La vida comúN en la interpretación de los últimos Capítulos Generales O. P. P. Carlo Avagnina, O. P. 1




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“Sabemos que estamos muy preparados para el individualismo y expuestos a las continuas tentaciones que provienen, ya de los bienes materiales, ya de la tendencia a un mejor nivel de vida, sobretodo viviendo en una sociedad donde privan el consumismo y el hedonismo. Por ello, siempre con insistencia, recordamos la necesidad de compartir, sin lo cual la vida común es imposible, y por tanto, falsificada, y que está íntimamente ligada con el voto de pobreza: la total y efectiva comunión de bienes, los cuales deben también ser compartidos con los pobres” (n. 76, 6).


Deberá, por tanto, manifestarse, en cualquier manera, la comunión de bienes y el interés por los pobres por parte del convento-monasterio, involucrando a toda la comunidad en la expresión de un espíritu evangélico más radical. No debemos pensar, con fácil superficialidad, que estamos dispensados de la caridad-compartir con los pobres porque nosotros mismos somos pobres.
5.- LA ENTRADA DE UN NUEVO MIEMBRO EN LA COMUNIDAD
El grado de cohesión y de madurez de un grupo en general, y de una comunidad en particular, se deduce, en modo significativo, de la capacidad de acogida de uno o más miembros nuevos. Efectivamente, la entrada de una nueva persona en la comunidad no es un hecho secundario o de escasa relevancia, resuelto fácilmente con una celda o una servilleta más. Es un acontecimiento importante, aún más, de extrema relevancia. También la experiencia lo enseña. A veces, la entrada de una sola persona en nuestro ambiente puede turbar el equilibrio ya adquirido de la comunidad. Es como si se mezclaran de nuevo las cartas del juego. Se instaura un nuevo equilibrio; las relaciones se redefinen; lo que era pacífico y ya logrado, se pone en entredicho y todo debe ser planteado de nuevo. Alguna vez pueden ponerse las cosas auténticamente patas arriba. La experiencia nos propone esta reflexión:

  1. Una comunidad de fuerte cohesión con vínculos recíprocos firmes, sabe adaptarse mas fácilmente a la acogida y hacer un hueco. Todas las personas están capacitadas para rediseñar más o menos fácilmente sus relaciones mutuas, por tanto, de involucrarse para acoger y hacer un sitio al recién llegado. Es verdad que es una tarea muy difícil, y quizá es de prever que no se dé con excesiva frecuencia. Si hay capacidad de adaptación, de revisar la propia posición, de entrelazar las relaciones, el recién llegado percibe la acogida, el espacio suficientemente amplio que la comunidad le otorga.

  2. En la comunidad con menor cohesión, que no tiene una fisonomía bien definida, donde las relaciones son más conflictivas que fraternas, la acogida de una persona extraña da miedo, desencadena tensiones, hace emerger procesos de autodefensa o de mantenimiento del propio espacio y papel, y es escasa la disponibilidad. El extraño es acogido, pero con una condición fundamental: que se adapte al estado actual de la comunidad, que no pretenda cambiar nada. El principio soterrado, pero evidente, es éste: debe ser él el que se adapte a la comunidad, no la comunidad a él.

Quizá en este punto es necesario una precisión:


    1. Obviamente no son, y no deben ser puestos en cuestión, los principios constitutivos de la comunidad, o los valores o la finalidad propias del grupo. Como máximo, podrán ser mejor redefinidos y clarificados. Bajo este aspecto, el recién llegado podrá aportar su contribución más libre y menos condicionada por la tradición, que ni siquiera conoce.

    2. En general, deben revisarse situaciones metodológicas menos importantes, más usuales y cotidianas, pero que precisamente por esto, entorpecen más el comportamiento de la comunidad. Son a menudo formas individuales de valorar; certezas que se consideran absolutas y no se acepta que sean contestadas; costumbres que no gusta cambiar; equilibrios establecidos que quitan la calma y la seguridad; dudas que se insinúan y disturban.


Más bien que aprovechar la ocasión y ser nosotros mismos los obligados a cambiar, se pretende que el recién llegado se adapte, y se le deja un mínimo espacio de movimiento. A veces esta capacidad de adaptación que se pretende, se sublima hasta el punto de erigirla como criterio para valorar la misma vocación. ¡Si no se sabe adaptar, es signo de que no es válida para la vida religiosa! Así, la comunidad pierde la preciosa ocasión para interrogarse y cambiar cuanto sería oportuno renovar.
Es un problema que debe interpelar vitalmente cada comunidad: ¿cuál es nuestra disponibilidad para la acogida? ¿Hasta qué punto somos capaces de cambiar para hacer un sitio? (cfr. LCM 14)

Cito una significativa llamada del Capítulo de Oakland, en un contexto un poco más amplio:

Debemos ser una comunidad abierta y que ofrece disponibilidad a todos los que buscan un lugar de acogida, especialmente los jóvenes, los pobres, los marginados, los que buscan la justicia y la verdad, los que están a la búsqueda de solidaridad, apoyo, amor. Tal comunidad respetará la dignidad humana de toda persona y buscará alcanzar a Cristo, que está presente en el más pequeño de nuestros hermanos y hermanas” (18, 3.8)
6.- LA APERTURA INTERCOMUNITARIA
El capítulo de México se detiene bastante sobre un problema comunitario de doble vertiente, donde se requiere un difícil equilibrio, también por falta de modelos convincentes.

Como señalaré más tarde, la propia comunidad no es el fin último o un absoluto que pueda totalizar nuestra vida. Participamos también en plenitud de la Orden Dominicana, de la Iglesia y del mundo. Por tanto, nuestras relaciones no se agotan solo en el interior, de modo exclusivo. Sería un grave empobrecimiento y seguiría una sensación de ahogo.

Por otra parte la comunidad, especialmente las más pequeñas, no pueden pretender proporcionar todo lo que necesita la expansión de la persona. Forma parte de la formación, especialmente de la formación permanente, enseñar a regular, con equilibrio, la apertura externa con sus distintas integraciones y el don a la comunidad.
Estas son las conclusiones a las que se puede llegar:

  1. Toda comunidad y toda persona deben encontrar la propia dimensión de expansión, más allá de los confines del convento o monasterio. Cuanto más se acogen y se comparten estos contactos, más se abre la comunidad de forma homogénea y sin traumas.

Pero si la comunidad se cierra en la propia autonomía o autosuficiencia, debe darse cuenta que priva a las personas de un validísimo estímulo psicológico y moral hacia la madurez y la plena expansión.

Aún más delicada es la situación de las comunidades donde una parte permanece recluida en su interior y rechaza los contactos con el exterior, u otros estímulos análogos, mientras otra parte se abre y siente el influjo benéfico. Se acaba recorriendo un camino paralelo, que muy pronto será divergente y causa de continuas fricciones. Así crecerá la mutua incomprensión, porque existen sensibilidad y madurez distintas.

Naturalmente, la misión comporta, para cada uno y a distintos niveles, gratas relaciones externas de apostolado y de amistad. Es deseable que estas relaciones encuentren espacio de acogida en la comunidad”. (México n. 36, 2.3.5).


  1. Si esta distinta valoración y participación, ya sea en la propia comunidad, o en las exteriores, más vastas y numerosas, cruza un cierto punto de ruptura, es posible y quizá inevitable que se manifieste un camino siempre más divergente hasta, Dios no lo quiera, a la definitiva ruptura y separación.


Pero valoremos bien la recomendación del Capítulo de México:

Si nuestras comunidades no son lugares de convivencia feliz, donde sea bello convivir unidos, “nuestros hermanos van a buscar otras” (fr. D. Byrne) comunidades humanas o espirituales más cálidas”. (n. 36, 2.3.6)
Se puede llegar incluso a lo que habitualmente se denomina la “doble pertenencia”.
Este fenómeno de conflicto por la doble pertenencia se ha convertido en una cuestión y un serio problema de nuestras comunidades. Si los hermanos buscan y encuentran fuera de la comunidad su desarrollo espiritual y afectivo, ¿no es, en parte, porque no lo encuentran dentro? Pedimos que cada uno se haga esta pregunta”. (ibid. 36, 2.4.6).
En cuanto respecta más directamente a los monasterios, tenemos análoga toma e posición del P. D. Byrne en la carta a las monjas:

Análogamente, como la autoridad de la Priora no es absoluta, así también, creo, que somos invitados por la Iglesia y la Orden a convencernos de que la autonomía de los monasterios no puede ser absoluta, en el sentido de que deben ser acogidas las tendencias que se realizan en otros lugares, disponibilidad para ayudar y prontitud para recibir ayuda de otros monasterios. Creo que falta un largo camino por recorrer antes que las Federaciones o Conferencias exploten toda su potencialidad en temas de renovación y ayuda mutua, especialemtne en el campo de la formación y en el intercambio ocasional de personas particularmente válidas. Si la “reproducción” aislada es malsana e inoportuna desde el punto de vista genético, tanto más inconveniente es el aislamiento desde el punto de vista de la Vida Religiosa”.
Y el P. Timothy se explaya en esta misma sintonía cuando escribe a las Prioras italianas con ocasión de su encuentro anual:

Es necesario, por tanto, redescubrir la importancia y las ventajas que aporta la colaboración. De hecho, los problemas generales no pueden resolverse solo a nivel local, sino que requieren una mirada más amplia, profunda solidaridad, sentido de pertenencia a la misma Orden y, por tanto, responsabilidad compartida. A ninguna de vosotras se os puede escapar que la vida contemplativa italiana está recorriendo un período difícil de ajuste y de búsqueda de nuevos equilibrios. Espero que sea un momento transitorio que se abrirá a mejores perspectivas”. (Carta del 7-10-94, Prot. 70/94/2406).
Pero será todavía mejor si, además de una toma de conciencia individual, se hace una clara y franca verificación comunitaria, donde cada una pueda expresarse con libertad. Es un problema de auténtico crecimiento para la comunidad, la apertura hacia el externo, pero puede convertirse en un peligro y crear tensiones. El equilibrio, a mi juicio, debe encontrarse anivel comunitario, pero con plena satisfacción de las propias personas.
7.- TODA RELACIÓN COMPORTA SACRIFICIO
No solo la relación comunitaria comporta sacrificio y sufrimiento, sino toda relación, en el sentido más general del término.

También los místicos han puesto de manifiesto con frecuencia la dificultad y el sufrimiento, no en grado atroz, en la relación con Dios. Más aún, cuanto más crece el diálogo y la union con Dios, tanto mayor se hace la purificación del alma. La diferencia entre Dios y nosotros, la distancia relativa a la Trascendencia es tan absoluta, que pone en crisis todo nuestro ser y nuestra capacidad de relación.

No es para maravillarse si también el contacto humano, individual y comunitario se manifiesta difícil, conflictivo, lleno de incógnitas y sorpresas. No queremos pensar en la vida comunitaria como un “iuge martirium” (continuo martirio), porque tal concepto no es para nada afín al ideal dominicano en esta materia. La comunidad es elemento esencial y fundante de nuestra vida: pero si esta debe consistir en un martirio, sería muy triste y decepcionante.

Se trata de encontrar nuestra justa relación con otros seres que, de algún modo, son también un absoluto, un valor, tienen una personalidad inviolable.

La ascesis que exige nuestro autocontrol para evitar todo género de apropiación de la otra persona, para superar la tentación del dominio o de ponerla a nuestro servicio, no es fácil, ni se adquiere de una vez para siempre. Pensemos en todas las formas instintivas de agresividad o de autodefensa que emergen del subconsciente sin saber porqué.

Llegar a auténticas formas de gratuidad, de desinterés, de oblatividad y de acogida es cosa muy ardua, jamás completa y para nada connatural. Llegar a dominarnos a nosotros mismos y nuestra agresividad; adquirir la libertad interior y la paz; alcanzar la capacidad de valorar las cosas con lúcida objetividad, son conquistas arduas y nunca completas. Solo poseyéndonos (siendo dueños de nosotros mismos) podemos donarnos.

Por tanto, vista en esta dimensión, toda relación es fuente de sufrimiento, de desilusión y necesita reanudarse constantemente.

Hay que saber aceptar, con mucho realismo, la inevitable dimensión de sufrimiento consiguiente a las relaciones, no viendo en ello una deformación o degeneración, sino la condición humana normal, que no puede prescindir de las dificultades.

Creemos por la fe que, en la otra vida, se abrirá la relación perfecta que conllevará paz, respeto recíproco, la alegría de la comunicación y la intuitiva percepción de la intimidad de las otras personas. Pero tal feliz realidad la conquistamos precisamente con el sufrimiento actual y la escasez de resultados.
En este punto quiero mencionar un problema de gran importancia, relacionado con el nuevo concepto de observancia regular, propuesto por los recientes Capítulos Generales.

Se afirma con frecuencia, y con una cierta superficialidad, que hoy la Orden no habla más de ascesis, de mortificación y de sacrificio. Parece que tal concepto esté superado y no es actual, quizá por una nefasta influencia del mundo. En realidad no es cierto, y no corresponde a la voluntad orientativa de los Capítulos. Para comprender esta afirmación haría falta una distinción y una aclaración.


  1. En el concepto tradicional de comunidad (como se ha visto más arriba) eran privilegiados los aspectos de la regularidad, de la uniformidad, de la fidelidad a los compromisos comunitarios en la forma rígidamente ordenada. Hacía falta mucho espíritu de adaptación y fuerte ascesis para uniformarse y caer en el particularismo. La perfección era proporcional a la capacidad de una total adaptación (cfr. LCM 100, II; 105, I).

Entendida en este sentido, la ascesis tiene mucho menos obligación y posibilidad de ejercicio hoy en día: por eso se afirma que no es ya necesaria. Ha disminuido el campo para expandirse y crecer.


  1. Pero los Capítulos no han cesado de insistir y de privilegiar otra forma de ascesis, donde su ejercicio puede tener un vastísimo campo de actuación. Son las relaciones mutuas, la capacidad de comunicación, el diálogo y, en particular, las reuniones comunitarias o capítulos. En este ámbito, el ejercicio de la más auténtica ascesis, la mortificación, el autocontrol, etc. tienen una posibilidad inmensa de aplicación.

Bastan algunos ejemplo significativos.

La constancia en la escucha de una persona; la perseverancia para no interrumpir el diálogo cuando no se ven resultados; creer en la honestidad y buena fe de cada persona. Cuando, en las reuniones comunitarias, entran ganas de responder a cada provocación, o de tapar la boca a quien nos inquieta con sus afirmaciones; cuando sabemos crear en nosotros aquella calma acogedora que facilita a los otros el manifestarse; cuando vencemos el miedo y el desánimo que hacen parecer inútiles las reuniones comunitarias. En definitiva, los ejemplos se podrían multiplicar hasta el infinito.

Por tanto, no es en absoluto cierto que la Orden no aprecie el valor de la ascesis, sino que nos propone una forma distinta de aplicación, decididamente más ardua, incómoda, y con resultados mucho más constructivos. Es la ascesis, no convertida en fin en sí misma, sino puesta directamente al servicio del diálogo, de las reuniones comunitarias y de la construcción de la misma comunidad. ¿Hemos comprendido finalmente la intención de la Orden en este tema, o preferimos perseverar en el error, afirmando la desaparición de la ascesis en nuestra comunidad?
8.- COMUNIDAD NO FINALIZADA EN SI MISMA

Será útil y oportuno tener presente que, ya sea la comunidad religiosa o cualquier otro grupo, mantienen su unidad y cohesión en función de una finalidad o por motivaciones bien evidenciadas. Una vez que tal finalidad, o se atenúa hasta cierto límite, o decae, el grupo se disuelve. Sería una grave ilusión considerar que un grupo, una vez formado, continúa manteniendo su identidad casi por inercia.

Análogamente, estos principios básicos de la vida de grupo, deben tenerse en cuenta en la dinámica de la vida comunitaria, como también en los monasterios.

O el fin y la razón fundamental por los cuales la comunidad está reunida y constituida se renuevan y actualizan, de modo válido y expresivo, o bien comenzarán los hundimientos, deshilachamientos, individualismos, que son como el cáncer de la comunidad. Cuando las motivaciones ideales, que han tenido tanta fuerza de cohesión como para reunir y mantener unidas muchas personas, y durante largo tiempo, se atenúan y pierden eficacia, la comunidad va fatalmente hacia el declive.

¿Cuáles son estas motivaciones válidas, capaces de reagrupar y tener unidas tantas personas?

En lo que respecta a la Orden Dominicana, la finalidad principal, como se precisa en la Constitución Fundamental, es que “fue instituida, ya desde el principio, especialmente para la predicación y la salvación de las almas”. Por tanto, es esencialmente una finalidad apostólica.

En lo que respecta a las monjas, está el fin general de la Orden, como confirma claramente la Constitución Fundamental, LCM 1, II.

Con su vida, tanto los frailes como las monjas tratan de conseguir, hacia Dios y hacia el prójimo, una perfecta caridad, eficaz para procurar la salvación de los hombres...”

... mientras es propio de las monjas buscarlo, meditarlo e invocarlo (el nombre de Jesucristo), en lo escondido, para que la palabra que sale de la boca de Dios no retorne a él vacía, sino que prospere en aquellos a los cuales ha sido enviada”. (ibid.)
A esto se debe unir, obviamente, la búsqueda de la contemplación, no solo como objetivo personal, sino como específica finalidad comunitaria. En palabras muy simples se puede decir que el motivo de nuestro estar y perseverar en la comunidad no es porque se vive bien juntas, porque hay caridad y mucho calor humano, porque gozamos de la mutua presencia y compañía. Sino que vivimos juntas para alcanzar mejor, con más solidaridad, los mismos fines. Si no se alcanza el fin, el calor de la comunidad (suponiendo que exista), nos protegerá poco y no tendrá garantía de perseverancia.

Por tanto, nuestras comunidades, para asegurar siempre mejor la cohesión interna y la unidad intensa, deberán reflexionar bien y reproponerse vitalmente las más auténticas finalidades por las cuales están reunidas.

Si, de vez en cuando, no encontramos la oportunidad y el modo para confirmarnos mutuamente en el fin de nuestra vida dominicana, si el trabajar y sufrir por algo verdaderamente válido no encuentra un gran consenso comunitario, los vínculos mutuos se disuelven o se hacen añicos. Se buscará igualmente el fin, pero en soledad, o quizá en un pequeño grupo.

Así se confirma, una vez más, la necesidad de un proyecto comunitario válido, donde se indiquen claramente las finalidades y las prioridades. Cuanto más claro y compartido resulte el proyecto comunitario, tanto más crecerá y se fortalecerán los vínculos de cohesión comunitaria.
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