor a una pensión vitalicia). Tampoco la insurrección de José María Morelos y Pavón, en la nueva España, con la reivindicación de “la tierra para quien la trabaja”, o el mismo grito de Miguel Hidalgo12 de “tierra y libertad” (movilizados por el estandarte de la virgen de Guadalupe); menos aún, el levantamiento de los “Comuneros” en la Nueva Granada de Juan Francisco Berbeo Moreno y José Antonio Galán, con la demanda de la abolición de nuevos impuestos. Manuel Rodríguez y los hermanos Carrera, en Chile, por la defensa de la “América Unida”, “Una federación de provincias unidas” y el federalismo, o la derrota y el exilio de José A. Artigas en Uruguay frente a Francisco Javier Elio. Tanto, estas revoluciones desde abajo, como los sangrientos enfrentamientos entre federalistas y unitarios, tienen que ser sofocadas por los patricios conservadores, los criollos, dueños de las haciendas y las plantaciones, unidos al alto clero. Calleja combate a Hidalgo en la batalla de Puente de Calderón, en Zapotlanejo a unos 60 kilómetros de Guadalajara. Iturbide a Morelos en la batalla de Lomas de Santa María, en Valladolid, Michoacán. Simón Bolívar deja sólo a Francisco Miranda en su intento emancipador de Venezuela, para después encabezar la independencia de cinco repúblicas de América del Sur. Bernardo O´Higgins, hijo de un virrey, acapara la independencia de Chile, lo mismo que San Martin, un militar educado en Europa (igual que Simón Bolívar), encabeza la independencia de Argentina. Bértola y Ocampo dejan a un lado las invasiones inglesas a Buenos Aires de 1806-1807, el papel de Santiago Antonio de María de Liniers, en la expulsión de los británicos y la defensa que encabeza Francisco Javier Elio de la Banda Oriental; tanto del expansionismo argentino, del lusitano-portugués, como del inglés. Son estas características las que definirán una independencia dirigida por fuerzas eminentemente conservadoras. Élites ligadas a la gran propiedad territorial, a la extracción de minerales y el comercio, que impedirán tanto, cualquier intento de integración (ese fue el fracaso del Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826, convocado por Simón Bolívar, al cual no asistieron Chile y Argentina, menos aún los del imperio brasileño, y Paraguay no fue invitado), como la participación de los sectores populares en las decisiones políticas, la educación y la simple movilidad social “(…) quedando, como finalmente afirma Bértola y Ocampo, la enseñanza (…) limitada a la élite blanca, que a su vez tenía pleno control de las instancias de decisión política” (P. 72). “Este conjunto de instituciones que bloqueaban el desarrollo económico se vio además fortalecido por las políticas de pureza de sangre y el sectarismo religioso (…)” (P. 72).

Este capítulo continúa con una evaluación del desempeño económico de las jóvenes repúblicas latinoamericanas. Para lo cual Bértola y Ocampo van a centrar la atención en lo que conocemos como la acumulación originaria, o la génesis del capitalismo, lo hacen de manera implícita, porque ni siquiera hablan del concepto, pero lo explican con lujo de detalles, con algunos problemas metodológicos. Empiezan analizando la población, después la exportaciones, el PIB y la producción para el mercado interno, las turbulencias institucionales continuidad y cambio, reformas liberales, la abolición de la esclavitud y terminan con la geografía, tecnología y comercio. En cuanto al análisis demográfico que va de 1820 a 1870, se hace énfasis en que “el grupo de las regiones de nuevo asentamiento Argentina y Uruguay son los países que muestran un crecimiento demográfico mayor.” (P. 77). Sin embrago, hay que decir que para la segunda década del siglo XIX, todavía existía La Gran Colombia, no se había separado Ecuador ni Venezuela, y mucho menos Panamá de lo que hoy se conoce como Colombia. Entonces, ¿por qué aparecen los datos separados? Ahora bien, si no se incluyen en estos tres cuartos de siglo la guerras, la baja esperanza de vida, la mortalidad infantil y materna de la época, los concordatos con el clero y la tradición católica que impide el control de vientres por parte de las mujeres o la interrupción del embarazo (hasta el presente), poco podemos entender del movimiento poblacional en la región. De la misma forma las exportaciones de la región, en estos tres cuartos del siglo XIX (de 1800 a 1870), no se entienden sin tener en cuenta previamente las balcanizaciones a las que fueron sometidas las recientes repúblicas y naturalmente las guerras civiles e internacionales entorpecían la continuidad del comercio con el exterior. Los excelentes resultados de las exportaciones se dan fundamentalmente en el último tercio del siglo XIX, con el fuerte incremento de las demandas de los países europeos y fundamentalmente Estados Unidos. Es obvio que si las economías esclavistas tienen altos coeficientes de exportaciones, no tengan mayores niveles de PIB per cápita, por la alta concentración de los beneficios en los dueños de las plantaciones. Por estas razones es que Bértola y Ocampo, terminan aceptando nuestra demanda del impacto de las conflagraciones bélicas en el crecimiento, al afirmar que la Provincia de Entre Ríos mostró un fuerte impacto por las guerras de independencia y las luchas civiles en su producción. De ser una provincia, en la colonia con un stock ganadero más alto que Buenos Aires, pierde este liderazgo en relación con Buenos Aires. Sólo a partir de la década de los treinta del siglo XIX, empieza a recuperar su producción, sin alcanzar los niveles de la colonia. De la misma forma en el caso de Perú, donde la minería de la plata era muy importante en las ventas al exterior, por los conflictos y guerras, “se mantuvieron estancadas hasta entrados los años cuarenta del siglo XIX, a pesar de la diversificación del algodón, la lana y el salitre, previo al boom del guano” (P. 85), y la Guerra del Pacífico (hay que reiterarles), antes señalada. Por esto es que la hacienda se volvió mucho más autárquica. Proceso de diástole y sístole, explicado por Enrique Semo13, para el caso de México, diástole cuando la minería crece y la hacienda le aprovisiona de mano de obra, alimentos, herramientas y ganado caballar, mular y vacuno. Sístole, cuando entra en crisis la minería la hacienda se hace autárquica y eso la hace fuerte y perdurable, no sólo en la colonia, sino a todo lo largo del siglo XIX.

De la misma manera Bértola y Ocampo, continúan señalando el estancamiento del crecimiento económico de México en los primeros sesenta años del siglo XIX, sin señalar la balcanización, nos dicen que: “México emprendió un proceso de recuperación y aún crecimiento que se abortó por las guerras civiles y la inestabilidad institucional de la década de los cincuenta del siglo XIX, hasta que Porfirio creo nuevamente las condiciones para el crecimiento económico” (P. 86). Todavía agregan que “(…) los conflictos que aparecieron a partir de mediados de la década de los cincuenta del siglo XIX tuvieron un carácter más profundo, tanto por su descentralización y difusión en el amplio espacio rural, por las luchas entre castas, entre pueblos y haciendas, como por la profundización de las divisiones político-ideológicas entre el radicalismo liberal y el conservadurismo (…) que se cruzaban con las divisiones entre las versiones republicanas y monárquicas”, (citando Bétola y Ocampo a Sánchez Santiró, 2009ª: 102-103) (P. 87).

El mismo inconveniente metodológico se va reiterar para el caso de Colombia, que primero nos dice “(…) que presenta un proceso de contracción durante los años de la guerra de independencia y un estancamiento hasta 1850, signado por el colapso de la producción de oro del Pacífico, basado en la esclavitud, pero también por las crisis del principal puerto colonial, Cartagena, y de la región artesanal de Santander” (P. 88). Continúan los autores con la descripción de los ciclos y volatilidades de las nuevas exportaciones como “el tabaco, el algodón, el añil, la quina y otros productos forestales, y gradualmente el café” (P. 88). Después, en la página siguiente (89), cuando los autores analizan la turbulenta consolidación de los Estados, citando a Irigoin (2009), se va tratar de enmendar el error metodológico, pues este autor inteligentemente nos dice que: “Es riesgoso pensar la historia de las primeras décadas de la vida independiente como la historia de las repúblicas de hoy. Hasta 1860 no existía la actual República Argentina en el década de los setenta del siglo XIX aún no existía moneda nacional. La Gran Colombia se creó en 1821, pero se dividió (como ya señalamos), en 1830 en tres países: Colombia, Ecuador y Venezuela; Panamá se separaría en 190314. Paraguay se independiza en 1811 del virreinato del Rio de la Plata, Chile en 1818 y Uruguay recién en 1825 se constituye como república independiente. Bolivia se conforma en 1825. México pierde (le roban) más de la mitad (60%) de su territorio entre 1836 y 1848 y la división de la antigua Capitanía de Guatemala culminaría en 1838 en cinco repúblicas independientes” (P. 89). Las Provincias Unidas del Centro de América o República Federal de Centro América, habían obtenido su independencia antes, en 1821. En 1824 se une la Provincia de Chiapas a México, litigio que se va diferir con Guatemala en 1881-1882. ¿Cómo no va afectar esto (en cuanto a la elaboración de las estadísticas), en la estructura de la población latinoamericana, presentada por países de 1820-1870?, o ¿en la información cuantitativa de las exportaciones y exportaciones per cápita de América Latina 1810-1870?, ¿El PIB, PIB per cápita, producción para el mercado interno y el crecimiento económico de los países latinoamericanos 1820-1870? (ver cuadros de las páginas: 76,78.80 y 82).

La acumulación originaria en América Latina, como expresión del antecedente del capitalismo, necesita delimitar las fronteras nacionales y este proceso se da por el resultado de la correlación de fuerzas entre las élites locales y el imperialismo de finales del siglo XIX. Estados Unidos se expande, no sólo adquiriendo la Luisiana por un precio irrisorio a los franceses (en plena revolución del siglo XVIII), o comprando de manera coercitiva a los españoles la Florida, sino arrebatándole a los mexicanos más de la mitad de su país, luego anexando Puerto Rico y comprando a los Rusos, también en una ganga, Alaska. En la geopolítica militar, va tener un protagonismo muy importante para la construcción del canal de Panamá, que ya señalamos, y finalmente, van a desplazar a los británicos y franceses del control de los medios de comunicación y fuentes energéticas (los ferrocarriles) que controlaban en el cono sur de América.

Las élites conservadoras latinoamericanas, se encargan de llevar a cabo una acumulación originaria por la vía “Junker”, desde arriba, sin reformas agrarias, ni la participación de los sectores medios (buena parte compuesta de mestizos y criollos) y menos los populares (mulatos, negros, zambos e indios). Por este motivo es que Bértola y Ocampo citan Dye (2006) que afirma que “(…) la violencia y la inestabilidad son rasgos que representan, antes que una transición a un nuevo orden, un rasgo estructural de estas sociedades (…) que las reformas profundas (…) siempre han sido bloqueadas y limitadas por las élites” (P. 90). Las revoluciones sociales, han sido efímeras, las élites se han encargado de revertirlas, nos dicen por fin Bértola y Ocampo (aunque se quedan cortos, al no señalar todos los levantamientos desde abajo que ya señalamos). Esa vía Junker es la que comparten “(…) conservadores y liberales, una visión agrarista elitista, excluyente de la participación de las amplias masas populares en la vida política y, a grandes rasgos, una visión de escaso involucramiento del estado en la vida económica (P. 92). Aunque difusamente, había diferencia entre liberales y conservadores, señalada por los autores, hay que decir que las influencias de la revolución francesa, la carta magna Inglesa o las constituciones emanadas de los girondinos y jacobinos, o la misma Ilustración, influenciaban a su manera a estas élites latinoamericanas , por ejemplo, el mismo Bolívar escribía, en la Carta de Jamaica y el Discurso de Angostura, que había que instaurar poderes Ejecutivos vitalicios y Cámaras Altas y Senados hereditarios; el sufragio universal, secreto y directo, ni lo señala; pues en las jóvenes repúblicas (…) estábamos en un grado más bajo de la servidumbre y, por lo mismo, con más dificultades para elevarnos al goce de la libertad (…). No obstante que, en cuanto a la participación electoral a partir de la mayoría de edad, Antonio Nariño en la Nueva Granada, en 1793, había traducido la Declaración de los Derechos del Hombre (Documento que es producto de la Constitución Francesa de los Jacobinos de ese año). En cuanto a este punto, nos dicen los autores: “Hacia mediados del siglo XIX sólo el 2% de la población de América Latina tenía derecho al voto, comparado con el 24% en los Estados Unidos” (Dye, 2006, citado por Bértola y Ocampo, P. 92).

La vía Junker15 empuja una modernización de la propiedad privada con “títulos de propiedad sobre las tierras públicas, que favoreció a los grandes propietarios. Esta heterogeneidad creó evidentes dificultades para conformar un verdadero mercado de tierras (…) la lucha por la propiedad adquirió caracteres violentos y arbitrarios y los procesos de legalización y consolidación de los derechos de propiedad avanzaron muy lentamente” (P. 93). Para configurar el mercado interno de fuerza de trabajo había que destruir la comunidad indígena y usurpar sus tierras, proceso que es lento, también, dado que en Mesoamérica, Perú y Bolivia el sistema de castas no evidenció cambios significativos. No obstante de que Bértola y Ocampo sostienen que las tierras bajo control de las comunidades indígenas no disminuyeron (sin embargo, más adelante, afirman lo contrario cuando señalan la disolución de los resguardos indígenas (P. 131). Y, citando a T. Halperin (2008-1969, P. 213): “(…) a mediados del siglo XIX comienza en todas partes el asalto a las tierras indias (sumando en algunas partes al que se libra contra las eclesiásticas)” (P. 13216). De cualquier forma, quiero insistir en la sensible disminución de la población aborigen, a largo del siglo XIX, y de las escasas posibilidades de movilidad social con las que contaban, lo que los obligo abandonar sus tierras y emigrar. La otra fuente de mano de obra provino de la finalización de la esclavitud, que también fue un proceso lento y violento, como bien lo señalan los autores, en el caso de Cuba con la Guerra de Los Diez Años 1868 y 1878, y en el caso de Brasil con importantes movilizaciones sociales, particularmente con el levantamiento de Luis Carlos Prestes.

La acumulación originaria no solo necesita el despojo de los productores directos de sus medios de subsistencia, también es fundamental la generalización de un medio de cambio, que obtenido ahora como producto de la venta de su fuerza de trabajo, garantice su subsistencia y reproducción. A la reflexión de Bértola y Ocampo, que no sólo los nuevos Estados nacionales se construyeron en torno a los legados fiscales del régimen colonial, a las cajas de recaudación fiscal, o simplemente se hicieran cargo de los sistemas locales de amonedación (P. 94), hay que agregar que fue necesario quitarle el monopolio financiero al clero (también se les expropia la tierra como lo van afirmar más adelante los autores (P. 131), que estaba en los montepíos, cofradías y hermandades. Por eso es que también, esta separación de la iglesia o laicización de la vida económica en muchos lugares llevo a enfrentamientos armados (véase el caso de la Guerra de los Cristeros, en México, en el segundo lustro de la década de los veinte del siglo pasado).

Este capítulo termina con la modernización de los medios de comunicación: geografía, tecnología y comercio, otra función determinante del advenimiento del capitalismo. La necesidad de unir los espacios locales en grandes mercados nacionales, y estos a su vez, conectarlos con la economía internacional que se estaba formando a finales del siglo XIX. En estos años se llevan a cabo la configuración de las ciudades Estado, de las que habla I. Wallerstein, en su concepción del “sistema mundo”. Todo esto tiene que ver con la Primera Revolución Industrial (vapor, textiles y ferrocarriles). Otra vez Bértola y Ocampo, se equivocan cuando afirman que la navegación a vapor y los ferrocarriles “(…) dos tecnologías que pueden asociarse a lo que podemos denominar Segunda Revolución Industrial, un proceso que irrumpe durante las primeras décadas del siglo XIX y se difunde hacia mediados del siglo.” (P. 97-98). Sin embargo, más adelante nos dicen: “Recién en la década de los setenta del siglo XIX puede decirse que el transporte a vapor había absorbido el grueso del tráfico marítimo” (P. 98). Tampoco son explícitos en analizar la configuración de una verdadera división internacional del trabajo. En 1776, Adam Smith escribe la “Riqueza de la Naciones” y plantea “las ventajas absolutas”. Después, a principios del siglo XIX, David Ricardo propone los “costos comparativos”, como norma del comercio internacional. Que Inglaterra produzca telas y Portugal vino, para aumentar así las ofertas mundiales, para que cada país, con su especialización compre mejor lo de los otros, vendiendo con ventajas lo que produce. Obviamente sin tener en cuenta lo que después se llamará “la enfermedad holandesa” o la fragilidad comercial que implica la especialización en un solo bien y peor aún si es agrario, no renovable y sustituible, con el tiempo17. Tampoco se analizó en la época la postergación de la industrialización o la perpetuación de la gran propiedad latifundista, la concentración del ingreso y la limitación de los reducidos mercados internos.

El último tercio del siglo XIX y hasta la primera guerra mundial, es cuando los autores citan a Gelman en cuanto a la “lotería de productos” básicos y la geografía tuvieron su papel más determinante que el aspecto institucional (P. 100). En Europa y Estados Unidos se presenta un proceso de concentración y centralización económica, se forman monopolios industriales y bancarios, el capital financiero acompaña las funciones de las inversiones de ultramar y en consecuencia se asiste a un nuevo reparto del tercer mundo. Este nuevo patrón de acumulación, que coincide con la Segunda Revolución Industrial, la industrialización de Estados Unidos, fue llamado “la fase superior del capitalismo”18. Por lo tanto, la “lotería de bienes” tiene que ver con la necesidad de controlar y asegurarse las materias primas estratégicas para la nueva industrialización, petróleo y caucho (hule), para la industria automovilística, los minerales no ferrosos (cobre, estaño, plomo, zinc, níquel, cromo, cobalto, magnesio, tungsteno, titanio, bauxita, magnesio, berilio y la fabricación de aluminio a partir de la bauxita), para la elaboración de placas blindadas, los embobinados de los motores, el cableado eléctrico y telefónico, los enlatados al vacío, la rentable industria de los cigarrillos rubios de finales del siglo XIX, el radio, los automóviles y después los aviones. Son estratégicos estos bienes, que se encuentran en Asia, África y América Latina, porque el control de los mismos, como de los alimentos (carne, trigo, lanas, algodón y cereales), no solo va acelerar nuevo reparto de las zonas de influencia, desencadenando dos violentas guerras mundiales, sino que el resultado de las conflagraciones va depender de quien se garantice el abasto de estas materias primas.
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