El Arte De La Felicidad Un nuevo mensaje para nuestra vida cotidiana




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Establecer empatía



Aunque durante nuestras conversaciones en Arizona habíamos hablado de la importancia de la cordialidad y la compasión huma­nas, no fue hasta unos meses más tarde, en su hogar de Dharamsala, cuando tuve la oportunidad de explorar más detalladamente con él el tema de las relaciones humanas. Para entonces, ansiaba descubrir los principios de sus interacciones con los demás susceptibles de ser aplicados a mejorar cualquier relación, ya fuese con extraños o con familiares, amigos y amantes. Ávido por empezar, abordé el tema de inmediato.

-y ahora, sobre las relaciones humanas..., ¿cuál diría que es el método o la técnica más efectiva para conectar con los demás de una forma significativa y reducir los conflictos?

Me miró fijamente por un momento. No fue una mirada de eno­jo, pero hizo que me sintiera como si acabara de pedirle que me diera la composición química del polvo lunar.

Tras una breve pausa, respondió:

-Bueno, el trato con los demás es un tema muy complejo. No hay manera de encontrar una fórmula con la que se puedan solucio­nar todos los problemas. Es un poco como cocinar. Si se prepara una comida deliciosa, el proceso pasa por diversas fases. Quizá haya que hervir las verduras por separado, para luego sofreírlas y cocinarlas de forma especial, mezclándolas con especias, y así sucesivamente; el resultado final es un producto delicioso. Lo mismo sucede en las re­laciones; existen muchos factores. No se puede decir: «Este es el método» o «Ésta es la técnica».

No era exactamente la clase de respuesta que yo buscaba. Pensé que se mostraba evasivo y tuve la impresión de que, seguramente, tendría algo más concreto que ofrecerme, así que seguí presionándolo.

-Bueno si no hay un método único para mejorar nuestras rela­ciones, ¿hay quizá algunas normas generales que puedan ser útiles.

El Dalai Lama pensó un momento antes de contestar.,

-Sí. Antes hablamos de la importancia de acercarse a los demás con actitud compasiva. Eso es crucial. Claro que no es suficiente con decirle a alguien: «Es muy importante ser compasivo; hay que tener más amor». Una receta tan sencilla no sería provechosa. Pero un me­dio efectivo para inducir a ser más cálido y compasivo consiste ,en razonar acerca del valor y los beneficios prácticos de la compasión, así como hacer reflexionar a las personas sobre sus sentimientos cuando los otros son amables con ellas. Eso en cierto modo los prepara, de tal ma­nera que se producirá más de un efecto a medida que sigan realizan­do esfuerzos por ser más compasivos.

»Al considerar los diversos medios para desarrollar mas compa­sión, creo que la empatía es un factor importante. La capacidad para apreciar el sufrimiento del otro. Tradicionalmente una, de las técnicas budistas para acrecentar la compasión consiste en imaginar una situación en la que sufre un ser sensible, por ejemplo una oveja a punto de ser sacrificada y luego tratar de imaginar el sufrimiento de esa oveja. El Dalai Lama se detuvo un momento para reflexionar, mientras pasaba entre los dedos con expresión ausente las cuentas de una espe­cie de rosario.

-Pienso -siguió diciendo- que si tratáramos con alguien que se mostrara muy frío e indiferente, esta técnica de visualización no se­ría muy efectiva. Sería como si se lo pidiera al carnicero dispuesto a sacrificar una oveja; está tan endurecido, tan acostumbrado ,que eso no haría mella en él. Así que sería muy difícil explicar esa técnica y utilizarla con algunos occidentales acostumbrados a cazar y pescar por simple diversión, como una forma de distracción...

-En ese caso -le sugerí-, quizá no sea una técnica efectiva pedir­le a un cazador que se imagine el sufrimiento de su presa, pero se pue­den despertar sus sentimientos pidiéndole que se imagine a su perro de caza favorito atrapado en una trampa y gañendo de dolor.

-Sí, exactamente -asintió el Dalai Lama-. Creo que se podría ajustar esa técnica a las circunstancias. Por ejemplo, es posible que la persona en cuestión no experimente fuerte empatía con los animales, pero puede sentirla con un miembro de su familia o un amigo. En tal caso, podría visualizar una situación en que la persona querida sufrie­ra o pasara por una situación trágica para luego imaginar cómo res­pondería. Así que se puede intentar acrecentar la compasión tratando de establecer empatía con el sentimiento o la experiencia de otro.

»Creo que la empatía es importante, no sólo como medio para au­mentar la compasión, sino que en términos generales, al tratar con los demás cuando están en dificultades, resulta extremadamente útil para situarse en el lugar del otro y ver cómo reaccionaría uno ante la situa­ción. Aunque no se tengan experiencias comunes con la otra persona o su estilo de vida sea muy diferente, siempre puede intentarse con la imaginación. Quizá haya que ser algo creativo. Esta técnica supone la capacidad para suspender temporalmente el propio punto de vista y buscar la perspectiva de la otra persona, imaginar cuál sería la si­tuación si uno estuviera en su lugar, y cómo la afrontaría. Eso ayuda a desarrollar una conciencia de los sentimientos del otro y a respetar dichos sentimientos, algo importante para reducir los conflictos y problemas con los demás.
Esa tarde nuestra entrevista fue breve. Se me había incluido con di­ficultad y en el último momento en la poblada agenda del Dalai Lama y mantuvimos la conversación a últimas horas del día, como había su­cedido en varias ocasiones. Fuera, el sol empezaba a ponerse, llenan­do la estancia de una luz crepuscular agridulce, convirtiendo el ama­rillo pálido de las paredes en un ámbar más profundo y sembrando de ricos matices dorados las imágenes budistas. El ayudante del Dalai Lama entró silenciosamente en la estancia, indicando el final de nues­tra sesión. Enfrascado en la conversación, pregunté:

-Sé que tenemos que terminar, pero ¿tiene otros consejos para ayudar a crear empatía con los demás?.

Haciéndose eco de las palabras que habia pronunciado muchos meses antes en Arizona, contestó con una afable simplicidad: -Siempre me acerco a los demás en el terreno básico que nos es común. Todos tenemos una estructura física, una mente, emociones. Todos hemos nacido del mismo modo y todos moriremos. Todos de­seamos alcanzar la felicidad y no sufrir. Al mirar a los demás desde esa perspectiva, en lugar de percibir diferencias secundarias, como el he­cho de que yo sea tibetano y tenga una religión y unos antecedentes culturales diferentes, experimento la sensación de hallarme ante al­guien que es exactamente igual que yo. Creo que relacionarse con una persona en ese nivel facilita el intercambio y la comunicación.

Y tras decir esto se levantó, sonrió, me estrechó la mano y se retiró. A la mañana siguiente continuamos nuestra discusión en el hogar del Dalai Lama.

-En Arizona hablamos mucho sobre la importancia de la compa­sión en las relaciones humanas y ayer abordamos el papel de la em­patía para mejorar nuestra capacidad para relacionamos...

-Sí -dijo el Dalai Lama.

-Además de eso, ¿puede sugerir algún método o técnica adicional?

-Bueno, como ya le comenté ayer, no hay una o dos técnicas sen­cillas capaces de resolver todos los problemas. Sin embargo, creo que hay algunas cosas que pueden ayudar. En primer lugar, es útil conocer y valorar los antecedentes de la persona con la que estamos tra­tando. Mantener una actitud mental abierta y honrada también nos ayuda. Esperé, pero él no añadió nada más.

. -¿Puede sugerir algún otro método para mejorar nuestras relaciones?

El Dalai Lama pensó un momento. -No -contestó, echándose a reír. Consideré que esos consejos eran demasiado simplistas. Sin em­bargo, y puesto que eso parecía ser todo lo que él tenía que decir por el momento, abordamos otros temas.
Aquella tarde fui invitado a cenar en casa de unos amigos tibeta­nos en Dharamsala. Organizaron una velada muy animada. La comi­da fue excelente, con un deslumbrante despliegue de platos especiales cuya estrella fue el Mo Mas tibetano, a base de sabrosas albóndigas de carne. A medida que transcurría la cena, se animó la conversación. Los invitados no tardaron en contar historias subidas de tono sobre las situaciones embarazosas en que se habían visto durante una bo­rrachera. Entre los invitados se encontraba una conocida pareja ale­mana, ella arquitecta y él autor de una docena de libros.

Como estaba interesado en sus libros me acerqué al escritor y en­tablé conversación con él. Sus respuestas eran breves y superficiales; su actitud, abrupta y distante. Convencido de que era un hosco esnob me resultó inmediatamente antipático. Me consolé pensando que al menos habia intentando conectar con él y entablé conversación con otros invitados más amistosos.

Al día siguiente estaba con un amigo en un café del pueblo y, mien­tras tomábamos el té, le conté lo ocurrido la noche anterior. -Realmente, disfruté con todos, excepto con Rolf, ese escritor... Parecía tan arrogante y..., bueno, poco amistoso.

, -Lo conozco, desde hace varios años -dijo mi amigo-, y sé que esa es la impresión que causa, pero sólo porque al principio es un poco tímido y reservado. En realidad, es una persona maravillosa si se le llega a conocer un poco... -Yo no me dejaba convencer y mi ami­go siguió diciendo-; A pesar de ser un escritor de éxito, ha tenido en su vida más dificultades de las que se merecía. Su familia sufrió tre­mendamente a manos de los nazis durante la Segunda Guerra Mun­dial. Rolf tiene dos hijos, a los que está muy entregado, que han naci­do con un extraño trastorno genético que los discapacita física y mentalmente. En lugar de amargarse por ello o pasarse el resto de la vida representando el papel de mártir, afrontó sus problemas con ab­negación y dedicó muchos años a trabajar como voluntario en favor de los discapacitados. Realmente, es una persona muy especial.

Volví a encontrarme con Rolf y su esposa al final de esa semana, en el pequeño aeródromo. Teníamos previsto tomar el mismo vuelo a Delhi, pero fue cancelado. El siguiente saldría al cabo de unos días, así que decidimos compartir un taxi hasta la capital, un horrible trayec­to de diez horas. La información de mi amigo había cambiado mis sentimientos hacia Rolf y durante el largo trayecto me sentí más re­ceptivo. Como consecuencia de ello, hice un esfuerzo por mantener una conversación. Inicialmente, su actitud fue la misma. Pero pron­to descubrí que, tal como me había comentado mi amigo, su distan­ciamiento se debía más a la timidez que al esnobismo. Mientras tra­queteábamos por la sofocante y polvorienta campiña del norte de la India y nos enfrascábamos cada vez más profundamente en la conversación, demostró ser una persona cálida y un excelente compañe­ro de viaje.

Al llegar a Delhi ya estaba convencido de que el consejo del Dalai Lama de «conocer los antecedentes» de las personas no era tan su­perficial como me había parecido en un principio. Sí, quizá fuera simple, pero no simplista. En ocasiones, el medio más efectivo para intensificar la comunicación es precisamente el que tendemos a con­siderar como ingenuo.

Días más tarde me encontraba todavía en Delhi, esperando el via­je que me llevaría a casa. El cambio respecto de la tranquilidad que se respiraba en Dharamsala era exasperante y me sentía de muy mal humor. Además del apabullante calor, la contaminación y las multitu­des, las aceras estaban atestadas de toda clase de depredadores urba­nos dedicados a la estafa callejera. Caminar por las abrasadoras calles de Delhi como un occidental, un extranjero, un objetivo, abordado sin tregua por los pedigüeños, era como si tuviera tatuada en la fren­te la palabra «Imbécil». Era desmoralizador.

Esa misma mañana fui víctima de una estratagema habitual a car­go de dos hombres. Uno de ellos me salpicó con pintura roja los zapa­tos en un momento en que yo estaba distraído. Un poco más adelan­te, su compinche, con aspecto de inocente limpiabotas me señaló la pintura y se ofreció para limpiarme los zapatos al precio habitual. Efectivamente, me limpió hábilmente los zapatos en pocos minutos. Una vez que hubo terminado, me pidió una suma enorme, equivalente a dos meses de salario para muchos de los habitantes de Delhi. Cuan­do protesté, afirmó que ése era el precio que habíamos convenido. Protesté de nuevo, y el muchacho se puso a gritar, atrayendo la aten­ción de la multitud, que me negaba a pagarle sus servicios. Ese mismo día, algo más tarde, supe que esta añagaza se empleaba a diario con los turistas desprevenidos.

Por la tarde almorcé con una colega en mi hotel. Lo sucedido esa mañana había quedado rápidamente olvidado y ella me preguntó por mis recientes entrevistas con el Dalai Lama. Nos enfrascamos en una conversación sobre las ideas de éste acerca de la empatía y la importancia de adoptar la perspectiva de la otra persona. Después de almor­zar tomamos un taxi y fuimos a visitar a unos amigos comunes. Cuan­do el taxi se ponía en marcha, pensé de nuevo en el limpiabotas y, mientras esas negras imágenes cruzaban por mi mente, se me ocurrió echar un vistazo al taxímetro.

-¡Pare! -grité de pronto.

. Mi amiga se sobresaltó. El taxista me miró burlonamente por el espejo retrovisor, pero siguió conduciendo. -¡Deténgase! -le exigí, con voz ahora temblorosa, con un atisbo de histeria. Mi amiga parecía conmocionada. El taxi se detuvo. Seña­lé furioso el taxímetro, blandiendo el dedo en el aire-. ¡No puso el taxímetro a cero! ¡Había más de veinte rupias cuando iniciamos la ca­rrera!

-Lo siento, señor -dijo el hombre con indiferencia, lo que me enfureció aún más-. Se me olvidó. Lo volveré a poner en marcha... -¡Usted no va a poner en marcha nada! -exploté-. Estoy harto de que hinchen los precios, me lleven en círculo o hagan todo lo que puedan por robar a la gente... ¡Estoy... harto!

Yo balbuceaba como un mojigato escandalizado, y mi amiga parecía consternada. El taxista se limitó a mirarme con la misma expre­sión desafiante de las vacas sagradas que recorren las ajetreadas ca­lles de Delhi y se detienen donde les place, con la sediciosa intención de detener el tráfico, como si yo fuera un quisquilloso incorregible. Arrojé unas pocas rupias sobre el asiento delantero y sin decir una palabra mi amiga y yo nos apeamos.

Pocos minutos más tarde paramos otro taxi y reanudamos el ca­mino. Pero no podía dejar el tema. Mientras recorríamos las calles de Delhi, no paraba de quejarme de que allí «todo el mundo» se dedica­ba a engañar a los turistas y de que no éramos para ellos más que presas. Mi colega me escuchaba en silencio mientras yo despotricaba y desvariaba.

-Bueno -dijo ella finalmente-, veinte rupias no suponen más que un cuarto de dólar. ¿Por qué enfadarse tanto? -¡Pero los principios son los que cuentan! -exclamé con piado­sa indignación-. No comprendo cómo puedes seguir tan tranquila cuando esto ocurre continuamente. ¿No te molesta? -Bueno -me contestó pausadamente-, me molestó por un momento, pero luego pensé en lo que hablamos durante el almuerzo, lo que dijo el Dalai Lama acerca de ver las cosas desde la perspectiva del otro. Mientras tú te enojabas, intentaba ver qué tenía yo en común con el taxista. Ambos deseamos buenos alimentos, dormir bien, sen­tirnos a gusto, ser queridos. Entonces, intenté imaginarme como ta­xista: todo el día en un taxi sofocante, sin aire acondicionado, sintiéndome colérica e irritada por los extranjeros ricos..., así que no se me ocurre nada mejor para que las cosas sean algo más «justas», para ser un poco más feliz, que sacarles un poco de dinero. La cuestión es que, a pesar de que consigo obtener unas pocas rupias de algún que otro turista inocente, no lo considero como una forma muy satisfactoria de llevar una vida mejor... En cualquier caso, Cuanto más me imagi­naba como taxista, menos enfadada me sentía con él. Su vida me parecía sencillamente triste... No es que esté de acuerdo con su compor­tamiento e hicimos bien al bajarnos del taxi, pero no pude enfadarme con él tanto como para odiarle.

Guardé silencio. En realidad, me sentía asombrado ante lo poco que yo había absorbido del Dalai Lama. Para entonces ya había em­pezado a apreciar el valor de «comprender al otro» y sus ejemplos acerca de cómo poner en práctica los principios. Pensé de nuevo en nuestras conversaciones, iniciadas en Arizona y continuadas ahora en la India, y me di cuenta de que, ya desde el principio, habían ad­quirido un tono clínico, como si yo le hiciera preguntas sobre anato­mía humana sólo que, en este caso, era la anatomía de la mente y el espíritu humanos. Hasta ese momento, sin embargo, no se me había ocurrido aplicar plenamente sus ideas a mi propia vida; siempre ha­bía tenido la vaga intención de tratar de ponerlas en práctica en el fu­turo, cuando dispusiera de más tiempo.

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