Abróchense los cinturones: carlos herrera habla de lo divino y lo humano




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fecha de publicación30.01.2016
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ABRÓCHENSE LOS CINTURONES: CARLOS HERRERA HABLA DE LO DIVINO Y LO HUMANO
Primer capítulo
Puntes del natural
Los besos que hemos dado

Qué beso aquél. Pulposo y rezumante, recuerdo; aunque algo frío, como la caricia de un barbo en plena huida. Era estudiante de todo y nada, viajaba con frecuencia del éxtasis a la calamidad y mi sangre se ponía marcialmente de pie con la asiduidad de una gotera vieja. Una casa deshabitada, un jardín de matojos y una noche untuosa de verano. Y sus labios aquellos, con la molicie de las niñas bien y el olor de ropa limpia, entreabiertos con recato, temiendo la ocupación por las armas. Menudo beso. Si Garci me hubiese filmado, se habría detenido en mi aspecto de ajoporro en la antesala del arrebato. Yo no era el Landa borgiano de su film, el de la cara enjabonada, la navaja en la mano y la mañana de mayo abriéndose paso por las cristaleras. No. En mi mirada se mezclaban sin pudor la impaciencia y la clemencia, la fogarata urgente y desvelada de la adolescencia imberbe y la misma piedad de las miradas del niño Manolito Lozano ante el brindis del escritor Blas Otamendi. Son distintas arboledas perdidas, pero arboledas al fin. Yo quisiera haber rodado aquel beso y echarlo a pelear con el que dibuja su última película, porque mi beso, el beso del hombre que araña, era un beso llamado a barrer las llamas de las velas. Yo estaba en esa edad en la que los atardeceres están permitidos y los sofocos tienen cita diaria; era gente normal, digo, de la que prueba el temple de la carne en la certeza de ser invariablemente derrotado. Por ello creo que Garci debiera haberme filmado, porque ese hombre filma a gente que, de puro corriente, resulta excepcional, y la hace dialogar, y mirarse, y besarse. Aquella era una edad en la que uno estaba dispuesto a besar, incluso, una cicatriz con tal de agitar el triunfo de un roce, esa edad de orejas arrepolladas en la que nunca terminas los platos de lentejas y en la que hasta las pedrizas te parecen pradales de tulipanes amarillos. Qué años aquellos, cuando Dios no parecía estar bañado en este óxido y cuando el mar, el mar de azul crecido que uno siempre acaba extrañando, cabía en los dedales de mi madre. Un beso era capaz por sí solo de hacer llover como en la Biblia y, de ser profundo, se antojaba como la incrustación de una bala en el cuerpo. El beso de Garci es más propio de labios capaces de afilar cuchillos, de esos besos que da la gente con las manos achicharradas de adioses y con los colores absurdos de la soledad pintados en el semblante. Es el beso que daría uno de los inmóviles lagartos del recuerdo, pero beso al fin, digno de una escena veinticuatro. Aquél mío fue, por decirlo, el de unos años en los que aún no tienes que desquitarte las perezas y en los que dedicas buena parte del día a sofocar incendios: uno iba del corazón a sus estudios y en ese tránsito, como en la canción, derramaba lisuras como el que siembra el trigo que nunca ha de brotar. Al ser de esos a los que el cine se les antoja un descanso entre película y película –la vida es una cinta rodada entre algodonales de algún deseo— uno paga la entrada con la esperanza de verse retratado. Y al ver la que les digo, me he venido yo mismo a la memoria, pasmado y flaco, una inacabable noche de verano.
Qué tontería.

Somos los besos que hemos dado, los que le hemos robado a cada sueño vivido en aquellos colchones de resortes vencidos de nuestra adolescencia. Besos de pan tierno, profanadores de bocas asombradas, en los que hubiéramos muerto sin sentirlo.


Qué hermosa estás, tristeza, vista desde aquí.

Cine de Barrio

Y no hay que avergonzarse de lo que nos hace felices, por tentados que estemos. A mí, sin ir más lejos, no hace mucho tiempo, un latigazo estremecedor me sacudió el sentidero cuando fui consciente de que acababa de conmoverme con una película de Joselito. Una vez más. Miré en derredor por si alguien me hubiera sorprendido en trance tan comprometedor, pero sólo estaban mis hijos conmigo —más preocupados por disputarse el sofá que por otra cosa—, con lo que, lógicamente, suspiré aliviado. Reflexioné exculpándome: ¿qué culpa tengo yo de ser un sentimental barato que se deja pellizcar por un mocoso con hipotrofia que le canta un bolero a una abuelita tocada con echarpe y bigudíes? Algún día tendré que salir de este incómodo armario de las apariencias, me dije.
Sí, me gustan las películas de Joselito. Es más, me gusta Cine de Barrio. Mi mujer, sabiendo mi debilidad, le pidió a los reyes que me echaran un lote que venden por teléfono y que contiene sus cinco cintas capitales. No soporto el cine nórdico, ni el francés, ni el iraní, ni lo que muchos críticos consideran obras maestras. Me gusta sentarme en mi mesa camilla con brasero —sí, sí, con brasero, con brasero, jódanse— y dedicar una tarde a canturrear por lo bajo las enternecedoras coplas que salpican su filmografía. Cada semana acudo con nerviosismo a la crítica que comenta las películas que van a echar por el televisor con la esperanza de que alguno de los pedantes que escribe de cine me comprenda y me aconseje que la vea. Pero no, es biológicamente imposible que ni uno solo de esa reata de ensimismados diga siquiera que la película no provoca vómito.
Y sé que debo dejar de acomplejarme. Los creadores de opinión machacan a diario a quienes no alcanzamos el disfrute con todas las vanguardias: si uno dice que mucho de lo que desfila por la Pasarela Cibeles, por ejemplo, no son más que andrajos, recibe la mirada fustigadora de los que entienden y de los que fingen entender; si a uno se le ocurre dudar de la estabilidad mental de algunos de los que exponen en ARCO o de quienes ponen cara de papanatas ante un váter boca abajo es despreciado con una suficiencia que se asemeja a una forma larvada de racismo intelectual. Así todo. Y llega un momento en el que uno no puede considerarse tarado durante las veinticuatro horas: yo soy descreído, tan descreído como el que más, pero tengo mi corazoncito, y en algún pliegue genético se esconde el resorte que me hace emocionar con las cosas sencillas, bobas, melodramáticas.

Sí, me gustan las películas de kárate, las de Marisol, las de Tony Leblanc, las del marido aquel de la Mujer de Rojo que se pasa dos horas dando guantazos a los malos; me gusta el doblaje, las sevillanas, los americanos, el tinto de verano, la Navidad, el boxeo, Matalascañas, la sangría. Me gustan las cosas que, por lo visto, no deben gustar a aquéllos que están comprometidos con determinadas ideas de progreso intelectual. Cuando admito esto ante cualquier traductor de las tendencias correctas, tengo que hacerlo acentuando mi ironía para que el interlocutor justifique seguir siendo colega y cómplice: éste sonríe algo nervioso y cambia de conversación. No se puede vivir así eternamente y sé que acabo de defraudar a muchos, pero ya es tarde para rectificar.
Todo a cien

Con frecuencia me sobrevienen ataques de curiosidad por saber si los sociólogos han elaborado teorías puntuales acerca del mal gusto y la proliferación del mismo gracias a esa red de venta de lo imposible, de lo inaudito, de lo barroco que son las tiendas de veinte duros. Puede que no, dado el trabajo que les está dando delimitar la movilidad social de los españoles de este tercer milenio, pero, de haberlo hecho, a buen seguro habrán encontrado la clave que hace que este negocio sea uno de los más florecientes desde Sofico, por lo menos. No me basta el argumento inmediato de la baratura de sus productos; tiene que haber algo más. Me miro a mí, sin ir más lejos, y me veo fascinado ante los anaqueles abigarrados de posavasos del Atleti y de fiambreras color turquesa: cuando atisbo un comercio de este pelaje miro inmediatamente mi reloj y, si el tiempo me lo permite, entro al túnel de sensaciones más «iridisíaco» que conozco.
Hubo un momento en el que miraba a mi alrededor por si era demasiado notorio que estaba entrando, pero, desdoblada ya mi cobarde psicosis, entro como el que pasa a la consulta de su psicoanalista después de llevar dos años soltando la tela. Soy un enfermo del mal gusto y hago del culto al feísmo una pequeña teología ordinaria —también me gusta lo ordinario, pero el sentido que le doy aquí es otro— y una sustanciosa dependencia estética. Llega un momento en el que las cosas, de lo poco que me gustan, me entusiasman. Cantar, por ejemplo: es muy difícil cantar mal; lo natural es cantar regular, como cantamos usted y yo, pero cantar mal, lo que se dice mal, atonal, arrítmico, es tan difícil como cantar bien. Por eso me gustan los cantantes insospechadamente malos: pago fortunas por sus cintas.
Y en las tiendas estas dichosas se aglomeran los ejercicios plásticos de afeamiento más inimaginable: entre mis favoritos se encuentran la virgen incrustada en una hornacina de conchas marinas superpuestas y la bola de cristal con paisaje indeterminado que ve caer la nieve una vez se la agita. Son dos grandes clásicos. Hubo un tiempo en que eran imprescindibles, como los colgadores de llaves en los que se reproducía la frase de «Recuerdo de Peñíscola», o la postal bordada de una flamenca inequívocamente racial.

Veo cuadros de fiereza marina en olas verdeazules, otros con tres caballos alados piafando entre las nubes, otros con el rostro cóncavo de un santo cuya mirada te sigue adonde vayas, cerámicas satinadas simulando el arranque del vuelo de tres palomas, pequeñas peceras oscilantes con símiles gelatinosos de un minúsculo mar, flores de plástico con purpurina de imposible perfume, relojes de cocina con nombres de alimentos en lugar de los números de la esfera; y metacrilato, mucho metacrilato —una amiga mía llegó a tener todo el comedor de metacrilato, y crujía como un gozne oxidado cuando te sentabas y cuando te apoyabas en aquella mesa imposible—, cajitas y cajazas de metacrilato, espejos de cuarto de baño de metacrilato rodeados de un borde en dorado, ¿quién dijo que había muerto el metacrilato? No hace mucho, Javier González Ferrari me trajo de Venecia una góndola de plástico con un baño dorado que hizo mis delicias —y las suyas, pues creo que él se la compró con luz interior— y ha pasado a formar parte de mi colección de tesoros. Así todo.

Las tiendas de los veinte duros son más importantes de lo que la gente se cree. Son pequeños museos de arte contemporáneo que hacen felices a mucha gente.

Pasión por la Pasión

Hay cosas con las que no hay ironía que valga, en las que sólo vale el estremecimiento. Escribí estas líneas en vísperas del fervor, tan mío, tan nuestro, de la Semana Santa.


Que viene Dios, ¿no lo estáis viendo?,

en una sola caída

y está tres veces cayendo.

Se van tensando en Palencia los tambores de canto doliente por la Virgen de la Soledad; manos amorosas planchan las capas negras de los nazarenos del Cruficado de Zalamea en Orihuela, su pueblo y el nuestro, Miguel; se rompe la hora en el reloj de la Torre del Pilar, se forma El Pregón, y el tambor, todos los tambores, se hacen estruendo para que tiemble el suelo de Calanda, como tiembla el de Baena, el de Hellín, el de Moratalla; se disponen Marrajos y Californios a exhibir la grandiosidad cromática de la Cartagena aquella a la que me llevó mi inolvidable tío Casiano siendo yo un chiquillo; suenan las fúnebres matracas que abren cortejo a un Cristo escoltado por faroles al que llaman del Amparo en la intimidad solemne de las Capas Pardas de Zamora; me parece ver a Juan de Juni del brazo de Gregorio Fernández, siglos después, paseando entre el barroco castellano de Valladolid, entre la Espiga, la Luz, o el dolor de Angustias; Benlliure vuelve a Crevillente, de donde jamás se fueron los inimitables golpes de gubia con los que armó el rostro de la Virgen de los Dolores.


Que viene Dios, ¿no le estáis viendo?; que viene envuelto en el miserere que acompaña al Cristo de los Espejos que portan los banceros de Cuenca, más allá de las Turbas; que viene en la misma muerte del Cristo de la Expiración cuando deja Triana en esa media tarde de viernes, plomizo o soleado:

Y entre tanto yo me asomo

a tu puente, y lo recorro

de la duda al abandono;

tú te estás muriendo a plomo

Cachorro de Dios, Cachorro.
Que viene en el dolor malagueño de mi Dolorosa, Carretería abajo, Virgen de La Paloma en andas de Hombres de Trono; que viene en los «papones» de túnica negra del Dulce Nombre de Jesús andando desde el leonés suelo de Santa Noia; que viene en los «sayones» del Santo Sepulcro en la Semana Santa Marinera de Valencia. Es el Dios que viene en los «agarraores» de la Hermandad de la Caída de la Tobarra de la túnica marrón y agremán dorado del Paso Gordo; en los cargadores de Cádiz que portan a su «Aguaro» atado a La Columna y a su Ecce Homo coronado de espinas; en los Portapasos de la Murcia de El Encuentro, belleza inusitada de la locura creativa de Salzillo; en los hombros de los costaleros cordobeses que alzan a aquel Jesús Caído que soñó Manolete siendo Hermano Mayor.
Unas hebras de sol de primavera están a punto de palpar las túnicas de los nazarenos de esta España que saca a Dios a cuerpo y a su Madre bajo techo bordado, veleros de amor que navegan sobre un mar de cabezas… Y Sevilla. Cielo de zafiro encapotado de palios. Calle Pureza. Capilla de los Marineros,
Esperanza:
Calle de barrio viejo

que se convierte en Altar

y en barco que va parejo

como un Pallo por la mar…
Surge de los rincones un rumor de ángeles, cruza la sombra de una Cruz de Guía, en el horizonte relampaguean los ojos de la tarde que al apagarse dejan escuchar la voz antigua de los cielos de abril. Empieza a saber a incienso la palabra, se sueñan capirotes en bandada sobre la penumbra de las calles, Cautivo en la Trinidad, y en los jardines de Murillo, un fuego presentido:

El mundo en desafío ante tu puerta

mi amor de hombre, carga endurecida

y su pasado roto, su alma herida.

Mis extremos silencios de agua incierta

y mi ansiedad de ti, y sin medida

mi esperanza, Candelaria, y mi vida.

Domingo de Ramos

Hoy es Domingo de Ramos. Puede que, incluso, algunos no caigan en la cuenta; puede que no recuerden siquiera cuando llevaban las palmas a bendecir y estrenaban los zapatos aquellos que debían durar hasta que el pie dijese no. Puede. Pero ese tiempo existió, como existe hoy este otro en el que unos aprovechan para huir despavoridos de la usanza diaria y otros se acogen a la tradición de sacar a Dios a cuerpo, a hombros, en andas. Hay una España innumerable que hoy se aglomera en torno a un Paso de Misterio o de Palio y que se recuesta a verlo venir en el rincón secreto de la tradición y la memoria.

Con un sol entre las manos

y a lomos de un borriquillo

por el Domingo de Ramos

viene Dios hecho un chiquillo.
Sagrada y triunfante entrada en Jerusalén, que hoy tanto se parece a Zamora, a Málaga, a Sevilla; chiquillería con cirios en cuadril y bolsillos llenos de estampitas; «Nazareno, ¿me das un caramelo?»; bolas de cera pacientemente recogidas del llanto lento de cada llama; domingo de sol y reencuentros; un Dios que hoy es un poco más que una mano con dedos nudosos; plaza del querer donde pasan los años sin que nadie los cuente; corazones que abren sus cancelas de sangre; miradas desparramadas de los buscadores de perlas.
Hoy es Domingo de Ramos y un rumor de ángeles surge de entre los recodos y le viste a uno con ropaje de arrebato; me aturdo entre la nana y el respingo, entre las cruces y las rosas; cruza las esquinas la sombra de una parihuela y todo lo envuelve ese aire de portento cumplido. Todo porque hace un par de milenios —como escuché relatar— vivió un hombre que sólo saboreó la vida durante treinta y tres años, hijo de un humilde carpintero de pueblo y del que nadie supo nada durante el tiempo que tardó en cumplir los treinta. Nunca tuvo una familia, ni un hogar, ni vivió en una gran ciudad. Nunca viajó más allá de doscientos kilómetros de su lugar de nacimiento. Jamás escribió un libro, ni abrió una oficina, ni fundó una compañía. Tras morir torturado, sus ejecutores se sortearon su única propiedad: una túnica. Han pasado veinte siglos y ese hombre es hoy la figura central para una gran parte de la humanidad. Todos los ejércitos que han desfilado, todas las armadas que han navegado, todos los reyes que han reinado, juntos, no han tenido la misma influencia sobre la vida de los seres humanos que tuvo ese hombre que protagonizó una vida solitaria.
Por un aquél de los milagros, lo veo venir entre vítores cotidianos sujeto a los arreos de una burra y, sin quererlo, noto cómo me vuelven a apretar los zapatos y cómo la mano de mi madre me coloca al cuello almidonado el lazo pespunteado alguna víspera. La sangre se me hace incienso espeso y vuelvo a oír las palmas repiqueteando en el suelo antes de que alguien consiga que me quede quieto para hacerme esta fotografía que ya verdea, como cada año, en la repisilla de las cosas quietas. Hoy es Domingo de Ramos y luce el sol interior de mi ciudad. Saldré a la calle a buscar los ojos ocultos de mi padre tras el antifaz severo de un penitente, pasearé entre los agobios como cualquier cosa, veré el asombro escrito en el rostro de mi hijo y me acordaré, inevitablemente, de la mirada triste y asustada de cualquier niño de Bagdad.
Ese por el que espero que hoy no me duelan los dientes al rezar.

Un llanto de alta luna

Germán, creo que dijo el capataz que se llamaba. Sí, Germán, seguro. Germán a secas. Había recogido la noche su enorme mapa extendido, el sol se apañaba como podía para ir goteando luz por entre unas nubes empeñosas y pelmas, la calle Pureza respiraba con esa cosa que tienen los esplendores, se oía crepitar la trabajadera bajo un incendio oculto y volvía a su templo el Paso de las Tres Caídas. Era la última «chicotá», la que había de devolver al Señor a su casa después de doce horas andando por Sevilla y en una de las esquinas del Paso se agazapaba un chiquillo de apenas unos ocho años, de esos que siempre parecen hambrientos de desayunarse un nuevo panorama cada día, con el desaliño propio de la edad y de las horas y con la voluntad también propia de los que creen firmemente en algo, sin que los demás sepamos bien por qué. ¿Quién era Germán? No lo sé. Levantaba apenas un metro del suelo y, a buen seguro, era trianero, de alguna calle cercana a la Capilla de los Marineros, o de más allá del Altozano desde el que la Capillita del Carmen vigila la mar que no se ve, o del Tardón, o de la Cava, si es que no lo sé. Hizo Estación de Penitencia casi sin musitar palabra: reía y lloraba, aplaudía en ocasiones, se le atragantaba la ternura de cuando en vez. Lo más cierto de aquella mañana fueron sus ojos cuando estallaron en un llanto inconsolable al pedir el capataz —«sangre por la que navega una voz densa»— una «levantá» por él y por el esfuerzo de haberles acompañado una noche entera, doce horas, agarrado al patero derecho del Paso, sin soltarse, sin abandonar, sin beber, sin comer. Usó entonces la camiseta que vestía para enjugar las hondas y copiosas lágrimas que caían como cataratas por su cara. Jamás vi llorar a un niño así. ¿Quién era Germán? No lo sé. Sólo sé que allí sollozó hasta el mármol de los dioses de mármol. No sabíamos de dónde venía, quién era su familia, quién le había dejado allí cuando ni siquiera nacía la Esperanza. No sabíamos qué le había impulsado a arrebujarse en el costado de aquella canastilla, qué misterioso deseo abrigaba el sótano de su alma, adónde iría una vez recogido Dios en la hornacina de cada día. Nadie vino a dejarlo y nadie vino, tampoco, a recogerlo, al menos que supiéramos. Nadie le había visto antes. Pero hasta las almas que habitualmente parecen templos deshabitados se encogieron al ver llorar a un niño como aquél con una furia desatada por una emoción desconocida. Tal vez fuera un rapaz sin más deseo que el de una noche de cofradía, tal vez guardara un secreto ruego que jamás llegaremos a conocer, tal vez fuera el hijo de un nazareno próximo, tal vez no, y la vida le viniera grande y sola, como una ráfaga fría de desamparo. ¿Quién era Germán? No lo sé. No lo supimos. Siguió llorando un tanto desorientado una vez entró la cofradía y se marchó, como si de repente se hubiese quedado solo y hubiese despertado. Probablemente nada ganaríamos con partir su secreto en mil pedazos; sin embargo, alguien capaz, como él, de oxigenar el aroma que esconde el revés de un guante arrinconado, de emocionar a un asomo de gentío con su llanto de diamante molido, merecería ser el protagonista de un cuento de primavera tan cierto y real como éste.


Seas quien seas, Germán, ojalá se detenga el tiempo sin tocarte. En días como estos, en los que el sueño y la muerte no tienen ya qué decirse, un llanto de alta luna como el tuyo ha venido a recomponer los pedazos de alas rotas en los que acostumbran a acabar nuestros peores poemas.
Que Dios te bendiga.

Vámonos
Vienen de lejos, algunos. Otros sólo tienen que cortar una vieja vereda de carne y arena en dos días, tres días, no sé; un año entero, dicen las coplas. Los bueyes marcan el paso cansino entre barandales floridos, esas cosas que da el campo en primavera, ese surgir de pronto tan de por aquí abajo, de cuando algunos jaramagos se alteran en jardines prodigiosos, inexplicables. Cantan; incluso mastican oraciones. Sueñan escenas repetidas, paisajes sabidos e instantes conocidos. Romeros de vara y boto, de polvo y puntilla, de volante y flor, de rengue y rezo; romeros repeinados por la costumbre, remorenos de salenera baja, de llanto pronto y de abrazo suelto.
Coge la manta y vente, que ya cruzan el Guadalquivir a lomos de la vieja madera de la barcaza de Cristóbal; cruzan el Malandar para desvirgar las puertas secretas que van a dar a La Plancha, donde ya no vive Alfonso; cruzan Marismilla con la prisa lenta de las romerías antiguas, seculares; miran de soslayo al Inglesillo y cruzan los cerros, las dunas móviles, los Lucios de aves y aguas, el Membrillo, vetalengua, Los Ansares. Sanlúcar de Barrameda ondea el pañuelo de adiós desde Bajo de Guía. Y Huelva llega a Gato por el camino de Moguer, y Sevilla a Cuatro Vitas, y Triana al Quema, y Almería a Villamanrique cabalgando la indulgencia de su acento. Llegan por algo más que una jarana o un paseo. Llevan llegando desde que un pastor dio con una imagen allá donde amanece rezumante la marisma, donde Doña Ana dio nombre a un puñado de humedales. Llegan del norte al sur, de Madrid, de Badalona (¿cómo estás, inolvidable Paco?), de Canarias, de Ceuta, de Bruselas, de Australia…


Se prenden flores silvestres en el pelo, se tocan con ala ancha, se atan zahones a la cintura, se abotonan caireles de plata nueva, se cuelgan medallas desgastadas y emprobrecidas por la riqueza de los años. Siguen a un Sinpecado lento, a un tamborilero joven, a un boyero viejo y a un sueño repetido. Prenden candelas para abrigar el cante de una noche de primavera, rezan a la manera de nosotros en el alba incierta de las tierras bajas, desparraman el llanto en cada ceremonia del reencuentro, excarcelan la risa tras la comunión civil del vino. Almonte abre las espuertas de la dicha y un aluvión de criaturas cruza el Puente del Ajolí con su singular acopio de lunas contadas: una, dos, tres… Un año más la vida se tantea por salves cantadas al abrigo resinoso de los pinos, los que siguen llorando en el Coto despidiendo a las carretas (qué hermosa copla, inmortal Manolo Garrido). Arriban a una ermita blanca al compás estrepitoso que marca el cohetero y trazan sobre la última arena su paseíllo de gloria: un rostrillo de plata envuelve el semblante único de una Virgen única salvada de tanta ansia por una reja de espera. Almonteño, déjame. Déjame, Diego, santero, que me acerque. Déjame tocarla, que vengo bebiendo vientos desde que dejé a los míos más allá del tiempo.

Ya está aquí Pentecostés y algunos van a seguir sin entenderlo. Poco importa. Nunca precisó el cielo de valedores que sólo conocen la romería por un par de imágenes sabidas y retorcidas; cuatro relumbrones lloriqueando y cuatro fotógrafos inmortalizando el fuego fatuo de la impostura tonta. Me revientan. No pintan nada. No son nada, pero lo parecen todo. Detrás de ellos, de tanto simple disfrazado, está la gente, la que no aparece en informaciones superficiales, la que no se va tal como ha venido. La gente. La que sabe quién está al final del camino y cómo sabe el sur de España interpretar la partitura de la Fe desde la irresistible batuta de la alegría.
Pero, ¡qué más da! Llega el día. Nos espera Ella.


Vámonos.

Cibeles, una pasarela de excentricidades

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