"Nadie es mas un esclavo sin esperanzas que aquel que cree que es libre"




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[167] más avanzado el proceso de democratización.

De hecho, el proceso fue bien distinto: hizo al Estado más fuerte que antes, con poderes de intervención ampliados; también fortaleció al poder ejecutivo del Estado —el encargado de la intervención - respecto de la instancia representativa, el parlamento [168]. Y, sobre todo, el proceso facilitó la ampliación inaudita del poder político privado que surge espontáneamente en el sistema: el poder político privado del capital, que crece, en la correlación de berzas, frente al poder político público imponiendo su lex mercatoria [169].

Las sucesivas modernizaciones —primera, segunda, tercera revolución industrial— han visto crecer el poder extraestatal en las sociedades «avanzadas». Los vínculos internacionales, supraestatales, del poder político privado del capital, crecientemente desnacionalizado, se han fortalecido. Mientras tanto, los vínculos sociales entraban en una carrera hacia la disolución; la familia «nuclear», la extensión de las «clases medias» aculturadas, la volatilización de la «conciencia de clase» de los trabajadores, el crecimiento de lo que P. Barcellona llama, [170]; se dice que cualquier necesidad puede ser satisfecha por el mercado o por el Estado —se puede llamar al fontanero, a la policía, a los bomberos, al «teléfono de la esperanza», al «teléfono erótico»..., aunque la muchedumbre se vuelve solitaria [171], cada uno desligado de los demás—. Los vínculos sociales de la tradición se han disuelto. Los seres humanos se han convertido en individuos al fin libres de vínculos. Libres de los controles tradicionales: de la familia, de la clase social, del espionaje del vecino. En ciudadanos atados sólo, si acaso, por vínculos jurídicos: pagar lo que se compra. En indiferentes y fungibles.

«Libertad de expresión»: la tiene todo «ciudadano». ¿Para expresar qué? También tienen «libertad de expresión», ilimitada, las multinacionales de la industria audiovisual que, ellas sí, vocean sus preferencias y las de los trusts económicos a los que están vinculadas; también la tiene formalmente, pero no de hecho como probablemente sabe, el periodista que trabaja para cualquier gran medio de masas. «Libertad de pensamiento»: la consciencia de los individuos está colonizada por mensajes audiovisuales .o discursivos incesantemente reproducidos por medios industriales; unos mensajes coherentes en el fondo entre sí pero sobre todo con los imperativos del poder empresarial privado. «Libertad de reunión»: quien eficazmente congrega es el receptor de televisión, permanentemente instalado en el sanctasanctórum de la vida privada y crecientemente donado por toda la casa...

Los «ciudadanos» son llamados a sacrificarse a cada crisis .económica (esto es: pueden verse despedidos, jubilados de improviso, empobrecidos, marginados) mientras se reestructura el capital (esto es: cuando éste se desprende de técnicas productivas obsoletas, se rejerarquiza y amplía el ámbito de su dominio y han de adaptarse luego a sus ciclos de euforia, o sea, consumir. Entregar el alma. Consumir cualquier cosa - que se produzca masivamente. Los «ciudadanos;> son libremente siervos.

La nueva servidumbre contemporánea consiente gastos militares inmensos, dedicados ya a careta quitada a la coerción sobre el mundo de la pobreza. Un nuevo discurso que demoniza al «Sur» es interiorizado por los privilegiados ciudadanos del «Norte», siervos también en esto del poder privado carente de deberes. Los ciudadanos-siervos consienten la destrucción del medio ambiente por el industrialismo selvático: las lluvias ácidas deforestadoras de la Comunidad europea, las emisiones de agentes destructores de la capa de ozono... —pues el poder privado (y público a su servicio) dictamina que no es ahora el momento de afrontar tal problema—. El poder privado carente de deberes puede incluso publicitar a sus críticos como irracionales [172]. La «ciudadanía» contempla con los ojos prudentemente desentendidos del siervo la proliferación de nuevas miserias tecnológicas o sociales: el tráfico de órganos humanos [173], las manipulaciones genéticas, las acefalias por contaminación; el asesinato de niños abandonados, el crecimiento de las mafias, las hambrunas, los exterminios en masa... El catálogo de los horrores del mundo desencantado, contemporáneo, de relaciones sociales universalizadas, establecidas insoportablemente así, ante las cuales los seres humanos qua ciudadanos carecen de poder.

Con la peligrosa asechanza de que la «ciudadanía» —universalista, ilustrada— llegue a parecer redundante. De momento cede ante los particularismos —nacionales, étnicos...—: los particularismos que tratan de afirmarse violentamente unos sobre otros. El odio racista—la armadura .emocional» de seres crueles, estúpidos, fanáticos e ignorantes, para imponer o mantener no ya «derechos sino privilegios—se extiende por toda Europa.
Los ciudadanos-siervos son los sujetos de los derechos sin poder. De la delegación en el Estado y el mercado. De la privatización individualista,

Los ciudadanos se han doblado en siervos al haber disuelto su poder, al confiar sólo al Estado la tutela de sus «derechos», al tolerar una democratización falsa e insuficiente que no impide al poder político privado modelar la «voluntad estatal», que facilita el crecimiento, supraestatal y extraestatal, de este poder privado.

Y los seres humanos han quedado dotados de «ciudadanía» ante el Estado cuando no es ya el Estado un soberano: cuando cristaliza otro poder, superior y distinto, supraestatal e internacional, esencialmente antidemocrático, que persigue violentamente sus fines particulares.

No es vuelta atrás —al feudalismo, como a veces se ha dicho—: es, en el momento peor, el súbito enceguecimiento de las relaciones sociales, que han perdido sus centros de anudamiento institucional. En el momento peor: cuando la especie tiene planteados problemas inmediatos que amenazan a plazo más largo la supervivencia de las generaciones.
Los seres humanos tienen en los derechos de la ciudadanía una fuente de legitimidad pero no una fuente de poder La comunidad tradicional e hija de la necesidad se ha disuelto. Los humanidad ha tolerado un envilecimiento exterminista de sí misma como especie. Las peores abominaciones han reaparecido —sin embargo, los seres humanos trataron en cambio de poner fin, mediante la ciudadanía, a las guerras de religión, a la peste, a la Inquisición, a los males del pasado.

¿Es posible reinventar libremente un universo de comunidades voluntarias? Comunidades: esto es, vínculos sociales, lazos entre las personas, libremente puestos y queridos.

Comunidades no meramente de «ciudadanos» sino de personas. De cooperantes voluntarios que construyan bienes públicos sin delegar ese cuidado en funcionarios profesionales. Todo lo contrario que los ciudadanos siervos. Cooperantes con intencionalidad «comunitaria »: de servicio a cualquiera, públicamente.

Que den proyección pública y general a lo que hoy es su simiente: el asociacionismo voluntario privado desinteresado.

El problema de la perduración de las relaciones democráticas entre las gentes aparece hoy ligado a la formación de una esfera pública dual. De un lado, todavía, la tradicional esfera estatal, de los «derechos de libertad»; de otro, la esfera pública voluntaria , hoy aún mínima, constituida por vínculos sociales libremente establecidos, donde las personas aportan trabajo voluntario y gratuito para la resolución de una gama creciente de problemas colectivos. Una esfera, ésta, donde no se persigue afianzar «derechos», sino poderes. Donde la población, como bI, recompone poderes sociales públicos capaces de contrarrestar el poder privado y particularista del capital, buscando, además, resolver el equilibrio en la esfera pública estatal y en la sociedad internacional.

.No en la barbarie y en la selva.
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