Para Andrea, por abrir puertas




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títuloPara Andrea, por abrir puertas
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fecha de publicación07.02.2016
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Día 1
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–Los niños hacen las cosas más absurdas –comentó Natalie. Estaba trabajando en la encimera de la cocina preparando unos bocadillos de pavita, mientras la cafetera silbaba y borboteaba–. Recuerdo que una vez Troy hizo una gracia como ésta. Tenía diez u once años. Decidió que iría puerta por puerta a vender suscripciones de diarios para ganar un bólido de carrera con control remoto. Estaba tan entusiasmado por ese premio que no podía pensar en algo tan trivial como llamarnos de la escuela para decirnos qué iba a hacer. ¿Llamar a mi madre ? ¿Por qué la voy a llamar si la veo todos los días?

Sacudió la cabeza disgustada y cortó en dos un bocadillo con un cuchillo para pan.

–Esto sucedió cuando vivíamos en las Cities y en Minneapolis comenzaba una gran actividad de las bandas. No puedes imaginar las cosas que pasaron por mi cabeza cuando Troy no había llegado a casa a las cinco y media.

Sí, puedo hacerlo.

Los mismos pensamientos giraban en la mente de Hannah en una espiral interminable, una letanía de horror. Caminaba de un lado a otro, estaba demasiado nerviosa como para sentarse. Ni siquiera había podido cambiarse la ropa que había usado para trabajar. El grueso jersey tenía un tufillo a transpiración del esfuerzo y la tensión del trabajo con Ida Bergen. Las calzas negras le ajustaban en la cintura, y la larga falda de lana estaba arrugada. Se había sacado las botas en la puerta sólo por costumbre.

Recorría todo el largo de la cocina, con los brazos cruzados, en un intento simbólico de mantenerse íntegra, sin alejar la mirada del teléfono, que continuaba silencioso abajo de una cartilla con números telefónicos colgada en la pared. Mamá está en el hospital. Papá está en la oficina. 911 para emergencias. Todo escrito por Josh con coloridos rotuladores. Un proyecto hogareño para una semana segura. Volvió a sentir pánico.

–Como te contaba, yo estaba enloquecida –continuó Natalie, mientras servía el café. Agregó un poco de leche descremada a cada taza y las dejó sobre el bar, al lado de un plato con bocadillos–. Llamamos a la policía. James y yo salimos a buscarlo. Entonces casi lo atropellamos. Así fue como lo encontramos. Estaba dando vueltas por el barrio en su bicicleta en plena noche, tan obsesionado por ganar el maldito juguete que no se molestaba en cuidarse del tránsito.

Hannah miró a su amiga mientras el silencio se prolongaba y comprendió que ése era el momento en el que debía preguntar:

–¿Y qué hiciste?

–Me bajé del coche antes de que James lo aparcara, gritando a todo pulmón. Estábamos frente a una sinagoga. Grité tan fuerte que el rabino salió corriendo, y ¿qué vio? A una negra enloquecida gritando y sacudiendo a ese pobre niño como si fuera un muñeco de trapo. Así que volvió a entrar y llamó a la policía. Vinieron volando con las luces y las sirenas encendidas. Por supuesto que cuando llegaron yo ya estaba abrazando a ese muchachito, lloraba y exclamaba ¡Mi bebé! ¡Mi bebito! –chillaba mirando el techo y agitando los brazos.

Hizo girar los ojos, frunció los labios y sacudió la cabeza.

–Al recordarlo creo que probablemente no debimos castigar a Troy. El disgusto fue suficiente.

Hannah volvió a caminar como un tigre en su jaula. Miró fijo el teléfono como si quisiera que sonara. Natalie suspiró, sabiendo que ya había hecho todo lo que podía hacer. Natalie preparó más café y bocadillos, no porque alguien tuviera hambre, sino porque era algo normal. Habló incesantemente tratando de distraer a Hannah e intentando llenar el ominoso silencio. Fue hasta el extremo de la encimera, rodeó con un brazo los hombros de Hannah y la condujo hasta una banqueta.

–Siéntate y come algo, muchacha. Tu nivel de azúcar ya debe estar en números rojos. Es una maravilla que aún puedas estar de pie.

Hannah se sentó en el borde de la banqueta y miró el plato con bocadillos. Aunque no había probado nada desde el desayuno no tenía ganas de comer. Sabía que tenía que intentarlo, por su propio bien, y porque Natalie se había molestado en prepararlos. No quería herir los sentimientos de Natalie. No quería decepcionar a nadie.

Hoy realmente ya lo has hecho.

Perdió una paciente. Perdió a Josh.

En la sala de estar, donde el televisor mascullaba a solas, Lily se despertó y bajó del sofá. Se encaminó hacia la cocina, frotándose un ojo con el puño, y sosteniendo un dálmata de peluche con el otro brazo. Hannah sintió que se le estrujaba el corazón cuando vio a su hija. A los dieciocho meses, Lily aún era su pequeña, la personificación de la dulzura y la inocencia. Tenía los rizos rubios y los ojos celestes de su madre. No se parecía en nada a Paul, cosa que a él no le importaba. Después de todas las indignidades que Hannah había tenido que sufrir en el prolongado esfuerzo para concebir a Lily, él parecía considerar justo que la niña se pareciera a ella.

Al pensar en Paul, Hannah sólo reparaba más en el silencioso teléfono. Él no había llamado, a pesar de que le había dejado varios frenéticos mensajes en el contestador.

–¿Mami?–dijo Lily estirando la mano libre, en un gesto silencioso para que la levantara.

Hannah consintió de inmediato, abrazó fuerte a su hija y apoyó la nariz contra el cuerpecillo con olor a talco y sueño. Quería a Lily lo más cerca posible, no la había perdido de vista desde que la había traído de la casa de la niñera.

–Hola, dulce bombón –murmuró Hannah, meciéndola hacia atrás y adelante, acariciando el tibio pijama de lana color púrpura–. Ya deberías estar durmiendo...

Lily desvió la observación con una seductora sonrisa con hoyuelos.

–¿Dónde está Josh?

La sonrisa de Hannah se petrificó. Sus brazos se apretaron inconscientemente.

–Josh no está aquí, cariño.

El pánico la golpeó como un ariete, destruyendo su última resistencia. Estaba cansada y aterrorizada. Deseaba que alguien la contuviera, que le dijera que todo iba a salir bien... y lo dijera en serio. Quería que su hijo regresara y que el temor se alejara. Apretó a Lily contra ella y cerró los ojos con fuerza ante la embestida de las lágrimas. Un tortuoso gemido le salió de la garganta dolorida. Lily, atemorizada e infeliz al verse abrazada con tanta fuerza también comenzó a llorar.

–Hannah, querida, por favor siéntate –le pidió Natalie–. Siéntate, te traeré algo para beber.

Afuera de la casa, el perro ladraba y un automóvil entraba por el sendero. Hannah frenó el resto de sus lágrimas, aunque Lily no realizó un intento similar. El suspenso era tan pesado como un humo en el aire. ¿Sería Josh el que llegaba a la puerta de la cocina? ¿O Mitch Holt con novedades en las que ni siquiera se atrevía a pensar?

–¿Por qué Gizmo no está en el patio de atrás, como debe ser?

Paul entró en la cocina, con un gesto petulante en los labios. No miró a Hannah, comenzó con su ritual nocturno como si nada estuviera sucediendo. Entró en la pequeña oficina junto a la cocina y dejó su portadocumentos sobre el escritorio, y colgó su abrigo. Hannah observó cómo desaparecía en la habitación su santuario en perfecto orden. La invadió la furia. Le importaba más colgar su abrigo perfectamente alineado con los otros –arreglados de izquierda a derecha, desde los más pesados a los más ligeros, de los menos formales a los más formales– que su hijo.

–¿Dónde está Josh? –preguntó Paul, regresando a la cocina, mientras se aflojaba el nudo de la corbata–. Ese perro es su responsabilidad.

–Josh no está aquí –le respondió Hannah lacónicamente–. Si te hubieras molestado en responder mis llamadas telefónicas lo sabrías hace horas.

Al escuchar el tono de su voz, Paul la miró con sus cautelosos ojos color avellana.

–¿Qué...?

–¿Dónde demonios estabas? –le preguntó, abrazando con más fuerza a Lily. La beba le golpeó el hombro con la mano sollozando–. ¡Estuve tratando de encontrarte!

–¡Por Dios, estaba trabajando! –replicó Paul, tratando de entrar en escena y que las cosas tuvieran sentido–. Tuve cosas más importantes que hacer que contestar el maldito teléfono.

–¿En serio? Tu hijo se ha perdido. ¿Tienes algún cliente más importante que Josh?

–¿Qué quieres decir con que se ha perdido?

Natalie se colocó entre ellos para rescatar a Lily. La beba se lanzó agradecida a sus brazos.

–Déjame que la acueste, mientras tú y Paul se sientan y discuten esto tranquila y racionalmente –les dijo con firmeza, mirando fijamente a Hannah.

–¿Perdido? –repitió Paul, con las manos apoyadas en la cintura de su pantalón oscuro–. ¿Qué demonios está sucediendo aquí?

Natalie se volvió hacia él.

–Siéntate, Paul –le ordenó señalándole la mesa de la cocina. Él abrió muy grandes los ojos, frunció más el entrecejo, pero obedeció. Natalie se volvió hacia Hannah, con una expresión menos tensa–. Tú también siéntate. Explícate desde el principio. Volveré enseguida.

Se encaminó hacia la escalera que conducía a los dormitorios, arrullando a Lily. Hannah la observó mientras se iba, sintiéndose culpable por la forma en que Lily apoyaba la cabeza sobre el hombro de Natalie y balbuceaba llorosa:

–No, no, mami –sus grandes ojos celestes estaban llenos de acusación.

¡Por Dios! ¿Qué clase de madre soy? Se le puso la piel de gallina, como una lija, y se tapó la boca con la mano, pues temía que saliera de allí una respuesta que no deseaba oír.

–Hannah, ¿qué está sucediendo? Tienes un aspecto espantoso.

Se volvió hacia su esposo, preguntándose con amargura por qué la tensión parecía darle más carácter al aspecto de un hombre. Paul había pasado más de doce horas en el estudio contable del cual era socio con Steve Christianson, su antiguo compañero de escuela. Estaba cansado, las arrugas que tenía alrededor de los ojos y de la boca parecían un poco más profundas de lo acostumbrado, pero nada de eso disminuía su atractivo. Paul era unos centímetros más alto que ella, atlético, con el rostro delgado y un mentón importante. Su camisa estampada estaba ajada, pero con la corbata floja aún lucía mejor. Hannah se miró mientras se sentaba y se sintió como si fuera algo salido de las profundidades del cesto de la ropa sucia.

–Tuvimos una emergencia en el hospital –respondió suavemente mirando a su esposo–. Llegué tarde a buscar a Josh. Le pedí a Carol que avisara, pero cuando llegué ya se había ido. Busqué por todas partes, pero no lo pude encontrar. Ahora lo está buscando la policía.

El rostro de Paul se endureció. Se sentó con los hombros erguidos.

¿Olvidaste a nuestro hijo? –le dijo con un tono cortante como una espada.

–No...

–Por Dios, ese maldito trabajo es más importante para ti...

–¡Soy médica! ¡Una mujer se estaba muriendo!

–¡Y ahora algún lunático se llevó a nuestro hijo!

–¡No lo sabes! –gritó Hannah, odiándolo por expresar sus propios temores.

–¿Entonces dónde está? –gritó Paul apoyando las manos sobre la mesa e inclinándose hacia el rostro de Hannah.

–¡No lo sé!

–¡Ya basta! –gruñó Natalie, entrando en la cocina–. ¡Ya basta, los dos! –los miró con ese ceño feroz que había asustado a más de un policía en Deer Lake–. Tienen arriba a su pequeña llorando porque sus padres están peleando. Éste no es momento para recriminaciones.

Paul la miró enojado, pero no dijo nada. Hannah comenzó a hablar, pero luego les dio la espalda cuando alguien llamó a la puerta. Corrió tropezándose hasta el vestíbulo y voló hasta la puerta, con el corazón latiéndole alocadamente en el pecho.

Mitch Holt estaba en la entrada, con el rostro adusto, y la mirada dolorida.

–No –murmuró Hannah–. ¡No!

Mitch entró y tomó su brazo.

–Querida, haremos todo lo que podamos para encontrarlo.

–No –volvió a murmurar, sacudiendo la cabeza, incapaz de detenerse a pesar del vértigo que sentía en su cabeza–. No. No me lo digas. Por favor, no me lo digas.

«Ningún entrenamiento podía preparar a un policía para esto», pensó Mitch. No existía protocolo para destrozar la vida de un padre. No había lugares comunes adecuados ni excusas suficientes. Nada podía contener el dolor. Nada. No podía ser policía para esto, no podía desprenderse de sí mismo aunque esto hubiera aliviado su propio dolor. Primero era padre, segundo, amigo, y los recuerdos y la culpa le arrebataron cualquier reserva profesional que pudiera quedarle. Atrás de Hannah vio a Paul y a Natalie esperando en el pasillo, con los rostros conmovidos.

–No –murmuró Hannah, moviendo apenas los labios, con los ojos llenos de lágrimas y desesperación–. Por favor, Mitch.

–Josh ha sido secuestrado –le explicó; las palabras sonaron como un rumor bajo y ronco.

Hannah se contrajo como una muñeca rota. Mitch la abrazó con fuerza.

–Lo lamento, querida –murmuró–. Lo lamento mucho.

–-Dios santo –murmuró Natalie. Pasó junto a ellos y cerró la puerta principal para evitar que entrara el aire helado, pero el frío que había entrado en la casa no tenía nada que ver con el clima. Calaba los huesos y no se podía quitar.

Paul se adelantó y retiró una de las manos que Mich tenía sobre el hombro de Hannah.

–Ella es mi esposa –la amargura del tono hizo que Mitch levantara la cabeza.

Paul llevó consigo a Hannah hacia la sala mientras Mitch dejaba caer los brazos. Pero Paul no hizo el menor esfuerzo por ofrecerle algún tipo de consuelo o apoyo. O quizá fuese que Hannah se alejó de él cuando lo intentó. De cualquier manera era extraño, pero, ¿qué no había sido surrealista esta noche? No se secuestraban niños en Deer Lake. El DCC no tenía agentes femeninos. Mitch Holt nunca perdía el control.

Jesús, qué mentira.

La furia que se encendió en su interior lo salvó, por irónico que pueda parecer. Le ofreció algo en qué concentrarse, algo conocido a qué aferrarse. Respiró profundo, se recompuso. Se pasó la mano por el barbudo mentón y miró a su ayudante. Atrás de las gruesas gafas, los ojos de Natalie estaban llenos de lágrimas. Parecía tan perdida como Hannah, que estaba bajo la arcada que daba a la sala, con la cara vuelta hacia la pared.

–Natalie –le dijo tocándole el hombro–. ¿Hay café preparado? A todos nos vendría bien.

Ella asintió con la cabeza y se retiró a la cocina, contenta por poder hacer algo.

Mitch llevó a Hannah y a Paul a la sala de estar.

–Tenemos que sentarnos a hablar.

–¿Hablar? –replicó Paul–. ¿Por qué demonios no está ahí afuera tratando de encontrar a mi hijo? ¡Por Dios, usted es el jefe de policía!

Mitch lo miró inmutable y le otorgó el beneficio de la duda.

–Todos los oficiales de los que dispongo están en este caso. Hemos llamado al departamento del alguacil, a la patrulla del estado, y el DCC está aquí. Estamos organizando grupos de búsqueda en el patinódromo. Vienen helicópteros con rayos infrarrojos que detectarán cualquier fuente de calor. Mientras tanto, estamos enviando la descripción de Josh a todas las comisarías de los alrededores y la están introduciendo en la base de datos del Centro Nacional de Información del Crimen. Aparecerá en todo el país registrado como un niño perdido. Yo estaría coordinando todo personalmente, pero primero tengo que hacerles algunas preguntas a los dos. Tienen que darnos algún punto de partida, algo con lo que podamos trabajar.

–¿Se supone que tenemos que conocer al loco que se llevó a nuestro hijo? ¡Por Dios! ¡Esto es increíble!

–Ya basta –exclamó Hannah.

Paul hizo una mueca de sorpresa.

–O quizá Hannah pueda aclararnos la situación. Ella fue la que dejó a Josh allí...

Hannah jadeó y se bamboleó como si la hubiera golpeado en el rostro.

Mitch golpeó fuerte a Paul Kirkwood con el dorso de la mano; éste cayó hacia atrás, sentado sobre un sillón.

–Ya basta, Paul –le ordenó–. No estás ayudando a nadie.

Paul se hundió en el sillón y frunció el entrecejo.

–Lo lamento –murmuró de mala gana, echándose pesadamente en uno de los brazos del sillón, con la cabeza apoyada en su mano–. Acabo de llegar a casa. No puedo creer que esto esté sucediendo.

–¿Cómo sabes que...? –Hannah no pudo terminar la frase. Se apoyó en uno de los extremos del sillón, mientras Mitch se sacaba el abrigo.

–Encontramos su mochila. Adentro había una nota.

–¿Qué clase de nota? –inquirió Paul–. ¿Pidiendo rescate o algo así? No somos ricos. Quiero decir, tenemos un buen pasar, pero nada extravagante. Y Hannah; bueno, sé que todos creen que los médicos ganan muy bien, pero no es lo mismo que si trabajara en la clínica Mayo...

Dejo el pensamiento sin terminar. Mitch lo miró frunciendo el entrecejo, pensando en lo desatento que había sido el comentario. Volvía a culpar a Hannah. Ella comenzó a llorar silenciosamente, las lágrimas rodaban por sus mejillas, y se tapó la boca con la mano.

–No era una nota pidiendo rescate, pero aclaraba que Josh había sido raptado –continuó Mitch. Las palabras estaban grabadas con ácido en su cerebro, un mensaje para producir temor que apuntaba a una mente retorcida. Deseaba poder hacerles conocer la frase confidencial, decirles que era crucial mantener la información en secreto, que ésta sólo la tendría la parte culpable, etcétera, etcétera, pero no podía. Ellos eran los padres de Josh y tenían derecho a saber–. Dice: «la ignorancia no es inocencia sino pecado».

Hannah sintió un escalofrío.

–¿Qué significa? ¿Qué...?

–Significa que está chiflado –declaró Paul. Se echó el pelo hacia atrás con los dedos una y otra vez–. Oh, Dios mío...

–¿No les sugiere nada? –preguntó Mitch. Ambos negaron con la cabeza, demasiado aturdidos como para pensar. Mitch suspiró lentamente–. Ahora necesitamos concentrarnos en buscar posibles sospechosos.

Natalie trajo el café, dejando una bandeja sobre el baúl de madera de cerezo, al lado de unos mandos a distancia que lucían sin sentido ahora, como si fueran juguetes abandonados. Le dio una taza a Mitch, tomó otra y se la dio a Hannah, dejando que Paul se sirviera solo, mientras ella pedía a su amiga que bebiera un sorbo. Paul no ignoró el desaire, y la miró duramente mientras se inclinaba hacia adelante para servirse más edulcorante.

–¿No pensará que alguien que conocemos haría esto? –preguntó Paul a Mitch.

–No –mintió Mitch. Las estadísticas pasaban por su mente como un noticioso en la pantalla de la televisión. La mayoría de los secuestros de niños no eran obra de desconocidos–. Pero quiero que ambos piensen. ¿Algún cliente o paciente ha tenido alguna queja con ustedes? ¿Han notado desconocidos en el barrio últimamente, algún coche extraño pasando lentamente? ¿Algo fuera de lo común?

Paul miró su café y suspiró.

–¿Cuándo vamos a notar merodeadores desconocidos? Yo estoy en la oficina todo el día, y los horarios de Hannah son peores que los míos ahora que es jefa de la sala de emergencias.

Hannah vaciló al sentir que otro pequeño dardo había dado en su blanco. Mitch pensó en preguntarles cuánto hacía que tenían problemas, pero contuvo su lengua. La tensa situación estaba haciendo aflorar todo el cruel ingenio de Paul.

–¿Josh comentó algo sobre algún merodeador que anduviera por la escuela o que se le hubiera acercado en la calle?

Hannah negó con la cabeza. Las manos le temblaban violentamente cuando apoyó la taza sobre la bandeja, y derramó un poco de café. Ignoró lo que había sucedido y se tomó las rodillas con las manos, mientras los sollozos atormentaban su cuerpo. Alguien había robado a su hijo. En un abrir y cerrar de ojos Josh había desaparecido de sus vidas; alguien sin rostro se lo había llevado a algún lugar desconocido, con algún propósito que ninguna madre desearía considerar. Hannah pensó si acaso tendría frío, si estaría asustado, si estaría pensando en ella y preguntándose por qué no había ido a buscarlo. Pensó si estaría vivo.

Paul se levantó del sillón y comenzó a caminar por la habitación. Tenía el rostro pálido y tenso.

–Aquí no suceden cosas así –murmuró–. Por eso nos mudamos de las Cities, para vivir en un pueblo pequeño donde pudiéramos criar a nuestros hijos sin tener que preocuparnos por algún depravado... –golpeó el puño sobre la repisa de la chimenea–. ¿Cómo pudo suceder esto? ¿Cómo pudo suceder esto?

–No tiene sentido tratar de razonarlo, no importa dónde sucede –le contestó Mitch–. Lo mejor que podemos hacer es concentrarnos en recuperar a Josh. Colocaremos un dispositivo de escucha en su teléfono por si reciben alguna llamada.

–¿Se supone que debemos quedarnos aquí sentados esperando? –preguntó Paul.

–Alguien tiene que estar en la casa por si suena el teléfono.

–Hannah se puede quedar junto al teléfono –propuso Paul a su esposa-–. Yo quiero ayudar con la búsqueda.

«La ha propuesto sin consultarla ni considerar su estado mental», pensó Mitch, cada vez con menos paciencia.

–Tengo que hacer algo para ayudar.

–Sí, está bien –murmuró Mitch, mientras observaba a Natalie que se arrodillaba a los pies de Hannah y trataba de consolarla–. Paul, ¿por qué no salimos de la cocina y discutimos esto?

–¿Qué puedo llevar para la búsqueda? –preguntó, siguiendo a Mitch, con la mente completamente absorbida en la planificación de un curso de acción–. ¿Linternas? Tenemos un buen equipo para acampar...

–Muy bien –le dijo Mitch de manera lacónica. Miró a Paul Kirkwood a los ojos dándole un momento para que comprendiera que esa conversación no era sobre la búsqueda–. Paul, sé que ésta es una situación dura para cualquiera, pero, ¿podría mostrar un poco de compasión con su esposa? Hannah necesita su apoyo.

Paul lo miró fijamente, incrédulo y ofendido.

–En este momento estoy un poco enfadado con ella. Dejó que raptaran a nuestro hijo.

–Josh es víctima de las circunstancias. También Hannah. Ella no podía prever que habría una emergencia en el hospital justamente en el momento que tenía que ir a buscar a Josh.

–¿No? –resopló de manera burlesca–. ¿Cuánto quiere apostar a que estaba saliendo tarde? Ella tiene horarios regulares, pero no los cumple. Se queda en el lugar esperando que suceda algo malo para tener una excusa para quedarse más tarde. Dios no permita que esté en casa, con nuestros hijos...

–Paul, no quiero saber nada sobre eso –replicó Mitch–. En este momento los problemas que usted y Hannah tengan en su matrimonio quedan de lado. ¿Me entiende? Ahora los dos tienen que estar muy juntos, por Josh, y no agredirse mutuamente. Si necesita descargar su furia con alguien, hágalo con Dios o conmigo o con las Cortes de clemencia. Hannah ya tiene suficiente en su conciencia como para que usted además la castigue.

Paul se alejó de él. Mitch tenía razón... él quería castigar a alguien. Hannah. Su muchacha rubia. Su novia trofeo. La mujer que no tenía ni idea de cómo hacerlo feliz. Estaba demasiado ocupada en el brillo de la adoración de los demás como para estar allí con su esposo y sus hijos. Todo esto era por culpa de Hannah.

–Traiga todo el equipo que tenga –dijo Mitch molesto–. Búsqueme en el patinódromo –fue hacia el vestíbulo–. También traiga alguna ropa de Josh –agregó rápidamente mirando a Hannah, que continuaba doblada en el sillón como un montón de miseria–. Necesitaremos algo suyo para que lo huelan los perros.

Natalie lo siguió hasta la entrada.

–Ese hombre necesita algo más que una conversación. Necesita una buena patada en el culo... donde tiene el cerebro.

–Eso es agresión, pero si tú quieres hacerlo, yo juraré en la Corte que no vi nada.

–No puedo creer a este tipo –gruñó Natalie–. Dejar a esa pobre muchacha allí sentada llorando. Lanzarle puñales desde el otro extremo de la habitación como si estuviera en un circo. ¡Dios todopoderoso!

–¿Sabías que tienen problemas?

Ella respondió con una de sus muecas.

–Hannah no habla de cosas personales. Podría vivir con el marqués de Sade y no diría una palabra contra él. De cualquier manera yo no soy la persona adecuada para preguntarle –admitió–. Siempre pensé que Paul era un presumido.

Mitch se masajeó el cuello buscando los puntos de tensión.

–Deberíamos aflojarle un poco la cuerda, Nat. Nadie está muy bien en una situación como ésta. Todo el mundo reacciona de manera diferente y no siempre de manera admirable.

–Me agradaría reaccionar sobre su cabeza –murmuró Natalie.

–¿Puedes quedarte con Hannah? ¿James está en casa con los niños?

Natalie asintió con la cabeza.

–Llamaré a algunos otros amigos. Podemos turnarnos aquí. Y llamaré a la brigada.

–Usa mi celular. De esa manera no ocuparás la línea aquí. Van a venir a intervenir el teléfono. Si sucede algo, estaré en el contestador –la miró mientras se ponía el abrigo–. Usted vale su peso en oro, señora Bryant.

–Díselo al consejo del pueblo –se mofó, tratando de poner una nota de humor en esta pesadilla–. Pueden comenzar limpiando Fort Knox.

Mitch sacó el pequeño teléfono portátil del bolsillo de su abrigo y se lo entregó.

–Llama al sacerdote. Vamos a necesitar toda la ayuda que podamos conseguir.


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