Para Andrea, por abrir puertas




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títuloPara Andrea, por abrir puertas
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fecha de publicación07.02.2016
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Día 1
22.02 -8°C


Desde lejos, la zona de aparcamiento del Gordie Knutson Memorial Arena parecía una reunión gigantesca de carromatos; los coches y camiones aparcados en hileras, hombres llevando estufas portátiles, sus voces resonando en la fría noche. Pero no había un clima de fiesta. La tensión, la ira y el temor se cernían como una nube tóxica.

Si había alguna esperanza de encontrar una prueba en el lugar ésta ya había desaparecido. Ése era el riesgo de trabajar en la escena del crimen con grupos numerosos. La atención a los pequeños detalles se perdía en la búsqueda de grandes pistas. La sensación de urgencia se autoalimentaba y crecía por momentos haciendo más difícil aún controlar a la multitud.

Control. Una palabra apreciada en el vocabulario de Megan. La habían dejado a cargo, pero hasta el momento no tenía control. Los hombres recurrían unos a otros buscando guía e instrucción. Buscaban a su jefe. Ni siquiera veían a Megan. Dos veces intentó levantar la voz sobre el alboroto. Nadie la escuchó, y ella recurrió a Noga.

Él la miró triste y se encogió de hombros.

–Quizá deberíamos esperar al jefe.

–Noga, un niño fue raptado. No tenemos tiempo para seguir con esta maldita orden machista de buscar a tientas.

Frunció el entrecejo y se dirigió hacia el baúl del Lumina y buscó un altavoz entre un montón de cosas sucias, luego fue hasta la parte delantera del vehículo y se subió al capot; los tacos de las botas lo marcaron como piedras de granizo.

–¡Escuchen! –gritó.

El eco retumbó en todo el lugar como si se hubiera apagado una luz, los hombres se quedaron en silencio y se volvieron para mirarla.

–Soy la agente O'Malley del DCC. El jefe Holt se fue para hablar con los padres del muchacho perdido. Durante su ausencia, yo los voy a organizar en equipos para hacer la búsqueda. Policías de Deer Lake: quiero tres equipos de dos personas cada uno que vayan casa por casa de esta manzana, preguntando si alguien vio algo entre las cinco y cuarto y las siete y cuarto. Por ahora no tenemos una fotografía del muchacho para darles, pero la última vez que lo vieron llevaba una chaqueta para esquiar azul brillante con franjas verdes y amarillas, y un gorro amarillo con un aplique de vikingo. Si alguien vio a Josh Kirkwood o vio algo extraño o sospechoso, queremos saberlo. El resto de los policías y muchachos del distrito divídanse...

–Yo dirigiré a mis hombres, si no le importa, señorita O'Malley.

La mirada de Megan cayó como un mazazo sobre la cabeza del alguacil del distrito de Park. Estaba allí, con las manos apoyadas en la cintura y una media sonrisa en sus labios casi inexistentes. Tenía casi cincuenta años, era alto y delgado, de rostro huesudo y nariz aguileña. Las luces del área de aparcamiento brillaban sobre su pelo negro peinado hacia atrás, al estilo Pat Riley. Su voz era más fuerte que la de ella, aun sin el altavoz.

–Quiero a mis agentes aquí. Haremos una búsqueda palmo a palmo... cada sendero, cada edificio. Si encuentran algo, llámenme. Art Globe llegará pronto con sus perros. En cuanto Mitch regrese con algo para que huelan se pondrán a trabajar. ¡Vamos!

Media docena de agentes partieron con sus linternas en la mano. Los policías de Deer Lake daban vueltas sin saber a quién debían enviar y adonde, o si tenían que obedecer las órdenes de una mujer a la que no conocían. Megan miró a Noga, y él les indicó que se pusieran en movimiento. Megan saltó del capot del Lumina y cayó frente al alguacil.

–Soy la agente O'Malley –le dijo extendiendo la mano.

Russ Steiger la miró de manera condescendiente, ignorando abiertamente su gesto de cortesía.

–¿Qué les pasó? ¿Se quedaron sin hombres en St. Paul?

–No –su sonrisa era tan cortante como una cimitarra–. Decidieron, con muy buen criterio, enviar a la persona más calificada en lugar de enviar al que la tuviera más larga.

El alguacil pestañeó como si lo hubiera golpeado con un mazo en la frente. DePalma la hubiera colgado de la cabeza si hubiera escuchado que le hablaba de esa manera a un alguacil de distrito. No importaba que ella conociera agentes que usaban un vocabulario que le podía chamuscar el pelo de las orejas a un marinero. Ésos eran alardes de vestuarios. A ella le habían impartido instrucciones precisas para que diera una buena impresión, que no ofendiera, que no avasallara. Pero sabía muy bien qué sucedería si mantenía la boca cerrada y se inclinaba ante los jefazos locales. Terminaría sentada en su oficina, rellenando formularios y cuidándose las uñas. No se necesitaba ser un genio en comportamiento humano para darse cuenta de que este jefazo en particular era una especie de alce gigante, y que una palmada en el hombro no llamaría su atención; él necesitaba un buen garrotazo en la nuca.

El alguacil bufó.

–Russ Steiger, alguacil del distrito Park. Leo era un tipo increíble.

–Sí, bueno. Ahora él está muerto y tenemos que hacer un trabajo –replicó cansada de escuchar los elogios a Leo–. Hagámoslo antes de que aparezca la prensa –le dio la espalda deliberadamente y luego se volvió calculando su movimiento–. Si sus hombres encuentran algo en el lugar, alguacil, usted me llama. Estaré coordinando los esfuerzos en el puesto de comando.

Dejó escapar un profundo suspiro. La fatiga la presionaba como una piedra de molino. Ésta no era una circunstancia ideal para establecer una buena, relación con los muchachos locales. Tendría que estar a la ofensiva a cada segundo o quedaría aplastada abajo de unas botas número cuarenta y cinco, una distracción que no necesitaba. Cada vez que cerraba los ojos veía a Josh Kirkwood sonriéndole desde su fotografía de escolar. Veía a su madre, la elegante belleza de su rostro retorcida por la culpa y un terrible temor que Megan sólo podía imaginar.

El dolor le punzaba la parte superior del ojo derecho como una aguja de hielo. Tenía un mal presentimiento sobre esto. Rara vez los secuestros terminaban felizmente. El mensaje que habían encontrado en la mochila de Josh resonaba en su cabeza como una campana de condena: La ignorancia no es inocencia sino PECADO.

La nota estaba escrita a máquina lo cual sugería premeditación, y la idea del secuestro hablaba de una mente seriamente perturbada. Megan se preguntaba si estarían tratando con uno del pueblo o alguien que estaba de paso, algún conocido de comunidad o alguien que había andado por ahí lo suficiente como para conocer las rutinas del pueblo. O quizás el sujeto era alguien que recorría las autopistas interestatales y actuaba cuando se le presentaba la oportunidad de raptar a un niño, huyendo después. Quizá tenía la guantera llena de notas para aterrorizar los corazones de los que dejaba atrás. Las posibilidades eran varias, las probabilidades escalofriantes.

En cada instancia de su formación le enseñaban al policía que no debía involucrarse personalmente en el caso. Buen consejo, pero difícil de seguir cuando la víctima era un niño. A Megan se le estrujó el corazón al pensar en el terror que podía estar sufriendo el niño. Ella sabía lo que era ser pequeña, estar sola y temerosa y sentirse abandonada. Esos recuerdos de su infancia flotaban como el aceite sobre el agua en lo profundo de su alma.

Se oyó un grito a la derecha de Megan, y esto la volvió a la realidad justo a tiempo para ver un par de sabuesos que corrían hacia ella, con ojos brillantes y las largas lenguas rosadas colgando de sus bocas. A último momento, uno se desvió hacia la derecha y el otro hacia la izquierda, luego de golpearle las piernas con sus grandes cuerpos musculosos y arrojarla al suelo.

–¡Maldición, van tras un conejo! –un hombre que parecía uno de los duendes de Keebler, con un traje de caza para la nieve, miró disgustado a Megan, y luego le ofreció la mano–. Lo lamento, señorita.

–Agente O'Malley, DCC –le respondió ella automáticamente, mientras él la ayudaba a ponerse de pie.

–Art Globe. Disculpe, señorita, voy a buscar a Heckle y a Jeckle.

–¿Hekhle y Jeckle? –miró cómo se alejaba corriendo tras los perros, mientras subía a la acera–. Jesús, María y José.

–Son lo mejor que tenemos por el momento –le dijo Mitch, que había estacionado su Explorer frente a la pista–. Ya llamé al club de voluntarios de búsqueda y rescate con perros, y a la unidad canina de Minneapolis. Traerán a los animales dentro de dos horas.

«Los desafíos del cumplimiento de la ley en el interior». Megan suspiró.

–El laboratorio móvil viene en camino y los helicópteros estarán aquí dentro de una hora. ¿Cómo están los padres?

Mitch sacudió la cabeza con una expresión desalentadora.

–Hannah está abatida, Paul está furioso. Ambos están asustados. Dejé a Natalie encargada en la casa para que atendiera a sus técnicos.

–Bien. Así será más fácil.

–Paul vendrá para ayudar en la búsqueda.

Megan entrecerró los ojos y suspiró.

–Lo sé, lo sé –mumuró Mitch–. Pero no pude detenerlo. Necesita sentir que está haciendo algo.

–Sí, bueno, si supiéramos dónde no buscar a Josh podríamos enviarlo allí –podía condolerse con la necesidad de un padre de hacer algo concreto en una situación como ésta, pero nadie quería que un padre encontrara el cuerpo de su hijo o que un ciudadano inexperto pasara por alto o destruyera alguna prueba de manera involuntaria.

–Lo enviaré a la retaguardia con los muchachos del condado. ¿Ya comenzaron?

–Oh, sí. Waytt Ealp y yo los echamos a correr –le respondió con sarcasmo.

–¿Así que conoció a Russ?

–Un tipo encantador. Si yo hubiera sido un pez me habría arrojado nuevamente al agua.

–No diga que no se lo advertí.

–Seguiré escuchando eso cuando esté dormida. Si es que puedo hacerlo. Al parecer va a ser una noche muy larga.

–Sí, y al parecer lo será aún más –gruñó Mitch, mientras se acercaba un vehículo del noticioso de TV 7–. Aquí viene la función secundaria. Debería haber una ley contra los civiles con antenas.

–¿La aplicaría contra los medios? Al parecer son humanoides.

La gente de la televisión se bajó del camión como las tropas al desembarcar en Normandía. Rápidamente los técnicos bajaron los equipos y tendieron cables eléctricos sobre la acera. La puerta del acompañante se abrió y bajó la estrella: una muchacha encantadora, con lentes de contacto demasiado celestes y el pelo rubio arreglado con spray, como si fuera un casco impermeable al clima. Llevaba una elegante chaqueta azul abierta sobre un jersey igualmente elegante, calzas azules adentro de unas botas altas de cuero. La ropa más moderna para reporteros que buscaban la miseria y la tragedia a finales del invierno.

–Mierda –exclamó Mitch entre dientes–. Paige Price.

No sentía un gran amor por los periodistas, y sabía que ésta era ambiciosa y despiadada cuando buscaba una historia. Haría cualquier cosa por una primicia, por el mejor ángulo, por ganarle a la competencia.

–¡Jefe Holt! –la sonrisa del rostro de Paige Price era pequeña, apropiada, formal. El brillo de sus ojos no lo era–. ¿Podemos tener algunas declaraciones suyas sobre el secuestro?

–Si es necesario daremos una conferencia de prensa mañana a la mañana –le contestó de manera lacónica–. Ahora estamos muy ocupados.

–Por supuesto. Esto sólo tardará un momento –le dijo suavemente.

Se volvió hacia Megan, y sus ojos de reportera brillaban con astuta especulación, pero rápidamente recompuso su rostro para mostrar preocupación y solidaridad.

–¿Usted es la madre del niño?

–No, soy la agente O'Malley del Departamento de Captura Criminal.

–Usted debe de ser nueva –agudizando su especulación.

–Para el departamento, no. Para la zona de Deer Lake, sí. Éste es mi primer día aquí.

–¿En serio? Qué manera terrible de comenzar un nuevo trabajo –Paige expresaba automáticamente las trivialidades, mientras escudriñaba los archivos de su mente buscando información–. No recuerdo agentes femeninas. ¿No es extraño?

–Se podría decir que sí –le respondió Megan–. Si me disculpa, señorita Price, tengo mucho trabajo. De todos modos, esta investigación es del jefe Holt –agregó lanzando la pelota al campo de Mitch, sin perder de vista la forma en que él la había mirado. Sin embargo, continuó atendiendo a la reportera porque sabía que no se le podía dar la espalda a una víbora venenosa–. Cualquier ayuda de los medios para lograr el regreso a salvo de Josh Kirkwood será muy apreciada.

Luego de esto, dejó a Mitch, y se dirigió a la relativa calidez de la pista para esperar la llegada de la unidad de investigación en la escena del crimen. Se sintió aliviada de haber podido escapar de las garras bien cuidadas de Paige Price. El Departamento debía permanecer en un segundo plano de las investigaciones, dejando que la publicidad y el crédito recayeran sobre los hombros del jefe local o del alguacil, a donde pertenecían. El trabajo de la DCC era una ayuda a disposición de las autoridades locales, no el de una organización de estrellas buscando el papel principal. La policía le sentaba bien a Megan. Ella quería ser policía, no una celebridad. Se imaginó el ataque de las autoridades del Departamento si Paige Price la acorralaba para una exclusiva: La primera agente del DCC resuelve sensacional secuestro de un niño. Ella no quería que Paige Price ni ninguna otra persona la tomara como objeto de curiosidad o como una representante del feminismo. Todo lo que quería era hacer su trabajo.

Subió por la escalera de las gradas oscuras y se detuvo en un pasillo, a dos tercios del final, agradecida por el silencio. No duraría mucho. El laboratorio móvil llegaría para recoger cualquier prueba dolorosa o débil que tuvieran... la mochila, la nota. Ella enviaría a los técnicos a la casa de los Kirkwood para intervenir el teléfono. Luego trabajaría con Mitch para establecer un puesto de comando donde los investigadores pudieran comunicar cualquier hallazgo, donde hubiera una línea telefónica para recibir los avisos del público. Un millón de detalles revoloteaban en su cabeza, amenazando con abrumarla.

Ésta era la clase de responsabilidad que ella había pedido. Esto era lo más cercano al trabajo del FBI que había tenido su padre mientras vivió. Cuidado con lo que deseas, O 'Malley.

Megan estaba completamente agotada, pero trató de imaginar qué habría hecho Neil O'Malley si a ella la hubieran secuestrado cuando era una niña. Fingir destrozo paternal y buscar una botella de Pabst en privado, alegrarse por haberse liberado de una hija que nunca quiso.

–Hay un millón de historias en la Ciudad Desnuda –musitó abstraída, aunque reaccionó rápidamente al ver movimiento en las sombras, cerca de los vestuarios. ¿Olie Swan? Sintió incomodidad al recordar su rostro feo y el olor a sudor rancio del pequeño cubículo al lado de la caldera–. Un millón de historias en la Ciudad Desnuda. ¿Cuál es la tuya, Olie?

Mitch se quedó bajo el resplandor de las lámparas portátiles de TV 7 y dio una versión sucinta del secuestro de Josh Kirkwood, asegurando a la audiencia del noticioso de las diez que estaban haciendo todo lo posible para encontrar al niño, y pidiéndole que colaboraran con cualquier información que pudieran tener.

Mucha gente de Deer Lake miraba KTVS Canal 7 de Minneapolis. Si alguien tenía información, Mitch quería pedírsela. No le agradaba darle la exclusiva a Paige Prince, pero no podía mezclar sus sentimientos personales en esto. Usaría a quien pudiera, cómo pudiera. Si se trataba de encontrar a Josh, trataría con el mismo diablo... o con la hermana del diablo.

Paige estaba junto a él, con una actitud seria e irresistible. La esencia de su perfume parecía intensificarse con el calor de las luces... era intenso y costoso. Sofocante. ¿O era su temperamento que se enardecía? Cuando Mitch terminó su declaración, ella tenía preparada una pregunta para evitar que se le escapara.

–Jefe Holt, usted llama a esto secuestro. ¿Eso quiere decir que tiene pruebas de que Josh Kirkwood fue secuestrado? Y si es así, ¿qué clase de pruebas?

–No puedo divulgar esa clase de información, señorita Price.

–¿Pero acaso es seguro afirmar que usted teme por la vida de Josh Kirkwood?

Mitch la miró con frialdad.

–Alguien se llevó a Josh Kirkwood. Cualquier persona racional se preocuparía por la seguridad de Josh. Estamos haciendo todo lo que podemos para encontrarlo y llevarlo sin daño de regreso a su hogar.

–¿Es una esperanza realista teniendo en cuenta el resultado de casos tales como el secuestro de Wetterling o la desaparición de Erstad? ¿O los casos que en este momento tienen repercusión nacional, Polly Klass en California y Sara Wood en Nueva York? ¿Es verdad que con cada momento que pasa disminuyen las probabilidades del regreso a salvo del niño?

–Todos los casos son distintos, señorita Price –la maldijo mentalmente por tratar de sensacionalizar una situación que ya era terrible. Puta sin principios. Pero lo sabía de antemano, ¿verdad?–. No hay razón para atemorizar a la gente relacionando los casos entre sí o sus resultados con este incidente.

Paige no movió una pestaña ante la reprimenda. Ella se lanzó directamente a la yugular.

–¿Este caso tiene algún significado especial para usted, jefe Holt, considerando su propio...

Mitch no esperó que terminara la pregunta. Cortó la entrevista girando sobre sus talones y encaminándose hacia la pista, liberándose de la mano que trataba de retenerlo. La furia creció en su interior y silbaba como el vapor de una caldera. Atrás de él oyó a Paige que se disculpaba graciosamente, cerrando la nota con palabras conmovedoras:

–... primeros en la escena cuando uno de los grandes horrores de la ciudad golpea el corazón de este pequeño y tranquilo pueblo. Paige Price, TV 7.

–Y... ¡cortamos! –gritó alguien–. Eso es todo por el momento, muchachos.

Oyó que los técnicos se quejaban del frío, y luego el ruido de los tacos de unas botas que corrían atrás de él.

–¡Mitch, espere!

Mitch puso las manos en los bolsillos de su chaqueta y continuó subiendo por la escalera, echándole tan sólo un vistazo.

–¡Mitch!

–Bien montado, Paige –le dijo categóricamente–. Un toque de sensacionalismo, un toque de solidaridad, hacerles saber a los espectadores que ha sido el primer buitre en posarse. Muy profesional.

–Es mi trabajo –se las arregló para parecer apologética y orgullosa de sí misma.

–Sí, conozco todo al respecto.

–Aún sigue enfadado conmigo.

Mitch abrió la puerta con más fuerza de la necesaria y entró en el vestíbulo, que estaba apenas iluminado. Su furia aumentó al oír el falso tono de dolor en su voz. Ella tenía mucha práctica para jugar como víctima. Pero era él quien había sido despedazado en público por los fríos escalpelos metafóricos de la mente sagaz y la afilada lengua de Paige Prince.

Ella le había dicho que quería hacer una nota del nativo de Florida que se establecía en Minnesota, el policía de la gran ciudad adaptándose a la vida del pequeño pueblo.

Una inocente historia pública.

Lo que salió al aire fue una revelación comprometedora de su vida. Ella había exhumado insensiblemente el pasado que él había enterrado, y lo había propalado por todo el estado, una joya para su primer especial en el noticioso de TV 7. La trágica historia de Mitch Holt, soldado de la justicia, su vida destruida por un fortuito acto de violencia.

–Anota otro punto para la reportera investigadora –su sarcasmo fue muy duro. La sonrisa de sus labios era burlona y amarga–. Felicitaciones otra vez por discernir lo obvio.

La tensión era visible en la boca de Paige. Lo miró fijamente, con los ojos luminosos.

–Lo que informé era un asunto de interés público.

Estaba haciendo mi trabajo. Conocimiento público. El público tiene derecho a saber.

Las excusas palpitaban en su cabeza como martillos golpeando su sentido de la decencia. La presión alcanzó la linea roja y su control se partió como viejo metal quebradizo.

–¡No! –exclamó Mitch, avanzando un paso hacia ella.

Pagie retrocedió, con los ojos bien abiertos, mientras él avanzaba señalándola con un dedo como si fuera la lanza de la justicia.

–Lo que ha informado fue mi vida. Sin fundamento. Sin color. Mi vida. Quiero que mi vida sea mía. Si quisiera que todo el mundo en el estado de Minnesota conociera la historia de mi vida, escribiría una maldita autobiografía.

Ahora ella ya estaba contra la pared, con la parte superior de la cabeza abajo de la fotografía de Gordie Knutson estrechándole la mano a Wayne Gretzky. Ningún brillo profesional podía ocultar el hecho de que estaba temblando. Aun así, lo miraba en los ojos, leyendo todo, absorbiéndolo todo, y almacenándolo en su cerebro calculador.

Mitch advirtió que estaba buscando la manera de utilizarlo, de ganar algo, de agregar una sombra de “conocimiento personal” a su ángulo de la historia. Le disgustaba. Conocía mucho a los reporteros desde hacía años. Todos ellos eran una molestia, pero la mayoría de ellos jugaba con un conjunto de reglas que todo el mundo comprendía. Paige Price hacía caso omiso de las reglas con tanta indiferencia como la mayoría de la gente hacía caso omiso del límite de velocidad. Nada estaba fuera de los límites.

Reunió toda su pericia, y arrugó su boca perfecta en un arco de contrición.

–Lamento que la historia le haya molestado, Mitch –le dijo tranquilamente–. Ésa no era mi intención.

Mitch retrocedió, con el rostro contraído por el sabor del disgusto. Deseaba ponerle las manos alrededor de su adorable cuello y sacudirla como a una muñeca de trapo. Se imaginó golpeándole la cabeza contra la pared hasta que se cayera la fotografía de Gordie, en un intento físico de extraerle un poco de decencia.

Pero no podía hacer eso y lo sabía.

Realizó un gran esfuerzo y guardó la furia en una pequeña habitación del pecho y cerró la puerta.

–Conozco su intención, señorita Price. Conmover más corazones y ganar la versión local de un Emmy. Espero que quede bien en su estante de trofeos. Podría sugerirle varios lugares más creativos para colocarlo, pero los dejo a su imaginación.

Pagie lo tomó de un brazo.

–Mitch, quiero que seamos amigos.

–Dios Santo –Mitch se rió–. ¡No quisiera ver cómo trata a sus enemigos!

–Muy bien –admitió ella, con tono suave y mirada seria–. Tendría que haber sido más frontal contigo sobre los antecedentes de la historia. Ahora lo comprendo.

–Diez puntos en comprensión retrospectiva.

Ella ignoró su sarcasmo.

–¿Me daría una segunda oportunidad? Podríamos cenar. Sentarnos y aclarar las cosas... Cuando este caso termine, por supuesto.

–Por supuesto –contestó Mitch de manera despectiva–. Y mientras me pone esa promesa adelante como una zanahoria, se supone que yo le daré un poco de información sobre el caso, ¿verdad? ¿No es así como funciona? –entrecerró los ojos con disgusto–. Ya cené una vez contigo, Paige. Una vez fue suficiente.

Ella pestañeó como si la hubiera herido. «Como si yo pudiera», pensó Mitch.

–Podría haber sido algo más que una cena –susurró, con una expresión más tierna, y acariciándole el brazo–. Aún podría serlo. Me agradas, Mitch. Sé que cometí un error. Déjame enmendarlo.

A ella no le pareció necesario señalar su propia atracción. Probablemente su ego le hacía creer que cualquier hombre que sintiera algo bajo la cintura la desearía, sin importar los aspectos menos atractivos de su personalidad. Mitch negó con la cabeza.

–Sorprendente. Harías literalmente cualquier cosa, ¿verdad? –le miró la mano, la sacó de su brazo y la dejó caer–. Francamente, señorita Price, antes la metería en una picadora de carne. Ahora, si me disculpa, tengo que encontrar a un niño robado. Aunque sea imposible que lo comprenda, para mí él es mucho más importante que usted.


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