El Arte De La Felicidad Un nuevo mensaje para nuestra vida cotidiana




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Meditación sobre la compasión



Fiel a su palabra, el Dalai Lama terminó su ciclo de conferencias en Arizona con una meditación sobre la compasión. Fue un sencillo ejercicio. No obstante, pareció sintetizar poderosa y elegantemente su análisis previo.

-Al generar compasión, se empieza por reconocer que no se de­sea el sufrimiento y que se tiene el derecho a alcanzar la felicidad. Eso es algo que puede verificarse con facilidad. Se reconoce luego que las demás personas, como uno mismo, no desean sufrir y tienen dere­cho a alcanzar la felicidad. Eso se convierte en la base para empezar a generar compasión.

»Así pues, meditemos hoy sobre la compasión. Empecemos por visualizar a una persona que está sufriendo, a alguien que se en­cuentra en una situación dolorosa, muy infortunada. Durante los tres primeros minutos de la meditación, reflexionemos sobre el sufri­miento de ese individuo de forma analítica, pensemos en su intenso sufrimiento y lo infeliz de su existencia. Después tratemos de relacio­narlo con nosotros mismos, pensando; "Ese individuo tiene la misma capacidad que yo para experimentar dolor, alegría, felicidad y sufri­miento". A continuación, tratemos de que surja en nosotros un senti­miento natural de compasión hacia esa persona. Intentemos llegar a una conclusión, pensemos en lo fuerte que es nuestro deseo de que esa persona se vea libre de su sufrimiento. Tomemos la decisión de ayu­darla a sentirse aliviada. Finalmente, concentrémonos en esa resolución y durante los últimos minutos de la meditación, tratemos de ge­nerar un estado de compasión y de amor en nuestra mente.

Tras decir esto, el Dalai Lama adoptó una postura de meditación, con las piernas cruzadas, y permaneció completamente inmóvil. Se produjo un intenso silencio. Era emocionante estar sentado entre la multitud aquella mañana. Imagino que ni siquiera el individuo más endurecido pudo evitar sentirse conmovido al verse rodeado por milquinientas personas que concentraban su pensamiento en la compasión. Al cabo de unos pocos minutos, el Dalai Lama inició un cántico tibetano en tono bajo, con una voz profunda y melódica, que se rom­pía, descendía suavemente y consolaba.

Tercera parte

Transformación

del sufrimiento
8 Afrontar el sufrimiento
EN TIEMPOS DE BUDA, murió el único hijo de una mujer llamada Kisagotami. Incapaz de aceptar aquello, la mujer corrió de una persona a otra en busca de una medicina que devolviera la vida a su hijo. Le dijeron que Buda la tenía.

Kisagotami fue a ver a Buda, le rindió homenaje y preguntó: -¿Puedes preparar una medicina que resucite a mi hijo? -Conozco esa medicina -contestó Buda-. Pero para preparar­la necesito ciertos ingredientes.

-¿Qué ingredientes? -preguntó la mujer, aliviada.

- Tráeme un puñado de semillas de mostaza -le dijo Buda. La mujer le prometió que se las procuraría, pero antes de que se marchase, Buda añadió: -Necesito que las semillas de mostaza procedan de un hogar don­de no haya muerto ningún niño, cónyuge, padre o sirviente. La mujer asintió y empezó a ir de casa en casa, en busca de las se­millas. En todas las casas que visitó, la gente se mostró dispuesta a darle las semillas, pero al preguntar ella si en la casa había muerto al­guien, se encontró con que todas las casas habían sido visitadas por la muerte; en una había muerto una hija, en otra un sirviente, en otras el marido, o uno de los padres. Kisagotami no pudo hallar un hogar don­de no se hubiera experimentado el sufrimiento de la muerte. Al darse cuenta de que no estaba sola en su dolor, la madre se desprendió del cuer­po sin vida de su hijo y fue a ver a Buda, quien le dijo con gran compasión:

-Creíste que sólo tú habías perdido un hijo; la ley de la muerte es que no hay permanencia entre las criaturas vivas.
La búsqueda de Kisagotami le enseñó que nadie se libra del sufri­miento y la pérdida. Ella no era una excepción. Esa comprensión no eliminó el sufrimiento inevitable que comporta toda pérdida, pero redujo el que deriva de luchar contra ese triste hecho.

Aunque el dolor y el sufrimiento son fenómenos humanos univer­sales, eso no hace que sea fácil aceptarlos. Los seres humanos han di­señado un vasto repertorio de estrategias para evitarlos. A veces uti­lizamos medios externos, como sustancias químicas, eliminando o reduciendo nuestro dolor con drogas y alcohol. También disponemos de mecanismos internos, de defensas psicológicas, a menudo incons­cientes, que nos protegen de dolores y angustias excesivos. En ocasio­nes, esos mecanismos de defensa pueden ser bastante primitivos, como negarnos a reconocer que existe un problema. En otras ocasiones, lo reconocemos vagamente, sumergidos en distracciones o entreteni­mientos. O incapaces de aceptar que tenemos un problema, lo proyec­tamos inconscientemente sobre los demás y los acusamos de ocasio­narnos sufrimiento. «Sí, me siento muy desdichado. Pero me sentiría bien si no fuera por ese jefe desquiciado que me persigue.»

El sufrimiento sólo se puede evitar temporalmente. Pero, al igual que una enfermedad que se deja sin tratar (o que se trata superficial­mente con una medicación que se limita a enmascarar los síntomas), invariablemente se encona y empeora. Las drogas o el alcohol alivian nuestro dolor durante un tiempo, pero con su uso continuado el daño físico a nuestros cuerpos y el daño social a nuestras vidas puede pro­vocar mucho más sufrimiento que la difusa insatisfacción o el agudo dolor emocional que nos indujeron a consumir esas sustancias. Las de­fensas psicológicas, como la negación o la represión, pueden aliviar el dolor, pero el sufrimiento no desaparece por ello.

Randa perdió a su padre hace poco más de un año, a causa del cáncer. Estaba muy compenetrado con él, y todos se sorprendieron al observar lo bien que sobrellevaba su desaparición.

-Pues claro que me siento triste -explicaba con un tono estoi­co-. Pero me encuentro bien. Lo echo de menos, pero la vida sigue y de todos modos no puedo pensar en su pérdida. Tengo que ocu­parme del funeral, de mi madre y de las propiedades... Pero me irá bien -le decía tranquilizadoramente a todos.

Un año más tarde, sin embargo, poco después del primer aniver­sario de la muerte de su padre, Randall empezó a experimentar una grave depresión. Acudió a verme y explicó:

-No comprendo qué me está causando esta depresión. Todo pare­ce ir bien en estos momentos. No puede ser por la muerte de mi padre, porque eso ocurrió hace más de un año y ya lo tengo asumido.

Sin embargo, con muy pocas sesiones de terapia quedó claro que los esfuerzos que realizaba por dominar sus emociones, para «ser fuer­te», le habían impedido afrontar plenamente sus sentimientos de do­lor y pérdida, que siguieron creciendo hasta manifestarse en una de­presión abrumadora que sí se vio obligado a afrontar.

En el caso de Randall, su depresión desapareció con bastante rapi­dez en cuanto enfocamos la atención sobre su dolor y sentimientos de pérdida y pudo asumirlos. En ocasiones, sin embargo, nuestras estra­tegias inconscientes para soslayar conflictos se hallan mucho más profundamente enraizadas y es difícil sacarlas a la luz. Casi todos conocemos a alguien que evita los problemas proyectándolos sobre los demás, atribuyendo a los otros sus propios defectos. Ciertamente, no es un método adecuado para eliminar los problemas, y por lo general condena a una vida de infelicidad.

El Dalai Lama habló del sufrimiento humanó y la necesidad de aceptado como un hecho natural de la existencia humana.

-En nuestras vidas abundan los problemas. Los mayores son los que no podremos evitar, como el envejecimiento, la enfermedad y la muerte. No pensar en ellos puede aliviamos temporalmente, pero creo que existe un enfoque mejor. Si se afronta directamente el sufri­miento, se estará en mejor posición para apreciar la profundidad y la naturaleza del problema. Si en una batalla se desconocen las caracte­rísticas del enemigo y su capacidad de combate, nos veremos parali­zados por el temor.

Este enfoque era claramente razonable pero, con el deseo de ahon­dar un poco más en el tema, pregunté: -Sí, pero ¿y si se afronta directamente un problema y se descubre que no hay solución? Eso es bastante duro de aceptar. -Sigo creyendo que es mucho mejor -contestó él con espíritu marcial-. Por ejemplo, pueden considerarse negativos e indeseables el envejecimiento y la muerte, y tratar de olvidarlos. Pero terminarán por llegar, inevitablemente. y si has evitado pensar en ello, cuando estén ahí, se producirá una conmoción que causará una insoportable inquietud mental. No obstante, si dedicas algún tiempo a pensar en la vejez, la muerte y otras cosas infortunadas, tu mente tendrá más es­tabilidad cuando esas cosas acontezcan, puesto que ya te habrás fa­miliarizado con su naturaleza.

»Ésa es la razón por la que creo que puede ser útil prepararse, fa­miliarizarse con el sufrimiento. Por utilizar de nuevo la analogía de la batalla, reflexionar sobre el sufrimiento puede verse como un ejercicio militar. La gente que nunca ha oído hablar de la guerra, de cañones y bombardeos, podría llegar a desmayarse si tuviera que entrar en com­bate. Pero, por medio de los ejercicios militares, se familiariza con lo que puede suceder, de modo que, en el caso de que estalle una guerra, las cosas no le serán tan duras.

-Bueno, no creo que familiarizarnos con el sufrimiento que pue­de sobrevenir tenga algún valor para reducir el temor y el recelo; sigo pensando que, a veces, ciertos dilemas no nos presentan ninguna otra opción que el sufrimiento. ¿Cómo podemos evitar preocupamos en tales circunstancias?

-¿ Un dilema? Por ejemplo, ¿cuál? Pensé un momento.

-Bueno, digamos, por ejemplo, que una mujer está embarazada y le practican una amniocentesis o un sonograma y descubren que el niño tendrá un grave defecto de nacimiento, como una disfunción mental o física extremadamente grave. La mujer se angustia, porque no sabe qué hacer. Puede abortar y salvar así al bebé de una vida de sufrimiento, pero entonces ella se enfrentará al dolor de la pérdida y quizá a sentimientos de culpabilidad. También puede dejar que la naturaleza siga su curso y tener el bebé. Pero entonces quizá tenga que enfrentarse a una vida llena de sufrimientos por la enfermedad del niño.

El Dalai Lama me escuchó atentamente mientras hablaba. Luego me contestó con un tono un tanto melancólico.

-Esa clase de problemas son realmente muy difíciles, tanto si los abordamos desde una perspectiva occidental como budista. Por lo que se refiere a su ejemplo, nadie sabe realmente qué será lo mejor a largo plazo. Aunque un niño nazca con un defecto, es posible que a lar­go plazo sea mejor para la madre, la familia o incluso el propio niño. Pero también existe la posibilidad de que, teniendo en cuenta las con­secuencias a largo plazo, sea mejor abortar. Pero ¿quién decide una cosa así? Es muy difícil decirlo. Incluso desde el punto de vista budis­ta, esa clase de juicio se encuentra fuera del alcance de nuestra capa­cidad racional. -Hizo una pausa, antes de añadir-: En esas situa­ciones las convicciones juegan un papel determinante.

Permanecimos en silencio. Luego, tras sacudir la cabeza, dijo final­mente:

-Podemos preparamos para el sufrimiento, al menos hasta cierto punto, recordando que a veces nos encontraremos con situaciones muy complicadas. Uno puede prepararse mentalmente. Pero tampo­co habría que olvidar el hecho de que eso no resuelve el problema. Es posible que te ayude mentalmente a afrontarlo, que reduzca el temor pero el problema sigue ahí. Su ejemplo lo ilustra muy bien.

Percibí una nota de tristeza en su voz, pero la melodía fundamen­tal no era la desesperanza. Durante un minuto largo, el Dalai Lama guardó silencio: sin dejar de mirar por la ventana, como si buscara algo en el mundo. Finalmente, continuó:

-El sufrimiento forma parte de la vida. Tenemos una tendencia natural a odiar nuestro sufrimiento y nuestros problemas. Pero creo que, habitualmente, las personas no ven la naturaleza de nuestra existencia como caracterizada por el sufrimiento... -De repente, el Da­lai Lama se echó a reír-. En los cumpleaños, la gente suele decir: «Feliz cumpleaños! », cuando, en realidad, el día en que naciste fue el día en que empezaste a sufrir. Pero nadie dice: «¡Feliz aniversario del comienzo del sufrimiento!» -bromeó.

»Al aceptar que el sufrimiento forma parte de nuestra existencia se pueden empezar a examinar los factores que normalmente dan lugar a sentimientos de insatisfacción e infelicidad. En términos gene­rales, por ejemplo, te Sientes feliz si tú o personas cercanas a ti reciben alabanzas, consiguen fama, fortuna y otras cosas agradables. Y uno se siente desdichado y descontento si no se tienen esas cosas o si las al­canza un enemigo. Sin embargo, al considerar tu vida cotidiana, des­cubres a menudo que son muchos los factores que causan dolor sufri­miento y sentimientos de insatisfacción, mientras que las situaciones que dan lugar a la alegría y la felicidad son comparativamente raras. Eso es algo por lo que tenemos que pasar, tanto si nos gusta como si no. y puesto que ésta es la realidad de nuestra existencia, es posible que haya que modificar nuestra actitud hacia el sufrimiento. Esa acti­tud es muy importante porque determinará nuestra forma de afrontar el sufrimiento cuando llegue. Ahora bien, la actitud habitual consiste en una aversión e intolerancia intensas hacia nuestro dolor. Sin em­bargo, si pudiéramos adoptar una actitud que nos permitiera una mayor tolerancia, eso contribuiría mucho a contrarrestar los senti­mientos de infelicidad, de insatisfacción y de descontento.

"Para mí, personalmente, la práctica más efectiva para tolerar el sufrimiento consiste en ver y comprender que el sufrimiento es la na­turaleza fundamental del Samsara, (' Samsara (sánscrito) es un estado de la existencia caracterizado por intermi­nables ciclos de vida, muerte y renacimiento. Este término también se refiere a nuestro estado ordinario de existencia, caracterizado por el sufrimiento. Todos los seres permanecen en este estado, a consecuencia de las impronta s kármicas de ac­ciones pasadas y de estados «engañosos» de la mente, hasta que se eliminan todas las tendencias negativas de la mente y se alcanza un estado de liberación.) ':. de la existencia no iluminada. Cuando se experimenta un dolor surge un sentimiento de rechazo. Pero si en ese momento puedes contemplar la situación desde otro án­gulo y darte cuenta de que este cuerpo... -se palmeó un brazo como demostración- es la base misma del sufrimiento, eso reduce el re­chazo, ese sentimiento de que, de algún modo, no mereces sufrir, de que eres una víctima. Una vez que comprendes y aceptas esta realidad, llegas a experimentar el sufrimiento como algo bastante natural.

»Así, por ejemplo, al recordar el sufrimiento por el que ha tenido que pasar el pueblo tibetano, podría uno sentirse abrumado, pregun­tándose: "¿ Cómo ha podido ocurrir esto?" . Pero, desde otro ángulo, se puede reflexionar sobre el hecho de que el Tíbet también se en­cuentra en pleno Samsara, como el planeta y toda la galaxia.

Se echó a reír.

-En cualquier caso, creo que percibir la vida como un todo tiene un papel importante en la actitud que se asuma ante el sufrimiento. Si tu perspectiva básica, por ejemplo, es que el sufrimiento es negativo y tiene que ser evitado a toda costa y que, en cierto sentido, es una señal de fracaso, padecerás ansiedad e intolerancia y cuando te encuentres en circunstancias difíciles, te sentirás abrumado. Por otro lado, si tu perspectiva acepta que el sufrimiento es una parte natural de la exis­tencia, serás indudablemente más tolerante ante las adversidades de la vida. Sin un cierto grado de tolerancia hacia el propio sufrimiento, la vida se convierte en algo miserable, como una mala noche eterna.

-Me parece que cuando dice que la naturaleza fundamental de la existencia es el sufrimiento, algo básicamente insatisfactorio, expre­sa un punto de vista bastante pesimista, realmente descorazonador. El Dalai Lama se apresuró a replicar:

-Al hablar de la naturaleza insatisfactoria de la existencia, hay que comprender que lo hago en el contexto del camino budista gene­ral. Estas reflexiones tienen que comprenderse en su verdadero con­texto; si no se hace, estoy de acuerdo en que puede ser interpretado erróneamente y considerado bastante pesimista y negativo. En con­secuencia, es importante comprender la postura budista respecto al sufrimiento. Lo primero que Buda enseñó fue el principio de las cua­tro nobles verdades, la primera de las cuales es la verdad del sufri­miento. Y aquí se hace hincapié en la toma de conciencia de la natu­raleza humana.

»Lo que hay que tener en cuenta es que la importancia de la refle­xión sobre el sufrimiento deriva de la posibilidad de abandonado, porque hay otra opción. Existe la posibilidad de liberarnos del sufrimiento. Al eliminar sus causas, es posible liberarse de él. Según el pen­samiento budista, las causas profundas del sufrimiento son la igno­rancia, el anhelo y el odio, a las que se llama "los tres venenos de la mente". Estos términos tienen connotaciones específicas utilizados en un contexto budista. "Ignorancia", por ejemplo, no se refiere a la falta de información, sino más bien a una falsa percepción de la verdadera naturaleza del ser y de todos los fenómenos. Al generar una percep­ción de la verdadera naturaleza de la realidad y eliminar los estados negativos de la mente como el anhelo y el odio, se puede alcanzar un estado completamente purificado de la mente, libre del sufrimiento. En un contexto budista, al reflexionar sobre el hecho de que el sufri­miento caracteriza la existencia cotidiana, nos estimulamos a realizar prácticas que eliminarán sus causas profundas. De otro modo, si no hubiera esperanza o posibilidad de liberarnos del sufrimiento, la sim­ple reflexión sobre el mismo sería enfermiza y, por tanto, bastante negativa.

Mientras hablaba, empecé a percatarme de que reflexionar sobre nuestra «naturaleza sufriente» podía ayudarnos a aceptar las inevi­tables penas de la vida, que podía ser incluso un método valioso para situar nuestros problemas cotidianos en la debida perspectiva. Em­pecé así a ver el sufrimiento dentro de un contexto más amplio, como parte de un camino espiritual más grande, sobre todo si se tiene en cuenta la doctrina budista, que reconoce la posibilidad de purificar la mente y, en último término, alcanzar un estado en el que no hay más sufrimiento. Pero, alejándome de estas grandiosas especulaciones fi­losóficas, sentí gran curiosidad por saber cómo afrontaba el Dalai Lama el sufrimiento, cómo abordaba la perdida de un ser querido, por ejemplo.

La primera vez que visité Dharamsala, hace muchos años, pude co­nocer al hermano mayor del Dalai Lama, Lobsang Samden. Le llegué a tomar cariño y me entristeció mucho su muerte. Sabedor de que él y el Dalai Lama habían estado muy unidos, comenté:

-Imagino que la muerte de su hermano Lobsang debió de ser muy dura para usted...

-Sí.

-Me preguntaba cómo la afrontó.

-Naturalmente, me sentí muy triste al enterarme de su muerte -contestó con serenidad. -¿Y cómo asumió ese sentimiento de tristeza? ¿Hubo algo en particular que le ayudara a superarlo? -No lo sé -contestó, pensativo-. Experimenté ese sentimiento de tristeza durante algunas semanas, pero luego, gradualmente, fue de­sapareciendo. Había, sin embargo, un sentimiento de pesar.

-¿De pesar?

-Sí. Yo no estaba presente cuando murió y creo que si hubiera estado allí, quizá podría haber hecho algo para ayudar. De ahí procede ese sentimiento de pesar.

Toda una vida dedicada a contemplar la inevitabilidad del sufri­miento humano pudo haber ayudado al Dalai Lama a aceptar Su pér­dida, pero no le convirtió en un individuo frío y sin emociones, dota­do de una inexorable resignación ante el sufrimiento; la tristeza de su voz revelaba profundos sentimientos. Al mismo tiempo, sin embargo, su candor y franqueza, totalmente desprovistos de autoconmiseración o remordimiento, mostraban a un hombre que había aceptado plenamente su pérdida.

Ese mismo día, nuestra conversación se prolongó hasta bien entra­da la tarde. Cuchilladas de luz dorada atravesaban la semipenumbra. Un ambiente de melancolía inundaba la habitación y me hizo saber que nuestra conversación se acercaba a su término. Confiaba, sin em­bargo, en obtener algún consejo adicional para asumir la muerte de un ser querido, aparte de limitarse a aceptar la inevitabilidad del sufri­miento.

No obstante, cuando ya me disponía a hablar, me pareció que es­taba un tanto distraído y observé una sombra de cansancio alrededor de sus ojos. Poco después, su secretario entró silenciosamente y me di­rigió aquella mirada afilada por los años que indicaba que había llegado el momento de marcharse.

-Si... -dijo el Dalai Lama como si pidiera disculpas-, quizá de­biéramos dejarlo por hoy... Me siento un poco cansado.

Al día siguiente, antes de que yo tuviera la oportunidad de volver a plantear el tema en nuestras conversaciones privadas, él lo abordó en una de sus charlas públicas. Uno de los presentes, claramente su­mido en el sufrimiento, preguntó al Dalai Lama:

-¿Tiene alguna sugerencia sobre cómo afrontar una gran pérdi­da personal, como la de un hijo?

El Dalai Lama contestó, con un suave tono de compasión:

-Eso depende, hasta cierto punto, de las creencias personales. Si se cree en la reencarnación, eso puede mitigar la pena o la preocupación. Cabe consolarse con el hecho de que el ser querido renacerá algún día.

»Las personas que no creen en la reencarnación, han de tener presen­te en primer lugar, que si se preocupan en exceso y se dejan abru­mar por la pena ya perdida, actuaran de forma nociva para con ellos y además no beneficiarán a la persona que ha fallecido.

»En mi propio caso, por ejemplo, he perdido a mi más querido y respetado tutor, a mi madre y también a uno de mis hermanos. Cuan­do fallecieron, naturalmente me sentí muy triste. Pero no dejaba de pensar que no servía de nada preocuparme demasiado y que, si quería realmente a esas personas, debería cumplir sus deseos con una mente serena. Así que hice todo lo que pude para que fuese así. Creo que ésa es la forma adecuada de afrontado, procurar que se cumplan los de­seos de los desaparecidos.

»Inicialmente, claro está, los sentimientos de dolor y ansiedad cons­tituyen una respuesta natural ante una pérdida. Pero si se le permite que esos sentimientos persistan, pueden conducirnos al ensimismamien­to, a la soledad del sufrimiento. Es entonces cuando aparece la depre­sión. Por otra parte, la experiencia de la pérdida alcanza a la mayoría de los seres humanos; es útil reflexionar sobre ello, porque así ya no nos sentiremos aislados. Eso puede ayudar.

Aunque el dolor y el sufrimiento sean fenómenos humanos uni­versales, he tenido a menudo la impresión de que las personas educa­das en las culturas orientales parecen tener una mayor capacidad para aceptarlos y tolerarlos. Ello se debe en parte a sus creencias, pero qui­zá también a que el sufrimiento es más visible en las naciones más po­bres, como la India. El hambre, la pobreza, la enfermedad y la muer­te están a la vista de todos. Cuando una persona envejece o enferma, no es marginada ni enviada a una residencia, sino que permanece en la comunidad y es atendida por la familia. Quienes viven en contacto di­recto con la realidad no pueden negar fácilmente que el sufrimiento forma parte de la existencia.

A medida que la sociedad occidental adquirió capacidad para limitar el sufrimiento causado por las duras condiciones de vida, parece que perdió la habilidad para afrontarlo. Los estudios de los sociólogos ponen de manifiesto que la mayoría de la sociedad occidental moderna tiende a pasar por la vida convencida de que el mundo es básicamente un lugar agradable, que en general impera la justicia y que todos son buenas personas que merecen cosas buenas. Estas convicciones ayudan a llevar una vida más feliz y sana. Pero la aparición inevitable del sufrimiento mina esas creencias y provoca graves cri­sis. Dentro de este contexto, un trauma relativamente menor puede tener un enorme impacto psicológico, que intensifica, el sufrimiento. No cabe la menor duda de que, con la actual tecnología, en la sociedad occidental ha mejorado el nivel general de bienestar, y esto ha aparejado un cambio en la percepción del mundo: a medida que el su­frimiento se hace menos visible, deja de verse como connatural a los seres humanos, se lo considera una anomalía, una señal de que algo ha salido terriblemente mal, como una señal de «fracaso» de algún siste­ma, incluso una violación de nuestro derecho a la felicidad.

Estos pensamientos conllevan muchos peligros. Si pensamos en el sufrimiento como algo antinatural, algo que no debiéramos experi­mentar, muy pronto buscaremos un culpable. Si me siento desgracia­do, tengo que ser una «víctima», una idea demasiado común en Oc­cidente. El que nos castiga con el sufrimiento puede ser el gobierno, el sistema educativo, unos padres abusivos, una «familia disfuncional», el sexo opuesto o nuestro despreocupado cónyuge. O quizá el mal esté dentro de nosotros: unos genes defectuosos. El riesgo de asignar cul­pas y mantener una postura de víctima es precisamente la perpetua­ción de nuestro sufrimiento, con sentimientos persistentes de cólera, frustración y resentimiento.

Naturalmente, el deseo de librarse del sufrimiento es un objetivo Iegítimo de todo ser humano. Es el corolario de nuestro deseo de ser felices. Es por tanto apropiado analizar las causas de nuestra infelici­dad y hacer lo que esté a nuestro alcance para aliviar nuestros proble­mas que busquemos soluciones en todos los planos: global, social, familiar e individual. Pero mientras veamos el sufrimiento como un estado antinatural, como una condición anormal que tememos y re­chazamos, nunca lograremos desarraigar sus causas y llevar una vida feliz.
9 Sufrimiento autoinfligido
EN SU VISITA INICIAL, el caballero de mediana edad, elegante­mente vestido con un austero traje negro, se sentó con una acti­tud amable pero reservada y empezó a relatar lo que le había traído a mi consulta. Habló con bastante suavidad, con voz controlada y me­dida. Le hice las preguntas habituales: motivo de la consulta, edad, antecedentes, estado civil...

-¡Esa bruja! -gritó de repente, con la voz alterada por la cóle­ra-. ¡Mi maldita esposa! Mi ex, ahora. ¡Mantenía relaciones extra­matrimoniales a mis espaldas! Después de todo lo que había hecho por ella. ¡Esa... esa puta!

Su voz se hizo más fuerte, más colérica y venenosa mientras, du­rante los veinte minutos siguientes, fue narrando agravio tras agravio. La hora se acercaba a su final. Al darme cuenta de que él no había hecho sino empezar y que aquello podía durar fácilmente varias ho­ras, intenté corregir la situación.

-Bueno, la mayoría de la gente tiene dificultades para adaptarse después de un divorcio; por tanto abordaremos ese problema en las próximas sesiones. -Luego, le pregunté con voz tranquilizadora-: Y a propósito, ¿cuánto tiempo hace que se ha divorciado?

-Diecisiete años en el pasado mes de mayo.

En el capítulo anterior vimos la importancia de aceptar el sufri­miento como un hecho natural de la existencia humana. Muchos su­frimientos son inevitables, pero otros tienen su causa en nosotros mismos. Hemos visto que la negativa a aceptar el sufrimiento como algo natural puede conducimos a consideramos víctimas y a echar a los demás la culpa de nuestros problemas, una receta segura para llevar una vida desdichada.

Pero también aumentamos nuestro sufrimiento de otras formas. Sucede con demasiada frecuencia que perpetuamos nuestro dolor, lo mantenemos vivo cuando repasamos mentalmente una y otra vez nues­tras heridas, al tiempo que exageramos las injusticias. Volvemos una y otra vez sobre los recuerdos dolorosos, quizá con el deseo inconsciente de que cambie la situación; pero no cambia. Claro que a veces este in­terminable repaso de nuestros infortunios puede servir para exagerar el drama y proporcionar cierto romanticismo a nuestras vidas, o para des­pertar la atención y la simpatía de los demás. Pero esas supuestas «ven­tajas» son demasiado pobres frente a la infelicidad que soportamos.

Sobre ello, dijo el Dalai Lama:

-Hay muchas formas de contribuir activamente a experimentar in­quietud mental y sufrimiento. Aunque en general las aflicciones men­tales y emocionales tienen causas externas somos nosotros quienes las empeoramos. Por ejemplo, cuando sentimos cólera u odio hacia una persona, es poco probable que el sentimiento se exacerbe si no lo alimentamos. No obstante, si pensamos en las presuntas injusticias de que hemos sido objeto y seguimos pensando en ellas una y otra vez, avivamos el odio, convirtiéndolo en algo muy intenso. Lo mismo pue­de decirse cuando sentimos apego por alguien; podemos alimentar el sentimiento pensando continuamente en lo hermosa o atractiva que es esa persona, y así el apego se hace más y más fuerte. Eso demuestra que podemos cultivar nuestras emociones.

»A menudo también incrementamos nuestro dolor con una sensibilidad excesiva, al reaccionar con exageración ante cosas nimias. Tendemos a tomarnos las cosas pequeñas demasiado seriamente, a sacarlas de quicio mientras por otro lado seguimos indiferentes a cosas realmente importantes, a aquellas que tienen efectos profundas sobre nuestras vidas y consecuencias sobre ellas a largo plazo. »Así pues, creo que en buena medida el sufrimiento depende de cómo se responda ante una situación dada. Por ejemplo, descubrimos que alguien habla mal de nosotros a nuestras espaldas. Si se reacciona ante este conocimiento, ante esta negatividad, con un sentimiento de cólera o de dolor, es uno mismo el que destruye su propia paz men­tal. El dolor no es sino una creación personal. Por otro lado, si uno se contiene y evita reaccionar de manera negativa y deja pasar la difa­mación como un viento silencioso al que no se hace caso, se está pro­tegiendo de sentirse herido, de esa sensación de agonía. Así pues, y aunque no siempre se puedan evitar las situaciones difíciles, sí se pue­de modificar la extensión del propio sufrimiento.
A veces, los terapeutas decimos de este proceso que es una «perso­nalización» de nuestro dolor, es decir, la tendencia a estrechar nuestro campo de visión psicológico mediante la interpretación, acertada o errónea, de todo aquello que nos afecta.

Una noche cené con un colega en un restaurante. El servicio era muy lento y mi colega empezó a quejarse: -¡Fíjate en eso! ¡Ese camarero es condenadamente lento! ¿Dónde se ha metido? Creo que pasa de nosotros. A pesar de que ninguno de los dos tenía un compromiso urgente, las quejas de mi colega sobre el servicio siguieron durante toda la cena y terminaron por convertirse en una letanía sobre la comida, la vaji­lla y todo lo que no fuera de su agrado. Al final el camarero nos ob­sequió con dos postres gratuitos.

-Les ruego que disculpen la lentitud del servicio de esta noche -dijo-, pero tenemos poco personal. Ha muerto un familiar de uno de los cocineros y un camarero está enfermo. Espero no haberles cau­sado muchas molestias...

--A pesar de todo, no volveré nunca aquí -murmuró amargamente­ mi colega una vez el camarero se hubo alejado.

Esto no es más que un pequeño ejemplo de cómo contribuimos a nuestro propio sufrimiento al afrontar una situación molesta como si obedeciera a un deliberado propósito de perjudicarnos. En este caso, el resultado fue una cena desagradable. Cuando esta actitud impregna toda relación con el mundo, puede convertirse en una fuente inagota­ble de desdichas.

Al describir las implicaciones de esta mentalidad estrecha, Jacques Lusseyran hizo un comentario muy penetrante. Lusseyran, ciego des­de los ocho años de edad, fue el fundador de un grupo de la Resisten­cia durante la Segunda Guerra Mundial. Finalmente, fue detenido por los alemanes y enviado al campo de concentración de Buchenwald. Más tarde, al contar sus experiencias en los campos de concentración, Lusseyran afirmó: «Comprendí entonces que la infelicidad sobrevie­ne porque creemos ser el centro del mundo, porque tenemos la mez­quina convicción de que únicamente nosotros sufrimos, y con una in­tensidad insoportable. La infelicidad consiste en sentimos siempre aprisionados en nuestra piel, en nuestro cerebro».
«¡Pero eso no es justo!.».
Los problemas surgen a menudo en nuestra vida. Pero los proble­mas, por sí solos, no provocan automáticamente el sufrimiento. Si lo­gramos abordar con decisión nuestros problemas y centrar nuestras energías en encontrar una solución, el problema puede transformar­se en un desafío. No obstante, si consideramos «injusto» ese contra­tiempo, añadimos un ingrediente que puede crear inquietud mental y sufrimiento. Entonces no sólo tenemos dos problemas, en lugar de uno, sino que ese sentimiento de «injusticia» nos distrae, nos consu­me, nos priva de la energía necesaria para solucionar el problema ori­ginal.
Una mañana, al plantearle este tema al Dalai Lama, le pregunté: -¿Como podemos afrontar el sentimiento de injusticia que con tanta frecuencia nos tortura cuando surgen los problemas?

-Hay muchas maneras de encararlo -contestó el Dalai Lama­

Ya he hablado de la importancia de aceptar el sufrimiento como un hecho natural de la existencia humana. Creo que, en cierto modo, los tibetanos están más capacitados para aceptar estas situaciones difíci­les, ya que dicen: «Quizá se deba a mi karma en el pasado». Lo atri­buirán a las acciones negativas cometidas en esta vida o en una vida anterior, de modo que hay mayor grado de aceptación. He visto a al­gunas familias, en nuestros asentamientos en la India, en situaciones muy difíciles, viviendo en condiciones muy pobres y, además de eso, con hijos ciegos o con alguna deficiencia. De algún modo, esas po­bres mujeres se las arreglan, limitándose a decir: «Esto se debe a su karma; es su destino».

»A propósito del karma es importante señalar que, debido a una mala interpretación de la doctrina, hay una tendencia a echarle la cul­pa de todo lo que sucede al karma, en un intento por sacudirse la res­ponsabilidad o la necesidad de tomar iniciativas. Resulta muy fácil de­cir: "Esto se debe a mi karma pasado, a mi karma negativo anterior, así que ¿qué puedo hacer? Soy impotente". Esa es una interpretación erró­nea del karma, pues aunque las experiencias son una consecuencia de los hechos del pasado, eso no quiere decir que los individuos no ten­gamos alternativas o que no haya posibilidad de producir un cambio positivo. Uno no debe ser pasivo y tratar de excusarse para no tomar la iniciativa atribuyéndolo todo al karma, porque si uno comprende correctamente el concepto de karma, sabrá que karma significa "ac­ción". El karma es un proceso muy activo, y el futuro que nos está re­servado viene determinado en buena medida por lo que hacemos en el presente, por las iniciativas que tomemos ahora.

»Así pues, no debería entenderse el karma en términos de una fuer­za pasiva y estática, sino de un proceso activo. Eso indica que el agente individual tiene un papel importante en la determinación del proceso kármico. Por ejemplo, hasta el sencillo propósito de satisfacer nues­tras necesidades de alimentación... Para alcanzar ese objetivo necesitamos actuar. Tenemos que buscar alimento y luego comerlo; eso de­muestra que hasta el objetivo más simple se alcanza por medio de la acción....,..

-Está bien -asentí-, reducir el sentimiento de injusticia acep­tando que es resultado del karma puede ser efectivo para los budis­tas, pero ¿qué me dice de quienes no creen en la doctrina del karma? En Occidente, por ejemplo, son muchos los que...

-Muchas de las personas que creen en un creador, en Dios, pue­den aceptar las circunstancias difíciles con mayor facilidad, al con­siderarlas parte de la creación o el plan de Dios. Aunque la situación parezca muy negativa, Dios es todopoderoso y misericordioso, de modo que tiene que haber algún significado en la situación que ellas desconocen. Creo que esa clase de fe puede ayudarlas en sus momen­tos de sufrimiento.

-¿ y qué me dice de los que no creen ni en el karma ni en un Dios creador?

-Para quien no sea creyente... -El Dalai Lama reflexionó un momento antes de responder-. Quizá pudiera ayudarle un enfoque práctico y científico. Los científicos consideran muy importante exa­minar un problema objetivamente, estudiado sin mucha implicación emocional. Con esa actitud puedes decirte: «Si se puede luchar con­tra el problema, lucha, ¡aunque tengas que llegar a los tribunales!». -Se echó a reír-. Luego, si descubres que no hay forma de ganar, puedes limitarte a olvidarlo.

»Un análisis objetivo de situaciones difíciles o problemáticas pue­de ser bastante importante, porque se descubre a menudo que detrás de las apariencias hay otros factores. Por ejemplo, si el jefe le ha tratado a uno injustamente en el trabajo, es posible que esté detrás, por ejem­plo una discusión con su esposa por la mañana. Naturalmente, uno tiene que seguir afrontando las cosas según están, pero al menos con ese enfoque no se experimentará la ansiedad adicional que provoca.

-¿Es posible que el análisis objetivo de la situación nos ayude a descubrir que estamos contribuyendo a crear el problema y debilite el sentimiento de injusticia?

-¡Sí! -respondió con entusiasmo-. Ahí está la gran diferencia. En general, si examinamos cualquier situación de una forma impar­cial y honesta, nos daremos cuenta de hasta qué punto somos tam­bién responsables de los acontecimientos.

»Por ejemplo, muchas personas echaron la culpa de la guerra del Golfo a Saddam Hussein. En varias ocasiones dije que eso no era jus­to. Teniendo en cuenta las circunstancias, sentí verdadera pena por Saddam Hussein. Claro que es un dictador, responsable de muchas barbaridades. Si se examina superficialmente la situación, resulta fá­cil echarle toda la culpa: es un dictador, un totalitario, ¡incluso su mi­rada parece siniestra! -exclamó, echándose a reír-. Pero su capaci­dad para causar daño sería muy limitada si no contara con su ejército, y ese poderoso ejército no puede funcionar sin equipo militar. Todo ese equipo militar no ha sido producido por él, ni ha llovido del cielo. Considerando las cosas de ese modo nos damos cuenta de que son muchas las naciones implicadas.

»Así pues -siguió diciendo el Dalai Lama-, nuestra tendencia normal consiste en achacar nuestros problemas a los demás o bien a factores externos. Además, solemos buscar una sola causa, para lue­go tratar de exoneramos de toda responsabilidad. Parece que cada vez que hay implicadas emociones intensas, tiende a producirse una disparidad entre apariencia y la realidad. En mi ejemplo, si se analiza la situación muy cuidadosamente, se verá que Saddam Hussein no es la única causa del conflicto.

»Esta práctica supone mirar las cosas de una forma holística, dar­te cuenta de que son muchos los factores que intervienen en un hecho. Tomemos, por ejemplo, nuestro problema con los chinos; también nosotros hemos contribuido a originarlo, sobre todo por la negligen­cia de las generaciones que nos precedieron. Así pues, creo que noso­tros, los tibetanos, hemos contribuido a esta trágica situación. No es justo echarle toda la culpa a China. Pero también hay perspectivas. Es preciso señalar que los tibetanos, por ejemplo, nunca se han sometido por completo a la opresión china, siempre ha habido una resistencia. Debido a ello, los chinos desarrollaron una nueva política y trasladaron grandes masas de chinos al Tíbet, de modo que la población autóctona acabara siendo demográficamente insignificante, quedara marginada y el movimiento de liberación perdiera fuerza. Pero tam­poco podemos decir que la resistencia tibetana sea la única culpable de la política China.

-Pero ¿qué me dice de esas situaciones en las que está claro que lo ocurrido no es en absoluto culpa de uno, con las que uno no tiene nada que ver, incluso las relativamente insignificantes, como cuando alguien nos miente intencionadamente?

-Naturalmente, al principio siento desilusión cuando alguien no dice la verdad, pero incluso en tal caso, si examino la situación, pue­do descubrir que su motivación para ocultarme algo puede haber sido cierta falta de confianza en mí. Así que, a veces, hay que considerar estos hechos desde otro ángulo; por ejemplo, que quizá la persona en cuestión no confió del todo en mí porque no sé guardar un secreto. En otras palabras, no soy digno de la plena confianza de esa persona debido a mi naturaleza. Examinando la situación de ese modo, po­dría concluir que la causa reside en mí.

Esta justificación racional, incluso procediendo del Dalai Lama, me parecía un tanto forzada: descubrir «la propia contribución» a la falta de honestidad del otro. Pero la sinceridad de su voz sugería que había puesto en práctica esta conducta en su vida personal como ayuda frente a la adversidad. Claro que es probable que no siempre poda­mos descubrir nuestra contribución, pero intentarlo nos permite des­plazar el centro de atención, lo que nos ayuda a romper las estrechas pautas de pensamiento que conducen al sentimiento destructivo de in­justicia, que es la fuente de tanto descontento.

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