9. el lenguaje del pensamiento




descargar 113.92 Kb.
título9. el lenguaje del pensamiento
página1/2
fecha de publicación31.01.2016
tamaño113.92 Kb.
tipoDocumentos
b.se-todo.com > Derecho > Documentos
  1   2
9. EL LENGUAJE DEL PENSAMIENTO
Antoni Gomila Benejam

Departamento de Filosofía

Universidad de Salamanca
"El otro proyecto era un plan para suprimir completa y absolutamente todas las palabras; [...] Se ofrecía, por tanto, una solución, y era que, como las palabras son sólo nombres de cosas, sería más práctico que todos los hombres llevaran encima las cosas que necesitaran para expresar concretamente aquello de lo que tuvieran que hablar. [...] Muchos de los más doctos y sabios han abrazado el nuevo método de expresarse por medio de cosas, que conlleva sólo un inconveniente, y es que si un hombre tiene que tratar un asunto muy amplio y variado se ve obligado naturalmente a llevar a cuestas un bulto más grande de cosas, a menos que pueda permitirse el lujo de uno o dos criados que le acompañen."

(J. Swift, Los Viajes de Gulliver)
1. Introducción

Esta parodia con que Swift se burla de los intentos de su época de crear una lengua universal, nos sirve para poner de manifiesto la característica fundamental del lenguaje humano, y nos remite a la cuestión de su relación con el pensamiento. Pues podemos entender el fragmento citado como un experimento de pensamiento en que se trata de imaginar la posibilidad de comunicación sin la intervención de signos lingüísticos. Resulta inmediatamente obvio el empobrecimiento que ello supone, cuando no la imposibilidad misma, del proceso comunicativo. Pues, ¿qué puede significar el que alguien sostenga, digamos, un cenicero, en la forma imaginada por Swift? ¿Que quiere uno igual? ¿Que nos lo regala? ¿Que no lancemos la ceniza al suelo? ¿Que fumemos? La lista de posibilidades es interminable.

De este modo, esta situación imaginaria nos ayuda a entender lo que permite al lenguaje desempeñar tan eficazmente su función comunicativa: el ser un poderoso medio de representación, que nos permite no ya señalar las cosas, sino referirnos a ellas, a sus propiedades y relaciones. Podemos comunicar que está lloviendo por medio de la expresión "está lloviendo", gracias a que representa ese estado de cosas, sin necesidad de mojar a nadie. Es gracias a la dimensión simbólica1 del lenguaje, pues, que podemos expresar mensajes, contenidos específicos y determinados, generales e independientes de la situación comunicativa concreta.2

La forma en que el lenguaje consigue este inmenso poder de representación, y que no era ignorada por quienes creían en el proyecto de una lengua universal, a pesar de las burlas de Swift, consiste en un conjunto de expresiones elementales, un lexicon finito, correspondiente a los conceptos básicos, y en una serie de reglas de combinarlos, que permite expresar diversidad de contenidos. El significado de estas expresiones complejas es función del significado de las expresiones básicas, más ciertos aspectos estructurales dependientes de esas reglas de combinación. Esta semántica composicional, que supone la contrapartida de la sintaxis combinatoria, constituye la base de dos propiedades del lenguaje que caracterizan su poder de representación, de expresión y comprensión de contenidos: la sistematicidad y la productividad.3

La productividad consiste en que no hay un límite superior al número de oraciones posibles en un lenguaje. Ni siquiera a la longitud de las oraciones gramaticalmente correctas, aunque sin duda existen límites pragmáticos, relacionados con la comprensión y la memoria, al respecto. Así, podemos decir "los franceses son buenos gastrónomos", "los franceses que van al mercado los sábados son buenos gastrónomos", "los franceses que van al mercado los sábados si no llueve son buenos gastrónomos y amantes de las bellas artes", y así sucesivamente. En cuanto a la sistematicidad, consiste en que las relaciones semánticas entre las diversas oraciones no son arbitrarias; un lenguaje que pueda expresar " los atletas negros son ágiles como gamos", también podrá expresar "los ágiles atletas negros son como gamos" o "los gamos negros son como ágiles atletas", etc.

Pues bien, lo que nos interesa examinar aquí es la hipótesis de que el pensamiento comparte con el lenguaje estas mismas propiedades, y que lo hace en base a un mecanismo sintáctico análogo. Es decir, que las capacidades representacionales del pensamiento -el hecho de que el pensamiento tenga significado, represente cómo son o pueden ser o queremos que sean, las cosas; se refiera a ellas; exhiba, en frase de Brentano, intencionalidad-, resultan de una estructura análoga a la del lenguaje, esto es, un código de signos mentales, con una semántica composicional. Esta es la hipótesis del lenguaje del pensamiento (de aquí en adelante, HLP), la más reciente versión de la Teoría Representacional de la Mente (TRM), esto es, de la concepción del pensamiento como activación de símbolos o representaciones mentales. A diferencia de las versiones tradicionales de la TRM, que coinciden en que los símbolos mentales son imágenes, la novedad de la HLP radica en que considera los símbolos mentales como oraciones en un lenguaje mental. Inspirada en la metáfora mente-ordenador, la HLP evita de este modo los graves problemas de las representaciones analógicas.

En las sucesivas secciones de este trabajo vamos a explorar esta hipótesis: en tanto que versión particular del realismo intencional (sec. 3), veremos en qué sentido puede hablarse de un "lenguaje" mental (sec. 4) y en qué argumentos se basa esta hipótesis (sec. 5). A continuación, analizaremos el sentido de la distinción "semántico-sintáctico" para el pensamiento (sec. 6), y las objeciones a que el modelo de la HLP debe hacer frente (sec. 7), así como las consecuencias que se derivan con respecto a otros aspectos de nuestra mente (sec. 8). Antes de ello, no obstante, merece la pena empezar por situar nuestra cuestión en el marco más amplio de las relaciones entre pensamiento y lenguaje, para precisar algunos de los supuestos sobre los que descansa la HLP (sec. 2). En la sección final, como conclusión, volveremos a esta relación para ver qué implicaciones tiene a este respecto.
2. Pensamiento y lenguaje

Lo primero que conviene aclarar es el sentido en que hablamos del pensamiento. En un sentido laxo, podría incluir todo tipo de estados mentales. Pero es indudable que lo que convierte a la relación entre pensamiento y lenguaje en problemática son aquellos estados que, a primera vista, parecen depender estrechamente del lenguaje: las actitudes proposicionales, estados del tipo "creo que Juan no vendrá a cenar", o "me disgusta que llueva los fines de semana", o "quiero estudiar zoología"... A diferencia de los estados que podemos denominar sensibles (dolores, sensaciones,...), claramente independientes del lenguaje, dado que están presentes en animales que carecen de lenguaje, las actitudes proposicionales parece que son exclusivas de los seres lingüísticos. Por ello, es cuando con "pensamiento" nos referimos a este tipo de estados que la relación entre pensamiento y lenguaje, entre las actitudes proposicionales en tanto que estados mentales y su expresión lingüística, resulta inevitable.

Para empezar, parece que no hay otra forma de expresar tales estados fuera de la expresión lingüística, lo que sugiere que sólo quienes poseen lenguaje pueden tener, de hecho, tales estados. Nótese la diferencia con el caso de los estados sensibles, donde resulta obvio que alguien puede sentir dolor sin tener por ello que ser capaz de disponer de un medio de expresar "tengo dolor". En cambio, ¿podría alguien creer "que Juan no vendrá a cenar" sin tener un lenguaje que le permita expresar que Juan no vendrá a cenar? En realidad, esta estrecha conexión entre actitudes proposicionales y lenguaje resulta de las análogas propiedades semánticas que comparten; como las expresiones lingüísticas, nuestros estados mentales se refieren a situaciones, a estados de cosas, pueden ser verdaderos o falsos, tienen significado. El término que sirve para caracterizar esta dimensión semántica, en el caso de los estados mentales, es el de intencionalidad, que se corresponde al de significatividad, en el caso del lenguaje.

Para algunos, esta estrecha conexión resulta de la dependencia del pensamiento con respecto al lenguaje. Aunque la forma de entender esa dependencia es variable, la intuición básica es que el lenguaje constituye el marco de lo pensable, al establecer el dominio de lo expresable. En sus versiones más fuertes, se llega a afirmar que el pensamiento, en tanto que capacidad mental, es el resultado de interiorizar el lenguaje.4

En realidad, esta prioridad sólo resulta plausible si se asume una teoría ingenua de la interpretación, si se da por supuesto que los significados lingüísticos son transparentes al propio lenguaje, en una forma que los contenidos intencionales de los estados mentales no lo son. Buena prueba de que esta teoría ingenua es falsa es lo que ocurre cuando nos encontramos con una lengua extrangera: la mera audición no nos permite penetrar en su significado; lo que falta, conocer el lenguaje, remite a un saber que sólo tiene sentido en tanto que mental. Y este saber, que nos permite "codificar" y "descodificar" mensajes lingüísticos, incluye la capacidad de tener en cuenta las intenciones (un tipo de actitud intencional) comunicativas relevantes. Gracias a ello podemos distinguir si se trata de una broma, de un engaño, una ironía o un malapropismo.

Además de la dimensión mental de conocer un lenguaje, está la cuestión de su aprendizaje, que también apunta en la misma dirección. La idea es que aprender una lengua presupone disponer ya de ciertas capacidades mentales, gracias a las cuales ese aprendizaje puede tener lugar. En conclusión, pues, cabe afirmar, como mínimo, que no todo pensamiento puede ser dependiente del lenguaje. Y aunque esta estrecha relación entre pensamiento y lenguaje parte de que ambos expresan contenidos proposicionales, hay una diferencia importante en la forma en que lo hacen. Mientras que el lenguaje tiene significado en virtud de las reglas convencionales establecidas en una comunidad lingüística, el contenido intencional de las actitudes proposicionales no resulta de ninguna convención, sino que es algo natural. Por eso es posible que alguien emita una oración cuyo significado desconoce (o una ambigua), pero no que alguien piense algo que no entiende (o que sea ambiguo). Y si, como se ha sugerido, las convenciones (también las lingüísticas) resultan de una red compartida de intenciones5, nos encontramos de nuevo con la conclusión de que es el lenguaje el que depende del pensamiento. Finalmente, la existencia de especies no lingüísticas pero con capacidades mentales sofisticadas también corrobora esta concepción6.

Es en este marco en el que se sitúa la HLP. Aunque pudiera parecer que se trata de lo contrario, al atribuir al pensamiento una condición lingüística, el trasfondo teórico que se presupone es el de la prioridad del pensamiento sobre el lenguaje, y la explicación de las propiedades características del lenguaje en virtud de propiedades fundamentales del pensamiento. Más allá, la HLP ofrece el marco explicativo de nuestro conocimiento del lenguaje.

No obstante, el ámbito de la HLP rebasa el del interés por el lenguaje. Su objetivo es ofrecer una caracterización de los estados intencionales que permita entender todos los procesos en que toman parte: el lenguaje, pero también la acción, el razonamiento, la creatividad,... A pesar de ello, nos permite reformular, dada su especificidad acerca de la naturaleza del pensamiento, la cuestión de la relación entre lenguaje y pensamiento. En lugar de preguntas como "¿Es posible el lenguaje sin pensamiento?" y "¿Es posible el pensamiento sin lenguaje?", obtenemos ahora algo de este tipo: "Dada la naturaleza de nuestro medio de comunicación, ¿cómo ha de ser el pensamiento?" y "¿es posible que un ser con un tipo de pensamiento parecido al nuestro (tal como la HLP especifica) no disponga de un medio de comunicación parecido a nuestro lenguaje?" Sobre estas cuestiones volveremos al final, cuando podamos valorar las propuestas de la HLP.
3. El Realismo Intencional y la HLP

En la sección anterior, hemos afirmado que las actitudes proposicionales constituyen el dominio del pensamiento, y por tanto, el objetivo de la hipótesis que vamos a considerar. Al hacerlo así, hemos dado por supuesto que las actitudes proposicionales son estados mentales reales, estados intencionales, distinguibles por su contenido proposicional. Sin embargo, dista de existir unanimidad en la filosofía de la mente a este respecto. Puede ser conveniente, antes de entrar en detalles respecto a la HLP, esbozar las principales alternativas con que se enfrenta esta forma de entender el pensamiento.[7]

Empecemos con una precisión, con respecto a la forma en que hemos caracterizado el dominio del pensamiento. Hay un sentido legítimo de pensamiento, que hemos dejado de lado, según el cual se asocia al contenido de proverbios, sentencias o reflexiones, más o menos profundas. En este sentido, "pensamiento" hace referencia al contenido proposicional, prescindiendo de toda connotación psicológica. Algunos, desde Frege, consideran que éste es el sentido relevante a tener en cuenta. No es nuestro caso: nos interesa en tanto que contenido de estados mentales que intervienen en la dinámica mental y dan lugar a la conducta intencional, con su flexibilidad e independencia estimular características.8 Explicamos, por ejemplo, la visita de Miguel al dentista no en base a la presencia de cierto estímulo desencadenante (como una reacción), sino en base a ciertos estados intencionales de Miguel: su deseo de mantener su buena salud, que le lleva a querer prevenir las caries, junto con su creencia en la superioridad del dentista al barbero para esa labor, más su capacidad para distinguir un dentista de un barbero, y su voluntad de autocontrol que le permite superar el miedo cerval que cualquier dentista provoca...

Estas atribuciones, que realizamos constantemente, de forma espontánea e inevitable, tanto a los demás como a nosotros mismos, nos permiten explicar y dar sentido a las conductas. Lo que no elimina discrepancias y ambigüedades: donde uno ve la intención de fraude, otro insiste en que se trata de un desgraciado malentendido... Lo que se plantea, entonces, es la pregunta por cómo es posible que estos estados mentales, a los que consideramos responsables de ciertos procesos mentales y de ciertas conductas, tengan estas propiedades intencionales que les caracterizan.

Existe un grupo de filósofos que creen que, en realidad, no es posible. Que esas actitudes proposicionales que atribuimos son sólo una forma de hablar, más o menos útil, pero que no refleja realmente la existencia de unos estados mentales correspondientes. De hecho, esos procesos mentales y conductas que explicamos intencionalmente se producen por otros motivos, de naturaleza en último término neurofisiológica. Se trata de diferentes formas de Anti-realismo intencional, la más notable de las cuales es el Eliminativismo. El Eliminativismo postula la completa desaparición en el futuro -cuando la ciencia neurofisiológica haya avanzado lo suficiente-, del vocabulario intencional.

Frente al Anti-realismo, el Realismo Intencional afirma la existencia efectiva de los estados intencionales que las actitudes proposicionales expresan y afrontan la cuestión de su naturaleza y posibilidad. También en este campo las opciones son diversas. Por un lado, el dualismo tradicional considera tales estados como configuraciones diversas de una substancia mental específica, al modo de Descartes. Por otro, los fisicalistas se comprometen con una explicación de estos estados intencionales dentro del ámbito naturalista de la ciencia, que permita entender su naturaleza y su papel en la dinámica psicológica. En este particular, coinciden con los eliminativistas en que esta explicación tendrá que referirse al cerebro, en último término. Sin embargo, ello no supondrá la supresión del vocabulario intencional sino su legitimación.

Históricamente, una primera propuesta al respecto fue la teoría de la identidad, según la cual los estados intencionales son idénticos a estados neurofisiológicos. El problema que esta teoría no superó fue el de la realizabilidad múltiple: la posibilidad de que un mismo estado mental pudiera ser "realizado" por diversos tipos de estados cerebrales, en distintas especies, en distintos individuos de una misma especie, e incluso en un mismo individuo en distintos momentos. Este problema llevó a una teoría de la identidad más débil, de casos y no de tipos, es decir, que cada caso de estado mental es un caso de estado neurofisiológico, sin que puedan establecerse correlaciones entre los tipos a los que pertenecen.

Dentro de esta concepción, la HLP constituye quizá la propuesta más original: consiste en postular un nivel intermedio entre el intencional y el neurofisiológico, un nivel de símbolos mentales con propiedades sintácticas y semánticas: un lenguaje del pensamiento. Estos estados sintácticos, no reducibles a los neurofisiológicos, van a ofrecer un mecanismo para explicar los procesos intencionales dentro de un marco naturalista. Es el momento de examinar con más detalle esta propuesta.
4. El Lenguaje del Pensamiento

El punto de partida de la HLP es una construcción relacional de las actitudes proposicionales, entendidas como relaciones entre el sujeto y un contenido proposicional, relación mediada por un símbolo mental, una oración del LP. En palabras de Fodor, el líder de la HLP9: "creer que p es estar en una cierta relación a un caso de un símbolo que significa que p". (Fodor, 1986, 135) La motivación de este análisis nos remite a la propia composicionalidad semántica del lenguaje con que atribuimos actitudes proposicionales. La forma lógica de la oración "Pedro cree que mañana lloverá" es del tipo aRb, que señala los componentes semánticos de la oración y su estructura constituyente.

Creer, suponer, desear,... se entienden, según esta idea, como relaciones, que habrá que caracterizar funcionalmente, esto es, en base a su posición en el entramado causal de la mente. Una metáfora expresiva que se ha utilizado para ilustrar este análisis funcional de las actitudes es la de las cajas: habría una caja de creencias, otra de intenciones,... en la que estarían metidos los símbolos mentales.10 Pero el núcleo original de la HLP no está tanto en este aspecto cuanto en el tipo de símbolos mentales que postula. A diferencia de la concepción tradicional, característica de la filosofía moderna, según la cual estos símbolos mentales son imágenes, para la HLP se trata de fórmulas, análogas a los signos de cualquier lenguaje en que tienen propiedades sintácticas (reglas de combinación válidas) y semánticas (expresan un contenido). Con ello se pretende evitar los problemas que vician una concepción imaginística del pensamiento: su compromiso con una teoría perceptiva de la consciencia, su indeterminación representacional al no tener condiciones de verdad, la imposibilidad de substanciar la idea de que representan en virtud de una relación de semejanza con las cosas, y finalmente, su conexión con un enfoque asociacionista de los procesos mentales.11

La idea consiste en dar cuenta de la complejidad conceptual de los contenidos intencionales (la oración subordinada en las actitudes proposicionales, el "que mañana lloverá" en "creo que mañana lloverá"), en base a la propia complejidad de su representación correspondiente. En concreto, tener el pensamiento de que mañana lloverá supone que se active un símbolo correspondiente a "mañana" y otro correspondiente a "llover", en la combinación apropiada. Se trata, en el fondo, de suponer la existencia de unos símbolos elementales, correspondientes a los conceptos básicos -con lo que tienen propiedades semánticas-, junto a una serie de pautas de combinación válida entre ellos -por las que obtienen propiedades sintácticas-. En conjunto, ambos aspectos delimitan el espacio de lo pensable. Como vimos al hilo de la parodia de Swift, son éstas las características que confieren al lenguaje natural su dimensión representacional y que le permiten desempeñar tan eficazmente su rol comunicativo. Son estos aspectos, por tanto, lo que justifica que pueda hablarse con sentido de "lenguaje del pensamiento".

Se podría pensar, no obstante, que estos aspectos no son suficientes para justificar la conclusión de que este código interno se puede considerar propiamente como un lenguaje. Por ejemplo, podría afirmarse que la idea de ser un lenguaje es inseparable de la idea de ser un medio de comunicación12. Sin embargo, este punto remite a una cuestión terminológica, inofensiva mientras quede claro que es en la dimensión representacional donde lenguaje y pensamiento tienen características parecidas.

Más grave puede resultar la confusión de tomar literalmente la idea de lenguaje en el sentido comunicativo, y pedir de esta hipótesis que especifique quiénes desempeñan el papel de emisor y receptor en el ámbito del pensamiento13. Como ha puesto de manifiesto el segundo Wittgenstein[14], este desdoblamiento, característico de la teoría perceptiva de la consciencia, está repleto de problemas lógicos. Pero es justamente el esfuerzo por evitar tales problemas lo que distingue la HLP, frente a la concepción de las imágenes mentales. La clave está en que los símbolos mentales, estructurados según reglas combinatorias, no tienen que ser entendidos, ni usados, en ningún sentido intencional (lo cual supondría un regreso), sino que desempeñan su papel en la dinámica mental en virtud de sus propiedades formales, sintácticas, que definen un nivel mental específico, y no por sus propiedades semánticas directamente.

Piénsese, por ejemplo, en el caso del lenguaje-máquina de los ordenadores -ejemplo no meramente ilustrativo, sino que ha influido directamente en la propuesta de la HLP-: a nivel básico, no contamos más que con una serie de circuitos electrónicos que se abren y se cierran; a nivel superior, podemos interpretar la actividad de la máquina como el desempeño de ciertas funciones (nivel semántico), y ello gracias a que la actividad del nivel físico está organizada en ciertos patrones sistemáticos que permiten su interpretación simbólica.

Puede resultar sorprendente la idea de que en el cerebro contamos con algo parecido, con un código neural de estados, cuyas transiciones resultan acorden a ciertos patrones sistemáticos y por tanto, interpretables. Pero basta darse cuenta de que no hay restricciones de principio con respecto a qué puede constituir un código lingüístico. Un mismo mensaje puede cifrarse en cualquier de la diversidad de alfabetos existentes (también los idiográficos), pero también en Morse, en ondas electromagnéticas o en rayos gamma,... siempre que sea posible una interpretación sistemática y coherente de los diversos patrones. Lo distintivo en el caso del lenguaje del pensamiento es que no es un código inventado por nadie, sino resultado del proceso evolutivo: es algo que nuestro cerebro hace espontáneamente.

El código genético resulta un buen punto de referencia en este sentido. Se habla de código genético dado que las diversas secuencias de aminoácidos determinan las diversas proteínas. Pero no es precisa la intervención de un intérprete, de un lector de la secuencia de aminoácidos que luego decida qué proteínas deben producirse. Es la pura reactividad química de los aminoácidos la que da lugar a la aparición de los nuevos compuestos.

Del mismo modo, como los ejemplos del lenguaje-máquina del ordenador o del código genético sugieren, este nivel simbólico del pensamiento no tiene solamente un papel en la explicación de la dimensión representacional, sino también de la procesual. Permite entender, dentro de un marco fisicalista, cómo es posible que los estados intencionales den lugar a otros estados intencionales y a conductas: es en virtud de las propiedades sintácticas de los símbolos que las relaciones entre contenidos intencionales son respetadas. El modelo es aquí la teoría lógica de prueba; la inferencia de si "p entonces q", y "p", a "q" resulta válida por razones formales, sea cual sea el significado de p y q. Los procesos mentales, del mismo modo, se entienden como derivaciones, establecidas por las reglas mentales específicas, no necesariamente lógicas (muchos procesos mentales son inferencias no demostrativas): de ahí que se entiendan como procesos computacionales (como realizaciones de algoritmos) y se acentúe el papel procesual de los símbolos mentales. Esta homología entre relaciones semánticas entre los símbolos y sus relaciones causales, gracias a la cual las primeras son preservadas, se denomina Principio de Formalidad.
5. Argumentos a favor

El primer argumento en favor de esta concepción del pensamiento se sigue de este Principio de Formalidad: permite entender la dinámica mental dentro de un marco naturalista, ya que los procesos mentales respetan a nivel semántico las relaciones inferenciales apropiadas (en el caso de buen funcionamiento), gracias a las relaciones formales (sintácticas) entre los estados. En otros términos, introduce un nivel de organización mental que constituye el correlato físico de la intencionalidad, gracias al cual los estados intencionales pueden desempeñar su rol causal. Y lo hace a un nivel superior al puramente neurofisiológico, un nivel funcional, con lo que se evitan los problemas de la múltiple realizabilidad de tales estados intencionales.15

Ahora bien, ¿por qué entender precisamente este correlato físico como un lenguaje? La respuesta nos remite a aquellas propiedades características del lenguaje natural y que también distinguen al pensamiento: la sistematicidad y la productividad. Como en el caso del lenguaje, parece que la mejor explicación de cómo se alcanzan es mediante una semántica composicional, esto es, unos primitivos semánticos más unas reglas de combinación.

Recordemos la naturaleza de tales propiedades, con respecto al pensamiento. La productividad consiste en la posibilidad de tener un número ilimitado de pensamientos diversos. La sistematicidad, por su parte, consiste en que las relaciones entre esa diversidad de contenidos mentales no es puramente casual, sino que obedece a ciertas reglas. Así, por ejemplo, es la productividad lo que permite pasar de "los libros son caros" a "los libros de filosofía son caros"; y es la sistematicidad lo que explica que lo segundo se siga de los primero, por la misma razón que "los tomates maduros son caros" se sigue de "los tomates son caros". Esto nos sugiere que la sistematicidad es más básica que la productividad. De hecho, esta última constituye una capacidad potencial, atribuible en la práctica sólo mediante idealización de las capacidades efectivas, ya que por limitaciones físicas obvias, nadie llega a un número infinito de pensamientos. En cambio, la sistematicidad es actual: remite a ciertas relaciones efectivas entre los diversos estados.

Si en el caso del lenguaje, como vimos, estas propiedades resultan de la composicionalidad semántica de símbolos elementales, cabe suponer que en el caso del pensamiento ocurre de modo similar, esto es, que existe un lenguaje del pensamiento, una semántica composicional para el pensamiento. Es más, cabe argüir que la conexión entre la sistematicidad y nivel simbólico no es sólo analógica con respecto al lenguaje, en el caso del pensamiento, sino intrínseca. La idea consiste en que la sistematicidad de las relaciones semánticas requiere la presencia de un mecanismo causal responsable de que las transiciones entre estados respete esas relaciones: de ahí la necesidad de estructura composicional.

Pero además de estos argumentos de carácter general, Fodor insiste también en que la HLP, en una forma u otra, constituye un presupuesto fundamental de las teorías de la psicología. Al hacer uso esencial del concepto de representación mental para explicar los procesos psicológicos, la psicología cognitiva está comprometida con la existencia de estados intencionales (cuyo contenido es lo que la representación especifica), que constituyen el dominio de tales procesos.

Consideremos, por ejemplo, las teorías del aprendizaje conceptual. Un paradigma experimental clásico consiste en tratar de que los sujetos generalicen las propiedades relevantes de los objetos que se les presentan en un nuevo concepto. Supongamos que llamamos al nuevo concepto "circarillo" y estipulamos que son "circarillas" las cosas amarillas y circulares. En el proceso de aprendizaje, el sujeto pasa de clasificar tentativamente los diversos objetos entre los que son "circarillo" y los que no lo son, siendo corregidos por el experimentador, hasta que finalmente consigue hacerlo siempre correctamente: ha adquirido el concepto "circarillo". Pues bien, para que este proceso tenga sentido es preciso suponer que se dispone ya que un medio representacional que incluya ya los conceptos "amarillo" y "circular", así como un medio de representarse las hipótesis, de detectar inconsistencias entre éstas y los datos, y de modificarlas según un proceso de inferencia no demostrativa. En otros términos, se presupone ya la existencia de procesos inferenciales entre estados representacionales, del tipo que propugna la HLP. De hecho, son muchos los científicos cognitivos que adoptan explícitamente el marco de la HLP para sus modelos explicativos.
6. Propiedades semánticas y sintácticas

Estas virtudes que nuestra hipótesis presenta en su favor están, por supuesto, condicionadas a que pueda justificarse la existencia de la clase de objetos mentales que postula, esto es, de estados con propiedades semánticas y sintácticas. Es más, será preciso mostrar que tales propiedades respetan, de hecho, el Principio de Formalidad.

Empecemos con las propiedades semánticas: verdad, referencia, significado,... ¿Cómo es posible que las fórmulas del LP tengan tales propiedades? Dada la composicionalidad del LP, el problema se plantea en realidad al nivel de las expresiones elementales, dado que es en virtud de la aportación semántica de éstas que las expresiones complejas disfrutan de condición semántica. El problema es difícil, dado que lo que se pide, al plantear la cuestión, es una explicación naturalista del contenido mental. No servirá, por tanto, una explicación que apele a un intérprete de tales expresiones, o que recurre, circularmente, a otras nociones intencionales.

La dificultad de la situación, sin embargo, no es algo característico de la HLP, sino que afecta de modo general a todos los enfoques naturalistas, por lo que la HLP no está en peor situación en este sentido. De hecho, ha sido dentro de su marco que se han producido las propuestas más interesantes, que se agrupan en tres enfoques: informacional-causal, funcional y teleológico, si bien no resultan por el momento plenamente satisfactorias. No vamos a deternernos en ellas.16

Es con respecto a las propiedades sintácticas, en cualquier caso, que la HLP se la juega, ya que constituyen el núcleo de su aportación. En primera aproximación, consideremos la naturaleza de la sintaxis en la Lingüística, su ámbito de origen. A grandes rasgos, puede decirse que consiste en las reglas que definen el conjunto de las expresiones bien formadas del lenguaje y sus combinaciones legítimas, en base a la asignación de una estructura a cada oración del lenguaje. Sin embargo, cuando consideramos las expresiones del LP, nos damos cuenta de que contenidos intencionales como "esta comida tiene muchas calorías" y "aquel perro come muchas galletas" reciben una misma estructura sintáctica ( O[Suj[Det,N], P[V,Comp]]), lo que supone que, si esto fuera todo lo que "sintáctico" incluye en este ámbito mental, entonces ambas tendrían las mismas propiedades sintácticas. Pero como sus propiedades semánticas son claramente distintas, se seguiría que el Principio de Formalidad no es respetado17.

Es preciso, por ello, ir más allá de esta concepción lingüística de sintaxis en la caracterización de los estados mentales. Recuérdese que el sentido de introducir este nivel sintáctico de procesamiento era poder dar cuenta de la dimensión causal de los estados intencionales de forma tal que se respeten las relaciones semánticas entre ellos. Y como parece correcta la intuición metafísica de que las capacidades causales de una entidad dependen de sus propiedades intrínsecas, habrá que concluir que las propiedades sintácticas de los estados mentales habrán de ser propiedades intrínsecas18. Pero no cualesquiera propiedades intrínsecas: quizá no ciertas propiedades químicas de un estado, sólo aquellas responsables de su papel causal en la dinámica cognitiva. En su conjunto, tales propiedades determinan el rol causal de ese estado, llamado también rol inferencial, por la pretendida correspondencia entre sintaxis y semántica. Estas propiedades intrínsecas, sin embargo, no serán de nivel básico, sino que pertenecerán a un nivel abstracto. Fodor habla, metafóricamente, de propiedades relacionadas con la "forma" de la expresión, en el sentido en que la sintaxis depende, en último término, de la forma de las expresiones, haciendo corresponder la distinción "forma/contenido" a la distinción "sintaxis/semántica".19

En cualquier caso, es vital para la HLP que las propiedades sintácticas -esto es, aquellas propiedades físicas de alto nivel que determinan el rol causal de cada tipo de estado-, establezcan una taxonomía coincidente con la identificación semántica de los estados. Sólo así se garantiza el Principio de Formalidad, y la coincidencia del rol inferencial y causal. Esto se consigue como resultado de la dependencia conceptual de la sintaxis con respecto a la semántica, dado que las propiedades sintácticas están sistemáticamente relacionadas con las semánticas.20 Es más, es esta sistematicidad semántica lo que justifica en primer lugar la introducción de un nivel sintáctico, como hemos visto: constituye el mecanismo por medio del cual la secuencia causal respeta las relaciones semánticas entre los contenidos de los estados intencionales.21

Podría pensarse, no obstante, que esta caracterización tiene algo de apaño, de arreglo para que todo encaje. Y, sin embargo, es un hecho que nuestros procesos psicológicos nos conducen generalmente a conclusiones acertadas (razonamiento deductivo, inductivo, analógico,...). ¿Cómo podría ser sino fuera por el Principio de Formalidad? Nos encontramos aquí con un argumento del tipo de la mejor explicación disponible. Contamos, además, con otro argumento, basado en nuestra condición de seres vivos, que apunta en el mismo sentido. Consiste en señalar las claras ventajas evolutivas de un organismo psicológico cuyos procesos mentales resultan en creencias verdaderas y en conclusiones correctas (dadas ciertas condiciones de buen funcionamiento).
7. Objeciones: la alternativa conexionista

Significativamente, algunos críticos de la HLP recurren también a consideraciones evolutivas para apoyar su escepticismo. En su opinión, el problema de fondo con la HLP es que es excesivamente logicista, y por tanto, ofrece una imagen del funcionamiento mental demasiado "perfecta", como si hubiera sido diseñado por un ingeniero. Sin embargo, no cabe esperar de un producto evolutivo tal perfección, ya que la evolución, en expresión de Jacob (1978), es un proceso de "tinkering", en el que se alcanza los mejores resultados sí, pero dadas las constricciones múltiples que hay que satisfacer. Por ello cabe esperar redundancias, errores sistemáticos, estructuras cerebrales multifuncionales..., que, paradójicamente, permiten un funcionamiento rápido y eficaz.

Durante un tiempo, los críticos de la HLP no podían ofrecer más que indicaciones de las limitaciones intrínsecas de la HLP, tanto en su presentación como explicación de la naturaleza de las actitudes proposicionales, como en tanto que modelo metapsicológico para la construcción de teorías de capacidades mentales específicas. Con la aparición y rápida extensión, a mediados de la década de los ochenta, de la alternativa conexionista, según la cual las representaciones son distribuidas sobre una red de elementos subsimbólicos, se dispone además del medio de evitar la pretensión de que la HLP es el único enfoque disponible.

Agruparemos, por tanto, las objeciones a la HLP en tres grupos: (a) críticas inmanentes a las propuestas de la HLP; (b) objeciones basadas en las limitaciones de la HLP para dar cuenta de ciertos procesos mentales; y (c) las basadas en la alternativa conexionista.

(a) La HLP analiza las actitudes proposicionales como relaciones entre un sujeto y una representación mental. Pero, ¿no es posile que en ocasiones pueda atribuirse correctamente una actitud proposicional sin que contemos con la representación correspondiente? Y a la inversa, ¿no puede ocurrir que ciertas representaciones no tengan su actitud proposicional correspondiente? ¿Y ambas posibilidades no suponen el cuestionamiento de la propia HLP?

El primer tipo de caso ha sido puesto de manifiesto por diversos autores.22 Se ha señalado, por ejemplo, la posibilidad de actitudes dependientes de supuestos tácitos, o disposiciones propias del modo en que el sistema (el sujeto) está construido, pero sin representación explícita. Así, parece que en el proceso de adquisición de conceptos el niño da por supuesta la estructura jerárquica en que se organizan (Keil, 1979). En algún sentido, por tanto, es correcto decir que cree que los conceptos se organizan según tal estructura, pero ello no supone que cuenta con una regla explícita que le incite a ello. Parece tratarse más bien de información implícita, inscrita en la forma en que funciona el sistema. De hecho, sin embargo, es notorio que cualquier función que puede ser realizada por medio de un algoritmo explícito, puede serlo también por medio de una máquina que no utilice representaciones. Lo importante de esta objeción es poner de manifiesto que un sistema en que todas sus instrucciones estuvieran representadas (como en una pizarra), no funcionaría: hacen falta mecanismos básicos, no representacionales. La cuestión de fondo, no obstante, es si además de tales mecanismos, contamos también con representaciones.

En cuanto al segundo aspecto, se trata de notar que muchas de las representaciones mentales postuladas por diversas teorías cognitivas parecen estar más allá de nuestra capacidad de adoptar actitudes hacia ellas. Piénsese, por ejemplo, en las representaciones que constituyen nuestro conocimiento del lenguaje -el conjunto de reglas que nos permiten formular y entender oraciones en nuestro lenguaje-. Es claro que no mantenemos actitudes con respecto a tales reglas, ya que no se sitúan en el plano que podríamos llamar personal, sino en el subpersonal: en el plano de la actividad de subsistemas específicos. Sin embargo, no parece que la existencia de tales niveles subpersonales resulten fatales para la HLP, ya que en absoluto se pretende que las actitudes proposicionales constituyan la totalidad de los estados cognitivamente relevantes, y además, también para las representaciones de estos niveles subpersonales se respeta el Principio de Formalidad.23

(b) Un segundo grupo de objeciones, de mayor calado, parte de observar la incapacidad de entender procesos mentales fundamentales en base al modelo inferencial de la HLP, en lo que se ha dado en llamar el "problema del marco"24: la incapacidad de modelar nuestra capacidad de revisar nuestras creencias en función de nueva información, decidiendo qué aspectos pueden dejarse de lado, cuáles resultan relevantes en el conexto dado y cuáles siguen siendo válidos en general. Esta capacidad, clave en la toma de decisiones o en el seguimiento de instrucciones, por ejemplo, sugiere que nuestros procesos mentales son, desde el punto de vista lógico, "no monótonos". La monotonía, característica de la lógica estándar, consiste en que la inclusión de nuevas premisas resulta en un mayor número de teoremas. Los procesos de que estamos hablando, por el contrario, consisten en descartar información que ha dejado de ser relevante, a la luz de información reciente.

Se han hecho diversos intentos por formular sistemas de inferencia no monótonos con el fin de modelar tales procesos mentales (por ejemplo, lógicas por defecto, sistemas de mantenimiento de la consistencia,...), pero los resultados, por el momento, no son demasiado esperanzadores.25

(c) Finalmente, la HLP debe hacer frente a la existencia de un modelo alternativo de nuestra arquitectura cognitiva, el conexionista.26 Para el conexionismo, la HLP parte de una ilusión fundamental: creer que los procesos mentales son inferenciales, que existe algo así como una lógica del pensamiento, y que, por ello, los estados mentales deben tener una estructura constituyente. En realidad, sugiere el conexionismo, la HLP no tiene en cuenta la naturaleza de nuestro cerebro y las condiciones en que tiene lugar su funcionamiento, por lo que resulta altamente implausible desde un punto de vista biológico. Por ejemplo, los modelos basados en la HLP establecen procesos secuenciales, lo cual, dado que las transiciones neuronales son del order de un millar de veces más lentas que las electrónicas, lleva a la conclusión de que si nuestra arquitectura cognitiva fuera realmente según propugna la HLP, seríamos incapaces de funcionar en tiempo real.

En realidad, las cosas no son tan sencillas, ya que un programa secuencial puede implementarse en un sistema que funcione en paralelo. Pero el impulso que motiva la alternativa conexionista es claro: ofrecer un modelo de nuestra arquitectura mental que siga de cerca aspectos fundamentales de nuestro funcionamiento cerebral, y que evite el logicismo de la HLP. Para ello, los modelos conexionistas conciben la arquitectura cognitiva del cerebro como una amplia red, organizada en capas, de nodos interconectados. Los nodos son simples y su actividad local: se activan o no según las señales recibidas de los nodos vecinos, y su umbral, sin necesidad de intervención de procesador central alguno. Las conexiones pueden ser excitatorias o inhibitorias y pueden variar en su fuerza, según el "peso" de la conexión. La actividad de la red en su conjunto, por ello, resulta de la suma probabilística de la actividad de sus componentes. No hay, por ello, posibilidad de interpretar simbólicamente la actividad de cada nodo; es sólo la actividad de la red la que puede ser vista como representacional o cognitiva. Dicho de otro modo, las representaciones son distribuidas, emergen al nivel de la red en su conjunto. El nivel de procesamiento, en cambio, es subsimbólico.

Nos encontramos, por consiguiente, en las antípodas de la HLP: no puede hablarse de estados representacionales, con estructura constituyente, con semántica composicional; y los procesos cognitivos ya no son inferenciales, sino asociativos (consisten en la modificación de los pesos que regulan la fuerza de las conexiones). Tal disparidad nos lleva a plantearnos qué ocurre, según el conexionismo, con aquellas propiedades del pensamiento en que la HLP ponía el énfasis, la productividad y la sistematicidad: ¿cómo encajan en este enfoque? Ya mencionamos que la productividad, la posibilidad de infinitos contenidos mentales, presupone cierta idealización de nuestra capacidad representacional, por lo que podría dudarse de su legitimidad. Parece, pues, que la clave está en la sistematicidad: ¿puede ser sistemático un modelo conexionista? ¿debería serlo?

La actitud radical consiste en negar que el pensamiento sea, de hecho, sistemático, con lo cual el argumento principal en favor de la HLP quedaría en cuestión, y se reforzaría la plausibilidad de modelos que evitaran la sistematicidad.27 La sistematicidad del pensamiento, según esta línea de argumentación, no es más que una ilusión. En realidad, lo que es sistemático es el lenguaje, el medio mediante el cual expresamos nuestros pensamientos. Dicho de otro modo, creer que el pensamiento es sistemático resulta de que el medio mediante el cual representamos el pensamiento -el lenguaje- es sistemático; pero resulta falaz, se arguye, atribuir a lo representado propiedades del medio de representación. La dificultad con esta actitud radical es que pone en cuestión, en último término, la naturaleza de las relaciones entre pensamiento y lenguaje, tal como las esbozamos en la sec. 1; pues, ¿cómo podría ser la sistematicidad algo propio del lenguaje sin presuponer de algún modo la sistematicidad de los pensamientos que en él se expresan?

De hecho, esta actitud radical es minoritaria. Los conexionistas, por lo general, no niegan la sistematicidad. Lo que niegan es que sea resultado del tipo de estructura sintáctica propuesta por la HLP. Se buscan, por el contrario, nociones más débiles de composicionalidad, relacionadas con los procesos de activación.28 La tarea no es fácil, ya que por su propia naturaleza, no hay ningún aspecto del nivel subsimbólico que resulte esencial para una representación distribuida, dada la gran sensibilidad al contexto de las redes conexionistas. En cualquier caso, como han insistido con saña los defensores de la HLP, aunque los modelos conexionistas puedan respetar la sistematicidad, son incapaces de explicar su centralidad para el pensamiento.29

Más sutil es la argumentación de Schiffer, quien ha tratado de mostrar que la composicionalidad semántica no es necesaria para la sistematicidad y la productividad lingüísticas30. En su lugar, propone explicarlas en base a la composicionalidad sintáctica de las oraciones del LP junto a una teoría de las propiedades naturales a las que las propiedades semánticas sobrevienen, pero sin identificar unas con otras.31 Los componentes estructurales de las oraciones del LP, con ello, contribuirían a determinar el rol causal de esa oración pero sin aportar un valor semántico, sino sólo la base de sobreveniencia de tal valor. Sin embargo, Schiffer no propone qué propiedades naturales podrían hacer tal contribución, por lo que su argumento puede verse como la mera indicación de que la conexión entre sistematicidad y composicionalidad no es lógica, sin proporcionar por ello una mejor explicación de la sistematicidad. Pero podría dar lugar, aunque no parece que sea ésta su intención, a una defensa del conexionismo de acuerdo con esta concepción de la relación entre sintaxis y semántica.32 Es todavía difícil, sin embargo, hacer balance de la capacidad del conexionismo para constituirse en alternativa a la HLP. Hay que tener en cuenta, además, la importante corriente de opinión que niega la incompatibilidad lógica entre ambos enfoques, y propone interpretarlos como modelos de distintos niveles de procesamiento.33 A mi modo de ver, no obstante, y en contra de las respectivas pretensiones de exclusividad como modelos de nuestra arquitectura mental, resulta más apropiado considerarlos como complementarios, esto es, como válidos para aspectos diversos de nuestra vida mental: mientras el conexionismo tiene éxito en capacidades del tipo de reconomiento de patrones o del aprendizaje de habilidades, la HLP está en la base de nuestras mejores teorías sobre percepción, solución de problemas, razonamiento, y en general, las llamadas funciones psicológicas superiores. Pero todavía es pronto para saber porqué esto es así.
8. Más allá de la arquitectura mental

Como hemos visto, la discusión en torno a la existencia de un lenguaje del pensamiento apela a ideas fundamentales acerca de la arquitectura de nuestros procesos cognitivos, y a la naturaleza de nuestros estados intencionales, con la noción de sistematicidad en el centro del debate. Pero en la valoración de una hipótesis como la HLP no se pueden dejar de lado las consecuencias que se siguen de ella con respecto a otros aspectos de nuestra vida mental.

Ya hemos mencionado algunos de los atractivos de nuestra hipótesis tanto a nivel ontológico, al proporcionar un marco fisicalista en el que entender nuestros estados intencionales (si bien, como hemos mencionado, la naturalización de la intencionalidad sigue siendo un escollo, a pesar de lo avanzado), como procesual, al enfatizar el aspecto sistemático de lo cognitivo, frente al asociativo. Pero hay otros aspectos que tomar en consideración. Por ejemplo, la HLP ofrece una explicación de la naturaleza de la atribución intencional y de sus condiciones de validez. La atribución de una intención a alguien, digamos, será correcta si efectivamente ese alguien mantiene la relación apropiada con una fórmula mental cuyo contenido coincida con el de la intención atribuida. Además, permite entender la eficacia de las predicciones intencionales, ya que postula la existencia de patrones de interacción entre estados mentales (leyes intencionales). El mismo modelo permite también dar cuenta de los informes acerca de los propios estados intencionales: serán correctos si hay un símbolo instanciado adecuadamente, sin que se presuponga ningún tipo de acceso privilegiado al respecto.

Más problemática resulta la cuestión del origen (ontogenético) de este lenguaje del pensamiento. Ya hemos mencionado que uno de los argumentos en favor de su existencia es que las mejores teorías disponibles acerca del aprendizaje conceptual (en general, acerca de cualquier proceso cognitivo) están comprometidas con la existencia de un medio representacional, en el que expresar las hipótesis que hay que poner a prueba. La cuestión siguiente es, por tanto, cómo surge este medio representacional, si es único o bien pueden existir diversos códigos para diversas funciones cognitivas, y si es o no el mismo para todos los individuos (idea que conecta con la de un lenguaje universal, lógicamente perfecto, para el pensamiento), o si se trata de una forma interiorizada del lenguaje natural.

En realidad, se trata de cuestiones no homologables. Algunas son empíricas -si es único, si es común a todos-, pero de otras pueden hacerse algunas consideraciones conceptuales relevantes. Por ejemplo, respecto a la posibilidad de que pensemos en nuestro propio idioma34, nos enfrentamos al problema de cómo dar cuenta de su aprendizaje en primer lugar, dadas las consideraciones que apoyan la necesidad del lenguaje del pensamiento como requisito para todo aprendizaje.

Más polémica es la conclusión que pretende sacar Fodor de este argumento: la de que el lenguaje del pensamiento es innato. No puede ser aprendido, ya que es condición de posibilidad de todo aprendizaje; por tanto, debe ser innato, concluye Fodor35. Esta conclusión, altamente anti-intuitiva, conlleva además una tesis fuerte de limitación epistémica: si nuestros conceptos básicos son innatos, resultado del proceso evolutivo de adaptación, entonces sólo podremos conocer (representarnos con verdad) aquellos aspectos de la realidad para los que contemos con recursos conceptuales apropiados.

Este fuerte innatismo resultante ha sido considerado por algunos como una reducción al absurdo de la propia HLP36. Sin embargo, creo que es un error ligar de forma tan directa la HLP con el innatismo. En otras palabras, la HLP sólo implica este severo innatismo si se dan por supuestas ciertas asunción adicionales, que no resultan en absoluto obvias por sí mismas37. En primer lugar, la de que la distinción innato-aprendido es exhaustiva; por otra parte, la de que el pensamiento es absolutamente independiente del lenguaje. Creo que ambas son problemáticas.

Respecto a la primera, sus problemas pueden verse por la propia ambigüedad del término. Mientras en un sentido se refiere a lo genéticamente determinado, en otro significa las capacidades de que dispone el niño nada más nacer, y aun en otro aquello que se adquiere sin una experiencia específica al respecto. Fodor pretende solucionar la cuestión identificando "innato" con "no aprendido", pero esta identificación anula la diversidad del proceso de desarrollo cognitivo, con aspectos claramente madurativos (los propiamente innatos, cabría decir) y otros en que la experiencia puede jugar un papel más o menos importante sin que por ello deba hablarse de generalización inductiva (el único modelo del aprendizaje que Fodor reconoce). Por ello, decir que el lenguaje del pensamiento es innato, en este sentido general, no implica necesariamente ni que está genéticamente deteminado ni que es característico de la especie: hay que precisar en qué sentido lo es.

Respecto a la segunda, la de que el pensamiento es absolutamente independiente del lenguaje, puede decirse que responde a un criterio metodológico de simplicidad: que los recursos computacionales (la sintaxis combinatoria y los conceptos elementales) son fijos, de tal forma que cabe atribuir a los niños los mismos recursos que los adultos38. Se sigue de ello que la adquisición del lenguaje no modifica nuestra capacidad de pensamiento. Pero hay buenos motivos para dudar de que sea así. Al considerar la relación entre pensamiento y lenguaje concluimos que el pensamiento no puede ser totalmente dependiente del lenguaje, y que el lenguaje depende hasta cierto punto del pensamiento. Lo que se afirma ahora complementa esa conclusión, al proponer la posibilidad de un proceso de retro-alimentación entre ambos aspectos, mediante el cual el lenguaje introduciría un cambio cualitativo en nuestra capacidad representacional. De hecho, la mayor parte de nuestros conceptos los adquirimos por vía lingüística, y además, el lenguaje podría resultar crucial en el aparición de la capacidad meta-representacional (representaciones de representaciones)39.

La imagen que resulta del lenguaje del pensamiento, cuando modificamos los supuestos de Fodor, ya no es la de un código representacional estático y fijo, sino dinámico y adaptable a las diversas circunstancias de la experiencia humana.
9. Conclusión

En resumen, hemos visto que la HLP parte de las propiedades que el pensamiento comparte con el lenguaje, en tanto que medio de representación (la sistematicidad y la productividad), y en base a ello propone para el pensamiento una estructura análoga a la del lenguaje, esto es, un dominio de expresiones elementales, con propiedades semánticas, y una serie de reglas de combinación de tales expresiones, que permiten expresar contenidos complejos.

Si recuperamos ahora la cuestión de la relación entre pensamiento y lenguaje, nos damos cuenta, como ya avanzamos en la sección 2, que la HLP conlleva un planteamiento mucho más específico de esta relación. En particular, podemos preguntarnos si es posible un lenguaje como el nuestro sin que vaya acompañado de un pensamiento con la estructura postulada por la HLP; inversamente, si es posible que un tipo de pensamiento de la naturaleza caracterizada por la HLP puede dejar de tener un lenguaje como el nuestro.

Con respecto a la primera cuestión, la respuesta depende del estatus que concedamos a la HLP. Fodor ha insistido en que se trata de una hipótesis empírica, la mejor explicación que puede darse de las propiedades sistemáticas de nuestro pensamiento. Pero otros autores, como Davies40, sostienen que la HLP es consustancial a ser un sujeto que maneja conceptos. Si se acepta la consideración empírica de la hipótesis, entonces no puede descartarse a priori la posibilidad de que un lenguaje como el nuestro resulte de una organización mental diferente (quizá como la que propone el conexionismo), aunque parece difícil que pueda darse sin algún tipo de organización mental compleja, que incluya una dimensión intencional. Desde la posición de Davies, en cambio, es a priori descartable: quizá una consecuencia algo dogmática, producto de la aceptación todavía de la concepción de la filosofía como análisis de conceptos.

Algo diferente se plantea por lo que respecte a la otra vertiente de la relación, la de si un pensamiento como el nuestro no debe ir acompañado de lenguaje. Porque, como hemos señalado a lo largo del trabajo, si bien no nos encontramos con un lenguaje con las propiedades del humano que no sea expresión de complejas intenciones comunicativas, sí existen especies cuya capacidad mental es cercana a la nuestra y que carecen de un medio de comunicación comparable en capacidad expresiva al nuestro: primates, homínidos pre-sapiens (si es cierto que el lenguaje apareció con el Homo Sapiens), niños pre-lingüísticos, sordomudos. Es claro el porqué: el pensamiento es condición necesaria para nuestro lenguaje, pero no suficiente; como mínimo, hace falta también disponer de un aparato fonador apropiado para la articulación sonora y, correlativamente, un sistema auditivo sensible a esos sonidos.

Resulta apasionante tratar de reconstruir el proceso evolutivo que llevó a la aparición de nuestro lenguaje, y que puede servir para plantear hasta qué punto estas propiedades análogas de pensamiento y lenguaje no se resultan finalmente de una misma capacidad, producto de un proceso co-evolutivo, en el que la aparición de formas lingüísticas cada vez más complejas repercutiera a su vez en la propia estructura del pensamiento. En cualquier caso, estas especulaciones indican una vez más el potencial explicativo de la HLP.41

  1   2

similar:

9. el lenguaje del pensamiento iconAspectos evolutivos del pensamiento y el lenguaje

9. el lenguaje del pensamiento iconLenguaje y pensamiento

9. el lenguaje del pensamiento iconTrastorno del lenguaje que se manifiesta por una alteración en la...

9. el lenguaje del pensamiento iconTrastorno del lenguaje que se manifiesta por una alteración en la...

9. el lenguaje del pensamiento icon9. 1 problemas de lenguaje y habla texto del Capítulo p roblemas de lenguaje y habla

9. el lenguaje del pensamiento iconMuchos estudiosos han criticado la demostración de la existencia...

9. el lenguaje del pensamiento iconFactores del pensamiento

9. el lenguaje del pensamiento iconTrastornos especificos del desarrollo del lenguaje (teld)

9. el lenguaje del pensamiento iconModelos de actuaciones investigativas productoras del pensamiento emancipador

9. el lenguaje del pensamiento iconCampo disciplinario: componentes cognitivos y habilidades del pensamiento




Todos los derechos reservados. Copyright © 2019
contactos
b.se-todo.com