¡Ella estaba allí para hacer un trabajo no para enamorarse de un príncipe! Pero Olivia Montgomery tenía dificultad para recordar eso, cuando el sexy príncipe




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título¡Ella estaba allí para hacer un trabajo no para enamorarse de un príncipe! Pero Olivia Montgomery tenía dificultad para recordar eso, cuando el sexy príncipe
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Cálmate, Liv. No era como si fuera a seducirla. Él estaba siendo cortés y ella estaba actuando como una colegiala con un flechazo. Incluso cuando era una colegiala nunca había actuado de esta manera. Había estado por encima de la tentación que había conseguido que tantas otras niñas de la escuela secundaria tuvieran problemas. O como Marsha, su última madre de acogida, solía decir, estuvieran en camino de formar una familia.
Entonces el príncipe puso ambas manos en sus hombros y a ella se le cortó la respiración.
Sus manos se sentían grandes, sólidas y calientes. No voy a ruborizarme, se dijo, pero ya podía sentir una oleada de color en sus mejillas ardientes, que sólo multiplicaba su vergüenza.
No era nada más que un gesto amistoso, y aquí estaba ella teniendo un sofoco. ¿Podría ser más humillante?
— ¿Prefieres té o café? — le preguntó él.
— Café, por favor— dijo ella, pero su voz sonó alta y chillona.

Se inclinó delante de ella para alcanzar la cafetera de la mesa, y mientras lo hacía, la parte de atrás de su cabeza chocó con la pared de su pecho. Estaba segura de que era sólo su imaginación, pero podría haber jurado que sintió el calor de su cuerpo y escuchó el latido de su corazón. Su propio corazón le latía con tanta fuerza que ella sentía como si se le fuera a salir del pecho.
¿No debería ser un sirviente el que hiciera eso? , se preguntó mientras le servía una taza y se la ponía frente de ella. Entonces, finalmente, retrocedió y volvió a su silla, de la misma manera casual que estaba al principio, adoptando una postura relajada y ella pudo respirar, por primera vez de manera normal, desde que se había sentado.
—¿Quieres que te pida el desayuno? — el príncipe le preguntó.

— Por favor — dijo, a pesar del tono tan fuerte que salió de su garganta, apenas podía conseguir que el aire pasara a través, mucho menos comida. Pero si no comía algo pronto, iba a sufrir un shock hipoglucémico. Sólo esperaba no humillarse más. Estaba tan acostumbrada a comer en su escritorio en el laboratorio, o deprisa en la encimera de la cocina, que estaba un poco oxidada cuando se trataba de las reglas de etiqueta. ¿Y si utilizaba el tenedor equivocado, o masticaba con la boca abierta?
Él hizo sonar una campana, y en cuestión de segundos un hombre vestido con la característica ropa de mayordomo pareció materializarse de la nada.
— Desayuno para nuestra invitada, Geoffrey — dijo.
Geoffrey asintió con la cabeza y se escabulló tan sigilosamente como había surgido.
Liv cruzó las manos sobre el regazo y, debido a que la mayor parte del tiempo lo pasaba sobre su ordenador portátil o un microscopio, recordó sentarse con la espalda recta.
— Espero que hayas dormido bien — dijo el príncipe.

Ella asintió con la cabeza. — Me desperté a las siete pensando que era la pasada noche, entonces miré afuera y vi que el sol estaba en el lado equivocado del horizonte.
— Supongo que estabas más cansada ​​de lo que pensabas.
— Supongo que sí. Pero estoy ansiosa por llegar al laboratorio. ¿Dijiste que voy a tener una contraseña de la puerta?
— Sí, de hecho... — Él sacó una hoja de papel del bolsillo de su camisa y se lo entregó a ella. Cuando ella lo tomó, sintió restos persistentes de calor del cuerpo de él y las mejillas se le colorearon de un rojo profundo.
Ella desdobló el papel y miró el código, un simple número de siete dígitos, entonces se lo devolvió a él.
— ¿No quieres memorizarlo? — le preguntó Aaron.
—Acabo de hacerlo.
Sus ojos se abrieron con sorpresa, y él dobló el papel y lo puso en su bolsillo. — Tu tarjeta de identificación estará lista esta mañana. Deberás usarla todo el tiempo, para que no seas detenida por la seguridad. Se te garantiza el pleno acceso al castillo, con la excepción de las habitaciones de la familia real, por supuesto, y a cualquiera de nuestras instalaciones o campos agrícolas.
— Mencionaste algo sobre un mapa del castillo — dijo ella, demasiado avergonzada para admitir que en realidad se había perdido cuando iba a desayunar.
— Por supuesto. Haré que Derek te imprima uno.

— Gracias.
— Entonces… — Aaron dijo, descansando en su silla y cruzando los brazos sobre su pecho. — Háblame de ti. Acerca de tu familia.
— ¡Oh!, no tengo ninguna familia.
Él frunció el ceño con confusión. —Todo el mundo tiene familia.
— Soy huérfana. Me crié en el sistema de acogida de Nueva York.
Su expresión se tornó seria. — Lo siento, no lo sabía.
Ella se encogió de hombros. — No hay razón para sentirlo. No es culpa tuya.
— ¿Te importa que te pregunte qué pasó con tus padres?

No es que su pasado fuera un gran secreto. Había abrazado siempre había sabido quién era ella, y de dónde venía. — No, no me importa. Mi madre murió hace mucho tiempo. Era una adicta a las drogas. Los servicios sociales me alejaron de ella cuando yo tenía tres años.
— ¿Y tu padre?
— No tengo ninguno.
Por el fruncimiento del ceño de Aaron, ella se percató de lo extraño que eso sonaba, como si fuera el producto de un nacimiento virginal o algo así. Cuando la situación más probable fuera que su madre se había prostituido para conseguir el dinero que necesitaba para comprar droga, y respecto al hombre, lo más seguro fuera que no tuviera ni idea de que había engendrado una hija. Y probablemente no le importaría si lo hubiese sabido.
Liv le dijo al príncipe — Por supuesto, alguien fue mi padre. Sólo que no se incluyó en mi partida de nacimiento.

— ¿Ni abuelos? ¿Tías o tíos?
Ella se encogió de hombros otra vez. — Tal vez. En alguna parte. Nadie se presentó jamás a buscarme.
— ¿Alguna vez has tratado de encontrarlos?
— Me imagino que si ellos no me quisieron entonces, tampoco me querrán ahora.
Él frunció el ceño, como si la idea le pareciera inquietante.
— En realidad no es gran cosa — le aseguró. — Quiero decir, es sólo la manera en que siempre ha sido. Aprendí a valerme por mí misma.
— Pero tenías una familia de acogida.
— Familias — corrigió — Tuve doce.
Sus ojos se abrieron. — ¿Doce? ¿Por qué tantas?
— Yo era... difícil.
Una sonrisa levantó la esquina de su boca. — ¿Difícil?

— Yo era muy independiente — Y tal vez un poco arrogante. Ninguno de sus padres adoptivos pareció apreciar a una niña que era más inteligente que ellos y que no tenía miedo de decirlo, y que tenía poco interés en seguir sus reglas. — Me emancipé cuando tenía quince años.
— ¿Estabas por tu cuenta a los quince años?
Ella asintió con la cabeza. — Justo después de graduarme en la escuela secundaria.
El príncipe frunció el ceño y sacudió la cabeza, como si fuera un concepto difícil de entender para él. — Perdóname por preguntar, pero ¿cómo una huérfana se convierte en una especialista en genética botánica?
— A base de un montón de trabajo duro. Tuve algunos maestros maravillosos que realmente me animaron en la escuela secundaria. Luego conseguí becas universitarias. Y tuve un mentor — Uno con el que en realidad podría casarse, pero se saltó esa parte. Y era una parte muy grande. William nunca le había dejado sin aliento ni con la sensación de tener las piernas de goma, como cuando él la tocó. Ella nunca había sentido por él algo más allá que cómodo compañerismo.
Pero… ¿no era eso más importante que la atracción sexual? Aunque si realmente quería casarse con William ¿iba a pasarse tanto tiempo hablando consigo misma sobre él?

El mayordomo reapareció con una bandeja en la que había de todo, rebosante de comida. Salchichas, huevos, gofres con fruta fresca, crema y hojaldre y croissants con un plato de mermelada fresca. Los olores hicieron que su estómago gruñera y su boca se hiciera agua.

— Se ve delicioso. Gracias.
Él asintió con la cabeza y se fue. No era un hombre muy hablador.
— ¿Tú no vas a comer? — le preguntó al príncipe Aaron.
— Ya comí, pero por favor, adelante. Debes estar muerta de hambre.

Estaba hambrienta. Y por extraño que pareciera, el príncipe había logrado que se sintiera totalmente a gusto, tal como lo había hecho la tarde anterior. Parecía tan relajado y cómodo. Así que... bien. A diferencia de la mayoría de los hombres, no parecía que se dejara intimidar o desanimar por su inteligencia. Y cuando le hacía una pregunta, no estaba sólo siendo cortés. Realmente escuchaba, sus ojos nunca se apartaban de ella mientras hablaba. No estaba acostumbrada a hablar de sí misma, pero él parecía genuinamente interesado en aprender más sobre ella. A diferencia de los científicos y académicos que estaban por lo general demasiado envueltos en sus investigaciones para mostrar algún interés en conocerla a ella como persona.
Era un refrescante cambio de aires.
El teléfono del príncipe sonó y él lo sacó del bolsillo para mirar la pantalla. La preocupación cruzó por su rostro. — Lo siento. Tengo que atender esta llamada — dijo, poniéndose de pie. — Te ruego que me disculpes.
Liv lo vio marcharse rápidamente de la habitación y se dio cuenta de que lamentaba que se fuera. No podía recordar la última vez que había tenido una conversación con un hombre que no había girado, de alguna manera, en torno a su investigación, o a la financiación. Ni siquiera William participaba en las conversaciones muy a menudo. Era muy agradable hablar con alguien de otras cosas, sólo para variar. Alguien que realmente escuchaba.
O tal vez pasar tiempo con el príncipe era una mala idea. Ella había estado allí menos de un día y ya estaba sintiendo un flechazo bastante grave.
Capítulo 4
— ¿Hay noticias nuevas? —Aaron preguntó cuando respondió a la llamada de su hermano.
— Tenemos los resultados de la prueba de corazón de padre — le dijo Christian.
El propio corazón de Aaron parecía que se iba a salir de su pecho. Su padre, el rey, había sido conectado a una bomba cardiaca portátil hacía cuatro meses, después del último de una serie de ataques dañinos. El procedimiento estaba todavía en fase experimental y los riesgos eran muy grandes, pero los médicos tenían la esperanza de que le diera a su corazón la oportunidad de sanar el daño de años de enfermedad cardiaca.
Era su última esperanza.
Aaron había querido acompañar a su familia a Inglaterra, pero su padre había insistido en que se quedara atrás para saludar a la señorita Montgomery. Por el bien del país, había dicho. Sabiendo que estaba en lo cierto, Aaron no había discutido.
Primero el deber, ese era su lema.
— ¿Ha habido alguna mejora?— Aaron le preguntó a su hermano, no estaba seguro de si estaba preparado para escuchar la respuesta.
— La capacidad del corazón ha pasado del veinte por ciento al treinta y cinco.
— Así que, ¿está funcionando?
— Incluso mejor de lo que se esperaba. Los médicos se muestran moderadamente optimistas.

— ¡Eso es fantástico! — Aaron sintió como si todos los músculos de su cuerpo se relajaran a la vez. Como un niño que se hubiera librado de un castigo merecido. A sus padres les gustaba presumir de que nada preocupaba a Aaron. Era como teflón. Resistente en la superficie para luego deslizarse todo sin pegarse. Pero él no era tan impermeable a la tensión como a todo el mundo le gustaba creer. Lo interiorizaba todo, carcomiéndolo por dentro. Sobre todo últimamente, no sólo por la salud de su padre, sino también por los cultivos infectados, y por la misteriosa persona que mandaba de forma esporádica e-mails amenazantes a su correo y al de sus hermanos y en los que se hacía llamar a si mismo, como el hombre de jengibre. Él no sólo les acosaba a través del correo electrónico, sino también se las arreglaba para romper la seguridad y entrar ilegalmente en los terrenos del castillo, deslizándose dentro y fuera como un fantasma a pesar del aumento de seguridad.
Había momentos últimamente en los que Aaron sentía que no le faltaba mucho tiempo para que acabara haciendo un viaje obligatorio al manicomio.
Pero la salud de su padre era ahora una preocupación menos que con seguridad podría, aunque sólo fuera temporalmente, dejar a un lado.
— ¿Cuánto tiempo más creen que tendrá que llevar la bomba? — le preguntó a su hermano.
— Por lo menos otros cuatro meses. Aunque probablemente más tiempo. Le van a volver a repetir la prueba en primavera.
Aaron había esperado que fuera antes. Con la bomba, su padre era susceptible a coágulos sanguíneos y accidentes cerebrovasculares y en casos raros, infecciones que amenazaban la vida. — ¿Cómo lo está pasando él?

— Tuvieron que sacar la bomba para hacer la prueba del corazón y hubo complicaciones menores cuando la volvieron a insertar. Algo sobre el tejido de la cicatriz. Él está bien ahora, pero todavía está en recuperación. Quieren retenerlo aquí unos días más. Probablemente hasta mediados de la semana que viene. Sólo para estar seguros.
Por mucho que Aaron quisiera ver a su padre en casa, el hospital era el mejor lugar para él en ese momento. — ¿Está mamá quedándose con él?
— Por supuesto. Ella no se ha ido de su lado. Melissa, las chicas y yo volveremos el viernes como estaba previsto.
Las chicas eran Louisa y Anne, sus hermanas gemelas, y Melissa, la esposa de Chris desde hacía sólo cuatro meses. De hecho, fue en su noche de bodas cuando el rey tuvo el ataque que hizo necesario la colocación inmediata de la bomba del corazón. A pesar de que no era en absoluto culpa de Chris y Melissa, todavía se sentían responsables de la situación de su padre.
— Ahora que papá está mejorando, tal vez es la hora para que tú y Melissa reprograméis vuestra luna de miel — le dijo Aaron.

— No hasta que esté totalmente fuera de la bomba — Chris insistió, lo que no sorprendió a Aaron. Chris siempre había sido el hermano responsable. Por supuesto, como príncipe heredero, descuidar sus responsabilidades nunca había sido una opción. Sin embargo, aunque algunas personas pudieran estar resentidas por tener toda su vida programada, Chris abrazó su posición. Si se sentía limitado por sus funciones, nunca lo había dicho.
Aaron deseaba poder decir lo mismo.

— ¿La señorita Montgomery llegó sana y salva? — Chris preguntó.
— Lo hizo. Aunque su vuelo se retrasó por el clima.
— ¿Cuál fue tu primera impresión de ella?
Casi le dijo a su hermano que ella era muy guapa. Y a pesar de lo que ella le había contado, él no podía imaginarla como alguien que había tenido unos comienzos tan difíciles. Era tan tranquila y sin pretensiones. Pero se imaginó que esa no era el tipo de impresión que Chris estaba pidiendo. — Parece muy capaz.
— ¿Sus referencias han sido acreditadas? ¿La investigación sobre sus antecedentes penales está limpia?

¿ Realmente, él creía que Aaron la había contratado sin asegurarse de todo eso? Pero contuvo el comentario sarcástico que tenía en la punta de la lengua. Hasta que su padre estuviera bien, Chris estaba al cargo, y su posición merecía el mismo respeto que Aaron habría tenido hacia el rey.
— Todo limpio — le aseguró a su hermano. — Y después de conocerla, confío en que ella va a encontrar una cura.
— Todo el mundo se sentirá aliviado al escuchar eso. Creo que deberíamos…— se notaba un alboroto de fondo, entonces Aaron oyó la voz de su cuñada, seguida de una breve conversación amortiguada, como si su hermano hubiera puesto una mano sobre el teléfono.

— ¿Está todo bien, Chris?
— Sí, lo siento — dijo Chris, volviendo a hablar. — Me tengo que ir. Están llevando a papá de regreso a su habitación. Te llamaré más tarde.
— Mándales a todos mi cariño — Aaron le dijo, y luego colgó, deseando poder estar allí con su familia. Pero alguien tenía que quedarse atrás y defender el fuerte.
Se puso el teléfono en el bolsillo y se dirigió hacia el comedor. Liv estaba todavía allí desayunando. Había acabado con todo, menos con la mitad de un croissant, que estaba untando con mermelada. No creía haber visto alguna vez a una mujer acabar toda una buena comida. Especialmente una mujer tan delgada y en forma.
Por un momento se quedó allí mirándola. Se había puesto unos pantalones vaqueros y un suéter, y llevaba el pelo recogido en una cola de caballo de nuevo. No pudo evitar una sonrisa al recordar la forma en que se paralizó cuando le puso las manos sobre sus hombros, y el rubor en sus mejillas. Sabía que no era exactamente un juego justo, y que estaba mal jugar con ella, pero nunca había conocido a una mujer que llevara sus emociones tan a la vista. No había duda de que se sentía atraída por él.
Ella levantó la vista, lo vio de pie y sonrió. Una sonrisa dulce y genuina que abarcaba toda su cara. No era lo que él consideraría hermosa o impresionante, pero había una belleza sana y natural en ella que encontraba sin duda atractiva.
— Lo siento — le dijo, caminando hacia la mesa.

— No pasa nada — dijo ella con un encogimiento de hombros, comiéndose lo último de su croissant y bebiendo un trago de café. — Creo que ha sido el desayuno más delicioso que he comido.
— Le transmitiré tus felicitaciones al chef — En lugar de sentarse, apoyó los brazos en el respaldo de su silla. — Siento decirte que no podrás reunirte con mis padres hasta la próxima semana.
Su sonrisa se ​​desvaneció. — ¡Oh! ¿Va todo bien?
— Los médicos de mi padre quieren tenerlo en observación unos días más. Por si acaso.
— ¿Es su corazón? — preguntó ella, pero cuando vio su mirada interrogadora, añadió: — Cuando me ofrecieron el puesto, busqué a tu familia en Internet. Había un montón de información sobre la salud de tu padre.
Tendría que habérselo figurado. La salud del rey había sido una gran noticia después de que se derrumbara en la recepción de la boda de Chris. Pero, aparte de decir que tenía un problema de corazón no había sido revelada información concreta acerca de su condición.
— Él tiene una enfermedad avanzada — le dijo Aaron.
La preocupación le hizo fruncir el ceño — Si no te importa que te lo pregunte, ¿cuál es el pronóstico?

— Actualmente, está en un programa experimental y tenemos la esperanza de que va a recuperarse por completo.
— ¿Está esperando por un transplante?
— Mi padre tiene un tipo raro de sangre. Las probabilidades de encontrar un donante son muy pequeñas. — Aaron le explicó lo que era la bomba portátil y la forma en la que se haría cargo de todas las funciones del corazón para que el tejido tuviera tiempo de sanar. — Es muy afortunado. Menos de una docena de personas en todo el mundo forman parte del estudio.

— Las enfermedades cardiacas son genéticas. Apuesto a que tú y tus hermanos sois muy conscientes de vuestra salud.
— Probablemente no tanto como debería ser, pero la reina se encarga de que llevemos una dieta adecuada. Ya sabes cómo son las madres — Sólo después de que las palabras salieron, se dio cuenta de que no, probablemente no lo sabía, porque ella nunca había tenido una verdadera madre. Sintió una enorme culpa por ese comentario irreflexivo. Pero si le molestó, ella no dejo que se notara.
Se limpió los labios con la servilleta, y luego la puso sobre la mesa al lado de su plato. Echando un vistazo al reloj de su delgada muñeca, ella dijo: — Debo irme al laboratorio. Tengo un montón de desembalaje que hacer.
Echó la silla para atrás, y podría haber jurado que sintió otra vez el momento cuando sus dedos rozaron sus hombros. Se puso de pie y se desplazó con rapidez fuera de su alcance.
Él reprimió una sonrisa. — ¿Estás segura de que no necesitas ayuda para desempaquetar todo?
Ella sacudió la cabeza. — No, gracias.
— Bueno, entonces, el almuerzo es a la una.
— ¡Oh!, no almuerzo. Normalmente estoy muy ocupada.
—Muy bien, entonces, la cena es a las siete en punto. ¿Cenas, no?
Ella sonrió. — De vez en cuando, sí.

Él le devolvió la sonrisa. — Entonces te veré a las siete.
Se acercó a la puerta, luego se detuvo por un segundo, mirando hacia un lado, luego al otro, como si no estuviera segura de qué dirección tomar.
— Izquierda — le recordó él.
Ella se volvió hacia él y sonrió. — Gracias.
— Le recordaré a Derek que te de ese mapa.
— Gracias — Se quedó allí un segundo más, y él pensó que le quería decir algo más, entonces ella sacudió la cabeza y desapareció de su vista.
La mujer era un misterio. Pensativa y con confianza un minuto, tímida y torpe al siguiente. Y se dio cuenta, no por primera vez, que era un rompecabezas que le gustaría resolver.

Después de una larga mañana en los campos y una tarde en la mayor de sus instalaciones de invernaderos, Aaron esperaba una tranquila cena y una velada con su huésped. A pesar de que normalmente haría algún tipo de actividad física, como squash o tenis o simplemente dar un paseo por los jardines, estaba más interesado en hablar con Liv. Aprender más acerca de su vida, su pasado. Ella era la primera mujer en mucho tiempo que había encontrado atractiva e intelectualmente estimulante a la vez. Y después de unas copas se relajarían un poco, y quién sabía dónde podría llevar la conversación.
Se cambió la ropa de trabajo y se detuvo en la habitación de Liv de camino hacia el piso de abajo para acompañarla al comedor, pero ella no estaba allí. Esperando que estuviera ya en la mesa esperándole, se dirigió al comedor, pero encontró todas las sillas vacías.
Geoffrey estaba en la habitación esperando para empezar a servir la cena.

— ¿Ha visto a la señorita Montgomery? — Aaron le preguntó.
— Por lo que yo sé, ella está todavía en el laboratorio, Su Alteza.
Aaron miró su reloj. Ya eran dos minutos después de las siete. Tal vez ella había perdido la noción del tiempo. — ¿Podría esperar para servir el primer plato?
Geoffrey le hizo una enérgica inclinación con la cabeza. — Por supuesto, Su Alteza.

Sirviente de la familia real, desde que Aaron podía recordar, Geoffrey se enorgullecía de su cuidado en mantener un horario estricto y eficiente. La tardanza no era apreciada ni tolerable.
— Iré a buscarla — dijo Aaron. Se dirigió a la cocina, saboreando el tentador aroma picante del pollo a la plancha y los pimientos, y bajó las escaleras hasta el laboratorio. A través de la ventana de la puerta pudo ver a Liv, sentada delante de un ordenador portátil, escribiendo furiosamente, un montón de papeles esparcidos a su alrededor.
Marcó su código y la puerta se abrió, pero cuando entró en la habitación, Liv ni siquiera le echó una mirada.
Su suéter estaba en la parte de atrás de su silla y llevaba una sencilla y blanca camiseta de manga larga con las mangas subidas hasta los codos. Su cola de caballo, que llevaba desde la mañana, colgaba por su espalda un poco ladeada.
— Son más de las siete — dijo en voz baja, para no asustarla, pero no obtuvo respuesta. — Liv — dijo, un poco más alto, y ella siguió sin darse cuenta de que él estaba allí.
— Olivia — dijo, esta vez más fuerte, y ella se sobresaltó en su silla, con la cabeza mirando alrededor. Por un segundo pareció completamente perdida, como si no tuviera ni idea de dónde estaba o quién era.
Ella parpadeó varias veces, entonces la realidad se deslizó lentamente por su rostro. — Lo siento, ¿dijiste algo?
— Son más de las siete.

Ella lo miró sin comprender.
— Cenar — le recordó él.
— Oh... es verdad — Liv miró su reloj y luego la pantalla de su ordenador. — Supongo que he perdido la noción del tiempo.
— ¿Estás lista?
Ella lo miró distraídamente. —¿Lista?
— Para la cena.
— Ah, claro. Lo siento.
Aaron hizo un gesto hacia la puerta. — Después de ti.
— Oh... creo que voy a pasar.
— ¿Pasar?
— Sí. Estoy justo en medio de algo.
— ¿No tienes hambre?
Ella se encogió de hombros. — Iré a la cocina más tarde y tomaré algo.

— Puedo pedir que te bajen una bandeja con la cena — dijo, aunque sabía que Geoffrey no estaría muy feliz por eso.
— Eso sería genial, gracias — dijo ella — Por cierto, ¿eras tú el que estuvo aquí antes?
Él negó con la cabeza. — He estado en los campos todo el día.
—¿Alguien más sabe el código de la puerta?
— No, ¿por qué?
—Hace un rato miré hacia la puerta y estaba entreabierta.
—Tal vez no la cerraste del todo.

— Estoy bastante segura de que lo hice.
— Le diré a mantenimiento que le eche un vistazo a la cerradura.
— Gracias — dijo ella, con la mirada fija de nuevo en la pantalla del ordenador y con los dedos sobre el teclado.
Geoffrey consideraría que la etiqueta adecuada para una invitada de la familia real, no era rechazar una invitación a cenar para luego cenar sola en su escritorio, pero incluso él, no podía decir que Liv era la típica huésped real.
Liv podía comer en la bañera, por lo que le importaba a Aaron, siempre y cuando encontrara una cura para los cultivos enfermos.

— Haré que Geoffrey te traiga algo de cena.
Ella asintió vagamente con la cabeza, con la atención de nuevo en el ordenador. Él abrió la boca para decir algo más, pero se dio cuenta de que sería una pérdida de tiempo. Liv estaba a un millón de kilómetros de distancia, completamente absorta en lo que estaba haciendo.
Haciendo su trabajo, se recordó. No la habían traído y pagado un buen dinero para que pasara su tiempo divirtiéndose.
Se preguntó si esto era un presagio de lo que su estancia allí supondría. Y si lo fuese, iba a ser un reto seducir a una mujer que siempre estaba ocupada.
Capítulo 5
Liv estudió los datos que habían sido recopilados hasta el momento con respecto a los cultivos enfermos y los comparó con las características de otros casos documentados de todo el mundo. Había similitudes, pero sin embargo, no eran de la misma clase. No lo sabría seguro hasta que comparara las muestras vivas con otras del resto del mundo, las cuales ella tendría que pedir y esperar hasta que se las enviaran.
Bostezó y se estiró, pensando que tal vez ya era hora de un breve descanso, y oyó que la puerta se abría.
Dejó caer los brazos y se volvió para ver al príncipe Aaron caminar hacia ella. Al menos esta vez había alguien allí. A pesar del control minucioso del empleado de mantenimiento, había encontrado la puerta abierta en varias ocasiones, y una de las veces, ella podría jurar que había visto a alguien mirándola a través de la ventana.
— ¿ La cena no te gustó?— le preguntó.
¿Cena? Recordaba vagamente a Geoffrey viniendo hacía bastante tiempo.

Ella siguió la dirección de su mirada a la mesa de al lado de su escritorio y se dio cuenta de que habían dejado una bandeja llena para ella. Ahora que lo pensaba, tenía un poco de hambre.

— Oh, estoy seguro de que hubiera estado deliciosa. Pero estaba tan concentrada en lo que estaba trabajando, que no me he dado cuenta.
— Supongo que lo estabas. No has dormido, ¿verdad?
— ¿Dormir? — ella miró su reloj. — Son sólo las diez.
— Las diez de la mañana. — contestó Aaron — Has estado aquí toda la noche.
— ¿En serio? — No sería la primera vez que había estado tan absorta en su trabajo que se olvidaba de dormir. Estar en un laboratorio sin ventanas probablemente no ayudaba. A menos que ella mirara el reloj del ordenador, cosa que rara vez hacía, era difícil seguir la pista del tiempo, saber si era de día o de noche. Liv era conocida por trabajar durante días y días, durmiendo siestas en su escritorio, y salir del laboratorio sin tener idea de qué día era, ni la última vez que había comido.

Y ahora que había dejado de trabajar el tiempo suficiente para pensar en ello, se dio cuenta de que le dolía el cuello y tenía los ojos llorosos del agotamiento. Una buena señal de que ya era hora de un descanso.
— Cuando te contratamos, no esperábamos que trabajaras las 24 horas los siete días. —dijo, pero su sonrisa juguetona, le mostró que sólo estaba tomándole el pelo.
— Es mi forma de trabajar — respondió volviendo a sentir de nuevo el dolor que ahora se extendía desde el cuello hacia los hombros.
— Dolor en el cuello — preguntó, y ella asintió. — No me sorprende. Aunque si se te agarrotan los músculos, te puede doler más.
— No es tan malo — dijo.

Aaron dio un suspiro de exasperación y meneó la cabeza. — ¿Por qué no dejas que te ayude con eso?
¿Él?
No creyó que hablara en serio... hasta que se puso detrás de su silla. Iba a hacerlo de verdad. Iba a darle un masaje en el cuello. Apartó sus manos fuera de su camino, entonces puso su cola de caballo encima del hombro izquierdo.
— De verdad — protestó Liv — No tienes por que…
Las palabras murieron en su garganta, mientras sus manos se establecían sobre sus hombros.
La calidez de su piel comenzó a filtrarse a través del algodón de su camisa y sus mejillas se llenaron de calor. Y como si eso no fuera motivo lo suficientemente vergonzoso, él deslizó sus dedos por debajo del cuello de la camisa. Liv contuvo el aliento sorprendida cuando sus manos tocaron su piel desnuda.

— El truco para relajar el músculo — le contó el príncipe — es sacar la tensión fuera, aplicando una presión uniforme.
Sí, claro. Como si ahora hubiera manera alguna de que fuera capaz de relajarse, con sus manos tocándola. Su piel contra su piel.
Apretó los pulgares en el músculo de la base de su cuello y, contra su voluntad, un suspiro de placer escapó de sus labios. Deslizó sus dedos pulgares lentamente hacia arriba, ejerciendo una presión constante. Cuando llegó a la base del cráneo, repitió el movimiento, hasta que sintió que los músculos se volvían suaves y flexibles.
— ¿Te sientes mejor? — le preguntó.
— Mmm — Bueno ni siquiera podía empezar a describir la forma en que la estaba haciendo sentir. Su cabeza colgaba hacia delante y sus ojos estaban cerrados.
— Sería mejor con aceite — murmuró él — Por desgracia no tengo ninguno a mano.
La súbita imagen del príncipe Aaron frotando aceite de masaje en su cuerpo desnudo cruzó por su cabeza.
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