¡Ella estaba allí para hacer un trabajo no para enamorarse de un príncipe! Pero Olivia Montgomery tenía dificultad para recordar eso, cuando el sexy príncipe




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título¡Ella estaba allí para hacer un trabajo no para enamorarse de un príncipe! Pero Olivia Montgomery tenía dificultad para recordar eso, cuando el sexy príncipe
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Claro Liv, y supongo que el príncipe te lo enseñaría.
La idea era tan ridícula que casi se rió en voz alta. ¿Qué podría ver un guapo y sexy príncipe en una “cerebrito”, una mujer totalmente tan poco atractiva como ella?
— Entonces, ¿qué piensas de nuestra isla?— Aaron le preguntó mientras bajaban las escaleras juntos.
— Lo que he visto de ella es muy bonito. Y el castillo no es en absoluto lo que yo esperaba.
—¿Qué esperabas?

— Honestamente, pensé que sería oscuro y húmedo —. En realidad, era amplio y luminoso y muy bellamente decorado. ¡Y tan enorme! Una persona podría perderse durante días vagando por esos pasillos largos y alfombrados. Apenas podía creer que iba a pasar semanas, o incluso meses, allí. — Esperaba muros de piedra y armaduras en los pasillos.
El príncipe se echó a reír, un sonido profundo y gutural. — Somos un poco más modernos que eso. Encontrarás que las habitaciones cuentan con todas las comodidades y la distinción que se puede esperar de un hotel de cinco estrellas.
No es que ella supiera la diferencia, ya que nunca había estado en algo más lujoso que un Days Inn.
— Aunque... — hizo una pausa y miró hacia ella. — El único lugar posible para el laboratorio, a falta de la construcción de una nueva instalación en los jardines, fue el sótano. — ella se encogió de hombros. No sería la primera vez que había trabajado en un laboratorio en el sótano. — Eso está bien para mí.
— Lo que solía ser el calabozo.

Su interés se despertó. — ¿En serio?
Él asintió con la cabeza. — Muy oscuro y húmedo a la vez…y completo, con cadenas en la pared y dispositivos de tortura.
Ella le miró con escepticismo. — Estás bromeando, ¿verdad?
— Si, claro. Se ha actualizado desde entonces, por supuesto. Lo usamos como despensa, almacén para la comida y como bodega. Las instalaciones de lavandería están ahí abajo, también. Creo que quedarás impresionada con el laboratorio. No es oscuro o húmedo en absoluto.
Debido a que la mayor parte de su tiempo lo pasaba mirando un microscopio o una pantalla de ordenador, lo que el laboratorio pareciera no le importaba mucho. Mientras que fuera funcional.
La condujo a través de una enorme cocina llena de actividad y con aroma de pan recién horneado y especias. Su estómago gruñó y trató de recordar la última vez que había comido. Había estado demasiado nerviosa para ingerir la comida ofrecida en el avión.
Ya habría tiempo para comer más tarde.

Aaron se detuvo frente a una puerta de madera grande que ella asumió llevaba hasta el sótano. — Hay una entrada separada de empleados que el personal de la lavandería usa. Lleva fuera, a la parte posterior del castillo. Sin embargo, como invitada, vas a utilizar la entrada de la familia.
— Muy bien.
Alargó la mano hacia la manija, pero no abrió la puerta. — Hay una cosa de la que probablemente deba avisarte.
¿Avisarla a ella? Eso no sonaba muy bien. — ¿Sí?
— Como ya he dicho, el sótano se ha actualizado.
— ¿Pero...?
— Ya sabes…era un calabozo.
Ella no entendía donde estaba el problema. — Muy bien.
— Una gran cantidad de personas murieron allí.
¿Iba a tropezar con los cuerpos en su camino hacia el laboratorio o algo así?

—¿Recientemente?
Él se echó a reír. — No, por supuesto que no.
Liv seguía sin entender nada.— ¿Así que...?

— Eso molesta a algunas personas. Y el personal está convencido de que está embrujado.
Liv le miró como si se hubiera vuelto loco de repente.
— Supongo que no crees en fantasmas, — dijo Aaron.
— La existencia de espíritus, o de una vida futura, nunca han sido probados científicamente.
Él debería haber esperado eso de una científica. — Bueno, entonces supongo que no tienes nada que temer.
— ¿Tú si? — preguntó ella.

—¿Qué si creo en fantasmas? — A decir verdad, nunca había sentido algo como una corriente de aire frío ahí abajo, pero la gente había jurado escuchar voces sin cuerpo y ver las emanaciones fantasmales. Hubo algunos miembros del personal que se negaron a poner un pie en las escaleras. También había una tasa de rotación inusualmente alta entre los trabajadores de las lavanderías. Pero él estaba convencido de que era más probable problema de una imaginación hiperactiva que nada de otro mundo. — Creo que se puede decir que trato de mantener una mente abierta.
Abrió la puerta y le hizo un gesto para bajar. La escalera era estrecha y empinada, la madera crujía bajo sus pasos a medida que descendían.
— Es un poco espeluznante — ella admitió.
En la parte inferior era una serie de pasadizos que daban lugar a varias alas diferentes. Las paredes aquí abajo estaban construidas de piedra y mortero, aunque estaba bien iluminado, ventilado y limpio.
— El almacén y la bodega están por ahí — dijo, señalando a los pasadizos de la izquierda.

—El servicio de lavandería es recto por el pasillo central, y el laboratorio es por aquí.

La condujo hacia la derecha, al volver una esquina había una puerta de metal brillante, con una ventana de vidrio grueso que le pareció completamente fuera de lugar en ese entorno. Marcó un código de seguridad para desbloquearla, la abrió y pulsó el interruptor de la luz. En el instante en que las luces parpadearon escuchó un jadeo suave detrás de él, y se volvió a ver a Liv mirando con los ojos muy abiertos de asombro todo el equipo que había conseguido en préstamo de varias instalaciones en la isla y el continente. La salvación de su país no tenía precio, era eso o irían camino hacia un desastre natural.
Ella pasó junto a él a la habitación. — Esto es perfecto — dijo con esa voz suave y entrecortada, pasando sus manos a lo largo de las piezas del equipo cuya función él no podía ni empezar a imaginarse. Lento y suave, como si estuviera acariciando el cuerpo de un amante.
Maldita sea. Él podría encenderse viéndola hacer eso, imaginando esas manos paseando por encima de él.
Si se tratara de su tipo de mujer, lo cual no era en absoluto. Además, a él no le faltaba compañía femenina.
— Es pequeño — dijo Aaron.
— No, no es perfecto — Ella se volvió hacia él y le sonrió, con una mirada soñadora en su cara. — Desearía que mi laboratorio, cuando vuelva a casa, estuviera así de completo.
Él estaba sorprendido de que no lo fuera. — Tenía la impresión de que estabas haciendo alguna investigación innovadora.

— Sí, pero la financiación es un problema, no importa qué tipo de trabajo estás haciendo. Especialmente cuando eres independiente, como yo.
— Tiene que haber alguien dispuesto a financiar tu investigación.
— Muchos, pero hay demasiada burocracia en el sector privado. Prefiero hacer las cosas a mi manera.
— Entonces, nuestra donación debería servir para mucho.
Ella asintió con entusiasmo. — La verdad es que, unas semanas más y podría haberme quedado sin hogar. Llamaste en el momento justo.

Cruzó la habitación hacia los contenedores de metal que habían precedido a su llegada por varios días. — Veo que mis cosas han llegado bien.
— ¿Necesitas ayuda para desempacar?
Ella negó con la cabeza vigorosamente. — Hay materiales sensibles y equipamiento aquí. Prefiero hacerlo yo misma.
A Aaron le pareció un montón de trabajo para una sola persona. — El ofrecimiento para el asistente sigue en pié. Puedo tener a alguien aquí el viernes por la mañana.
Ella miró su reloj, arrugando la cara con confusión. — ¿Y que día es hoy? El cambio de hora de los EE.UU. me ha desorientado por completo.
— Es martes. Las cinco en punto.
— ¿De la tarde?

— Sí. De hecho, la cena es a las siete.
Ella asintió con la cabeza, pero todavía se veía un poco confundida.
— Por curiosidad, ¿cuándo fue la última vez que dormiste?
Ella arrugó su cara otra vez, estudió su reloj por un segundo, y luego se encogió de hombros y dijo: — No estoy segura. Veinte horas al menos. Probablemente más.
— Debes de estar agotada.
— Estoy acostumbrada a ello. Paso muchas horas en el laboratorio.
Veinte horas era muchísimo tiempo, incluso para un adicto al trabajo, y él había viajado a menudo lo suficiente para saber lo que el jet lag podía hacer a una persona. Especialmente a alguien que no estaba acostumbrado a los viajes largos en avión. — Tal vez antes de que empieces a desembalar los contenedores deberías al menos dormir una siesta.
— Estoy bien, de verdad. Aunque, supongo que no me importaría un cambio rápido de ropa.
— Por qué no te enseño tu habitación.
Ella miró con nostalgia todo el equipo nuevo y brillante, y luego asintió con la cabeza y dijo: — Muy bien.
Apagó las luces y cerró la puerta, escuchando que se bloqueó automáticamente detrás de él.
— ¿Voy a tener mi propio código? — le preguntó ella.
— Por supuesto. Tendrás acceso completo a lo que sea y dondequiera que tú lo necesites.

Él llevó a Liv de nuevo a través de la cocina y las escaleras hasta el tercer piso, a las habitaciones de invitados. Ella parecía un poco perdida cuando por fin llegaron a su puerta.
— El castillo es tan grande y lioso — dijo.
— No es tan malo una vez que te aprendes el camino.
— No tengo exactamente un gran sentido de la orientación. No te sorprendas si me encuentras vagando por los pasillos sin rumbo fijo.
— Haré que Derek te imprima un mapa — él abrió la puerta e hizo un gesto hacia su interior
— Es preciosa — le dijo con esa voz suave y entrecortada. — Tan bonita.
Demasiado femenina y almibarada para su gusto, con sus paredes y cortinas de flores con volantes, pero sus invitadas parecía apreciarla. Aunque él nunca habría catalogado a Liv como el tipo de chica femenina. Ella era demasiado... analítica. Muy práctica. Por lo menos en la superficie.
— El cuarto de baño y el vestidor están allí — dijo, señalando una puerta de la habitación. Pero la atención de Liv estaba en la cama.

— Parece tan cómoda — Liv cruzó la habitación hacia la cama y pasó una mano sobre el edredón floreado. — Tan suave.
Ella era una mujer muy táctil. Siempre acariciaba y tocaba las cosas. Y él no podía dejar de preguntarse cómo se sentirían esas manos si lo tocaran a él.
— ¿Por qué no te echas y descansas? — dijo. — El laboratorio puede esperar.

— Oh, no debería— ella protestó, pero ya se estaba quitando los zapatos y arrastrándose por la parte superior del edredón. Se recostó contra las almohadas y suspiró felizmente. Sus ojos se cerraron. — ¡Oh, esto es una maravilla!
Aaron realmente no había pretendido que le hiciera caso en ese mismo instante. Por lo menos, los huéspedes esperaban hasta que él salía de la habitación, no se echaban en la cama justo en frente de él. Pero podía ver que nada era normal en Olivia Montgomery.
Al menos ella no se había desnudado en primer lugar. No es que no tuviera curiosidad por ver lo que estaba escondido debajo de esa ropa. Estaba empezando a pensar que había mucho más de Liv de lo que él pensaba.
—Encontraras tus maletas en el armario. ¿Seguro que no te gustaría que una doncella te ayudara a deshacerlas?
— Yo lo puedo hacer — dijo con voz suave y somnolienta.

— Si cambias de opinión, házmelo saber. Aparte de eso, pide todo lo que necesites. Hay toallas y ropa de cama en el cuarto de baño. Además de artículos de tocador. Si necesitas cualquier otra cosa, de día o de noche, sólo tienes que levantar el teléfono. La cocina está siempre abierta. Asimismo, te invitó a utilizar el gimnasio o la sala de juegos, también de día o de noche. Queremos que te sientas completamente a gusto aquí.
Se acercó a la ventana y abrió la cortina, dejando entrar un rayo de sol del atardecer. —Tienes una vista muy hermosa del océano y los jardines de aquí. Aunque no hay mucho que ver en los jardines en esta época del año. Podríamos dar una vuelta por ahí mañana.
O no, pensó, cuando ella no le respondió. Entonces oyó un sonido suave que venía de la cama.
Ella se había vuelto hacia un lado y estaba acurrucada formando una bola, abrazando la almohada. Se acercó a la cama y se dio cuenta de que estaba profundamente dormida.
— Liv —la llamó en voz baja, pero ella no se movió. Al parecer, estaba más cansada de lo que se había dado cuenta.

Encontró una manta de repuesto en el armario, viendo su equipaje mientras la buscaba, la cantidad visiblemente pequeña de maletas. Sólo dos maletas de tamaño mediano que habían visto días mejores. Las típicas invitadas femeninas, especialmente las que se quedaban para una estancia prolongada, traían un montón de maletas.
Se recordó una vez más que Liv no era la típica huésped real. Y, él se quedó un poco sorprendido cuando se dio cuenta de que le gustaba eso de ella. Podría muy bien ser un cambio refrescante.
Volvió a la cama y la cubrió con la manta, entonces, por razones que no pudo comprender, se sintió obligado a mirarla por un momento. Los ángulos de su rostro se suavizaban cuando ella dormía, haciéndola parecer más joven y vulnerable.
Ella no era su tipo, se recordó.
Si tenía que ser honesto consigo mismo, su - tipo - tenía mucho que ofrecer físicamente, pero no intelectualmente, y él se quedaba por lo general sintiéndose aburrido e insatisfecho. Tal vez ya era hora de un cambio de rumbo.
Seducir a una mujer como Liv podía ser justo lo que necesitaba para animar las cosas.
Capítulo 3
Ya era oficial. Liv se había perdido.
Se paró en un pasillo desconocido, en el que estaba bastante segura de que se encontraba en el segundo piso, buscando la escalera que conducía a la cocina. Había estado arriba y abajo de dos tipos distintos de escaleras ya esta mañana, y había vagado a través de una docena de diferentes pasillos. O había dos cuadros idénticos del mismo arcaico hombre de aspecto aburrido con un uniforme militar, o había estado en ese corredor en particular más de una vez.
Miró de un lado a otro completamente perdida, se dio la vuelta preguntándose qué dirección debía de tomar. Estaba hambrienta, y la mochila llena de libros y papeles colgaba como un peso muerto de un hombro. Si no comía pronto, su nivel de azúcar en sangre se sumergiría hasta la zona crítica.
Hizo algo muy científico, lo decidió con el pito-pito-gorgorito, y se fue hacia la izquierda doblando la esquina y se tropezó de frente con una pequeña mujer de pelo rojo, una sirvienta, que llevaba un montón de ropa limpia. La fuerza de la colisión golpeó a la sirvienta haciéndole perder el equilibrio y la ropa cayó a la alfombra.
— ¡Oh, Dios mío! Lo siento mucho — Liv se agachó para recoger la ropa. — No estaba mirando por donde iba.
— No es ningún problema, señorita — dijo la criada con un encantador acento irlandés, arrodillándose para ayudar. — Usted debe ser nuestra científica americana. ¿La señorita Montgomery?

Liv puso la última prenda ligeramente desaliñada en sus brazos y las dos se levantaron. — Sí, soy yo.
La criada la miró de arriba abajo. — Bueno, no se parece mucho a una científica.
— Sí, ya he oído eso muchas veces — Y ella siempre se sentía tentada a preguntar a qué se parecía, pero le daba un poco de miedo la respuesta que podría obtener.
— Soy Elise — dijo la sirvienta — Si usted necesita cualquier cosa, me lo pide a mí.
— ¿Podría decirme dónde encontrar la cocina? Me muero de hambre.
— Por supuesto, señorita. Siga este pasillo todo recto y gire a la izquierda. Las escaleras estarán a su derecha, a mitad de camino del pasillo. Bajan al primer piso, a continuación, gire a la derecha. La cocina está justo en ese pasillo.
— A la izquierda y dos derechas. Lo tengo.
Elise sonrió. — Disfrute de su estancia, señorita.
Y desapareció en la dirección en la que Liv acababa de llegar. Liv siguió sus instrucciones y por fin encontró la cocina, topándose con ella, aunque no literalmente. El asistente del príncipe Aaron estaba en la puerta.
— ¿A trabajar ya? — le preguntó él.

— En realidad, busco comida. Me perdí la cena de anoche.
— ¿Por qué no se une al príncipe en el comedor de la familia?.
— Está bien — Ella podría pasar otros veinte minutos más o menos buscando el comedor, y posiblemente colapsando de hambre, o preguntar por la dirección. — ¿Podría mostrarme dónde está?
Él sonrió e hizo un gesto en la dirección opuesta de la cocina. — Por allí.

Estaba a la vuelta de la esquina. Una sorprendentemente pequeña pero lujosa habitación de puertas francesas con vistas a los jardines. Una gruesa capa de hojas en rojo brillante, naranja y amarillo alfombraban la extensión del césped y el cielo era de un tono llamativo de color rosa al salir el sol sobre el horizonte.
En el extremo de una mesa de cerezo larga y rectangular, sentado casualmente en una silla con un periódico junto a él, estaba el príncipe Aaron. Levantó la vista cuando ella entró en la habitación y se puso de pie.
—Bien, buenos días — él saludó con una sonrisa, y repentinamente en su estómago se le hizo un nudo nervioso.
— ¿Quiere que le guarde su bolso? — Derek le preguntó.

Liv negó con la cabeza. En esa mochila tenía toda su investigación. Nunca se la confiaría a nadie. — No hace falta, gracias.
— Bueno, entonces, disfrute de su desayuno — dijo Derek, dejándola sola con el príncipe. Solos los dos.
En ese momento se le ocurrió que podría haber sido mejor comer sola. ¿Qué se dirían el uno al otro? ¿Qué podrían tener en común? ¿Un príncipe y una huérfana?
El príncipe, por el contrario, parecía completamente a gusto. En vaqueros y con una camisa de franela, vestía mucho más informal que el día anterior. Se veía tan... normal. Casi fuera de lugar en esa elegante sala.
Aaron sacó la silla junto a la suya. — Siéntate.
Cuando se sentó, se encontró envuelta por el aroma sutil y picante de su colonia. Trató de recordar si William, su posible-pronto-a-ser novio, llevaba colonia para después del afeitado. Si la llevaba, ella nunca lo había notado.
Los dedos del príncipe rozaron la parte trasera de los hombros mientras se dirigía a su silla y ella estuvo a punto de sacudirse debido a la intensa y repentina chispa que sintió.
Él la estaba tocando.

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