El Arte De La Felicidad Un nuevo mensaje para nuestra vida cotidiana




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Meditación sobre la naturaleza de la mente



Tras observar a los reunidos, empezó a hablar en su forma pecu­liar, como si en lugar de dirigirse a un grupo estuviera transmitien­do enseñanzas a cada individuo presente. En algunos momentos se mostraba quieto y concentrado, en otros más animado; acompaña­ba sus instrucciones con ligeros movimientos de cabeza, gestos con las manos y suaves balanceos.

-El propósito de este ejercicio es empezar a reconocer y percibir la naturaleza de nuestra mente -empezó a decir-, al menos a un ni­vel convencional. Generalmente, al referimos a nuestra mente, expre­samos un concepto abstracto. Si no tenemos una experiencia directa de nuestra mente, por ejemplo, si se nos pidiera que la identificára­mos, nos sentiríamos impulsados a señalar simplemente el cerebro. Si se nos pidiera que definiésemos la mente, diríamos que es algo que tiene capacidad para saber», algo que es «claro» y «cognitivo». Pero si no hemos captado directamente la mente a través de prácticas de meditación, estas definiciones no son más que palabras. Es importan­te poder identificar la mente a través de la experiencia directa y no sólo como un concepto abstracto. Por tanto, el propósito de este ejer­cicio es sentir o captar directamente la naturaleza convencional de la mente, de modo que cuando se diga que la mente tiene cualidades de «claridad» y «cognición», seamos capaces de identificarla de forma experimental. ,

»Este ejercicio nos ayuda a detener deliberadamente los pensa­mientos y a permanecer gradualmente en ese estado durante un tiem­po cada vez más prolongado. Cuando se domina este ejercicio se llega a tener la sensación de que no hay nada, sólo vacío. Pero si se pro­fundiza más, se empieza a reconocer la naturaleza fundamental de la mente, sus cualidades de "claridad" y de "conocimiento". Es como un vaso de cristal puro lleno de agua. Si el agua también es pura, se puede ver el fondo del vaso, aun sabiendo que el agua está ahí.

»Así que hoy meditaremos sobre la no conceptualidad. No es este un simple estado de abulia o de dejar en blanco nuestra mente. En lu­gar de eso, lo que hay que hacer es decidir "anular los pensamientos conceptuales". La forma de hacerla es la siguiente:

»En términos generales, nuestra mente está dirigida predominan­temente hacia los objetos externos. Nuestra atención sigue el sentido de las experiencias. Se mantiene en un nivel predominantemente sen­sorial y conceptual. En otras palabras, nuestra conciencia se dirige normalmente hacia las experiencias sensoriales y los conceptos men­tales. En este ejercicio lo que hay que hacer es retirar la mente hacia el interior; no lanzarla a la caza de objetos sensoriales. Pero, al tiem­po, no debe retirarse hasta el extremo de provocar un estado de estu­por. Ha de estarse en un estado consciente de alerta y atención, para desde él asumir la conciencia, de modo que ésta no se vea afectada por los pensamientos del pasado, las cosas que han ocurrido, sus re­cuerdos o ideas sobre el futuro, como planes, expectativas, temores y esperanzas. Intente más bien permanecer en un estado relajado y neutral.

»Esto es un poco como un río que fluye con fuerza, por lo que su lecho no se puede ver con claridad. Si hubiera algún modo de detener el flujo de ambas direcciones, es decir, desde donde llega el agua y ha­cia donde va, se podría mantener el agua quieta. Eso permitiría ver el lecho del río. De modo similar, cuando se es capaz de detener la men­te de modo que deje de cazar objetos sensoriales y pensar en el pa­sado y en el futuro, si se puede liberar la mente por completo, de­jándola totalmente "en blanco", podría empezarse a mirar debajo de la turbulencia de los procesos de pensamiento. Allí reina una quie­tud subyacente, una claridad fundamental de la mente. Debería tra­tarse de observar y experimentar eso...

»Quizá sea difícil de conseguir en una fase inicial, así que iniciare­mos la práctica desde esta misma sesión. En la fase inicial, cuando se empieza a experimentar este estado natural subyacente" de concien­cia, se siente como una "ausencia". Eso ocurre porque estamos muy habituados a comprender nuestra mente en términos de objetos externos; tendemos a mirar el mundo a través de nuestros conceptos, imágenes, etcétera. Así que, al retirar la mente de los objetos exter­nos es casi como si no pudiéramos reconocer nuestra propia mente. De ahí proviene la ausencia, la vacuidad. No obstante, a medida que se progresa y se acostumbra uno a ella, se empieza a notar una clari­dad subyacente, una luminosidad. Es entonces cuando se comienza a apreciar el estado natural de la mente.

»Muchas de las experiencias meditativas realmente profundas tienen que alcanzarse sobre la base de la quietud de la mente... Oh -exclamó el Dalai Lama echándose a reír-, debería advertirles que en este tipo de meditación se corre el peligro de quedarse dormido, puesto que no hay objeto específico sobre el que concentrar la aten­ción.

»Así que, ahora, meditemos...

»Para empezar, realicemos antes tres rondas de respiración pro­funda y centremos la atención simplemente en la respiración. Concén­trese en la inspiración, la espiración, la inspiración, la espiración... hasta tres veces. Luego, empiecen la meditación.

El Dalai Lama se quitó las gafas, cruzó las manos sobre su regazo y permaneció inmóvil, sumido en la meditación. Un silencio total se extendió por la sala, al tiempo que mil quinientas personas efectua­ban una introspección, en la soledad de mil quinientos mundos pri­vados, tratando de acallar sus pensamientos y quizá de echar un vis­tazo fugaz a la verdadera naturaleza de su propia mente. Al cabo de cinco minutos, el silencio crujió, aunque no se rompió, cuando el Da­lai Lama empezó a cantar suavemente, con voz baja y melódica, sa­cando suavemente a sus oyentes de la meditación.

Ese día, al concluir la sesión, el Dalai Lama juntó las manos, como hacía siempre, se inclinó ante el público en demostración de afecto y respeto, se levantó y se abrió paso entre la gente que lo rodeaba. Man­tuvo las manos juntas y siguió inclinándose a uno y otro lado mien­tras abandonaba la sala. Al cruzar por entre la multitud se inclinó tan­to que habría sido imposible verlo para cualquiera que estuviera a más de unos pocos pasos de distancia. Parecía perdido entre un mar de cabezas. Desde la distancia, sin embargo, aún podía detectarse el ca­mino que seguía por el sutil desplazamiento del movimiento de la mul­titud al pasar él. Era como si hubiese dejado de ser un objeto visible y se hubiera convertido, simplemente, en una presencia que se siente.

Agradecimientos



ESTE LIBRO NO HABRÍA existido sin los esfuerzos y la amabilidad de muchas personas. En primer lugar, quisiera transmitir mi más sen­tido agradecimiento a Tenzin Gyatso, el decimocuarto Dalai Lama, con una profunda gratitud por su ilimitada afabilidad, generosidad, inspiración y amistad. Y a mis padres, James y Bettie Cutler, en cari­ñoso recuerdo, por haberme proporcionado los fundamentos de mi propio camino para encontrar la felicidad en la vida.

Mi más sincero agradecimiento se extiende a muchos otros:

Al doctor Thupten Jinpa por su amistad, su ayuda en la revisión de los textos del Dalai Lama incluidos en este libro, su papel esencial al actuar como intérprete de las conferencias del Dalai Lama y en muchas de nuestras conversaciones privadas. Y también a Lobsang Jordhen, el venerable Lhakdor, por actuar como intérprete mío para una serie de conversaciones con el Dalai Lama en la India.

A Tenzin Geyche Tethong, Richen Dharlo y Dawa Tsering, por su apoyo y ayuda en muchos aspectos a lo largo de los años.

A muchas personas que trabajaron mucho para asegurarse de que la visita del Dalai Lama a Arizona en 1993 fuera una experiencia gra­tificante para tantos: a Claude d'Estree, Ken Bacher y el consejo y el personal de Arizona Teachings, Ine., a Peggy Hitchcock y al consejo de Arizona Friends of Tibet, a la doctora Pam Willson ya los que ayudaron a organizar la conferencia pronunciada por el Dalai Lama en la Universidad Estatal de Arizona, así como a las docenas de entregados voluntarios, por sus incansables esfuerzos, en nombre de quienes asis­tieron a las acciones del Dalai Lama en Arizona.

A mis extraordinarios agentes, Sharon Friedman y Ralph Vicinan­za, y a su maravilloso equipo, por su ánimo, amabilidad, entrega y ayuda en tantos aspectos de este proyecto y por el duro trabajo reali­zado más allá de lo exigido por el deber. He contraído con ellos una deuda especial de gratitud.

A aquellos que aportaron su valiosa asistencia, percepción y expe­riencia editorial, así como apoyo personal durante el prolongado pro­ceso de redacción: a Ruth Hapgood por sus hábiles esfuerzos para editar las primeras versiones del manuscrito, a Barbara Gates y a la doctora Ronna Kabatznick por su indispensable ayuda para revisar el voluminoso material, así como para centrarlo y organizarlo en una estructura coherente. También a mi ingenioso editor Amy Hertz por creer en el proyecto y ayudar a configurar el libro en su forma final. También a Jennifer Repo y al personal de revisión de galeradas de Ri­verhead Books. También quisiera expresar mi cálido agradecimiento a todos aquellos que ayudaron a transcribir las conferencias del Dalai Lama en Arizona, a mecanografiar las transcripciones de mis conversaciones con él y a mecanografiar partes de las primeras versiones del manuscrito.
Wyatt Gothe, la doctora Gail McDonald, Larry Cutler, Randy Cutler y un agradecimiento especial con profundo aprecio a Candee y Scott Brierley, así como a otros muchos amigos a los que quizá no haya ci­tado aquí por su nombre, pero a los que llevo en mi corazón con per­manente amor, gratitud y respeto.

y a Lori, con amor.
También de Su Santidad el Dalai Lama
Las siguientes obras se incluyen por orden alfabético de título.

The Dalai Lama: A Policy of Kindness, compilado y editado por Sid­ney Piburn, Snow Lion Publications, Ithaca, 1990 [Trad. cast., Políti­ca de la bondad, Dharma, Novelda, Alicante, 1993.]

A Flash of Lightning in the Dark of Night. A Cuide to the Bodhisat­tva's Way of Life, por S. S. el Dalai Lama, Shambhala Publications, Bastan, 1994.

The Four Noble Truths, por S. S, el Dalai Lama, traducido por el doc­tor Thupten Jinpa, editado por Dominique Side, Thorsons, Londres, 1998.
Y, para terminar, mi más profundo agradecimiento: A mis maestros.

A mi familia y a los muchos amigos que han enriquecido mi vida de más formas de las que puedo expresar: a Gina Beckwith, el doctor David Weiss y Daphne Atkeson, el doctor Gillian Hamilton, Helen Mitsios, David Greenwalt, Dale Brozosky, Kristi Ingham Espinasse, el doctor David Klebanoff, Henrietta Bernstein, Tom Minar, Ellen
Freedom in Exile. The Autobiography of the Dalai Lama, por S. S. el Dalai Lama, HarperCollins, Nueva York, 1991. [Trad. cast., Libertad en el exilio, Plaza y Janés, Barcelona, 1991.]

The eood Heart. A Buddhist Perspective on the Teachings of Jesus, por S. S. el Dalai Lama, Wisdom Publications, Bastan, 1996.

Kindness, Clarity, and Insight, por S. S. el Dalai Lama, traducción y edición de Jeffrey Hopkins, coedición de Elizabeth Napper, Snow Lion Publications, Ithaca, 1984.

The World of Tibetan Buddhism, por S. S. el Dalai Lama, traducción, edición y notas del doctor Thupten Jinpa, Wisdom Publications, Bos­ton, 1995.

Libros Tauro

http://www.LibrosTauro.com.ar

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