La vida comúN en la interpretación de los últimos Capítulos Generales O. P. P. Carlo Avagnina, O. P. 1




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LA VIDA COMÚN


en la interpretación de los últimos

Capítulos Generales O.P.

P. Carlo Avagnina, O.P.1



Premisa
No es fácil tratar de la vida común en los Institutos Religiosos porque es uno de los argumentos más estudiados, a propósito del cual encontramos una abundantísima literatura. Sin embargo, el modo de acercarse a la vida común puede provenir bajo una doble perspectiva.

O tratando de descubrir los valores y las aplicaciones de modo muy general y común a todos los Institutos, pero en tal caso el tratamiento resultaría necesariamente, genérico.

O bien puede afrontarse bajo un ángulo más específico, determinado y obviamente más limitado. Será, por tanto, mi intención ilustrar las características más estrechamente vinculadas con la espiritualidad dominicana y a la luz del carisma transmitido por Santo Domingo. Los textos de referencia serán por tanto, las Constituciones de los frailes (LCO) y las de las monjas (LCM), las Actas de los Capítulos Generales y las cartas de los Maestros de la Orden.

En consecuencia, supongo adquirido el conocimiento de los elementos generales de la vida común, derivados de la Sagrada Escritura, de la Patrística y de las distintas tradiciones monásticas o de los Institutos de más reciente fundación.

Cuanto sigue deberá leerse en el trasfondo del carisma dominicana, con particular referencia a la legislación más reciente de nuestra Orden.

I – PRIMERA APROXIMACIÓN



1.- ALGUNAS CARACTERÍSTICAS DE FONDO
Es muy fácil oír hablar de comunidad o de vida comunitaria como una realidad existente, o como hecho obvio, que aparece ante los ojos de todos. Efectivamente, en el mundo y en regiones particulares, existen numerosos conventos y monasterios, construidos en diversas épocas y localidades geográficas. Tales entidades pueden también constituir Entes Morales, legalmente reconocidos.

Pero no es tan evidente y manifiesto que exista una “comunidad” o que se realice una “auténtica vida común”.

La estructura del edificio, una vez construida, subsiste dura por siglos, con la única necesidad del mantenimiento ordinario y extraordinario. Además el edificio puede ser embellecido, ampliado, o caer en ruinas.

Si lo consideramos bien, no es tan obvio que exista la comunidad. Ésta, para subsistir, tiene mayores exigencias, está en un equilibrio precario y frágil, y puede fácilmente disolverse y desintegrarse, si no se reconstruye continuamente. Bajo un cierto aspecto se podría incluso decir que la comunidad no existe, sino que está en un continuo devenir, o de consolidamiento o de disolución.

El vínculo que mantiene unida la comunidad, la consolida y le da estabilidad es de orden moral, por tanto, constituido de actos humanos voluntarios y libres, confirmados cotidianamente, en formas diversas, con tal de que sean siempre coherentes. La comunidad se construye con actos voluntarios, de libre y espontánea elección, pero que no se prolongan en el tiempo por pura inercia o hábito, sino que deben renovarse y confirmarse según las distintas exigencias, con particular intensidad en momentos de crisis o de cansancio comunitario.

Los actos habituales y actuales


Sabemos bien, por la moral fundamental, que el hombre puede orientar sus actos o con la preponderancia de actos habituales, o mediante elecciones lúcidas, voluntarias y de plena conciencia. Y esto mismo se puede aplicar a la moral o la vida espiritual de cada persona.

Con los actos habituales se construye bien poco y muy mal. Tienen un mínimo de voluntariedad actual y un gran peso de la costumbre, o de la inercia. Obviamente, la costumbre hace crecer poquísimo, porque en los actos habituales es muy escasa la voluntariedad.

Al contrario, los actos actuales, plenamente conscientes y libremente escogidos, son los que mejor cualifican el actuar humano y lo convierten en virtuoso.

Aplicando todo esto a la comunidad, pueden surgir muchas preguntas. ¿Qué tipo de relación existe y mantiene unida nuestra comunidad? ¿Vivimos juntas solo porque nos hemos encontrado en el mismo convento o monasterio, o bien tenemos verdaderas y válidas razones para compartir nuestra vida? ¿Qué vínculos reales y valores nos mantienen unidas?

La comunidad es algo muy frágil, que se construye o se disgrega cada día. Igual que es difícil diagnosticar cuál es nuestro estado real de salud espiritual, así es arduo valorar el estado de vinculación y de unión que tiene la comunidad. Es necesaria, por tanto, una atenta vigilancia sin excesivas ilusiones.

De improviso, y de un modo inesperado, podemos descubrir profunda solidaridad y hasta heroísmo; o bien llevarnos la amarga sorpresa de que la comunidad ya no existe, está hecha añicos, incluso si continuamos estando juntas.
2.- COMUNIDAD ESTÁTICA Y DINÁMICA
Es necesario precisar con mucha claridad que, por parte de la Orden, en estos últimos decenios, ha habido una notable evolución, quizá todavía no plenamente comprendida por parte de los frailes y de las monjas, y por ello no ha entrado aún en el tejido de la vida práctica. Pero, para explicarme mejor, presentaré el diferente concepto de comunidad en la Orden: el tradicional y el que emerge en la legislación más reciente.

A.- Concepto tradicional de comunidad


Estaba esencialmente fundado sobre el valor de la observancia regular. La comunidad mantenía mucho más cuidado en la práctica del silencio: en la iglesia, en los pasillos, en el refectorio, en las celdas, con particular rigor en algunos momentos de silencio más estricto. Las recreaciones, todos juntos, favorecían poco los contactos individuales.

A esto se añadía una subdivisión más estrecha de grupos en la comunidad, con pocos o excepcionales contactos mutuos. La clase de los padres, de los estudiantes, de lo snovicios, hermanos cooperadores, laicos, o monjas coristas o conversas. Las comunicaciones, sin embargo, eran raras, superficiales, poco intensas y ciertamente no favorecidas o promovidas por la observancia regular.

Entonces, ¿qué era lo que aseguraba la cohesión comunitaria, el vínculo mutuo y el sentido de pertenencia a la comunidad? Eran indudablemente otros elementos que no hay que infravalorar o despreciar, porque favorecieron la santidad de innumerables hermanos y hermanas. Muy brevemente, solo esquemáticamente, querría subrayar los siguientes elementos de cohesión. La sincronía y la uniformidad de todos los comportamientos. Levantarse a la misma hora, la asistencia a coro, los actos realizados en sintonía (hábito, genuflexiones, inclinaciones, etc.). Caminar procesionalmente por el pasillo con la recitación del De Profundis, la lectura hecha en común y tantas otras cosas análogas.

Por tanto, la sincronía de los gestos, la sacralidad de los lugares (todos), el sentido de misterio que flotaba en el convento/monasterio, todo colaboraba a crear una especie de vínculo recíproco, de cohesión, como si fuese una sola, compleja entidad, que se movía y actuaba. Repito e insisto: esta metodología ha nutrido y dado válida cohesión a innumerables generaciones de frailes y monjas.

Ciertamente, no faltaban las limitaciones y los defectos. Las personalidades fuertes y ricas se salvaban y se formaban con más facilidad. Las débiles y frágiles, fácilmente se replegaban, desaparecían en el anonimato, en el bloqueo y el individualismo.
B.- El giro realizado por los últimos Capítulos Generales
Este es el principio que aporta el Capítulo Genral de Oakland:

Los valores contenidos en nuestras observancias deben ser redescubiertos vividos en nuestra comunidad, de forma adaptada a nuestros tiempos y a las necesidades de las distintas situaciones” (Vida Común, 3.5; cfr. LCM 35; 181)
Hay un giro radical, aunque no parece tan evidente. Todos los últimos Capítulos Generales, subrayando uno u otro aspecto, han llevado adelante un discurso lineal y firme, provocando un auténtico giro de 180°.

En muchas sociedades contemporáneas, las relaciones entre las personas y la sociedad conocen cambios considerables. La vida común dominicana no se excluye. En este contexto, corresponde a la Orden renovarse con toda la fuerza de su espíritu”. (Const. Fund. Ordinis VIII) (México, Vida Común, 2.1.3)

En el nuevo concepto, el más constitutivo de la comunidad en cuanto tal, son las mutuas relaciones, las relaciones personales y comunitarias, la preeminencia del Capítulo conventual como lugar apropiado y natural de las relaciones interpersonales y de la construcción de la comunidad.

Se pasa del concepto de comunidad como lugar de presencia y de uniformidad, al lugar de las relaciones más intensas, y comunicaciones personales y comunitarias. El problema de fondo es mejorar la calidad de las relaciones interpersonales, en beneficio del bien común y particular.
En conclusión. Se ha visto cómo la comunidad se construye y se alimenta de relaciones mutuas. Pero es necesario que dichas relaciones sean intensamente positivas, ordenadas a la construcción de un determinado género de comunidad, que examinaremos más ampliamente enseguida.

La comunidad dominicana requiere que los frailes son entreguen a ella con todo su ser. Sin esta adhesión total, la comunidad se debilita y pierde vida. El fraile, a su vez, tiene necesidad de la vida común para que su vocación de seguir a Cristo se desarrolle en toda su plenitud. El sujeto y el fin de toda la institución social es y debe ser la persona humana que, por su naturaleza, tiene absoluta necesidad de la dimensión social” (Gaudium et Spes, 25) (México, Vida Común, 2.1.2; cfr. LCM 4).
Pero, así como existen relaciones positivas y constructivas, se pueden también advertir otras negativas, destructivas y enervantes para la comunidad y que, a largo plazo, la disuelven.
Querría retomar un concepto de Santo Tomás esbozado con suficiente claridad, aunque en otro contexto, y de eminente valor para ilustrar nuestro tema. Dice que resulta mucho más intensa la unidad de los miembros de una comunidad cuando buscan concordemente el mismo fin, que hacer todos la misma cosa (cfr. I-II, 17, 4; C.G. 1. II, c. 58, 5).

Entonces, ¿cuál será el principio que más fuertemente consolida la cohesión de una comunidad? Cuando sus miembros acogen, buscan y persiguen idealmente un mismo fin. Esto significa que las mentes y las voluntades de todos están unidos en una misma finalidad, querida con intenso deseo y conciencia lúcida. En tal caso puede incluso ocurrir que personas que viven en otra comunidad, o distintas bajo algún aspecto, como la cultura, el sexo, la distancia, etc. estén mucho más unidas por compartir el mismo fin, que los miembros de la misma comunidad. Tanto mayor será la cohesión comunitaria, cuanto más coherente resulte el compartir el mismo fin, o los valores unánimemente buscados.

El hacer la misma cosa no dice nada, y no es en si mismo fuente de unidad y de cohesión. Así, por ejemplo, cien personas unidas por la misma cadena de montaje de una gran fábrica, hacen ciertamente lo mismo, pero no por esto se sienten unidos en sus ideales e intereses vitales. Paralelamente, llevar el mismo hábito, compartir la mesa y habitar bajo el mismo techo, no son para nada coeficientes de unidad si no intervienen factores muy distintos, más determinantes y unificantes.

No somos comunidad, fundamentalmente, porque vivamos juntos y hagamos muchas cosas en común, sino por lo importantes que son nuestras estructuras comunitarias” (Oakland, 18, 3.2)

Non siamo comunitá fondamentalmente, perché viviamo assieme e facciamo molte cose in comune, per quanto possano essere importanti le nostre strutture comunitarie”

II – PRINCIPALES VALORES QUE FUNDAN LAS RELACIONES



Obviamente, prefiero detenerme sobre elementos que fundan y construyen las relaciones interpersonales. No serviría estudiar con insistencia los aspectos negativos, disgregantes y desintegradores de los vínculos de unión comunitaria. Acentuaré solo algunos que considero más importantes o que, con más frecuencia, se encuentran en los textos de los Capítulos Generales.
1.- DESARROLLO DE UNA RICA HUMANIDAD
En las Actas de los Capítulos son muy frecuentes las llamadas a los valores sobrenaturales, derivados de la unión con Cristo, de compartir la misma caridad, don de Dios, y de la cohesión que resulta del anuncio del mismo Evangelio. Como también son subrayados los valores unitivos derivados de la participación del mismo carisma dominicano y la pertenencia a la misma Familia.

Sin embargo, no son menos insistentes las llamadas a la adquisición y manifestación de una rica y madura humanidad. Frecuentemente se olvida la convicción de que, si no se construye partiendo de la expansión de la potencialidad humana, corremos el riesgo de construir sobre arena, o de tener, aparentemente, un magnífico edificio sin cimientos. Se entiende fácilmente el reclamo de un sano humanismo, muy querido de Santo Tomás. El, de hecho, hablando del edificio espiritual, reafirma la preeminencia de las virtudes teologales, las cuales nos conducen directamente a Dios. Pero no falta la advertencia, con igual insistencia, de que las virtudes morales son las más fundamentales, el soporte sobre el cual las virtudes teologales encuentran el terreno natural para crecer y desarrollares en orden a la perfección de la persona.

En efecto, ¿cómo sería posible cultivar las virtudes teologales en una humanidad no organizada, equilibrada, y profundamente pacificada? Tendremos una constante lucha y un peligroso factor de disgregación.

Por tanto, en la base de nuestras relaciones comunitarias es necesario que emerja una humanidad bien formada, que se comuniquen las mayores potencialidades de las personas, y que nada de cuanto es “humano” sea negado o sacrificado (cfr. LCM 6).

Una comunidad dominicana bien ordenada está formada de miembros maduros que se respetan unos a otros, que saben ponerse en relación de modo positivo e interactúan provechosamente unos con otros y con los que encuentran en su ministerio. Vivir en comunidad tiene una influencia positiva sobre cada uno de nosotros. Nos ofrece la posibilidad de crecimiento personal a través de la armonización, comunicación, diálogo, comprensión, que derriban las barreras y los prejuicios, y permiten al verdadero amor fraterno en Cristo, encontrar expresión”. (Oakland, Vida Común, 3.3.; cfr. 3.1)
Esta es la relación interpersonal firmemente fundada sobre las virtudes morales bien desarrolladas, que aseguran un soporte válido a la corrección y al respeto en las relaciones mutuas.

En modo muy particular, en nuestras comunidades deberá florecer y encontrar expansión aquellas virtudes que llamamos “sociales”, que favorecen la relación humana y se relacionan, en particular, con la justicia y la fortaleza. Simplemente las cito, sin comentario alguno. Son la piedad, la reverencia, la obediencia, la gratitud, la veracidad, la cortesía, la liberalidad, la prodigalidad y la epicheia. Además, la audacia, la magnanimidad, la magnificencia, la paciencia, la perseverancia, la honestidad, la humildad y la estudiosidad.

Si tales virtudes fueran largamente practicadas en nuestros ambientes comunitarios, no hay duda de que el nivel de las relaciones interpersonales crecerían y encontrarían manifestaciones más coherentes y constructivas.

Querría, por fin, proponer un subrayado, derivado también del pensamiento de Santo Tomás, utilísimo en este contexto, y que podrá arrojar luz sobre nuestras relaciones comunitarias.

Con frecuencia, en tiempos pasados, pero las menciones en la actualidad son todavía numerosas, se insistía sobre la práctica de la caridad en nuestras relaciones comunitarias. Son también frecuentes los temores de infringir la caridad y el preeminente escrúpulo de acusarse, en confesión, de la falta con respecto a esta virtud. Existe un notable fundamento de verdad en tal planteamiento, con tal de que se tengan bien presentes las exigencias de la justicia, como virtud moral.

Trataré de ilustrar mejor mi pensamiento.
La CARIDAD es una virtud teologal que nos une personalmente a Dios de forma siempre más progresiva. Paralelamente, nos hace acoger y apreciar al prójimo con mayor intensidad.

Sin embargo, el criterio de la caridad es el don, lo gratuito que ofrezco a los demás. Podremos decir que es un “plus”, al cual el otro no tiene estricto derecho, o es una generosidad no obligatoria por mi parte. Por tanto, el acto de amor o de caridad es una generosidad, un favor, cosas que la otra persona no puede pretender como deberes hacia ella.
La JUSTICIA es muy distinta. Comporta, en efecto, un “derecho” fundamental por parte del otro; por tanto, un “deber” por mi parte. Se trata de un “deber”, por diversos motivos, a la otra persona, que yo debo reconocer, respetar y atribuir. Si esto no ocurre, se sigue un error y una injusticia que no se terminan hasta que la verdadera justicia no se realice.

Además, es necesario reconocer que si he cometido una injusticia, me incumbe el deber de la “restitución” y de la reparación por el daño causado. Por tanto, la justicia es muy exigente en cuanto subraya vigorosamente la alteridad de los otros, su ser personas, con los respectivos derechos inalienables, objetivos y sagrados. Por tanto, por mi parte, surge el deber y la necesidad de reconocer y respetar tales derechos.

A mi juicio, este es el motivo por el que se prefiere hablar con facilidad (pero también con superficialidad) de caridad, porque no hace nacer deberes y obligaciones vinculantes. Nos sentimos generosos si hacemos determinadas cosas, pero no percibimos culpa si las descuidamos.

La justicia es mucho más fundamental, objetiva y exigente. No depende de nosotros y de nuestras opiniones o subjetividad.
En conclusión, ¿cómo ordenar correctamente las virtudes? La más fundamental, necesaria y respetuosa de la persona y de sus derechos es la justicia. Por tanto, en la base de nuestras relaciones comunitarias debe estar puesta la justicia, como fundamento objetivo e imparcial.

Después de haber satisfecho plenamente el “deber”, daremos también el “plus”, con generosidad, abundancia y como expresión de gratuidad. La justicia es el mínimo de la caridad. No existe caridad allí donde falta la justicia.

El Capítulo de México tiene una frase muy fuerte, que no hay que minusvalorar:

Si nuestras comunidades no son lugares de convivencia feliz, donde sea bello convivir unidos, “nuestros hermanos van a buscar otras” (fr. D. Byrne) comunidades humanas o espirituales más cálidas.

Si nuestros hermanos no son necesariamente nuestros amigos, debemos darles la mismas atenciones que tenemos para nuestros amigos” (Vida Común, 2.3.6)

Recordemos la frase de Jesús en la parábola de los viñadores: “Toma lo tuyo y vete” (Mt. 20, 14). A veces la justicia puede acontecer un poco dura e impersonal. Esta laguna se cubre con la caridad, que da lo debido con generosidad y con el “plus”, pero especialmente con delicadas maneras.

2.- LA AFECTIVIDAD Y LA AMISTAD, ALIMENTO VITAL DE LA COMUNIDAD
Con una cierta insistencia el Capítulo de México nos habla de la afectividad y la amistad en las relaciones comunitarias. Son, de hecho, elementos esenciales para una relación humanamente fundada, y para nutrir, en modo válido y rico, las relaciones comunitarias.

Quiero tomar este estímulo para una profundización sistemática de tal argumento.

El término afectividad, como también amistad, han sido históricamente muy equivocados, o cargados de significados que expresaban solo la degeneración o los aspectos negativos. Por tanto, quiero buscar el significado más verdadero y teológicamente más exacto, de estos dos términos: seguirán perspectivas de inmensa riqueza y panorámicas insospechadas. Obviamente, nos acompañará siempre el seguro pensamiento de Santo Tomás.
Valor positivo de la afectividad

La afectividad es un dinamismo interior, puesto en nosotros por el mismo Creador, que empuja a la persona hacia aquel tipo de realización que es propia y constitutiva de la persona humana.

La afectividad es un dinamismo esencialmente relativo, que instintivamente hace percibir que nuestro peor mal es la clausura en nosotros mismos, mientras la auténtica realización es la capacidad y profundidad de las relaciones.

El valor y la consistencia de la persona está constituida de la calidad de sus relaciones, de la capacidad de ponerse en contacto vital con otras realidades que son auténticos valores, el primero de todos, las otras personas. La grandeza de la persona no está constituida por cuanto tiene, ni siquiera de tipo intelectual y espiritual, sino de sus relaciones con los valores y las otras personas.

Inversamente, se puede decir que la persona no completada y desarrollada se caracteriza por la escasez de relaciones, de contactos vitales, de capacidad de relación. Es la persona cerrada en sí misma que no acoge, ni en su mínima parte, los estímulos que provienen de las otras realidades. Se tiene a sí misma, pero esto constituye su máxima pobreza. Cuanto más se destruyen las relaciones, la persona siente menos la falta y la urgencia: es como un círculo que se cierra cada vez más (cfr. Sto. Tomás sobre el Credo, Liturgia de las horas, Volumen IV).

Para comprender mejor esta verdad es necesario relacionarla con su fuente, con Dios. En el libro del Génesis (2,26) se dice: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. ¿Qué puede significar esto sino nuestra semejanza con la Santísima Trinidad?

Santo Tomás, hablando de las personas de la Santísima Trinidad, hace precisiones de gran relieve para entrar, aunque sea tímidamente, en el misterio. La naturaleza divina es perfectamente igual en las tres Personas. Por tanto, bajo este aspecto, no existen distinciones La única diferencia es la “Relación subsistente” que constituye la Personalidad. Por tanto, la Relación constituye la Persona. Así, el Padre se denomina Padre porque toda su realidad está en relación al Verbo, al Hijo. Análogamente, el Hijo dice Relación total al Padre. Y Padre e Hijo, en el amor mutuo, espiran el Espíritu Santo.

Queriendo explicar en un modo para nosotros más apropiado y accesible, podemos decir que en las Personas divinas no es que exista la Persona, constituida en sí, y que a ésta se sobreponga una relación, como un añadido. Es lo que ocurre en nosotros, que primero somos y después tenemos relaciones con los otros seres. En Dios, la Persona es la misma Relación, y dice reciprocidad.
Solo la persona es creada a imagen y semejanza de Dios. Ahora bien ,si está llamada a entrar en la comunión trinitaria, hay que reconocer que existe “una cierta semejanza entre la unión de las Personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad” (GS 24)”. (México, Vida Común, 2.1.1).
Todo esto, obviamente, debe hacernos comprender lo importantes y constitutivas de nuestra persona que son las relaciones, primero con Dios y con las realidades espirituales, y después con las personas humanas. Las relaciones nos plasman y nos realizan.
Amistad

Obviamente, la afectividad encuentra su pleno cumplimiento en la amistad. Es necesario tener un claro concepto del término amistad, para que no siga estando equivocado. Una vez más, no tengo más remedio que recurrir a la fineza doctrinal de Santo Tomás, tomando sólo unos pocos puntos significativos.

La amistad es un amor de benevolencia, con el cual se desea y se busca el bien auténtico de la otra persona, esto es, su expansión, la plena realización de su ser. Quien ama verdaderamente quiere que la otra persona no sea egoísta, porque permanecería estéril, cerrada en sí misma, perjudicándose. Procura que se abra al verdadero amor, por tanto, que ella también sea persona oblativa.

La amistad es el encuentro de dos personas “desinteresadas” y maduras, liberadas del mezquino egoísmo y subjetivismo, abiertas a los valores superiores, universales y nobles.

La amistad es fusión y unidad de estos dos seres, pero sin que ninguno quiera reducir al otro, para hacerlo entrar en su esfera subjetiva; más bien reconoce al otro su plena libertad.

La suprema veta de la amistad es el descubrimiento de otro ser, distinto de mí y que subsiste sin mí; que tiene un valor intrínseco, casi infinito; que tiene una interioridad propia; un mundo similar, pero muy diverso del mío. Yo me detengo a contemplar este nuevo ser y lo considero como un bien mío. Pero debo resistir a la tentación de tomarlo y de ponerlo a mi servicio, o de buscarle únicamente una utilidad.

La amistad se convierte en la fusión de dos almas, el penetrar discretamente en el íntimo del espíritu del otro, la mutua confianza, porque no hay egoísmo.

De estos fundamentos nace espontáneamente la reciprocidad.

Aristóteles decía: “amicus amico amicus”. El amigo es también amigo de quien lo ama. Es la reciprocidad que nace espontáneamente, como lógica respuesta, entre dos personas adultas y capaces de oblatividad.

Sin embargo, este modelo de amistad no es un fruto espontáneo de la vida común. Es un don y una gran gracia que son comprendidos solo por algunas personas, las más abiertas y disponibles a apreciar la profundidad. Lo importante es que cada religioso/a pueda hacer al menos una experiencia en la vida, para que se abran más amplios espacios de maduración (cfr. LCM 26, II).
Me gustaría ahora citar algunos aspectos de afectividad y amistad como nos vienen propuestos en el Capítulo de México. Estos son algunos pasajes más significativos:
Como escribía fr. D. Byrne: “todos nosotros tenemos necesidad de aire, de alimento, de dormir y de educación, pero en un modo esencial, de amor...” (carta sobre la Vida Común). La comunidad es para nosotros lugar de compartir, de intercambio y de servicio recíproco. El primero de los servicios es el sostén recíproco del amor fraterno, según el ejemplo de Santo Domingo” (Vida Común, 2.3.3).

En la vida comunitaria se expresa, se acrecienta y se manifiesta el equilibrio afectivo de los hermanos. La celebración de la liturgia, los intercambios cordiales, la mesa común, el compartir el silencio, las atenciones de una respetuosa cortesía, las fiestas celebradas con alegría, las relaciones de amistad son otros tantos elementos de equilibrio y de armonía. La acogida y el sostén de una actividad apostólica por parte de otros hermanos de la comunidad contribuyen a la alegría y a la paz interior” (Vida común, 2.3.4).

Naturalmente, la misión comporta, para cada uno y a distintos niveles, felices relaciones externas de apostolado y de amistad. Es deseable que estas relaciones encuentren espacio y acogida por parte de la comunidad”. (Vida común, 2.3.5)
Debe hacernos reflexionar mucho la cita siguiente, cuando en la comunidad faltan las debidas relaciones afectivas y amistosas. Retomo un texto ya citado.

Si nuestras comunidades no son lugares de convivencia feliz, donde sea bello convivir unidos, “nuestros hermanos van a buscar otras” (fr. D. Byrne) comunidades humanas o espirituales más cálidas. Si nuestros hermanos no son necesariamente nuestros amigos, debemos darles la mismas atenciones que tenemos para nuestros amigos” (Vida Común, 2.3.6)
Como se puede percibir, el Capítulo de México ha afrontado uno de los temas que más fácilmente pueden poner en crisis la comunidad: la falta de verdadera afectividad y amistad. Es vano e infructuoso pretender construir vínculos sobrenaturales cuando faltan aquellos, mucho más fundamentales y humanos, de la afectividad y la amistad.

3.- LOS CAPÍTULOS: lugar privilegiado de los encuentros comunitarios
Sobre el Capítulo se ha tratado largamente en el volumen “El Gobierno Dominicano” (1994), por lo que no me alargaré, con el peligro de repetirme.

Me detendré sólo en algunos aspectos, derivados de las Actas de los últimos Capítulos Generales que, más reiterativamente, y bajo diversos aspectos, han hablado del papel y del valor del Capítulo conventual.

Para conseguir el consenso que lleva a la unanimidad es necesario poner en función todos los mecanismos propios de nuestra forma de gobierno. Lugar privilegiado, en este sentido, es el Capítulo conventual” (México, Vida Común, 3.3.1)

He aquí, particularmente, algunos aspectos más significativos.

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