Para Andrea, por abrir puertas




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títuloPara Andrea, por abrir puertas
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fecha de publicación07.02.2016
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Día 2
4.34 -11°C


Paul entró su Célica en el garaje, detuvo el motor y se quedó allí sentado, observando las bicicletas que él había colgado en la pared hasta que pasara el invierno. Dos bicicletas de montaña y otra nueva que Josh había recibido en su cumpleaños. La bicicleta del niño era negra, con vivos púrpura y amarillo. Las ruedas eran como grandes ojos que lo miraban fijo.

Josh. Josh. Josh.

A las cuatro de la mañana habían reunido al grupo de búsqueda, y le pidieron que a las ocho regresara al antiguo cuartel de bomberos. Helados hasta los huesos, agotados, descorazonados, los delegados, patrulleros y voluntarios habían regresado al área de aparcamiento del patinódromo.

Paul podía verse a sí mismo como si estuviera mirando una película: agitando los brazos furioso y con el rostro contraído mientras seguía a Mitch Holt.

–¿Qué demonios sucede? ¿Por qué no continúan? ¡Josh aún está ahí afuera!

–Paul, no podemos forzar a la gente más allá de la resistencia humana –la gente estaba junto al Explorer de Holt, y él trató de colocarse entre Paul y las personas que andaban por ahí–. Han estado aquí toda la noche. Todo el mundo está congelado y cansado. Es mejor que nos detengamos ahora, descansemos y volvamos a empezar cuando podamos trabajar con la luz del día.

–¿Quiere dormir? –gritó Paul, incrédulo, deseando que lo oyera el mundo entero. Todas las cabezas giraron hacia ellos–. ¿Va a dejar a mi hijo por ahí con un loco para que la gente pueda ir a casa a dormir? ¡Esto es increíble!

Aquellas palabras llegaron a oídos de la gente de prensa que no había regresado a las cálidas habitaciones de los hoteles, y se acercaron como una nube de mosquitos que había olido sangre. Holt se puso furioso por la suerte de conferencia de prensa que eso ocasionó, pero a Paul no le importaba lo que podía agradar a Mitch Holt. Paul quería que su dolor y su desesperación estuvieran documentados para que todo el mundo pudiera verlos.

Ahora se sentía vacío. Le temblaban las manos sobre el volante forrado de cuero. El corazón le latía un poco más rápido y le parecía que se le subía a la garganta y no podía respirar. En algún lugar a la distancia, un helicóptero pasaba sobre los techos.

Josh. Josh. Josh.

Bajó rápidamente del coche, pasó junto a la capota de la camioneta de Hannah, subió los escalones y entró en la habitación desordenada. Las luces de la cocina estaban encendidas. Un extraño estaba sentado a la mesa, ojeando una revista y bebiendo café en un jarro grande del Festival del Renacimiento. Miró con atención a Paul cuando entró en la habitación quitándose el abrigo.

–Curt McCaskill, DCC –le mostró una identificación, conteniendo un bostezo.

Paul se inclinó sobre la mesa y la estudió, y luego miró al agente de manera sospechosa, como quien no creyera que el hombre en cuestión era quien le había dicho que era. McCaskill soportó el examen con paciencia. Tenía los ojos celestes y el pelo rojo. Llevaba puesto un jersey multicolor que se parecía a la pantalla de barras de colores de la televisión.

–¿Y usted es...? –le preguntó el agente a Paul.

–Paul Kirkwood. Vivo aquí. Ésa es mi mesa, el café que está tomando es mi café y es mi hijo el que sus colegas deberían estar buscando si no fueran tan holgazanes.

McCaskill frunció el entrecejo mientras rodeaba la mesa para estrechar la mano de Paul.

–Lamento lo de su hijo, señor Kirkwood. ¡Han suspendido la búsqueda sólo durante lo que queda de la noche!

Paul fue hasta el armario, sacó una taza y la llenó de café. Estaba amargo y fuerte; sintió que se acumulaba en su estómago como aceite usado de automóvil.

–Dejaron a mi hijo ahí afuera Dios sabe para qué –musitó Paul.

–A veces es mejor si pueden volver a empezar habiendo descansado –respondió McCaskill.

Paul miró el diseño del suelo de vinilo como si nunca lo hubiera visto.

–Y a veces llegan demasiado tarde.

El refrigerador comenzó a funcionar en el profundo silencio y la máquina de hacer hielo a rechinar.

Josh. Josh. Josh.

–Ah... estoy aquí para intervenir su teléfono –explicó McCaskill, evitando el tema de las búsquedas–. Todas las llamadas serán grabadas, en caso que el secuestrador pida un rescate. Y podremos rastrearlas.

Kirkwood no parecía tener ningún interés en la tecnología. Continuó mirando el suelo durante otro minuto y luego levantó la cabeza. Parecía un cacharro que necesitaba una reparación. Tenía los ojos enrojecidos, el rostro tenso, la piel pálida. Cuando apoyó la taza sobre la mesa le temblaban las manos. Pobre tipo.

–¿Por qué no se da una ducha caliente, señor Kirkwood? Luego descanse un poco. Yo lo llamaré si sucede algo.

Sin decir una palabra, Paul se volvió y fue hacia la sala de estar, donde había una lámpara encendida. Pasó junto al sofá y saltó cuando Karen Wright se sentó, pestañeando despeinada. Un cubrecama rojo brillante cayó sobre su falda mientras ella se tomaba con una mano del respaldo del sofá para mirarlo. Se pasó la otra mano automáticamente por el fino pelo rubio ceniza, y éste volvió a su lugar como una cortina de seda, debido al corte clásico que apenas le llegaba a los delgados hombros.

–Hola, Paul –murmuró–. Natalie Bryant me llamó para que viniera a quedarme con Hannah. Lamento lo de Josh.

La miró fijo tratando de asimilar su repentina aparición en la sala.

–Todas las mujeres del barrio nos estamos turnando.

–Oh, bien –musitó Paul.

Ella frunció el entrecejo, sus labios de mujer formaban parte de un rostro oval de finos rasgos. Con el rabillo del ojo pudo ver a McCaskill que había vuelto a sentarse a la mesa de la cocina y retomado la lectura de una revista.

–¿Te sientes bien? –preguntó ella–. Deberías ir a descansar.

–Sí –respondió Paul. Los latidos de su corazón eran irregulares y le daba vueltas la cabeza. Josh. Josh. Josh–. Ya voy.

Se volvió mientras le respondía, esforzándose por no salir corriendo de la habitación. Estaba sudando como un caballo, aunque le corrían temblores por el cuerpo. Se sacó el jersey y lo dejó caer en el pasillo. Sus dedos temblaban al desabotonar su camisa Pendleton. Los temblores avanzaban como los estremecimientos que preceden a un terremoto. El corazón se aceleró. Le latía la cabeza.

Josh. Josh. Josh.

Entró tropezando en el cuarto de baño, con la camisa sobre un hombro. Se arrodilló frente al inodoro, sintió náuseas y todo su cuerpo se convulsionó haciendo un esfuerzo para vomitar. En el tercer intento salió el café, pero no tenía nada más en el estómago. Apoyó la cabeza en el antebrazo y cerró los ojos. La imagen de su hijo latía tras sus párpados.

Josh. Josh. Josh.

–Oh, Dios mío, Josh –sollozó.

Las lágrimas brotaron calientes, escasas, comprimidas. Cuando terminó de llorar, se levantó y terminó de desvestirse, dobló la ropa con prolijidad y la colocó en el cesto, sobre media docena de toallas húmedas. Entró en la bañera temblando como una víctima paralizada y dejó que el agua caliente le quitara el frío de los huesos. El agua le golpeó la piel como si fuera granizo, llevándose el sudor y las lágrimas. Después de secarse y dejar la toalla, se puso la bata negra que estaba colgada atrás de la puerta y salió al pasillo. La puerta de la habitación de Lily estaba entreabierta y un rayo de luz del pasillo caía sobre la alfombra rosada. Más lejos, la puerta de la habitación de Josh estaba abierta.

Todo en la habitación indicaba niño. Un amigo de Hannah había pintado imágenes de diferentes deportes en todas las paredes. En la pared más importante había una lámina de Kirby Puckett, un beisbolista de los Twins. Entre las ventanas había un pequeño escritorio con libros y muñecos articulados. En otra de las paredes estaban las literas.

Hannah estaba sentada en la cama de abajo, apoyada sobre sus largas piernas, aferrando un dinosaurio. Observó a Paul mientras éste encendía una pequeña lámpara de la mesilla de noche. Deseaba que le sonriera y extendiera los brazos mientras le decía que habían encontrado a Josh sano y salvo, pero sabía que eso no sucedería. Paul se veía viejo y ojeroso, una visión anticipada de cómo se vería dentro de veinte años. Con el cabello mojado hacia atrás, los huesos de la cara le sobresalían indecentemente.

–Interrumpieron la búsqueda hasta mañana.

Hannah no dijo nada. No tenía la energía ni el corazón para preguntar si habían encontrado alguna pista. En todo caso Paul lo diría. Él sólo la miró. El silencio habló por sí mismo.

–¿Dormiste?

–No.

«Tenía el aspecto de no haber dormido», pensó Paul. El cabello estaba encrespado en toda su cabeza, y el maquillaje y la fatiga le habían dejado marcas oscuras bajo los ojos. Se había cambiado la ropa y se había puesto una de las batas de Paul, una color azul que su madre había hecho para él hacía unos años. Paul se negó a usarla. Él había trabajado duro para poder tener algo mejor que lo que podía ofrecer el mercado de baratillo. Pero Hannah se negó a tirarla. La guardó en su armario y la usaba de vez en cuando. «Para fastidiarlo», pensó Paul, pero esta noche ignoró la cuestión.

Se la veía vulnerable. Vulnerable era una palabra que Paul casi no usaba para describir a su esposa. Hannah era una mujer de los años noventa: inteligente, capaz, fuerte, igual. Ella no lo necesitaba. Podía vivir tan bien con él como sin él. Era exactamente la clase de mujer con la que había soñado casarse. Una mujer de la que pudiera sentirse orgulloso. Una mujer que no fuera la sombra, la esclava o el felpudo de su esposo.

Cuidado con lo que deseas... La voz de su madre susurraba en su mente. La acalló con el mismo éxito conque siempre la había hecho callar a ella.

–Estuve sentada aquí –murmuró Hannah–. Quería sentirme cerca de él.

Le temblaba el mentón y cerró los ojos. Paul se sentó en el borde de la cama y le tocó la mano. Tenía los dedos fríos como hielo. Se los cubrió con los de él, pensando que siempre había sido fácil tocarla. Hubo una época en la que se deseaban locamente. Al parecer habían pasado muchos años.

–Acerca de... cuando me dijiste... –se interrumpió, suspiró y volvió a intentarlo–. Lamento haberte agredido. Quería culpar a alguien.

–Lo intenté –susurró casi para sí misma, con lágrimas en las pestañas–. Me esforcé tanto.

Para ser una buena esposa. Para ser una buena madre. Para ser una buena médica. Para ser una buena persona. Para ser todo para todos. Se esforzó tanto y la mayor parte del tiempo pensó que lo había logrado. Pero debía de haber cometido algún error para tener que pagarlo de esta manera.

–Shhh... –Paul le sacó el dinosaurio de las manos y la abrazó, y dejó que llorara sobre su hombro. Le acarició la espalda y sintió deseos de una mayor intimidad–. Shhh...

Le besó el cabello y aspiró su aroma. Escuchó el suave sollozo, la sintió apretada a él y el deseo se esparció a través de él como si fuera humo. Ahora Hannah lo necesitaba. La supermujer. La doctora Garrison. Ella no necesitaba los ingresos, los amigos ni la posición social de Paul. Ni siquiera necesitaba su apellido. Él era superfluo en la vida de Hannah. Él era la sombra, un don nadie. Pero ahora ella lo necesitaba. Lo abrazó con fuerza.

–Vamos a la cama –susurró Paul.

Hannah dejó que la ayudara a levantarse de la cama de Josh para ir por el pasillo hasta su dormitorio. No protestó cuando él le sacó la bata y le besó el costado del cuello. Suspiró profundamente cuando le acarició los pechos. Se había sentido tan sola toda la noche. Emocionalmente abandonada. Exiliada. Necesitaba tanto sentirse amada, consolada, perdonada.

Ella giró la cabeza y le rozó la boca, invitándolo a besarla, presionando los pechos contra el cuerpo de él, arqueando la espalda mientras él bajaba la mano acariciándole la espalda. El deseo dejó de lado el miedo durante unos momentos. Suspendió el tiempo y ofreció un refugio. Hannah lo tomó con alegría, voracidad, desesperación. Llevó a Paul a la cama, deseando sentir su peso sobre ella. Se abrió a él mientras la penetraba, deseando sentirlo adentro de ella. Lo abrazó mientras él se arqueó una y otra vez, no deseando otra cosa que el contacto, la ilusión de intimidad. Y cuando todo acabó, cerró los ojos, apoyó la cabeza sobre su hombro, deseando que esta escena de intimidad pudiera durar. Pero no podía. Ni siquiera esta noche, cuando anhelaba aferrarse a algo con tanta desesperación.

¿Qué nos pasó, Paul?

Ella no sabía cómo preguntar. Aún no podía creer que la distancia y el resentimiento que había entre ellos fueran reales. Todo parecía un mal sueño. Habían sido tan felices. La pareja perfecta. La familia perfecta. La vida perfecta de la doctora Hannah Garrison. Ahora su matrimonio se estaba desmoronando como una construcción barata y su hijo había sido robado. Robado... raptado. Dios, qué pesadilla.

Cerró los ojos con más fuerza ante este pensamiento, el agotamiento ganando al fin la partida; entonces ella se deslizó desde esa pesadilla a una bendita oscuridad.

Paul supo el instante en que ella se durmió. Se aflojó la tensión del brazo que había apoyado sobre el pecho de Paul. Su respiración se hizo más profunda. Él estaba allí boca arriba, mirando el techo, sintiéndose atrapado en medio de un juego surrealista. Su hijo ya no estaba. Mañana a esta hora Josh Kirkwood sería una palabra familiar en todo el estado. Los periódicos pondrían su fotografía en todas las portadas, junto con la apasionada súplica que había formulado Paul a las cuatro de la mañana en el área de aparcamiento: ¡Por favor, encuentren a mi hijo!

Josh. Josh. Josh.

Sus ojos ardían mientras miraba el cielo sin estrellas. Y el juego continuaría. Segundo acto. Su esposa yacía desnuda en sus brazos horas después de que su amante hiciera lo mismo. Arriba, las hélices de los helicópteros agitaban el aire de la noche.
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