Para Andrea, por abrir puertas




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títuloPara Andrea, por abrir puertas
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fecha de publicación07.02.2016
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Día 2
20.41 -9º C


Hannah miró el cuaderno, se puso pálida y cayó en la silla más cercana. Era de Josh, sin duda. Ella lo sabía bien. Él lo llamaba “cuaderno para pensar”. Lo llevaba a todas partes... o por lo menos lo hacía.

–Lo había perdido –murmuró frotando los dedos sobre la bolsa de plástico destinada a las pruebas, deseando tocar el cuaderno. Algo de Josh. Algo que su secuestrador les había devuelto. Una mofa. Una cruel demostración de poder.

–¿Qué quiere decir con que lo había perdido? –le preguntó Mitch, arrodillándose junto a ella, tratando de que lo mirara a él en lugar de al cuaderno--. ¿Cuándo?

–El día antes del Día de Acción de Gracias. Estaba furioso. Le dije que lo habría dejado en la escuela. Pero juró que no. Revolvió toda la casa buscándolo.

Hannah recordaba todo eso muy bien. Paul había regresado a casa después de hacer deporte y explotado al ver el desorden. Su familia vendría al día siguiente. Quería que la casa estuviera perfecta, pasársela por la nariz a sus familiares para que vieran lo bien que lo había hecho. No había querido perder tiempo buscando un estúpido cuaderno que podía ser fácilmente reemplazado.

Hannah miraba ese “estúpido cuaderno” ahora y deseaba abrazarlo contra su pecho y mecerlo como si fuera Josh. Deseaba preguntarle a Paul qué sentía ahora en relación al “estúpido cuaderno” de Josh, pero Paul todavía no había regresado a casa. Pensó que habría ido directamente del grupo de búsqueda a la vigilia de oración... algo que ella no podría enfrentar. El padre Tom había comprendido. Ella sabía que eso era algo que Paul no haría.

–Estuvo disgustado durante varios días –murmuró Hannah–. Fue como perder un diario.

Megan intercambió miradas con Mitch.

–Sin embargo, debe de haberlo encontrado otra vez. Anoche lo tendría con él –comentó Megan.

Hannah negó con la cabeza, sin sacar la mirada del cuaderno que estaba en su regazo.

–Nunca volví a verlo. No creo que no me lo habría comentado si lo hubiera encontrado.

Lily espiaba desde un costado de la silla, sonriendo de manera traviesa a su madre, con sus grandes ojos celestes y sus despeinados rizos dorados. El cuaderno le llamó la atención y dio un grito de satisfacción, señalando con el dedo la figura de Snoopy en la tapa.

–¡Mamá, Josh! –exclamó. Se rió y trató de tomar el cuaderno.

Mitch levantó la bolsa de plástico tomándola por un extremo. Megan tomó la bolsa de la mano de Mitch.

–Se la daré a mis muchachos. Estará en el laboratorio mañana a primera hora.

Mitch se quedó para ofrecer palabras vacías de consuelo y esperanza. Hannah parecía aturdida. «Una bendición», pensó Mitch. La dejó sentada en un sillón con Lily en su regazo y un policía en la cocina.

Megan lo esperó en la Explorer. Ella había regresado de la escuela primaria en un patrullero con Joe Peters, el oficial que la había ayudado a interrogar a los jóvenes jugadores de hockey. Aún tenían que regresar al centro del pueblo, donde ella había dejado su Lumila.

La búsqueda en los terrenos de la escuela había sido un ejercicio inútil y frustrante. El cuaderno había aparecido por arte de magia. El personal de la escuela estaba con Mitch... no había habido testigos. Habría sido muy fácil desplazarse junto al Explorer y dejar el cuaderno sóbre la capota. El que lo hiciera ni siquiera habría tenido que bajarse del coche. Simple, diabólico.

La furia se le cuajó en el estómago como leche agria, mientras subía a la camioneta y cerraba la puerta con violencia.

–¡Hijo de puta! –exclamó golpeando una mano contra el volante–. No puedo creer que lo haya puesto sobre el capot. ¡Toma idiota, una pista!. ¡Maldito!

«Como arrojarle un guante», pensó, y el pensamiento lo descompuso. Convertía el crimen en un juego. Atrápame si puedes. Una mente que podía pensar de esa manera estaba podrida y chorreaba arrogancia. Estaba tan seguro de sí mismo que podía poner una prueba en sus manos y alejarse tranquilamente.... que era exactamente lo que había hecho.

–Quiero a ese bastardo –gruñó Mitch haciendo girar la llave de arranque.

Megan no hizo caso a su carácter ni a su lenguaje. Ninguno de los dos era nuevo para ella. En la posición de Mitch ella estaría diciendo las mismas cosas. El secuestrador se había exhibido y lo había hecho sentir como un tonto. Era difícil no tomar eso como algo personal, pero lo personal no podía entrar en escena. Había demasiado potencial para distorsionar percepciones.

El cuaderno era la única pista que habían obtenido desde la noche anterior. Los equipos que buscaban en el terreno no habían encontrado nada. El grupo de voluntarios ya había terminado por ese día. Los equipos de la policía de Deer Lake, los muchachos del condado y los agentes de Megan en préstamo del distrito regional de St. Paul continuaban trabajando, revisando los edificios vacíos o abandonados, los almacenes, los patios del ferrocarril; patrullando las calles y los caminos adyacentes en busca de algo remotamente sospechoso; siguiendo cualquier cosa prometedora que hubieran visto los muchachos del aire desde los helicópteros, saltando de lugar en lugar como participantes de una macabra cacería de algún animal comedor de carroña.

Los helicópteros del DCC y de la Patrulla del Estado continuarían durante toda la noche, revisando cada centímetro del County Park otra vez, turbando la paz de la noche invernal con sus rotores. Pero a menos que encontraran algo para continuar no vendrían al día siguiente. Habían cubierto una zona de trescientos cincuenta kilómetros cuadrados sin poder encontrar ninguna pista que permitiera saber en qué dirección continuar la búsqueda.

Los teléfonos del puesto de comando habían sonado durante todo el día, la mayoría de las llamadas eran de preocupados ciudadanos que deseaban saber si había habido algún progreso en la búsqueda o que querían expresar sus temores o ira por el secuestro. Nadie había visto nada. Nadie había visto a Josh. Era como si una mano invisible hubiera llegado de otra dimensión y se lo habría llevado fuera de la Tierra.

Y las agujas del reloj girando. Habían pasado veintiséis horas; la sensación de apremio y desesperación aumentaba con cada una de ellas. Veinticuatro era el número mágico. Si la persona perdida no era encontrada durante las primeras veinticuatro horas, la posibilidades en contra de hallar a la víctima aumentaban con cada minuto que pasaba.

La noche había caído como una cortina de acero. Estaba comenzando a levantarse viento, que barría la nieve del terreno uniformemente blanco. La temperatura continuaba bajando, apuntando a una noche con diez grados bajo cero. Frío, aunque las noches de enero podían ser más frías aún. Diez, veinte, treinta bajo cero. Un frío brutal. Un frío mortal. En la mente de todos ellos estaba el temor de que el secuestrador de Josh lo dejara vivo en algún lugar, sólo para que muriera congelado antes de que alguien lo encontrara.

–Tenemos que revisar estas hojas –le dijo Megan mirando la pila de fotocopias que tenía sobre la falda, copias de cada página del “cuaderno de pensar” de Josh–. No creo que el secuestrador pueda haber dejado alguna pista verdaderamente importante, pero nunca se sabe.

Mitch se volvió hacia ella. En el brillo de las luces del tablero, su rostro inclinado estaba lleno de ángulos y planos sombreados, y sus ojos profundos no pestañeaban.

–¿Y qué hay de la gran pregunta? –preguntó Mitch–. ¿Dónde y cuándo obtuvo el cuaderno nuestro muchacho? Estuvo perdido casi dos meses. Si lo tuvo durante todo este tiempo, estamos ante un caso de delito con total premeditación.

–¿Y de dónde lo sacó? ¿Del armario de Josh? Eso podría implicar a un empleado de la escuela...

–Cualquiera puede entrar a esa escuela en cualquier momento del día. Los pasillos no tienen monitores. Los armarios no tienen cerraduras.

–Quizás a Josh se le cayó el cuaderno cuando iba a su casa –sugirió Megan–. Cualquiera que pasara caminando por la calle podría haberlo recogido. Cualquiera que entrara en la casa de los Kirkwood podría haberlo tomado.

Mitch no dijo nada mientras arrancaba el Explorer y lo encaminaba hacia Lake Shore, al este de la Novena Avenida. Recorrió mentalmente la lista de complicaciones creadas por el descubrimiento del cuaderno.

–Tendremos que averiguar si algún empleado salió de la reunión de esta noche, averiguar si despidieron a alguien durante los últimos seis meses, hacer una lista con todos los que han visitado la casa de Hannah y Paul desde mediados de noviembre, amigos, vecinos, personal de servicio...

La idea del hombre poderoso, el tedio, los papeles de trabajo... era todo desalentador. La ironía lo hacía ver todo rojo: que el secuestrador les diera una pista y al hacerlo construyera una parva de heno aún más grande para esconder la aguja.

–Necesito un poco de comida y una cama –comentó Mitch.

–Puedo ofrecerle lo primero –contestó Megan con cautela–. Tendrá que conseguir sólo la cama.

«No es que no deseara su compañía», pensó. No tenía nada que ver con la sensación de vacío que sentía cuando pensaba en sentarse sola en su apartamento esa noche. Había pasado la mayor parte de su vida sola. La soledad no era un gran problema.

La imagen de Josh flotaba en su mente como un espectro, mientras los números verde brillante del reloj del tablero marcaban el paso de otro minuto. La soledad era un gran problema. Como cualquier otro policía del caso, ella habría trabajado todo el día si así pudiera olvidar la comida y el descanso, pero el cuerpo necesitaba reabastecerse. Así que debía salir de las calles durante unas horas y acostarse en la cama mirando la oscuridad, pensando en Josh mientras el reloj continuaba su marcha. Y Mitch haría lo mismo.

–Podemos revisar estos papeles sin que nadie nos distraiga –le dijo Megan.

–¿Tiene todo lo necesario? –preguntó Mitch siguiendo la misma línea de pensamiento.

–Espero que sí, pero como nací un poco pesimista tuve la precaución de pedir una pizza por el teléfono celular mientras usted estaba hablando con Hannah.

Mitch levantó las cejas.

–¿Usando el equipo policial para asuntos personales, agente O'Malley? Estoy sorprendido.

–Consideré la necesidad de una pizza como una emergencia policial. Y espero que el muchacho que tiene que traerla también lo haga si sabe lo que le conviene.

–¿Dónde vive?

–En 867 Ivy Street. Lléveme hasta mi coche y le indicaré el camino.

–Es necesario que volvamos a la oficina; tenemos que enfrentar a los reporteros –le contestó Mitch–. Creo que no podré soportar una pregunta tonta más.

–Entonces creo que no le preguntaré si le gusta la de champiñones o prefiere la de pepperoni.

–Lo único que pido esta noche es que no esté viva y que no tenga pelo. Comeremos, revisaremos esos papeles. Con un poco de suerte cuando lleguemos a la oficina la gente de prensa se habrá ido.

Pasaron por la curva que llevaba al centro del pueblo. Mitch puso el intermitente al llegar a Ivy Street y detuvo el Explorer junto a la acera. La casa de dos plantas de la esquina era un antiguo y enorme edificio Victoriano que había sido dividido en apartamentos. La entrada estaba iluminada de un modo atractivo, la falta de luz natural ocultaba el hecho de que la casa necesitaba una capa de pintura. En la puerta principal aún había una corona de Navidad.

Subieron hasta la segunda planta por la vieja escalera que crujía y luego recorrieron el pasillo. Los sonidos de las voces y los televisores salían de los apartamentos. En el pasillo había una bicicleta con un cartel en los manubrios: Equipada para estallar. Ladrones, cuidado. Luego subieron por otra escalera y dejaron los vecinos atrás.

–Tengo toda la planta tercera para mí –le explicó Megan, sacando las llaves del bolsillo del abrigo–. Sólo cabe un apartamento.

–¿Por qué eligió esta casa en lugar de un apartamento en los complejos?

Se sacó la pregunta de encima con demasiada facilidad.

–Me gustan los edificios antiguos. Tienen carácter.

Una ola de calor los golpeó cuando Megan abrió la puerta. La luz ahuyentó la oscuridad cuando tocó el interruptor.

–¡Han llegado todos los servicios!

–Dios mío, aquí deben hacer veinticinco grados –declaró Mitch quitándose el abrigo y arrojándolo en el respaldo de una silla.

–Veintisiete –lo corrigió Megan y giró la perilla del termostato–. Creo que debe haber algo mal. Yo lo regulé a veintidós –miró de costado a Mitch mientras se sacaba el abrigo–. Tendría que gustarle esto, usted es de Florida.

–Ya me aclimaté. Tengo zapatos para la nieve. Voy a pescar en el hielo.

–Masoquista.

Megan apoyó la pila de papeles sobre la mesa y desapareció por el pasillo hacia lo que Mitch supuso que era un dormitorio. Se quedó en el medio de la sala y observó el apartamento tratando de buscar indicios sobre Megan O'Malley, mientras se subía las mangas de la camisa.

La cocina y la sala formaban un solo ambiente, dividido con una antigua mesa de roble rodeada de sillas que no hacían juego. Los armarios de la cocina estaban pintados de blanco y tenían el aspecto de haber sido salvados de la demolición de otra casa antigua. Las paredes estaban pintadas de color rosa pálido, y aunque sabía que Megan no había tenido tiempo para pintarlas, pensó que estaban muy bien. También pensó que si se lo decía ella lo negaría. El color era demasiado femenino. Ése era un aspecto que no mostraba al público. Pero él lo estaba viendo.

Los muebles de la sala eran todos antiguos y, por lo que podía ver, estaban muy bien mantenidos. Había cajas apiladas por todos lados. Libros, platos, cobertores, más libros. Al parecer sólo había desembalado lo esencial.

–Si quiere sentarse ponga las cajas en cualquier lugar –le gritó.

Salió del dormitorio subiéndose las mangas de una camisa de franela tres tallas más grande que el de ella. El grueso jersey y la camisa ya no estaban. Todavía llevaba las calzas negras, que se le ajustaban a las delgadas piernas como una segunda piel. Un par de gatos se frotaban en sus tobillos tratando de llamarle la atención. El más grande era negro con el pecho blanco, patas blancas, cola arqueada y voz quejosa. El más pequeño era gris, y se acostó en la alfombra frente a ella ronroneando con fuerza.

–Cuidado con los gatos guardianes. Si lo confunden con una rebanada gigante de Little Friskies, es hombre muerto –se encaminó hacia la cocina y ellos la siguieron con las colas erguidas–. El negro es Friday –explicó mientras abría una lata de comida–. El gris es Gannon.

Mitch sonrió. Había puesto a sus gatos los nombres de los personajes de Dragnet. Nada suave ni delicado como Puff o Fluff. Nombres de policías.

–A mi hija le encantarían –le dijo. Miró el reloj y advirtió que por segunda noche consecutiva estaba ausente a la hora en que Jessie se acostaba–. Ya tenemos un perro y es suficiente vida animal para nuestra casa. Ha estado pidiendo a sus abuelos que le compren un gatito, pero su abuelo es alérgico –al menos ésa era la excusa de Joy. Echar la culpa a Jurgen. Mitch sospechaba que Joy era alérgica a cambiar las cajas sanitarias y a cepillar pelos de los muebles.

–Tiene suerte de que alguien la cuide –comentó Megan. Tiró la lata vacía en el cesto y se agachó para dejar el recipiente de plástico junto al refrigerador.

–Sí, creo que sí –respondió Mitch tomando la botella de Harp que ella le alcanzó–. Me gustaría que estuviera conmigo.

–¿En serio?

–Sí, en serio –respondió de manera defensiva, tratando de descifrar la expresión de sus ojos. ¿Sorpresa? ¿Vulnerabilidad? ¿Cautela?– ¿Por qué no? Después de todo, ella es mi hija.

Megan levantó un hombro, pero esquivó su mirada y bajó la vista a sus manos mientras abría su cerveza.

–Criar a una niña solo es una carga que muchos hombres no querrían.

–Hay muchos hombres que no deberían ser padres.

–Bueno... ésa es la cuestión.

Mitch sostuvo la cerveza en la mano observando atentamente a Megan mientras ella arrojaba la tapa en el cesto y bebía un sorbo. El repentino comentario tenía una espina de verdad, una antigua experiencia.

–Usted dijo que su padre era policía.

–Cuarenta y dos años con uniforme azul –se apoyó en la encimera, cruzando los tobillos y loa brazos–. Obtuvo los galones de sargento y nunca llegó más alto. Nunca lo quiso. Como dice a quien quiera escucharlo, el verdadero trabajo del policía se realiza en las trincheras.

El toque de humor no fue suficiente para ocultar la amargura. Ella también la percibió. Mitch observó la cautela en sus ojos. Dejando la cerveza, ella se volvió y abrió un poco la ventana sobre la pileta, luego se quedó de espaldas mirando la nada. Mitch se acercó al extremo de la encimera, lo suficientemente cerca para verla y sentir su tensión.

–¿Tiene hermanos?

–Uno.

–¿Él también es policía?

–¿Mick? –se rió–. Por Dios, no. Es corredor de inversiones en Los Ángeles.

–¿Así que usted siguió los pasos de papá en su lugar?

«Él no sabía si eso era verdad», pensó Megan mientras miraba la noche, y el frío entraba por la ventana. Había comenzado a nevar suavemente, con finos copos que caían de las nubes, brillando como lentejuelas bajo las luces de la calle. Ella había pasado gran parte de su vida siguiendo a su padre como una sombra, desconocida, inadvertida. Que triste y estúpido ciclo de vida.

Por el rabillo del ojo podía ver a Mitch con la corbata floja, los dos primeros botones de la camisa abiertos, las mangas levantadas, los musculosos antebrazos descubiertos. La pose era distendida, sin embargo había una cierta tensión en los hombros. Su expresión era pensativa, expectante, sus ojos oscuros la estudiaban, esperaban...

–Me gusta el trabajo. Es adecuado para mí.

«Es adecuado para la imagen que ella presenta al mundo», pensó Mitch. Dura, tenaz, profesional. Era adecuado para la imagen que trataba de presentarle a él. Tendría que haberla aceptado al pie de la letra. Ella ya era un problema por ser la primera mujer policía que el Departamento había enviado al distrito rural de Minnesota. No necesitaba mirar con más profundidad. No necesitaba comprenderla.

Aun así, se acercó a ella, lo suficiente como para sentir el campo eléctrico que se producía entre ellos, lo suficiente como para que ella entrecerrara los ojos en señal de sutil advertencia. Pero Megan no se alejó. No lo haría. Probablemente era un tonto al permitir que eso lo complaciera, pero al parecer no tenía nada que decir al respecto. Su respuesta hacia ella era elemental, instintiva. Ella era un desafío. Mitch quería romper esa dura fachada. Deseaba... y eso le sorprendió. No había deseado a otra mujer desde Allison. Había necesitado y sucumbido ante esa necesidad, pero no había deseado. Se sorprendió al desear ahora, al desearla.

–Sí, el trabajo le sienta bien –murmuró Mitch–. Es usted una galleta dura, O'Malley.

Megan levantó el mentón, sin sacarle los ojos de encima.

–No lo olvide, jefe.

Él estaba demasiado cerca. Otra vez. Tan cerca que podía verle la sombra de la barba incipiente en la tensa mandíbula. Tan cerca que una parte temeraria de ella deseaba levantar una mano y tocarlo... y tocar esa cicatriz en el mentón... y tocar la línea de su boca... Tan cerca que podía ver en la profundidad de sus ojos castaños que éstos habían visto muchas cosas y no todas buenas. El corazón se le aceleró un poco.

–Tenemos un caso para trabajar –le recordó Megan. Él levantó una mano y le colocó un dedo sobre la boca.

–Diez minutos –susurró, levantándole el mentón con el pulgar–. Nada del caso –se inclinó y con sus labios tocó los de ella–. Sólo esto.

Le separó los labios y deslizó su lengua entre ellos, dentro de ella, como si tuviera todos los derechos; entrando y saliendo lentamente, con un ritmo primario e inconfundible; carnal. Ella se dejó llevar por sus brazos y le respondió con ansias.

Mitch le deslizó las manos por la espalda y la abrazó con fuerza, apretándola contra su cuerpo. Durante este instante no hubo más que deseo entre ellos. Simple. Intenso. Ardiente. El cuerpo de Mitch estaba caliente, tenso; músculos y deseo, innegablemente masculino. Y ella se estaba derritiendo contra él.

La tomó de la cintura y la sentó fácilmente sobre la encimera. Ella separó las rodillas y rodeó con las suyas las piernas de él cuando se acercó más. Cuando volvió a besarla, Megan le acarició el pelo, y los músculos del cuello y los hombros. Él tomó su rostro con las manos y la besó con más fuerza. La hebilla cayó en la pileta y el cabello le cayó sobre los hombros como una cortina de ébano, que él acarició y peinó hacia atrás.

Aunque el aire frío de la noche entraba por la ventana, el calor que los rodeaba se había hecho más intenso. La espalda de su camisa estaba empapada por ese calor. El aliento de sus pulmones quemaba. Una gota de transpiración caía por el cuello de Megan. Él la secó con sus labios. Ella inclinó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Sintió los nudillos sobre el pecho mientras él le desabotonaba la camisa. Luego la franela cayó de sus hombros y la boca de él estaba sobre sus pechos.

Ella gimió cuando él tomó el pezón entre sus labios y lo acarició con la lengua. El deseo la devoraba. Y la golpeó de vuelta a la cordura.

Mitch lo advirtió en ese instante. Oyó su respiración agitada, sintió la rigidez de los músculos de su espalda entre sus manos. Y agradeció a Dios que ella tuviera un mejor sistema de alarma que él, de no ser así antes de que pasaran cinco minutos la habría penetrado allí mismo sin esperar la comodidad de una cama ni ninguna otra consideración. La deseaba intensamente y por razones que no podía explicar. El deseo lo atravesaba, palpitando violentamente en su ingle.

Él levantó lentamente la cabeza y la miró a los ojos. Luego le cerró lentamente la camisa sobre los pequeños pechos y los dejó allí.

–¿Está segura de que no reconsiderará la oferta de una cama? –le preguntó con voz ronca.

–Estoy segura –susurró Megan.

Dejó que ella se deslizara de la encimera, pero la aprisionó entre sus piernas. Se inclinó, la besó suavemente en la frente y la acercó a él presionando su erección contra el vientre de Megan, haciéndole saber lo que quena, lo que ella le había hecho.

Megan tembló al sentirlo contra ella, al pensar en los dos desnudos en la habitación de al lado. Tembló por el dolor del deseo y por las consecuencias que ese deseo podían ocasionar. Él podía arruinarla, arruinar la carrera por la que había trabajado tan duro. Y aun sabiendo eso, lo deseaba. El viento frío entró por la ventana abierta tras ella y heló la transpiración de su piel.

–No es que no sea tentador –admitió con toda la frialdad que pudo, mientras unos nudillos golpeaban la puerta del apartamento y el olor a pizza llegaba hasta ellos–. Pero terminaron nuestros diez minutos.
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