Separata preparada para la Maestría en Gerencia y Atención a Personas con Discapacidad por Fonoaudióloga María Eugenia Guillén Escalera, en base a capítulos de




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VI. 13. TIPOS DE TRASTORNOS AUDITIVOS

Los trastornos auditivos se clasifican por lo general según la estructura donde se dan los cambios patológicos. De acuerdo a esto tenemos los siguientes:

1. Sordera de conducción:

Se refiere a la disminución o pérdida de la audición debido a la incapacidad de excitar mecánicamente la cóclea. Esto puede deberse a una causa tan simple como la obstrucción por un tapón de cera, o debido a condiciones más complejas que afectan al movimiento de los huesos del oído medio.

De manera similar, las infecciones del oído medio, tales como la otitis, pueden alterar la transmisión de la energía mecánica. El oído medio está conectado con el tracto respiratorio superior, a través de la trompa de Eustaquio, y las infecciones de la garganta suelen, en algunas condiciones, tener acceso al oído medio. Este problema se produce especialmente en niños pequeños, dado que el conducto que conecta el oído medio con la faringe es corto en las primeras etapas de la vida.

La pérdida de sensibilidad debido a la sordera de conducción es general, aunque existe cierta tendencia a una mayor afección de la frecuencia más alta.

2. Sordera neurosensorial:

Es aquella producida por la destrucción de los mecanismos cocleares, especialmente de las células ciliadas. Este tipo de sordera es el que afecta al mayor número de personas con déficit auditivo, en el que la causa del deterioro coclear puede deberse a la exposición de sustancias tóxicas, disfunciones metabólicas, traumas, sonidos fuertes e, incluso, a trastornos hereditarios.

Por ejemplo, hay algunos antibióticos que tienen propiedades ototóxicas, como son la estreptomicina, kanamicina y la gentamicina, que al ser ingeridas frecuentemente, suelen producir severas lesiones cocleares y/o vestibulares, con la consiguiente pérdida parcial o total de la audición.

También suelen producirse lesiones por la exposición a sonidos repentinamente intensos o debido a sonidos crónicos de alto nivel, afectando principalmente a las células ciliadas, de las que las externas son las más susceptibles al trauma auditivo que las internas. Cuando esta exposición es persistente puede llegar a provocar en algunos individuos la destrucción del Organo de Corti y de las fibras nerviosas que la inervan.

Los recientes estudios sugieren que los sonidos intensos unidos al uso de algunos fármacos sin receta médica pueden tener profundos efectos sobre el oído. Este es el caso de la aspirina, usada generalmente por personas que sufren de artritis, quienes toman cotidianamente grandes dosis para aliviar el dolor y la inflamación de las articulaciones. En estas personas la pérdida auditiva es impresionante, reduciendo más de 40 dB para los tonos altos, la que va unida de una sensación de ruido y campanilleo en los oídos (denominado tinitus).

Similarmente, los estudios de Mcfadden y Plattsmier (1983) han mostrado que la pérdida auditiva temporal producida por exposición a sonidos intensos se ve magnificada cuando el sujeto toma dosis relativamente pequeñas de aspirina para el resfriado, gripe o dolores de cabeza, lo que altera el umbral auditivo, observándose grados distintos de lesión coclear o del nervio auditivo.

3. Sordera central:

En este caso la alteración está relacionada con lesiones en las vías o centros auditivos, incluyendo zonas del tronco encefálico, el tálamo o la corteza. Según Bauer y Rubens (1985), la pérdida auditiva producida por lesiones o alteraciones cerebrales no suele ser una mera pérdida de sensibilidad. Una de las consecuencias de la lesión cerebral es la sordera verbal, trastorno en que la persona muestra un habla normal y una adecuada audición de sonidos simples pero no puede reconocer palabras habladas. Otro ejemplo de sordera central es el síndrome de la "sordera cortical", en el que los pacientes tienen dificultades para reconocer estímulos auditivos verbales y no verbales. Este raro síndrome se origina por la destrucción bilateral de los inputs a la corteza auditiva. Esta sordera cortical suele ser transitoria, lo que posiblemente refleja la diversidad de vías auditivas centrales (o la existencia de procesamiento paralelo en el sistema auditivo).

VI.14. CLASIFICACIÓN CLÍNICA DE LOS TRASTORNOS DE LA AUDICIÓN

HIPOACÚSICOS LEVES Y MODERADOS

Este tipo de niños puede presentar retrasos en el inicio de su lenguaje oral, en la adquisición de las diversas etapas y, especialmente, en el aprendizaje escolar. Es frecuente que en la escuela primaria, al no captar íntegramente a sus profesores, pierdan atención y aparezcan distraídos, indisciplinados y con retraso escolar. Con frecuencia son niños portadores de compromiso de oído medio y que son susceptibles de ser tratados médicamente y normalizar su situación.

HIPOACÚSICO SEVERO

Arbitrariamente podemos catalogar como tales presentan una caída auditiva bilateral promedio mayor de 60 dB en el área de la palabra (500-1000-2000Hz)

Cuando el trastorno es congénito o aparece en el primer año de vida se va a caracterizar por retraso en la aparición del habla tanto en la comprensión como en la expresión, alteraciones importantes en la dicción y en la estructuración de las frases. Se trata de un niño que escucha el habla a alta intensidad o bien equipado con un audífono, pero no puede escuchar ni discriminar el habla a niveles corrientes de intensidad de las conversaciones. Para desarrollar el habla se requiere recibir y procesar una infinidad de estímulos acústicos de los cuales el ser humano va identificando conjuntos acústicos a los cuales va otorgándoles significado de comunicación; para darle este valor los estímulos deben llegarles en forma suficientemente clara que permita diferenciarlos de los otros estímulos acústicos y dentro del habla a los distintos fonemas entre sí (unidades acústicas del habla: equivalentes a las letras de la escritora).

El niño hipoacúsico severo equipado con un audífono adecuado a su trastorno auditivo está en condiciones de incorporarse a escolaridad normal debiendo recibir apoyo fonoaudiológico para perfeccionar su pronunciación y enriquecer su lenguaje.

HIPOACÚSICO PROFUNDO

En la sordera profunda hay sólo restos auditivos, no obstante no son suficientes para comprender el lenguaje hablado (incluso usando muchas veces audífono) esto hace que el niño no desarrolle el habla.

Si es un niño normal en lo neurológico y síquico va a ser un niño alerta que trata de comunicarse y reaccionar ante los estímulos ambientales.

Detectado precozmente puede lograr comprensión mediante lectura orofacial y expresarse oralmente apoyado por gesticulación, puede adquirir una buena socialización, adecuada educación que en ciertos casos puede llegar a grados universitarios, puede adquirir una gama importante de habilidades que le permiten ganarse la vida. Es crucial la educación para poder tener un pensamiento simbólico y así pensar con palabras y desarrollar su inteligencia. Privados de rehabilitación, sin lograr la lectoescritura, sin llegar a la lectura orofacial, estarán gravemente limitados en su capacidad para enfrentar la vida, incluso pueden pasar por discapacitados intelectuales y ser segregados familiar y socialmente.

Es fundamental la investigación precoz del trastorno, la educación adecuada mediante una estimulación programada una vez detectado, incluso siendo lactante. Para lograr una buena rehabilitación es fundamental el apoyo de la familia, la que frente a una problemática de este tipo requiere de orientación y apoyo.

Cuando la sordera es bilateral se instala antes de los seis años requiere de apoyo intensivo para conservar el habla, puesto que de no ser así se va a perder el habla y se va a comportar como sordo congénito.

El adulto que ensordece de ambos oídos requiere de apoyo psicológico para enfrentar su drama y de un programa de conservación del habla, dado que, privado de la regulación se va a deteriorar la calidad de su expresión oral, tanto en la pronunciación, la cadencia o entonación y, posteriormente, en la fluidez, estructura e incluso en la riqueza de su vocabulario.


VI.15. GRADOS DE DIFICULTAD AUDITIVA

Los especialistas suelen clasificar estas deficiencias en las siguientes categorías:

  • Audición normal o sensiblemente normal. Las personas con este nivel de audición tienen un umbral o límite inferior auditivo de 20 decibeles (dB). El niño en este caso no tiene dificultades en la percepción tonal, pero puede tener cierta imprecisión articulatoria.

  • Deficiencia auditiva ligera. El umbral auditivo se ubica entre los 20 y 40 decibeles. Aquí los fonemas de las palabras no son todos igualmente percibidos por el niño. La voz débil o lejana no es adecuadamente oída y, como tal, el niño es considerado como poco atento, haciendo que los otros le repitan lo que dicen. Los niños con este nivel de audición pueden tener ciertas dificultades para la adquisición del lenguaje verbal.

  • Deficiencias auditivas medias. El umbral auditivo se encuentra entre los 40 y 70 decibeles. El niño requiere una voz de cierta intensidad para que perciba adecuadamente la palabra. En este nivel el retardo del lenguaje es frecuente, así como las alteraciones articulatorias.

  • Deficiencias auditivas severas. El umbral está entre los 70 y 90 decibeles. El niño percibe únicamente la voz fuerte. Si el medio familiar le presta atención y ayuda puede desarrollar cierto lenguaje, si no le dan esta atención el niño llega a la edad de 4 ó 5 años sin saber hablar, siendo ya difícil recuperar y compensar.

  • Deficiencias auditivas profundas. El umbral es superior a 90 decibeles. Los niños con este grado de audición; son mudos sin la reeducación apropiada no perciben más que los ruidos fuertes (gritos, ruidos de motores, explosiones, etc.).

  • Las cofosis totales. Son excepcionales. Aquí el niño no escucha absolutamente nada.

Estos grados de deficiencia auditiva se determinan mediante exámenes especializados de tipo audiométrico. Lafon (1975) considera que los exámenes audiológicos deben ser bien hechos, con el propósito de establecer el grado y la naturaleza del defecto y, consiguientemente, buscar el método más adecuado para la rehabilitación y compensación auditiva. Entre los diversos métodos de examen se destacan la Electroencefalografía a través de potenciales evocados y la Electrococleografía (ECOG), que es la más precisa para el diagnóstico de la sordera.

Cabe señalar, además, que con el adelanto de la tecnología computarizada, actualmente dichos instrumentos de medición se van sofisticando, haciendo más rápido y preciso el examen audiológico. Esto permite detectar y determinar precozmente el grado y la naturaleza de la deficiencia auditiva del niño desde el momento que nace, incluso antes del nacimiento, tal como últimamente se vienen realizando, constituyendo la tecnología un medio eficaz y cada vez más exacto para tales exámenes.

Los implantes cocleares (IC) constituyen el más importante avance tecnológico en el campo audiológico de los últimos años, para proporcionar información acústica válida a pacientes que tienen sordera sensorial bilateral profunda. En estos casos, las células ciliadas del órgano de Corti en el oído interno, están impedidas para llevar a cabo su función de transformar los sonidos en corrientes nerviosas, por lo que el nervio auditivo y las vías del Sistema Nervioso Central, a pesar de ser normales y aunque potencialmente pueden funcionar, no llevan al cerebro ningún tipo de información acústica. Con un ejemplo que corresponde a los tres componentes de un sistema para encender un foco, ilustramos esta situación: 1) el apagador; 2) el cable que lleva la corriente y 3) el foco que está en el techo de una habitación. Si el apagador (equivalente al oído interno de una persona) no funciona, la luz no se podrá encender. No obstante, si hacemos caso omiso del apagador y le pasamos corriente directamente al cable, podemos encender el foco. Esto es lo que hace el IC: estimular eléctricamente al nervio auditivo que si funciona (equivalente al cable del sistema de luz) para que el foco se encienda en el “techo” del ser humano, es decir, en la corteza cerebral, para que ahí se hagan conscientes los estímulos que llegan del medio a la persona sorda.

Los IC reciben los sonidos en un sistema de componentes externos y por medio de una minicomputadora los procesan y transforman en estímulos eléctricos que son enviados a los electrodos del propio IC, mismos que en su momento son colocados quirúrgicamente en el oído interno del paciente. Estos estímulos eléctricos transmitidos por el IC suplen las funciones de las células ciliadas destruidas o que no funcionan y permiten que el nervio reciba primero y envíe después esa información a la corteza cerebral. Cuando ésta llega al cerebro, el paciente tiene sensaciones sonoras que ya estaban olvidadas, si las había tenido antes, o que le eran parcial o totalmente desconocidas si su sordera es de nacimiento.


VI.16. ¿CÓMO ESTIMULAR Y EDUCAR EL OÍDO?


Suponiendo que el niño tenga una audición normalmente evolucionada, es conveniente que la ejercite y eduque en forma adecuada, por cuanto que el lenguaje se adquiere a través del oído y que, cuanto más precisa sea la recepción, tanto más exacta será la reproducción.

Pues bien, como todos nuestros sentidos, el oído también se educa. En la actualidad, nuestro medio es de tal condición que estamos insensibilizados frente a las impresiones del oído. Estamos casi siempre rodeados de múltiples ruidos, especialmente de motores, y en todas las ocasiones posibles nos aturdimos con música y mantenemos un fondo sonoro permanente, con lo cual poco a poco nos olvidamos de oír con precisión.

Si alguna vez nos encontramos en un lugar alejado del ruido de una urbe, por ejemplo en un bosque, el silencio nos resultará inquietante y sólo progresivamente nos daremos cuenta de que no estamos en silencio. Poco a poco iremos adaptándonos y distinguiendo el trinar de los pájaros, el ruido de las hojas y ramas de los árboles sacudidos por el aire, el auto lejano, sonidos todos más suaves que normalmente ya no percibimos.

Así pues, si ejercitamos el oído del niño conseguiremos que él perciba con más precisión el lenguaje de las personas que le rodean y, también, lo reproduzca lo más exactamente posible. Además, con esto lograremos que reaccione con rapidez a los sonidos y llamadas suaves, y que ellos mismos no hablen alto si no es necesario.

Hay niños que tienen frecuente ronquera desde pequeños debido a que hablan gritando. A éstos no se les puede ayudar con simples medicamentos, pues requieren una educación para hablar bajo, y para ello no sirven de nada exhortaciones verbales como: "No grites así", sino que los niños han de sentir «placer» en no gritar.

Pero, cabe preguntarnos ¿cómo debemos educar el oído del niño? Bueno, hay diversas maneras de estimular y educar el oído. Tal educación no implica sin embargo, guardar ni hacer guardar silencio; pues se puede ejercitar el oído del niño haciendo ruidos y hablándole en voz alta, media y baja, estimulándolo a reaccionar ante tales emisiones. Pero también se pueden usar objetos que produzcan distintos sonidos, tales como los juguetes: sonajeros, campanillas, etc., rodeando con ellos la cuna del bebé, quien a medida que crece quiere juguetes que hacen ruido, comenzando a explorar el sonido de distintos objetos que están a su alcance.

Es bueno que los padres accedan a esos deseos, dejando que el niño capte su entorno por medio del ruido. La prueba de la importancia de esta experiencia la tenemos en la evolución de los niños de orfelinatos y casa cunas, que carecen de esa posibilidad.

Los juegos para aprender a escuchar son elementos importantes para educar el oído. También la celebración de cumpleaños y otras fiestas infantiles brindan una excelente ocasión para ello. Pero cabe destacar que los "juegos para oír" deben realizarse de una manera natural e interesante, lo que deben estar orientados a:

  • Identificar los ruidos:

- ¿Qué suena así?

- ¿Dónde se golpea?

- ¿Qué cae al suelo?, etc.

  • Distinguir el sonido agudo del grave

  • Distinguir ruidos

  • Escuchar sonidos fonéticos.

Es bueno, además, emplear libros para activar el habla y ampliar el caudal lexical del niño, favoreciendo también la formación y desarrollo del pensamiento.
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