La vida comúN en la interpretación de los últimos Capítulos Generales O. P. P. Carlo Avagnina, O. P. 1




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B – Compartir la fe



Recomendamos a los frailes que tengan frecuentemente tiempos especiales de oración para celebrar y compartir fraternamente la fe. Tales momentos especiales de oración comunitaria son oportunos para aprender unos de los otros, y para predicarnos mutuamente entre nosotros, compartiendo nuestra experiencia de fe”. (Oakland, 20; cfr. P. D. Byrne, carta sobre la vida común, 2).
Esta exigencia conviene también a las monjas, por su propio género de vida. El motivo de la recomendación se intuye fácilmente. Todos nosotros tenemos necesidad de ser confirmados en la fe, y, ¿quién mejor lo podrá o lo deberá llevar a cabo que nuestros propios hermanos y hermanas?
Es una obra de caridad comunicar la propia fe, pero ¿no deberíamos comenzar por nosotros mismos? Nunca podré insistir demasiado en que se tome en serio este aspecto de la vida comunitaria. Muchos religiosos, especialmente los jóvenes, están deseando este modo de compartir la fe. ¿No hemos entrado en la Orden para vivir como hombres de fe? Es urgente que nos comuniquemos unos a otros la riqueza de la fe”. (FR. D. Byrne, Los elementos esenciales de la vida comuniaria dominicana, n. 2; cfr. también LCM 3; 6; 97, II).
Cada uno de nosotros tiene momentos de crisis y de oscuridad, con un cierto obnubilamiento de los valores de la fe, que desmoralizan y desaniman, por lo que se hace necesario el aliento comunitario.

Además, la fe normalmente se transmite por via del testimonio y de la experiencia personal, no solo a los lejanos o a los incrédulos, sino principalmente a los miembros de la propia comunidad. A fin de cuentas, quien nos tiene congregados y unidos en un mismo objetivo son dios y la radicalidad del Evangelio.

¿Cómo es posible que la conversación sobre Dios y sobre los valores de nuestra fe no emerjan casi nunca en nuestros encuentros comunitarios? Ocurre después que cuando se presenta la necesidad de un testimonio ante los laicos, ya sea reclamada u oportuna, tenemos tantas dificultades y acusamos nuestra falta de preparación.

Las metodologías de actuación pueden ser diversas. Pero cuando es fuerte la voluntad de realización, no es difícil encontrar los medios. No es necesario, de hecho, reglamentaciones uniformes. Creo que la experiencia pueda ser la más sabia maestra.

C – Capítulo: Lugar del perdón y de la reconciliación



También este es un tema frecuentemente tratado en las Actas de los Capítulos Generales, y es para nosotros una fuerte llamada.
Fieles a nuestra tradición dominicana y buscando recuperar el sentido del “capítulo de culpas”, recomendamos a los frailes tener, varias veces al año, especialmente durante el tempo de Adviento y Cuaresma, la celebración comunitaria del perdón. Estas celebraciones pueden ser el momento oportuno par la exortación y la corrección fraterna”. (Oakland, 21; cfr. LCO 7; cfr LCM 5; 84, II).
No menos vigoroso e incisivo había sido la intervención del P. D. Byrne en su carta sobre la vida común (3, corrección fraterna):
Es necesario que las reuniones comunitarias recuperen los valores perdidos. Nuestras reuniones deberían ser una ocasión para examinar si la atmósfera de diálogo sincero es tal que cada uno pueda manifestar sus problemas y experiencias a la luz de la fe, y de este modo ayudarnos mutuamente con consejos y aliento.

Para que esto pueda llegar a realizarse, es necesario que tales reuniones tengan auténtico carácter religioso y no caigan en rutina y formalismo. La reflexión de la Palabra de Dios y la oración pueden ayudarnos a comprender que Dios está en medio de nosotros. Deberíamos también respetar la “creatividad” de otras comunidades, pero sin dejar nunca tales reuniones a la improvisación. La Orden en cuanto tal podría considerar la conveniencia de publicar unas normas que ayudaran a la celebración de dichas reuniones”.
Me gustaría subrayar el valor y la importancia, también terapéutica, que posee el perdón mutuo en la construcción de la comunidad, para hacerla más fraterna y evangélica.

Todos nosotros tenemos necesidad de la misericordia divina y la imploramos cotidianamente. A menudo la experimentamos en el Sacramento de la Penitencia. Pero esto ocurre en la sacramentalidad, protegida por el más absoluto secreto. El único testigo es el Sacerdote, que es, por tanto, el ministro de la misericordia de Dios.

Pero la celebración de la misericordia de Dios requiere también otra sede: la comunidad. Y los hermanos y hermanas, de algún modo, se convierten en mutuos ministros e instrumentos de la misericordia divina.

A veces nos preguntamos, con una cierta ansia e incertidumbre: “¿Habrá perdonado el Señor ciertamente mis pecados y mis numerosas miserias? ¿Qué seguridad puedo tener?” En primer lugar tenemos la certeza fundada sobre la fe y sobre el valor del Sacramento de la Penitencia. Pero es necesario también alguna verificación humana, útil y pacificadora.

Hagamos dos hipótesis.

Yo puedo, en la fe, creer en el perdón de Dios, pero si percibo un frecuente sentido de condena, de dureza y resentimiento por parte de los hermanos/as, es más difícil imaginar y gustar el perdón de Dios. No tengo confrontación a nivel humano, y tal perdón se convierte solo en un postulado de pura fe.

Al contrario, si por parte de los hermanos/as me siento acogido, percibo una benévola actitud de misericordia y de perdón, si mis pobrezas no son un obstáculo para su compasión, será obvio que percibo el perdón de Dios de un modo mucho más evidente.

Cuánto bien nos proporciona la experiencia del perdón, la acogida a pesar de todo, la gratuidad. En este sentido se tiene una imagen concreta y moralmente válida del Dios misericordioso.

Como los niños no pueden formarse una idea serena y pacificadora de la paternidad si tienen experiencia de un padre severo y quizá cruel, así nos ocurre a nosotros. La experiencia comunitaria es de extrema importancia para vivir gozosamente la misericordia y el perdón divino.

Ciertamente, esto deberá verificarse habitualmente, en la vida cotidiana. Pero es bueno que haya momentos privilegiados para el intercambio del perdón, para vivir momentos y quizá también ritos, para celebrar la misericordia mutua. Y ésta es la función propia atribuida al Capítulo Regular, cualquiera que puedan ser los métodos utilizados para su desarrollo. Es importante que sean vivos, que expresen un contenido auténtico y vital, y no solo ritos rutinarios, privados de sentido y de mensaje.
4.- POBREZA Y VIDA COMÚN
Santo Tomás habla de la pobreza como fundamento de la caridad. Es una intuición muy aguda y comprensiva de la realidad humana. Pero es necesaria una cierta explicación para comprender toda la profundidad.

El primer fundamento para adquirir la caridad perfecta es la pobreza voluntaria” (II-II 186, 3).

Uno de los obstáculos más graves para la comunión con las otras personas y para la fraternidad es el apego y la preocupación por las realidades humanas, en particular por las materiales, con el deseo, siempre creciente, de la posesión. ¿Qué significa la posesión sino la apropiación exclusiva de determinados bienes, privando de ellos a los demás, o limitándoles al máximo su uso? Obviamente la posesión favorece el egoísmo y esto fomenta la exclusión y la división.

El exclusivismo es típico de los bienes materiales. La posesión y el uso de tales bienes limita o impide la posesión simultánea o el compartir por parte de los demás. Esto se da, en forma macroscópica, en el egoísmo de los Estados, así como en la vida social en lo que respecta a la economía. Las guerras, las divisiones, los odios y las tensiones de todo tipo tienen este origen común.

Pero todo esto, ¿tiene algo que ver con la vida de los conventos-monasterios? ¡Por supuesto! El peligro está cerca de nosotros, igual que de los demás. No importa si el objeto de la contienda o de las tensiones sean riquezas inmensas o pequeñas cosas, más o menos insignificantes. El egoísmo o la preocupación por las cosas materiales puede tener las más sorprendentes motivaciones. Por tanto, el peligro existe también entre nosotros.

Justamente Santo Tomás pone de manifiesto el valor de la pobreza como fundamento necesario e indispensable de la caridad. De hecho, las personas verdaderamente pobres, despegados, que no están sometidos al influjo nefasto de las posesiones, adquieren una sorprendente libertad, que favorece la apreciación de otros bienes, no materiales. Quien tiene el corazón libre percibe más fácilmente la fascinación de los bienes espirituales y los valores que enriquecen a la persona. Solo el pobre voluntario aprecia los verdaderos valores, porque no sufre la fascinación de los materiales.

Iría contra la recta razón si uno despilfarrase todos sus bienes en vicios, o sin ninguna utilidad. Pero es según la recta razón que uno abandone las riquezas para dedicarse a la contemplación de la sabiduría: lo cual lo harían también los filósofos. S. Girolamo, en la carta a Paolino, cuenta que un cierto Crate, de Tebas, hombre muy rico, se fue a Atenas para dedicarse a la filosofía, tiró una gran suma de dinero; consideraba que no podría poseer simultáneamente riquezas y virtud” (II-II 186, 3, ad 3).
Por otra parte, los bienes espirituales y los auténticos valores tienen la característica de poder poseerse plenamente sin la más mínima exclusión de los otros. Al contrario, el compartir los bienes aumenta el gozo y la plenitud. Cuanto más crece la participación de los bienes espirituales, de los fines y de los valores, mayor será la unidad entre aquellos que lo comparten (cfr. Santo Tomás sobre el Credo, Liturgia de las Horas, vol. IV; cfr. LCM 28, Y)

Podremos además, repetir parafraseando, la afirmación de Santo Tomás que une mucho más la unidad de los fones que el hacer todos las mismas cosas, o poseerlas comunitariamente: comida, alojamiento, trabajo, etc.

Adquiriendo un espíritu de pobreza más radical, gozaremos la libertad interior y crecerá en nosotros el interés y la alegría compartida de los mismos bienes espirituales, y, proporcionalmente, se afirmará la caridad y la fraternidad.

Estamos destinados a la bienaventuranza futura mediante la caridad. Y debido a que la pobreza voluntaria es un ejercicio eficaz para alcanzar la caridad perfecta, es muy válida para alcanzar también la bienaventuranza celeste. Ve, vende lo que tienes, dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo” (II-II, 186, 3, ad 4; cfr. LCM 28, II; 3, II).
Esta es la forma en que la pobreza, bien entendida y vivida, se convierte en fundamento de la caridad, y por tanto, de una mejor vida fraterna. Esto está oportunamente confirmado por un texto del Capítulo de Walberberg:
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