Para Andrea, por abrir puertas




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títuloPara Andrea, por abrir puertas
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fecha de publicación07.02.2016
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Registro diario
Día 2


ACTO 1: Caos y pánico. Predecible y patético. Observamos, disfrutando por sus inútiles apremios. Ir rápidamente a ninguna parte. Aferrarse a la oscuridad. Encontrar sólo su propio miedo.

Pero, ¿existe otro consuelo?

Al hombre le encanta... lo que desaparece;

¿Qué otra cosa se puede decir?


9

Día 2
7.30 -11°C


El antiguo cuartel de bomberos del centro de Deer Lake estaba lleno de oficiales de la policía, voluntarios, gente de los medios y vecinos que habían ido por temor y mórbida curiosidad. Mitch llegó bañado y afeitado; había tomado el café por el camino.

Había esperado encontrar el cuartel en un estado de caos, y se había preguntado de dónde sacaría paciencia para enfrentarse a él, sin embargo se encontró con un sentido del orden en esta locura. El puesto de comando se montó en una de las dos habitaciones comunitarias que se utilizaba como club y lugar de reuniones desde que el departamento de bomberos se había trasladado a Ramsey Drive. Los seis teléfonos ya estaban instalados en una larga fila de mesas. Dos de ellos ya estaban siendo atendidos. En la pared opuesta ya estaban las máquinas fotocopiadoras y de fax. En otra mesa larga, los voluntarios estaban apilando los volantes con la fotografía y los datos importantes de Josh que se habían preparado durante la noche.

Mitch se dirigió a la habitación donde estaban tomando café y comiendo rosquillas los que volvían o se incorporaban a la búsqueda. Esta habitación serviría como lugar de reunión y centro de operaciones para los medios. Las paredes estaban pintadas de verde, un color de la liquidación de la ferretería de Hank de 1986. El matiz mohoso hacía juego con el olor a humedad del viejo linóleo y del polvo. Dos docenas de manos realizadas con papel para planos decoraban la pared que estaba atrás del podio, en el frente de la habitación, la promesa de las 4 H estaban garabateadas sobre ellas con trazos de color. Cada macabra obra maestra estaba firmada por el artista y marcada con su edad. La habitación ya estaba atestada de periodistas, fotógrafos y camarógrafos de diarios, radio y televisión de todo el estado. Un fotógrafo estaba a un metro de la pared realizando rebuscadas tomas de las manos. Un reportero de televisión estaba junto a otra pared, al lado del panel de nudos de los boy scouts, mirando seriamente la lente de una cámara de vídeo mientras desgranaba tópicos sobre Norman Rockwell y todas las familias norteamericanas.

El rango de aquéllos que venían a documentar la tragedia solo aumentaría mientras durara la búsqueda. Por lo menos durante la semana siguiente... si duraba tanto. Mientras continuara la búsqueda estarían constantemente al pie del cañón, buscando la noticia, la exclusiva, el ángulo único.

«Malditos parásitos», pensó Mitch mientras pasaba entre los reporteros, frunciendo el entrecejo y gruñiendo ante las preguntas que le gritaban.

En el frente de la habitación, Megan estaba supervisando el comienzo de la conferencia de prensa, dirigiendo la ubicación del podio, de una pantalla, y un proyector. Se volvió hacia un reportero que se había acercado demasiado, con los labios tensos.

–Por sexagésima vez, Mr. Foster, la conferencia de prensa no comenzará hasta las nueve –le dijo de manera terminante–. Nuestra prioridad es encontrar a Josh Kirkwood. Si aún está en el vecindario, tenemos que organizar a esta gente y reanudar la búsqueda.

Henry Foster, periodista del Star Tribune desde la época de la linotipia, tenía cara de perro dogo, cabeza calva adornada con manchas hepáticas y largos mechones de pelo gris peinados en forma horizontal. Sus gafas bifocales, sucias, con montura de asta, estaban calzadas abajo de unas cejas tan espesas que debían tener su propio código postal. Era un viejo caballo de guerra cuyas caderas se habían ensanchado durante los últimos años para dar una buena base de sustento a su abdomen que parecía una enorme pelota.

Megan podría haber pensado que había dormido sin quitarse su pantalón marrón y su camisa blanca barata, pero por conocimiento del pasado sabía que Henry siempre estaba desaliñado.

Las cejas le subían hasta la frente.

–¿Eso quiere decir que creen que el niño fue sacado de esta zona?

Dos de sus colegas lo oyeron y se acercaron, como ratas husmeando una prometedora migaja.

Megan los detuvo con una mirada que hubiera podido incinerar a un ser humano. Se volvió para mirar a Henry, que se encontraba tan cerca de ella que el aroma del Old Spice le irritó la nariz. Él no retrocedió. Continuó mirándola a los ojos esperando una respuesta.

«Sin duda estaba esperándola», pensó Megan. Foster tenía una antigüedad y unos antecedentes que habían llenado su oficina con premios, que según afirmaba utilizaba como pisapapeles o ceniceros. Los políticos se acobardaban ante la mención de su nombre. La pandilla del DCC maldecía el día en que él había nacido.... Henry Foster había sido el que había destapado el asunto del acoso sexual en el Departamento el otoño anterior. Era el último hombre que Megan quería que le pisara los talones. La presión de este caso sería suficiente sin que las gafas de Henry Foster persiguieran cada uno de sus movimientos.

No muestres temor, O'Malley. Él puede oler el temor... aun con esa loción para después de afeitarse.

–Eso significa que el oficial Noga va a escoltarlo afuera de esta habitación si no sale del camino –le respondió sin vacilar.

Le dio la espalda a Foster y él bufó con la afrenta. Una de las periodistas que se había quedado en las sombras esperando una migaja murmuró: «maldita bruja». Megan se preguntó si se atreverían a hacer comentarios de desprecio atrás de la fornida espalda de Noga. Aferró la manga del oficial, y él la miró con los ojos enrojecidos y legañosos.

–Oficial Noga, ¿podría sacar a estas comadrejas de la prensa del camino antes de que les arranque las tráqueas y me las coma como desayuno?

Él miró a los reporteros con el entrecejo fruncido.

–Délo por hecho, señorita... agente.

–No quisiera ofender –murmuró Mitch ocupando el lugar que Noga había dejado vacante–, pero creo que hoy no se ha ganado ningún punto de Miss Simpatía.

–Miss Simpatía es un alfeñique –replicó Megan–. Además ninguno de nosotros está aquí para un desfile de belleza.

Mitch hizo una mueca.

–Confusión de géneros. No permita que los muchachos de Pioneer Press oigan eso.

–Creo que ellos ya tienen sus teorías.

–¿Durmió un poco?

La pregunta parecía fuera de lugar. A Mitch le parecía que ella había pasado por la misma rutina matinal mínima que él. Se había cambiado el pantalón por uno de abrigo y llevaba un jersey grueso de pescador irlandés sobre una camisa. Tenía el pelo negro limpio y cepillado hacia atrás y recogido en una cola de caballo. El maquillaje era escaso y no le cubría las manchas violetas que tenía bajo los ojos.

Ella lo miró a los ojos y le respondió:

–¿Quién necesita dormir cuando sólo se puede dar una ducha helada? Mi apartamento no tiene servicios. Me depilé las piernas con la luz de una linterna, di de comer a mis gatos y regresé aquí. ¿Y usted?

–Yo tengo un perro y agua caliente –le respondió rodeando el extremo de la mesa–. Y me dejo las piernas peludas, gracias ¿Su gente averiguó algo?

–¿Además de diez páginas de degenerados conocidos? No.

Mitch sacudió la cabeza, y sintió náuseas al pensar que había tantos malditos desgraciados robando niños en los ciento ochenta kilómetros de su pueblo... y de su hija. El mundo se está convirtiendo en una letrina. Aun en la zona rural de Minnesota podía sentir que el estiércol se le pegaba en los zapatos. Era como si durante la noche alguien hubiera abierto las compuertas de las cloacas.

Miró a la multitud mientras pasaba por atrás del podio: algunos hombres de su oficina y del departamento del alguacil, bomberos voluntarios, ciudadanos preocupados, estudiantes del Harris College que estaban en el pueblo pasando las vacaciones de invierno. Lo que vio en sus rostros fue determinación y temor. Uno de los suyos había sido robado y estaban allí para hacerlo regresar. Mitch deseaba creer que lo harían, pero por experiencia deseaba que no realizaran su trabajo.

Aun así, subió y puso cara de jugador. Arengó a las tropas, impartió órdenes y habló como un líder. Entrecerró los ojos por el brillo de las luces de la televisión, y pensó que probablemente pareciera decidido en lugar de ciego.

Las cámaras comenzaron a filmar, sin esperar la conferencia de prensa, sin querer perder nada del drama. Los flashes de las cámaras de los fotógrafos de los periódicos resplandecían con intervalos irregulares cuando fotografiaban a los policías y la multitud. Los reporteros escribían con rapidez. En una de las sillas de la primera fila, Paige Price estaba sentada con sus largas piernas cruzadas y una libreta en la falda. Miraba a Mitch con una expresión seria, mientras su camarógrafo se arrodillaba frente a ella y le hacía un primer plano. Todo funcionaba debidamente.

En la pantalla de proyección apareció un mapa del Park County, con el área dividida en sectores por líneas rojas que Mitch y Russ Steiger habían trazado a las cinco de la mañana. Numeraron a los equipos de búsqueda y les asignaron sectores. Les dieron instrucciones técnicas tales como qué buscar, cuándo llamar la atención del jefe del equipo. Mitch pasó el micrófono a Steiger, quien agregó órdenes y detalles para los delegados del SO, los voluntarios y los miembros del club de vehículos para nieve, que buscarían en las zonas arboladas de las afueras del pueblo.

La fotografía de Josh se proyectó en la pantalla, mientras se entregaban volantes a todos los presentes, incluyendo a la gente de los medios. Todos se quedaron quietos. Las conversaciones y murmullos cesaron. El ruido de los papeles se desvaneció. El silencio era tan pesado como un yunque, el suave zumbido de las cámaras de vídeo parecía amplificarlo. Todos los ojos, todos los pensamientos, todas las oraciones, todos los latidos de los corazones estaban concentrados en la pantalla. Josh los miraba con su sonrisa resplandeciente, a la que le faltaban algunos dientes, con el pelo castaño rizado; con cada peca que era una marca de inocencia, un símbolo de la juventud como lo era el uniforme del club de exploradores que usaba con tanto orgullo. Los ojos le brillaban con entusiasmo por todo lo que la vida tenía para ofrecerle.

–Éste es Josh –dijo Mitch con calma–. Es un buen muchacho. Muchos de ustedes tienen niños como él. Amistoso, servicial, un buen estudiante. Un niñito feliz e inocente. Le gustan los deportes y jugar con su perro. Tiene una hermanita que se pregunta dónde estará. Sus padres son buena gente. La mayoría de ustedes conoce a su madre, la doctora Garrison. Muchos de ustedes conocen a su padre, Paul Kirkwood. Ellos quieren de vuelta a su hijo. Hagamos todo lo posible para que eso suceda.

Durante un momento todo quedó en silencio, luego Russ Steiger, con voz ronca, ordenó a sus hombres que salieran y los equipos de búsqueda comenzaron a dejar la habitación. Mitch deseaba ir con ellos. La carga del rango se lo impedía. Su trabajo era tratar con la prensa y el alcalde y el consejo del pueblo. A menudo, la posición de jefe tenía menos que ver con el trabajo intrínseco de la policía en el que se había ido haciendo y más que ver con la política que nunca le había importado. Él era policía de corazón. Y uno muy bueno en otro tiempo.

Su mirada se dirigió involuntariamente hacia Paige Price. Ella lo advirtió con tanta rapidez como una trucha se traga una mosca, se puso graciosamente de pie y se dirigió hacia él, mientras sus colegas hacían notas y murmuraban en sus grabadores.

–Mitch –Paige llegó al podio y apagó hábilmente el micrófono. Su expresión era perfecta, la contrición era el toque correcto para el momento–. Sobre lo de anoche... No quisiera que hubiera malos entendidos entre nosotros.

–Estoy seguro de que no –le respondió Mitch con frialdad–. Evite que la lastimen.

Paige lo observó con esa mirada herida con la que había derretido más de una pared de resistencia masculina. Pero a Mitch Holt no le interesaba comprar, y ella lo llamó mentalmente hijo de puta. Con su exclusiva de la noche anterior había ganado el elogio del director del noticioso y del dueño del canal. Su agente tenía dos palabras para la primicia: muchos dólares. Si ella podía mantenerse a la delantera de esta historia significaría una gran cantidad de dinero y quizás una oferta de uno de los afiliados más grandes de la cadena. Ella aspiraba a Los Ángeles. Los Ángeles, tibio y soleado. No importaba dónde fuera, dejaría este refrigerador dejado de la mano de Dios. Pero Mitch Holt se interponía en su camino, un caballero mancillado y golpeado que sostenía ideales anticuados.

–Lamento que piense que es mi única motivación –murmuró–. No soy una carroñera, Mitch. Es verdad, quiero una historia de todo esto, como cualquier otro reportero de los que están aquí. Pero mi primera preocupación es este pobre niño.

Mitch no parpadeó.

–Guárdelo para la familia Nielsen.

Paige se mordió la punta de la lengua. Por el rabillo del ojo vio que Henry Forster del Star Tribune pasaba entre la gente para acercarse a ellos. Sintió que su mirada furiosa la quemaba. Forster detestaba que alguien de la televisión le quitara una primicia, pero más odiaba que se la quitara una mujer de la televisión. Pero antes de que Forster pudiera interrumpirlos, la agente O'Malley entró en escena.

–La conferencia de prensa comenzará enseguida, señorita Price –le dijo, alejando a Paige del podio–. ¿Por qué no toma una taza de café y una rosquilla?

La sugerencia fue acompañada por una sonrisa forjada en acero. Paige miró de arriba a abajo a Megan O'Malley, disfrutando la interrupción de esta mujer que venía a ayudar al hombre que la empequeñecía. Los miró a los dos especulando. Ninguno de los rostros demostraba nada, lo cual, según el pensamiento de Paige, demostraba mucho. Se marchó en dirección a la cafetera, con una mano levantada, en un falso gesto de rendición.

–Y que todo se te vaya a las caderas –murmuró Megan por lo bajo, regresando a su sitio en la mesa de entrada. Mitch la miró serio y ella frunció el entrecejo–. La falta de sueño no me permite ser caritativa.

Mitch levantó las cejas, acomodó sus papeles y probó el micrófono.

La conferencia de prensa brindó muy poca información. No tenían sospechosos. No tenían pistas, sólo la nota que había dejado el secuestrador y Mitch no divulgaría su contenido ya que esto podría comprometer la investigación. Su anuncio oficial fue que el Departamento de Policía de Deer Lake, junto con otras agencias estaban haciendo todo lo posible para encontrar a Josh y atrapar a su raptor.

Russ Steiger agregó que el departamento del alguacil trabajaría contra reloj. Él supervisaría personalmente la búsqueda en el terreno, una declaración hecha con tono de engreimiento. Rudy Stovich, abogado del Park County pidió que se aplicara todo el peso de la ley. Megan comentó la línea acostumbrada del Departamento, ofreciendo apoyo, laboratorio y archivos a todos los requerimientos de los departamentos de policía y del alguacil.

Luego comenzó el frenesí. Los reporteros clamaban atención, formulando preguntas a los gritos, tratando de taparse unos a otros.

–¿Es verdad que están buscando a un degenerado conocido?

–¿Los padres harán declaraciones?

–¿Llamaron al FBI?

–Están al tanto de la situación –respondió Mitch, satisfaciendo el último fuego de artillería–. Ya tenemos a tres agencias trabajando en el caso. Tenemos todos los recursos del DDC a nuestra disposición. Por el momento no creemos que Josh haya sido sacado de la zona. Si la probabilidad de un vuelo interestatal crece, entonces llamaremos al FBI. Mientras tanto, creo que las agencias involucradas están muy bien equipadas para enfrentar la situación.

–¿Es común que los niños de ocho años queden sin supervisión en el patinódromo?

–¿Se han producido otros incidentes previos de vejación de niños en Deer Lake?

–¿Es verdad que la madre del niño simplemente olvidó pasar a buscarlo por el patinódromo?

A Mitch se le endureció el rostro de furia y respondió al reportero del
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