El arte de la felicidad un nuevo mensaje para nuestra vida cotidiana




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La cuestión de la naturaleza humana



Durante las últimas décadas, la visión del Dalai Lama sobre la na­turaleza compasiva de los seres humanos parece estar ganando terreno en Occidente, fruto de un gran esfuerzo. En el pensamiento occidental se halla profundamente arraigada la idea de que el comportamiento humano es esencialmente egoísta. Nuestra cultura se ha visto domi­nada durante siglos por la convicción de que no sólo somos congéni­tamente egoístas, sino también agresivos. Claro que asimismo son muchas las personas que han mantenido el punto de vista opuesto. A mediados del siglo XVIII, por ejemplo, David Hume escribió mucho sobre la «benevolencia natural» de los seres humanos. Un siglo más tarde, incluso Charles Darwin atribuyó a nuestra especie un «instinto de simpatía». Pero, por alguna razón, en nuestra cultura ha echado raíces el punto de vista más pesimista sobre la humanidad, al menos desde el siglo XVII, bajo la influencia de filósofos como Thomas Hob­bes, quien tuvo una visión bastante pesimista de la especie humana, a la que consideraba violenta, competitiva y en conflicto continuo, úni­camente preocupada por el interés propio. Hobbes, que se hizo fa­moso por descartar cualquier atisbo de bondad humana básica, fue descubierto en cierta ocasión dándole dinero a. un mendigo, en la ca­lle. Al ser interrogado acerca de este impulso de generosidad, afirmó: «No lo hago para ayudarle, sino para aliviar mi propia angustia al ver su pobreza».

De modo similar, en la primera parte de este siglo, el filósofo Geor­ge Santayana, de origen español, escribió que los impulsos generosos y de preocupación por los demás son generalmente débiles, fugaces e inestables, y «si se escarba un poco por debajo de la superficie se en­contrará un hombre feroz, obstinado y profundamente egoísta». Des­graciadamente, la ciencia y la psicología occidentales se aferraron a ideas como éstas, admitiendo e incluso estimulando dicho egoísmo. Durante los primeros tiempos, la moderna psicología científica per­sistió en la suposición de que toda motivación humana es, en último término, egoísta y se basa puramente en el propio interés.

Después de aceptar implícitamente la premisa de nuestro egoísmo connatural, destacados científicos han añadido, durante los últimos cien años, la creencia en la naturaleza esencialmente agresiva de los seres humanos. Freud afirmó que «la inclinación hacia la agresión es una disposición original e instintiva que se sustenta a sí misma». En la segunda mitad de este siglo hubo dos autores en particular, Robert Ardrey y Konrad Lorenz, que examinaron las pautas del comporta­miento de ciertas especies animales depredadoras y llegaron a la con­clusión de que los seres humanos también eran básicamente depre­dadores, dotados de una tendencia innata a luchar por la posesión de territorio.
En los últimos años, sin embargo, el péndulo parece alejarse de esta visión profundamente pesimista, para acercarse a la sustentada por el Dalai Lama, la de la naturaleza bondadosa y compasiva del hombre. Durante las dos o tres últimas décadas cientos de estudios científicos indican que la agresividad no es innata y que el comportamiento violento está influido por factores biológicos, sociales, situacionales y ambientales. La síntesis de estas recientes investigaciones se refleja en la Declaración de Sevilla sobre la Violencia, en 1986, redactada por más de veinte destacados científicos de todo el mundo. En ella, se re­conoce, naturalmente, que el comportamiento violento existe, pero se afirma categóricamente que es científicamente incorrecto decir que te­nemos una tendencia heredada a hacer la guerra o actuar con violen­cia. Ese comportamiento no se encuentra genéticamente en el hom­bre. Los científicos dijeron que a pesar de tener un aparato neuronal apto para actuar con violencia, ese comportamiento no se activa automáticamente. En nuestra neurofisiología no hay nada que nos im­pulse a actuar con violencia. Al examinar el tema de la naturaleza hu­mana básica, la mayoría de los investigadores de este campo tienen la impresión de que poseemos potencial para desarrollarnos como per­sonas bondadosas o agresivas, y que prevalezca uno u otro impulso depende en buena medida de nuestra formación.

Los investigadores contemporáneos no sólo han rechazado la te­sis de la agresividad innata, sino también la del egoísmo. Investiga­dores como C. Daniel Batson o Nancy Eisenberg, de la Universidad Estatal de Arizona, han realizado numerosos estudios en los que se demuestra que los seres humanos tenemos una tendencia hacia el comportamiento altruista y algunos científicos, como la socióloga Linda Wilson, tratan de descubrir la causa. La doctora Wilson ha teorizado que el altruismo puede formar parte de nuestro instinto básico de su­pervivencia, precisamente lo opuesto a las ideas de pensadores ante­riores, quienes sostuvieron que la hostilidad y la agresividad eran la característica constitutiva de nuestro instinto de supervivencia. Al examinar más de cien grandes desastres naturales, la doctora Wilson encontró una fuerte tendencia altruista entre las víctimas, lo que pa­recía formar parte del proceso de recuperación. Descubrió que la ayu­da mutua tendía a evitar problemas psicológicos derivados de situa­ciones traumáticas.

La tendencia a establecer estrechos vínculos con los demás, ac­tuando en favor del bienestar colectivo, puede estar profundamente enraizada en la naturaleza humana, por haberse forjado en un remo­to pasado, cuando aquellos que pasaban a formar parte de un grupo tenían mayores probabilidades de supervivencia. Esta necesidad de estrechos lazos sociales persiste en la actualidad. En un estudio reali­zado por el doctor Larry Scherwitz, que examina los factores de ries­go de enfermedades coronarias, se ha descubierto que las personas más centradas en sí mismas (quienes suelen utilizar más los pronom­bres «yo», «mi» y «mío» en una entrevista) eran las más propensas a desarrollarlas, a pesar de mantener refrenados muchos comporta­mientos amenazadores para la salud. Los científicos están descubrien­do que las personas sin estrechos lazos sociales tienen una salud defi­ciente, niveles más elevados de infelicidad y son más vulnerables al estrés.

Abrirse para ayudar a los demás puede ser tan fundamental para nuestra naturaleza como la comunicación. Podría establecerse una analogía con el desarrollo del lenguaje, que, como la capacidad para la compasión y el altruismo, es una de las magníficas características de la raza humana. Hay zonas del cerebro específicamente dotadas para el desarrollo del lenguaje. Si nos vemos expuestos a unas condi­ciones ambientales correctas, como por ejemplo una sociedad en la que se habla, esas zonas del cerebro empiezan a desarrollarse y a ma­durar y aumenta nuestra capacidad para el lenguaje. Del mismo modo, todos los seres humanos pueden poseer la «semilla de la compasión», que florecerá en condiciones adecuadas, en el hogar, en el conjunto de la sociedad quizá, más tarde, gracias a nuestros propios y decididos esfuerzos. Animados por esta idea, los investigadores tratan de des­cubrir ahora cuáles son las condiciones ambientales óptimas para la maduración de esa semilla en los niños. Por el momento han identificado varios factores: tener padres capaces de regular sus propias emo­ciones, con un comportamiento altruista que los niños puedan imi­tar, que establezcan límites apropiados para el comportamiento del niño, que infundan en él responsabilidad y que utilicen el razona­miento para dirigir su atención hacia estados afectivos y hacia las consecuencias que puede tener su comportamiento sobre los demás.
Revisar nuestros presupuestos sobre la naturaleza fundamental de los seres humanos, pasando de lo hostil a lo cooperativo, abre nuevas posibilidades ante nosotros. Si empezamos por asumir el modelo del propio interés de todo comportamiento humano, el niño sirve como un ejemplo perfecto, como una «prueba» de esa teoría. En el momen­to de nacer, parece tener una sola cosa en su mente: la satisfacción de sus necesidades, como la alimentación y el bienestar físico. Pero si dejamos de lado esa suposición, empieza a surgir ante nosotros una imagen completamente nueva. Podemos decir entonces, con la misma facilidad, que el niño nace programado sólo para aportar placer y alegría a los demás. Al observar a un niño sano, sería difícil negar la na­turaleza bondadosa de los seres humanos. A partir de esto, podríamos argumentar que el niño tiene una capacidad innata para aportar pla­cer a otro, a la persona que lo cuida. Un recién nacido, por ejemplo, sólo tiene desarrollado un cinco por ciento del sentido del olfato, en comparación con un adulto, mientras que el sentido del gusto es más débil aún. Pero estos sentidos en el recién nacido están polarizados en el olor y el sabor de la leche. El acto de mamar no sólo le aporta nu­trientes, sino que también sirve para aliviar la tensión en el pecho de la madre. Así pues, podríamos decir que el niño nace con la capaci­dad innata para producir placer en la madre, al aliviar la tensión en su pecho.

Un niño también está biológicamente programado para reconocer y responder, y son muy pocas las personas que no experimentan un verdadero placer cuando un bebé las mira inocentemente a los ojos y les sonríe. Algunos etólogos han sugerido que cuando un niño sonríe a la persona que lo cuida, o la mira directamente a los ojos, está si­guiendo una «pauta biológica» profundamente enraizada, que «pro­voca» comportamientos bondadosos, tiernos y atentos en esa persona, que también son instintivos. Conforme avanza la investigación de la naturaleza, la noción del niño como un pequeño manojo de egoísmo, como una máquina de comer y dormir, va dejando paso a la de un ser que llega al mundo dotado de un mecanismo para complacer a los de­más, y que sólo necesita condiciones ambientales adecuadas para que germine y crezca en él la «semilla de la compasión», fundamental y natural.

Una vez que llegamos a la conclusión de que la naturaleza básica de la humanidad es compasiva en lugar de agresiva, nuestra relación con el mundo que nos rodea cambia inmediatamente. Ver a los demás como básicamente compasivos en lugar de hostiles y egoístas nos ayu­da a relajamos, a confiar, a sentimos a gusto. Nos hace más felices.
Meditación sobre el propósito de la vida.
Esa semana, mientras el Dalai Lama estaba en el desierto de Arizo­na, dedicado a explorar la naturaleza humana y a examinar la mente con el escrutinio de un científico, una sencilla verdad pareció iluminar todas las discusiones: el propósito de nuestra vida es la felicidad. Esa simple afirmación puede utilizarse como una poderosa herramienta para navegar a través de los problemas cotidianos. Desde esa pers­pectiva, nuestra tarea consiste en descartar las que conducen al sufri­miento y acumular aquellas otras que conducen a la felicidad. El mé­todo, la práctica diaria, supone incrementar nuestra comprensión de lo que conduce verdaderamente a la felicidad.

Cuando la vida se hace demasiado complicada y nos sentimos abru­mados, a menudo resulta muy útil retroceder un poco y recordar cuál es nuestro propósito, nuestro objetivo esencial. Al afrontar la sensa­ción de estancamiento y confusión, puede sernos útil tomar una hora, una tarde o incluso varios días para reflexionar y determinar qué es lo que nos aportará verdaderamente felicidad, para luego organizar nues­tras prioridades. Eso puede resituar nuestra vida en el contexto ade­cuado, permitir una nueva perspectiva y ver el camino correcto.

De vez en cuando, tenemos que afrontar decisiones fundamentales que pueden afectar al curso de nuestras vidas. Quizá decidamos, por ejemplo, contraer matrimonio, tener hijos o estudiar para ser aboga­dos, artistas o electricistas. Una de dichas decisiones puede ser tam­bién la firme resolución de ser felices, de conocer los factores que conciernen a la consecución de la felicidad y dar pasos en esa direc­ción. Volverse hacia la felicidad como un objetivo alcanzable y tomar la decisión de buscarla de manera sistemática, puede cambiar profun­damente nuestra vida.

El conocimiento que tiene el Dalai Lama de los factores que, en úl­timo término, conducen a la felicidad, proviene de toda una vida de observación metódica de su propia mente, de exploración de la con­dición humana, dentro del marco establecido por Buda hace veinti­cinco siglos. Así, el Dalai Lama ha llegado a algunas conclusiones de­finitivas sobre qué actividades y pensamientos son más valiosos. Sintetizó sus convicciones en las siguientes palabras, sobre las que se debe meditar.

-A veces, al encontrarme con viejos amigos, recuerdo lo rápida­mente que pasa el tiempo. Y eso hace que me pregunte si lo utiliza­mos adecuadamente. La utilización adecuada del tiempo es muy im­portante. Con este cuerpo y especialmente con este extraordinario cerebro humano, cada minuto es precioso. Nuestra existencia cotidia­na está llena de esperanza, a pesar de que nada garantiza nuestro futu­ro. Nada nos asegura que mañana, a esta misma hora, estaremos aquí. A pesar de ello, trabajamos esperanzados. Así pues, necesitamos ha­cer el mejor uso posible de él. Estoy convencido de que la utilización adecuada del tiempo consiste en servir a otras personas, a otros seres sensibles. Si no pudiera ser así, evitemos al menos causarles daño. Creo que ésa es toda la base de mi filosofía.

»Así pues, reflexionemos sobre cuál es el verdadero valor en la vida, qué da significado a nuestras vidas, y establezcamos nuestras priori­dades sobre esa base. El propósito de nuestra vida ha de ser positivo. No nacimos con el propósito de causar problemas, de hacer daño a los demás. Para que nuestra vida sea valiosa, tenemos que desarrollar buenas cualidades, como cordialidad, afabilidad y compasión. Enton­ces, nuestra vida podrá ser más significativa y pacífica, más feliz.

Segunda parte

Compasión y calidez humanas
5 Un nuevo modelo de relación íntima

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