Para Andrea, por abrir puertas




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títuloPara Andrea, por abrir puertas
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fecha de publicación07.02.2016
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Pionner Press:

–No hay nada simple en este caso. La doctora Garrison estaba tratando de salvar una vida en sala de emergencias. Ella no olvidó simplemente a su hijo y no hay que hacer que se sienta responsable del rapto.

–¿Qué hay de cierto en la declaración del padre acerca de que el administrador del patinódromo y el entrenador deberían ser declarados responsables? ¿Y usted, jefe Holt? –preguntó Paige–. ¿Se siente responsable?

Él la miró sin parpadear.

–De alguna manera, sí. Como jefe de policía, es mi responsabilidad mantener seguros a los ciudadanos de este pueblo.

–¿Es una filosofía estrictamente personal o sus sentimientos están relacionados con la culpa por su...

–Señorita Price –pronunció su nombre con los dientes cerrados–. Creo que anoche dejé perfectamente aclarado que este caso no debe ser relacionado con ningún otro. Estamos aquí para hablar sobre Josh Kirkwood y los esfuerzos para encontrar a Josh Kirkwood. Punto.

Megan observó el intercambio de palabras, con su atención concentrada en Mitch. Pensó que podía sentir la furia que vibraba alrededor de él. Algo en la postura defensiva de sus hombros, la línea tensa de los labios, la hizo sentir como si Paige Price lo hubiera golpeado en una zona baja. Megan se dijo a sí misma que sólo era su sentido de la justicia el que respondería, sólo la lealtad que sentiría hacia cualquier otro policía. Se puso de pie para alejar el fuego de él.

–En nombre del DCC quisiera enfatizar lo que el jefe Holt está diciendo. Es esencial que mantengamos la concentración en Josh Kirkwood. Es esencial que mantengamos la atención de sus lectores, oyentes y televidentes en Josh. Necesitamos que esté en los corazones y las mentes de todos aquéllos a los que podamos llegar. Les pedimos especialmente que su fotografía reciba la máxima exposición. Para ustedes, la gente de radio: den una descripción detallada de Josh y de lo que llevaba puesto. Si existe una probabilidad de que alguien lo haya visto, necesitamos hacer todo lo posible para asegurarnos de que esa gente reconozca a Josh como la víctima del rapto.

–Agente O'Malley, ¿es verdad que ayer fue su primer día de trabajo en Deer Lake?

Miró a Henry Forster con seriedad, y se maldijo a sí misma por haberle dado esa información a Paige Price la noche anterior.

–No veo qué tiene que ver eso con lo que acabo de decir.

Él se encongió de hombros sin disculparse.

–Eso también es noticia.

Una gran cantidad de cabezas asintieron demostrando su acuerdo. Para no ser eclipsada por su rival, Paige volvió a ponerse de pie.

–Señorita O'Malley, ¿podría decirnos cuántas mujeres tienen cargos de agentes en el DCC?

–Agente O'Malley –la corrigió con firmeza.

Esto era lo único que le faltaba, una puta con horas de vuelo nocturno metida en su caso. Ya podía imaginar la presión sanguínea de Bruce DePalma subiendo hasta el cielo. Respiró lentamente y se esforzó por encontrar una manera diplomática de decirle que dejara de joder.

–Hay una buena cantidad de agentes femeninas en el departamento.

–En trabajos de oficina. ¿Y en las calles?

Mitch alejó a Megan del micrófono.

–Si ninguno de ustedes tiene más preguntas relacionadas directamente con el secuestro de Josh Kirkwood, tendremos que terminar esto ahora. Estoy seguro de que todos comprenderán que tenemos muchos deberes más importantes que atender. Tenemos un niño perdido, y cada segundo que perdemos es importante. Gracias.

Apagó el micrófono y señaló con la cabeza una puerta lateral a Megan, por la cual podrían salir de la habitación sin tener que pasar entre la multitud. Megan se fue rápidamente, advirtiendo que Steiger y el abogado del condado se quedaban atrás para atraer cualquier resto de atención. Los reporteros corrieron adelante para obtener alguna declaración más, algún bocado más. Paige se ocupaba del alguacil, derrotando de esta manera a Forster. Miró a Steiger con sus ojos celestes falsos y una expresión de interés y admiración, y al alguacil se le hinchó el pecho.

–No pierde el tiempo tratando de obtener un premio consuelo –comentó Megan mientras Mitch abría la puerta.

–Mejor él que yo.

–Usted lo ha dicho.

Los dos suspiraron. Megan se apoyó contra la pared, buscando un momento de paz. Habían escapado a las cocheras que alguna vez habían albergado la flota completa de autobombas de Deer Lake, tres unidades. Todavía quedaba una, una verdadera antigüedad. Había dos vagones de heno que ocupaban la mayor parte del espacio, y que eran utilizados en los desfiles. El que se encontraba más cerca representaba una trucha gigante de fibra de vidrio saltando de un charco de celeste del mismo material. En los costados tenía alambre decorado con servilletas de papel blancas y azules para formar un festón decorativo. El letrero brillante que llevaba en la parte trasera invitaba a todos a divertirse los días de la trucha, el 6, 7 y 8 de mayo.

La creación del Club de la Trucha de Deer Lake era muy diferente de los carromatos profesionalmente diseñados del Carnaval de Invierno de St. Paul. Era ingenuo y cordial, y los miembros fundadores estaban enormemente orgullosos de ella.

Este pensamiento sorprendió a Megan, golpeando un punto vulnerable, recordándole la inocencia de los pueblos pequeños. Cosas que habían sido destrozadas en un acto inhumano.

La ignorancia no es inocencia sino PECADO

La imagen de Josh flotaba en su memoria y la alejó antes de que pudiera desconcentrarla de su trabajo.

–Steiger no será un problema, ¿verdad? –preguntó Megan.

Mitch imitó la pose de ella, puso los hombros contra la pared y cruzó sus brazos. Parecía cansado y peligroso a pesar de que se había duchado y afeitado antes de regresar. Las líneas ásperas de su rostro estaban marcadas como piedra. Miró hacia los costados entrecerrando los ojos.

–¿A qué se refiere?

–A ese altanero de mierda. No va a invadir nuestro territorio, ¿verdad? No necesitamos un cañón sin amarrar en un caso como éste.

Él sacudió un poco la cabeza y sacó un paquete de pastillas Maalox del bolsillo del pantalón.

–Russ no ocasionará problemas. Tiene que preocuparse por las próximas elecciones, eso es todo. Se ocupará de la prensa y yo lo voy a dejar complacido. Le agradezco a Dios todos los días que mi trabajo no dependa de una votación.

Pero sus riendas estaban sostenidas por el consejo del pueblo, y Mitch tenía la sensación de que debería responder a cada uno de sus miembros antes de que terminara el día.

Se apoyó sobre el hombro izquierdo y miró con seriedad a Megan.

–Yo pensé que usted era el cañón sin amarrar.

Sus ojos verdes parpadearon con inocencia y se tocó el pecho con la mano.

–¿Quién, yo? No. Sólo estoy cumpliendo con mi trabajo.

Mitch frunció el entrecejo.

–Sí. Y yo debería haberla escuchado. Quizá si hubiera actuado rápidamente como usted sugería...

–No –le ordenó Megan, extendiendo la mano como para apoyársela en el brazo.

El gesto estaba fuera de lugar y ella lo detuvo rápidamente. No era una persona que se dejara conmover fácilmente. Y aunque lo hubiera sido, el trabajo la habría curado. No podía permitirse insinuaciones que pudieran ser mal interpretadas. En este trabajo la imagen lo era todo para una mujer; su ventaja, su armadura, su orden de respeto. Aun así, no podía descartar la culpa del rostro de Mitch. En su mente podía escuchar la suave voz de Paige Price: ...sus sentimientos están resentidos por la culpa de su... Qué? se preguntaba, y se dijo a sí misma que no importaba. No podía permitir que un policía se sintiera culpable por creer que no había hecho lo que debió hacer, eso era todo.

–Ya era tarde antes de que lo supiéramos –le dijo–. Además, es su pueblo. Usted lo conoce mejor que yo. Reaccionó correctamente. Hizo lo mejor que pudo.

Habían bajado el tono de las voces. Se miraban a los ojos. Ella parecía tan seria, tan segura que lo que estaba diciendo era absolutamente cierto. El brillo de sus ojos verdes así lo indicaba, y tenían la determinación de hacérselo ver a él también. Mitch quería reírse, no con humor, sino con el cinismo de alguien que había estado en contacto con las ironías más retorcidas de la vida. Al parecer, Megan no había visto lo suficiente como para estar desalentada, no había fracasado lo suficiente como para dejar de confiar en sí misma. Creía que lo bueno era bueno y lo malo era malo, sin zonas grises intermedias. Alguna vez, él también lo había creído. Vivir bajo las reglas. Cumplir bien con el trabajo. Pelear en la pelea justa. Llegar a la meta y recibir las recompensas de un hombre recto.

Su boca se curvó en una triste parodia de una sonrisa. Una de las bromas más crueles de la vida, no había recompensas, sólo actos fortuitos de la bondad y la locura. Una verdad de la que había tratado de alejarse, pero lo había encontrado aquí, había encontrado su pueblo, había alcanzado a Josh Kirkwood y a sus padres.

Tocó la mejilla de Megan y sintió deseos de besarla. Hubiera sido agradable probar un poco de esa dulce certeza, creer que podía beberla; eso le curaría viejas heridas. Pero por el momento sentía que la estaba comprometiendo lo suficiente, así que trató de concentrarse con la sensación de su piel tibia en la palma de la mano.

–Lo mejor no fue suficiente. Otra vez.

Megan lo miró fijamente mientras él se alejaba, se pasó las puntas de los dedos por la mejilla, y su corazón latía un poco más rápido. Es sólo una muestra de apoyo a un oficial compañero. Nada personal. Los velos se habían corrido para mostrar las mentiras como lo que eran. En algún lugar los límites se habían borrado. Eso era algo peligroso para alguien que necesitaba mantener una visión clara del mundo y de su lugar en él.

–Que no vuelva a suceder, O'Malley –murmuró para sí Megan, negándose a aceptar su falta de esperanza, mientras se dirigía a la puerta.

La oficina del desaparecido Leo Koslowski se parecía a Leo tanto como la habitación se puede parecer a una persona. Cuadrada y sencilla, era un desastre de papeles arrugados y manchas de café, sazonados con el aroma de cigarros viejos.

–Jesús, María y José –murmuró Megan.

Entró lentamente en la habitación, frunciendo la nariz viendo el estado del lugar y el lucio que estaba colgado en la pared cubierto de polvo, con un cigarro en el costado de su boca. Un monumento a las habilidades de pesca de Leo y a los talentos taxidermistas de Rollie Metzler, pensó Megan.

Natalie arrugó todo el rostro con un gesto de disgusto cuando sacó la llave de la cerradura.

–Leo era un tipo genial –reiteró–. No sabía una mierda del orden, pero era un gran tipo.

Megan tocó con un lápiz una caja de rosquillas abandonada y pinchó un buñuelo que estaba camino a la petrificación. Lo arrojó en el cesto de los papeles. Sonó como un disparo en un barril de aceite.

–Que bueno que no haya muerto aquí. Nadie lo habría notado.

–Iba a enviar a la gente de limpieza después de que Leo murió, pero no queríamos que nadie tocara nada antes de que fuera nombrado el nuevo agente. –le explicó Natalie.

–Qué suerte la mía.

Megan sacó de su portadocumentos una placa de bronce con su nombre y la colocó en el frente del escritorio, marcando su territorio con el regalo que se había comprado para festejar su nuevo destino. Su nombre estaba grabado en el frente: Megan O'Malley. DCC. En la parte trasera tenía el lema No Pise Mierda, No Se Excuse.

Natalie miró ambos lados. Se rió con ganas.

–Estará muy bien, agente O'Malley.

–Si los olores no me matan primero –respondió Megan con frialdad.

Megan comenzó a entresacar los desechos del escritorio, apiló los papeles; tiró los envoltorios de los caramelos y suficientes tazas de café de plástico como para producir un agujero de ozono del tamaño de Iowa, dos ceniceros de vidrio llenos de colillas de cigarros y un Slim Jim a medio consumir. Desenterró el teléfono justo cuando comenzó a sonar.

Natalie dejó la llave en un centímetro libre del escritorio y se encaminó hacia la puerta, prometiéndole que enviaría a alguien de mantenimiento con una máquina limpiadora de ambientes. Megan la saludó con la mano y levantó el auricular.

–Agente O'Malley, DCC.

–La tinta de tu traslado aún no está seca y ya recibimos más de media docena de llamadas de los reporteros preguntando por ti.

Al escuchar la voz de DePalma cerró los ojos y pensó cosas terribles sobre los reporteros y lo que deberían hacer con sus credenciales de prensa plastificadas.

–El tema es el secuestro, Bruce –le contestó sentándose en el viejo sillón verde. El asiento había quedado en un estado lamentable debido al enorme trasero de Leo y estaba inclinado hacia la izquierda. El tapizado estaba suave en ambos lugares, roto en otros y salpicado por todas partes con manchas de dudoso origen que provocaron que Megan hiciera una mueca–. Estoy haciendo todo lo que puedo para que los reporteros se concentren en el caso y no en mí.

–Será mejor que lo hagas. El superintendente no quiere un reflector sobre el departamento. No quiere que provoques titulares en los periódicos. ¿Está claro?

–Sí, señor –le respondió con resignación. El fantasma de su dolor de cabeza volvía para atraparla. Se frotó la frente con dos dedos.

–¿Cómo va la búqueda?

–Nada aún. Estamos rezando para encontrar alguna pista. No creo que la nota nos lleve a ninguna parte.

–Es algo duro... el rapto de un niño –comentó DePalma, mezclando la preocupación profesional con algo personal. DePalma tenía tres hijos, uno un poco más grande que Josh. Megan había visto muchas veces la fotografía de su familia sobre el escritorio. Todos se parecían a Bruce, pobres niños, máscaras en miniatura de Nixon, con cuerpos delgaduchos de varias alturas–. Trabajé en el caso Wetterling –continuó–. Es muy duro para todos.

–Sí, así es.

–Haz todo lo que puedas y manten la calma.

Las palabras de Mitch resonaban en su cabeza cuando colocó el auricular y se sentó en el castigado sillón de Leo: ... lo mejor no ha sido suficiente... otra vez. No sabía a qué se había referido con eso de otra vez. Todo lo que se hiciera debía ser suficientemente bueno para Josh.

Recordó la frase de la nota. Encontró un lugar libre en el anotador entre las manchas de café y los números telefónicos de los restaurantes locales y escribió allí el mensaje: la ignorancia no es inocencia sino PECADO. ¿Ignorancia de qué? ¿De quién? La cita era de Robelt Browning. ¿Eso era significativo? Su mente barajaba posibilidades como si fueran naipes. Ignorancia, inocencia, pecado, poesía, literatura... libros. Se detuvo en ese naipe y surgió otra docena de preguntas.El cerebro le zumbaba. Tomó el teléfono y marcó el número de la división archivos del DCC. Colocó el auricular entre el hombro y la oreja y buscó en el portadocumentos la lista de los delincuentes conocidos.

–Archivo. Habla Annette, ¿en qué puedo ayudarlo?

–Annette, soy Megan O'Malley. ¿Puedes buscarme un lipo para ayer?

–Lo que sea para nuestra heroína. ¿Cuál es el nombre?

–Swain. Olie Swain.

La mañana fue un aluvión de llamadas telefónicas y citas improvisadas. Como era de prever, Mitch recibió las llamadas de los miembros del consejo del pueblo y la visita de Don Gillen, el alcalde, en su oficina, todos expresándole su horror y su fe ciega en la habilidad de Mitch, un jefe de policía que haría que todo terminara bien.

El Snowdaze comenzaría dentro de un día, y había muchas discusiones sobre si había que suspenderlo o postergarlo. Por un lado, parecía terrible continuar con los festejos. Por el otro, había consideraciones económicas, atenciones con las bandas de los colegios que llegarían a Deer Lake y con los turistas que ya habían reservado los hoteles. Si cancelaban el acontecimiento, ¿no se estarían rindiendo ante la violencia? Si continuaban, ¿se podría utilizar la ocasión para beneficio del caso, reuniendo voluntarios de refresco y realizando reuniones para mostrar apoyo y reunir dinero?

Después de veinte minutos con el alcalde, Mitch se lavó las manos sobre esas decisiones. Don era un buen hombre, capaz, preocupado. Mitch apreciaba sus problemas, pero estaba claro que él tenía que ocupar su tiempo en el caso.

Además de la desaparición de Josh había cuestiones de todos los días que no se podían dejar de lado: rondas en la cárcel, casos que debían ser revisados, papeleo para resolver, una investigación en marcha sobre una serie de robos, un boletín del departamento de drogas regional, una llamada del administrador del Harris College acerca de un curso sobre criminología que Mitch iba a ayudar a dictar este semestre. Estas tareas eran habituales en la vida de un jefe de policía de un pueblo pequeño. Hoy cada una parecía una piedra de una avalancha, y todas se le venían encima al mismo tiempo.

Natalie entraba y salía de su oficina, aliviándolo tanto como podía de las tareas menores. Mitch oía que el teléfono sonaba de manera casi incesante y la bendecía silenciosamente porque le pasaba sólo las llamadas más importantes. A las doce y cuarto le llevó una bolsa con comida de Subway. A las dos y cuarto lo riñó por no haberla abierto.

–¿Cree que las calorías van a saltar de la bolsa y llegarán a su cuerpo a través del aire? –le preguntó, golpeando la bolsa con un lápiz–. Usted y mi Troy deberían estar juntos. Él cree que por estar en la misma habitación con su libro de álgebra se convertirá en un genio de las matemáticas. Podrían fundar un club: La Pandilla osmosis.

–Lo lamento, Nat –Mitch se frotó los ojos mientras observaba los informes de seis meses sobre merodeadores y fisgones, buscando algo que se pudiera relacionar con Hannah o con Paul o con Josh o con los niños en general–. No tuve ni dos segundos.

–Bueno, tómese dos ahora –le ordenó–. No podrá pasar el día sin comer algo.

–Sí, mamá.

–Y comparta un poco de esas patatas fritas con la agente O'Malley –agregó, mientras abría la puerta. Megan estaba esperando del otro lado–. Parece como si un viento fuerte se la fuera a llevar hasta Wisconsin.

–Traje lo mío, gracias –dijo Megan, mostrando un plátano.

Natalie dio vuelta los ojos.

–¿Un plátano entero? ¿Cómo lo va a terminar?

–Tendré suerte si lo puedo pelar y darle un mordisco –murmuró sentándose en la silla para visitantes. Puso un paquete de papel continuo sobre el escritorio y dejó allí el plátano.

–¿Otro poco de lectura ligera? –preguntó Mitch sacando un bocadillo de pavita de la bolsa de Subway. Le dio un gran mordisco y masticó de manera agresiva, mirando fijamente a Megan.

Ella centró la mirada en su boca y un calor la invadió, pero lo atribuyó a que estaba demasiado abrigada. Él comía como si no quisiera perder calorías, devorando el bocadillo a conciencia. Se ensució el mentón con un poco de mayonesa que tapó la cicatriz. Se limpió con impaciencia y se lamió el pulgar, una acción que pareció tener mucha influencia sobre el pulso de Megan. Disgustada consigo misma, apartó la mirada y observó la oficina. Limpia y prolija, estaba libre de pescados y trofeos de bolos. Y algo más curioso, no había ninguna pared dedicada a la egolatría de los títulos y condecoraciones. Un policía de la jerarquía y la antigüedad de Mitch ya tendría una caja llena de ellas. Sin embargo los únicos marcos que colgaban de las paredes contenían fotografías de una niña con largo pelo negro y un gran perro con una cuerda en la boca.

–Ya puede aterrizar, O'Malley –le dijo agitando una mano–. ¿Qué tiene ahí?

–Los delincuentes conocidos –le respondió–. Estuve tratando de relacionarlos con los incidentes más recientes en la vecindad y los informes de vehículos vistos o involucrados, con la esperanza de que algo cuadrara. Reduciendo las posibilidades, ahora si tuviéramos...

–¿Encontró algo?

–Aún no. También llamé a Archivos y pedí informes sobre su muchacho Olie Swain. No tienen nada sobre él. El tipo no tiene ni una infracción de tránsito.

Mitch comió otro trozo del bocadillo y lo tragó.

–¿Olie? Él es inofensivo.

–¿Son muy amigos? –le preguntó levantando los dedos cruzados.

–No, pero él está aquí desde antes que yo llegara, y nunca tuvimos una queja seria contra él –bajó el pavo con Coca Cola caliente e hizo una mueca. Megan se irguió en la silla.

–¿Quiere decir que han tenido quejas que no fueron serias?

Mitch se encogió de hombros.

–Una de las mamas de hockey se fastidió porque lo vio alrededor de los niños en el patinódromo, pero aquello no era nada. Quiero decir... demonios, su trabajo es en la pista. ¿Qué se supone que tiene que hacer... esconderse día y noche en su cueva?

–¿Ella alegó algo específico?

–Que Olie la impresionó.

–Oh... imagínese.

–También acusó al jefe de los Boy Scouts de lo mismo; me dijo que tenía que enviar a alguien a St. Elysius porque todos saben que los sacerdotes son homosexuales pederastas, y acusó a la maestra de segundo grado de su hijo de trastornar la mente de los niños leyéndoles los libros de Shell Silverstein en voz alta en clase y desplegando sus ilustraciones, que como cualquier cristiano puede ver son sucias y tienen símbolos fálicos.

–Oh –volvió a hundirse en la silla, disgustada, mortificada.

–Correcto. Los niños nunca se han quejado de Olie. Los entrenadores nunca se han quejado de Olie. ¿Qué le pasó con él?

–Me impresionó –le respondió tímidamente, frunciendo el entrecejo mientras pelaba el plátano. Comió un trozo y masticó, mientras se reorganizaba mentalmente. Olie Swain aún la impresionaba. Lamentablemente, eso no se podía considerar causa suficiente para arrestar a alguien y tomarle las huellas digitales–. Anoche parecía evasivo. Nervioso. Me dio la impresión de que no le agradan los policías.

–Olie es siempre nervioso y evasivo. Es parte de su encanto –le contestó Mitch, practicando algunas maniobras evasivas, revolviendo los papeles como excusa para no mirar cuando ella rodeaba con sus labios el extremo del plátano–. Además, yo también pedí una investigación cuando la señora Favre se quejó. Olie está más limpio que un bebé.

–No tanto algunas partes de su anatomía –Megan frunció la nariz al recordar el olor rancio de su cuerpo–. ¿Cree que tenga algo que ver con la desaparición de Josh Kirkwood?

–Nunca tendría los huevos necesarios para robar un niño, así que le dije que se pusiera frente a mí, me mirara a los ojos y me dijera que no tenía nada que ver con el asunto.

–¿Lo miró a los ojos? ¿Con cuál, con el verdadero o el falso?

Mitch sacudió la cabeza mientras se inclinaba hacia adelante para oprimir el botón del intercomunicador.

–Christopher Priest quiere verlo, jefe –le anunció Natalie–. Dice que podría ayudar en la investigación.

–Hazlo pasar.

Mitch tiró en el cesto las sobras de su comida y se limpió las manos con una servilleta mientras salía de atrás del escritorio. Megan también se puso de pie y tiró lo que le quedaba del plátano. Le subió la adrenalina ante la posibilidad de tener una pista.

El hombre que entró en la oficina no tenía el aspecto de un salvador de nadie. Era pequeño, delgado, con una chaqueta azul y blanca enorme del Harris Colleee. Aun con la chaqueta, nadie lo hubiera confundido con un ganador. Christopher Priest tenía el aspecto pálido y frágil de un hombre cuyo deporte más peligroso era el ajedrez. Megan calculó que tendría unos treinta años, de un metro cincuenta y cinco de estatura, pelo castaño arratonado, ojos castaños y gafas demasiado grandes para su rostro. Inconfundible.

–Profesor –le dijo Mitch estrechándole la mano–. Ella es la agente O'Malley del DCC. Agente O'Malley, Christopher Priest, jefe del departamento de ciencias de la información del Harris.

Se estrecharon la mano: la de Megan fuerte, una mano que podría sostener sin temblar una Glock de 9 milímetros semiautomática; la de Priest, un saco de huesos que parecía doblarse sobre sí misma. Megan tuvo que controlar su deseo de mirar hacia abajo para comprobar si lo había lastimado.

–Su apellido me suena conocido –dijo ella buscando información en su cerebro–. Hizo un trabajo sobre delincuencia juvenil, ¿no es cierto?

Priest sonrió, con una mezcla de timidez y orgullo.

–Mi derecho a la fama... el Vaquero de ciencia ficción.

–Es un magnífico programa –Mitch señaló a Priest una silla vacía, mientras él volvía a situarse atrás de su escritorio–. Debería estar orgulloso de él. Sacar a los muchachos del camino equivocado y darles una oportunidad de educarse y tener un futuro es más que plausible.

–Bueno, gracias, pero no puedo llevarme todo el crédito. Phil Pickard y Garrett Wright también dedicaron mucho tiempo a los niños –se acomodó en la silla, y la chaqueta demasiado grande se le subió hasta los lóbulos de las orejas, dándole el aspecto de una tortuga lista para meter la cabeza en su caparazón–. Me enteré de lo de Josh Kirkwood. Me siento muy mal por Hannah y Paul.

–¿Los conoce bien? –le preguntó Megan.

–De alguna manera somos vecinos. Su casa es la última de Lakeshore Drive, y la mía está atrás de la de ellos, por decirlo así, a un kilómetro al norte a través de Quarry Hills Park. Por supuesto, conozco a Hannah. Todo el mundo en el pueblo conoce a Hannah. Hemos estado en varios comités de caridad juntos. ¿Se sabe algo?

Mitch negó con la cabeza.

–Usted cree que podría ayudar..., ¿de qué manera?

–Oí decir que han instalado un puesto de comando. Eso sirve como centro para pistas e información, ¿verdad?

–Sí.

–Bueno, recuerdo que leí en los periódicos los informes durante la búsqueda de la niña de Inver Grove Heights. La policía habló sobre el volumen de la información que recibía y lo engorroso que era su manejo. Algunos trabajos se repetían varias veces debido a la falta de comunicación, era una pérdida de tiempo.

–Es verdad –dijo Megan mientras hojeaba las páginas de los delincuentes conocidos.

–Me gustaría ofrecer una solución –agregó Priest–. Mi departamento cuenta con gran cantidad de ordenadores disponibles. Debido a las vacaciones de invierno ahora tengo pocos estudiantes, pero sé que aquéllos que se quedaron en el pueblo estarán más que contentos de poder ayudar. Podemos introducir todo lo que ustedes quieran en nuestras computadoras y ofrecerles la capacidad de enviar información, órdenes, lo que necesiten. También podemos registrar la fotografía de Josh y enviarla por todo Estados Unidos y Canadá por boletines electrónicos. Sería un buen proyecto para mis estudiantes y a ustedes les ahorraría muchos dolores de cabeza.

Mitch se reclinó hacia atrás en el sillón y lo hizo girar mientras pensaba. Una de las cosas que más echaba de menos de estar en la policía de una gran ciudad era el acceso al equipo. Las autoridades de Deer Lake habían visto la necesidad de un nuevo edificio para albergar la cárcel y el departamento de policía, pero tenían problemas para ver la necesidad de renovar el equipo informático. En la actualidad el departamento tenía media docena de aparatos de la edad de piedra. Natalie había llevado su computadora personal para realizar su trabajo.

–No lo sé –le contestó pasándose la mano por el pelo–. Los estudiantes tendrían acceso a información confidencial. No es personal que haya prestado juramento. Eso podría ser un problema.

–¿No podría convertirlos en delegados o algo así? –preguntó Priest.

–Quizá. Déjeme consultarlo con el abogado del condado y le contestaré.

El profesor asintió con la cabeza y se puso de pie.

–Llámeme. Traer el equipo no es problema; tenemos una furgoneta. Lo conectaremos enseguida.

–Gracias.

Volvieron a estrecharse las manos, y Priest se encaminó hacia la puerta. Vaciló con la mano en el tirador y sacudió la cabeza con tristeza.

–Ésta ha sido una mala semana. Mi madre siempre dice que los problemas vienen de a tres. Esperemos que se equivoque.

–Esperemos –murmuró Mitch mientras el profesor se retiraba y cerraba la puerta.

–Sería magnífico tener esos ordenadores –reflexionó Megan–. Sería mejor aún si pudiéramos poner una o dos pistas en ellos.

–Sí. Sólo he escuchado excusas durante todo el día –se quejó Mitch–. Ojalá pudiera estar ahí afuera. Sentado aquí me estoy volviendo viejo antes de tiempo.

–Entonces vamos –le dijo Megan de manera impulsiva. Se arrepintió de inmediato. Había mucho trabajo que hacer en la oficina, y no tenía sentido hacer pareja con un hombre que podía distraerla haciendo algo tan inocuo como masticar su almuerzo–. Quiero decir, creo que iré al puesto de comando y luego me uniré a alguno de los equipos durante un par de horas. Usted podría hacer eso. No necesariamente conmigo. En realidad, sería mejor si nos separamos.

Mitch observó cómo se sonrojaba. Su sentido del humor estaba en decadencia, pero esbozó una sonrisa. Era un alivio pensar en otra cosa que no fuera el caso durante un minuto. La fría y sosegada agente O'Malley ruborizándose parecía una buena diversión.

Mitch se puso de pie y salió de atrás del escritorio con las manos en los bolsillos del pantalón. Su mirada petrificó a Megan en la silla.

–Está ruborizada, agente O'Malley.

–No, sólo tengo calor –retrocedió mentalmente ante las inferencias–. Hace calor aquí.

Él se acercó un poco más.

–¿Tiene calor?

La miró a los ojos de manera astuta y rapaz. Era el momento adecuado de una rápida respuesta y de alejar el trasero del fuego. Pero no encontró respuesta, no salían palabras de su boca seca. Sus músculos se endurecieron, pero no se movió con la suficiente rapidez. Él leyó sus pensamientos y en un abrir y cerrar de ojos estaba inclinado sobre ella, con sus grandes manos apoyadas en los brazos de la silla, mientras ella retiraba las manos hacia atrás.

–¿Por qué tiene calor? –le susurró, olvidando su empeño por tratar de no desearla. Le agradaba un poco de excitación. Lo hacía sentirse vivo, la fatiga desaparecía, sentía expectación en lugar de temor–. ¿Tiene miedo de viajar en el mismo coche conmigo, agente O'Malley?

–No le tengo miedo –susurró Megan, aferrándose a su orgullo y empuñándolo como una espada. No le agradaba este insidioso deseo que entraba y salía de esta relación como si fuera humo. Esquivo e intangible, oscurecía las fronteras, alteraba las expectativas. No confiaba en él, no confiaba en ella cuando se le acercaba como una corriente en ebullición–. No le tengo miedo a nada.

Mitch observó cómo su determinación se endurecía en la profundidad de sus ojos verdes. Lo dejaba avanzar y luego lo obligaba a retroceder. «Estaba bien, –pensó Match–. Estaba bien para los dos. El momento equivocado, las personas equivocadas, el lugar equivocado. Ella era una resentida».

–No se subestime –murmuró Mitch, sintiéndose otra vez fastidiado, extinguida la chispa–. Todos le tenemos miedo a algo.


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