Para Andrea, por abrir puertas




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títuloPara Andrea, por abrir puertas
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fecha de publicación07.02.2016
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Día 2
21.43 -10°C


Revisaron las cosas personales de Josh con la música de Phil Collins de fondo. Aquí estaban los dibujos y garabatos de Josh y, ciertamente, ésas no eran cosas hechas para que los extraños manosearan ni escudriñaran. Megan dejó que esto le resbalara como la lluvia sobre un cristal, y se concentró en algo que pudiera indicar infelicidad o temor o desagrado por un adulto.

Había dibujos detallados de coches de carreras y notas lamentándose por la tenacidad de una niña llamada Kate Murphy que se había propuesto que Josh fuera su novio. Le atraía su maestra. Brian Hiatt y Matt Connor eran sus mejores amigos... Los Tres Amigos. Había comentarios sobre hockey y una página con una caricatura de Olie Swain, que se podía reconocer por la mancha que llevaba de nacimiento. Junto al dibujo Josh había escrito: Los niños molestan a Olie, pero es inútil. No puede cambiar su aspecto.

Sabía que sus padres tenían problemas. Había un dibujo de su madre, con un estetoscopio colgando del cuello, que estaba mirando hacia un costado, y uno de su padre, con el rostro serio, mirando hacia el otro. Una gran nube negra pendía sobre sus cabezas y dejaba caer gotas de lluvia del tamaño de balas. Al pie de la página había escrito Papá está loco. Mamá está triste. Yo me siento mal.

Megan dio vuelta la página y se frotó la cara con las manos.

Mitch miró sin parpadear la nota que el secuestrador había pegado en la última página del cuaderno. Se parecía a la que había dejado en la mochila. Una copia láser en un papel de oficina barato.

Tengo una pequeña pena, he nacido de un pequeño PECADO
la ignorancia no es inocencia sino PECADO.


PECADO. Ésta era la segunda referencia al pecado. Josh había sido monaguillo en St. Elysius. Él habría ido a su clase de religión el miércoles a la noche de no haber desaparecido. Alguien ya había interrogado a su profesor, preguntándole si había recibido alguna llamada diciendo que Josh llegaría tarde o faltaría, haciéndole todas las preguntas que se le habían hecho a los adultos que habitualmente estaban en contacto con Josh. Pero había otras personas relacionadas con la iglesia, algunos cientos de feligreses, por ejemplo. O podría ser que el secuestrador no tuviera nada que ver con St. Elysius; podía pertenecer a cualquiera de las ocho Iglesias de Deer Lake... o a ninguna.

La radiollamada de Mitch comenzó a sonar, entonces dejó una porción de pizza a medio comer sobre la caja de cartón mientras se ponía de pie. Sin prestar atención a la grasa de sus dedos, metió la mano en el bolsillo de su abrigo y sacó el teléfono portátil.

–Andy, ¿qué sucede? –preguntó mirando a Megan. Ella se levantó de la silla lentamente, como si algún movimiento repentino pudiera arruinar las probabilidades de una buena noticia.

–¡Tenemos un testigo! –la emoción del sargento retumbó en el aire–. Ella vive cerca del patinódromo. Cree que vio a Josh anoche. Dice que lo vio subir a un coche.

–Bueno, pero ¿por qué tardó tanto en llamar? –gruñó Mitch–. ¿Por qué nadie habló con ella anoche?

–No lo sé, jefe. Viene para aquí. Pensé que también le gustaría estar.

–Llegaré en seguida –cortó mientras continuaba mirando a Megan–. Si hay un Dios en el cielo, tendremos un respiro.

21.45 -10°C


–Mitch, me siento tan mal por esto.

Las luces fluorescentes del salón de conferencias caían sobre Helen Black, dándole un aspecto fantasmagórico, apropiado a las circunstancias. Helen tenía cuarenta y tres años, era divorciada y estaba bien conservada, según sus palabras, por la tortura combinada de la gimnasia, Elizabeth Arden y SlimFast. Con una luz más adecuada era una mujer bastante atractiva, pero esta noche las arrugas de la tensión eran demasiado evidentes alrededor de sus ojos y de su boca; el rubio que había elegido en el salón de Rocco Altobelli sólo acentuaba su palidez.

Helen tenía un estudio fotográfico en la primera planta de un edificio rehabilitado del centro del pueblo. Había tomado la fotografía de Mitch y Jessie que estaba sobre el escritorio de su oficina. Tenía el talento de capturar la personalidad de los sujetos que le llevaban trabajo desde varios kilómetros a la redonda. Exitosa y sola, Helen era una de las muchas mujeres a la que los amigos de Mitch habían tratado de acercarle durante los últimos dos años.

–Estaba preparándome para ir a las Cities. Wes Riker, tu amigo, el de la galería de arte de Bumsville, me invitó a ver Miss Saigon. Estaba corriendo por la casa como una gallina sin cabeza, cuando miré por la ventana de adelante...

–¿Qué hora era? –le preguntó Megan, con un bolígrafo apoyado sobre un anotador.

Ella estaba sentada frente a Helen Black. Russ Steiger había puesto una silla de plástico a la izquierda de Megan y apoyaba una de sus pesadas botas de invierno sobre ella. La nieve y el barro se iban derritiendo y caían en la parte más profunda del asiento. Mitch estaba sentado junto a la testigo, con la silla inclinada para mirarle el rostro. Él también tenía un anotador y un lápiz, pero no los había levantado de la mesa. Su atención estaba concentrada en Helen Black.

–No podría decirlo con exactitud. Tiene que haber sido antes de la siete y más tarde de la hora en que vienen a buscar a los niños, no me habría llamado la atención. No pensé que fuera extraño. Sólo lo recuerdo porque pensé «aquí llega alguien que está atrasado como yo».

–¿Podría jurar que era el niño de los Kirkwood? –le preguntó Steiger.

Parecía más acongojada, frunció el entrecejo y se le marcó un surco en la frente.

–No, no estaba prestando tanta atención. Sé que tenía un gorro de lana de colorines. Sé que era el único niño que estaba en la calle –se le llenaron los ojos de lágrimas. Apretó un pañuelo descartable que tenía en el puño, pero no lo usó–. Si hubiera sabido... ¡Pobre niño! Y Hannah... debe de estar enloqueciendo...

Apoyó un puño contra su boca y le cayeron más lágrimas. Mitch le tomó la otra mano, que estaba apoyada sobre la mesa.

–Helen, no fue tu culpa...

–Si hubiera pensado... si hubiera prestado más atención... si hubiera llamado a alguien...

Steiger masticaba un mondadientes sin moverse. Miró a Megan y se detuvo en la hendidura entre los pechos. Megan le devolvió la mirada resistiendo el deseo de abotonarse la camisa hasta el cuello.

–Hubiera sido mejor haber oído esto hace veinticuatro horas–murmuró.

–¡Lo lamento tanto! –exclamó disculpándose con Mitch–. No lo pensé. Fui a Minneapolis a ver la obra y me quedé para hacer unas compras. Pasé todo el día en el Mall of America. No oí nada sobre Josh hasta que llegué a casa esta noche. ¡Dios mío, si hubiera sabido!

Mientras tapaba su cara con las manos y sollozaba, Mitch miró con severidad al alguacil.

–Helen –le dijo palmeándole el hombro–. No tenías razón para pensar que algo andaba mal. ¿Qué recuerdas sobre el vehículo?

Se limpió la nariz con el pañuelo desintegrado.

–Era una furgoneta. Eso es todo. Ya me conoces... no distingo un coche de otro.

–Bueno, ¿era grande? –le preguntó Steiger con impaciencia. Bajó el pie de la silla y se paseó como un doberman con la correa corta–. ¿Era una camioneta cerrada o una abierta? ¿Cómo era?

Helen negó con la cabeza.

Megan se tragó una sugerencia para que el alguacil se alejara e intentara lo que anatómicamente era imposible y dejara que Mitch y ella continuaran la entrevista.

–Intentémoslo de otra manera, señora Black. ¿Recuerda si la camioneta era clara u oscura?

–Mmmm... era clara. Color canela o quizá gris claro. Podría haber sido blanco sucio. La luz del aparcamiento distorsiona los colores.

–Muy bien –le dijo Megan anotando Color: claro–. ¿Tenía ventanillas... como una camioneta pequeña o una con puertas corredizas?

–No, no tenía ventanillas grandes. Quizá tenía ventanillas pequeñas en la parte trasera. No estoy segura.

–Está bien. Mucha gente no sabe si tiene ventanillas traseras en su propia camioneta, mucho menos en las de los demás.

Helen hizo un mohín.

–Mi ex era un loco por los coches –le confesó con una mirada de mujer a mujer–. Recordaba el día en que el odómetro de su cuatro por cuatro pasó los 100.000 kilómetros. No recordaba nuestro aniversario, pero recordaba con minutos y segundos cuánto hacía que había cambiado el aceite a su precioso Corvette. A mí lo único que me interesa de un vehículo es si es capaz de llevarme donde tengo que ir.

–Y si tiene calefacción –agregó Megan, obteniendo otra sonrisa llorosa.

Helen se echó hacia atrás unos mechones de pelo, visiblemente más tranquila.

–No era la clase de camioneta con la que me gustaría andar por el pueblo. Era como la de un plomero.

Steiger frunció el entrecejo.

–¿Qué quiere decir?

–Sé exactamente a qué se refiere –dijo Megan y anotó camioneta cerrada–. ¿Un plomero descuidado o cuidadoso?

–Descuidado. Parecía muy vieja. Descuidada o quizás algo oxidada–vaciló durante un momento–. Plomero –murmuró–. Saben, no sabía por qué había dicho plomero, pero ahora que lo pienso se parecía a la camioneta de Dean Eberheardt. Vino a arreglarme la ducha y dejó barro por toda la casa. Recuerdo que lo observé cuando se iba y pensé «Dios mío, esa camioneta debe de ser una pocilga».

–¿Está diciendo que Dean Eberheardt es el secuestrador? –preguntó Steiger con incredulidad.

–¡No! –exclamó Helen horrorizada por la conclusión.

Megan apretó los dientes y miró a Mitch.

–Es una Ford Econoline, de principios de los ochenta –dijo Mitch ignorando al alguacil–. Dean estuvo con la pileta de mi cocina. Tuvimos que usar una botella entera de Mr. Clean para limpiar el suelo.

–¿Pariente suyo, alguacil? –murmuró Megan, mientras se ponía de pie con el anotador en la mano. Le indicó a Steiger que mirara la suciedad que había dejado sobre la silla.

–¿Observaste alguna otra cosa, Helen? –le preguntó Mitch–. ¿Algo que te haya llamado la atención o que recuerdes por alguna razón?

–La matrícula, por ejemplo –gruñó Steiger.

Helen lo miró con disgusto.

–Hubiera necesitado binoculares. No sé usted, alguacil, pero yo no los tengo a mano en la sala.

–Transmitiré esto de inmediato –le dijo Megan a Mitch–. Muchas gracias, señora Black. Ha sido una enorme ayuda.

Los ojos de Helen volvieron a inundarse de lágrimas

–Ojalá hubiera podido ayudar antes. Espero que no sea demasiado tarde.

«Eso es lo que todo el mundo espera», pensó Megan mientras salía al pasillo y se encaminaba a su oficina. El boletín tenía que llegar al cuartel del DCC por teletipo. Desde allí la información saldría de inmediato a todas las agencias de Minnesota y a los estados cercanos.

–¿Qué va a poner en el boletín? –preguntó Steiger, caminando junto a ella–. ¿Alguien vio a un niño que subió a una camioneta que parecía la de un plomero?

–Es más de lo que teníamos hace una hora.

–Es mierda.

Megan se enfureció.

–¿Eso cree? Ya envié un boletín de los incidentes más recientes en los que estuvieron involucrados los posibles secuestradores conocidos en una zona de cien kilómetros. Si alguno de ellos conduce una camioneta descolorida y vieja, tenemos un sospechoso. ¿Ustedes qué tienen, alguacil?

Indigestión, si su expresión se ajustaba a la realidad. La miró gon el entrecejo fruncido, el rostro surcado de líneas como un mapa de rutas, la nariz tan aguileña que parecía una espada que le sobresalía del rostro delgado. Tomó el hombro de Megan y la detuvo. La iluminación de arriba de su cabeza hacía brillar el pelo negro y aceitoso.

–Se cree muy lista, ¿verdad?

–¿Es una pregunta retórica o desea ver mis diplomas?

–Puede usar esa boca tan lista en las Cities, pero no funcionará aquí, querida. Tenemos nuestros propios modos de hacer las cosas...

–Sí, observé su estilo en el salón de conferencias. Fastidiando hasta hacer llorar a una testigo que cooperaba. ¿Qué haría en otro caso similar... golpear con una porra de goma a los amigos de Josh?

Los ojos de Steiger ardían encolerizados, y levantó un dedo en señal de advertencia.

–Escuche...

–No. Usted escuche, alguacil –le dijo Megan, golpeándole el pecho con el dedo índice, y alejándolo así un paso hacia atrás–. Todos hemos estado trabajando contra reloj y estamos muy nerviosos, pero ésa no es excusa para la forma en que trató a Helen Black. Ella nos dio una pista, ahora usted quiere descartarla porque no deletrea el nombre del desgraciado en letras mayúsculas...

–Y usted va a resolver el caso con eso –replicó Steiger con desprecio.

–Trataré de hacerlo, y será mejor que usted también lo haga. Esta investigación es un esfuerzo cooperativo. Le sugiero que busque “cooperativo” en el diccionario, alguacil. Al parecer desconoce el concepto.

–Dentro de un mes estará fuera de aquí –gruñó Steiger.

–No cuente con eso. Hay mucha gente que apostó a que no conseguiría este trabajo. Les voy a hacer comer sus palabras. Me sentiría más que feliz si puedo agregar su nombre en la lista.

Se volvió para marcharse, sabiendo que Steiger se estaba convirtiendo en su enemigo. Pero aún se volvió hacia él otra vez para un último disparo.

–Y otra cosa, Steiger... Yo no soy su querida.
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