Uando el desorden amenaza en el Inframundo, siete guerreros inmortales descendientes de los héroes más grandes de toda la Antigua Grecia pueden ser la última




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El alojamiento era una enorme extensión de madera construida, al final del todo, en la gran caverna. Mientras caminaban por el patio central y pasaban la cascada, Theron permaneció al costado de Acacia. A pesar de que sentía que el malestar de los pueblerinos se debía a su sola presencia, no dejó su lado para evitar que la golpearan por su culpa.

Dioses, eran tantos. Examinó la multitud que se abría a su paso. Tantos de ellos desgastados, maltratados y luciendo marcas de batallas del pasado. ¿Cómo podían tantos de ellos haber permanecido en secreto de los Argonautas por tanto tiempo?

Estaba claro que Nick era el líder de los mestizos. Exudaba un aire de autoridad sobre toda la colonia, y las cabezas se inclinaban levemente a su paso. No por primera vez, Theron se preguntó quién era ese pícaro guerrero. Advirtió los guantes de cuero sin dedos que Nick llevaba, y la extraña sensación que golpeó a Theron en la librería de Acacia, le golpeó otra vez mientras caminaban... la sensación de que ese era tanto humano como Argonauta.

Pero, ¿cómo podía eso ser posible?

Alcanzaron los escalones de la casa, y Nick guió el camino al interior que parecía ser un punto de reunión. Un gigante candelabro de hierro con velas alumbraba con luz dorada el espacio. El techo presentaba vigas talladas de árboles enormes y el suelo era de una madera de un rico color miel. Una escalinata gigante al frente dirigía al segundo piso. A la derecha había una sala de estar, completa, con sillas de cuero y mesas rústicas dispuestas en diversas agrupaciones, que llenaban el espacio. Puertas dobles se abrían hacia la izquierda.

Nick les llevó a la oficina. Una vez dentro, cerró las puertas y corrió las cortinas, bloqueando la vista y las miradas curiosas del pueblo al otro lado.

Acacia no esperó una invitación para sentarse. Se dejó caer en uno de los sofás de cuero verde en la esquina de la sala con un largo suspiro. No tenía buen aspecto, y como había sentido antes en su tienda, Theron sentía la enfermedad atormentando su cuerpo. La misma enfermedad que había infectado a Isadora.

Skata, necesitaba llevarla de vuelta al castillo. Ya mismo.

La culpabilidad que sintió por lo que había sido enviado a hacer, fue repentina e inútil, así que la apartó y decidió fijarse en los hechos.

—¿Qué es este lugar?

Nick se sentó en la silla tras una gran mesa de roble, el cuero crujiendo bajo su gran cuerpo.

—Un refugio. O el mejor que podemos conseguir. Las cuevas nos proporcionan protección. Cualquier daemon que se aventure dentro se perderá en los túneles y será interceptado por nuestros centinelas. Esta colonia ha existido durante al menos quinientos años, y ni una sola vez han irrumpido en ella.

Quinientos años. Queridos dioses.

—¿Cuántos hay aquí? —preguntó Theron.

—¿En esta colonia? ― Nick elevó una ceja y, a pesar de que prometía respuestas, el reto en sus ojos era evidentemente claro—. Doscientos cuarenta y siete. En un buen día. Pero nuestros números crecen y disminuyen en función de que nuestra gente vaya de colonia en colonia.

¿Doscientos cuarenta y siete? Santa skata. ¿Y había otras colonias? ¿Y el rey sabía de ellas?

Cuando pudo hablar tras el impacto que le provocó, preguntó:

—¿No se quedan?

Si la fortaleza era tan impenetrable como Nick proclamaba, ¿por qué querría ninguno de esos mestizos aventurarse en el mundo humano, donde podrían ser identificados y asesinados nada más ser vistos?

—Tenemos que vivir, Argonauta. A pesar de que estoy seguro de que te encantaría si no lo hiciéramos.

Theron sintió la agresión, y no respondió. Los ojos de Nick se estrecharon hasta ser casi rendijas.

—¿No habrá bienvenida para mí? Sí, no lo esperaba.

En el tenso silencio entre ellos, Nick alcanzó un lápiz y lo golpeó contra el borde del escritorio.

—¿A qué te refieres con colonia? —preguntó Acacia, con voz débil desde el sofá.

Nick se giró hacia ella, y su voz se suavizó.

—¿A qué crees que me refiero, Casey?

Los ojos de Theron se estrecharon al mirarlos a ambos. Había una conexión entre ambos, un nexo, que dejaba un estremecimiento extraño en el pecho de Theron.

Con precaución, Acacia enfrentó la mirada de Nick.

—No... No estoy segura. Pero tengo la extraña sensación de que esa gente de ahí fuera no son...

—¿No son qué, Casey? —preguntó Nick—. ¿No son... humanos?

Sus ojos golpearon con suavidad los de él y, lo que fuera que ella vio allí la hizo contener el aliento.

Nick asintió hacia Theron.

—Muéstraselo.

La orden no era sólo alarmante. Era inconcebible. Tú no le das órdenes a un Argonauta, especialmente a su líder, para que haga algo, porque hacer algo así era tan útil como convocar una sentencia de muerte. Pero a Nick obviamente no le importaba, una puta mierda, el protocolo y las amenazas. Y eso le hacía, el tipo de adversario más peligroso.

El sentido común le decía a Theron que estaba con la mierda hasta el cuello, allí. Los mestizos que ya sabían quién era, y Acacia no lo creería hasta que lo viera por ella misma. Y hasta que ganara su confianza, no iba a ir con él a ningún sitio de momento. Incluso desde el incidente en la tienda, le había estado mirando como si pudiera ser un daemon.

De mala gana, levantó sus manos e hizo aparecer las marcas en su piel. Como era un Argonauta, podía abrir el portal desde cualquier lugar en el que estuviera. Cuando sus meñiques se tocaron, una ráfaga de energía inundó la sala. Sus manos brillaron con luz blanca que iluminó y enmarcó sus marcas. Y con la luz, el portal se abrió, mostrando una visión del reino de Argolea sobre los muros, el suelo y el techo, llenando cada pulgada de espacio en la oficina con su presencia.

Acacia jadeó. Y Theron trató de verlo desde su perspectiva, como un forastero lo vería. Había abierto el portal incontables veces con un simple pensamiento, y la belleza y realeza de su hogar inundándole con el paso de los años. Pero ahora, viéndolo a través de sus ojos, viendo las montañas verde—azules y las construcciones de mármol blanco con sus capiteles coronados de bronce, por primera vez vio secretos. Mentiras. Verdades a medias que posiblemente había dejado a una sección completa de su raza en riesgo.

Separó sus manos y el portal se cerró con ímpetu, la luz y la visión desvaneciéndose con tanta rapidez como habían aparecido.

Con los ojos como platos, Acacia le miró a la cara.

—Vale, eso fue un poco rarito. Raro al estilo del Tipo Raro Chriss Angel. ¿Q... Qué diablos fue eso?

Theron miró de reojo a Nick.

—¿Chriss Angel?

—Un ilusionista. Humano. No tendrías por qué conocerlo —volvió la mirada a Acacia—. Eso era Argolea, Casey.

—¿Argo qué?

—Argolea —repitió Theron—. Mi hogar, el hogar de tu padre.

Sus ojos se deslizaron hacia Nick buscando confirmación, de una manera que hizo que Theron quisiera obligarla a mirarle de nuevo y darle a Nick un buen golpe en la cara.

Nick se levantó de la silla y rodeó el escritorio.

—Theron es un héroe, Casey.

—¿Un qué?

—Un héroe —repitió Nick—. Tu abuela era Griega, ¿verdad? —Acacia asintió—. En la mitología Griega, los héroes eran mortales de gran fuerza y habilidad, nacidos de la unión de un mortal y un dios.

Los ojos de Acacia se dispararon a la cara de Theron, y de forma tan imprevista como la noche que la conoció, la conexión que compartían llameó cálida y brillante. Una conexión que no tenía el más mínimo sentido, considerando quién y qué era ella.

—¿Me estás diciendo que es un dios?

—No —dijo Theron con rapidez, centrándose—. Un descendiente. Los primeros héroes eran mitad humanos, mitad dioses. Con el tiempo, mientras se reproducían, nuestra raza nació y las líneas se cruzaron. Mi pueblo es la descendencia de esos héroes originales.

—¿Qué raza? —preguntó ella, titubeante.

—Se nos llama Argoleans. Nuestro hogar está en otra realidad, establecida fuera del mundo humano.

Sus cejas se enarcaron en una mirada de “¿qué demonios has estado fumando?”.

—¿Quieres decir como el Olimpo?

—No —negó Theron—. El Olimpo es el hogar de los dioses. Argolea es una tierra fundada especialmente para nuestra raza, un lugar donde podemos florecer y permanecer libres.

Nick resopló.

—Querrás decir, dónde los de tu clase se esconden.

Theron ignoró la pulla. Ya lidiaría con Nick y su colonia de mestizos más tarde. Ahora mismo podía ver que Acacia no se estaba creyendo nada de lo que acababa de contarle, y hacerla entender su linaje era importante, si tenía que llevarla de vuelta con él.

—Tu padre es de mi especie.

—Lo que está evitando decirte, Casey —dijo Nick sin rodeos—, es que no es sólo un Argolean. Es un Argonauta. Uno de los llamados en su raza como Guardianes Eternos. El líder, si no me equivoco. Y aparte de lo obvio —el por qué está en nuestro mundo— tengo curiosidad por saber por qué está centrado en ti.

Nick se cruzó de brazos y miró a Theron.

El momento de la verdad. El vello de la nuca de Theron se erizó cuando miró de Acacia a Nick una y otra vez. Le pidió a Hades que la jugada mereciera la pena.

—El nombre de tu padre es Leónidas. Rey Leónidas. El gobernante de mi reino.

Nick juró y dejó caer sus brazos. Los ojos de Casey se abrieron aún más, si cabía.

—¿Mi padre es un rey?

Theron asintió.

—¿Un rey al estilo de llevar un capa roja, con corona puntiaguda y un bufón a sus pies?

Theron enarcó una ceja, sorprendido por su ingenio.

—Los dioses nunca han sido aficionados a los bufones. Y esa costumbre pasó a nosotros.

Ella sólo seguía mirándole con la misma mirada desorbitada, con el gesto de eres—más—alto—que—un—globo—aerostático en su cara. Se giró a Nick, con las velas de las paredes arrojando una cálida luz sobre su cara.

—Explícame qué es este lugar. ¿Y quiénes son todas esas personas de ahí fuera?

El humor de Theron se desvaneció. ¿Qué era esa punzada en su pecho que experimentaba cada vez que miraba a Nick buscando respuestas?

Los rasgos llenos de cicatrices de Nick se suavizaron de una manera que convirtieron esa punzada, en una puñalada.

—Son como nosotros, Casey. Mestizos, o así es como nos llama su raza. Mitad Argolean, mitad humanos.

—¿Cómo los has llamado? —preguntó ella, en voz baja.

Sus cejas se unieron cuando frunció el ceño.

—Jodida y realmente desafortunados.

Theron apretó los dientes cuando Nick fue a sentarse a su lado en el sofá.

Misos, Casey —dijo Nick—. Significa mitad, que es lo que somos. Sé que es confuso, pero hazme un favor. Sólo dime si me equivoco. Tienes veintisiete años, y te sientes como si nunca hubieras pertenecido a ningún sitio. Has volado de empleo en empleo, sin apasionarte por nada en particular. Amabas a tu abuela, pero siempre sentiste que no te entendía porque eras diferente, y nunca sentiste un lazo que te atara a ella cuando creciste. Cuando empezaste a trabajar en Xscream y conociste a Dana, a pesar de que el club te ponía enferma, fue la primera vez que sentiste una conexión con otra persona que fue más allá de lo superfluo. Y a pesar de que te asusté y te di todas las razones para tenerme miedo, confiaste en mí con tu vida y no cuestionaste ni una vez quién o qué era. Al menos no en voz alta.

El pecho de Acacia subió y bajó mientras tomaba largos y continuos alientos, pero sus ojos estaban clavados en los de Nick.

—¿Cómo sabes todo eso? —susurró.

—Porque yo he pasado por lo mismo. Porque una vez fui como tú, preguntándome dónde encajaría. Y lo supe aquí. Con mi gente. Con tu gente, Casey.

—N... No entiendo esto. ¿Cómo...?

Miró hacia Theron. Y el pecho de él, se tensó por las preguntas en sus ojos. Por la manera en que le miraba buscando respuestas.

—Si tú vives en un mundo —tragó saliva— diferente, ¿cómo es que mi madre...? ¿Mi madre era uno de vosotros?

Theron negó con la cabeza.

—Por lo que sé, tu padre la conoció cuando estaba en el mundo humano. Muchos de nuestra raza van al otro lado de vez en cuando, pero puede ser peligroso y no es algo recomendable.

Nick frunció el ceño.

—Obviamente ocurre más a menudo de lo que a los Argonautas les gustaría admitir.

—Peligroso —dijo Acacia, ignorando la pulla, mientras sus ojos volvían a Nick—. Pero esas bestias. ¿Qué son?

—Daemons —dijo Nick, de forma natural—. Bestias del inframundo engendrados por Hades y que recibieron sus poderes de un semidiós. Ellos nos dan caza.

Sus cejas se juntaron, formando una arruga en el medio de su frente que era condenadamente sexy. Las piernas de Theron hormiguearon por ir con ella y besar su piel.

—¿Por qué? No entiendo eso. Quiero decir, que nunca había oído sobre ellos. ¿También cazan humanos? ¿Se trata de una gran teoría conspiratoria que el gobierno no nos está contando?

Nick le puso una mano sobre el brazo. Y la puñalada del pecho de Theron estalló en un rugido de advertencia. Luchó contra el impulso de tirarse contra Nick arrancar la mano del hombre del brazo de Acacia, y luego romper cada hueso del cuerpo del mestizo.

—Tienes que dejar de pensar en ti misma como humana, Casey —dijo Nick—. Sé que es difícil de entender, pero eres una de los nuestros y, como tal, tu vida es vulnerable de muchas maneras. El objetivo de los daemons es erradicar a los Argoleans y todo lo asociado con ellos. Y eso, desafortunadamente para nosotros, incluye a nuestra gente también.

—Pero, ¿por qué? ¿Qué les hemos hecho?

—Nada —dijo Theron, atrayendo su atención.

Sus ojos violetas se cruzaron con los suyos, y cuando sus miradas se encontraron, el rugido en su cabeza pronto se transformó, de uno de protección a uno de deseo ardiente, tal y como lo había hecho aquella noche en su casa del lago.

Y entonces fue cuando aquello le golpeó. Todo de una vez. La verdadera razón por la que no había reconocido quién y qué era ella, la noche que la conoció. No era porque hubiera estado herida. Es porque ella era, su Primera Elegida.

Tragó con fuerza ante lo que, esperó, no fuera la explicación real. Era sólo una mujer. Era humana, algo que ni siquiera podía soportar en un buen día, algo que no era definitivamente hoy. Y ella iba a salvar su raza, lo supiera ella o no. tenía que centrarse en eso. Y no en... la otra posibilidad.

—Se remonta a hace siglos —dijo, con más aspereza de la necesaria—. Hasta un héroe descontento que vendió su alma a Hades a cambio de la inmortalidad. Ella buscaba destruir lo que la había rechazado. Y ahora ha liberado a sus daemons en el mundo para extinguir la raza a la que odia.

—Y eso es, por lo que estás aquí —dijo ella, francamente, con esos hipnóticos ojos todavía clavados en los suyos—. Para proteger a la raza.

—Para proteger a su raza —interrumpió Nick, lanzándole a Theron una mirada despreciativa—. No te equivoques, Casey. Theron no está aquí para proteger a los Misos. Tu padre, el rey, no ha tratado de ponerse en contacto contigo ni una sola vez en veintisiete años, ¿y ahora de repente quiere verte? Antes de que accedas a nada, pregúntate a ti misma, qué demonios podrían querer él o este guardián de ti.

Acacia miró de Nick a Theron una y otra vez. Y luego, como si alguien apagara una luz en su interior, cerró los ojos y reclinó la cabeza contra el sofá. El color huyó de su cara, dejándola débil y agotada, haciendo recordar a Theron que aunque su mente fuera fuerte, su cuerpo no lo era.

—No sé qué pensar de todo esto.

Nick se levantó del sofá y se dirigió a la puerta. En la pared, pulsó varios botones ocultos conectados a un cable que desapareció en la roca.

—No tienes por qué pensártelo todavía. Quiero que descanses. No tienes buen aspecto.

Los ojos de Acacia se abrieron justo cuando la puerta crujió. Una hembra que no parecía pasar de los veinticinco se asomó por la puerta.

—Sí, Nick.

Nick ayudó a Acacia a levantarse del sofá.

—Helene, esta es Casey. Quiero que la acomodes en una habitación arriba. Ha tenido un mal día y necesita descansar. Llévale cualquier cosa que necesite.

Helene sonrió a Nick, sus ojos oscuros brillando, y sólo cuando entró completamente, Theron se dio cuenta de que la hembra mestiza andaba con una obvia cojera.

—Por supuesto. Hola, Casey. Nos alegramos de tenerte entre nosotros.

Acacia miró de Helene a Nick.

—Pero...

—Está bien —dijo Nick—. Theron y yo tenemos cosas que discutir, y tú necesitas dormir antes de caer rendida. Estás completamente a salvo aquí. Descansa y, cuando te levantes, responderé a tus preguntas.

Acacia miró por la habitación de nuevo dudando, y finalmente volvió su atención a la mujer de cabello oscuro.

—Creo que estoy un poco cansada.

La sonrisa de Helene se ensanchó.

—Vamos, entonces. Sé exactamente qué habitación darte.

Theron vio a las dos mujeres salir de la oficina, consumido por un oscuro deseo de seguir a Acacia por esas grandes escaleras, algo que de repente estaba empezando a hacerle sentir enfermo.

No, no, no. tenía que estar equivocado.

—Suficiente mierda, héroe.

Lentamente, Theron llevó su mirada de la puerta cerrada a mirar hacia el repentinamente agresivo mestizo que estaba ante él, preparado para luchar hasta el amargo final. Cualquier pregunta que tuviera sobre Acacia tendría que esperar.

La cara surcada de cicatrices de Nick se frunció.

—Suficiente de juegos. Es hora de que me digas qué estás haciendo aquí y qué demonios quieres realmente de Casey.

Casey no podía recordar haber estado tan cansada. Estaba herida del ataque en su librería, agotada emocionalmente y mentalmente exhausta. Mientras seguía a Helene subiendo la amplia escalinata, trató de no pensar en todo lo que Nick y Theron le habían contado. Era ridículo, ¿verdad? No existían otras razas. Y los héroes de la mitología eran sólo eso... mitología, mierda.

Pero incluso mientras luchaba contra lo que le habían contado, tenía la extraña sensación de que se equivocaba. Eso explicaba mucho sobre quién era, de dónde venía y porqué nunca se sintió conectada con nadie de este mundo.

Y maldita fuera, necesitaba una lobotomía, si se iba a creer eso tan fácilmente.

Alcanzaron lo alto de la escalinata, y Helene señaló una larga galería llena de puertas cerradas y alumbrada por velas cada tres metros.

—Creo que te gustará la habitación azul. Es muy tranquila.

Por primera vez, Casey advirtió la cojera de la chica y se preguntó si la habrían herido recientemente, posiblemente aquellas bestias con las que se habían encontrado antes.

—¿Estás bien?

Helene sonrió.

—Estoy bien.

—Pero tu pierna...

Helena paró y levantó una pernera de su pantalón. Una barra de metal estaba anclada a una zapatilla Nike.

—Titanio. Es nueva y todavía me estoy acostumbrando a ella. Mi última prótesis me molestaba todo el tiempo. Esta es más ligera.

Casey trató de no quedarse mirando, mientras la chica dejaba caer el pantalón y seguía avanzando por la larga galería.

—Lo siento. No sabía. Yo...

—Está bien —dijo Helene—. Llevo siglos sin pierna.

La mandíbula de Casey casi golpea el suelo.

—¿Tienes cien años?

—Ciento treinta y seis, para ser exactos.

La galería giró. Casey alargó la mano tratando de equilibrarse.

—¿Cómo es posible?

Los brazos de Helene la rodearon de repente, sujetándola, mientras ayudaba a Casey a entrar a la habitación.

—Cuidado. Lo tomaré como que Nick no te ha explicado esa parte todavía —acomodó a Casey en una silla, y ella registró vagamente que era blanca e increíblemente suave—. Nuestras expectativas de vida son relativamente largas. No tan largas como las de los Argoleans, por supuesto, pero es una de las razones por las que vivimos en colonias y no entre humanos.

Una sonrisa retorcida cruzó su bello rostro cuando atravesó la habitación hasta el armario. Abrió las puertas dobles, jugueteó dentro durante un momento y volvió con una taza de humeante té, que tendió a Casey.

—¿Una mujer de ciento treinta y seis años que parece de treinta? Eso podría llamar un poco la atención en el mundo humano, ¿no crees?

Casey tomó el té y lo llevó a sus labios. Una esencia familiar la rodeó cuando dio un largo trago.

—Huele a lavanda.

—Sí —dijo Helene—. Te ayudará a descansar.

—Las usais para curar —dijo ella, mientras las imágenes de su noche con Theron atravesaban su mente.

—Entre otras cosas.

Helene fue hacia una gigantesca cama de dosel hecha toda con telas de azul claro, con las gruesas mantas retiradas. Las sábanas blancas asomaban, prometiendo descanso.

—Hay un pequeño botón en la pared, junto a la puerta. Si necesitas algo, sólo púlsalo y alguien vendrá corriendo.

—¿Tan moderno es? —preguntó Casey, recordando las velas.

Helene sonrió.

—Sí. No es el Ritz, pero tenemos electricidad e instalación de cañerías. Un generador principal da luz a la colonia pero, como no somos autosuficientes y todo cuesta dinero, tratamos de no malgastarla. Las velas son más baratas y relajantes, así que las utilizamos más. Cerca de la superficie tenemos una estación de observación con todo el material de supervivencia, teléfonos por satélite y todo lo que necesitamos para conectar con la civilización.

Ante la perpleja expresión de Casey, Helene rodeó la cama.

—Me imagino que tendrás miles de preguntas pero, por ahora, trata de descansar. Cuando te levantes, Nick te explicará todo lo que quieras saber. Ahora duerme, Casey. Y no te preocupes. Esta noche nada te hará daño.

—Gracias, Helene.

Sola, Casey se reclinó contra la mullida silla y estudió la habitación que le habían dado. Paredes de azul pálido en tres tonos conjuntaban con el edredón de la cama. Dos sillas de club separadas por una pequeña mesilla, ocupaban el rincón. Una enorme chimenea de piedra, todavía encendida, ocupara prácticamente toda una pared. Pero la pared del fondo era la más interesante. Estaba hecha completamente de piedra y una pequeña abertura natural formaba, una ventana de ojo de buey que, de alguna manera, había sido sellada con cristal y cubierta con ramas que, se imaginaba, camuflaban la abertura desde el exterior. Una mirada hacia la absoluta oscuridad señalaba que esa parte de la caverna debía formarse al borde de algún acantilado.

Era tan extraño estar en una habitación de una cueva. Era como las de las tribus Anasazi en el Suroeste. Grandes pueblos construidos en lo más profundo de las rocas para protegerse.

Cansada hasta la médula, se levantó y tiró de las pequeñas cortinas azules para bloquear la oscuridad, sopló las velas de las paredes y luego se tumbó en la cama, sin querer pensar en lo que les había pasado a los Anasazi. O sobre escondites o predadores. O reyes, países, dioses o héroes. Sólo quería pensar en una cosa: en nada.

Pero no funcionó. Tan pronto como cerró los ojos vio la pelea en la tienda de su abuela. El fuego. Y... Theron.

¿Por qué había vuelto a por ella realmente?

No a terminar lo que habían empezado en su casa, eso era seguro. Y no es que ella quisiera, de todas maneras.

Mentirosa.

Casey rodó de lado y cerró con fuerza sus ojos. Estúpidos pensamientos. Por lo que a Theron el Maravilloso Héroe respectaba, necesitaba vigilar sus espaldas, estar en guardia, y no dejarle acercarse a ella como le había dejado la primera vez que se vieron. La manera en que la había maltratado durante su caminata, hasta el lugar, era la prueba de ello, ¿o no? Si él era la idea de héroe para su raza, no estaba segura de querer saber más acerca de su linaje.

Dejó escapar un largo suspiro mientras sus músculos se relajaron uno a uno y el sueño tiró de ella. Y a pesar de que luchó contra eso, imaginó el rostro de Theron. Sus ojos oscuros. Sus exuberantes labios. Esa nariz perfectamente formada y las pequeñas cicatrices de las peleas que había luchado y ganado. Vio con claridad la ardiente mirada en esos rasgos cincelados cuando se inclinó y la besó con el más suave roce de piel contra piel, aquella noche en su casa. Y en respuesta sintió la impaciencia de la excitación que calentaba su sangre.

Maldita sea, pero a pesar de su postura estaba en serios problemas. Incluso con todo lo que había perdido hoy, tenía una sospecha latente de que los eventos no habían puesto su vida patas arriba. Lo había hecho él. Y esa sensación no tenía nada que ver con daemons, héroes, reyes y mestizos. Tenía que ver con un hombre que, de alguna manera, se había abierto camino hasta su alma desde el mismísimo momento en que posó los ojos sobre él.

CAPÍTULO 14
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