El Arte De La Felicidad Un nuevo mensaje para nuestra vida cotidiana




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Soledad y conexión



Entré en la suite del hotel donde se alojaba el Dalai Lama y él me invitó a sentarme. Mientras se servía el té, se quitó un par de zapatos Rockports de color caramelo claro y se instaló cómodamente en un sillón.

-¿ y bien? -preguntó con su tono indiferente, pero con una in­flexión que indicaba su disposición a abordar cualquier tema.

Me sonrió y se mantuvo en silencio.

Unos momentos antes, mientras estaba sentado en el vestíbulo del hotel, esperando que llegara la hora de nuestra reunión, yo había to­mado sin demasiado interés un ejemplar de un periódico alternativo local que estaba abierto en la sección de anuncios personales. Pasé rá­pidamente la mirada sobre los anuncios densamente agrupados, don­de predominaban, página tras página, los de gente que buscaba con desesperación relacionarse con otro ser humano. Sin dejar de pensar en aquellos anuncios, me senté para empezar la sesión con el Dalai Lama; de repente decidí dejar de lado la lista de preguntas preparadas que llevaba y le pregunté:

-¿Se siente solo alguna vez? -No -se limitó a contestar. No estaba preparado para esta respuesta. Imaginé que diría más o menos: «Desde luego... De vez en cuando, todo el mundo se siente algo solo». Y luego yo le preguntaría cómo afrontaba la soledad. Yo no esperaba que alguien me contestara que nunca se sentía solo.

-¿No? -le pregunté de nuevo, incrédulo.

-No.

-¿A qué lo atribuye?

Se quedó un momento pensativo antes de contestar. -Creo que una de las razones es que suelo mirar a todo ser hu­mano desde un ángulo positivo, intento buscar sus aspectos positivos. Esa actitud crea inmediatamente una sensación de afinidad, una es­pecie de conexión.

»Quizá se deba a que existe por mi parte menos recelo, menos te­mor a que si actúo de determinada manera quizá la persona me pier­da el respeto o piense que soy un extraño. Como ese temor no existe provoco una especie de apertura. Creo que ése es el factor principal. Mientras me esforzaba por captar el alcance de lo que decía, pregunté:

-Pero ¿cómo se llega a esa actitud, a no temer ser juzgado por los demás, a despertar su antipatía? ¿Existen métodos específicos al alcan­ce de una persona corriente para desarrollar esa cualidad?

-Primero hay que darse cuenta de la utilidad de la compasión -me contestó con un tono de profunda convicción-. Ese es el fac­tor clave. Una vez que se ha aceptado que la compasión no es algo in­fantil o sentimental, una vez que has comprendido su valor más pro­fundo, desarrollas inmediatamente el deseo de cultivarla.

» y en cuanto estimulas la actitud compasiva en tu mente, en cuan­to se hace activa, tu actitud hacia los demás cambia automáticamen­te. Si te acercas a los demás con disposición compasiva, reducirás tus temores, lo que te permitirá una mayor apertura. Creas un ambiente positivo y amistoso. Con esa actitud abres la posibilidad de recibir afecto o de obtener una respuesta positiva de la otra persona. Y, aun­que el otro no se muestre afable o no responda de una forma positi­va, al menos te habrás aproximado a él con una actitud abierta, que te proporciona flexibilidad y libertad para cambiar tu enfoque cuan­do sea necesario. Esa clase de apertura facilita al menos la posibilidad de tener una conversación significativa con el otro. Pero sin esa acti­tud de compasión, si estás cerrado, irritado o indiferente, te sentirás incómodo aunque seas abordado por tu mejor amigo.

»Creo que en muchos casos la gente espera que sean los otros quie­nes actúen primero de forma positiva, en lugar de tomar la iniciativa de crear esa posibilidad. Tengo la impresión de que eso es un error, que provoca problemas y que puede actuar como una barrera que úni­camente sirve para promover el aislamiento. Así pues, si deseas supe­rar ese sentimiento, creo que la actitud que se adopte establece una di­ferencia tremenda. Y la mejor forma es acercarse a los demás con el pensamiento de la compasión en la propia mente.

Mi sorpresa ante la afirmación del Dalai Lama de que nunca se sentía solo era proporcional a mi convicción de la omnipresencia de la soledad en nuestra sociedad, que no nacía simplemente de mi pro­pia sensación de soledad, o del omnipresente paso por ella que reve­laba mi práctica psiquiátrica. Durante los últimos veinte años, los psicólogos han empezado a estudiar la soledad de una forma científi­ca y han realizado numerosas investigaciones. Uno de los descubri­mientos más notables es que casi todas las personas manifiestan ha­ber padecido en algún momento soledad. En una amplia encuesta realizada en Estados Unidos, una cuarta parte de los adultos dije­ron que se habían sentido muy solos al menos una vez durante las dos semanas anteriores. Aunque a menudo pensamos en la soledad crónica como un padecimiento particularmente difundido solamente entre los ancianos, aislados en viviendas vacías o en los patios trase­ros de las residencias, la investigación revela que los adolescentes y los adultos jóvenes se sienten solos con la misma frecuencia que los ancianos.

Debido al aumento de la soledad, los investigadores han empeza­do a examinar las complejas variables que pueden contribuir a fomen­tarla. Así han descubierto, por ejemplo, que los individuos solitarios tienen problemas para abrirse hacia los demás, dificultades para co­municarse y para escuchar y les faltan ciertas habilidades sociales como saber mantener una conversación (cuándo asentir con un gesto, cómo responder apropiadamente o cuándo callarse). Esta investiga­ción sugiere que una estrategia para superar la soledad sería la de tra­bajar en la mejora de estas habilidades sociales. La estrategia del Da­lai Lama, sin embargo, parecía soslayar la cuestión de las habilidades sociales o de los comportamientos externos, para dirigirse directa­mente al corazón, al valor de la compasión y el cultivo de la misma. A pesar de mi sorpresa inicial, mientras le oía hablar tuve el firme convencimiento de que, efectivamente, nunca se sentía solo. Había pruebas que apoyaban su afirmación. Yo mismo había sido testigo con frecuencia de su primera interacción con alguien totalmente extraño para él, y el resultado era invariablemente positivo. Empezó a quedar claro que estas interacciones positivas no eran accidentales o simple­mente el resultado de una personalidad afable. Percibí que había dedica­do mucho tiempo a pensar en la importancia de la compasión, a cul­tivarla cuidadosamente y a utilizarla para preparar el terreno de su experiencia cotidiana, haciéndolo fértil para las interacciones positi­vas con las demás personas, un método que puede utilizar cualquiera que sufra de soledad.

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