Separata preparada para la Maestría en Gerencia y Atención a Personas con Discapacidad por Fonoaudióloga María Eugenia Guillén Escalera, en base a capítulos de




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Hacia los seis meses de edad comienza una fase en el desarrollo del lenguaje en la que el bebé empieza a emitir sonidos vocálicos y consonánticos más diferenciados, que se enmarcan en emisiones de una sílaba, aunque es frecuente la repetición de estos patrones en la etapa del balbuceo.

Al mismo tiempo, la entonación, las inflexiones de la voz, el ritmo, empiezan a tomar la forma de una lengua específica.

Puede decirse que, al menos desde esta edad, la lengua materna ya imprime su influencia en la actividad vocal del niño.

Los patrones de entonación se van distinguiendo como descendentes y ascendentes, lo cual podría equivaler a un primer intento de expresar secuencias afirmativas, los primeros, y a preguntas o llamadas de atención, los segundos.

De igual manera, los enunciados pueden indicar énfasis y emociones a través de estos componentes del lenguaje.

El orden de adquisición de los fonemas en ésta etapa está en función de su dificultad desde el punto de vista sensoriomotor, y también de la distribución de los fonemas en la lengua según la frecuencia de aparición y su capacidad de proporcionar información.

Desde una posición socioconstructivista, esta etapa del balbuceo adquiere una función importantísima, se revela como un fenómeno social, pues el niño se entrena en la articulación del lenguaje para integrarse socialmente en la familia, para comunicarse con su madre, para adaptarse al medio.

Los primeros nueve meses de vida constituyen la etapa prelinguística, al comienzo de la cual el lactante emite sonidos de carácter reflejo, los que posteriormente adquieren intencionalidad, expresa emociones y sensaciones de placer, dolor hambre, etc. Al término de esta etapa prelinguística sus emisiones sonoras se acompañan de emisiones gestuales con valor de comunicación, si bien estas emisiones involucran un mensaje, difieren del habla, en la cual una combinación de sonidos (signos) adquiere un significado (símbolo), válido para un determinado grupo social.

En el desarrollo del lenguaje la comprensión precede a la expresión, se produce un enriquecimiento progresivo del habla en su significado (semántica), en la estructura del idioma (morfosintaxis) y en su pronunciación (fonética).

Alrededor de los diez-doce meses surgen las primeras palabras; el momento de su aparición no depende tanto de la intencionalidad del niño, como de la identificación más o menos temprana que los padres hagan de ella.

No son palabras en sentido estricto; más bien se corresponden a construcciones sintácticas completas de los adultos.

Estos breves enunciados de una sola palabra son interpretables dentro de un contexto situacional.

Comienza ahora una nueva etapa, la fase holofrásica, en la que el niño comienza a imitar abundantemente las palabras oídas al adulto, aunque su riqueza de vocabulario es todavía muy restringida; alrededor de la primera mitad del segundo año el niño tiene una media de veinte palabras en su vocabulario usual.

El habla se adquiere a través de un proceso de aprendizaje para el cual se necesitan modelos a imitar, por tanto, requiere de canales receptores adecuados: audición, transmisión nerviosa y centros nerviosos que permiten reconocer, retener y comprender, y de canales expresivos que permiten evocar, crear, emitir el habla y expresarla.

Teniendo en cuenta lo analizado se concluye que al finalizar el primer año de vida el niño ha logrado el desarrollo de los órganos de los sentidos. Ha desarrollado las bases para el desarrollo del lenguaje. Es capaz de manipular intencionalmente los objetos con un perfeccionamiento de la acción prensil y puede mantenerse parado sin apoyo. Todos estos logros son conseguidos gracias al fuerte vínculo emocional con la madre que realizará la estimulación temprana, favoreciendo el desarrollo.

Al año de edad, el niño, responde a su nombre y a expresiones simples, se inicia el uso de palabras como el "no" "mmam", "mamá" (holofrases) usa combinaciones fónicas imitando el habla del medio ambiente, está en la etapa de jerga (12 a 18 meses), emite palabras a las cuales otorga un valor amplio, poco preciso, a veces las usa sin conocimiento de su significado, ya tiene una noción clara del valor de comunicación del habla y se esfuerza en comprenderla y utilizarla, y avanza rápidamente en ese proceso de la comunicación oral. Imita el habla del medio ambiente tanto en su significado, pronunciación, estructura del idioma como en su cadencia y ritmo.

En un principio, el niño usa una palabra para referirse a una serie de objetos y/o acontecimientos que son libremente asociados en su mente. Al parecer, parte de una estrategia en el que el uso de una palabra concreta le sirve para designar hechos u objetos distintos pero, sin embargo, relacionados. Su clasificación según las categorías gramaticales adultas se hace muy difícil, ya que tienen que ser analizadas dentro de un contexto, sin el cual quedaría totalmente invalidada. Una misma emisión, con parecidos matices de tono, puede tener valor de sustantivo o de verbo.

Es más importante en esta etapa considerar cómo usa las palabras: si tiene valor de pregunta, de designación en presencia del estímulo, de descripción de un acto, etc. La gran característica del lenguaje en la etapa que nos ocupa está en el plano semántico, pues existe una amplitud semántica enorme atribuida a cada vocablo.

La comprensión del lenguaje del adulto progresa rápidamente durante esta fase. Es a partir de los dieciocho meses que el niño comienza espontáneamente a emitir frases de dos palabras que poseen una sintáxis propia; los enunciados se presentan en una especia de estilo telegráfico.

Esta forma de reducción de las primeras estructuras sintácticas se debe a que las palabras con contenido semántico, que aparecen en las primeras emisiones del niño hacen referencia a objetos y hechos reales, por lo que utiliza los vocablos más importantes para la transmisión de su mensaje. Utiliza las palabras que proporcionan más información, las que permiten la máxima comunicación con la máxima economía (tal cómo cuando se redacta un telegrama).

Las palabras que implican relaciones y operaciones no aparecen todavía, ya que exigen un nivel de desarrollo cognitivo que el niño aún no posee.

El contexto situacional suple generalmente la ambigüedad de estas frases, permitiendo una real comunicación entre el niño y su medio. El adulto no tiene serias dificultades para comprenderlo, pues el niño tiene y usa además, el recurso de los gestos en su intento de comunicación.

Hay numerosos estudios descriptivos acerca de la regularidad que presentan las combinaciones de dos palabras y todos llegan a coincidir en que las más usuales son:

  • relaciones entre dos nombres,

  • relaciones entre nombre y verbo, y

  • relaciones entre palabras modificadoras.

La riqueza del vocabulario del niño empieza a mostrar una brusca extensión. Si al inicio de esa etapa observamos que tiene un repertorio definido entre 3 y 50 palabras, el incremento en los meses siguientes es tan rápido que puede pasar a más de 100 palabras alrededor de los 20 meses, alcanza las 300 a los dos años y cerca de las 1.000 a los tres años de edad.

Es una fase de explosión lingüística: cada día incorpora a su vocabulario términos nuevos, en ese interés cada vez más manifiesto por la comunicación y el lenguaje.

  • Edad tempana (aproximadamente desde finales del primer año hasta los tres años):

Los logros del lactante le permiten al niño desempeñar un papel mucho más activo en su relación con el ambiente: se desplaza libremente, siente gran curiosidad por el mundo que lo rodea y lo explora con entusiasmo, busca ser cada vez más independiente.

A los tres años el niño elabora su propio mensaje, hace frases completas, expresa lo que quiere y necesita.

Dice Perinat (1986) que cuando una madre interpreta adecuadamente "la intención del niño o supone que éste recuerda la función o significado que tenía un objeto en una interacción previa, entonces se da un compartir significados" , y que "sólo cuando los significados se comparten pueden compartirse las intenciones".

Esta etapa se caracteriza por ¿Qué es esto?, el niño sólo va a saber cómo usar una cuchara o un lápiz y la función de estos (ya la cuchara no la utiliza para golpear, o el vaso para colocar los objetos dentro de el, el niño es capaz de llevárselo a la boca para comer o beber), en la interacción con el adulto al manipular estos objetos.

El niño de 2 años muestra comprensión de hasta 1.000 palabras y usa de 200 a 300 palabras.

La manipulación de los objetos pasa ahora a convertirse en la actividad fundamental de esta etapa. A partir de este momento los intereses del niño estarán encaminados al dominio de nuevas acciones con los objetos. Aquí el adulto asume un papel de educador ayudante, que al enseñarle la función social de los objetos, contribuirá que asimile además normas de conducta en la sociedad.

En el accionar con los objetos, el niño comienza a separar los objetos de su función social para comenzar a utilizarlos simbólicamente, utiliza un lápiz como un carrito, una cajita como una cocinita. Aquí él conoce la designación social del objeto pero lo utiliza para sustituir a otro, que no tiene a su alcance en la situación del juego o esta socialmente prohibido para su edad.

El niño de 24 a 30 meses puede comprender todo lo que se le dice y comienza a preguntar por el nombre de las cosas por su necesidad por dominar el lenguaje, instrumento de comunicación.

El lenguaje en los primeros momentos esta básicamente ligado a las acciones con los objetos y depende de la interacción con los adultos. En esta etapa el niño escucha con mucho interés las conversaciones y éstas poco a poco comienzan a regular su comportamiento. En esta etapa el lenguaje se enriquece, la comprensión de las palabras y las órdenes verbales sencillas, pueden regular la conducta del niño. El lenguaje activo también se incrementa.

Casi todos los autores coinciden en que la comprensión del lenguaje verbal precede a la posibilidad de organizarlo y emitirlo. Dicha emisión es una actividad bastante más compleja desde el punto de vista de la coordinación psicomotriz. Las primeras comprensiones no se refieren tanto al contenido significativo de las palabras, sino a la entonación y mímica que le sirven de contexto. Oleron (1977), citando a Guillaume revela que, en un primer momento, la eficacia de las palabras depende de qué persona es quien las pronuncia, aunque tal especificidad se pierda pronto a través del desarrollo.

El dominio de la significación y la consecuente configuración del vocabulario necesario para el adecuado desarrollo lingüístico, implica tres pasos que si bien se cumplen en edades variables, siempre lo hacen en el mismo orden secuencial, sea cual fuere el idioma ambiente. Tales pasos son: la denominación de objetos, la ejecución de órdenes recibidas y la construcción de definiciones.

La adquisición de las diversas categorías gramaticales muestra una evolución que se manifiesta por un aumento progresivo de las expresiones abstractas, y de una disminución, también gradual, de las exoresiones concretas o de las manifiestamente emocionales.

Las primeras palabras de un niño poseen un sentido bastante distinto del que le atribuimos los adultos. Ante todo, en numerosos casos, la intencionalidad nominativa de las mismas puede ser puesta en duda, especialmente cuando no se refieren a objetos visualizables. De igual modo, un único vocablo puede tener diversos significados, algunos de los cuales son mucho más complejos que la simple función de etiqueta (palabras-frases).

En ese sentido recordemos que un niño de tres a cinco años utiliza aproximadamente entre do a tres mil palabras, entiende el doble de ellas y aplica cerca de mil reglas gramaticales.

A los tres años el niño mantiene aún el estilo telegráfico, pero construye ya enunciados de más de dos palabras, con la gramática característica del baby talk (lenguaje bebé), pero inteligible completamente para el adulto.

Esta brusca explosión de la producción lingüística del niño que se produce entre los 20 meses y los tres años, parece coincidir con una etapa de maduración neurológica.

Lenneberg (1981) hace un profundo estudio de los cambios que se producen en el cerebro del niño estos tres primeros años, concomitantes con el proceso de adquisición del lenguaje. Describe cambios morfológicos estructurales en su composición química, y cambios electrofisiológicos.

Respecto a los cambios morfológicos que sufre el cerebro del niño, es interesante resaltar cómo durante los dos primeros años de la vida del niño se produce un aumento de peso de aproximadamente 350 %, aumento que no se sigue produciendo de igual manera en los años siguientes, ya que, hasta llegar a la adolescencia en el que se estabiliza, el crecimiento del cerebro se ajusta a una tasa de 34 %.

En relación a los cambios estructurales que se producen en el cerebro, se ha verificado que, aunque el número de neuronas probablemente no aumenta, sí crecen considerablemente las neuronas de manera individual durante la primera infancia.

Conforme el cerebro va aumentando de tamaño en esta edad, las células nerviosas dejan de estar tan amontonadas y esto les permite una mayor expansión de sus dendritas y axones, una mayor ramificación, creciendo la posibilidad de interconexión entre ellas.

Este ritmo de crecimiento estructural tan rápido empieza a lentificarse a partir de los dos años.

Los cambios producidos en la composición química del cerebro tienen relación con la alta tasa de mielinización que se observa durante los tres primeros años del niño, tasa que decrece en los años posteriores, aunque exista un incremento firme y constante hasta la vejez.

Los cambios electrofisiológicos se observan a través de estudios electroencefalográficos, en los que se han podido confirmar las transformaciones que sufre el ritmo dominante de las ondas cerebrales respecto a su frecuencia y amplitud media con el paso de la edad.

En resumen, alrededor del momento en que el proceso de adquisición del lenguaje se ha completado a un nivel primario, se da la coincidencia de que el cerebro ha alcanzado también su madurez y se ha establecido de manera irreversible su lateralización.

La maduración del cerebro en el hombre, considerada desde una perspectiva ontogenética, así como filogenética, constituye pues, un prerrequisito y factor interviniente esencial en el desarrollo del lenguaje, aunque no sea su causa específica.

La cultura, la inserción en un grupo socialmente constituido, el contexto ambiental, son a partir de estos momentos, determinantes de la conducta lingüística del sujeto y a la postre, puede ejercer tanta o más influencia que la maduración, en su desarrollo posterior.

Por ello, pese a haber un grado de notable regularidad en la aparición y desarrollo del lenguaje en el niño, dada su dependencia inicial del reloj madurativo, existen, no obstante, diferencias individuales en la fecha de aparición y transcurso de las etapas anteriores, que pueden ser explicadas, bien por leves retrasos madurativos, bien por la influencia ambiental, bien por la interacción entre ambos. El ambiente, a partir de éstas edades, va a ejercer cada vez en mayor medida, una influencia decisiva en la adquisición de los posteriores niveles de competencia lingüística.

  • Preescolar (aproximadamente desde los 4 hasta los 6 años).

En esta etapa, el niño adquiere facilidad para manejar el lenguaje y las ideas le permiten formar su propia visión del mundo, a menudo sorprendiendo a los que lo rodean. El lenguaje egocéntrico, es cuando el niño al jugar sólo o acompañado planea en voz alta las acciones que él mismo va a realizar ("ahora voy a mover el carro de aquí para allá").

Paulatinamente se produce la unión del pensamiento con el habla y llega a pensar con palabras, pensamiento con elementos verbales de tipo concreto, pensamiento que permiten la adquisición de la lectoescritura y están plenamente desarrollado entre los 5 y 6 años de vida.

El desarrollo de la voz durante la etapa parvularia se manifiesta por un crecimiento gradual de la extensión de la voz, una baja tesitura media de la voz hablada, mayor capacidad de modulación y un aumento de la capacidad de rendimiento vocal.

La función simbólica es la capacidad para representarse mentalmente imágenes visuales, auditivas o cenestésicas que tienen alguna semejanza con el objeto representativo, por ejemplo, puede utilizar una cuchara como un martillo en un momento determinado aunque sabe que esa no es la verdadera función de ese objeto, se manifiesta a través del lenguaje, la imitación diferida y el juego simbólico. La capacidad para expresar sus necesidades y pensamientos a través del lenguaje les ayuda a ser más "independientes".

Aquí ocurre un enriquecimiento del lenguaje y aparece el lenguaje explicativo, el cual posibilita relatar un grupo de acciones sin necesidad de ejecutarlas durante el juego.

En general, hacia los cuatro años el lenguaje del niño está bien establecido, aunque todavía muestra desviaciones de la norma del lenguaje adulto, más en estilo que en aspectos gramaticales.

l Edad escolar (comprende aproximadamente de los seis a los once años).

El período escolar tiene como evento central el ingreso a la escuela. A esta edad el niño debe cambiar su ambiente cotidiano, donde quedan fuera aquellas personas que forman su familia y su mundo hasta ese momento. Con el ingreso a la escuela el niño se inserta a la actividad de estudio, que a partir de ese momento va a establecerse como actividad fundamental de la etapa.

Progresivamente va teniendo lugar una corregulación de la conducta entre el niño y sus padres. Éstos realizan una supervisión general en el control, y el hijo realiza un control constante. La eficiencia de esta regulación está determinada por la claridad de la comunicación entre padres e hijos, las reglas claras, sistemáticas y consistentes.

En esta etapa la figura del maestro constituye un modelo para el escolar, y este se esforzará constantemente para lograr el reconocimiento del maestro.

El desarrollo del autoconcepto (es el sentido de sí mismo, se basa en el conocimiento de lo que hemos sido y lo que hemos hecho y tiene por objetivo guiarnos a decidir lo que seremos y haremos) y de su autoestima (es la imagen y el valor que se da el niño a sí mismo), son propios de esta etapa. Las opiniones de sus compañeros acerca de sí mismo van a tener peso en su imagen personal.

A partir de los seis años el niño comienza a operar a través de conceptos científicos, por lo que tendrá que iniciar el conocimiento de la esencia y diferencia de objetos y fenómenos de la realidad. Para llegar a la esencia es necesario partir de situaciones concretas.

Esto quiere decir que puede resolver problemas, utilizando la representación mental del hecho sin necesidad de operar sobre la realidad para resolverlo. Sin embargo, las operaciones concretas están estructuradas y organizadas en función de fenómenos objetivos, sucesos que suelen darse en el presente inmediato.

Se enriquece el vocabulario, hay un desarrollo de la atención y la persistencia de ella en la tarea.

El lenguaje se vuelve más socializado y reemplaza a la acción. Ya el niño no tiene que realizar una acción en un juego, sino por medio del lenguaje puede dar ésta por hecha. Todos estos procesos cognitivos se vuelven más voluntarios en esta etapa. Esto es lo que posibilita el perfeccionamiento cognitivo.

A modo de resumen, es necesario destacar el surgimiento del pensamiento conceptual como una importante adquisición de la personalidad en esta etapa, que permite incrementar el carácter consciente y voluntario de los procesos psicológicos.

l Adolescencia (abarca aproximadamente entre los 11 y 20 años).

Una vez que el escolar llega a los 11 años, comienza a transitar por una etapa en la que vivencia profundos y significativos cambios internos y externos, siendo este uno de los momentos más críticos del desarrollo de su personalidad.

Alrededor de los 12 años se llega a pensar con elementos verbales de carácter abstracto, lo que permite el desarrollo del pensamiento superior y, por lo tanto, el aprendizaje de la enseñanza secundaria y superior.

La comunidad es un agente socializador muy complejo, en el cual se integran varios agentes de socialización.
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