¡Ella estaba allí para hacer un trabajo no para enamorarse de un príncipe! Pero Olivia Montgomery tenía dificultad para recordar eso, cuando el sexy príncipe




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título¡Ella estaba allí para hacer un trabajo no para enamorarse de un príncipe! Pero Olivia Montgomery tenía dificultad para recordar eso, cuando el sexy príncipe
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Es sólo sexo, se recordó Liv, aunque en el fondo se sentía como algo más.
Aaron le quitó la goma del pelo y este se derramó alrededor de sus hombros desnudos.
— Eres hermosa — dijo, mirándola como si lo dijera sinceramente. Ojalá pudiera ver lo que él veía, mirarse a sí misma a través de sus ojos por una noche.
Bajó la cabeza, rozando sus labios contra la cresta de un pecho, justo por encima de la copa de su sujetador. Ella se estremeció de nuevo y apretó los dedos en su pelo.

— Hueles maravillosamente — dijo Aaron pasándose la lengua por sus labios de un lado a otro, y un gemido escapó de entre sus labios. — Y también sabes muy bien — añadió con una sonrisa diabólica.
— ¿Qué estamos haciendo? — le preguntó ella.
Él la miró con curiosidad. — Eres científica, yo hubiera pensado que alguien te lo había explicado antes.
Ella no pudo evitar sonreír. — Sé lo que estamos haciendo. Lo que no entiendo es por qué.
— No sé a qué te refieres.
—¿Por qué yo?

Liv esperaba que él se burlara de ella, para decirle que se estaba subestimando una vez más, pero su expresión se volvió seria.
— Honestamente, no estoy seguro — él le acarició la mejilla con el dorso de sus dedos. — Todo lo que sé es que nunca he deseado a una mujer como te deseo a ti.
Ella podría haber sospechado que era mentira, pero sus ojos le dijeron que él estaba diciendo la verdad. Que estaba igual de sorprendido y confundido por esta conexión como lo estaba ella.
Entonces la besó y comenzó a explorarla, y a ella no le importó el por qué de lo que estaban haciendo, su único pensamiento era cuan maravillosas sus manos se sentían en su piel, lo cálida y deliciosa que se sentía su boca cuando él la probó y la mordisqueó. Con un movimiento rápido de los dedos le desabrochó el sujetador, dejando sus pechos desnudos, él no pareció darse cuenta o no le importó que ella no fuera voluptuosa, se metió un pezón en la boca, moviendo suavemente la lengua sobre él. La hacía sentir hermosa y deseable.
Sentía un fuego en su interior como nunca lo había sentido antes, un dolor dulce entre sus muslos que le daban ganas de rogarle que la tocara, pero Aaron seguía concentrando todos sus esfuerzos por encima de su cintura y eso la estaba volviendo loca.
Pensando que podría aligerar las cosas, Liv le pasó la mano por el pecho hacia sus pantalones deslizando los dedos por su cintura, luego movió la mano por encima de la cremallera, aspirando una bocanada de aire por la sorpresa, cuando se dio cuenta de lo largo y grueso que se sentía. Tendría que haberse imaginado que Aaron sería perfecto en todo.

Ella le dio a su erección un suave apretón y él gimió contra su pecho.
Aaron metió la mano detrás de él y Liv no estuvo segura de lo que estaba haciendo, hasta que él lanzó su cartera en el colchón. Tan inteligente que era y le tomó unos segundos para entender el por qué, y cuando lo hizo, cuando se dio cuenta de que él tenía preservativos allí, la realidad de lo que estaban haciendo y hacia donde se dirigían la golpeó con toda su fuerza.
La mojigata, que en la universidad ni siquiera dejaba que un hombre la besara hasta la tercera cita estaba a punto de tener relaciones sexuales con un hombre al que había conocido sólo hacía cuatro días. Un príncipe playboy que sin duda era mucho más experimentado de lo que ella nunca podría aspirar a ser.

¿Por qué no estaba asustada o por lo menos un poco dudosa? ¿Por qué eso sólo hacía que su deseo por él fuera mucho mayor?
— Quítamelos — le dijo a ella con la voz ronca.
Ella lo miró confundida. Sólo cuando vio la expresión de su rostro se dio cuenta de lo excitado que estaba, y que ella lo había estaba acariciando rítmicamente sin siquiera darse cuenta. Tocándole por instinto.
— Mis pantalones — dijo Aaron — Quítamelos ahora.
Con dedos temblorosos, le desabrochó el botón y le bajó la cremallera. Ella le sacó los pantalones, dejándolo sólo con sus boxers.

— Todo — él exigió, por lo que le quitó los boxers también. — Ahora, haz eso de nuevo.
Ella sabía lo que quería. Quería que lo tocara de nuevo. Lo tomó en sus manos y notó la piel tan caliente, que estuvo a punto de sacudir su brazo hacia atrás. En cambio, lo apretó.
El motivo de tocarlo, o por lo menos, parte del motivo, había sido para que él la tocara también, pero hasta ahora Aaron era el único que recibía todo el placer. Con ese pensamiento le vino de repente una idea preocupante de que él fuera uno de esos hombres. El tipo de hombre que disfrutaba sin dar nada a cambio. Liv nunca había estado con un hombre que se hubiera tomado siquiera el tiempo para intentar complacerla, así que ¿qué le hizo pensar que Aaron sería diferente?
Antes de que pudiera terminar de pensarlo, Aaron apretó la muñeca para detenerla. — Esto se siente muy bien.

¿No era ese el motivo?
Pero ella no pudo discutir eso porque finalmente Aaron se agachó para desabrocharle los pantalones, mucho más hábilmente de lo que ella lo había hecho con los suyos. Bajó sus pantalones y las bragas juntos y ella se los quitó de inmediato.
— Acuéstate — le dijo, señalando con la cabeza hacia la cama. Liv hizo lo que le pidió temblando de anticipación. Pero en lugar de acostarse junto a ella, se arrodilló entre sus piernas. Si hubiera tenido más experiencia con los hombres, o más concretamente, con hombres como él, ella probablemente hubiera sabido lo que venía después. En su lugar, fue una sorpresa total cuando Aaron abrió sus muslos se inclinó y la besó allí. Ella estaba tan sorprendida, que no estaba segura de qué hacer, cómo reaccionar. Entonces él abrió más sus piernas y la recorrió con su lengua. La sensación era tan escandalosamente íntima e intensa que ella gritó y se arqueó en la cama. Aaron la acariciaba con la lengua, lamiendo lo suficiente duro para volverla loca, haciéndola gemir y estremecerse. Cuando ella no creía que pudiera soportar mucho más él le introdujo la lengua en su hendidura y ella se estremeció entera por el éxtasis, ascendiendo alto muy alto, y cuando llegó a ser demasiado y excesivamente intenso, tuvo que apartar la cabeza de Aaron de entre sus muslos.
Liv se quedó allí con los ojos cerrados, demasiado flácida para hacer más que respirar. Sintió el movimiento de la cama y ​​el calor del cuerpo de Aaron a su lado. Ella abrió los ojos para encontrarse con su sonrisa. — ¿Todo bien?
A Liv le costó toda su energía asentir — ¡Oh, sí!

— ¿Eres siempre así de rápida?
— No tengo ni idea.
— ¿Qué quieres decir?
— En realidad ningún hombre había hecho eso.
Él frunció el ceño. — ¿Qué parte?
— Cualquiera. Las dos cosas. Los pocos hombres con los que he estado no eran exactamente... aventureros. Y ellos estaban más interesados ​​en su propio placer que en el mío.
— ¿Estás diciendo que ningún hombre te ha dado un orgasmo?
— Si
— Pero eso está... mal. No hay nada más satisfactorio para mí que darle placer a una mujer.
— ¿En serio? — Liv no creía que funcionara de esa manera. O tal vez él era de una clase diferente de hombre.

— ¿Y sabes lo mejor de todo — dijo Aaron.
—¿Qué?
Él sonrió con esa sonrisa lobuna. — Que voy a pasar el resto de la noche demostrándotelo.
 
Aaron nunca había estado en toda su vida con una mujer tan sensible y fácil de satisfacer, como Liv. Ella llegó al clímax tan rápidamente y tan a menudo, simplemente usando las manos y la boca, que fue una especie de desafío para él. Por la forma en que lo miró, él la estaba ayudando a recuperar el tiempo perdido. Esos otros hombres con los que ella había estado habían sido totalmente ineptos, completamente absortos en sí mismos o simplemente unos estúpidos. Eso le daba a todos los hombres, una mala reputación. Nunca había visto algo tan fantástico como Liv estremeciéndose en éxtasis, con los ojos cerrados por la satisfacción.

— Te quiero dentro de mí — finalmente declaró Liv, mirándole fijamente con los ojos llenos de lujuria, y él no pudo resistirse a darle exactamente lo que quería. Cogió un condón abrió el paquete con los dientes. Miró a Liv y se dio cuenta de que estaba mirando su erección con una mirada en su rostro que oscilaba entre la curiosidad y la fascinación.
—¿Puedo hacerlo? — le preguntó ella, tendiéndole la mano.
Aaron se encogió de hombros y le dio el condón. — Sírvete tu misma.
Él esperaba que ella lo desenrollara, pero Liv se inclinó hacia delante y se lo puso en la punta de su miembro con la boca. Él gimió y enredó las manos en su pelo, al borde de una explosión.
Lo miró y sonrió.
— Me imaginé que sería mejor así. Además, siempre he querido probar esto.

Liv lo volvió a tomar en su boca y se lo empezó a poner.
Ella podía experimentar con él en cualquier momento. Y realmente esperaba que lo hiciera.
Apretó los dientes mientras ella estiraba cuidadosamente el condón a lo largo de su verga.
— ¿Cómo lo he hecho? —preguntó Liv al terminar.

— Perfecto — dijo, y antes de que pudiera hacer ningún movimiento, Liv se echó de espaldas, tirando de él hacia ella, entre sus muslos, arqueándose para aceptarlo.
Ella estaba tan caliente, mojada y apretada que casi se perdió con la primera embestida. Y a pesar de que estaba decidido a hacer que durara, ella no se lo estaba poniendo fácil. Sus manos estaban sobre él, enredadas en su pelo, las uñas arañando la espalda y los hombros, y sus largas piernas gloriosamente envueltas alrededor de su cintura, gimiendo en su oído. Entonces ella se puso tensa y gimió y su cuerpo se apretó a su alrededor como un puño, haciendo que él estallara también. Llegaron al orgasmo juntos, para quedarse sin aliento en una maraña de brazos y piernas.
— No tenía idea de que podría ser así — dijo Liv.
Ni él tampoco — Lo dices como si ya hubiéramos terminado.
Ella se levantó sobre un codo y lo miró con expresión seria. — No puedo casarme con William.
— Eso es lo que yo te estaba diciendo — dijo el príncipe. Sólo esperaba que ella no decidiera poner su mira en él en lugar de William. Tenían una fantástica química sexual, pero eso no cambiaba el hecho de que él tenía toda la intención de seguir siendo un hombre libre. William no era el hombre adecuado para ella, pero él tampoco.

— Si yo quisiera casarme con él, me sentiría culpable en este momento, ¿no te parece?
— Creo que sí.
— Pero no lo siento. No, en absoluto. De hecho, casi me siento... aliviada. Me he quitado de los hombros un peso enorme.
— Eso es bueno, ¿no?
Ella asintió con la cabeza. — No estoy lista para casarme. E incluso si lo estuviera, no puedo casarme con un hombre al que no amo y por el que ni siquiera estoy sexualmente atraída. Quiero más que eso.
— Te mereces más.

— Si, es verdad — Liv agregó mirándole como si por primera vez en su vida finalmente se lo creyera. — Tenemos que mantener esto en secreto.
— ¿Acerca de William?
— No. Acerca de nosotros. A menos que... — ella frunció el ceño.
— ¿A menos qué?
— Bueno, tal vez no deberíamos hacer esto de nuevo.
— ¿No te parece que es poco realista? Desde que hemos llegado hasta aquí no hemos sido capaces de mantener nuestras manos fuera el uno del otro.
— Bien, entonces vamos a tener que ser muy discretos. Anne ya sospecha algo.
Aaron se encogió de hombros. — ¿Y qué?

—Voy a suponer que tu familia no aprobaría el comportamiento de una empleada que tuviera una aventura contigo.
— Eres una invitada — le recordó él. — Además, me importa un bledo lo que piense mi familia.
— Pero a mi no. Pasé la mayor parte de mi vida tratando de no ser una de esas chicas, que tienen sexo sólo por tenerlo.
— Esto es diferente.
— ¿De verdad?
Quería decir que sí, pero ellos realmente estaban teniendo una aventura. Y aunque odiaba admitirlo, si se acostara con una mujer de su mismo nivel social, sus hermanos ni parpadearían. Los humildes comienzos de Liv y su falta de pedigrí la ponían en una categoría totalmente diferente.
A pesar de que él no pensaba que ella fuera diferente a una duquesa o una debutante, Liv probablemente tenía razón al creer que otras personas si lo hacían.
No era justo, pero era sólo la manera en la que funcionaba el mundo. No tenía sentido hacer esto más complicado de lo necesario.
— No van a oír una palabra por mi parte — dijo Aaron.
— Gracias.

— Ahora — dijo él con una sonrisa — ¿por donde estábamos? — él la atrajo hacia sí para darle un beso, pero antes de que sus labios se encontraran, su móvil comenzó a sonar. — Ignóralo.
—¿Qué pasa si se trata de alguna cosa sobre tu padre?
Tenía razón, por supuesto. Murmurando una maldición se inclinó sobre el borde de la cama para cogerlo del suelo. Miró la pantalla y vio que se trataba de Chris. Aaron respondió con un irritado — ¿Qué?
— Perdona que te despierte, pero te necesitamos en la oficina de seguridad.
Él no le dijo que no estaba durmiendo. Y eso que no tenía la intención de dormir durante bastante tiempo. Él y Liv no estaban ni siquiera cerca de haber terminado. — ¿No puede esperar hasta mañana?
— Por desgracia, no. Además, no querrás dejar pasar la oportunidad de decirme “te lo dije”.
Capítulo 11
El hombre de jengibre, como le gustaba llamarse a sí mismo, estaba de regreso en escena.
Haciéndose pasar por personal de limpieza del hospital, había llegado al salón privado de las habitaciones de la familia real. Horas después de que él se hubiera ido, seguridad se había encontrado con la tarjeta de visita que había dejado atrás. Un sobre lleno de fotografías de Aaron y de sus hermanos que el hombre de jengibre había hecho en varios lugares. Las chicas de compras en París, y una de Chris tomada a través de la ventana de la oficina de un edificio en el que recientemente había tenido una reunión con los comerciantes locales. Cada foto de Aarón le mostraba con una mujer diferente.

No era una amenaza directa, pero la implicación era clara. Aaron las miraba, comprendiendo que a pesar de toda la seguridad, eran vulnerables. Y bien, o se estaba volviendo más audaz o había cometido un error grave, porque su imagen había quedado grabada en las cámaras de vigilancia del hospital. Aaron estaba en la oficina de seguridad con Chris viendo la imagen granulada de la cinta de vigilancia.
— ¿Cómo diablos se ha acercado tanto al rey? — Aaron le preguntó.
— Su identificación — le contestó Randal Jenkins, su jefe de seguridad — Debe de haber robado una tarjeta de identificación o de otro empleado o fabricarse una. En realidad, nunca mira a la cámara, por lo que puede ser difícil identificarlo.
— Tenemos que aumentar la seguridad del hospital — le dijo Chris.
— Ya lo he hecho, señor.
— ¿El rey lo sabe? — le preguntó Aaron.
— Él y la reina fueron informados de inmediato como medida de precaución — dijo Jenkins. — La policía de Londres está al corriente, también. Están hablando con el personal del hospital para ver si alguien se acuerda de él, y están sugiriendo que lo cuenten las noticias al público, retransmitirán la cinta de seguridad por televisión con la esperanza de que alguien lo reconozca.

— ¿Qué piensas? — Aaron le preguntó a su hermano. — Personalmente, me gustaría ver a ese loco detrás de las rejas, pero es tu decisión.
— Póngalo en conocimiento de la opinión pública —dijo Chris a Jenkins. — Y hasta que lo atrapen, nadie va a salir del castillo sin un equipo completo de seguridad, y vamos a limitar cualquier viaje innecesario o presentaciones personales.
— Eso será difícil con las vacaciones aproximándose —dijo Aaron. — La Navidad es apenas dentro de un mes.
— Estoy seguro de que para entonces ya estará detenido — contestó Chris.
Aaron deseaba compartir esa confianza, pero tenía la sensación de que no sería tan fácil.
 
Aunque Aaron le aseguró a Liv que el rey estaba muy bien y que no era nada más que un problema de seguridad que requería su atención, ella dio vueltas y más vueltas, durmiendo a ratos. Se despertó a las 5:00 de la mañana, así que como estaba completamente despierta pensó que bien podría ir a trabajar.

El castillo todavía estaba oscuro y silencioso, pero la cocina era un hervidero de actividad.
— ¿Ha decidido empezar temprano, señorita? — le preguntó Geoffrey, sonando casi... amigable.
— No podía dormir — le dijo ella.
— ¿Quiere que le traiga café?
¿Estaba realmente siendo amable con ella? — Sí, por favor. Si no es molestia.
Él asintió con la cabeza. — Se lo llevaré en breve.
Liv se dirigió escaleras abajo, sonriendo como una idiota. A pesar de que no debería haberle importado lo que Geoffrey pensara de ella, no podía dejar de sentirse aceptada de alguna manera, como si hubiera tenido acceso al club secreto.

Al doblar la esquina del laboratorio, se detuvo bruscamente y la sonrisa se desvaneció de su rostro. Ella recordaba claramente haber apagado las luces ayer por la noche antes de ir a cenar. Ahora estaban encendidas. La asistente, una tímida chica de la universidad, no tenía el código de la puerta. Por lo que Liv sabía, nadie más que ella, Aaron, Geoffrey y el personal de seguridad tenían acceso, y no podía imaginar lo que ellos harían allí de noche.
Se acercó a la puerta con cautela, mirando a través de la ventana. Por lo que ella podía ver, no había nadie allí. Así que ¿por qué tenía la extraña sensación de que estaba siendo vigilada?
— ¿Problemas, señorita?

Liv gritó por la sorpresa y se dio la vuelta, su mochila voló de su hombro y aterrizó con un ruido sordo en el suelo. Geoffrey estaba detrás de ella llevando una bandeja con café.
Ella se puso una mano sobre el corazón que le latía frenéticamente. — ¡Me ha dado un susto de muerte!
— ¿Pasa algo con la puerta? — él le preguntó, mirando ligeramente divertido, la primera emoción real que ella le había visto mostrar.

— ¿Sabe usted si alguien estuvo aquí ayer por la noche? — le preguntó ella.
— No que yo sepa — Dio un paso delante de ella y marcó el código. La puerta se abrió y entró. Liv agarró su mochila y lo siguió con cautela.
— Sé que apagué las luces al salir anoche, pero estaban encendidas cuando bajé.
— Puede que usted lo olvidara— Geoffrey puso el café sobre la mesa al lado de su escritorio.
Cuando vio la superficie de su escritorio, se quedó sin aliento.
Él se volvió, mirándola con curiosidad. — ¿Pasa algo, señorita?
— Mi escritorio — dijo. Los documentos y archivos que habían estado esparcidos por todas partes estaban todos apilados en montones ordenados. — Alguien lo ordenó.
— Ellos solamente están tratando de llamar su atención — dijo él, vertiendo una taza de café.
— ¿Quién? — ¿quién había estado husmeando por ahí?

— Los espíritus.
¿Espíritus?
Tuvo que hacer un esfuerzo para no poner los ojos en blanco. Le sorprendió que un hombre aparentemente tan lógico como el mayordomo se creyera todos esos cuentos. — No creo en los fantasmas.
— Razón de más para que ellos intenten asustarla. Pero usted no necesita preocuparse, son perfectamente inofensivos.
Eso explicaría cómo la puerta se abría sola, el informe de seguridad no había mostrado ningún registro de nadie extraño que la hubiera abierto y mantenimiento no había encontrado nada fuera de lugar en los controles. Sin embargo, ella seguía creyendo que era mucho más probable que alguien estuviera intentando volverla loca o tratando de asustarla. ¿Tal vez incluso podía ser Geoffrey?
Pero ¿por qué?
— ¿Quiere que la llame para el desayuno? — preguntó Geoffrey.
— Creo que me lo voy a saltar— dijo Liv.
Geoffrey saludó cortésmente, y luego salió del laboratorio.
Liv no tenía exactamente ganas de enfrentarse a la familia de Aaron de nuevo. ¿Qué pasaría si alguien más había descubierto la manera en que había jugado tan bien al póker? O peor aún, ¿Y si se habían enterado de que Aaron había estado en su habitación la noche anterior?

Si fuera posible, se quedaría encerrada en su laboratorio hasta el día en que ella se fuese a su casa en los Estados Unidos.
Sacó su ordenador de su mochila y lo encendió. Como hacía todas las mañanas, revisó su correo electrónico primero y entre el spam de costumbre, el filtro lo había perdido hacía tiempo ya, ella se sorprendió al encontrar un mensaje de William. No había ningún asunto, y el e-mail decía simplemente:
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