El Arte De La Felicidad Un nuevo mensaje para nuestra vida cotidiana




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Examen de la base fundamental de una relación



Mis conversaciones con el Dalai Lama en Arizona se habían ini­ciado con un análisis de las fuentes de la felicidad. A pesar de que él había elegido vivir como un monje, se ha demostrado que el matri­monio puede traer la felicidad, al aportar estrechos vínculos que pro­porcionan satisfacción. Entre estadounidenses y europeos se han lle­vado a cabo muchos estudios que demuestran que en general la gente casada es más feliz y se siente más satisfecha con la vida que las personas solteras o viudas, por no hablar de los divorciados o separados. Una encuesta descubrió que seis de cada diez estadounidenses que califican su matrimonio de «muy feliz» también consideran su vida, en conjunto, como «muy feliz». Al analizar el tema de las relacio­nes humanas, me pareció importante sacar a relucir esa fuente de felicidad.

Minutos antes de una de las entrevistas programadas con el Dalai Lama, me encontraba sentado con un amigo en el patio exterior del hotel, en Tucson, tomando un refresco. Tras mencionar el tema del idi­lio amoroso y el matrimonio, que deseaba plantear en mi entrevista, mi amigo y yo no tardamos en lamentarnos de ser solteros. Mientras hablábamos, una pareja joven, de aspecto saludable, de vacaciones y quizá golfistas, se sentaron a una mesa, cerca de nosotros. Ofrecían el aspecto de un matrimonio de tipo medio; no en luna de miel, pero jó­venes y sin duda enamorados. «Tiene que ser agradable», pensé.

Apenas se hubieron sentado empezaron a discutir.

-¡Te dije que llegaríamos tarde! -acusó con acidez la mujer, con una voz sorprendentemente ronca, fruto sin duda de años de tabaco y alcohol-. Ahora apenas si tendremos tiempo para estar un momen­to sentados. ¡Ni siquiera puedo disfrutar de la comida!

-Si no hubieras tardado tanto tiempo en prepararte... -replicó el hombre, can tono más sereno, pero cargado de hostilidad.

-Ya estaba preparada hace media hora -refutó ella-. Pero tú tenías que terminar de leer el periódico...

Y continuaron de ese modo. La discusión no acababa. Tal como dijo Eurípides: «Cásate; es posible que salga bien. Pero cuando un matrimonio fracasa, se vive un verdadero infierno en el hogar.

Aquella discusión, cuya acritud aumentó rápidamente, terminó con nuestros lamentos de solteros. Mi amigo alzó los ojos y citó una frase de Seinfeld:

-«¡Oh, sí! ¡Deseo casarme muy pronto!»

Apenas unos momentos antes tenía la intención de conocer la opi­nión del Dalai Lama sobre las alegrías y virtudes del idilio amoroso y el matrimonio. En lugar de eso, en cuanto entré en la suite de su hotel y casi antes de sentarme, pregunté:

-¿Por qué surgen conflictos con tanta frecuencia en los matri­monios?

-Cuando se trata de conflictos, las cosas pueden ser bastante com­plejas -explicó el Dalai Lama-. Hay muchos factores implicados. Así que cuando tratamos de comprender los problemas de relación, es preciso reflexionar primero sobre la naturaleza fundamental y la base de esa relación.

»Así que, antes que nada, hay que reconocer que existen diferen­tes clases de relación y examinar esas diferencias. Por ejemplo, dejan­do de lado por el momento el tema del matrimonio y centrándonos en las amistades corrientes, observamos que hay diferentes clases de amis­tad. Algunas se basan en la riqueza, el poder o la posición. En esos casos, la amistad continúa mientras tengas poder, riqueza o posición. En cuanto desaparecen, la amistad se desvanece. Por otro lado, hay una amistad basada no en consideraciones de riqueza, poder y posi­ción, sino más bien en el verdadero sentimiento humano, en un senti­miento de proximidad, en el que existe la sensación de compartir, de estar conectado. Ésa es la amistad que yo llamaría genuina, porque no la mediatiza la riqueza, la posición o el poder. Lo fundamental para una amistad genuina es un sentimiento de afecto. Si falta, no se pue­de mantener una verdadera amistad. Lo hemos mencionado antes y es bastante evidente, pero si se tienen problemas de relación a me­nudo resulta muy útil retroceder un poco y reflexionar sobre la base de ella.

»Del mismo modo, si alguien tiene problemas con su cónyuge, quizá sea útil examinar la base de la relación. A menudo, por ejemplo, hay relaciones cimentadas por una atracción sexual inmediata. Cuan­do una pareja acaba de conocerse es posible que se sientan locamen­te enamorados y muy felices. -Se echó a reír-. Pero cualquier decisión tomada en ese momento sería muy inestable. Del mismo modo que uno puede enloquecer a causa de una cólera u odio muy intensos, también es posible que un individuo enloquezca impulsado por la in­tensidad de la pasión o el placer. Incluso situaciones en las que el indi­viduo piensa: "Bueno, mi novio o mi novia no es en realidad una bue­na persona, pero a pesar de todo me sigue atrayendo". Así pues, una relación basada en esa atracción inicial es muy poco fiable, muy ines­table, porque se apoya en algo pasajero. Ese sentimiento dura muy poco, desaparecerá al cabo de poco tiempo. -Hizo chascar los de­dos-. En consecuencia, no debería sorprender a nadie que la relación empezara a tener problemas, y todo matrimonio basado en ella tuvie­ra conflictos... Pero ¿usted qué piensa?

-Sí, estoy de acuerdo con usted en eso -admití-. Parece ser-que en toda relación, incluso en las más ardientes, la pasión termina por en­friarse. Algunas investigaciones han demostrado que quienes consi­deran la pasión y el romanticismo esenciales para su relación, suelen desilusionarse y divorciarse. Ellen Berscheid, psicóloga social de la Universidad de Minnesota, lo estudió y llegó a la conclusión de que la incapacidad para percatarse de la limitada vida media del amor apa­sionado puede acabar con una relación. Ella y sus colegas creen que el aumento de los índices de divorcio durante los últimos veinte años se halla en parte relacionado con la creciente importancia que concede la gente a experiencias emocionales intensas en sus vidas, como es el caso del amor romántico. Porque es difícil mantener esas experiencias durante mucho tiempo...

-Eso parece muy cierto -asintió-. Al abordar esos problemas, se da uno cuenta de la tremenda importancia que tienen el examen y la comprensión de la naturaleza fundamental de las relaciones. »Ahora bien, aunque muchas relaciones se basan en la atracción sexual inmediata, en otras la persona juzga con serenidad que desde el punto de vista físico el otro no es demasiado atractivo, pero es una persona buena y amable. Una relación como ésta es mucho más duradera, porque genera una verdadera comunicación entre los dos...

El Dalai Lama se detuvo un momento, como si meditara, antes de añadir:.

-Conviene dejar claro que también se puede tener una relación buena y saludable que incluya la atracción sexual. Parece ser, por tan­to, que existen dos clases de relación basadas en la atracción sexual. Una de ellas obedece al puro deseo sexual. En ese caso, la motivación o el impulso que hay tras el vínculo es realmente la satisfacción tem­poral, la gratificación inmediata. Los individuos se relacionan entre si no tanto como personas, sino más bien como objetos. Ese vínculo no es muy sano, porque sin ningún componente de respeto mutuo termi­na por convertirse casi en prostitución, como una casa construida so­bre cimientos de hielo: el edificio se desploma en cuanto se funde el hielo.

»No obstante, hay relaciones en que la atracción sexual, si bien es poderosa, no es fundamental. Existe un aprecio de valores relaciona­dos con la cordialidad. Estas relaciones son, por lo general, más du­raderas y fiables. y para establecer una relación semejante es preciso dedicar tiempo suficiente a conocer las características del otro.

»En consecuencia, cuando mis amigos me preguntan sobre el matrimonio, suelo preguntarles desde cuándo conocen a su pareja. Si me contestan que desde hace sólo unos meses, suelo decirles: "Oh, eso es demasiado poco". Si me hablan de unos años, ya me parece mejor porque sé que entonces no sólo conocen el aspecto físico del otro, sino también su naturaleza más profunda...

-Eso me recuerda la afirmación de Mark Twain: «Ningún hom­bre o mujer sabe realmente qué es el amor perfecto hasta que no lleva casado un cuarto de siglo».

El Dalai Lama asintió con un gesto y continuó:

-Sí... Creo que muchos problemas aparecen sencillamente porque las personas no se conceden tiempo suficiente para conocerse unas a otras. En cualquier caso, creo que si alguien trata de construir una re­lación verdaderamente satisfactoria, la mejor forma de conseguirlo es conociendo la naturaleza profunda del otro, y relacionándose con él en ese nivel, en lugar de hacerlo simplemente a través de las características superficiales. Y en esas relaciones también juega un papel la verdadera compasión.

»He oído decir a muchas personas que su matrimonio tiene un sen­tido más profundo que la simple relación sexual, que el matrimonio implica a dos personas que tratan de enlazar sus vidas, compartir sus vicisitudes y la intimidad. Si esa afirmación es honesta, la relación es sana. Toda relación sana implica responsabilidad y compromiso. Cla­ro que el contacto físico, la relación sexual de la pareja, puede tener un efecto calmante sobre la mente. Pero, después de todo, desde el punto de vista biológico, el propósito principal de la relación sexual es la reproducción. Y para realizado con éxito, hay que tener una ac­titud de compromiso hacia la descendencia, para que ésta pueda so­brevivir y desarrollarse. Por eso es tan importante potenciar la capa­cidad para la responsabilidad y el compromiso. Sin ella, la relación únicamente ofrece una satisfacción temporal. Es simple diversión. Se echó a reír, con una risa que parecía maravillada por el com­portamiento humano.
Relaciones basadas en el romanticismo
Me resultaba extraño estar hablando de sexo y matrimonio con un hombre de más de sesenta años y célibe. No parecía reacio a hablar de estos temas, aunque sí pude observar un cierto distanciamiento en sus comentarios.

Esa misma noche, algo más tarde, al pensar en nuestra conversa­ción, se me ocurrió que aún quedaba un componente importante de las relaciones del que no habíamos hablado, y sentía curiosidad por saber cuál era su postura. Se lo planteé al día siguiente.

-Ayer hablamos de las relaciones y de la importancia de basar una relación íntima o matrimonial en algo más que en el sexo -em­pecé a decir-. Pero, en la cultura occidental, lo que se considera muy deseable no es únicamente el acto sexual físico, sino el clima de ro­manticismo, estar profundamente enamorado del otro. En las pelícu­las, la literatura y la cultura popular encontramos una exaltación de este amor romántico. ¿Cuál es su punto de vista?

El Dalai Lama me contestó sin vacilación.

-Creo que, dejando aparte hasta qué punto la búsqueda continua del amor romántico puede afectar a nuestro desarrollo espiritual más profundo, incluso desde la perspectiva de un estilo de vida convencio­nal habría que considerar la idealización de ese amor romántico como un caso extremo. A diferencia de las relaciones en que hay atención ha­cia el otro y afecto genuino, no puede verse como algo positivo -afir­mó con decisión-. Se trata de algo basado en la fantasía, inalcanza­ble; por lo tanto, puede ser una fuente de frustración. Así pues, no debería ser considerado como algo positivo.

El tono taxativo del Dalai Lama parecía indicar que no tenía nada más que decir al respecto. A la vista del tremendo énfasis que pone nuestra sociedad en el romanticismo, tuve la impresión de que él de­sechaba demasiado a la ligera su atractivo. Dada la educación monás­tica del Dalai Lama, imaginé que no lo comprendía y que preguntar­le sobre temas relacionados con el amor romántico era como pedirle que acudiera al aparcamiento para echarle un vistazo a mi coche por un problema que tenía con la transmisión. Ligeramente decepcionado, me apresuré a consultar mis notas y me dispuse a plantear otros temas.
¿Qué hace que el amor romántico sea tan atractivo? Al examinar esta cuestión se descubre que eros, el amor romántico, sexual, apasio­nado, el éxtasis definitivo, es un potente cóctel de ingredientes cultu­rales, biológicos y psicológicos. En la cultura occidental, la idea ha florecido durante los últimos doscientos años bajo la influencia del romanticismo, un movimiento que ha contribuido mucho a configu­rar nuestra percepción del mundo y que surgió como un rechazo del período anterior, la Ilustración, con su énfasis en la razón humana.

El nuevo movimiento exaltaba la intuición, la emoción, el sentimiento, la pasión. Subrayaba la importancia del mundo sensorial, de la expe­riencia subjetiva del individuo, y tendía hacia el mundo de la imagi­nación, de la fantasía, de la búsqueda de un ámbito que no existe, de un pasado idealizado o de un futuro utópico. Esta idea ha ejercido una profunda influencia no sólo en el arte y la literatura, sino también en la política y en todos los aspectos de la cultura occidental moderna. El impulso romántico persigue el enamoramiento. En nosotros fun­cionan poderosas fuerzas que nos llevan a buscar este sentimiento; aquí no se trata simplemente de la glorificación del amor romántico, que hemos recogido de nuestra cultura. Muchos investigadores creen que estas fuerzas se hallan en nuestros genes. El enamoramiento, in­variablemente mezclado con la atracción sexual, quizá sea un com­ponente genéticamente determinado del instinto de apareamiento. Desde una perspectiva evolutiva, la tarea principal del organismo es la de sobrevivir, reproducirse y asegurar la supervivencia de la espe­cie. Redunda por tanto en interés de las especies el que estemos pro­gramados para enamorarnos; eso aumenta, ciertamente, las probabi­lidades de apareamiento y reproducción. Disponemos por lo tanto de mecanismos innatos que nos ayudan a que eso suceda; así, en res­puesta a ciertos estímulos, nuestros cerebros fabrican y bombean sus­tancias químicas capaces de crear una sensación eufórica, el «entu­siasmo» asociado con el enamoramiento que a veces nos abruma y bloquea otros sentimientos.

Las fuerzas psicológicas que nos impulsan a buscar el enamora­miento son tan compulsivas como las fuerzas biológicas. En el Sim­posium de Platón, Sócrates cuenta la historia del mito de Aristófanes sobre el origen del amor sexual. Según este mito, los habitantes origi­nales de la Tierra eran criaturas de tronco esférico, cuatro manos y Cuatro pies. Estos seres asexuados y autosuficientes eran muy arro­gantes y atacaron repetidamente a los dioses. Para castigarlos, Zeus los dividió con sus rayos. Cada criatura quedó entonces convertida en dos, y las mitades anhelaban volver a unirse.

Eros, el impulso hacia el amor apasionado y romántico, puede ver­se como este antiguo deseo de fusión con la otra mitad. Parece ser una necesidad humana, universal e inconsciente; fundirse con el otro, derribar las fronteras, llegar a ser uno solo con el ser querido. Los psi­cólogos llaman a esto el hundimiento de las fronteras del ego. Algunos creen que este proceso tiene sus raíces en nuestras primeras experien­cias, las que tenemos en un estado primigenio en el que el niño se fun­de por completo con el progenitor o con la persona que lo cuida.

Las pruebas sugieren que los recién nacidos no distinguen entre sí y el resto del universo. No poseen sentido de la identidad personal o, al menos, su identidad incluye a la madre, a otras personas y a todos los objetos de su entorno. No saben dónde terminan ellos mismos y empieza lo «otro». Les falta lo que se conoce como permanencia del objeto: los objetos no tienen existencia independiente; si los niños no interactúan con un objeto, éste no existe. Si, por ejemplo, un niño sos­tiene un sonajero en la mano, lo reconoce como parte de sí mismo, pero en cuanto se lo quitan y lo esconden a su vista, el sonajero deja de existir.

En el momento de nacer, el cerebro todavía no está plenamente «conectado». A medida que el bebé crece y el cerebro madura, su in­teracción con el mundo que le rodea se hace más compleja y el peque­ño va adquiriendo gradualmente sentido de la identidad personal, del «yo», en contraposición con el «otro». Al mismo tiempo, se desarro­lla una sensación de aislamiento y una conciencia de las propias limi­taciones. Naturalmente, la formación de la identidad continúa durante la infancia y la adolescencia, a medida que el individuo entra en con­tacto con el mundo. Somos el resultado del desarrollo de representa­ciones internas, formadas en buena parte por reflejos de las primeras interacciones con las personas importantes de nuestra historia perso­nal y por reflejos del papel que tenemos en el conjunto de la socie­dad. Poco a poco, la identidad personal y la estructura intrapsíquica se hacen más complejas.

Pero es muy probable que una parte de nosotros siga tratando de regresar a un estado anterior, un estado bienaventurado en el que no existía sentimiento de aislamiento o separación. Muchos psicólogos contemporáneos creen que la primera experiencia de «unicidad» queda incorporada a nuestra mente subconsciente Y en la edad adulta im­pregna nuestro inconsciente Y nuestras fantasías íntimas. "Están con­vencidos de que la fusión con la persona amada cuando se está ena­morado es como un eco de la que hubo con la madre en la infancia. Recrea esa sensación mágica, un sentimiento de omnipotencia, como si todo fuera posible y resulta muy difícil soslayar un sentimiento se­mejante.

No es nada extraño, por tanto, que la búsqueda del amor román­tico sea algo tan poderoso. ¿Cuál es entonces el problema y por qué el Dalai Lama afirma sin vacilar que la búsqueda del romanticismo es algo negativo?

Reflexioné sobre el problema de basar una relación en el amor ro­mántico, de refugiamos en el romanticismo como una fuente de feli­cidad. Pensé entonces en David, un antiguo paciente mío. David, un arquitecto paisajista de treinta y cuatro años, se presentó en mi con­sulta con los síntomas típicos de una grave depresión. Dijo que su de­presión podía haber sido desencadenada por algunas tensiones, rela­cionadas con el trabajo, pero que «en realidad, parecía haber surgido de la nada». Analizamos la opción de administrar un psicofármaco, que él aceptó. La medicación fue muy efectiva y los síntomas agudos desaparecieron al cabo de tres semanas, de modo que él pudo regresar a su vida normal. Al explorar su historial, sin embargo, no tardé en darme cuenta de que, además de la depresión aguda, también sufría de distimia, una insidiosa depresión crónica de baja intensidad, presente desde hacía muchos años. Una vez que se hubo recuperado de la de­presión aguda, empezamos a explorar su historia personal, dando por supuesto que nos ayudaría a comprender cómo se habría producido la distimia.

Después de unas cuantas sesiones, un día David llegó a la consulta jubiloso.

-¡Me siento maravillosamente bien! -declaró-. ¡No me había sentido tan bien desde hacía años! Mi reacción ante esa noticia fue preguntarme si no había entrado en una fase de perturbación. Pero no se trataba de eso. -¡Estoy enamorado! -me dijo-. La conocí la semana pasada en una subasta. Es la mujer más hermosa que he visto jamás. Esta se­mana hemos salido juntos casi todas las noches, y tengo la impresión de que somos compañeros de toda la vida, nacidos el uno para el otro. ¡Simplemente, no me lo puedo creer! No había salido con nadie des­de hacía dos o tres años y empezaba a creer que ya no podría hacerlo cuando, de pronto, aparece ella.

David se pasó la mayor parte de la sesión catalogando las nota­bles virtudes de su nueva amiga.

-Creo que estamos hechos el uno para el otro en todos los senti­dos. No se trata únicamente de una cuestión sexual; nos interesamos por las mismas cosas y hasta nos asusta damos cuenta de que pensa­mos lo mismo. Naturalmente, soy realista y me doy cuenta de que na­die es perfecto... Como por ejemplo la otra noche, en que me sentí un tanto molesto porque pensé que flirteaba con unos hombres en el club donde estábamos..., pero los dos habíamos bebido demasiado y ella no hacía sino divertirse. Más tarde hablamos de ello y lo aclaramos. David regresó a la semana siguiente para anunciarme que había decidido dejar la terapia.

-Todo está funcionando maravillosamente bien en mi vida. Sen­cillamente, no veo de qué podemos hablar en la terapia -me expli­có-. Mi depresión ha desaparecido. Duermo como un bebé. He recuperado mi ritmo de trabajo y mantengo una magnífica relación que no hace sino mejorar cada vez más. Creo que nuestras sesiones me han ayudado, pero en estos momentos no veo razón alguna para se­guir gastando dinero en ellas.

Le dije que me alegraba de que todo le fuera tan bien, pero le re­cordé algunos de los conflictos que habíamos empezado a identificar y que podrían haberlo conducido a su distimia. Por mi mente pasaron todos los términos psiquiátricos habituales, como «resistencia» y «de­fensas». David, sin embargo, no se dejó convencer.

-Bueno, quizá algún día examine esas cosas -me dijo-, pero creo que todo lo ocurrido ha tenido mucho que ver con la soledad, con la sensación de que me faltaba alguien, una persona especial con la que compartir mis cosas, y ahora ya la he encontrado.

Se mostró inflexible en cuanto a dar por terminada la terapia ese mismo día. Tomamos medidas para que su médico de cabecera man­tuviera un seguimiento del régimen de medicación, dedicamos la se­sión a una revisión y terminé asegurándole que podía venir a verme siempre que lo deseara.

Varios meses más tarde, David regresó a la consulta.

-Lo he pasado muy mal -dijo con tono abatido-. La última vez que le vi las cosas funcionaban magníficamente. Creí haber encontra­do realmente a la pareja ideal. Le planteé incluso el matrimonio. Pero cuanto más cerca quería estar de ella, tanto más se alejaba de mí. fi­nalmente, rompió conmigo, y durante un par de semanas volví a es­tar realmente deprimido. Empecé incluso a llamarla sin decir nada, sólo para escuchar su voz, y a acercarme a su lugar de trabajo sólo para ver si su coche estaba allí. Después de aproximadamente un mes sentí náuseas ante lo que estaba haciendo; me parecía ridículo. Enton­ces, al menos, la depresión mejoró un poco. Ahora como y duermo bien, me va bien en el trabajo y tengo mucha energía, pero sigo con la sensación de que me falta algo. Es como si hubiera retrocedido, me siento exactamente como me he sentido durante tantos años...

Reanudamos la terapia.
Parece claro que, como fuente de felicidad, el amor romántico deja mucho que desear. Y quizá el Dalai Lama no andaba tan descamina­do al rechazar el amor romántico como base para una relación y al describirlo como una simple «fantasía... inalcanzable», algo que no merecía nuestros esfuerzos. Considerándolo más atentamente, tal vez él hacía una descripción objetiva de la naturaleza del amor románti­co y no, como yo creía, un juicio negativo, promovido por sus muchos años de formación monacal. Hasta los diccionarios, que ofrecen nu­merosas definiciones de «idilio» y «romántico», emplean profusamen­te expresiones como «historia ficticia», «exageración», «falsedad», «fantasioso o imaginativo», «no práctico», «sin base en los hechos», «característico o preocupado por el acto amoroso o el cortejo ideali­zado», «obsesionado por hechos amatorios idealizados», etcétera. Es evidente que en algún momento de la civilización occidental se ha producido un cambio. El concepto antiguo de eros, Con su compo­nente de fusión con el otro, ha adquirido un nuevo significado. El idi­lio romántico adopta así una cualidad artificial, con matices de fraude y engaño, lo que indujo a Oscar Wilde a observar crudamente: «Cuan­do uno está enamorado, empieza siempre por engañarse a sí mismo y acaba siempre engañando a los demás. Eso es lo que el mundo consi­dera un idilio romántico».

Antes exploramos el papel de la proximidad y la intimidad en la fe­licidad humana. No cabe la menor duda de que es importante. Pero si buscamos una satisfacción duradera en una relación, el fundamento de la misma tiene que ser sólido. Por esa razón el Dalai Lama nos ani­ma a examinar la base de nuestros vínculos. La atracción sexual, e in­cluso la intensa sensación de enamoramiento, pueden tener un papel en la creación del vínculo inicial entre dos personas, pero lo mismo que sucede con el pegamento, este factor tiene que mezclarse con otros ingredientes para formar una unión duradera. Al tratar de iden­tificarlos, nos volvemos una vez más hacia lo que aconseja el Dalai Lama para construir una relación sólida: afecto, compasión y respeto mutuo. Esas cualidades nos permiten alcanzar una vinculación más profunda y significativa, no sólo con nuestro amante o cónyuge, sino también con amigos, conocidos e incluso personas totalmente extra­ñas; es decir, virtualmente con todos los seres humanos. Nos abre po­sibilidades y oportunidades ilimitadas para la conexión.
7 El valor y los beneficios de la compasión

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