Para Andrea, por abrir puertas




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títuloPara Andrea, por abrir puertas
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Día 1
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–¿Qué quieres decir con que no puedes encontrar a tu hijo? –le preguntó Mitch con calma.

Hannah se sentó en la silla del gerente, temblando descontrolada, y llorando. Mitch sacó un pañuelo limpio del bolsillo y se lo ofreció. Ella lo tomó automáticamente, sin intención de usarlo; lo arrugó en la mano como una hoja de papel.

–Quiero decir que no lo puedo encontrar –respondió acentuando cada palabra. No podía encontrar a Josh y al parecer nadie entendía lo que ella trataba de decir, como si las palabras que salían de su boca no tuvieran sentido–. Tienes que ayudarme. ¡Por favor, Mitch!

Hannah trató de ponerse de pie, pero Mitch hizo que se sentara nuevamente.

–Haré todo lo que pueda, Hannah. Pero tienes que calmarte...

–¡Calmarme! –exclamó aferrándose a los brazos de la silla–. ¡No lo puedo creer!

–Hannah...

–Dios mío, tú tienes una hija, deberías comprender. Entre todas las personas...

–¡Hannah! –le gritó con severidad. Ella vaciló y parpadeó–. Sabes que te ayudaré, pero tienes que calmarte y decirme todo lo que sepas desde el principio.

Megan observó la escena desde su sitio junto a la puerta. La oficina era un cubo claustrofóbico de paneles baratos y oscuros. Las paredes estaban decoradas con certificados de la cámara de comercio y de varios grupos cívicos dentro de sus marcos de plástico, colgados un poco inclinados. Nada de los armarios o el viejo escritorio de metal abollado sugería el éxito o encanto del restaurante. La mujer (Hannah) se hundió en la silla, entrecerrado los ojos, y con una mano sobre la boca, tratando de recomponerse.

Aun en el estado en que estaba, llorando, con el pelo desarreglado, era una mujer llamativamente atractiva. Alta, delgada, con rasgos para la tapa de una revista. Mitch se situó frente a ella, con la espalda contra el escritorio, inclinado hacia adelante, con su atención completamente concentrada en Hannah, esperando paciente, atento. Extendió la mano sin decir nada y se la ofreció. Ella la tomó y la apretó fuerte, como lo hace alguien que siente un gran dolor.

Megan lo observó con admiración y un poco de envidia. El trato con las víctimas nunca había sido su fuerte. Para ella llegar hasta alguien que sufría significaba tomar un poco de ese dolor para ella misma. Siempre consideró más inteligente y seguro mantener una cierta distancia emocional. Lo llamaba objetividad. Sin embargo, Mitch Holt no vaciló en comprometerse.

–Habíamos quedado en que iría a buscarlo al entrenamiento de hockey –comenzó Hannah en voz muy baja, como si estuviera a punto de confesar un pecado terrible–. Ya estaba por marcharme del hospital, pero tuvimos una emergencia y no pude salir a tiempo. Le pedí a alguien que llamara al patinódromo para decirle que llegaría un poco más tarde. Una de las pacientes tuvo un ataque cardiaco y...

Y perdí a la paciente y ahora perdí a mi hijo.

La sensación de fracaso y culpa la agobió y tuvo que detenerse hasta que pudiera volver a tolerarlas. Le apretó más la mano a Mitch. La sensación sólo aumentó y se intensificó hasta que arrojó las temidas palabras de la boca.

–Me olvidé. Me olvidé de que él me estaba esperando.

Las lágrimas rodaron por sus mejillas y cayeron sobre la larga falda de lana como gotas de lluvia. Se inclinó hacía adelante, replegándose como un feto mientras las emociones la desgarraban. Mitch se acercó y le acarició el pelo, tratando de consolarla. El policía que había en él permanecía tranquilo, esperando los hechos, pensando en las posibles explicaciones. Más profundo, el padre que había en él sintió un miedo instintivo.

–Cuando llegué al patinódromo él ya se había ido.

–Bueno, querida, probablemente Paul lo recogió...

–No. El miércoles es mi noche.

–¿Llamaste a Paul para comprobarlo?

–Lo intenté, pero no estaba en la oficina.

–Entonces probablemente Josh se fue con alguno de los otros muchachos. Probablemente está en la casa de algún amigo...

–No. Llamé a todos los que recordé. Le pregunté a la niñera Sue Bartz. Pensé que quizás estaría allí esperando que pasara a buscar a Lily, pero Sue no lo vio; y Lily aún estaba allí esperando a su madre, probablemente preguntándose por qué mamá se había ido sin ella. Llamé a casa por si había decidido regresar andando. Llamé a las otras madres de hockey. Regresé al patinódromo. Regresé al hospital. No lo puedo encontrar.

–¿Tiene una fotografía de su hijo? –le preguntó Megan.

–La fotografía de la escuela. No es la mejor... necesita un corte de pelo, pero no había tiempo –Hannah apoyó su bolso sobre la falda. Le temblaban las manos mientras revolvía el bolso de cuero buscando la billetera–. Trajo el aviso a casa y yo escribí una nota, pero luego no tuve tiempo, y... me olvidé.

Susurró la última palabra mientras buscaba la fotografía de Josh.

Me olvidé.

Una excusa simple, inofensiva. Olvidó su fotografía. Olvidó su corte de pelo. Lo olvidó a él. Le temblaba tanto la mano que no podía sacar la fotografía de la billetera. Se la entregó a la mujer de pelo oscuro, advirtiendo que no sabía quién era.

–Disculpe –murmuró con amabilidad y una frágil sonrisa–. ¿Nos conocemos?

Mitch se volvió a sentar contra el borde del escritorio.

–Ella es la agente O'Malley del Departamento de Captura Criminal. Megan, ella es la doctora Hannah Garrison, jefa de la sala de emergencias del hospital de nuestra comunidad. Una de las mejores médicas que ha manejado un estetoscopio –agregó con una mueca–. Tenemos mucha suerte de tenerla.

Megan estudió la fotografía, con la mente en el trabajo y no en amabilidades sociales. Un muchachito de ocho o nueve años, vestido con uniforme de boy scout la miraba con una gran mueca en la que faltaban algunos dientes. Tenía muchas pecas en la nariz y las mejillas. El pelo era una mata revuelta de rizos castaños. Sus ojos celestes estaban llenos de vida y travesuras.

–¿Es un niño responsable? –le preguntó–. ¿La llama para avisarle que va a llegar tarde o para pedirle permiso para ir a la casa de algún amigo?

Hannah asintió con la cabeza.

–Josh es muy juicioso.

–¿Cómo fue vestido hoy a la escuela?

Hannah se frotó la frente con la mano, esforzándose para recordar la mañana. Las últimas horas parecían un sueño lejano y nebuloso. Lily llorando por la indignidad de ser confinada a su silla alta. Josh patinando en medias por la cocina. Había que firmar la autorización para una excursión al Museo de Ciencias. ¿La tarea habrá sido hecha? ¿Memorizó las palabras para deletrear? Una llamada del hospital. Las tostadas quemándose en el horno. Paul yendo y viniendo rápidamente por la cocina, imitando a Josh y quejándose porque las camisas necesitaban de la plancha.

–Mmm... unos téjanos. Un jersey azul. Botas para nieve. Una chaqueta para esquiar azul brillante con franjas amarillas y verdes brillantes. Su gorro de vikingo... es amarillo con un parche aplicado. Paul no le dejaría usar uno color púrpura con esa chaqueta. Dice que parecería que Josh fuera vestido por un daltónico. No veo cuál sería el perjuicio, sólo tiene ocho años...

Megan le devolvió la fotografía y miró a Mitch.

–Yo avisaría de inmediato –su mente ya estaba pensando en las posibilidades y en los pasos que deberían dar de acuerdo con esas posibilidades–. Enviar un boletín a su gente, al departamento del alguacil, a la patrulla de caminos...

Hannah parecía agobiada.

–¿No pensará que...?

–No –Mitch intercedió suavemente–. No, querida, por supuesto que no. Son sólo procedimientos de rutina. Enviaremos un boletín a todos los muchachos que están patrullando para que si ven a Josh lo recojan y lo lleven a casa. Discúlpanos un momento –le dijo levantando un dedo. Le dio la espalda a Hannah y miró furioso a Megan-–. Tengo que darle a la agente O'Malley algunas instrucciones.

Tomó a Megan del hombro y la condujo sin ceremonias hasta el pasillo oscuro y angosto. Un hombre de cabeza redonda y chaqueta larga de lana los miró de mala manera y se tapó la oreja que tenía libre mientras trataba de mantener una conversación por el teléfono que se encontraba afuera del lavabo de hombres. Mitch bajó la horquilla del teléfono con dos dedos, cortando la conversación y recibiendo un indignado «¡Qué pasa!» del hombre.

–Discúlpenos –gruñó Mitch mostrándole su insignia–. Asunto policial.

Alejó al hombre del teléfono a empellones por el pasillo con un gesto que hubiera dispersado a los pequeños vendedores de drogas y prostitutas de las principales calles de Miami. Luego miró con el mismo gesto a Megan.

–¿Qué demonios sucede con usted? –exclamó Megan, poniéndose a la ofensiva y sabiendo que era su mejor defensa.

–¿Qué demonios sucede conmigo? –replicó Mitch, manteniendo la voz baja–. Qué demonios sucede con usted... asustando a la pobre mujer...

–Tiene razones para estar asustada, jefe. Su hijo se ha perdido.

–Aún hay que establecer eso. Probablemente está jugando en la casa de un amigo.

–Ella dijo que llamó a los amigos.

–Sí, pero está aterrorizada. Probablemente olvidó buscar en algún lugar obvio.

–O alguien se llevó al niño.

Mitch frunció más el entrecejo y se esforzó para desestimar esa sugerencia.

–Esto es Deer Lake, O'Malley, no New York.

Megan arqueó las cejas.

–¿No tienen crímenes en Deer Lake? Tienen fuerza policial. Tienen cárcel. ¿O todo eso son adornos?

–Por supuesto que tenemos crímenes –gruñó Mitch–. Tenemos estudiantes que roban en los comercios y trabajadores de la fábrica de queso que se emborrachan el sábado a la noche y se pelean en el aparcamiento de la Legión Americana. No tenemos secuestro de niños, por el amor de Dios.

–Sí, bueno. Bienvenido a los noventa, jefe –le respondió con sarcasmo–. Puede suceder en cualquier lugar.

Mitch retrocedió medio paso y se puso las manos en la cintura. El presidente de la logia Hijos de Noruega pasó hacia el lavabo sonriendo y saludando con la cabeza a Mitch. Una vaharada de desodorante de ambientes extremadamente dulce salió de allí cuando se abrió la puerta. Mitch la cerró tal como haría con la boca de Megan por lo que estaba diciendo.

–La gente de St. Joseph tampoco creía que podría suceder allí –le explicó Megan tranquilamente–. Y mientras todos estaban consolándose con esa mentira, alguien se llevó a Jacob Wetterling.

El caso de St. Joseph había sucedido antes de que Mitch se mudara a Minnesota, pero aún estaba en los corazones y las mentes de la gente. Un niño había sido robado y nunca regresó. Esa clase de crimen era tan extraño en la zona que afectó a la gente como si se hubieran llevado a alguien de su propia familia. Deer Lake se encontraba a casi trescientos veinte kilómetros de St. Joseph, pero Mitch sabía que varios de sus hombres y el departamento del alguacil habían trabajado como voluntarios en el caso. Hablaban de él con parquedad, en un tono cuidadoso, como si temieran que al recordarlo pudieran regresar los demonios que habían cometido el crimen.

Megan tomó el auricular del teléfono, maldiciendo en voz baja.

–Estamos perdiendo tiempo.

–Yo lo haré –Mitch le arrebató el auricular.

–Un poco rudo para las reglas de etiqueta sobre los teléfonos, ¿verdad? –comentó Megan con frialdad.

–Nuestro telefonista no la conoce –fue toda la disculpa que le ofreció–. ¿Doug? Mitch Holt. Escucha, necesito que envíes un boletín sobre el chico de Paul Kirkwood, Josh. Sí. Hannah fue a buscarlo a hockey pero él ya se había ido a alguna parte. Probablemente está en el sótano de alguien jugando Nintendo; ya sabes cómo es esto. Hannah está preocupada... Sí, eso es lo que mejor hacen las mujeres.

Megan entrecerró los ojos y se tocó la cabeza con la punta de un dedo. Mitch la ignoró.

–Avísales a los muchachos del condado también, por si lo ven. Tiene ocho años, un poco pequeño para su edad. Ojos celestes, pelo castaño rizado. Visto por última vez con una chaqueta para esquiar azul brillante con franjas amarillas y verdes, y un sombrero amarillo con un aplique de vikingo. Y envía una patrulla al patinódromo. Diles que los veré allí.

Colgó el auricular cuando el líder de los Hijos de Noruega salía del lavabo y pasaba junto a ellos murmurando un saludo y mirando con curiosidad a Megan. Mitch gruñó algo que esperaba fuera reconocido como un saludo. Podía sentir la mirada dura de Megan, pesada, expectante, desaprobadora. Era nueva en este trabajo, ambiciosa, ansiosa por probarse a sí misma. Ella hubiera llamado a la caballería, pero la caballería aún no había sido autorizada.

La prioridad en un caso de persona extraviada era asegurarse de que la persona estaba realmente extraviada. Por eso la regla con los adultos era no considerarlos extraviados hasta que hubieran transcurrido veinticuatro horas. La regla no se aplicaba a los niños, pero aun así, había opciones que debían ser consideradas antes de llegar a la peor conclusión. Aun los niños más juiciosos hacen cosas estúpidas de vez en cuando. Josh podía haber regresado a casa con un amigo y haber perdido la noción del tiempo o estar castigando intencionalmente a su madre por haberse olvidado de él. Había muchas explicaciones más probables que el rapto.

¿Entonces por qué tenía un nudo en el estómago?

Sacó otra moneda del bolsillo del pantalón. Marcó de memoria el número de los Strauss y dio gracias a Dios cuando su hija contestó a la tercera llamada con un exuberante:

–¡Hola, habla Jessie!

–Hola, mi amor, habla papá –le dijo suavemente, bajando la cabeza para eludir la curiosidad de Megan.

–¿Vendrás a buscarme? Quiero que me leas un poco más de ese libro cuando vaya a acostarme.

–Lo lamento, no puedo, mi amor –murmuró–. Esta noche tengo que seguir siendo policía durante un largo rato. Tendrás que quedarte con la abuela y el abuelo.

En el otro extremo de la línea se produjo un pesado silencio. Mitch podía imaginar claramente la cara de disgusto de su hija, una expresión que había heredado de su madre y perfeccionado imitando a su abuela. Una mirada elocuente que podía provocar sentimientos de culpa.

–No me gusta cuando eres policía –le respondió. Se preguntaba si sabía lo mucho que lo hería cuando le decía eso. Las palabras eran un puñal en una vieja herida que no cicatrizaría.

–Sé que no te gusta, pero tengo que tratar de encontrar a alguien que está perdido. ¿No te gustaría que fuera a buscarte si estuvieras perdida?

–Sí –admitió la niña de mala gana–. Pero tú eres mi papá.

–Mañana a la noche estaré en casa, querida, y leeremos algunas páginas extra. Te lo prometo.

–Será mejor que lo hagas, porque la abuela dice que ella también puede leer conmigo a Babar.

Mitch apretó la mandíbula.

–Lo prometo. Dame un beso de buenas noches y luego déjame hablar con el abuelo.

Jessie emitió un sonido fuerte y agudo en el auricular, y Mitch lo repitió, dándole la espalda a Megan para que no pudiera ver el color de sus mejillas.

Luego Jessie le pasó el auricular a su abuelo y Mitch realizó la explicación ritual, que no era una explicación: asunto policial, nada grave, pero había que investigar. Si les decía a sus suegros que tenía que investigar un posible secuestro, Joy Strauss enloquecería todo el pueblo por teléfono.

Jurgen no pidió detalles. Era un nativo de Minnesota y consideraba que era una descortesía pedir mayor información de la que el interlocutor deseaba dar. Además, la rutina no era extraña para él. El trabajo de Mitch requería una noche tarde de vez en cuando. El acuerdo era que Jessie se quedara con sus abuelos, que la cuidaban todos los días cuando salía de la escuela. La rutina era conveniente y brindaba estabilidad a Jessie. Mitch no estaba precisamente enamorado de su suegra, pero confiaba en que ella cuidaría bien de su única nieta.

Le molestaba no poder estar con Jessie, abrazarla, leerle hasta que sus ojitos se cerraran. Su hija era el centro absoluto de su universo. Durante un segundo trató de imaginar cómo se sentiría si no pudiera encontrarla, y luego pensó en Hannah y en Josh.

–Aparecerá en cualquier momento –murmuró mientras colgaba el auricular.

Megan se tranquilizó. Durante un instante Mitch Holt pareció vulnerable, no rudo, intimidatorio. Durante un segundo fue un simple padre que enviaba besos por teléfono a su pequeña hija.

La palabra peligroso flotó otra vez en su cabeza y adquirió nuevas connotaciones.

Apartó este pensamiento y lo miró con expresión seria.

–Espero que tenga razón, jefe. Por el bien de todos.


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