Para Andrea, por abrir puertas




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fecha de publicación07.02.2016
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Día 1
21.30 -7°C


Cuando Mitch llegó con su Explorer al Gordie Knuston Memorial Arena los últimos jugadores de hockey de la liga mayor iban saliendo lentamente de allí. Los jugadores de la liga, de cincuenta años o más, aún exhibían una sorprendente gracia sobre el hielo, como si dejaran la incómoda dureza de la edad en el vestuario cuando se ponían los mágicos patines. Se hablaban, se pasaban la pelota, anotaban puntos, se reían y maldecían. Pero cuando terminaba el juego, se sacaban los patines, y las realidades de la edad volvían a instalarse con saña. Bajaban muy despacio por la escalera, y los rostros se contraían en distintas clases de gestos.

Noogie los observó con una mueca, apoyado contra su patrullero detenido frente al edificio. Hizo un gesto con sus pulgares, y luego se rió cuando Al Jackson lo mandó al infierno.

–¿Por qué sigues jugando si luego quedas así, Al?

–¿Qué clase de pregunta estúpida es ésa? –replicó Al–. Oh, sí, lo había olvidado... tú jugabas al rugby; demasiados golpes en la cabeza.

–Por lo menos nosotros teníamos suficiente sentido como para usar cascos –le respondió Mitch.

–¿Quieres decir que no tienes excusa para la cara?

Noga refunfuñó y les indicó con la mano que se fueran.

–¿Qué sucede, Noogie? –le preguntó Bill Lennox, estirando la correa de su mochila–. ¿Atrapaste a Olie corriendo en su Zamboni?

Todos se rieron, pero sus miradas se dirigieron hacia Mitch y Megan que se acercaban por la acera.

–Buenas noches, Mitch –le dijo Jackson, levantando la punta de su bastón de hockey–. ¿Acaso hay una ola de crímenes en el patinódromo?

–Sí, hemos tenido otra queja de que tus tiros son mortales.

El grupo rugió una carcajada. Mitch los observó hasta que estuvieron bien alejados, y luego se volvió hacia su oficial.

–Oficial Noga, ella es la agente O'Malley...

–Nos conocemos –dijo Megan impaciente, golpeando un pie contra un montón de nieve de la acera con el doble propósito de descargar energía y de mantener la sensación en sus dedos.

Megan observó detenidamente la zona. El patinódromo se encontraba al final de una calle, bien atrás de las residencias. Ubicado en el límite sudeste de Deer Lake, estaba a nueve kilómetros de la autopista interestatal. Más allá de la isla que formaban las luces artificiales del área de aparcamiento, la noche estaba oscura, ominosa, desagradable. Del otro lado de una pared de enormes arbustos deshojados los predios del Park County se extendían a lo largo de un conjunto de viejos edificios vacíos y una gradería. Parecía abandonado y siniestro, como si las sombras estuvieran habitadas por oscuros espíritus que sólo podrían ser ahuyentados por las luces del carnaval y multitudes de personas. Aunque mirara en dirección al pueblo, Megan tenía la sensación de aislamiento.

–¿Es por el niño perdido? –preguntó Noga.

Mitch asintió con la cabeza.

–El hijo de Hannah Garrison. Josh. Ella tenía que venir a buscarlo aquí. Creo que echaremos un vistazo, hablaremos con Olie...

–Deberíamos enviar uniformados a recorrer la zona residencial –interrumpió Megan, y obtuvo una mirada con ojosentrecerrados de Mitch y con ojos de buho de Noga–. Averiguar si los vecinos han visto al niño o algo fuera de lo común. El predio de la feria es el mejor lugar para comenzar la búsqueda una vez que aseguremos la zona.

Mitch había tratado de detenerla con detalles sobre el cuidado de niños, sugiriéndole que permaneciera junto a Hannah y le ofreciera apoyo moral mientras esperaban alguna noticia de Josh. Megan le informó que el apoyo moral no formaba parte de su curriculum, y le sugirió que llamaran a una amiga para que se quedara con Hannah y la ayudara a realizar otra ronda de llamadas telefónicas para buscar a Josh entre sus amigos. Al final Mitch llamó a Natalie, que vivía en el barrio de Hannah.

La miró seriamente, respiró y le habló a su oficial en un tono tan apacible que no se podía creer.

–Entra y busca a Olie. Estaré allí en un minuto.

–Bien –Noga se retiró de inmediato, aliviado por estar afuera de la línea de fuego.

Megan rodeó su cuerpo con los brazos, preparándose para la escaramuza. Mitch la miró fijamente, con la mandíbula apretada, los ojos oscuros y profundos bajo las cejas bajas. Ella podía sentir la tensión que emanaba de él.

–Agente O'Malley –le dijo con una voz tan fría como el aire, y al mismo tiempo peligrosamente suave–, ¿de quién es esta investigación?

–Suya –le respondió sin vacilar–. Y usted la está llevando a cabo.

–Qué diplomática.

–No me pagan por ser diplomática –respondió sabiendo que lo había sido–. Me pagan por consultar, aconsejar e investigar. Le aconsejo que investigue, jefe, en lugar de pavonearse por ahí simulando que nada ha sucedido.

–No le pedí una consulta ni un consejo, señorita O'Malley –a Mitch no le agradaba esta situación. No le agradaban las posibilidades y lo que podrían significar para Deer Lake. Y por el momento sentía un intenso desagrado por Megan O'Malley sólo porque estaba ahí, presenciando todo, y cuestionando su autoridad y su ego–. Sabe, no era muy agradable mirar a Leo, pero él conocía su lugar. No metía la nariz hasta que yo no se lo pedía.

–Entonces él también andaba arrastrando el trasero –replicó Megan, negándose a retroceder. Si retrocedía ahora, Dios sabía que terminaría sentada en el departamento de policía controlando la cafetera. Ya no era una cuestión de campo, era cuestión de establecerse en la cima–. Si no llama unos uniformados para que pregunten a los vecinos, yo lo haré tan pronto como haya dado un vistazo.

Mitch sintió la tensión de los músculos de su mandíbula. Hizo una aspiración profunda y sacó una nube de vapor por la nariz. Megan mantuvo su lugar, con las manos apoyadas en la cintura y los músculos del cuello tensos por tener que mirarlo hacia arriba. Ya no sentía frío en los dedos pequeños de los pies, el calor atravesaba las finas suelas de sus botas.

Mitch apretó los dientes y eso agudizó el nudo que tenía en el estómago, mientras una voz interior le susurraba: ¿Y si ella tiene razón? ¿Si tú estuvieras equivocado, Holt? ¿Y si lo echas todo a perder? La duda lo enfureció, y trasladó rápidamente esa furia a la mujer que tenía frente a él.

–Llamaré dos unidades más. Noga puede comenzar a revisar por aquí. Usted puede venir conmigo, agente O' Malley. No quiero que ande como una desenfrenada por mi pueblo, atemorizando a todos.

–Usted no tiene porqué mantenerme atada, jefe.

Mitch le sonrió de una manera desagradable.

–No, pero es una gran fantasía.

Avanzó por la acera hacia la escalera, negándose a darle la oportunidad de refutarlo. Ella lo siguió rápidamente, maldiciendo el suelo resbaladizo en lugar de maldecir a Mitch Holt.

–Quizá deberíamos establecer algunas reglas de campo por aquí –le dijo ella, poniéndose a la par–. Decidir cuándo será ilustrado o cuándo será un burro. ¿Es un asunto de conveniencia o algo territorial? Me gustaría saberlo ahora, porque si esto se va a convertir en una batalla a ver quién mea más alto en la pared, voy a tener que aprender a levantar la pierna.

–¿No le enseñaron eso en la academia del FBI?

–No. Me enseñaron cómo someter a los machos agresivos levantándoles los huevos hasta las amígdalas.

–Debe ser divertido tener una cita con usted.

–Nunca lo sabrá.

Mitch abrió una de las puertas del patinódromo y la mantuvo abierta. Megan deliberadamente abrió otra a su lado.

–No espero un tratamiento especial –le comentó mientras entraba–. Espero un tratamiento de igual.

–Bien –Mitch se quitó los guantes y los guardó en los bolsillos de su chaqueta–. Trate de pasar sobre mi cabeza y seré tan duro con usted como lo sería con cualquier otro. Si me enloquece lo suficiente la golpearé.

–Eso es agresión.

–Llame a un policía –le dijo por encima del hombro mientras abría una puerta y entraba a la pista.

Megan miró hacia arriba:

–Yo pedí esto, ¿verdad?

Olie Swain se ocupaba de diversos trabajos en el Gordie Knutson Memorial Arena desde hacía cinco años. Trabajaba desde las tres hasta las once, durante seis días a la semana, manteniendo los vestuarios en orden, barriendo la basura de las tribunas, renovando la superficie del hielo con la máquina Zamboni y realizando otros de lo más extraños. Su verdadero nombre no era Olie, pero el apodo se le pegó y él no se esforzó por perderlo. Trataba de no mostrar su verdadero yo; ésa era una actitud que había desarrollado desde la infancia. El anonimato era una capa cómoda, en cambio la verdad era como una luz de neón que dirigía una atención no deseada hacia la desdichada historia de su vida.

Ocúpate de tus asuntos, Leslie. No seas orgulloso, Leslie. El orgullo y la arrogancia son los pecados del hombre.

Las palabras que habían sido repetidas en su infancia con puños de hierro y lenguas como cuchillos se habían anclado con fuerza en su cabeza. El misterio siempre había sido algo de lo que podía sentirse orgulloso. Era pequeño y feo, con una marca de nacimiento que cubría un cuarto de su cara como si fuera una mancha. Sus talentos eran pocos y no le interesaban a nadie. Sus experiencias eran la materia prima de la vergüenza y los secretos, y las guardaba para él. Siempre había justificado su ojo de cristal como el resultado de una caída de un árbol.

Su mente era lista, una cabeza para los libros y los estudios. Tenía una aptitud natural para las computadoras. Esto también lo guardaba para sí mismo, alimentándolo como un rasgo brillante en una existencia yerma.

A Olie no le agradaban los policías. Especialmente no le agradaban los hombres. Su tamaño, su fuerza, su agresiva sexualidad, todo esto desataba malos sentimientos en él, razón por la cual no tenía verdaderos amigos de su edad. Los amigos más cercanos que tenía eran los muchachos de hockey. Envidiaba su exuberancia y añoraba su inocencia. A ellos les agradaba porque podía patinar bien y hacer acrobacias. Algunos eran crueles en relación a su aspecto, pero la mayoría lo aceptaba, y eso era lo mejor que podía esperar Olie.

Se quedó en un rincón del reducido depósito que él había convertido en una oficina, con las terminaciones nerviosas punzándole como gusanos bajo su piel mientras la alta silueta del jefe Holt cubría la puerta.

–Hola, Olie –le dijo el jefe. Su sonrisa era fingida y cansada–. ¿Cómo va todo?

–Bien –replicó Olie rápidamente y tiró de la manga de la chaqueta de aviador que había comprado en una tienda de rezagos militares. Por dentro del grueso jersey de lana el sudor bajaba desde sus axilas, con un olor rancio.

Una mujer miró hacia adentro junto al brazo derecho del jefe. Ojos verdes brillantes en un rostro de duende, cabello oscuro peinado hacia atrás.

–Ella es la agente O'Malley –Holt se movió un centímetro a la izquierda. La mujer lo miró a través de la estrecha abertura y luego miró la pequeña habitación–. Agente O'Malley, Olie Swain. Olie es el sereno.

Olie la saludó cortésmente con la cabeza. ¿Agente de qué? se preguntó. Ocúpate de tus asuntos, Leslie. Buen consejo, sin importar de dónde provenía. A muy temprana edad había aprendido a canalizar su curiosidad hacia sus libros y sus fantasías y no hacia las personas.

–Sólo queremos formularle un par de preguntas, Mr. Swain, si le parece bien –le dijo Megan, aflojando su bufanda debido al calor de la habitación.

Observó todo acerca de Olie Swan en una sola mirada. Tenía la talla de un jinete de carreras, con rasgos chatos y ojos desproporcionados y demasiado redondos. El de la izquierda era de cristal y miraba hacia adelante mientras que el otro miraba hacia todos lados, como si la mirada rebotara en cada cosa que tocara. El ojo de cristal era castaño y un poco más claro que el natural, con un borde blanquecino. El blanco artificial estaba acentuado por la piel roja de la marca de nacimiento que le bajaba desde el cabello y atravesaba el cuadrante superior izquierdo de su cara. Tenía el pelo castaño y gris y levantado en la parte superior de la cabeza como las cerdas de un cepillo. Probablemente tenía unos treinta años, y no le agradaban los policías.

Por supuesto que ése era uno de los riesgos de la profesión. Hasta la gente más inocente se impacienta cuando la policía invade su territorio. Y por otra parte había algunos que resultaban ser algo más que meros impacientes. Megan se preguntó cuál descripción se aplicaría a Olie.

–Estamos tratando de encontrar a Josh Kirkwood –le explicó Mitch–. Juega en el equipo de John Olsen's Squirts. ¿Lo conoces?

Olie se encogió de hombros.

–Seguro.

No agregó nada más. No hizo preguntas. Bajó la mirada hacia sus guantes de lana y frotó su mano izquierda con la derecha. «Típico de Olie», pensó Mitch. El tipo no tenía roce social para hablar, nunca tenía mucho que decir, y nunca decía nada sin que se lo insinuaran. No existían leyes contra eso. Al parecer todo lo que quería en su vida era cumplir con su trabajo y que lo dejaran en paz con sus libros.

Desde su sitio en la puerta, Mitch podía ver a Olie y toda la habitación sin mover los ojos. Una vieja mesa verde para jugar a los naipes con el tablero rajado y una silla de respaldo alto salpicada con pintura ocupaban casi todo el lugar. Sobre la mesa y abajo de ella había pilas de libros de texto usados. Computación, psicología, literatura inglesa... toda una gama de libros.

–La mamá de Josh llegó tarde a buscarlo –continuó Mitch–. Cuando ella llegó aquí él se había marchado. ¿Viste si se fue con alguien?

–No –Olie bajó la cabeza–. Yo estaba ocupado. Tenía que pasar la Zamboni antes del Figure Skating Club –su discurso era como taquigrafía hablada, desprovisto de lo esencial, sólo lo suficiente como para responder, no como para alentar una conversación. Metió las manos en los bolsillos de su abrigo y esperó y transpiró un poco más.

–¿Atendió una llamada cerca de las cinco y cuarto o cinco y media, de alguien del hospital diciendo que la doctora Garrison llegaría tarde? –le preguntó Megan.

–No.

–¿Sabe si alguien lo hizo?

–No.

Megan asintió con la cabeza y bajó el cierre de la chaqueta. La pequeña habitación estaba ubicada al lado de una caldera y al parecer el calor pasaba a través de las paredes. Era como estar en un sauna. Mitch se había sacado la chaqueta y se la había echado sobre los hombros. Olie mantenía las manos en los bolsillos de su abrigo. Giró el pie derecho sobre el costado de su zapatilla Nike y movió la pierna.

–¿Observaste si Josh volvió al edificio después de que los otros muchachos se fueron?

–No.

–¿No fuiste afuera, no viste coches extraños?

–No.

Mitch apretó los labios y suspiró por la nariz.

–Lo lamento –dijo Olie suavemente–. Ojalá pudiera ayudar. Buen muchacho. No le habrá pasado nada, ¿verdad?

–¿Cómo qué? –Megan no dejaba de mirar los ojos desproporcionados de Olie.

Él se volvió a encoger de hombros.

–El mundo es un lugar podrido.

–Probablemente se fue a casa con un compañero –comentó Mitch. Las palabras sonaron gastadas, las había pronunciado tantas veces durante las dos últimas horas. El intercomunicador colgaba silencioso de su cinturón. Seguía pensando que en cualquier momento sonaría y le dirían que Josh había sido encontrado comiendo pizza y mirando el juego de los Timberwolves en la casa de alguna familia del otro lado del pueblo. La espera le estaba carcomiendo los nervios como si tuviera termitas.

«Por otra parte, Megan parecía estar disfrutando de esto, pensó». La idea lo irritó.

–Señor Swain, ¿estuvo aquí toda la tarde? –le preguntó Megan.

–Ese es mi trabajo.

–¿Alguien lo puede verificar?

Una gota de sudor cayó desde la frente en el ojo sano de Olie. Pestañeó como un ciervo atrapado en la mira de un cazador.

–¿Por qué? Yo no hice nada.

Ella le sonrió. No lo convenció, pero no importaba.

–Es sólo rutina, señor Swain. ¿Vio usted...?

Mitch tomó el cinturón que colgaba en la espalda de la chaqueta de Megan y tiró de él suavemente. Ella giró la cabeza y lo miró a los ojos.

–Gracias, Olie –le dijo ignorándola–. ¿Podrías llamarme si recuerdas algo que pueda ayudarnos?

–Seguro. Espero que lo resuelvan –dijo Olie.

La sensación de claustrofobia salió de su pecho cuando Holt y la mujer se alejaron de la puerta. Cuando los pasos se desvanecieron, Olie volvió a sentirse solo. Caminó por la habitación, recorriendo las paredes con las puntas de los dedos, marcando su territorio, borrando la intrusión de los extraños. Se sentó en la silla, y pasó la mano por sus libros, acariciándolos como si fueran mascotas queridas.

No le agradaban los policías. No le agradaban las preguntas. Sólo quería que lo dejaran tranquilo. Ocúpate de tus asuntos, Leslie. Olie deseaba que los demás siguieran ese consejo.

–No me gustó que me hiciera callar tirando de mi cinturón –dijo Megan, mientras caminaba junto a Mitch. Casi tenía que trotar para seguirlo. El eco de los pasos en el concreto se esparcía por todo el enorme edificio. Las luces se reflejaban sobre el espejo de suave hielo blanco. Las gradas que subían por las paredes estaban ocultas por silenciosas sombras, como un teatro frío y vacío.

–Discúlpeme –le contestó Mitch con ironía, retomando las hostilidades que habían dejado por un tiempo–. Estoy acostumbrado a trabajar solo. Mis modales necesitan un poco de lustre.

–Esto no tiene nada que ver con modales. Tiene que ver con la cortesía profesional.

–¿Cortesía profesional? –levantó las cejas–. Parece un concepto desconocido para usted, agente O'Malley. Creo que no lo reconocería aunque le tocara su apretado y pequeño trasero.

–Usted me interrumpió...

–¿Interrumpirla? La hubiera puesto fuera de allí.

–Menoscabó mi autoridad...

Algo caliente y rojo le quemaba los ojos a Mitch. Las llamas ardían fuera de su control por primera vez desde hacía mucho tiempo. Giró hacia Megan sin advertencia, la tomó de los hombros, y la colocó contra el panel transparente que se levantaba sobre los tableros de hockey.

–Éste es mi pueblo, agente O'Malley –gruñó con el rostro a un centímetro del de Megan–. Usted no tiene ninguna autoridad. Usted está aquí para ayudar cuando se lo requiera. Podrá tener muchos cursos, pero al parecer estaba en el lavabo cuando dieron la clase sobre ese tema.

Ella lo miró callada, con los ojos inmensos y verdes, y la boca suave y redonda, en forma de O. Quería asustarla, conmoverla. Lo había conseguido. Ella tenía el abrigo abierto, y con su visión periférica Mitch pudo ver el corazón palpitando bajo su jersey verde.

Fascinado por el movimiento, bajó la mirada. Con los hombros hacia atrás, los pechos se lanzaban hacia adelante llamando su atención. Eran como pequeños globos redondos, los pezones apenas se notaban bajo el jersey. El calor que sintió en su interior convirtió las llamas de indignación en algo menos civilizado, más primitivo. Su intención había sido establecer el dominio profesional, pero en el calor la motivación había cambiado, deslizándose de los rincones lógicos de su mente a una parte de él que no utilizaba la lógica.

Lentamente levantó la mirada hasta el pequeño mentón que se adelantaba desafiante. Más arriba hasta la boca que temblaba un poco, traicionando su aparente valentía. Hasta los ojos tan profundos y verdes como terciopelo, con pestañas cortas y gruesas, tan negras como la noche.

–Nunca tuve este tipo de problema con Leo –murmuró–. Pero nunca tuve ganas de besar a Leo.

Megan sabía que no debía permitírselo. Conocía de memoria todos los argumentos contra esto, los había repetido mentalmente una y otra vez como salmos para alejar a los espíritus demoníacos. Es estúpido. Es peligroso. Es un mal negocio... Y aunque recorrían su cerebro, estaba levantando el mentón, conteniendo el aliento...

Estiró las manos y lo empujó, pero sólo logró desconcentrar a Mitch. Él alejó la cabeza unos centímetros y pestañeó, mientras su mente se aclaraba lentamente. Había perdido el control. El pensamiento era como una campana que sonaba entre sus orejas. Él no perdió el control. Contener la furia. Controlar la mente. Controlar las necesidades. Le había costado dos largos años asimilar esos dictados, y en lo que tarda un suspiro Megan O'Malley lo puso al borde de romperlos. Se miraron fijamente, esperando, conteniendo la respiración en el frío de la pista oscura.

–Voy a hacer como si esto no hubiera sucedido –le anunció Megan sin la autoridad ni la virtuosa indignación que se había propuesto. El anuncio parecía una promesa que ella sabía que no podría mantener.

Mitch no dijo nada. El calor se convirtió abruptamente en una incandescencia. Le levantó las manos de sus hombros y retrocedió. Ella quiso usurpar su autoridad; luego robarle la cordura, luego fingir que nada había sucedido. Una parte de él se picó ante esa idea. Pero no era precisamente una parte inteligente de él.

No era inteligente desear a Megan O'Malley. Por lo tanto, no desearía a Megan O'Malley. Así de simple. Ella ni siquiera era su tipo. Las mujeres diminutas y ásperas nunca le habían movido nada. Le gustaban las mujeres altas y elegantes, cálidas y dulces. Como había sido Allison. Nada que ver con este fardo mezcla de temperamento irlandés y atropello feminista.

–Sí –murmuró buceando profundo para encontrar más sarcasmo–. Buena jugada, O'Malley. Olvídelo. No quisiera verme involucrado en una exhibición de feminidad.

Las palabras hirieron, como él quería, pero el golpe no le dio satisfacción. Todo lo que sentía en su interior era culpa y un poco de arrepentimiento, que no deseaba examinar más profundamente.

Se abrió una de las puertas de entrada y el ruido rebotó en la quietud del lugar como una pelota de goma.

–¡Jefe! –gritó Noga–. ¡Jefe!

Mitch saltó, y el nudo que tenía en el estómago se duplicó, se triplicó, mientras corría por la parte de atrás de los tableros. Por favor, Dios mío, déjalo que diga que encontraron a Josh. Y que esté vivo. Pero aunque había formulado el deseo, un temor frío le corría por la piel y unos dedos huesudos le apretaban la garganta.

–¿Qué sucede? –preguntó Mitch al encontrarse con su oficial.

Noga lo miró; estaba pálido, con expresión de miedo.

–Será mejor que venga a ver.

–Por Dios... –murmuró Mitch desesperado–. ¿Es Josh?

–No. Venga.

Megan corrió tras ellos mientras salían del edificio. El frío la golpeó con una fuerza tangible. Se subió la cremallera de la chaqueta, sacó los guantes de los bolsillos y se los puso. Tenía la bufanda sobre un hombro, y flameaba a sus espaldas como una bandera, hasta que se le cayó al cruzar rápidamente el área de aparcamiento.

Mitch corrió sobre la nieve con huellas de pisadas. A mitad de camino, junto al límite más alejado, tres oficiales uniformados estaban juntos cerca de una hilera de enormes arbustos sin hojas.

–¿Qué? –gritó–. ¿Qué encontraron?

Ninguno de ellos habló. Cada uno miró al otro, mudo y pasmado.

–¡Bueno, joder! ¿Alguien va a decir algo?

Lonnie Dietz dio un paso al costado, y un rayo de luz artificial iluminó una mochila de nylon. Alguien había escrito en un costado, con letras mayúsculas: Josh Kirkwood.

Mitch se arrodilló en la nieve; la mochila adelante de él con todo el potencial de una bomba activada. Estaba a medias abierta y un trozo de papel salía por la abertura, meciéndose con la brisa. Tomó el borde del papel y lo sacó lentamente de la mochila.

–¿Qué es eso? –preguntó Megan sin aliento, arrodillándose junto a él–. ¿Una nota de rescate?

Mitch abrió el papel y lo leyó, rápidamente primero y luego otra vez lentamente, mientras se le enfriaba cada vez más la sangre con cada palabra:

un niño ha desaparecido
la ignorancia no es inocencia sino PECADO.



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