Para Andrea, por abrir puertas




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títuloPara Andrea, por abrir puertas
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fecha de publicación07.02.2016
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–¿Una antigua novia? –preguntó Megan cuidadosamente mientras Mitch subía de prisa por la escalera.

Él miró automáticamente hacia la grada. Probablemente desde su ventajosa posición ella había observado toda la escena. Probablemente los camarógrafos y sonidistas de TV 7 que miraban desde afuera también la habían visto. Magnífico.

Se dejó caer en un asiento junto a ella.

–No durante toda esta vida.

–¿Qué sucedió? ¿Ella lo incendió en algún caso?

–Desmembrar sería la palabra –murmuró mirando hacia la pista de hielo que estaba abajo.

No quería hablar sobre la historia, no quería satisfacer la curiosidad de Megan O'Malley sobre su pasado. Fijó la vista en el lugar junto a los tableros donde la había acorralado tiempo antes. Parecía que había pasado un año y aún podía sentir el deseo de besarla, aún podía oler el aroma del queso que ella tenía en la chaqueta. Ojalá hubieran quedado suspendidos indefinidamente en aquel momento. Un pensamiento peligroso para un hombre que no estaba buscando una relación y una mujer que no salía con policías. Ya tendrían suficientes problemas para determinar quién estaba a cargo, como para agregarle sexo a la ecuación.

–Digamos que Paige Price debería sacarse su fotografía de promoción con un hacha en una mano y un cuchillo de carnicero en la otra –refunfuñó Mitch.

Con ropa interior de encaje negro y finos tacones. Megan se guardó los pensamientos para sí misma. Una observación maliciosa podía ser mal interpretada. ¿Y cómo la harías para que sea bien interpretada, O'Malley? No le importaba responder esa pregunta. No le importaba pensar en cómo Paige Price, tan alta, elegante y modelo perfecta, la hacía sentir baja, corriente y desarreglada. El aspecto encantador no era un requisito previo para su trabajo. Y aquí todo lo que importaba era el trabajo.

–¿Dónde quiere establecer el puesto de comando? –le preguntó Megan.

–El antiguo cuartel de bomberos. Está en Oslo Street, a media manzana de la estación y a otra media del departamento del alguacil. Las cocheras se usan para los carruajes de los desfiles, pero hay un par de salones de reuniones que nos pueden servir y un dormitorio arriba. Ya llamé a la compañía de teléfonos, y la oficina de equipos de Becker está llevando máquinas de escribir y fax. CopyCats está trabajando con las octavillas.

–Bien. La información que tenemos hasta ahora ya está saliendo por la teletipo del Departamento. Me puse en contacto con el Centro Nacional de Niños Perdidos y Explotados. Van a enviar una persona de apoyo desde las Cities. También el de Minnesota. Serán de gran ayuda para distribuir los volantes tanto en lo regional como en lo nacional. También le ofrecerán ayuda a la familia.

Mitch pensó en Hannah sentada en el sillón, sola, y con el corazón dolorido.

–La necesitarán.

–Le pedí a Registros una lista de todos los abusadores de niños en un radio de ciento sesenta kilómetros, y una lista de todos los informes de intento de secuestros y situaciones sospechosas relacionadas con niños en el mismo radio.

–Eso es como construir un pajar para tratar de encontrar nuestra aguja –replicó Mitch malhumorado.

–Es un lugar para comenzar, jefe. Tenemos que comenzar por algún sitio.

–Sí. Si sólo supiéramos adonde vamos.

Permanecieron sentados en silencio durante un momento. Mitch se inclinó en su butaca, con los codos apoyados sobre las rodillas, y los hombros hacia adelante. Desde su llegada no se había producido ningún crimen en Deer Lake. Robos, peleas, disputas domésticas... ésos eran los crímenes de un pueblo pequeño. Las drogas eran un trabajo pesado, pero lo que tenían aquí no era nada comparado con lo que él había visto cada día en Florida.

Se había convertido en alguien complaciente, distendido. Había bajado la guardia. Una gran diferencia con las tareas de Miami. En aquel entonces era como un caballo de carreras: músculos y nervios tensos como las cuerdas de un víolín, los instintos y reflejos como relámpagos, descargando adrenalina y cafeína. Todos los días se producía alguna crisis de magnitud, embotando su sensibilidad, hasta que el asesinato, la violencia, el robo y el secuestro llegaron a parecerle normales. Pero aquellos tiempos habían quedado atrás. Ahora se sentía torpe y lento.

–¿Trabajó en algún secuestro? –preguntó Mitch.

–Estuve en un par de búsquedas. Pero conozco el procedimiento –agregó Megan a la defensiva. Se irguió un poco en el asiento–. Es pura rutina. Si quiere que perdamos el tiempo comprobando...

–¡Sooo, Furia! –Mitch levantó la mano para detener la andanada–. Era una pregunta inocente. No estaba desestimando sus habilidades.

–Oh, lo lamento –se hundió en el asiento; el calor le subía por las mejillas.

Mitch no le dio trascendencia a la incomodidad de Megan, y volvió a mirar la pista de hielo.

–Yo estuve en cuatro.

–¿Encontraron a los niños? –ojalá no lo hubiera preguntado. Su sexto sentido... su olfato de policía... se retorcía en su interior.

–Dos –una respuesta monosilábica, pero su rostro reflejaba tragedia, decepción y las lecciones de vida más duras que deben sufrir los policías con las familias de las víctimas una y otra vez.

–No todos terminan de esa manera –aseguró Megan poniéndose de pie–. Este no. No lo permitiremos.

«No tenían mucho que decir sobre el asunto», pensó Mitch mientras se levantaba. Ésa era la terrible y cruda verdad. Podían organizar una gran búsqueda, podían utilizar todo el increíble poder del hombre, las herramientas más modernas que ofrecía la tecnología, pero aun así era una cuestión de suerte y misericordia. Alguien en el lugar adecuado, en el momento justo. El capricho de una mente y una conciencia retorcidas.

«Ella también lo sabía», pensó Mitch, pero no lo diría. Ella no se dejaría dominar por el miedo. Tenía la mandíbula apretada con obstinación, las cejas tensas sobre los ojos verdes. Mitch podía sentir la determinación que emanaba de su cuerpo y deseaba estar más cerca de ella para absorber un poco, ya que en ese momento lo único que sentía era cansancio y desilusión. No era una buena idea. Aun así, le pasó el pulgar por una mancha que tenía en la mejilla, sin duda producto de su encuentro con los sabuesos de Art Goble.

–Vamos a batir el cobre, O'Malley. Veamos si podemos cumplir esa promesa.

El laboratorio móvil y los técnicos de Operaciones Especiales llegaron casi al mismo tiempo que el helicóptero del DCC, que aterrizó en el área de aparcamiento. Mitch corrió a recibirlos. Megan condujo a los otros agentes a la pista para informarles.

–¿Qué tienes para nosotros, irlandesa?

Dave Larkin era técnico en el análisis de pruebas, de unos treinta años y un agradable aspecto de muchacho aficionado a la playa. Le encantaba su trabajo, aunque no los crímenes que lo hacían necesario, y siempre llegaba a la escena ansioso por comenzar a buscar pruebas. Era un buen tipo y un buen policía, uno de los primeros amigos de Megan, cuando ella llegó al Departamento. Si no hubiera sido por su placa y su hilera de amistosas ex novias, habría aceptado alguna de los muchas invitaciones para salir con él.

–No mucho –admitió Megan–. Suponemos que el niño fue raptado en la acera, afuera del edificio, pero no tenemos testigos para verificarlo, por lo tanto no tenemos la verdadera escena del crimen. De cualquier modo, hubo un desfile de coches en el camino y el área de aparcamiento, así que estamos buscando allí. En cuanto a las pruebas, tenemos la mochila de Josh Kirkwood, que la dejamos donde la encontramos, y esta nota, que estaba en la mochila. –Megan le entregó a Dave una bolsa de plástico en la que se veía una nota. Él la leyó y frunció el entrecejo.

–Dios mío, un caso de un maniático.

–Cualquiera que rapta a un niño en la calle es un maniático, deje o no una nota –comentó Hank Welsh, un fotógrafo de Operaciones Especiales. Los demás asintieron con seriedad.

Dave continuó estudiando la nota, disgustado.

–Esto no es mucho, muchachita. Parece una impresión láser sobre papel común y corriente. Le haremos pruebas con ninidrina y láser de iones de argón, pero las probabilidades de obtener una impresión digital de esto... Es más probable que los Mets ganen el próximo campeonato mundial.

–Haz lo que puedas –le respondió Megan–. Ahora nuestras prioridades son intervenir el teléfono de los Kirkwood y montar rápidamente el puesto de comando. Ustedes muchachos de gráfica... sé que en este momento parece inútil, ya que no pudimos preservar la escena, pero me gustaría que fotografiaran y filmaran afuera. Más tarde será muy útil.

–Tú eres la jefa –respondió Hank sutilmente.

Megan lo miró seria. Welsh era fornido, de rostro rubicundo y marcado por una larga batalla con un acné de la adolescencia. Estaba más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, y no se lo veía muy complacido de estar allí. Megan se preguntaba si era ella o el caso lo que le daba ese aspecto de un hombre con una animosidad crónica.

Los técnicos se encaminaron hacia las puertas, pero Dave Larkin se quedó un momento y apoyó una mano sobre el hombro de Megan.

–Los rumores dicen que Marty Wilhelm quería el trabajo de Leo –le comentó en voz baja–. ¿Lo conoces? Es un muchacho de Operaciones Especiales.

Megan negó con la cabeza.

–Marty está comprometido con la hija de Hank, etcétera, etcétera.

–Oh. Bueno.

–No te preocupes. Hank conoce su trabajo y lo hará bien –le sonrió–. Me alegro de que obtuvieras este destino. Lo mereces.

–En este momento no sé si eso es un cumplido o una maldición.

–Es un cumplido... y no te lo hago con el propósito de que salgas conmigo. Eso será una bonificación.

–Sueñas demasiado, Larkin.

Impermeable a los rechazos, Dave continuó como si ella no hubiera hablado.

–Yo no soy el único que está de tu parte, irlandesa. Mucha gente cree que es magnífico que lo hayas obtenido. Eres una pionera.

–No quiero ser una pionera; quiero ser policía. A veces pienso que la vida sería más fácil si tuviera un sexo neutro.

–Sí, ¿pero cómo decidiríamos quién lleva a quién en un baile?

–Nos turnaríamos –le contestó abriendo la puerta–. No tengo el deseo de pasar toda mi vida bailando hacia atrás.

Una vez fuera, la sonrisa de Dave desapareció.

–¿Cuántos muchachos te enviarán de la Regional para la investigación?

–Quizá quince.

–Tendrás por lo menos diez voluntarios más. Esta clase de cosa hace sonar muchas campanas. Si los niños no están seguros en las calles de un pueblo como éste... Y si no podemos atrapar a la escoria que hace estas cosas, ¿qué clase de policías somos?

«Policías desesperados. Policías asustados». Megan se guardó la respuesta y miró a su alrededor. Enfrente, todas las luces de las entradas de las casas estaban encendidas. Vio a un par de los policías de Mitch que iban de casa en casa. Del otro lado, los destellos de las linternas subían y bajaban como luciérnagas en la oscuridad. Arriba, el ruido de los rotores de los helicópteros rompía la calma de la noche. Y en algún lugar una persona sin rostro tenía el destino de Josh Kirkwood en sus manos.

La desesperación y el miedo apenas comenzaban a cubrir los sentimientos que inspiraban ese pensamiento.
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