El Desarrollo Económico de América Latina desde la independencia”




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1.- El nacional populismo

El nacional populismo latinoamericano, “fenómeno desaparecido por la sociología académica (también la docencia en economía), que lo consideró y lo considera aún hoy expresión de un pensamiento “inferior”. No obstante, el nacional populismo latinoamericano es el pensamiento más importante que surgió del seno mismo de Latinoamérica; es el pensamiento que generó a Vargas en Brasil, a Betancourt en Venezuela, a Haya de la Torre en Perú, a Ibánez en Chile, a Lázaro Cárdenas en México y a Perón en Argentina”. Alberto Methol Ferré (2012, P 256). “El nacional populismo desarrolló a partir de principios del siglo XX tres principios fundamentales: el primero fue “democratizar”; pero para democratizar había que industrializar, porque las sociedades agrarias no daban ocupación y empleo a las multitudes. Por lo tanto, había que industrializar, que es el segundo principio. Pero, para industrializar, los mercados aún eran ínfimos, insignificantes. (…) En este contexto, surgió el tercer principio: “la unificación” sudamericana como necesidad objetiva de un mercado de escala para el proceso de industrialización”. Alberto Methol Ferré (2012, P 257). Al respecto, Bértola y Ocampo, sólo nos dicen que “la acumulación de reservas fue la provisión de fondos en divisas para financiar un auge de inversión en la inmediata post-guerra, así como la compra de empresas extranjeras de infraestructura y servicios públicos. La nacionalización de los ferrocarriles británicos por parte del general Perón en Argentina (…) (P. 189). Más adelante, nos dicen que, “reflejando esta tendencia (sin señalar las empresas estatales creadas por Getulio Vargas), Brasil, tal vez el caso más destacado de Estado desarrollista (…)” (P. 190). “(…) Sólo Cuba adoptaría, y mucho después, un modelo de planeación central, al cual se unirían los experimentos fallidos de la Unidad Popular en Chile a comienzos de los años setenta y de la revolución sandinista en Nicaragua a partir de 1978, ambos con más matices de economía mixta que el modelo cubano” (P. 190). En el tema del nacional populismo conviene hacer una diferencia, con lo que fue el gobierno de Salvador Allende en Chile y la revolución sandinista, porque estaban inspirados en el marxismo, promovieron una socialización de los medios de producción, generaron una profunda agudización de las contradicciones sociales, aumentaron no sólo nacionalizaciones de recursos básicos, también estatizaron empresas estratégicas y pasaron al área social algunas industrias. Fueron antimperialistas y aceleraron la reforma agraria. Esto no es el “nacional populismo”, que está dirigido por líderes carismáticos que fomentan la conciliación de clases a partir de los “pactos nacionales” entre los empresarios, las centrales obreras y el Estado. No atentan contra la propiedad privada, algunos defienden los intereses nacionales frente a extranjeros, sin levantar banderas socialistas, no todos profesaron reformas agrarias, algunos sólo intervienen las tierras ocupadas por la IED o simplemente en manos de extranjeros, y, en el mejor de los casos los repartos agrarios respondieron a una profundización de la frontera agrícola, sin tocar los grandes latifundios, ni repartir las tierras de mejor calidad o próximas a los mercados.33 Por esta razón es que los autores destacan que “el Banco Mundial apoyó, al menos hasta los años setenta, el intervencionismo estatal, invirtió en muchos proyectos de sustitución de importaciones y hasta la década de los setenta continuó defendiendo la idea que la industrialización era esencial para el desarrollo económico” (citan Bértola y Ocampo a Webb, 2003, p. 195). Mientras que Cuba, Chile y Nicaragua fueron motivo de agresión y sabotaje constante para destruir sus experiencias socialistas. El financiamiento de los “contras” en Nicaragua, el sabotaje al desembarco del cobre chileno en puertos internacionales y la injerencia de la CIA en los planes de los golpistas, o el mismo “Playa Girón”, o el prolongado y actual bloqueo comercial a Cuba.
2.- El “modelo mixto”

El llamado, por Bértola y Ocampo, “modelo mixto” que tiene que ver con la escasez de divisas que señalamos más arriba, fundamentalmente por los problemas de balanza de pagos y la característica de la segunda ISI, que fue intensiva en bienes intermedios y de capital importados, reconocida por los autores. Por eso afirman “que casi todos los países medianos y grandes introdujeron mecanismos de promoción de exportaciones desde mediados de los años sesenta(…) Como resultado de ello surgió el “modelo mixto” que, (…) combinaba la ISI con la promoción de exportaciones y la integración regional. El modelo era también “mixto” en el sentido de que promovía activamente la modernización agrícola con instrumentos similares a los empleados para estimular la industrialización e incluso con un aparato de intervención mucho más elaborado” (P. 191). No obstante, de que antes ya nos habían dicho “que, hasta mediados de los años sesenta, la reconstrucción del comercio internacional no ofreció grandes oportunidades a los países en desarrollo” (P. 191). Ahora bien, sin distinguir entre lo deseable y lo posible, nos muestran el pensamiento de la CEPAL en la década de los sesenta, cuando esta institución se volvió “crítica de los excesos de la ISI y defensora de un modelo “mixto” que combinara la ISI con la diversificación de la base exportadora y la integración regional” (P. 196). “La CEPAL jugó, así, un papel central en la creación de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC), en 1960 (más tarde Asociación Latinoamericana de Integración, ALADI), el Mercado Común Centroamericano (MCCA) en el mismo año y el Grupo Andino en 1969” (P.196). Lo deseable para los latinoamericanos, de estas propuestas, consistía en que esperaban que “la integración impusiera cierta disciplina de mercado a los sectores protegidos, que habían alcanzado altos niveles de concentración industrial (e incluso monopolios) a escala nacional, y que sirviera como plataforma para el desarrollo de nuevas actividades exportadoras, en particular el sector de manufacturas” (P. 201). Pero lo posible fue que (como lo confirman Bértola y Ocampo): “la ALALC enfrentó una gran oposición a la liberalización de las importaciones competitivas (es decir, aquellas en que los productos de un país competían con los de otro país miembro. (…) El Grupo Andino encaró presiones similares después de su creación en 1969 (…). El “pesimismo de las exportaciones” fue también una característica de la fase “clásica” (…) con excepción de algunos países (los productores de petróleo) Venezuela y México, la experiencia de las exportaciones fue decepcionante en la inmediata posguerra (…)” (P. 201). Sólo los países centroamericanos y algunos medianos, señalados anteriormente, que continuaban con el “desarrollo hacia afuera”, el signo de la balanza comercial fue positivo. Lo posible fue: que “una de las mayores desventajas de (…) la segunda ISI (…) fue su incapacidad para explotar a cabalidad los beneficios del creciente dinamismo del comercio mundial en la posguerra (…) La participación en el comercio mundial se redujo a poco más de 4% a comienzos de los años setenta, unos tres puntos porcentuales menos que en 1925-1929” (P. 221). Comercio que obviamente lo estaban ganando los países en desarrollo que estaban llevando a cabo un modelo de industrialización por sustitución de exportaciones (ISE), especialmente los cuatro tigres asiáticos: Singapur, Hong Kong, Taiwán y Corea del Sur. También como finalmente Bértola y Ocampo dicen: el fracaso de esta de esta primera integración regional, también estaría explicada por “el proteccionismo de los países industrializados y los crecientes subsidios que otorgaron a la producción y la exportación, que golpearon duramente a Argentina, Cuba y Uruguay” (P. 221). Incluso los autores agregan: “América Latina perdió participación en las exportaciones de alimentos y de otros productos básicos incluso en relación con el mundo en desarrollo. La pérdida de importancia en las exportaciones de combustibles fue aún más acentuada, desplazándose este tipo de exportaciones mundiales de Venezuela y México hacia el Oriente Medio. Se disminuyeron además, (…) las exportaciones de combustibles durante los años setenta, como resultado del ingreso de Venezuela a la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP)” (P. 224). Son estas las reflexiones que nos permiten sostener la confusión de los autores entre lo deseable y lo posible de la segunda ISI. No obstante de que ellos insisten con que “es posible sostener que el cambio de trayectoria del desarrollo latinoamericano que generó la crisis de la deuda bloqueó la transición hacia un modelo de industrialización más balanceado entre el mercado interno y el externo” (P. 232). “(…) hubiera podido evolucionar en forma más afín con los modelos que se mostraban más exitosos en Asia Oriental” (P. 232). Obviamente, los autores se olvidan de la “Guerra Fría”, de la reconstrucción de Japón por el Plan Mc. Arthur, del impacto de la Guerra de Corea en la economía nipona34, de la preocupación de los Estados Unidos por el avance del comunismos en China, Vietnam y todo Asia, como para que los estadounidenses prestaran más atención allá con sus IED y el apoyo al modelo de ISE, diferente al de América Latina en la segunda ISI. Efectivamente, “después de la Revolución cubana, América Latina adquirió mayor importancia en la política exterior estadounidense. La creación del banco Interamericano de Desarrollo (BID) en 1959 fue la manifestación más inmediata, seguida pronto por la Alianza para el Progreso, lanzada en Punta del Este, Uruguay, en 1961” (P. 198). En esta reunión de los Estados Americanos, participó el Che Guevara como Ministro de Economía cubano, se expulsó a Cuba de la OEA y se inicia el bloqueo a la Isla. Estados Unidos vuelve los ojos a América Latina para frenar cualquier intento de exportación de esa revolución al continente. Las reformas agrarias, que fueron condición para el apoyo financiero de la Alianza para el Progreso, tenían la preocupación de disminuir la pobreza del campesinado latinoamericano, potencial de apoyo, o caldo de cultivo para otra revolución socialista en la región. Si los revolucionarios se movían como pez en el agua, decían los maoístas, se trataba de quitarle el agua al pez, afirmaba la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés).
3.- El fracaso de la segunda ISI

Bértola y Ocampo señalan una tercera fase de la segunda ISI, la cual dividen en tres estrategias: 1.- “Dominante entre mediados de los sesenta y el primer choque petrolero (estrategia que) fomentó de manera creciente la promoción de las exportaciones, generando lo que hemos denominado el “modelo mixto” (P. 204). Esta política económica la consideramos irrelevante, ya que realizamos su crítica en el punto anterior; por lo tanto abordamos el 2.- O segunda estrategia, que dicen los autores: “consistió en una profundización mayor de la segunda ISI” (P. 205). Colocando a Perú como el más representativo de esta segunda estrategia, obviamente debe corresponder al gobierno de Juan Velazco Alvarado de (1968-1975), inspirado en al APRA y el pensamiento de Víctor Haya de la Torre. Sin embargo, los mismos autores están señalando el choque petrolero de 1974, un año después se inicia lo que se llamó en Perú “la reforma de la reforma”, con Francisco Morales Bermúdez, un militar que ocupa el poder desde 1975 a 1979. Se le caracterizó como un “populismo autoritario”, de política mucho más moderada que su antecesor. Devaluó la moneda y provocó que la inflación llegara al 40%, esto, sumado a la represión a los medios de comunicación, provocó el 19 de julio de 1977 una huelga general de 48 horas, el paro más memorable del último medio siglo de ese país.
Países como México, Venezuela y Brasil, ya habían empezado una estrategia de ISE. El primer país combinaba maquilas, petróleo y zonas de libre comercio, el segundo se benefició de las exportaciones de petróleo fundamentalmente, y Brasil con exportaciones manufactureras provenientes de una estructura industrial nacional. Es decir que esta segunda estrategia no es más que el techo de la segunda ISI, el fracaso correspondió al deterioro de la balanza comercial, que ya señalamos más arriba, al creciente déficit de la cuenta corriente, la inflación creciente en los países grandes de la región (inspirados en la “curva de Phillips”). Toda esta política estructuralista, va ser criticada por lo que se conoció en Estados Unidos como la “estanflación”, esto es: inflación con desempleo y en consecuencia estancamiento económico. Además, si le agregamos a este razonamiento la pérdida de la convertibilidad del dólar en oro, el 15 de agosto de 1971, por parte del gobierno de Richard Nixon, lo que obligó a la protección de las monedas mundiales por este traslado de inflación a nivel mundial. Las respuestas, en cuanto a la protección de los tipos de cambio de las monedas mundiales, fueron inmediatas, es el caso del surgimiento de los eurodólares en Europa, o los petrodólares de los países árabes. El segundo lustro de la década de los setenta se caracterizó por un aumento de la oferta monetaria a nivel mundial, lo que acompañó el mercado monetario de tasas de interés muy bajas y en algunos casos negativas35. Es decir, que donde existía el déficit señalado, lo más normal es que recurriera a estos créditos baratos para resarcir los desequilibrios y recuperar el crecimiento económico. En pocas palabras, no fue la deuda externa la causante de la crisis, la deuda fue una consecuencia del “techo” de la segunda ISI. La ISI había asimilado el régimen fordista de producción que, con la Tercera Revolución Industrial y la globalización a la que asistimos a finales del siglo XX, se hizo obsoleto. La fragmentación de las cadenas de valor, en la producción, introdujo a nivel mundial una “producción en red”36. Esto obligó a todo tipo de intervención estatal, nacionalista o socialista, a levantar los viejos proteccionismos unilaterales. Los países latinoamericanos contrataron créditos a instituciones privadas,37 con tasas de intereses flotantes, dados que se confiaba que los recursos naturales estratégicos (el petróleo), no iban a caer sus precios. Las tasas de interés por el servicio de las deudas en el primer lustro de la década de los ochenta llego a dos dígitos, en algunos casos osciló entre el 14 y 20 % en la siguiente década. Por eso en la época se afirmó que América Latina, de ser receptora de capital externo, se convirtió en exportadora de capital, porque no sólo fue oneroso el servicio de las deudas, también se acompañó de una fuerte “fuga de capitales” nacionales que buscaron protección, por las devaluaciones y la inflación galopante, en la Banca de Estados Unidos y Europa. “Dicha fuga se produjo a lo largo y ancho de la región, pero fue masiva en Argentina, México y Venezuela (…)” (P. 249).

La tercera estrategia de la que hablan Bértola y Ocampo, ya no corresponde a la segunda ISI, es la entrada de las políticas neoliberales en la región. Los autores afirman que “estas reformas de mercado de la segunda mitad de la década de los setenta estuvieron impulsadas por dictaduras militares” (P. 206). En particular se refieren (implícitamente) al golpe de estado a Salvador Allende en Chile, en donde se inicia un proceso de privatización de las empresas nacionalizadas (el regreso de la IED en la minería del cobre), las empresas estatales y las que se habían socializado. La escuela de Chicago, con los monetaristas (Milton Friedman, George Stigler, Robert Lucas, Robert Fogel, Friedrich Hayek, entre otros), rechazó el keynesianismo a favor del monetarismo, con una economía de “libre mercado”, lo que se llamó la nueva macroeconomía clásica y después, “la teoría de las expectativas racionales”. Se inicia el abandono del estructuralismo en América Latina, Chile es uno de los primeros, luego, casi una década después, con la moratoria de la deuda externa mexicana en 1982, lo harán todos los países de la región. Por eso ya no hay tercera estrategia de la ISI. Este nuevo enfoque de la política económica está detrás de las nuevas políticas del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, instituciones que se caracterizan por el apoyo al llamado Consenso de Washington.
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