El Arte De La Felicidad Un nuevo mensaje para nuestra vida cotidiana




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10 Cambio de perspectiva



HABÍA UNA VEZ UN DISCÍPULO de un filósofo griego al que el maes­tro le ordenó entregar dinero durante tres años a todo aquel que le insultara. Una vez superado ese período de prueba, el maestro le dijo: «Ahora puedes ir a Atenas y aprender sabiduría». Cuando el discípulo llegó a Atenas vio a un sabio sentado a las puertas de entrada de la ciudad que se dedicaba a insultar a todo el que entraba y salía. También insultó al discípulo, que se echó a reír. «¿Por qué te ríes cuan­do te insulto?», le preguntó el sabio. «Porque durante tres años he te­nido que pagar por esto mismo y ahora tú me lo ofreces gratuitamen­te», contestó el discípulo. «Entra en la ciudad -le dijo el sabio- Es toda tuya...»
En el siglo IV, los padres del desierto, un grupo de personas ex­céntricos que se retiraron al desierto, en los alrededores de Scete, para llevar una vida de sacrificio y oración, contaban esta historia para ilus­trar el valor del sufrimiento y la resistencia. Sin embargo, no fue ésta la que abrió la «ciudad de la sabiduría» al discípulo. Lo que le permitió afrontar de un modo tan efectivo una situación difícil fue su capacidad para cambiar de perspectiva, para ver su situación desde una atalaya diferente.

La capacidad para cambiar de perspectiva puede ser una de las he­rramientas más efectivas de que disponemos para afrontar los pro­blemas de la vida cotidiana. El Dalai Lama explicó:

-La capacidad de ver los acontecimientos desde perspectivas di­ferentes puede ser muy útil. Al practicarla, podemos utilizar ciertas experiencias, tragedias próximas para desarrollar la serenidad de la mente. Tenemos que damos cuenta de que cada fenómeno, cada acon­tecimiento, tiene aspectos diferentes. Todo tiene una naturaleza rela­tiva. En mi caso, por ejemplo, he perdido mi país. Desde ese punto de vista, es muy trágico... y todavía hay cosas peores. En nuestro país se ha producido mucha destrucción. Eso es algo muy negativo. Pero cuan­do abordo el mismo acontecimiento desde otro ángulo, me doy cuen­ta de que, como refugiado, hay otra perspectiva. Como refugiado no tengo necesidad de formalidades, ceremonia, protocolo. Si todo fue­ra como antes habría multitud de ocasiones en las que únicamente ha­ríamos los movimientos, fingiríamos. Pero cuando se pasa por situa­ciones desesperadas, no hay tiempo para fingir. Así que, desde ese ángulo, esta trágica experiencia ha sido muy útil para mí. El hecho de ser un refugiado también crea numerosas oportunidades para encon­trarme con mucha gente. Gente de otras confesiones diferentes, de distintos ámbitos de la vida, a las que muy probablemente no habría conocido si hubiera permanecido en mi país. Así que, en ese sentido, todo esto ha sido muy, muy útil.

»A menudo, cuando surgen los problemas, nuestra perspectiva se estrecha. Quizá tengamos concentrada toda nuestra atención en preo­cuparnos por el problema y abriguemos la sensación de que única­mente nosotros pasamos por tales dificultades. Eso puede conducir a una especie de ensimismamiento que hace que el problema parezca muy grave. Cuando sucede eso, creo que puede ayudar mucho el ver las cosas desde una perspectiva más amplia, dándonos cuenta, por ejem­plo, de que hay muchas personas que han pasado por experiencias si­milares e incluso peores. Este cambio de perspectiva puede ser muy útil incluso en ciertas enfermedades o cuando se sufre. Claro que cuan­do aparece el dolor resulta muy difícil practicar la meditación para se­renar la mente. Pero si se hacen comparaciones, si se ve la situación desde una perspectiva diferente, algo ocurre. Si sólo se observa el acon­tecimiento, en cambio, éste parece cada vez más y más importante. Si se fija la atención intensamente en un problema, éste termina por pa­recer incontrolable. Pero si se compara con otro de mayor enverga­dura, entonces parece más pequeño y menos abrumador.
Poco antes de una de las sesiones con el Dalai Lama, me encontré con el administrador de una clínica en la que trabajé durante algún tiempo y donde tuvimos una serie de encontronazos porque yo esta­ba convencido de que él desviaba nuestra atención de los pacientes a las consideraciones financieras. No le había visto desde hacía tiempo, y en cuanto estuve frente a él pasaron por mi mente todas las discusio­nes que habíamos mantenido y sentí crecer en mi interior la cólera y el odio. Cuando me permitieron entrar en la suite del Dalai Lama, ya me había calmado bastante, a pesar de que aún me sentía algo inquieto. -La respuesta natural e inmediata cuando alguien nos hace daño -dije- es enojarse; incluso mucho después, cada vez que pensamos en ello, volvemos a enfadamos. ¿Cómo se puede afrontar esta situación? El Dalai Lama me miró con expresión reflexiva. Me pregunté si percibiría que planteaba el tema no sólo por razones puramente aca­démicas.

-Si examina la situación desde un ángulo diferente -contestó-, seguramente se dará cuenta de que la persona que provocó esa cólera tiene también cualidades positivas. Si observa cuidadosamente des­cubrirá también que aquello que le había molestado le proporcionó ciertas oportunidades que, de otro modo, no habría tenido. Así que podrá ver desde un ángulo diferente el acontecimiento. Eso ayuda.

-Pero ¿qué hacer si se buscan los aspectos positivos de una per­sona o acontecimiento y no se puede encontrar ninguno?

-En tal caso, la situación requeriría un esfuerzo. Dedique algún tiempo a buscar seriamente una perspectiva diferente. Necesitará uti­lizar toda su capacidad de razonamiento y examinar la situación del modo más objetivo posible. Por ejemplo, puede reflexionar sobre el hecho de que cuando está realmente enojado con alguien, tiende a percibir en el otro sólo cualidades negativas, del mismo modo que al sentirse fuertemente atraído por alguien, suele ver únicamente sus cualidades positivas. Si su amigo, al que considera una persona exce­lente, le causara deliberadamente daño, de repente usted se percata­ría de que no sólo tiene buenas cualidades. De modo similar, si su ene­migo, al que detesta, le pidiera sinceramente perdón y se mostrara amable, es poco probable que siguiera considerándolo totalmente malo. Así pues, aunque esté enojado con alguien y crea que esa per­sona no posee cualidades positivas, recuerde que nadie es totalmente malo. Si busca lo suficiente, seguro que encontrará algunas cualida­des positivas. En consecuencia, su visión de un individuo como abso­lutamente negativo se debe a su propia proyección mental, más que a la verdadera naturaleza de ese individuo.

»Asimismo, una situación inicialmente percibida como totalmen­te negativa puede tener algunos aspectos positivos. Pero creo que este descubrimiento no es suficiente. Es necesario recordar esos aspectos positivos en muchas ocasiones, para que gradualmente cambie el sen­timiento negativo. En resumen, se debe pasar por un proceso de apren­dizaje, de formación, para familiarizarse con los nuevos puntos de vis­ta que permiten afrontar esas situaciones.

Después de reflexionar un momento, con su habitual pragmatis­mo, añadió:

-Sin embargo, si a pesar de sus esfuerzos no encontrara aspectos positivos, lo mejor que puede hacer es, sencillamente, tratar de olvi­dar el asunto por el momento.

Inspirado por las palabras del Dalai Lama, esa misma noche in­tenté descubrir algunos «aspectos positivos» del administrador que mencioné. No me resultó tan difícil. Sabía, por ejemplo, que era un padre cariñoso, que trataba de educar a sus hijos lo mejor que podía. y tuve que admitir que mis encontronazos con él al fin y a la postre me habían beneficiado, puesto que me impulsaron a dejar aquella clí­nica, lo que me permitió realizar un trabajo más satisfactorio. Aun­que estas reflexiones no tuvieron como resultado inmediato que el hombre me cayera simpático, no cabe duda de que contribuyeron mu­cho a disminuir mis sentimientos de aversión, al precio de un esfuer­zo sorprendentemente pequeño. El Dalai Lama no tardaría en darme una lección todavía más profunda: cómo transformar por completo la actitud hacia los enemigos y empezar a apreciarlos.
Una nueva perspectiva del enemigo
El método fundamental utilizado por el Dalai Lama para trans­formar la actitud ante los enemigos supone llevar a cabo Un análisis sistemático y racional de nuestra respuesta habitual cuando nos causan daño.

-Empecemos por examinar la actitud característica hacia nues­tros enemigos -explicó-. En términos generales, es evidente que no les deseamos lo mejor. Pero aunque nuestro adversario se hunda a con­secuencia de nuestras acciones, ¿a qué viene alegrarse por ello? ¿Pue­de haber algo más lamentable que esos sentimientos de animadversión? ¿Desea uno ser realmente tan mezquino?

» Vengarse no hace sino crear un círculo vicioso. La otra persona no lo va a aceptar y, entonces, la cadena de venganzas es interminable. En ciertas sociedades, esa dinámica, puede transmitirse de una gene­ración a otra. El resultado es que ambas partes sufren y la vida se en­venena; puede comprobarse en los campos de refugiados, donde se cultiva el odio hacia el enemigo desde la infancia. Es muy triste. La có­lera o el odio son como el anzuelo de un pescador. Es de vital impor­tancia no morder ese anzuelo.

»Algunas personas consideran que el odio es bueno para el interés nacional, lo cual me parece muy negativo y de miras muy estrechas. Contrarrestar esta forma de pensar constituye la base del espíritu de la no violencia y la comprensión.

Tras haber rechazado nuestra actitud característica frente al ene­migo, el Dalai Lama ofreció otra opción, una nueva perspectiva que podría revolucionar nuestra vida.

-En el budismo -explicó- se presta mucha atención a las acti­tudes que adoptamos ante nuestros enemigos. Ello se debe a que el odio puede ser nuestro mayor obstáculo para el desarrollo de la com­pasión y la felicidad. Si se aprende a ser paciente y tolerante con los enemigos, todo lo demás resulta mucho más fácil, y la compasión flu­ye con naturalidad.

»Así pues, para alguien que practica la espiritualidad, los enemi­gos juegan un papel crucial. Tal como veo las cosas, la compasión es la esencia de la vida espiritual y para alcanzar una práctica cabal del amor y la compasión, es indispensable la práctica de la paciencia y la tolerancia. No hay fortaleza similar a la paciencia, no hay peor aflic­ción que el odio. En consecuencia, no debemos ahorrar esfuerzos en la erradicación del odio al enemigo, y aprovechar el enfrentamiento como una oportunidad para intensificar la práctica de la paciencia y la tole­rancia.

»De hecho, el enemigo es el elemento necesario para practicar la paciencia. Sin su oposición no pueden surgir la paciencia o la toleran­cia. Normalmente, nuestros amigos no nos ponen a prueba ni nos ofre­cen la oportunidad de cultivar la paciencia; eso es algo que sólo hacen nuestros enemigos. Así que, desde este punto de vista, podemos con­siderar a nuestro enemigo un gran maestro, y reverenciado incluso por habernos proporcionado esa preciosa oportunidad.

»En el mundo son relativamente pocas las personas con las que in­teractuamos, y todavía menos las que nos causan problemas. Por tan­to, encontrarse ante la oportunidad de practicar la paciencia y la to­lerancia debería suscitar nuestra gratitud, porque se da raras veces. Del mismo modo que si hubiéramos tropezado con un tesoro en nues­tra propia casa, deberíamos sentirnos felices y agradecidos al enemi­go por proporcionarnos esa preciosa oportunidad. Porque para alcan­zar éxito en la práctica de la paciencia y la tolerancia, que son factores esenciales para contrarrestar las emociones negativas, además de nuestros esfuerzos hemos de tener la oportunidad aportada por un enemigo. .

»Mucho, argumentarán, "¿Por qué debo venerar a mi enemigo, reconocer sus aportaciones, si él no tuvo intención de ofrecerme esa oportunidad para practicar la paciencia, ni tampoco de ayudarme? Y no sólo no tuvo intención ,alguna de ayudarme, sino que tuvo el propósito deliberado y malicioso de causarme daño. Es apropiado de­testarlo, porque no merece mi respeto". En realidad, es precisamente esta animosidad del enemigo, su intención de causarnos daño, lo es­pecífico: si sólo se trata del daño, deberíamos odiar a todos los médi­cos Y considerarlos enemigos, porque a veces adoptan métodos que pueden ser dolorosos. Sin embargo, no juzgamos esos actos dañinos ni propios de un enemigo, porque, la intención del médico ha sido la de ayudarnos. En consecuencia, es precisamente la intención de cau­sarnos daño lo que singulariza al enemigo; y nos ofrece una preciosa oportunidad de practicar la paciencia.
Al principio me resultó un tanto difícil aceptar la sugerencia del Dalai Lama de venerar al enemigo por las oportunidades de crecimiento que nos depara. Pero la situación es análoga a la persona que trata de tonificar y fortalecer el propio cuerpo mediante el levantamiento de pesas. Claro que, al principio, la actividad de levantar las pesas resulta incómoda. Uno se esfuerza y suda. Y, sin embargo, es el acto mismo de esforzarse por superar la resistencia lo que en último termino nos fortalece. Se aprecia el buen equipo de pesas no por el placer inmediato que nos aporta, sino por el beneficio último que se deriva de él.

Quizá hasta las expresiones del Dalai Lama sobre la «rareza» y «valor precioso» del enemigo sean algo más que simples racionaliza­ciones de algo imaginario. Mientras escucho a mis pacientes describir sus dificultades con los demás, eso queda bastante claro; en el fondo, la mayoría de la gente no tiene legiones de enemigos y antagonistas a los que enfrentarse, al menos personalmente. Habitualmente, eso que­da limitado a unas pocas personas. Quizá un jefe o un colaborador, una ex esposa, un hermano. Desde ese punto de vista, el enemigo es re­almente «raro», de modo que nuestro «suministro de enemigos» es li­mitado. y es la lucha, el proceso de resolver el conflicto con el enemi­go, a través del aprendizaje, el examen, el descubrimiento de formas alternativas de afrontar los conflictos, lo que en último término da como resultado el verdadero crecimiento como una terapia acertada. Imaginemos cómo serían las cosas si pasáramos por la vida sin encontrarnos jamás con un enemigo u otros obstáculos, si desde la cuna hasta la tumba todo el mundo nos halagara y mimara, nos abrazara y alimentara (con comida suave y blanda, fácil de digerir), si nos di­virtiera con carantoñas y ocasionales arrullos. Si nos llevaran desde la infancia en un cestillo (más tarde, quizá en una silla de manos), si no tuviéramos que enfrentamos nunca a ningún desafío, si nunca nos viéramos sometidos a prueba, en resumen, si todos continuaran tra­tándonos como a bebés. Quizá eso parezca conveniente al principio. Sería incluso apropiado durante los primeros meses de vida. Pero si la situación persistiera tendría como resultado convertimos en una masa gelatinosa, en una verdadera monstruosidad, con el desarro­llo mental y emocional de una ternera. Es la lucha misma la que nos hace ser lo que somos. y son nuestros enemigos los que nos ponen a prueba, los que nos oponen la resistencia necesaria para el creci­miento.
¿Es práctica esta actitud?
Ciertamente, me pareció que valía la pena enfocar nuestros pro­blemas racionalmente y aprender a considerarlos, al igual que a nues­tros enemigos, desde perspectivas distintas, aunque me preguntaba hasta qué punto podría suponer eso una transformación fundamental de actitudes. Recordé entonces haber leído en una entrevista que una de las prácticas espirituales diarias del Dalai Lama era recitar una oración, Ocho versículos sobre la educación de la mente, escrita en el siglo XI por el santo tibetano Langri Thangpa. He aquí un fragmento,
Cuando me acerque a alguien, en el fondo de mi corazón me consi­deraré el más bajo de todos y al otro el más alto... Cuando vea a seres de naturaleza malvada, oprimidos por el peca­do de la violencia y por la aflicción, los consideraré tan raros como un precioso tesoro...

Cuando otros, por envidia, me traten mal, abusen de mí, me difa­men o me causen daños similares, aceptaré la derrota y a ellos ofreceré la victoria...

Aquel que tras haberle otorgado yo toda mi confianza me cause un grave daño, será mi supremo maestro.

En suma, que pueda yo dispensar beneficio y felicidad, directa e in­directamente a todos los seres, que pueda asumir en secreto el daño y el sufrimiento de todos los seres...
Después de leer esto, le pregunté al Dalai Lama:

-Sé que ha reflexionado mucho sobre esta oración, pero ¿cree que es realmente aplicable en estos tiempos que corren? Fue escrita por un monje que vivió en un monasterio, un lugar donde lo peor que podía suceder era que alguien chismorreara o dijera mentiras sobre uno o quizá le propinara un golpe o una bofetada. En un caso así podría ser fácil “ofrecerles la victoria”, pero en la sociedad actual el “daño” que se recibe de los demás puede ser la violación, la tortura o el asesinato.
Desde ese punto de vista, la actitud que muestra la oración no parece realmente adecuada.

Me sentí muy pagado de mí después de esta observación, que me parecía muy aguda.

El Dalai Lama guardó silencio, con el ceño fruncido, sumido en profundos pensamientos.

-Es posible que haya algo de cierto en lo que dice -admitió luego.

A continuación habló de casos en los que quizá fuera necesario modificar esa actitud, precaverse contra las agresiones.

Más tarde, esa misma noche, pensé en nuestra conversación. Dos puntos destacaron vivamente. Primero, la extraordinaria facilidad con que el Dalai Lama adoptaba una nueva perspectiva acerca de sus pro­pias creencias y prácticas, como por ejemplo su disposición a volver a evaluar una oración que sin duda formaba parte de el después de acompañarle durante tantos años en sus prácticas espirituales. El se­gundo punto era ingrato. Me sentí abrumado por la arrogancia. Le había sugerido que la oración podría no ser apropiada porque no se adaptaba a las duras realidades del mundo actual. Hasta mas tarde no me di cuenta de que me había dirigido a un hombre que habla perdido su país como resultado de una de las más brutales invasiones de la historia. Un hombre que había vivido en el exilio durante casi cuatro décadas mientras toda una nación depositaba en él sus esperanzas y sueños de libertad. Un hombre dotado de un profundo sentido de la responsabilidad, que había escuchado con compasión a una continua corriente de refugiados que contaban sus experiencias sobre asesina­tos, violaciones, torturas, sobre los sufrimientos del pueblo tibetano a manos de los chinos. Más de una vez había observado la expresión de infinita preocupación y tristeza en su rostro mientras escuchaba todas aquellas narraciones, contadas a menudo por gentes que había cruzado el Himalaya a pie (en un viaje de dos años) simplemente para poder verlo..., ..­

Aquellas historias no hablaban sólo de violencia física, sino también del intento de destruir el espíritu del pueblo tibetano. En cierta ocasión, un refugiado tibetano me habló de la «escuela» china a la que se le obligó a asistir como adolescente en el Tíbet. Las mañanas se de­dicaban al adoctrinamiento y el estudio del Libro rojo del presidente Mao, y las tardes a informar sobre los diversos deberes que había que realizar en casa. Por lo general, los «deberes» estaban diseñados para erradicar el espíritu del budismo, profundamente enraizado en el pueblo tibetano. Por ejemplo, conocedor de la prohibición budista de matar y de la convicción de que toda criatura viva es un precioso «ser sensible», un maestro de escuela encargó a sus estudiantes la ta­rea de matar algo y llevarlo a la escuela al día siguiente. Para calificar a los estudiantes se asignaron puntos a los animales muertos; una mosca, por ejemplo, valía un punto, un gusano dos, un ratón cinco, un gato diez... (Recientemente, al contarle esta historia a un amigo, sa­cudió pesaroso la cabeza, con una expresión de asco, y musitó: «Me pregunto cuántos puntos recibiría el alumno por asesinar a su conde­nado maestro».)

A través de prácticas espirituales como el recitado de Ocho ver­sículos sobre la educación de la mente, el Dalai Lama ha podido re­conciliarse con esta situación y, a pesar de todo, continuar una cam­paña activa por la liberación y por los derechos humanos en el Tíbet desde hace cuarenta años. Al mismo tiempo, ha mantenido una acti­tud de humildad y compasión con respecto a los chinos, lo que ha inspirado a millones de personas en todo el mundo. Y allí estaba yo, diciéndole que esa oración quizá no fuera relevante para las «reali­dades» del mundo actual. Todavía me sonrojo cuando recuerdo aquella conversación.

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